Aquel retrato lleno de polvo había aparecido justo después de ese fatídico día, en el que Abel había llorado desconsolado al recibir la llamada devastadora. Sus padres habían fallecido y nada en este mundo los traería de vuelta con vida. Ese hallazgo había marcado un antes y un después, por esa razón no podía ignorarlo.
Desde que la noticia llegó hasta sus oídos, Abel lloraba desconsolado entre los brazos de su prometida Karina. Nada alivianaba la noticia. El dolor era insoportable y las lágrimas parecían dos caudales de agua interminables.
-Ya, cariño, está bien. Llora todo lo que necesites -Esas eran las únicas palabras que a ella se le ocurría decirle, sin recibir ninguna respuesta por parte de Abel.
El día anterior, aquel accidente había sido brutal. En el suelo yacían trozos de los dos vehículos; habían quedado casi pulverizados. Incluso fue demasiado difícil para las autoridades de rescate, llegar a reconocer los cuerpos y contactar a los familiares. Lo único que ayudó fueron los documentos de identificación, que de milagro encontraron entre los escombros.
El tiempo pasaba como un río apresurado para Abel, porque, en cuanto se dio cuenta, los protocolos de luto habían terminado y ya llevaban a sus padres hacia el cementerio. No había nada más que hacer a esperar el justo momento del entierro.
Luego, en un abrir y cerrar de ojos ya todo el mundo le había terminado de dar el pésame y se despedían de él, dejándolo para que él terminara de asimilar aquello que aún le parecía irreal. Ya sus padres "descansaban en paz", decía la gente.
«¿Cómo es que afirman eso? ¿Acaso ya han comprobado que sea así, o es solo una manera de alivianar la carga del dolor?». Abel había dejado de creer en muchas cosas desde ya hacía varios años, así que, algunas palabras no tenían mucho o nada de sentido para él, pero las aceptaba con respeto.
Lo único que quería creer era que ellos ya no sentían dolor ni angustia en sus cuerpos y en nombre de ellos no se daría por vencido. Él con toda devoción seguiría trabajando en esa agencia de bienes raíces, continuaría practicando box, el deporte que más le gustaba y contraería matrimonio con su prometida, como ya desde seis meses la presentaba a la sociedad.
«Pero primero lo primero -dijo Abel para sus adentros-. Me mudaré de regreso a la casa que ellos habitaron por tantos años y que con tanto amor me heredaron. Ese será el hogar donde veré a mis hijos y nietos crecer. Ya lo he decidido».
La decisión ya estaba tomada y en un par de semanas se mudaría de su apartamento de soltero en el centro. Los días transcurrían como agua en un río, pero antes debía ir a echar una revisión a cada resquicio de la antigua casona. Por supuesto que Karina iba con él en el auto y ambos iban haciendo muchos planes a futuro.
-¿Te imaginas lo bien que estaremos con nuestros diez bebés en ese lugar? -dijo una sonriente Karina y Abel casi sale disparado del carro al escuchar semejante cantidad.
-¿Tan poquitos? -inquirió Abel divertido y ella abrió los ojos como platos.
-¿Crees que somos conejos o qué? -regañó Karina en broma.
-Tú comenzaste a decir cifras de conejos.
Ambos reían y bromeaban como la feliz pareja que eran desde que se conocieron. Pronto estacionaron en la entrada de la casa. Su estructura siempre había sido muy llamativa. No cabe duda que sus padres habían cuidado bastante bien de ella. Ahora le tocaba a él poner de su parte con tal estructura.
-Podría darme el lujo de poner un bello jardín justo aquí -señaló con ambas manos-, para que adorne con sus flores el frente, ¿qué te parece, amor? -dijo Karina como una niña con juguete nuevo.
-Cariño, tú podrás adornar esta casa como se te antoje -musitó Abel y ella lo apretó en sus brazos.
