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Capítulo 2

Punto de vista de Liz Andrade Navarro

Pasé todo el sábado en casa, pero no dejé de pensar en mi marido. Por suerte, Peter y Sandra estaban conmigo. Como de costumbre, los tres estábamos en el salón, disfrutando de un maratón de "Supernatural" mientras comíamos palomitas.

"Liz, cuando quieras contarme lo que te pasa, yo estaré para ti", dijo el ama de llaves.

"Gracias", respondí, acurrucándome en su brazo.

"Mi niña", contestó ella.

"¡Hola, Peter!", le dije al chófer, que sonreía ante la escena.

"Sandra y yo vamos a cenar hoy en un restaurante", comenzó él. Tras una pausa, preguntó: "¿Quieres acompañarnos?".

"No", respondí, pues no podía interrumpir ese momento tan íntimo.

"¿Estás segura? Bueno, también podríamos quedarnos contigo", ofreció Sandra, plantándome un beso en la frente.

"No, Sandra. Vayan a su cena", la insté. Al ver que seguía dudando, agregué: "No se preocupen, estoy bien. Además, Ana me llamó para que la acompañe a una fiesta hoy".

"¿Y vas a ir?".

"Por supuesto", respondí, mirando la hora en el reloj de pared. "Por cierto, tengo que arreglarme", agregué, con una sonrisa, antes de levantarme y avanzar a las escaleras.

"De acuerdo. Quizá no volvamos hoy", me advirtió Peter mientras yo subía los escalones.

"¡No hay problema! ¡Disfruten!", grité desde la planta alta.

Hasta ellos tenían citas románticas, ¿y yo? Estaba ahí, sin poder interactuar con nadie, por culpa de las condiciones del testamento.

Entré en mi habitación y me tiré en la cama. Miré al techo, imaginando las posibles razones por las que Henry se había casado conmigo sin conocerme. Innumerables posibilidades pasaron por mi mente y, entre todas, la más absurda era que él estuviera enamorado de mí.

Sabía que era una locura, nacida de la mente de una mujer necesitada, pero confieso que haberlo visto de cerca despertó en mí un sentimiento. Seguí mirando al techo y no tardé en quedarme dormida.

Me desperté con el celular sonando y miré la pantalla: era Ana. Ya era la una de la madrugada.

"¿Ana?", contesté.

"¡Liz, ven aquí!", dijo mi amiga, que sonaba borracha. "Igor...".

"El profesor buenote está con Brittany", gritó Samy antes de que mi amiga terminara la frase.

¿Ana le había contado algo a Samy?

"¿Y a mí qué?".

"Ven, Liz, nunca sales", tartamudeó mi amiga. "Además, necesito ayuda con Igor".

"¡Estamos en la discoteca de los chicos guapos!", gritó Samy, antes de que las dos comenzaran a reírse. "Se está quitando la ropa".

"¿Quién se está quitando la ropa? ¡Dios mío! ¿Es Ana? ¡Ana, Samy!", chillé, pero ellas no respondieron. "No se muevan de ahí. Ya voy", agregué, antes de colgar y levantarme de un salto de la cama.

No tenía mucho tiempo para pensar en qué ponerme, así que tomé un vestido azul ajustado, con un escote en V bastante generoso y la espalda abierta hasta la cintura. Lo había estado guardando para una ocasión especial, pero como esta nunca llegó, decidí usarlo.

Luego, miré mis zapatos y elegí ponerme unos tacones negros con plataforma delantera. No podía usar algo más alto, porque no sabía a lo que me enfrentaría. Decidí no abusar del maquillaje y me puse lo esencial: delineador en los ojos, máscara de pestañas y un labial rojo intenso para realzar mis labios.

Si el señor McNight se presentaba en una discoteca como soltero, la señora McNight le enseñaría que ella también podía hacer lo mismo.

Fui a la cochera y entré en el Mercedes GLA, todo blanco. Me encantaban los autos blancos y ese lo había comprado apenas cumplí dieciocho años. Odiaba manejar, pero en ese momento era lo que tenía que hacer.

Llegué a la discoteca y, al ver la inmensa fila que había para entrar, resoplé. Sin embargo, recordé que no tenía que esperar, pues el local era del padre de Pedro, un querido amigo. Además, había ido tantas veces a ese lugar que los guardias de seguridad ya me conocían.

Solo que era muy raro que apareciera sola por allí, pues siempre iba a casa de Pedro con Ana. A él le gustaba mi amiga, pero ella no se daba cuenta y seguía llorando por Igor en todos los rincones.

Sin dudarlo, me acerqué a la entrada.

"¡Señorita Navarro!", me saludó el guardia en cuanto me vio.

Yo le devolví el saludo con un asentimiento de cabeza.

Él me dejó pasar y entré.

El lugar estaba abarrotado, y la música alta reverberaba mientras las luces parpadeaban. Cuando busqué el celular en mi bolso, recordé que lo había dejado en mi auto.

Volví a concentrarme en la música. En ese momento sonaba "Alive", de Alok.

'¡Vaya que soy despistada!', me quejé mentalmente.

