Niego del cielo agrietado, donde la luna negra se enclava como un ojo inmóvil en medio de la noche.
De entre las sombras surge una mueca dentada sobre un rostro difuso, un rostro que parece enraizarse en orejas puntiagudas que se alargan, que se funden en un hocico salvaje... hasta convertirse en una bestia que no debería existir, una presencia que me hace estremecer antes incluso de comprenderla.
Así que me alisto enseguida,pero pensarlo me provoca escalofríos.
Sacudo la cabeza y me obligo a levantarme.
Hoy no hay espacio para miedos.
Hoy empiezo mi primer día de trabajo,en la reconocida empresa Más uno,dedicada a la venta de autos lujosos.
Me recojo el cabello rubio en una cebolla perfecta y me coloco mi falda azul platino cubriéndome hasta las rodillas. La camisa blanca está impecable.
Hoy represento el apellido Bridge, y hacerlo brillar después de graduarme de la universidad es lo más emocionante que tengo en mi vida ahora mismo.
Bajo las escaleras y sólo me encuentro una dirección borrosa en una nota pegada a la puerta del refrigerador ,pero será suficiente .
Afuera, el día amanece soleado. Perfecto. Exactamente como lo había imaginado.
Camino hacia la avenida para tomar un taxi, pero el sol se desvanece de pronto. El cielo se tiñe de gris y un aroma exquisito a lluvia me cosquillea la nariz.
Las primeras gotas caen sin aviso, empapando mi cabello, manchando mi camisa.
Entonces lo veo.
Un auto negro, lujoso, excesivo. Un Ferrari, me atrevería a pensar. Reduce la velocidad justo frente a mí y, por un segundo, creo que va a detenerse.
Tal vez el auto-stop sea mejor idea que un taxi.
Avanzo hacia la calle y entonces acelera.
La rueda se hunde en el charco y la mezcla de barro y agua vuela directo hacia mí, arruinando mi falda inmaculada.
-¡Maldito idiota! ¿Eres ciego o qué? -chillo, furiosa, intentando ver al imbécil oculto tras la ventanilla cerrada.
Pero la ventanilla baja lentamente. Con descaro.
Un brazo largo sale primero. La manga del traje negro se ajusta a él y deja al descubierto un tatuaje pequeño pero imposible de ignorar: un cinco en número romano, grabado en la muñeca.
El hombre me muestra el dedo medio.
-¿Pero qué carajos...? -maldigo, cruzándome de brazos mientras observo el desastre que ahora es mi ropa.
El auto arranca y desaparece.
Un taxi se detiene justo entonces. El conductor me mira de arriba abajo, rueda los ojos al ver mis fachas y no dice una palabra cuando subo.
Me hundo en el asiento,con algo de esfuerzo le indico a dónde voy leyendo la nota mojada dentro del bolso.
Blanqueo los ojos y condeno mentalmente al estúpido del Ferrari.
Nada puede arreglar esto. La toalla que llevo conmigo solo empeora las manchas.Con el cabello alborotado y las mejillas ardiendo de rabia, me bajo frente a un edificio inmenso y precioso.
Un hombre amable me da la bienvenida y me indica el camino.
El elevador es tan refinado como la arquitectura exterior. Al salir, un pasillo largo se abre ante mí.
Un grupo de personas escucha atento al señor Dante, el gerente, que da la bienvenida matutina.
Todos me observan con ojos que juzgan hasta el alma.Me incorporo con naturalidad fingida, tan sutil que pareciera que llevara horas allí.
-Muy bien... ahora les presento al señor Hill, subdirector general. Su padre, el dueño de la compañía, se nos unirá más tarde -anuncia Dante, clavando la mirada en mí.
El pasillo queda en silencio.Aparece un hombre alto, de cabello negro. La camisa oscura se tensa sobre sus músculos; su piel clara contrasta con la dureza de sus facciones.
Hay algo en él demasiado intenso. La luz parece seguirle, reflejando una fuerza sobrenatural .
Cada gesto, cada respiración, sugiere peligro contenido.
-Buenos días -saluda-. Bienvenidos los nuevos. Esta tarde Dante les informará sobre la próxima reunión de finanzas.
Su voz es grave, demasiado .Me vibra en el pecho.
Mi padre me advirtió que trabajaría directamente con el subdirector. Llevaría su gestión de ventas.Así que debo esperar.Pero entonces él se acerca.
Mi corazón se acelera. Las manos me sudan.Bajo su manga, el tatuaje del cinco romano aparece otra vez.
El mismo cinco.No puede ser.
-Vaya... si es la hija del señor Bridge -dice-. Estela, ¿verdad?
-Sí... señor -respondo sin mirarlo.
-Acompáñame.
Lo sigo. Su espalda es ancha, poderosa. Sus nudillos conservan restos de sangre seca. Huele a perfume caro... y a algo más dulce y denso,miel de maple.
Cada gesto parece calcularlo antes de hacerlo, como un depredador.Por un instante, su mirada se vuelve extrañamente penetrante, casi instintiva
Algo salvaje, recorre cada movimiento suyo, como si luchara por mantener el control.
Cuando abre la oficina un escritorio enorme la adorna, papeles, una ventana cubierta por cortinas azules y a un lado, uno más pequeño.
-Este es tu lugar, Estela. Aunque deberías limpiarte primero -ordena, con una sonrisa ladeada y una pequeña cortada bajo el labio.
Lo miro con ganas de borrarlo del mundo.
-Claro... esta mañana un imbécil arruinó mi ropa -gruño con ironía arqueando una ceja
Sus ojos avellana recorren mi cuerpo sin pudor. Un calor inexplicable me quema el estómago.
Su mirada me atrae y al mismo tiempo asusta, él asiente.
-Natali te dará tu primera tarea. El informe es para el mediodía.
Como si hubiera estado esperando detrás de la puerta, una mujer alta entra contoneándose. Tiene el cabello negro hasta la cintura y ojos verdes cargados de desprecio.
Su falda es más corta que su educación.
Deja los papeles y se marcha.Antes de salir, intenta atrapar la atención de Sam... pero su mirada ya está ocupada.
En mí.
-¿Tienes calor? -pregunta de pronto.
Me sonrojo.
-¿Qué? Yo...-titubeo, viendo cómo su sonrisa se curva, peligrosa.
Y por alguna razón, sé que nada en mi vida volverá a estar bajo control.