Abel sacó las llaves del bolsillo de su pantalón negro y por fin abrió la puerta principal de la casa.
-He venido aquí un par de veces y para los días festivos por dos años consecutivos. Definitivamente aún guarda la esencia de tus padres -dijo Karina, pero luego volteó a ver a Abel, para ver si no había sido inoportuno su comentario.
-Ellos seguirán viviendo en nuestras memorias -respondió secamente Abel mientras veía el tapete rectangular que decía "Bienvenidos".
Ambos jóvenes entraron a la casa que tenía un amplio salón para recibir visitas. Todo debidamente amueblado y colocado en su lugar. A sus padres les encantaba decorar con jarrones, figuritas de porcelana y muñequitos de plástico. También les encantaba tener tapizadas las paredes de retratos de la familia.
-Es una casa hermosa -comentó Karina.
-Sí que lo es -dijo Abel con la voz entrecortada. Pensaba que la fase de luto había acabado, pero se dio cuenta que no era así.
-¿Abel, estás llorando? -inquirió a su prometido que se había volteado para no dejar ver su rostro.
-No me veas más, Karina -espetó Abel tratando de endurecer sus palabras.
Karina sintió que sus ojos se aguaron también y por inercia puso su mano en el hombro de su prometido.
-Amor, sólo quiero que sepas...
-¡Ya, Karina, déjame un rato a solas por favor! -regañó Abel con un tono pesado mientras le daba la espalda.
Karina no supo reaccionar, posó una mano en su boca y sin proponérselo sus ojos se comenzaron a llenar de lágrimas. Él jamás le había hablado de esa manera tan ruda en los dos años que llevaba de conocerlo. Entendía su dolor, pero que le hablara así le pareció extremo.
Sin duda esas palabras mezcladas con el tono de voz le dolieron mucho más que una bofetada en la cara. Karina comenzó a sollozar y Abel no le daba la cara. Ella se dio la vuelta y comenzó a caminar ligero para desaparecer en los adentros de la casa quizá hacia la cocina o a alguna otra habitación, o probablemente había subido una de las dos gradas de caracol que llevaban al segundo nivel.
Cuando Abel escuchó los sollozos y los pasos de su prometida alejándose, se sintió como el hombre más imbécil de toda la galaxia. En efecto, sus mejillas estaban llenas de lágrimas, estaba muy dolido por su pérdida. Sentía que ya había llorado demasiado y le avergonzaba que ella lo viera llorar como una niñita a cada segundo.
«Un hombre nunca debe mostrar debilidad ante nadie», esas eran las palabras de su padre. Pero intentó aplicar aquello y solo terminó lastimando los sentimientos de Karina.
Abel tuvo el impulso de ir a buscarla y se dirigió a la cocina; no había nadie. Fue al cuarto de lavado y... nada. Buscó en el baño, en los cuartos de lectura y gimnasio. Incluso en el patio trasero, pero no había rastro de Karina.
Se dirigió entonces al segundo nivel. Subió las gradas y hasta sintió un poco de vértigo con esa vuelta cuesta arriba. Revisó cada una de las habitaciones pero ella no estaba. Esto comenzaba a exasperarlo. En el camino se dio cuenta que ya no recordaba cuan grande aquella casa podía ser; se sentiría como un frijol saltarín bailando de un lado a otro, pero tendría que acostumbrarse.
Cuando volteó a ver se dio cuenta que la escalera del ático estaba abajo, al parecer alguien la había jalado para subir; Karina por supuesto, ¿quién más? Con paso presuroso se dirigió hacia allí y vio hacia arriba para detenerse a escuchar si Karina hacía algún ruido pero... nada.
-¿Karina? -llamó Abel sin obtener respuesta alguna.
Sabía que ella no le iba a responder, luego de semejante grito que le propinó. Así que decidió subir las escaleras para buscar a su amada y pedirle perdón. Los zapatos de vestir casi provocan que se caiga de espaldas gracias a sus suelas lisas, pero logró subir sin mayor dificultad.