Seguí caminando entre la multitud, intentando no pisar a nadie, lo que era casi imposible.

"¡Permiso!", grité y algunas personas abrieron paso.

Al cabo de unos minutos, vi a Samy y Ana bailando con Pedro e Igor.

"¡Liz! ¡Liz!", gritó Ana.

"¿Están bien?".

"¡¿Lo ves?! ¡Solo había que decir que una de las dos se iba a quitar la ropa para que viniera corriendo!", chilló mi mejor amiga, antes de echarse a reír con Samy.

"¡No lo puedo creer! ¡Jugaron sucio!", espeté, torciendo la nariz.

"No te enojes, Liz", comenzó Ana, con una expresión lastimera. "Nunca sales".

"Vamos a bailar", intervino Samy, jalándome del brazo, y no faltó mucho para que Ana se le uniera.

En segundos, llegamos a la pista y empezamos a divertirnos. Comencé a moverme al ritmo de la música, en compañía de mis alocadas amigas.

Ya que mi esposo estaba en una discoteca, yo estaba decidida a pasármela increíble. Aún no lo había visto, pero lo buscaba con la mirada por el lugar a la menor oportunidad. No sabía si mis amigas habían dicho la verdad, pero al menos habían conseguido sacarme de casa.

De repente, Igor apareció y comenzó a bailar conmigo. Me dejé llevar por la música, lo que hizo que me moviera al ritmo adecuado.

Volví a buscar a mi marido con la mirada. Miré a la parte de arriba de la discoteca, en donde vi a un hombre de espaldas que captó mi atención de inmediato. Llevaba una camisa blanca y unos pantalones de mezclilla negros que marcaban todo su cuerpo. Y, por cierto, era muy guapo.

De repente, él se dio la vuelta, nuestros ojos se encontraron y me quedé sin aliento.

Henry me miraba con intensidad, pero tenía el ceño fruncido, dándole un aspecto serio. De hecho, parecía que no le había gustado nada encontrarme bailando en esa discoteca.

"Toma, te gustará", me dijo Igor, sacándome del trance, mientras me ofrecía una bebida.

Yo le quité el vaso de la mano y me tomé de golpe el trago.

"¡Tranquila!", gritó Igor en mi oído.

Yo agarré los vasos de Ana y Samy y me bebí su contenido de un sorbo. Sentí que el cuerpo se me calentaba de golpe y poco a poco mi visión se fue poniendo borrosa. Al mismo tiempo, la alegría comenzaba a invadirme.

Miré al mismo lugar donde se suponía que estaba Henry y, para mi sorpresa, ya no estaba.

Otro tipo empezó a bailar conmigo, pero no me giré para ver quién era. Solo seguí el ritmo, señal de que la bebida ya comenzaba a hacer efecto.

Empezamos a bailar muy pegados.

Él me agarró por la cintura y respondí meneándome sobre su miembro; entonces me di cuenta de que estaba muy excitado. Cuando me di la vuelta, me encontré con un tipo guapo, de ojos color miel y perilla. ¡Era guapísimo! Nuestros labios se tocaron al instante.

¡El beso fue magnífico! Hacía mucho que no besaba a nadie. De hecho, solo había besado una vez, en segundo año de preparatoria, cuando tenía dieciséis. Después de besar a Edward, nunca volví a hacerlo con nadie.

En ese momento, alguien chocó conmigo y, en cuanto me giré para quejarme e insultar a la persona que me estaba molestando, sentí algo helado en mi cuerpo. Sí, acabé toda mojada, y no de forma divertida.

No vi la cara de la persona, solo cerré los ojos y respiré hondo. Cuando los abrí, ¡me di cuenta de que era él!

"¡Lo siento, señorita Navarro!", pronunció mi esposo en mi oído.

Volví a cerrar los ojos.

"¿Está bien?", insistió.

¡Qué voz tenía ese hombre! Maldije mentalmente, pues claro que tenía que ser él quien estuviera detrás de ese desastre.

"¡Ah, claro! Estoy perfectamente bien", respondí, abriendo los ojos.

"¡Ven conmigo!", dijo agarrándome de la mano y jalándome lejos de la multitud.

Sentí una descarga de adrenalina ante su contacto.

"Deja que te ayude", agregó.

Miré hacia atrás en busca de mi compañero de baile, pero ya no estaba en el mismo lugar.

Henry me llevó hasta el bar y no sé de dónde sacó el paño que empezó a usar para secarme. Cuando su mano llegó a la curva entre mis senos, se limitó a mirarme y todo mi cuerpo se erizó con su tacto.

"¡Dámelo!", exigí, quitándole el pañuelo de la mano.

Mientras terminaba de secarme, él solo me observaba con los ojos entrecerrados.

"¿Me disculpas?", preguntó, con expresión afligida.

"¡Con permiso!", solté, antes de volver a la multitud, buscando al desconocido de los labios de miel.

"Liz, Liz, Liz...", siguió llamándome mi esposo.

Yo encontré a mis amigas.

"¿Qué pasó?", me preguntó Ana, señalando mi vestido.

"El idiota de McNight me tiró la bebida encima".

