En cuanto llegué, el valet parking se acercó y me pidió mis llaves. La fila para ingresar al lugar era enorme, pero no tuve que esperar, ya que los guardias de seguridad me conocían. El sitio estaba abarrotado así que me costó un poco de trabajo llegar a la zona VIP, donde Juan ya me estaba esperando.
"¡Henry, te extrañé mucho!", exclamó, mientras me abrazaba. "¿Cómo está tu padre?".
"Está bien. Yo vine por negocios".
"Entiendo".
Juan estuvo en la mafia. Dejó su puesto después de casarse. Para algunos, era más fácil salir de ese mundo que para otros. Yo quería tener esa suerte.
"¿Cuánto tiempo estarás en la ciudad?", me preguntó.
"Todavía no lo sé. Estoy reemplazando a Santiago".
"No me digas eso...", musitó Juan, quien se puso tan pálido como un fantasma, lo que era no bastante difícil tomando en cuenta su palidez natural, sus canas y líneas de expresión; además, debía de medir alrededor de 1.65 m, mucho más bajo que yo, y siempre vestía traje negro.
"No es lo que crees. Lo operaron de urgencia. Y yo estoy aprovechando la oportunidad para investigar el caso de Erick", expliqué.
"Ni lo menciones, Henry. ¿No has conseguido ninguna pista?".
"Son muy vagas. Al menos quería encontrar su cuerpo y darle un funeral digno".
"Lo siento mucho", me dijo Juan.
En ese momento, una camarera se acercó y nos atendió. Yo aprecié el aroma del whisky.
"¡Henry!", me llamó una voz aguda y chillona. Ya sabía quién era.
"Señorita...", comencé.
"¡Brittany Veg!", terminó ella, metiéndome dos inesperados besos en las mejillas.
"Hola, Bri", la saludó mi acompañante.
"Hola, Juan. ¿Cómo estás? No sabía que ya se conocían", respondió mi alumna.
"Henry y yo somos viejos amigos".
"¿Viejos?", repitió ella, enfatizando la palabra, y yo reprimí una risa, pues Juan era mucho mayor que yo.
"Si me disculpan".
"Claro, Juan", le dije a mi amigo, quien me fulminó con la mirada, pues no le gustaba que lo llamaran viejo.
Solo estábamos mi alumna, yo y otras chicas en esa zona VIP. El área era grande: tenía unos cómodos sofás de terciopelo rojo y negro, así como un tubo, que algunas chicas usaban para mostrar sus habilidades de pole dance.
"¡Qué sorpresa que vinieras!", soltó Brittany, jugueteando con el botón de mi camisa.
Su aroma era agradable, pero no me afectó, y mucho menos a mi pene.
"Yo también estoy sorprendido", repliqué, apartando sus manos de mi ropa.
Acto seguido, caminé hasta la barandilla y observé a Liz.
"Mira, Henry, sé distinguir lo profesional de lo personal".
Me giré para mirar a Brittany, cada vez más seguro de que ella no era mi tipo.
"Mira, no te lo tomes a mal...", empecé, pero no logré terminar, pues ella me silenció con un beso rápido.
"Fue un accidente. Nos traeré algo de beber", soltó y se fue sin esperar mi respuesta.
Dejé mi vaso en una mesa y me giré de nuevo para ver el movimiento en la planta baja. El bar estaba lleno, la pista de baile igual, pero no había ni rastro de Liz.
Tras un escaneo rápido, encontré a su amiga, la pelirroja que había estado con ella ese mismo día, y justo a su lado estaba mi objetivo. Liz llevaba un vestido azul, escotado, corto y ajustado a su hermoso cuerpo, con la espalda al descubierto hasta la cintura, y tacones que acentuaban aún más su trasero y sus curvas. Me excité con solo verla en ese atuendo. Por unos segundos, nuestras miradas se cruzaron.
De repente, un chico se le acercó, lo que me hizo fruncir el ceño y apretar el puño. Vi cómo el tipo le ofrecía un trago y ella se lo bebía de golpe.
Luego, el acompañante de Liz se acercó para susurrarle algo al oído. ¡¿Qué demonios pasaba?!
"Aquí tienes, guapo", dijo la rubia, reapareciendo, justo cuando yo ya me había olvidado por completo de su existencia.
Le quité el vaso de la mano y me sentí satisfecho con el sabor del whisky. Al menos había acertado con la bebida.
"Vuelvo enseguida, guapo", dijo, intentando plantarme otro beso, pero esta vez fui más rápido y la esquivé.