Cuando logró ponerse de pie, se dio cuenta que el lugar estaba más que polvoriento. Rápido se sacudió toda la suciedad que se había impregnado con la velocidad de la luz. El lugar estaba un poco oscuro a pesar de que eran a penas las dos de la tarde.
Sacó su celular y activó la linterna y se dio cuenta que Karina no mostraba rastros de estar allí. Algo en su corazón se oprimió y un escalofrío se hizo presente en su cuerpo. Pronto buscó el interruptor y al encontrarlo encendió la luz y apagó su linterna.
Aquel lugar estaba lleno de objetos olvidados y amontonados ¡Cuánta basura podía albergar una casa, cielo santo! Abel dio unos pasos para chequear el lugar. Este sería el primer lugar que se pondría a limpiar el día de mañana que llegara específicamente listo para ese labor.
Sus pupilas se movían de un lado a otro. Eran demasiadas cosas viejas que en definitiva no quería en su nuevo hogar. Dio unos cuantos pasos más y de pronto sus ojos marrones se quedaron fijos en un cuadro que jamás había observado colgado dentro de la casa. Era la pintura de una mujer trigueña de cabellos castaños y sedosos.
Le pareció curioso que no fuera de algún familiar que conociera. Era un retrato pintado en lienzo, pero se veía muy bien dibujado. Los trazos eran delicados y finos; además la belleza del rostro de la mujer era excepcional. Abel se quedó embelesado cuando vio los ojos de la chica. Eran lo más hermoso que había visto en su vida.
Karina se encontraba sentada mientras abrazaba sus piernas en uno de los grandes closets de la casa. Se había encerrado allí precisamente para no ser encontrada por su prometido, a quien escuchó llamarla centenares de veces y se paseaba una y otra vez por el mismo lugar sin atinar su paradero. Aún así ella no se atrevía a salir en ese estado tan deplorable. Estaba esperando a que las cosas se enfriaran un poco, pero sus emociones no se lo dejaban nada fácil.
No podía salir de aquella mezcla de enojo, tristeza e impotencia a causa del estado de Abel y de su violenta respuesta. Las lágrimas no paraban de salir y la opresión en el pecho le taladraba el corazón, se lo estrujaba sin darle un descanso para respirar, por lo cual hasta jalar aire le provocaba dolor.
Sus ojos y nariz estaban enrojecidos, sus párpados superiores hinchados, sus mejillas húmedas, y llenas del rímel y delineador que antes marcaban a la perfección el contorno de sus párpados y pestañas; en ese momento era un desastre descomunal. Con lo que detestaba verse desaliñada frente a Abel; se culpaba por "boca floja".
Ella comenzó a pensar que no debió comenzar a hablar de más cuando sabía lo dolido que él estaba todavía. A penas habían pasado dos semanas desde el trágico accidente, era normal que él hubiera reaccionado así ¿Cómo pudo ser tan descuidada con su lengua? En definitiva aquel detalle era algo en lo que estaba trabajando duro; no podía seguir siendo así de hablantina.
Luego del sermón interno que se dio, Karina comenzó a sentir que Abel ya no estaba por los alrededores. Había pasado ya mucho rato desde que la había llamado. Pronto los pensamientos con miles de posibilidades se agolpaban todos casi al mismo tiempo en la mente de Karina:
«¿Le habrá pasado algo? ¿Y si se enojó tanto, que me dejó aquí sola? O peor... ¿Y si piensa que yo me fui por mi lado y él me va a dejar aquí encerrada? ¡No podré soportarlo, ojalá que no haya sido así! Necesito ir a ver ahora mismo»
Karina se levantó lo más rápido que sus piernas se lo permitían, ya que al haber estado mucho tiempo en una misma posición, había ocasionado que la circulación se le cortara y eso le provocaba una sensación punzante en ellas, como si estuviera caminando sobre y a través de espinas; esa sensación era muy dolorosa y costaba que la dejara en paz.
