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¡Divorciada! Luego se convirtió en la única heredera del multimillonario

¡Divorciada! Luego se convirtió en la única heredera del multimillonario

Autor: ocean pillow
Género: Moderno
Durante tres años, Arabella se dedicó a su matrimonio, convencida de que incluso el gélido corazón de Gabriel podría derretirse algún día por su amor. Soportó su distancia, creyendo que la paciencia los acercaría. Pero su fe se hizo añicos cuando él la obligó a disculparse públicamente ante su familia por otra mujer. Gabriel esperaba que se rindiera, como siempre, pero Arabella lo dejó por fin. Eligió el divorcio sin pensarlo dos veces. ¿Por qué se aferraría a un hombre que nunca la valoró? Ahora, recuperaría el imperio de mil millones que había dejado atrás y les demostraría a todos su verdadero valor.
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Capítulo 1 Tienes dos opciones esta noche

La luz se filtraba por cada ventana de la propiedad, iluminando un deslumbrante desfile de vestidos de diseñador y joyas.

La ocasión era la celebración del octogésimo cumpleaños de Hugo Reyes, un evento lo suficientemente grandioso como para atraer a casi todas las figuras prominentes de la ciudad.

"¡Ah! ¡Ayuda!".

Sin previo aviso, el grito de una mujer desgarró el jardín trasero. La orquesta se silenció al instante, y los invitados, sobresaltados, se giraron bruscamente hacia el sonido.

"¡Algo pasó allá atrás!", gritó alguien.

Los Reyes se alarmaron de inmediato. Se dirigieron rápidamente al jardín, y el resto de los invitados fue detrás de ellos, cada vez más inquieto.

En el centro de la conmoción, la enorme piscina climatizada al aire libre era un caos, y el agua salpicaba salvajemente sobre su superficie.

Dos mujeres luchaban desesperadamente en la parte más profunda. Una era Arabella Reyes, la esposa de Gabriel Reyes. La otra era Corina Reyes, la viuda del difunto hermano mayor de Gabriel.

"¡Quítense de mi camino!". La orden atravesó la conmoción mientras un hombre alto y delgado se abría paso a empujones entre los atónitos espectadores.

Gabriel ni siquiera se molestó en quitarse la chaqueta. Se zambulló directo en la piscina.

Atravesó el agua a toda velocidad, pasó junto a Arabella y se dirigió directo hacia Corina. Rodeó su cintura con un brazo, apretándola con firmeza contra su cuerpo mientras la arrastraba hacia el borde.

"Gabriel...", jadeó Corina, empapada de pies a cabeza. Se había puesto terriblemente pálida. "Mi estómago... Me duele mucho...".

"No te asustes. ¡No dejaré que les pase nada a ti ni al bebé!". Con los ojos inyectados en sangre, él la tomó en sus brazos y la sacó de la piscina. Luego se volvió bruscamente hacia los guardaespaldas que estaban cerca y bramó: "¿Qué diablos están mirando? ¡Traigan el auto! Vamos al hospital. ¡Ahora!".

Ni una sola vez Gabriel volteó a ver a Arabella, incluso mientras ella seguía luchando por mantener la cabeza fuera del agua.

No fue hasta que él desapareció en la noche con Corina que los guardaespaldas finalmente recobraron el sentido. Para entonces, Arabella ya comenzaba a hundirse. Se apresuraron a meterse y la sacaron a rastras.

El aire helado de la noche la hizo estremecerse.

Empapada de pies a cabeza, se quedó de pie temblando mientras chorros de agua escurrían de su cabello enredado y su ropa mojada.

Un completo caos reinaba en la enorme propiedad de los Reyes. Todos los miembros de la familia habían seguido a Corina al hospital, abandonando a Arabella sin pensarlo dos veces.

Sola, emprendió el camino de regreso hacia la mansión, con cada paso más lento y pesado que el anterior.

Mientras pasaba junto a los sirvientes, sus susurros resonaban abiertamente en la noche. Nadie siquiera intentó bajar la voz.

"¿Cómo puede alguien ser tan cruel? La señora Reyes está embarazada, y aun así la empujó a la piscina".

"Ese niño es lo único que dejó el señor Reyes. Atreverse a meterse con un bebé inocente...".

¿Cruel?

Arabella esbozó una sonrisa amarga y soltó una risa hueca.

Todo había sido una trampa de Corina. La había llamado y luego la había arrastrado directo a la piscina.

