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¿Divorciarnos ahora que estoy embarazada? ¡Bien, firmemos!

¿Divorciarnos ahora que estoy embarazada? ¡Bien, firmemos!

Autor: PageProfit Studio
Género: Romance
Una gélida tarde de diciembre, Avery Collins, embarazada de veinticinco semanas, entra en una pastelería con antojo de algo dulce. Pero lo que encuentra es a su marido, Adrian Blackwood, el frío y brillante director ejecutivo de Blackwood Capital, compartiendo un momento íntimo con otra mujer. En ese instante, Avery por fin lo comprende. Hay personas que nunca serán tuyas, por mucho tiempo que lleves amándolas. Lleva ocho años enamorada de Adrian, desde mucho antes de que él siquiera supiera su nombre. Un error de una noche, un embarazo inesperado y una boda impuesta por la presión familiar convirtieron su sueño en una prisión. Mientras Avery lo daba todo por su matrimonio, Adrian estaba convencido de que ella le había tendido una trampa. Así que decide dejarlo ir. Tras dar a luz a su hija, Avery toma la decisión más dolorosa de su vida. Sabe que jamás podría vencer a la poderosa familia Blackwood en una disputa por la custodia, así que deja a la niña al cuidado de Adrian y se marcha a estudiar a la Universidad de Stanford. Solo se lleva una fotografía de su bebé y encarga a su abogado que tramite el divorcio. Cinco años después, Avery regresa convertida en una periodista financiera de renombre mundial: hermosa, brillante e irreconocible. Entonces, su abogado le da una noticia que la deja atónita. Adrian nunca firmó los papeles del divorcio. -Dice que, si quiere divorciarse... tendrá que pedírselo en persona. La respuesta de Avery es tajante. -Entonces dígale al señor Blackwood... que nos veremos en los tribunales. Cree que con eso el asunto está zanjado. Hasta que una niña desliza su manita entre sus dedos. -Señora bonita... ¿quieres cenar conmigo? Avery alza la vista y se encuentra con la mirada firme de Adrian. -Señora Blackwood -dice él en voz baja-, nuestro divorcio puede esperar. Y cuando la niña susurra: «Por favor, no vuelvas a dejarme...», Avery comprende que la única batalla que creía haber ganado apenas acaba de empezar.
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Capítulo 1 Cosas dulces

A sus veinticinco semanas de embarazo, Avery Collins había adquirido una costumbre poco conveniente.

Cada vez que salía del Hospital para Mujeres St. Katherine después de una cita prenatal, acababa cruzando la calle para entrar en la pequeña cafetería especializada en postres que había justo enfrente.

No podía evitarlo.

Todas las tardes, el aroma de los pasteles recién horneados flotaba en el aire y tentaba a cuanta futura madre pasara por allí. Antes de quedarse embarazada, Avery nunca había sentido especial debilidad por los dulces. Sin embargo, durante aquellos últimos seis meses, los antojos no le habían dado tregua.

Pastel red velvet.

Mousse de arándanos.

Sobre todo esos dos.

Con la carpeta de su control prenatal bajo un brazo y la otra mano apoyada de forma protectora sobre la suave curva del vientre, Avery empujó la puerta de la cafetería.

La pequeña campanilla de latón tintineó sobre su cabeza.

El calor la envolvió al instante, acompañado por el reconfortante aroma de la vainilla, el café y el chocolate fundido.

La joven que atendía detrás del mostrador levantó la vista y le dedicó una sonrisa inmediata.

-Buenas tardes, Avery.

Ella le devolvió la sonrisa por reflejo.

-Hola.

-¿Lo de siempre?

La camarera ni siquiera necesitaba preguntarlo.

-¿El red velvet y la mousse de arándanos?

A Avery se le escapó una risita.

-Me conoces demasiado bien.

-Me preocuparía si pidieras otra cosa.

Algunos clientes rieron por lo bajo.

Avery no era precisamente una desconocida allí. Desde el inicio del embarazo, había pasado por la cafetería después de casi todas sus citas prenatales. El personal había visto crecer su barriga mes tras mes.

Pagó y se dirigió a su mesa favorita, junto a la ventana.

En el exterior, Londres bullía en otra fría tarde de diciembre.