Caminando despacio, Karina llegó al baño del primer nivel. Era enorme y lujoso, bastante equipado con un tocador y cortinas de tela para la ducha muy bonitas con estampados floreados. El lavamanos funcionaba a la perfección y en la pared, justo arriba se hallaba un espejo grande con orillas doradas.
Dejó de embobarse con la casa y se dispuso a lavarse la cara. Prefería verse desmaquillada y no con el rímel, el delineador y el rubor haciendo estragos en su cara; parecía un payaso a su parecer.
Cuando terminó de enjabonarse bien, cuidando de retirar todo lo que pudiera del maquillaje, y tratando de no mojar su ondulado cabello castaño, encendió el chorro y se enjuagó; pero mientras tenía los ojos cerrados sintió una presencia extraña. Era como si alguien estuviera parado justo detrás de ella, observándola.
El miedo el oprimió el pecho y sintió que el jabón tardaba más de lo normal en retirarse de su piel. Por más que quisiera apurarse y voltear a ver, simplemente no podía. Su corazón comenzó a latir muy fuerte hasta que al fin pudo abrir los ojos y notó que no había nadie allí con ella.
Rápido se secó y salió casi corriendo del interior del cuarto de baño. Las secuelas del miedo aun seguían haciendo estragos en Karina, pero intentó respirar hondo para calmarse. Vaya que aquella sensación fue de lo más bizarra. No quiso pensar más en ello y pronto se dirigió a la ventana de la sala para comprobar lo que más le interesaba; que el auto de Abel siguiera allí parqueado.
En efecto, el alma le volvió al cuerpo y pudo respirar con tranquilidad, cuando vio el vehículo rojo allí, en el mismo lugar donde su prometido lo había dejado para ambos bajarse a ver la casa. Karina volteó a ver hacia dentro y se dispuso a buscar a Abel. Necesitaba arreglar aquel pequeño pero gran malentendido de hace rato.
-¿Abel? -llamó en un hilo de voz, para verificar si él le contestaba-. ¿Abel, dónde estás? Necesito que hablemos -Las respuestas de él no llegaban.
Karina dejó de rondar los pasillos del primer piso. Era evidente que ya le hubiera respondido si Abel se encontrara allí. Se dispuso a subir las gradas acaracoladas mientras seguía repitiendo el nombre de su prometido, aún sin recibir ninguna respuesta, ni positiva ni negativa. Las ansias iban llenando las emociones de ella; la vibra misteriosa que se había formado desde que se separaron era algo que la inquietaba sobremanera.
Cuando llegó al inicio del corredor que daba con todas las habitaciones de arriba, Karina no tuvo que darle muchas vueltas al asunto para deducir en dónde se encontraba Abel. Aquella escalera que daba con el ático estaba desplegada; posiblemente era la respuesta que necesitaba. Lo tenía casi claro: de seguro él había pensado que ella se había escondido allí, era lo más lógico de pensar.
No quiso esperar un segundo más y se dirigió con paso firme hacia las escaleras de madera desplegables. Cuando llegó, se agarró de los extremos para poder subir con mucha precaución; sabía que a veces sus torpezas le hacían malas pasadas, así que prefería prevenir que lamentar después.
Mientras subía, Karina llamó a Abel una vez más y se le hizo tan extraño que no le respondiera; aunque, pensándolo bien, a lo mejor él aún se encontraba enojado, aquella idea era la que más lógica tenía para ella. No le dio más vueltas al asunto, más bien terminó de subir y al asomar su cabeza en ese lugar cayó en la cuenta que él en efecto estaba allí.
Ella no podía ver el rostro de Abel, pero vaya que reconocía su alta y esbelta figura que por cierto, le encantaba y le robaba el aliento tan solo de verlo. Al parecer él no notó su presencia porque ni se inmutó. Seguía allí dándole la espalda y por lo visto algo había captado toda su atención.