Para cuando Arabella finalmente regresó a tropezones a su habitación, los escalofríos sacudían su cuerpo y la cabeza le daba vueltas por el mareo.

Se obligó a tomar una ducha humeante, se puso ropa limpia y luego se arrastró bajo las mantas. Apenas se había acomodado cuando un calor abrasador la invadió de repente.

La fiebre le subió de golpe, le nubló la mente y poco a poco perdió el conocimiento.

Sin previo aviso, la puerta de la habitación se abrió de golpe bajo una patada salvaje.

Gabriel irrumpió en el interior, emanando una rabia fría y apenas contenida.

"¡Levántate!", gruñó.

Acto seguido, le arrancó las mantas, la agarró de su delgada muñeca y, sin importarle su estado, la sacó a la fuerza de la cama.

"Gabriel, ¿qué diablos estás haciendo?".

La fiebre ya había drenado la fuerza de su cuerpo. Tomada completamente por sorpresa, Arabella perdió el equilibrio y se estrelló contra el suelo.

"¿Quieres saber qué estoy haciendo?", resopló él con burla. Se irguió sobre ella, con el rostro desfigurado por la ira. "Arabella, eres una maldita víbora. ¿Qué diablos te hizo Corina? ¿Por qué estabas tan decidida a matarla?".

La joven luchó contra la neblina del mareo y levantó el rostro hacia él. Apretó la mandíbula, pero no había ni rastro de rendición en sus ojos. "¿Cuántas veces tengo que decirlo? Nunca la empujé. Ella se metió en esa piscina por su cuenta".

Gabriel soltó una risa, sin ápice de humor. "¿Por su cuenta? ¿En serio esperas que me trague esa mierda? ¿Que Corina se pondría en peligro a sí misma, y a su propio bebé, solo para tenderte una trampa?".

Le sujetó la barbilla con tanta fuerza que le hizo daño. "¡Basta de tus sucias mentiras, Arabella! ¡Perdió al bebé! ¡El hijo de mi hermano está muerto por tu culpa!".

¿Corina había sufrido un aborto?

Arabella abrió los ojos de par en par por la conmoción. "¿Cómo...?". La palabra apenas escapó de sus labios.

Nada de eso tenía sentido. ¿Por qué Corina llegaría al extremo de sacrificar a su propio hijo no nacido simplemente para arruinarla?

"¡Cállate!". El rostro de Gabriel permaneció frío. "Vienes conmigo".

Antes de que Arabella pudiera decir otra palabra, él le agarró el brazo con una mano y la arrastró hacia la puerta.

"¿A dónde diablos me llevas?", exigió saber ella, luchando contra su agarre. "¡Quítame las manos de encima!".

"A la capilla familiar".

La mención de la capilla hizo que Arabella se tensara de miedo y sintiera un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo.

Aparte de sus propósitos religiosos, ese lugar también servía como el tribunal privado de la familia Reyes, donde se dictaban castigos a puerta cerrada.

Se rumoreaba que incluso los hombres fuertes y adultos apenas lograban salir vivos de allí.

"¡No! ¡No voy a ir!". Luchó contra el agarre de Gabriel con todo lo que tenía. "¡No hice nada! ¿Por qué debería ser castigada?".

Su esposo no le dio ninguna respuesta; simplemente la arrastró por el pasillo sin disminuir la velocidad.

Arabella no llevaba zapatos, y la fiebre hacía que tropezara sin remedio detrás de él. El áspero camino de grava le desgarró las plantas descalzas hasta dejarlas raspadas y sangrando, pero él ni siquiera miró hacia atrás.

La luz inundaba cada rincón de la capilla familiar.

Dos filas rígidas de ancianos de la familia Reyes llenaban el salón, cada uno con la misma expresión sombría. Se habían reunido por ella, y a juzgar por sus rostros, su culpabilidad ya había sido decidida mucho antes de que llegara.

Hugo ocupaba la silla en el centro, con una postura rígida.

Tan pronto como Gabriel apareció arrastrando a Arabella, el anciano puso cara de furia. Lanzó la mano hacia la taza a su lado y, sin decir una palabra, la agarró y se la arrojó directamente a ella.

Con un golpe violento, la porcelana estalló a los pies de Arabella, haciendo que el café caliente salpicara por todas partes.

Un fragmento irregular le alcanzó el tobillo, cortándole la piel. Sangre fresca se formó de inmediato a lo largo del corte.