"¿Cómo ocurrió eso?".

"Estaba besando a un tipo guapísimo", empecé, con una sonrisa, al evocar el contacto. "Alguien chocó conmigo y, cuando me giré para insultar al responsable, sentí algo helado cayendo sobre mi cuerpo".

"Te desea", afirmó Ana, con una expresión de diversión.

"Déjate de tonterías".

"No es ninguna tontería. Si no lo hiciera, no habría interrumpido tu beso con ese tipo".

Ana podría tener razón, pero el detalle era que Henry no me conocía y mucho menos se imaginaba el tipo de relación que teníamos en realidad.

Mis amigas y yo nos quedamos un rato más en la discoteca, hasta que nos dimos cuenta de que ya eran casi las cinco de la madrugada.

"¡Vámonos! Estoy cansada", nos llamó Samy.

"¿Vienes con nosotros, Liz?", preguntó Igor en cuanto llegamos al estacionamiento.

"No, vine en mi auto".

"¿Y estás lo suficientemente sobria para manejar?", sondeó.

Como respuesta, asentí.

"Entonces, nos vemos el lunes".

Después de despedirnos, ellos subieron a su auto y se fueron.

Yo entré en mi vehículo y me detuve unos segundos. Apoyé la cabeza en el respaldo del asiento, mientras pensaba en lo que había ocurrido aquella noche.

Me asusté cuando alguien tocó con sus nudillos la ventanilla de mi auto. Me sorprendí cuando abrí los ojos y me topé con Henry. Hice una señal con las manos para preguntarle qué quería, pero él respondió con un gesto para que bajara la ventanilla.

"¿Qué quieres?", pregunté, poniendo los ojos en blanco.

"¿Puedes darme un aventón?", me preguntó, con una media sonrisa.

"¿No crees que es demasiado?".

Él amplió su sonrisa, lo que aumentó su atractivo.

"Mi auto no arranca", respondió, señalando el vehículo estacionado justo delante.

"Pide un taxi".

"Perdí mi cartera".

Una parte de mí quería llevarlo, pero la otra no. Podría dejarlo allí, claro, ¿pero no tendría cargo de consciencia".

"¡Señorita Navarro!", exclamó, chasqueando los dedos frente a mí, sacándome de mis pensamientos.

"Con una condición".

"¿Cuál?".

"No hablaremos", declaré.

"¡Vaya! Está bien".

"Entra", ordené.

Él rodeó mi auto, abrió la puerta y se instaló en el asiento del copiloto. Inhalé profundamente, me acomodé en el asiento y arranqué, saliendo a regañadientes del estacionamiento de la discoteca con mi desconocido esposo, que ahora decidía estar en todos los sitios a los que yo iba.

"Bonito auto", declaró, mirándome.

Puse los ojos en blanco y lo ignoré.

"¡De acuerdo! Ya entendí", agregó, levantando las manos en señal de rendición.

"Pon tu dirección en el GPS", indiqué, sin mirarlo.

"Podría ir guiándote", dijo, haciendo que lo fulminara con la mirada. "Hace poco que me mudé, así que todavía no me sé los nombres de las calles", explicó.

El silencio se instaló unos segundos entre nosotros, antes de que agregara: "¿Siempre eres así?".

"¿Así cómo?".

"Mandona. Y pocas pulgas", respondió, con la vista fija en el camino.

"Si sigues hablando, te dejaré en cualquier sitio", lo amenacé, antes de inhalar profundamente.

"Me gustaría que respondieras mi pregunta".

"No estoy obligada a hacerlo. Excepto si estoy en una de tus clases y, por lo que veo, no estamos en ningún salón".

"Estoy seguro de que si estuviéramos en un aula, ¡ya te habría castigado".

Sentí que se me calentaba la cara ante su peculiar elección de palabras.

"¡No tienes por qué sonrojarte!", me provocó con una sonrisa.

¡Qué burlón!

"¿Falta mucho?", pregunté, intentando cambiar de tema.

"Unas dos cuadras más".

Muchas cosas pasaron por mi cabeza, pero una de ellas era que él no se daba a respetar siendo un hombre casado. Sin embargo, no me importaba, pues no entraría en su juego. Usaría su descaro a mi favor, especialmente si se negaba a firmarme el divorcio.

"En el próximo condominio", dijo, señalando un edificio un poco más adelante. "¡Aquí! Para el auto", pidió, sin hacer ademán de bajarse. "¿No vas a bajar? Si quieres, puedes entrar".

"No, gracias".

"Estoy seguro de que no te arrepentirás", dijo, con una mirada maliciosa.

"No puedo. Soy una mujer casada".

"¿No eres muy joven para eso?", preguntó, con una expresión seria y en un tono bajo, antes de salir del auto y apoyarse en la ventanilla.

"La vida me obligó".

"¿Y a poco tu esposo te deja salir sola vestida así?".

"¡Ese no es asunto suyo!".

"Hasta mañana", soltó Henry, tras pensar uno segundos.

Para variar, no le respondí, solo arranqué el auto a toda velocidad. Cuando miré por el retrovisor, me di cuenta de que él todavía me observaba.

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