-Abel... -musitó con inseguridad-. Al fin te encuentro, bebé. Me tenías preocupada, ya no escuché tu voz y me alarmé -decía mientras terminaba de subir, pero él no la volteó a ver.
Karina comenzaba a desesperarse al no obtener respuestas y la claridad no era mucha en ese lugar. Su corazón latió rápido y por inercia, ella tomó del brazo a Abel para que la volteara a ver mientras intentaba ver su rostro.
Su expresión era relajada y fija en algún punto de ese desván. Karina frunció el ceño y se atrevió a pasar su mano frente a los orbes chocolate que tanto amaba. Ese movimiento al parecer lo había hecho despabilar; ella juraría que estaba como en una especie de transe del que salió en ese mismo instante.
-Al fin despiertas Abel, ni siquiera notaste que acabo de llegar aquí a tu lado ¿Me podrías explicar qué te pasa? -Karina trató de sonar tranquila, pero era evidente que era lo contrario lo que sentía.
-¿Eh, de qué hablas Karina? Tú ni siquiera ruido hiciste. Me acabas de dar un susto tremendo -respondió Abel mientras se sobaba las sienes.
-No es cierto... Te estuve llamando desde que estaba el primer nivel -aclaró para que le creyera.
-Por cierto, cariño -dijo Abel, mientras la agarraba por los hombros- ¿Dónde estabas metida? Yo era el que te andaba buscando por todas partes y no estabas. Necesitaba decirte algo importante -añadió con pesar.
-Yo... me sentí fatal con la forma en que me hablaste y no pude evitar esconderme para que no me vieras llorar, pero...
-No digas más, por favor -Abel posó la yema de su índice en los rosados labios de Karina-. Yo... en serio te debo una gran disculpa. En ningún momento debí hablarte así. Me arrepiento tanto y no volverá a pasar.
-Pero, no fue del todo tu culpa, Abel -respondió Karina-. Yo no debí decir tantos comentarios fuera de lugar. Perdóname tú también, por favor.
Los labios de Abel colisionaron con los de Karina y ella por inercia cerró sus ojos. Ambos entreabrieron sus bocas para profundizar más el beso y así estuvieron unos segundos. Abel suspiró y en medio del beso comenzó a acariciar la cintura de su prometida. De inmediato una de sus traviesas manos comenzó a bajar para acariciar el trasero de ella, lo cual a Karina no le disgustó para nada, sino todo lo contrario.
Ambas respiraciones comenzaban a sonar por todo el lugar, pero pesar de que aquel beso estaba siendo fantástico, algo le incomodaba a Karina, así que ella se separó con suavidad, dejando a Abel con las ganas de que aquello avanzara hacia el siguiente paso.
-Supongo que esta es la disculpa definitiva -dijo Karina con una sonrisa de picardía.
Abel se acercó y rozó sus labios en el lóbulo de la oreja de Karina, para comenzar a hablarle:
-Sabes que me gusta disculparme de la mejor manera posible, mi amor -ronroneó en su oído y la hizo estremecer de pies a cabeza.
-Y vaya que sabes cómo se hace -susurró y lo abrazó por el cuello para luego verlo a los ojos-. Solo me ha quedado una duda muy grande...
-¿Cuál será? Dila sin miedo -inquirió Abel, sin dejar de contemplar los ojos celestes de ella.
-¿Qué era lo que te tenía tan entretenido aquí, que ni siquiera notaste mi presencia? -Karina lanzó la pregunta que la tenía más que curiosa, desconcertada.
Por alguna razón aquella pregunta lo hacía sentir nervioso porque... ¿Cómo le diría a su prometida que, aquel lienzo de la bella mujer parecía estarle sonriendo, sin que ella luego quisiera ponerle una camisa de fuerza y llevarlo al manicomio? Vaya que estaba en problemas.