Acto seguido, salió de la zona VIP.
Decidí buscar a Liz, moviéndome por todo el club. Ella estaba completamente feliz, bailando tan desenfrenada que sentí crecer mi excitación. Empecé a imaginarme rasgando su vestido, si podía llamarse así a ese pedazo de tela que apenas la cubría.
Salí de mi ensoñación cuando un chico se le acercó y empezó a bailar pegadito a ella. Estaban demasiado cerca... ¡Y Liz se frotaba contra él! La escena hizo que me hirviera la sangre y me dieron ganas de meterle un puñetazo en la cara a ese cabrón, porque ¿quién se creía que era? Nadie tocaría a esa chica mientras yo la deseara.
En cuanto empezaron a besarse, bajé corriendo de la zona VIP, prácticamente a trompicones. No les quité los ojos de encima a Liz en ningún momento. Al pasar por la barra, dejé mi vaso, agarré una copa y empujé a todos los que se interponían en mi camino.
Fingí chocar con ellos y, cuando mi objetivo se dio la vuelta, le vacié la bebida encima, justo en las chichis.
Ella inhaló profundamente. No fue hasta ese momento que me di cuenta de que tenía los ojos cerrados. Cuando los abrió, su expresión había cambiado, pero no pude descifrar esa mirada.
Fingí disculparme, la llevé hasta la barra y le hice señas a un mesero para que me diera un pañuelo. Acto seguido, comencé a secar a Liz. Cuando pasé la tela por sus senos, sentí que me recorría una descarga eléctrica. Por eso, me detuve y la miré fijamente, atento al efecto que mi tacto tenía sobre ella.
La tensión entre nosotros solo aumentó. Finalmente, la joven me quitó el pañuelo de las manos y se fue, ignorándome una vez más.
La única certeza que tenía era que necesitaba hacer mía a esa mujer. Decidí quedarme en la barra y pedí otro whisky.
Casi al instante volvió a aparecer Brittany, quien se pasó toda la noche intentando besarme y, por supuesto, intentando meterse en mi cama. Se fue cuando se dio cuenta de que no conseguiría nada, al menos no esa noche.
Luego apareció Juan. Hablamos un rato hasta que descubrí que su hijo formaba parte del círculo de amigos de Liz. Por fin la suerte empezaba a sonreírme. Necesitaba tenerla, hacerla mía... Solo entonces se me quitarían las ganas. Siempre había sido así con todas las mujeres que me interesaban y ella no sería la excepción.
Decidí irme. Cuando llegué al estacionamiento, me encontré con Liz despidiéndose de su amigos. Vi que estos últimos se iban y luego ella se subió en un auto blanco muy bonito. Era claro que tenía buen gusto.
Necesitaba acercarme a ella y ya sabía qué hacer. Al acercármele, me di cuenta de que tenía los ojos cerrados. Golpeé la ventanilla, sobresaltándola, y me dedicó una mirada que sugería que no disfrutaba viéndome.
¡Lo que Liz no sabía era que de nada le serviría poner esa cara, pues sería mía!
Después de dar varias excusas tontas, conseguí que me llevara, y en cuanto subí a su auto, el aroma de su perfume me golpeó. Intenté hablar y coquetear con ella, pero la cosa se puso rara cuando me dijo que estaba casada.
¿Entonces qué mierda había sido lo que vi? ¡¿Cómo era posible que una chica de 21 años, casada, siguiera yendo sola a una discoteca?!
Tenía que ser mentira. Necesitaba averiguar quién era su marido y por qué estaba casada. Era demasiado joven para meterse en algo así. ¡Aunque podría hacerlo por dinero! ¿Sería posible que fuera una acompañante de lujo? En ese caso, no tendría ningún problema, pues yo solo quería una cosa de ella y sabía que la conseguiría.
Entré en la zona residencial y caminé hasta mi mansión.
Todas las casas que había tenido eran similares. En la que estaba había cinco habitaciones, de las cuales tres eran suites. Además, había tres estancias más: una era el comedor, otra la sala de estar, y la última mi sala de juegos.
Había tantos baños en el lugar que ni siquiera sabía cuántos había repartidos por la casa. Eso sí, la cocina era enorme porque me encantaba cocinar; me recordaba a mi madre. A eso se sumaba un garaje bastante amplio, que de momento solo tenía mi BMW.
Le escribí a Peter para que recogiera mi auto. Luego, decidí darme una ducha, mientras me imaginaba varias maneras de ir a buscar a Liz.