"¡Maldita perra!". El bramido de Hugo sacudió la capilla. "¡Ponte de rodillas, maldita sea!".

Cada rostro en el salón parecía acusarla. La rabia colectiva de la familia Reyes presionaba desde todos lados, pero Arabella se negó a acobardarse.

El tobillo herido le dolía a cada segundo, y la fiebre la dejaba mareada, pero se irguió y se mantuvo firme en el medio de la habitación.

"Nunca empujé a Corina". Con los labios pálidos, habló débilmente mientras recorría con la mirada a las personas que la rodeaban. "No he hecho nada malo, así que no me voy a arrodillar".

"¡Tienes mucho descaro!", espetó una voz indignada.

"¡Ni una pizca de remordimiento!", soltó alguien más.

La hostilidad llovía desde todas las direcciones, y el salón entero estalló en insultos.

Gabriel se abrió paso a través del alboroto y se acercó a ella. Su desafío solo endureció aún más su expresión. Agarrándola de los hombros con ambas manos, la empujó hacia abajo, directo al charco de café y la porcelana irregular esparcida por el suelo.

Las rodillas de Arabella cedieron bajo la fuerza. Golpeó el suelo con fuerza, cayendo directamente entre los fragmentos de porcelana.

El dolor la atravesó, tan intenso que parecía llegarle hasta los huesos. Un gemido ahogado escapó de sus labios mientras un sudor frío brotaba en su frente.

Gabriel se irguió frente a ella y habló sin la menor calidez: "Tienes dos opciones esta noche, Arabella. Quédate ahí de rodillas hasta que admitas lo que hiciste...".

Dejó que el silencio se prolongara antes de bajar la voz, con cada palabra cargada de malicia. "O firma los papeles del divorcio. Ahora".

Capítulo 2 Arrodillada bajo el aguacero

¿Divorcio?

Arabella se mordió el pálido labio inferior con tanta fuerza que afloró un rastro de sangre.

Se obligó a ignorar el dolor punzante en sus rodillas y alzó la mirada hacia Gabriel, que se erguía ante ella con una expresión helada e implacable.

"¡Gabriel, no te atrevas!", espetó con firmeza. "¡No voy a admitir algo que nunca hice!".

"¡Eres una terca y no tienes remordimientos!", rugió Hugo desde el otro lado de la habitación, golpeando el reposabrazos. La furia ardía en sus ojos. "¡Arabella, todas las pruebas te señalan a ti! Corina perdió a su hijo. ¿Cómo es posible que sigas insistiendo en que eres inocente?".

"¡Yo no lo hice!". Ella mantuvo la espalda recta.

Tenía fragmentos de porcelana incrustados en las rodillas y la sangre ya había empezado a brotar de las heridas, pero aun así se negaba a bajar la cabeza. Miró directamente a los ojos furiosos de Hugo. "¡Ella saltó a la piscina por sí misma! ¡Miren las grabaciones de seguridad! Interroguen a los testigos...".

"¡Ya es suficiente! ¡Sigues mintiendo!". El anciano finalmente perdió el control.

Agarró el jarrón de porcelana que estaba en la mesa junto a él y lo arrojó violentamente hacia ella.

Con un estruendo, el jarrón golpeó el suelo y se hizo añicos.

Arabella no tuvo tiempo de apartarse.

Uno de los fragmentos afilados salió disparado hacia ella y le cortó el dorso de la mano, dejándole una herida de casi cinco centímetros de largo.

La sangre brotó de inmediato del corte, salpicando su ropa.

Aun así, apretó la mandíbula sin emitir un solo grito.

"¡Mujer insolente! ¿Has olvidado con quién estás tratando?".

Hugo respiraba con dificultad; su pecho subía y bajaba pesadamente. Señaló con un dedo tembloroso hacia la entrada y bramó, con la voz resonando por toda la capilla familiar: "¡Guardias! ¡Lleven a esta terca afuera! ¡Háganla arrodillarse allí! ¡Tiene prohibido levantarse hasta que admita lo que hizo!".

"¡Sí, señor Reyes!".

Los sirvientes que estaban apostados a ambos lados de la capilla familiar avanzaron de inmediato hacia Arabella.

"Hugo", llamó suavemente Silvia Reyes, la suegra de Arabella. "Por favor, cálmate".

Ella había estado de pie a un lado, observando. Y ahora ya no podía seguir en silencio. Se apresuró a acercarse y extendió la mano para ayudar a la chica a ponerse de pie. "Arabella, ¿por qué tienes que hacerte las cosas tan difíciles?".