Mientras esperaba su pedido, sacó el teléfono del bolso. Su historial de búsquedas se había vuelto casi ridículamente predecible.

Cochecitos de bebé.

Ropa de bebé.

Mantas para recién nacidos.

Diminutos calcetines de punto.

Sonrió sin darse cuenta mientras recorría las fotografías de unos cárdigans increíblemente pequeños.

Su hija estaría adorable con ellos.

Solo pensarlo le llenó el pecho de calidez.

Entonces la campanilla de la puerta volvió a sonar.

Avery alzó la mirada casi por inercia.

Un hombre y una joven acababan de entrar.

Él medía bastante más de metro ochenta y sus hombros anchos parecían llenar el umbral. Tenía el cabello oscuro, vestía un abrigo gris antracita de corte impecable y poseía la serenidad natural de quien estaba acostumbrado a atraer todas las miradas sin proponérselo.

Adrian Blackwood.

Su corazón reconoció el nombre antes de que su mente terminara de reconocer el rostro.

A su lado caminaba una mujer que apenas parecía haber terminado la universidad.

Llevaba un abrigo de lana rosa pálido sobre un vestido de punto color crema, botas de ante hasta las rodillas y una boina a juego que enmarcaba sus suaves rizos castaños. De ojos vivaces y elegancia natural, se movía con la despreocupada seguridad de alguien a quien la vida jamás había impuesto una carga demasiado pesada.

Avery perdió todo el color del rostro.

Los dedos se cerraron alrededor del teléfono.

Adrian.

Su marido.

El padre de la niña que crecía bajo su corazón.

Ninguno de los dos había esperado encontrarse allí.

O quizá...

Quizá la única sorprendida era ella.

La joven le sonrió a Adrian mientras decía algo que Avery no alcanzó a oír. Él la escuchaba con paciencia. Sobre un brazo llevaba tanto el bolso de mano rosa de ella como su propia chaqueta de traje.

Era un gesto insignificante.

Y, aun así, se le clavó como un cuchillo.

Tal vez Avery los había observado durante demasiado tiempo.

De forma demasiado evidente.

Porque Adrian levantó la cabeza de pronto.

Sus miradas se cruzaron de un extremo al otro de la cafetería.

El tiempo pareció detenerse.

En el rostro de él no hubo sorpresa.

Ni incomodidad.

Ni culpa.

Y, desde luego, ninguna calidez.

Su expresión permaneció tan serena como si estuviera mirando a alguien con quien se había cruzado una sola vez por la calle.

Una desconocida.

Nada más.

Apenas un segundo después, desvió la mirada.

La conversación con la joven continuó como si Avery jamás hubiera existido.

La camarera regresó con sus postres.

-Aquí tienes.

El intenso tono carmesí del pastel y la delicada mousse de arándanos resultaban tan perfectos como siempre.

En cualquier otro momento, Avery ya habría tomado el tenedor.

Aquella tarde no pudo tocar ninguno de los dos.

Al otro lado de la cafetería, Adrian recogió su pedido para llevar. La joven recibió la bolsa con una sonrisa alegre y ambos se encaminaron hacia la puerta.

Cuando pasaron junto a la mesa de Avery, la mujer bajó la voz.

-Ren...

Avery reconoció el apodo.

-Entonces -susurró la joven con curiosidad-, ¿conocías a esa señora embarazada? No dejaba de mirarnos.

Adrian ni siquiera volvió la cabeza hacia Avery.

-No te preocupes por ella.

Su voz no reveló emoción alguna.

Pura indiferencia.

La pareja salió y la puerta se cerró a sus espaldas.

Señora embarazada.

Aquellas palabras resonaron dentro de Avery con dolorosa insistencia.

Solo tenía veinticuatro años.

Sin embargo, el embarazo la había transformado.

Las náuseas matutinas habían dado paso a un cansancio constante. Pese a llevar semanas descansando con cuidado, las ojeras seguían marcándole el rostro. Sus mejillas se habían redondeado un poco, y la figura elegante de la que antes se enorgullecía había desaparecido bajo varias capas de prendas de punto y un grueso abrigo premamá.

El gorro de lana que se había puesto al salir del hospital ocultaba un cabello que no había tenido fuerzas para arreglar.

Comparada con la joven radiante que acompañaba a Adrian...

