Bebí mi café y me dirigí directamente al garaje. Me metí a mi Porsche negro y manejé hasta la Universidad Central.
Apenas salí del estacionamiento, percibí las miradas de algunas alumnas, pero como he dejado claro, me gustan las mujeres, no las chicas.
Me presenté a todos los empleados de la facultad y la directora me acompañó hasta un aula, que estaba vacía. Ya eran las ocho y faltaban diez minutos para que empezara la clase.
En un parpadeo, el salón se llenó. Justo cuando empecé a presentarme, llegaron dos alumnas, tarde. ¡Ah, si supieran que no tolero la impuntualidad!
Una de ellas me llamó mucho la atención. Tenía la piel bronceada, el pelo largo y negro, con las puntas claras, y los ojos castaño oscuro. Su cuerpo tenía las medidas ideales: llevaba unos pantalones de mezclilla clara, rotos en las piernas, y una blusa sin mangas negra que realzaba sus senos. Ante la visión, sentí que mi verga se paraba al instante.
La otra chica era pelirroja con ojos castaños claros. Fue lo único que logré notar de ella.
"¡Buenos días!", volví a presentarme. "Seré su profesor sustituto".
Empecé a oír murmullos mientras las chicas se sentaban.
"Continuaré con las clases de Derecho Civil", proseguí.
Algunas de las alumnas ni siquiera estaban prestando atención a lo que decía, pero a mí no me interesaba. Quienes necesitaban aprender eran ellas.
Yo le di continuidad a la clase que Santiago había iniciado. De vez en cuando, escuchaba un murmullo, pero ignoraba todos. A veces, miraba a la joven que llegó tarde y captó mi atención. En varias ocasiones hicimos contacto visual.
Era muy guapa. Tendría que hacer una excepción en mis reglas. Yo la deseaba, y era evidente que la conseguiría.
Cuando la clase terminó, me di cuenta de que la joven seguía mirándome. En realidad, me sentía en la luna.
Su amiga pelirroja la llamó, pero fingí no escuchar nada.
Lo siguiente que supe fue que caminaban hacia la puerta. Decidí preguntarle su nombre. Mientras avanzaba en su dirección, la morena tropezó con sus propios pies; ni siquiera sé cómo lo consiguió. Al instante siguiente, cayó de lleno en el suelo.
Como el caballero que soy, le pregunté si estaba bien, pero la joven no pudo decir ni una palabra.
Me agaché y la ayudé con los libros. De reojo observé que en uno de ellos estaba anotado su apellido, Navarro, pero no alcancé a leer su nombre.
Nuestras miradas se encontraron durante una fracción de segundo, lo que me dejó aún más excitado.
Le extendí la mano y ella la aceptó, bajo el escrutinio de su amiga, que no me quitaba los ojos de encima.
La pelinegra se sonrojó mientras me daba las gracias, pero cuando le pedí que tuviera más cuidado, su expresión pasó del temor a la furia.
Me quedé observando a mis alumnas mientras se iban. La que me interesó se movía tan rápido que creí que volvería a tropezar.
Me dirigí a la siguiente clase y, para ser sincero, no lograba sacarme a la señorita Navarro de la cabeza. Necesitaba descubrirlo todo sobre ella.
Tan pronto como terminé las clases, fui a la cafetería de la universidad. Allí, pedí un sándwich y un jugo de naranja.
"Disculpe, ¿puedo sentarme?", me preguntó una rubia, delgada, de ojos negros y cabello a la altura de los hombros.
"Ah, claro", respondí, pero ella ya estaba instalada en la silla.
"Me llamo Brittany Veg", dijo con una sonrisa, mientras apoyaba sus codos sobre la mesa, lo que dejaba aún más al descubierto su escote.
"Henry M...".
"Ya sé quién eres, soy alumna tuya, pero hoy no fui a tu clase", me interrumpió, tocándose el pelo.
"¿A qué debo el honor?", inquirí, inhalando profundamente, para no perder la paciencia.
"Esta noche habrá una fiesta en uno de los mejores clubs de la ciudad...".
"No, gracias", la corté.
