Los primeros minutos siempre hago mis peticiones y agradecimientos al señor, le agradezco por poder despertar un día más con salud, por tener un techo y alimento; al final le pido que siga cuidando de mí como lo ha hecho todo este tiempo, pido por el bien de los demás y después... mi cabeza comienza a divagar en otras cosas que no son dignas de compartir en el momento de oración, como en sí el libro que leí me resultó un tanto aburrido, en que la hermana fulana se le miró el tobillo la vez pasada porque usaba calcetines cortos, en que ojalá den arroz con leche para la cena, en verdad adoro el arroz con leche.
Siempre he carecido de disciplina para esto, me dijeron que orar es más como una plática con el señor en lugar de agradecimientos y solicitudes, pero, cielos aquí dentro todo es tan aburrido y rutinario que no hay nada que contarle al pobre hombre, seguro se aburrirá de escuchar mi rutina de todos los días. Estoy segura de que no me mandará el infierno por no platicar con él hoy y solo mantener los ojos cerrados, estoy segura de que ya tiene bastante con escuchar a mis demás hermanas; me convenzo de que le estoy dando un pequeño descanso, de mi por lo menos, me imagino que ha de ser pesado estar para todos y para todo en cualquier momento que te llamen.
Ahora mi mente va a mil por hora, emocionada, llena de éxtasis y eufórica, hoy es mi cumpleaños, 21 años, hoy es mi último día en este lugar, y no digo que fuera malo del todo estar aquí, pero me muero por ver el exterior y más que nada me emociona la idea de poder hacer cosas nuevas, trabajar e ir a la universidad, además de tener la oportunidad de conseguir algún vínculo con mis padres.
Me mandaron a este lugar cuando yo tenía tan solo 7 años, digamos que no eran unos padres muy ejemplares en aquel entonces, estaban perdidos y sin rumbo, mandarme a este lugar fue un acto de amor y protección a mi persona en lo que se encontraban a ellos mismos, oh por lo menos es en lo que la abadesa ha tratado de convencerme en este tiempo, ella notó el tormento en sus ojos y los guio hacia el camino del señor, mis padres son personas totalmente diferentes a lo que fueron algún día y creo que yo también.
Suena la campana anunciando que terminó la hora de rezo y yo soy la primera en pegar un brinco de mi sitio para levantarme de donde estoy, salgo de mi fila y camino con rapidez a mi dormitorio, tengo que prepararme, mis padres vendrán muy pronto por mí.
- Tranquila hermana Dania, me siento ofendida de que tengas tanta emoción por irte ¿De verdad te la pasabas tan mal con nosotros?.- le sonrío a una de las hermanas más mayores cuando paso al lado de ella, siento que las mejillas se me ponen rojas de la vergüenza, no es esa la razón, me doy la vuelta manteniendo mis manos en mi espalda y comienzo retroceder.
- No claro que no, todos y todo aquí fue muy agradable, pero por fin podre vivir con mis padres ¡Mis padres!
Aplaudo y golpeo el suelo con mis pies dando pequeños brinquitos, la hermana sonríe y niega con la cabeza, me doy la vuelta para continuar corriendo, o por lo menos intentarlo, ya que el hábito religioso no me lo permite muy bien. Subo con cuidado las escaleras levantando la tela para que me permita mayor movilidad en los pies, entro a mi habitación, ya tengo mi pequeña maleta de mano color rosa pastel preparada sobre la cama, y al lado de ella un cambio de ropa para mí, pantalones de vestir oscuros y camisa de manga larga blanca.
Me comienzo quitar el hábito religioso, mis movimientos son algo torpes, me tiemblan las manos de la emoción que estoy tratando de contener.
¿Cómo será la casa de mis padres?
¿Tendrán un bonito jardín?
¡Tendré mi primer empleo!
Un sueldo propio para comprarme libros...ropa...
Voy a salir de aquí, por fin... cielos, pensar en eso último me acelera el corazón.
La biblioteca de aquí está atascada de libros antiguos, de rezos o la historia de la iglesia, pero hay un muy pequeño número de libros que no tienen nada que ver con la iglesia y son muy pocas las hermanas a las que le llaman la atención, son libros "Prohibidos" para algunas, novelas de romance para otras.
La hermana Gloria, la abadesa del lugar nos regañaba si nos encontraba alguno de esos libros en las manos, decía que nada de eso era real, que no merecía nuestra atención y que no perdiéramos el tiempo leyendo tonterías que solo nos llenaban la cabeza de fantasías, pero para mí nunca significo un problema el soñar.
Algunas entran a este convento y se aíslan en estos muros sin tener la más mínima intención de salir de ellos, la hermana Gloria una de ellas... otras pocas como yo solo estamos de paso, algunas por voluntad propia para acercarse a la religión, otras para corregir sus caminos y unas otras enviadas por sus padres, yo entro en esa clasificación, supongo.
Siempre esperé con ansias este día, el poder salir de aquí tomar mi propio camino, tener un trabajo, amigas y... un novio. Siento que la temperatura aumenta de solo pensarlo, quiero un amor como en esos libros, un valiente caballero, que sea bueno y amable, quiero un romance suave y lleno de ternura, suspiro de solo imaginarlo.
- Señor, por favor dale un poco de emoción a mi vida de ahora en adelante... Porfa - digo echándole un último vistazo a mi ropa, tomo mi maleta y me giro para llegar a la puerta, de pronto la nostalgia golpea a mi pecho, me quedo parada en el umbral mirando la reducida habitación, mi cama pequeña en donde pasé noches y días en soledad, ese escritorio que le tocó hacerla de almohada en más de una ocasión y mi ropero, que siempre fue tan grande como para llenarlo con la ropa que poseía y en el quedan las prendas que usaba todos los días aquí; estoy lista para pasar de página, una nueva historia llena de aventuras me espera.
Sonrío ligeramente, con cuidado voy cerrando la puerta, las bisagras sueltan un pequeño chillido como si se despidiera de mí, hasta que se queda el silencio y solo se escucha el "clic" de la puerta.