De pronto comprendió por qué cualquiera podía tomarla por alguien mayor.

No debería haber seguido mirando.

Lo sabía.

Aun así, sus ojos buscaron la calle a través de la ventana.

Adrian abrió el Range Rover negro estacionado junto a la acera. Se adelantó para abrir la puerta del copiloto y, cuando la joven subió, alzó una mano por encima de su cabeza para evitar que se golpeara con el marco.

Ella se rio por algo que él había dicho.

Adrian sonrió.

No por cortesía.

No por obligación.

Fue una sonrisa cálida.

Relajada.

Tierna.

Una sonrisa que Avery jamás había recibido.

Cerró la puerta con cuidado y rodeó el vehículo hasta el lado del conductor.

Poco después, el Range Rover desapareció entre el tráfico de Londres.

Solo entonces Avery advirtió que llevaba unos instantes sin respirar.

La camarera se acercó en silencio.

-Disfrute de sus postres.

Avery se obligó a sonreír.

-Gracias.

Tomó el tenedor.

Un trozo generoso de pastel red velvet se deshizo sobre su lengua.

Normalmente era dulce.

Aquella tarde...

No sabía a nada.

Le costó tragar.

El dolor que se extendía por su pecho era mucho más intenso que el hambre.

Siempre había sabido que aquel matrimonio terminaría algún día.

Pero saberlo no hacía que doliera menos.

Su matrimonio nunca había comenzado por amor.

Una noche imprudente.

Un embarazo inesperado.

Eso había bastado.

La familia Blackwood insistió en que se casaran.

Para Adrian Blackwood, el brillante fundador y director ejecutivo de Blackwood Capital, aquella boda no había sido más que una obligación.

Una responsabilidad.

Nada más.

Para él...

Avery solo era la mujer que lo había atrapado.

Nunca lo había dicho en voz alta.

Tampoco le había hecho falta.

Sus ojos lo habían dejado claro.

Para Avery...

Todo era distinto.

Llevaba ocho años amándolo.

Desde mucho antes de que él supiera siquiera que existía.

Desde mucho antes de que el destino los hiciera coincidir en la misma habitación.

Había estudiado sin descanso, decidida a convertirse en alguien digna de estar a su lado, en vez de limitarse a admirarlo desde lejos.

Con el tiempo, había conseguido un puesto como secretaria de Adrian en Blackwood Capital.

Creyó que, por fin, el destino le sonreía.

Pero, en realidad...

Solo le había traído sufrimiento.

Todavía recordaba la mañana posterior a aquella noche.

La frialdad en los ojos de Adrian.

Su inconfundible repugnancia.

Como si haberla tocado hubiera sido el peor error de su vida.

De pronto, un calambre agudo le retorció el bajo vientre.

Avery soltó un jadeo.

El tenedor se le escapó de los dedos.

Otra punzada llegó enseguida.

Más intensa.

Por instinto, se abrazó la barriga con ambas manos.

-No...

La sangre abandonó sus facciones y un sudor frío le cubrió la frente.

Los clientes de las mesas cercanas se dieron cuenta al instante.

-¡Disculpe!

Una mujer de mediana edad se apresuró a acercarse.

-¿Está bien?

Avery intentó responder, pero una nueva oleada de dolor le cortó el aliento.

Alguien ya estaba sacando un teléfono.

-El hospital de maternidad está justo al otro lado de la calle.

-Tenemos que llevarla allí.

En cuestión de minutos, dos empleados de la cafetería ayudaron a Avery a cruzar la calle con cuidado.

Capítulo 2 Una puerta se abre, otra se cierra

Cuando Avery llegó a la unidad de evaluación obstétrica, los calambres ya habían remitido, aunque todavía sentía un dolor sordo en la parte baja del abdomen.

Una matrona la ayudó a acomodarse en la camilla mientras otra le colocaba el monitor fetal.

-Intenta relajarte -le dijo con suavidad-. Vamos a examinarte bien para asegurarnos de que tu pequeño esté bien.

Avery asintió, pero mantuvo las manos fuertemente entrelazadas sobre la curva del vientre.

Poco después, el galope rítmico del corazón de su bebé llenó la habitación.

Fuerte.

Constante.

Saludable.

Solo entonces Avery se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.