"Ni siquiera me dejaste terminar".
"No es necesario".
"Todos los alumnos estarán allí", se quejó, haciendo un puchero.
Me di cuenta de que si todos los alumnos estarían allí, era probable que me encontrara con la señorita Navarro.
"Lo pensaré. Dame tu número".
"No es necesario, ya tengo el tuyo", respondió, recuperando la sonrisa, mientras se arreglaba el escote.
Me quedé incrédulo ante su respuesta. ¿Cómo que ya tenía mi número?
"¿Ya lo conseguiste?", solté.
"Por supuesto que sí, guapo", contestó ella, levantándose y acercándose demasiado a mí.
Acto seguido, me dio un beso en la mejilla y se fue meneando las caderas. ¡Vaya chica!
Terminé mi comida y, apenas llegué cerca de las escaleras que conducían al estacionamiento, vi a la señorita Navarro y a su amiga pelirroja abrazándose. Tras despedirse, parecía que la chica que había captado mi interés estaba perdida en sus pensamientos.
Decidí acercarme a ella, solo que esta vez, además de ser descarada, me dejó hablando solo. Era bastante atrevida.
Me dirigí al estacionamiento y fui a la comisaría. Saludé a todos los empleados y revisé algunos casos, muchos de ellos atrasados. ¡Santiago era muy desorganizado!
"Adelante", indiqué, tan pronto como alguien llamó a mi puerta.
"Con permiso, Henry".
"Siéntate, Guillermo", contesté, señalando la silla.
"¿Cuál es la prisa?".
"Necesito que averigües todo sobre una alumna de Santiago".
"Hum, ¿y cómo se llama?".
"No tuve tiempo de verificarlo, solo sé su apellido, que es Navarro".
"Está bien", ofreció él, sin preguntar más, aunque estaba visiblemente confundido.
"¿Algún problema?".
"No, en realidad...", comenzó. Con el ceño fruncido, agregó: "Nunca me habías pedido este tipo de servicio, al menos no personalmente".
"No quiero que sepan quién soy en realidad. Siempre tuve a mis secuaces para que hicieran y descubrieran lo que se me ofreciera".
"Está bien", respondió mi interlocutor, quien agarró su tableta e hizo una búsqueda rápida. Segundos después, informó: "Es Liz Navarro, tiene veintiún años y vive en el conjunto residencial del centro de la ciudad".
Tras eso, hizo una pausa y se pasó la mano libre por la cabeza.
"¿Qué pasa?", le pregunté.
"¿Realmente estás interesado en ella?".
"¿Por qué la pregunta?".
"Es que ella...", musitó.
"Desembucha de una vez", espeté, pues para esas alturas ya estaba enojado.
"Conoces a alguien que vive en la misma zona", masculló.
"¿De qué estás hablando?", solté, pues no entendía sus crípticas palabras.
"Vive en el conjunto residencial Bella".
Ese era el lugar donde vivía mi esposa, así que, de momento no podía ir allí.
"¿Por qué esa cara?", inquirí, cuando me miró fijamente.
"Ah, y su nombre está en la lista de una fiesta que se celebrará en un club nocturno. Hoy".
"Averigua todo lo que puedas y envíame un resumen".
"¡Entendido, Henry!", respondió Guillermo, antes de avanzar hacia la puerta.
Tendría que ir a esa discoteca.
Por increíble que parezca, conocía al dueño, así que lo llamé, pues necesitaba confirmar mi asistencia esa noche.
"¡Henry McNight, cuánto tiempo!".
"Juan, veo que sigues igual de sarcástico que siempre", comenté y los dos nos echamos a reír.
"¿Estás en Nueva York?".
"Sí, ¡llegué hace unas horas!".
"Esta noche habrá una fiesta en mi club nocturno. Ven para que platiquemos".
"Por supuesto", respondí, tras conseguir mi objetivo.
"¡Hasta luego!".
"Hasta luego".
Para Juan, todo era motivo de fiesta. Era bastante mayor que yo, y como fue el padre de Erick quien nos presentó, tal vez él supiera algo del caso que me interesaba.