Susurró en tono suplicante: "Solo cede por esta vez. Admite que te equivocaste. Di que fue un accidente. Gabriel y Hugo... no te van a matar por esto".

Silvia apenas había tocado a Arabella cuando otra mano la apartó de un manotazo.

"Mamá, ¿por qué pierdes el tiempo con ella?". Jordana Reyes arrastró a su madre hacia atrás y se colocó de forma protectora frente a ella. Miró a Arabella desde arriba con un disgusto indisimulado. "Una mujer tan cruel y calculadora como ella merece morir. ¿Cómo puedes sentir lástima por ella?".

"Pero Jordana, ella también cayó al agua, y ahora le sangra la mano...".

"¡Se lo merece!", se burló Jordana. "Ella arrebató una vida. Hacerla arrodillarse un rato no es nada comparado con lo que les hizo a Corina y a su hijo".

Arabella sonrió amargamente.

¿Así que ella se merecía esto?

No prestó atención a las odiosas palabras de Jordana. Con las pocas fuerzas que le quedaban, levantó la cabeza y miró al hombre alto que estaba de pie justo frente a ella.

"Gabriel", empezó con voz temblorosa e incrédula. "¿Tú también lo crees? ¿De verdad piensas que yo lo hice?".

Tres años como marido y mujer. Más de mil noches compartiendo la misma cama. Y después de todo ese tiempo, ¿aún no había logrado ganarse ni una pizca de su confianza?

Él la miró con evidente desprecio. No había nada en sus ojos excepto frialdad y asco.

"Arabella, deja de mirarme así. Me da asco". Su tono era distante y escalofriantemente tranquilo. "En el instante en que le pusiste una mano encima a Corina, dejaste de ser mi esposa".

Luego, Gabriel se dio la vuelta sin la menor vacilación.

"Vigílenla. ¡Si Corina no despierta, pagará con su vida!".

Tras dar esa orden despiadada, salió de la capilla familiar y desapareció en la noche.

Arabella sintió como si su corazón hubiera caído en un abismo helado.

Se quedó mirando su figura alejándose, y el último rastro de esperanza al que se había aferrado se desvaneció.

Así que, en el corazón de Gabriel, ella nunca había sido la mujer que él eligió. Siempre había sido Corina.

"¿Qué hacen ahí parados? ¡Sáquenla de aquí!", les gritó Jordana a los sirvientes.

Dos criados se adelantaron de inmediato, agarraron a Arabella por los brazos y la sacaron a rastras de la habitación con brusquedad.

"¡Suéltenme! Yo no hice nada...".

La sangre seguía filtrándose de las heridas de sus rodillas, corriendo por sus piernas y dejando dos líneas marcadas en el suelo pulido.

Los sirvientes la sacaron de la capilla familiar y la llevaron directamente al centro del patio.

"¡No te muevas!", espetó uno de ellos, pateando las corvas de Arabella.

Sus piernas cedieron al instante, y él le empujó los hombros hacia abajo y la arrojó al suelo.

Sus rodillas ya lastimadas golpearon el implacable camino de piedra con toda su fuerza. Un dolor insoportable le atravesó la cabeza. De repente, se le nubló la vista y estuvo a punto de perder el conocimiento.

Justo en ese momento, un estruendo atronador desgarró el cielo nocturno. Luego, como si hubieran abierto de golpe las compuertas del cielo, una fuerte lluvia comenzó a caer a cántaros.

"¡¿De dónde salió esta lluvia de repente?!", exclamó uno.

"¡Adentro! ¡Rápido, entren!", gritó otro.

La repentina tormenta hizo que los sirvientes corrieran a buscar refugio. Después de lanzarle a Arabella una mirada indiferente y despectiva, se apresuraron a regresar a la capilla familiar, dejándola atrás.

El enorme patio quedó rápidamente oscuro y desolado, con la joven como su única ocupante.

El viento aullaba a través del espacio abierto mientras caían cortinas de lluvia.

En cuestión de momentos, el agua helada había empapado su delgado camisón. La lluvia golpeaba las heridas abiertas de su mano y sus rodillas, enviando un dolor insoportable por todo su cuerpo.

De vuelta en el interior de la capilla familiar, Silvia miró a Hugo, que seguía consumido por la ira. Dudó, y luego dijo: "El niño ya no está. Tenemos que pensar en las personas que siguen aquí. Si esto continúa, le romperás el corazón a Arabella por completo...".