Tras la ecografía y la exploración, la obstetra a cargo regresó con su historial clínico.

-La buena noticia es que tu bebé está perfectamente bien.

Avery exhaló con un leve temblor.

-Gracias a Dios...

La médica le dedicó una sonrisa tranquilizadora y acercó una silla.

-Has tenido lo que llamamos irritabilidad uterina. Es bastante común durante el embarazo.

Avery la observó sin estar del todo segura de lo que aquello significaba.

-El útero es un músculo -explicó la médica-. Cuando estás sometida a un estrés emocional considerable, tu organismo libera hormonas como la adrenalina y el cortisol. Estas pueden provocar contracciones uterinas temporales, lo que causa calambres y tensión abdominal.

Hizo una pausa para asegurarse de que Avery la siguiera.

-No estás de parto prematuro y, por fortuna, el cuello uterino sigue cerrado. Tu bebé no corre ningún peligro inmediato.

Avery se llevó una mano al vientre por instinto.

-Entonces... ¿ella estará bien?

-Sí -respondió la médica con serenidad-. Pero este episodio es la forma que tiene tu cuerpo de advertirte que soporta demasiada tensión.

Cerró el historial.

-El embarazo ya exige mucho al organismo. No necesitas sumarle una angustia emocional prolongada. El estrés constante puede contribuir a la hipertensión, los trastornos del sueño, la falta de apetito y los episodios recurrentes de endurecimiento uterino.

Su expresión se dulcificó.

-Por tu bien y por el de tu hija, debes evitar, siempre que sea posible, cualquier situación que te altere demasiado.

Una sonrisa amarga asomó a los labios de Avery.

Ojalá fuera tan sencillo.

La médica volvió a revisar los documentos antes de preguntarle con aparente naturalidad:

-¿Tu marido ha venido contigo?

Avery bajó la mirada.

-No.

-¿Está aparcando el coche?

La preocupación en su voz era sincera.

A Avery se le escapó una risa apagada, cargada de resignación.

-No.

Desvió la vista hacia la ventana cubierta de gotas de lluvia.

-Está... ocupado con otra persona.

La médica guardó silencio.

Llevaba suficiente tiempo trabajando en obstetricia para reconocer un corazón roto cuando lo tenía delante.

En vez de insistir, se inclinó sobre el escritorio y le entregó un folleto.

-Si notas sangrado, pérdida de líquido, contracciones regulares o, más adelante, una disminución de los movimientos del bebé, vuelve de inmediato.

Avery asintió.

-Lo haré.

-Y prométeme otra cosa.

Avery alzó la vista.

-Sé amable contigo misma.

La petición la tomó por sorpresa.

Aun así, consiguió esbozar una tenue sonrisa.

-Lo intentaré.

*****

Al salir, el aire de diciembre se había vuelto más frío.

Las nubes grises cubrían el cielo de Londres y se tragaban los últimos restos de luz de la tarde.

Avery se detuvo en las escaleras del hospital.

La médica le había dicho que evitara alterarse.

Estuvo a punto de reírse.

¿Cómo se suponía que iba a hacerlo?

Su matrimonio se desmoronaba ante sus ojos.

El hombre al que había amado durante casi una década había contemplado a otra mujer con una ternura que jamás le había mostrado a su esposa.

Por muchas respiraciones profundas que hiciera, nada cambiaría eso.

Se ajustó el abrigo al cuerpo y paró un taxi.

*****

Cuando llegó a su casa de Kensington, el crepúsculo ya había caído sobre la ciudad.

Una cálida luz dorada escapaba por las ventanas de la majestuosa residencia de los Blackwood.

Desde fuera, parecía el hogar de una familia perfecta.

Por dentro, no se parecía en nada a uno.

Las risas procedentes del salón llegaron hasta el recibidor. Las dos amas de llaves que Lady Blackwood había contratado años atrás estaban tomando el té juntas, con el murmullo de la televisión de fondo.

Ninguna se levantó cuando Avery entró.

Una de ellas apenas miró por encima del borde de la taza.

-¿Cómo te fue en la consulta?

Había más curiosidad que preocupación en su tono.

Avery se quitó el abrigo color crema.

-Bien.

Se dirigió hacia las escaleras.

-Te he hecho una pregunta.

El ama de llaves de mayor edad frunció el ceño.