Mintió... Abel había tomado aquella medida casi desesperada frente a Karina allí en ese ático, y eso no le había dejado para nada feliz. Al contrario, él se había sentido culpable durante todas esas horas que quedaban para comenzar a realizar la limpieza de la casa.
Pero... ¿Acaso era tan malo decir una mentira piadosa cuando algo parecía de locos o inapropiado? No lo sabía a ciencia cierta y trataba de ya no torturarse más, fallando en el intento.
Lo que había pasado ya estaba en el pasado, pero su mente no dejaba de repetir cual eco sus propias palabras para que su prometida dejara de invadirlo con preguntas y posiblemente futuros reclamos.
«Nada en concreto, mi amor. Me pillaste pensando en qué voy a hacer con todas estas cosas de aquí. Eso es todo, no te alarmes, preciosa».
No obstante, Abel no estaba del todo errado, ya que en verdad había pensado eso, simplemente obvió lo que le había parecido fuera de lo normal. Odiaba sentirse débil o lunático, prefería que las personas, incluyendo a Karina, lo vieran como un hombre bien y con sus atributos mentales en su lugar. Prefería mil veces irse por el lado de las mentiras piadosas que quedar en ridículo.
Aparte de todo, Karina quedó satisfecha con la pregunta. Realmente se había ahorrado muchos conflictos innecesarios; de eso no le quedaba la menor duda. Pero a pesar de todas las justificaciones que se daba, su conciencia le hacía sentir un poco mal y no sabía el por qué.
Todo aquello se aunaba con el hecho de que su corazón seguía sin poder olvidar la cálida voz de su madre y las palabras de aliento de su padre. Cada vez que creía sentir sus presencias inclusive dentro de su departamento, no podía evitar pensar que ellos seguían con vida y al regresar a la realidad terminar en un llanto incontrolable allí en plena soledad.
Por suerte para Abel, su trabajo de ocho horas lo distraía de los fantasmas oscuros de su mente. Se le iba el tiempo como agua entre las manos, en el que tenía que viajar de un lado a otro asesorando personas con respecto a la adquisición de casas, apartamentos o de edificios enteros.
Incluso si sus labores implicaban quedarse en la oficina, aquel quehacer era muy laborioso y lo mantenía ocupado. Ya llegaría el siguiente día, en el que tenía que pensar en su futura casa y hogar.
De hecho, había contratado un equipo de limpieza y mudanza que le ayudara con los cargamentos pesados, para después de que Karina y él finalizaran de organizar todo lo que necesitaban. Con decir que, hasta había cancelado algunas de sus sesiones de práctica de boxeo para centrarse en el presente.
Pero como el tiempo no perdonaba, cuando Abel sintió ya era el momento de pasar por Karina para regresar a la antigua casa de sus padres. Mientras subía a su auto su corazón se oprimía, ya que, entre cavilaciones no se borraba la imagen del rostro de aquella mujer del retrato ¿Pero qué le estaba pasando con ese maldito cuadro?
Siguió pensando en eso mientras manejaba y al llegar a casa de Karina se olvidó por una fracción de segundo. Necesitaba concentrarse en ella y en el porvenir. Esa era su realidad, ¿qué más quería su mente de él mismo? Ni siquiera él lo sabía. Quizá sí había quedado lunático después del terrible acontecimiento de sus padres; era algo que le costaba superar.
Karina, con entusiasmo casi corrió hacia él, quien se había bajado del auto para esperar a que saliera. Ella se abalanzó a sus brazos y se saludaron con un casto beso en los labios. Abel no podía dejar de alegrarse al sentir que la felicidad estaba allí, al alcance de la mano y con la persona que había elegido para su esposa.
Ambos iban debidamente preparados para la ocasión con ropas cómodas y frescas. Abel iba en playera, un pantalón corto deportivo y zapatos tenis, lo cual volvía loca a su prometida, ya que aquella vestimenta resaltaba los músculos de su torso, brazos piernas y glúteos.