"¿Y qué si lo hago?", la interrumpió él con frialdad. "¿De verdad crees que tiene el valor de desobedecerme?".

Se puso de pie en cuanto terminó de hablar. Un sirviente se acercó de inmediato con un paraguas y lo acompañó fuera de la capilla familiar.

Silvia fue la única que se quedó atrás. Continuó mirando a la figura solitaria arrodillada bajo la lluvia implacable. Luego, dejó escapar un largo y doloroso suspiro.

Capítulo 3 Quiero el divorcio

La lluvia helada de otoño cayó a cántaros durante toda la noche.

Por la mañana, un tenue resplandor comenzó a extenderse por el horizonte.

Un par de zapatos de cuero relucientes apareció en el borroso campo de visión de Arabella.

"Has estado de rodillas toda la noche", dijo Gabriel. "¿Ya aprendiste la lección?".

Su fría voz le llegó desde arriba. "Admite lo que hiciste mal", exigió con tono autoritario. "Ve con Corina y ruégale que te perdone. Solo después de eso lo dejaré pasar".

Arabella levantó lentamente la cabeza.

Su rostro, que alguna vez había sido radiante, ahora lucía pálido y sin vida.

"Yo no la empujé". Tenía la garganta seca y su voz sonó áspera. "Gabriel, Corina saltó a la piscina por sí misma. Me tendió una trampa deliberadamente".

"¡Basta!". Los ojos del hombre brillaron con furia.

Él dio un paso adelante y le agarró la barbilla, hundiendo los dedos dolorosamente en su piel. "Corina sigue internada en la unidad de cuidados intensivos", gruñó. "¿Y tienes el descaro de acusarla de tenderte una trampa?".

La presión de los dedos sobre su barbilla era terriblemente dolorosa, pero Arabella permaneció completamente inmóvil.

Miró el rostro de quien había amado durante tres años y, en ese momento, desapareció el último rastro de esperanza.

"De verdad no me crees", susurró.

"¿Por qué debería creerle a alguien tan cruel y calculadora como tú?". Gabriel se rio con desdén antes de empujarla bruscamente.

Arabella cayó de espaldas en el agua lodosa.

El corte en el dorso de su mano, causado por la porcelana rota, se había hinchado y la piel se había puesto pálida y arrugada tras estar expuesta a la lluvia durante horas. Cualquier dolor agudo que hubiera sentido antes había desaparecido hacía mucho tiempo, reemplazado por un entumecimiento intenso y palpitante.

Sin embargo, incluso ese dolor era insignificante al lado del vacío que se había instalado en su pecho.

De repente, ella se rio.

"Está bien...", murmuró. "Ya decidiste que soy culpable, así que no tiene sentido seguir dándote explicaciones".

Apoyó las manos contra el suelo y se obligó a ponerse de pie.

"Gabriel", dijo. "Quiero el divorcio".

Él soltó una carcajada despectiva. "¿Divorcio? Arabella, ¿qué estás intentando hacer esta vez? ¿Estás jugando a que vaya tras de ti?".

"Cree lo que quieras", respondió ella, con un tono extrañamente tranquilo. "Haré que te entreguen los papeles del divorcio. A partir de este momento, he terminado contigo y con toda la familia Reyes".

Se dio la vuelta después de decir eso. Sin la menor vacilación, arrastró su cuerpo maltrecho hacia la escalera y subió dolorosamente un escalón tras otro.

Mientras Gabriel veía a la terca mujer subir las escaleras, sintió una irritación que no lograba entender.

"¡Arabella!", le gritó. "¡En el momento en que cruces esa puerta, ni se te ocurra volver conmigo!".

La joven se detuvo brevemente. Aun así, se negó a darse la vuelta.

Una vez que llegó a la habitación principal, no prestó atención a su ropa empapada e inmediatamente comenzó a recoger sus pertenencias.

No había mucho que llevar: solo un par de mudas de ropa, su pasaporte y algunos otros documentos personales.

Las costosas joyas de diseñador que Gabriel le había regalado se quedaron exactamente donde estaban.

Por último, se quitó el anillo de bodas de la mano izquierda y lo dejó con cuidado sobre la mesa de noche. Luego salió y cerró la puerta tras de sí.

Ese simple clic marcó el final de tres años de devoción incondicional.

Arabella arrastró su maleta por las puertas principales de la propiedad de la familia Reyes.