-Al menos podrías responder como es debido.

Avery siguió caminando.

A sus espaldas, otra voz cargada de desdén resonó por el pasillo.

-Sinceramente, llevar en el vientre al heredero de los Blackwood no la convierte en la señora de la casa.

La primera mujer soltó una risa seca.

-Haría bien en recordarlo.

Avery subió sin mirar atrás.

Después de meses escuchando comentarios semejantes, había aprendido que guardar silencio dolía menos que discutir.

*****

Cerró la puerta del dormitorio y permaneció apoyada contra ella durante un largo instante.

La habitación estaba en silencio.

Demasiado.

Cruzó hasta la cama y se sentó con cuidado en el borde.

Aquella casa nunca había sido su verdadero hogar.

Los Blackwood solo habían aceptado el matrimonio porque Lord Blackwood había sufrido un grave ataque al corazón poco antes de que se conociera la noticia del embarazo.

Lady Blackwood había creído que la promesa de una boda y, con el tiempo, de un bisnieto podría devolverle las ganas de recuperarse.

Para sorpresa de todos...

Así fue.

Desde entonces, Lady Blackwood trataba a Avery con una calidez cada vez mayor.

Los demás, en el mejor de los casos, mantenían una educada distancia.

En el peor, se mostraban abiertamente hostiles.

La consulta de aquella mañana también había confirmado otra noticia.

Esperaba una niña.

Lady Blackwood ya debía de saberlo.

El móvil vibró sobre la mesita de noche.

Profesor James Thornton.

Avery atendió de inmediato.

-¿Profesor?

-Avery, espero no llamarte en mal momento.

-En absoluto.

-Acabo de recibir una noticia inesperada.

Ella enderezó la espalda.

-Ha quedado libre una beca de doctorado completamente financiada en Stanford.

Durante unos segundos, Avery fue incapaz de responder.

Profesor Thornton continuó:

-Eras la primera de la lista de reserva.

El silencio se prolongó al otro lado de la línea.

-Sé que retiraste la solicitud después de casarte -añadió él con suavidad-, pero, si todavía te interesa, puedo recomendarte de inmediato.

Meses atrás...

Habría dudado.

Habría pensado en el futuro que había imaginado junto a Adrian.

Ahora...

Ya no quedaba nada por lo que vacilar.

-Acepto.

Lo dijo en voz baja.

Pero sin asomo de incertidumbre.

Incluso Profesor Thornton pareció sorprendido.

-Entiendo.

Tras una breve pausa, sonrió.

-En ese caso, ven mañana por la mañana a mi despacho. Empezaremos con el papeleo.

-Gracias.

-No, Avery.

Había auténtico orgullo en su voz.

-Enhorabuena.

Cuando terminó la llamada, Avery permaneció inmóvil.

Al otro lado de la ventana, la nieve empezaba a caer suavemente sobre los tejados de Londres.

Llevaba meses convenciéndose de que todo cambiaría cuando naciera su hija.

Quizá Adrian se ablandara.

Quizá la paternidad por fin le hiciera ver que eran una familia.

Qué sueño tan absurdo.

El amor no podía surgir por obligación.

Ni siquiera por un hijo.

No cuando nunca había existido.

El teléfono volvió a sonar.

Lady Blackwood.

Avery respondió en el acto.

-Querida -la saludó Lady Blackwood con calidez-, esta noche cenaremos todos en Mansión Blackwood. Adrian pasará a recogerte dentro de poco.

-Estaré lista.

-Buena chica.

La llamada terminó.

Avery se duchó y se puso ropa limpia.

Después, de pie frente al tocador, estudió a la mujer del espejo.

Pálida.

Agotada.

Con los ojos ensombrecidos por tantas noches sin dormir.

No era de extrañar que aquella tarde Adrian la hubiera mirado sin verla.

Tomó un poco de corrector y colorete.

No para estar bonita para él.

Solo para volver a reconocerse.

Un suave suéter de cachemira rosa.

Un abrigo premamá color crema.

Un gorro blanco de punto.

Cuando terminó, había recuperado algo de color.

No felicidad.

Solo dignidad.

El móvil vibró de nuevo.

Adrian.

-Estoy fuera.

Su voz sonó tan distante como siempre.

-Bajaré enseguida.

*****

El conocido Range Rover negro esperaba junto a la acera.

El mismo que Avery había visto alejarse de la cafetería aquella tarde.

Abrió la puerta trasera y subió.

El interior estaba cálido.

Casi al instante percibió un delicado perfume floral suspendido en el aire.

No era el suyo.

Un pequeño conejo de peluche descansaba junto a la ventanilla del copiloto. A su lado había una goma de pelo de seda rosa.

Ninguno de los dos objetos encajaba en el impecable coche de Adrian.

Avery no preguntó.

Ya no lo necesitaba.

Atravesaron Londres en silencio.

Las farolas se reflejaban en las calles mojadas por la lluvia, mientras las decoraciones navideñas iluminaban los escaparates.

Al final, Adrian habló sin apartar la vista de la carretera.

-¿Qué salió en la ecografía de hoy?

-Una niña.

Él asintió una sola vez.

No parecía contento.

Tampoco decepcionado.

Solo indiferente.

Transcurrieron varios minutos antes de que volviera a hablar.

-Cuando nazca...

Hizo una breve pausa.

-Iniciaremos los trámites de divorcio.

Las palabras cayeron con una suavidad inesperada.

No porque fueran amables.

Sino porque Avery ya las había oído en su corazón mucho antes de que él las pronunciara.

Cerró los dedos alrededor del bolso de mano.

Durante un momento, se limitó a observar la ciudad desfilar tras la ventanilla.

Después respondió en voz baja:

-Está bien.

El silencio inundó el coche.

Por primera vez en toda la noche, Adrian volvió la cabeza y la miró de verdad.

Una leve arruga se dibujó entre sus cejas.

Había esperado lágrimas.

Una discusión.

Una súplica para que les diera otra oportunidad.

Pero ella...

Ella se había limitado a aceptar.

Y, de algún modo, aquello lo inquietó mucho más de lo que habría podido hacerlo cualquier resistencia.

Capítulo 3 Una casa dividida

Adrian observó a Avery durante unos instantes.

Había algo distinto en la serenidad con la que había aceptado la situación.

Sin embargo, no hizo preguntas.

Avery bajó la mirada hacia las manos antes de hablar en voz baja.

-Mañana es lunes. Si tienes libre esta tarde, quizá podríamos reunirnos con los abogados y empezar a tramitar el divorcio cuanto antes.

Hizo una pausa.

-No tenemos por qué esperar a que nazca el bebé para dejarlo todo preparado.

En Inglaterra, un divorcio no podía resolverse en una sola tarde. Habría documentos, trámites legales y un largo proceso antes de que se hiciera oficial.

Si empezaban de inmediato, lo más probable era que todo quedara resuelto poco después del nacimiento de su hija.

La expresión de Adrian no reveló nada.

-No eres tú quien decide cuándo.

Su tono fue tajante. No admitía discusión.

Avery se limitó a asentir.

-Entiendo.

El resto del trayecto transcurrió en silencio.

*****

La mansión Blackwood se alzaba sobre varias hectáreas de terreno privado a las afueras de Londres. Era una elegante propiedad de estilo georgiano que llevaba generaciones en la familia de Adrian.

Nada más entrar, quedó claro por qué Catherine Blackwood había insistido tanto en que fueran aquella noche.

-¿El bebé es una niña?

El rostro de Catherine se iluminó.

-¡Qué noticia tan maravillosa!

Richard Blackwood soltó una risa cálida.

-Por fin. Esta familia lleva décadas invadida por los varones.

El árbol genealógico de los Blackwood estaba claramente desequilibrado.

Charles Blackwood, el tío de Adrian, tenía dos hijos. El mayor ya era padre de gemelos, mientras que el menor seguía soltero.

Adrian era el único hijo del hijo menor de Catherine.

Aquella nieta sería la primera niña nacida en la familia en casi tres generaciones.

Catherine apenas podía contener la emoción.

-Parece que esta pequeña ya nos ha traído buena suerte.

Sonrió a su marido.

-Tu abuelo se ha recuperado de maravilla desde que supimos del embarazo.

Incluso Victoria Blackwood, la madre de Adrian, que rara vez se mostraba afectuosa con Avery, le dedicó una sonrisa cortés.

-Felicidades, Avery.