Dentro de la mansión, el personal de servicio la vio irse con expresión distante e indiferente. Ninguno de ellos hizo el menor esfuerzo por detenerla.

La lluvia finalmente había amainado, pero el viento seguía siendo helado.

Arabella descendió por la sinuosa carretera de la montaña. La sangre alrededor de su tobillo ya se había secado, pero su frente ardía con un calor alarmante.

Se le nublaba la vista cada vez más y todo a su alrededor comenzó a dar vueltas.

"Qué frío...", susurró.

Apretó los dientes y se aferró con fuerza al asa de la maleta, obligándose a avanzar aunque cada paso le dolía como si caminara sobre cuchillas.

Finalmente, sus fuerzas se agotaron.

Con un golpe sordo y pesado, Arabella cayó al borde de la carretera y su maleta rodó a su lado.

Justo cuando la oscuridad que se cernía sobre ella parecía dispuesta a consumirla por completo, el chirrido estridente de unos neumáticos rompió de repente el silencio.

Un auto deportivo rojo se detuvo bruscamente a su lado.

La puerta se abrió de golpe y una mujer con un atuendo impecable y zapatos de tacón salió a toda prisa. "¡Arabella!".

Amanda Campos abrió los ojos de par en par, completamente conmocionada al verla tendida en el lodo, con las manos y los pies cubiertos de sangre.

"¡Arabella, despierta!", gritó con ansiedad. "¿Qué diablos te hicieron esos monstruos de la familia Reyes?".

Rápidamente la tomó en sus brazos. En el momento en que Amanda sintió el calor aterrador que emanaba de su frente, entró en pánico. "¡Estás ardiendo! No tengas miedo. ¡Te llevaré al hospital ahora mismo!".

Con bastante dificultad, acomodó a Arabella en el asiento del copiloto y luego aceleró hacia el Hospital General de Wreport.

...

Cuando Arabella finalmente abrió los ojos, todo a su alrededor se veía de un blanco cegador.

El fuerte olor a desinfectante abrumó de inmediato sus sentidos.

Ya era el final de la tarde. Los últimos rayos de sol se filtraban a través de una estrecha abertura entre las cortinas, proyectando una larga sombra por la habitación del hospital.

"¡Arabella!", exclamó Amanda. "¡Gracias a Dios que estás despierta!".

Había estado sentada junto a la cama velando a su amiga durante horas. Al verla moverse, se puso de pie de un salto de inmediato, con las lágrimas corriendo por sus mejillas. "¿Tienes idea de lo cerca que estuviste de morir? ¡Tu fiebre llegó a los cuarenta grados! ¡Tus rodillas y la herida en el dorso de tu mano estaban tan infectadas que ya habían comenzado a formar abscesos! Ese maldito Gabriel... ¡Te juro que lo voy a matar!".

"Amanda...". La voz de Arabella no fue más que un chirrido seco y doloroso. Extendió la mano y le agarró la manga. "No te vayas".

"Después de todo lo que te hizo, ¿todavía estás intentando protegerlo?", soltó Amanda, con la voz llena de incredulidad, "No lo estoy... protegiendo", respondió Arabella.

Una sonrisa dolorosa y amarga apareció en sus labios. "Yo... ya le pedí el divorcio".

La otra se quedó completamente inmóvil por un momento. Luego le apretó la mano. "¡Bien! ¡Ya era hora de que por fin dejaras a ese maldito imbécil ciego!".

El silencio se instaló en la habitación del hospital.

Amanda salió para llamar al médico.

Sola en la cama del hospital, Arabella miró por la ventana mientras el cielo afuera se oscurecía gradualmente. Las lágrimas se deslizaron en silencio por las comisuras de sus ojos y humedecieron la almohada.

Ella y Gabriel llevaban tres años casados, más de mil días y noches juntos.

Durante todo ese tiempo, Arabella se había convencido de que, si lograba ser lo suficientemente buena y obediente, podría llegar a ablandar su corazón de piedra.

Pero ahora, por fin comprendía la verdad.

Si él no la amaba, entonces simplemente no la amaba.

A los ojos de Gabriel, comparada con Corina, ella no era más que una diminuta mota de polvo.

La habitación del hospital quedó poco a poco sumida en la oscuridad.

Arabella cerró los ojos y dejó que el dolor y el arrepentimiento la consumieran.

Estaba preparada para aceptar sus tres años de vida con él como una pérdida dolorosa y dejarlo ir.

A partir de este momento, ella y Gabriel tomarían caminos separados.

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