Avery se lo agradeció en voz baja.

Lo entendía perfectamente.

Aquella amabilidad no era para ella.

Era para el bebé.

Catherine hizo una seña para que trajeran un joyero de terciopelo. En su interior descansaba una exquisita pulsera antigua de esmeraldas.

-Querida, ahora te pertenece.

-Oh... No podría aceptarla.

-Claro que puedes -intervino Victoria antes de que Catherine respondiera-. Si la abuela quiere que la tengas, deberías aceptarla.

Sus palabras fueron corteses.

Su tono, no.

Avery esbozó una leve sonrisa.

-Gracias, abuela.

Catherine le tomó la mano y se la apretó con dulzura.

-Cuídate. Come bien, descansa y danos una nietecita sana.

-Lo haré.

*****

Todo estaba listo para la cena cuando sonó el teléfono de Adrian.

Avery se encontraba sola en la terraza. Por casualidad, miró hacia el interior a través de las puertas francesas abiertas y vio cómo la expresión de Adrian se suavizaba.

Fue un cambio sutil.

Casi imperceptible.

Pero nunca lo había visto sonreír así.

-Hola, Anni.

Había en su voz una calidez que jamás había empleado con ella.

Avery apartó la mirada.

No alcanzaba a oír a la mujer al otro lado de la línea. Solo escuchó la respuesta de Adrian.

-No te preocupes. Iré. No tardaré mucho.

Colgó.

Cuando se volvió hacia la casa, encontró a Avery junto a la puerta.

Sus miradas se cruzaron.

La calidez desapareció de su rostro al instante.

Volvía a ser Adrian Blackwood.

Frío.

Reservado.

Distante.

Avery se obligó a hablar primero.

-La abuela te estaba buscando.

Él hizo un breve gesto de asentimiento y pasó a su lado sin pronunciar una sola palabra.

Avery se quedó sola en la terraza.

De pronto, el viento invernal pareció mucho más frío.

Entonces comprendió algo.

Si algún día Adrian tenía hijos con la mujer a la que amaba de verdad...

Probablemente sería un padre maravilloso.

*****

Más tarde, Adrian se reunió con sus abuelos en el despacho.

Catherine cerró la puerta tras él.

-Sabemos que este matrimonio no fue elección tuya.

Adrian guardó silencio.

-Pero Avery es una joven inteligente -continuó Catherine-. Es culta, dulce y está entregada a esta familia. El matrimonio no se basa únicamente en la pasión. La estabilidad también importa.

La mandíbula de Adrian se tensó apenas.

Lord Blackwood tomó la palabra.

-Estás en el ojo público, Adrian. Si te divorcias ahora, darás pie a especulaciones interminables.

Entrelazó las manos.

-Si ella no te ha hecho ningún mal, no hay motivo para precipitarse. Espera a que la niña sea mayor.

Catherine asintió.

-Exactamente. Después habrá tiempo de sobra.

Tras un prolongado silencio, Adrian respondió por fin:

-Entiendo.

Si eso significaba que estaba de acuerdo...

Nadie podía saberlo.

*****

Antes de que Avery se marchara aquella noche, Catherine la detuvo cerca de la entrada.

-Cuídate.

-Lo haré.

-Y una cosa más.

Su tono se volvió más serio.

-Formar parte de esta familia implica ciertas expectativas.

Catherine la estudió con atención.

-Cuando tenía tu edad, el embarazo nunca me impidió asistir a actos benéficos ni recibir invitados.

Luego le sonrió con amabilidad.

-No dejes de ser tú misma solo porque estás esperando un bebé.

Avery captó el mensaje al instante.

Catherine no estaba criticando su embarazo. Le recordaba que, en su mundo, las apariencias, la confianza y la compostura importaban.

-Entiendo.

Y aquella vez...

Lo decía de verdad.

No porque quisiera llamar la atención de Adrian.

Sino porque ya no estaba dispuesta a desaparecer bajo el peso de la angustia.

******

Aquella noche ocurrió algo inesperado.

Adrian volvió a casa.

Avery acababa de terminar de leer en el salón cuando oyó abrirse la puerta principal.

Alzó la vista, sorprendida.

-Tú...

-He bebido demasiado.

Mientras pasaba junto a ella, se aflojó la corbata.

-¿Podrías prepararme algo para el dolor de cabeza?

Sin esperar respuesta, subió las escaleras y desapareció en dirección al despacho.

Avery permaneció inmóvil durante un largo momento.

Después se dirigió en silencio a la cocina.

Veinte minutos más tarde, dejó a su lado una taza humeante de caldo casero de jengibre y verduras.

Adrian ni siquiera levantó la vista.

Tenía el escritorio cubierto de documentos y no apartó la atención de ellos.

-Gracias.

Dos simples palabras.

Nada más.

Avery salió sin molestarlo.

Aunque dormían bajo el mismo techo...

Seguían viviendo en mundos distintos.

Adrian ocupaba la suite principal de la planta superior.

Avery se había mudado a uno de los dormitorios de invitados varios meses atrás.

*****

A la mañana siguiente, el personal de la casa preparó el desayuno.

Adrian notó enseguida que algo no iba bien.

Nadie había dispuesto sus camisas.

Sus gemelos seguían donde los había dejado.

Y Avery no estaba en el comedor.

Normalmente era ella quien se ocupaba de aquellas cosas.

Frunció el ceño.

-¿Dónde está Avery?

La señora Harris, el ama de llaves principal, soltó un suspiro exagerado.

-Intenté despertarla, pero no quiso bajar. Le llevamos las comidas a la habitación y, aun así, nunca está satisfecha. Solo es un embarazo. La señora Blackwood tuvo hijos sin dejar de asistir a galas benéficas ni de encargarse de toda una casa.

La expresión de Adrian se ensombreció.

-Pídele que baje.

-Por supuesto, señor.

*****

La señora Harris irrumpió en el dormitorio de Avery sin llamar.

Sentada en el sofá, Avery levantó la vista.

-Creía haber dejado claro que todos debían llamar antes de entrar.

La señora Harris ignoró el comentario.

-El señor Blackwood la está esperando.

Avery se puso de pie despacio.

Antes de salir, miró directamente a la mujer mayor.

-He tolerado tu comportamiento porque quería mantener la paz.

Su voz no perdió la calma.

-Pero no confundas mi paciencia con debilidad. Si alguien de esta casa vuelve a tratarme con falta de respeto, la abuela se enterará.

La señora Harris se quedó mirándola fijamente.

Aquella no era la Avery callada a la que estaba acostumbrada.

Tras un silencio tenso, murmuró:

-El desayuno se está enfriando.

*****

Cuando Avery entró en el comedor, Adrian ya iba por la mitad del desayuno.

Ella se sentó a varios asientos de distancia.

Él dirigió una breve mirada a su vientre abultado antes de hablar.

-La señora Harris lleva más de treinta años trabajando para esta familia. No tienes por qué complicarle las cosas.

Avery estuvo a punto de reírse.

-¿Así que la difícil soy yo?

Adrian alzó la mirada.

-Estás embarazada, Avery. No incapacitada.

Ella dejó la cuchara con suavidad dentro del cuenco.

-Nunca le he pedido a nadie que me atienda. Si prefieren no quedarse, son libres de volver a la mansión Blackwood. Me las he arreglado perfectamente sola.

Y era cierto.

Cocinaba siempre que Adrian no estaba en casa.

Limpiaba su propia habitación.

La mayor parte del personal solo fingía atenderla cuando la familia iba de visita.

Adrian frunció el ceño.

-Te estoy informando, no pidiendo permiso.

Avery bajó la mirada.

-Como quieras.

Su indiferencia lo irritó más de lo que habría podido hacerlo cualquier discusión.

Después del desayuno, ordenó al personal que dejara de atenderla por completo.

Si quería arreglárselas sola...

Podía hacerlo.

Avery aceptó la decisión sin protestar.

Ya importaba poco.

De todos modos, pronto se marcharía.

*****

Más tarde aquella mañana, condujo hasta el centro de Londres.

Se dirigía al King's College London, donde el profesor James Thornton tenía su despacho.

Con apenas veintisiete años, James ya se había convertido en uno de los profesores más jóvenes de la universidad en las áreas de economía y finanzas conductuales. Su trabajo le había valido reconocimiento tanto en el mundo académico como en el financiero.

Avery se detuvo frente a la puerta de su despacho.

Respiró hondo.

Y llamó.

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