Karina vestía una blusa floreada sin mangas, un pantalón pescador que ya casi no usaba y unos zapatos estilo mocasín, muy cómodos a su parecer; y para que su pelo no estorbara se había hecho una trenza francesa. A Abel le encantaba cómo la ropa que elegía ella siempre resaltaba su bella silueta.
Entre pláticas varias sobre temas casuales, ya habían llegado a la casona. Abel quería comenzar a disponer de algunas cosas que le parecían un tanto innecesarias para que se quedaran, entre ellas el cuadro de sus pensamientos. Despabiló y ambos jóvenes bajaron del auto.
-Hoy vengo preparada y con mucha energía. Todo saldrá bien, ya verás. -Karina intentaba animar a su prometido.
-Yo sé que así será -comentó para sonreír con debilidad. En serio, se hubiera bebido algo energizante, porque pensar tanto le agotaba tanto o más que hacer deporte.
-¡Arriba ese ánimo, mi vida! -exclamaba Karina para intentar revivir el vigor que antes caracterizaba a su prometido.
Abel sonrió con amplitud, la vibra de Karina lo reanimaba sobremanera. La besó en la frente y ambos se dispusieron a pasar adelante. Se colocaron mascarillas por aquello del polvo y Karina se colocó un pañuelo en la cabeza, el cual amarró detrás de su nuca. Mientras tanto, Abel observaba cada resquicio de la gran sala.
«Si en algún momento llegáramos a faltar por causas de fuerza mayor, recuerda que lo material es solo eso, hijo. No te quedes con nada que tú no desees solo porque te recuerde a nosotros». Las palabras de Alondra, su madre, se agolparon en su mente. Abel apretó los labios para calmar su tristeza.
En realidad era difícil para él deshacerse de aquellos artículos y accesorios que sus padres amaban, pero todo se veía ya demasiado usado y sucio, que tendría que hacer caso a lo que le dictara su corazón.
-Comencemos con las habitaciones, ¿te parece? -inquirió Abel como si estuviera hipnotizado por sus pensamientos.
-Claro, lo que tú digas -respondió Karina en un hilo de voz. Ella seguía preocupada por él y sus repentinos cambios de ánimo.
Abel vio la expresión de preocupación de ella, y despabiló por fin. No dejaría que la depresión entrara y se adueñara de su cuerpo y alma. Era una decisión definitiva y no estaba dispuesto a seguir con tanta negatividad en su día a día.
Sus padres jamás hubieran querido que él estuviera autodestruyéndose de esa manera. Cerró los ojos, respiró profundo y de sus labios salió una sonrisa genuina, llena de una paz que hace días no sentía.
-Bueno, mi cielo... ¡Empecemos! -dijo Abel con el entusiasmo que acababa de nacer en él.
-¡Alcánzame si puedes! -exclamó Karina mientras corría gradas arriba. Ella hacía más llevaderos sus días desde que la conoció.
Al llegar a las habitaciones se pusieron manos a la obra de inmediato. Comenzaron a empacar todo lo que fuera ropa y zapatos. Prosiguieron con la ropa de cama, cortinas y papelería que perteneció a sus padres; eso lo llevaron al carro para luego discutir sobre lo que harían con ellos.
Siguieron con los cuartos de huéspedes e hicieron el mismo procedimiento. Abel acarreaba cosas para afuera y Karina sacudía y barría los restos de polvo que caían al movilizar todo. En poco tiempo habían terminado de desocupar la mayoría de las cosas de las habitaciones.
Abel iba caminando por el pasillo y su mirada se dirigía hacia el ático. No sabía si era porque desde un inicio le echó el ojo a la cantidad de objetos olvidados o si era por... el retrato.
Aquel pensamiento comenzó a fastidiarlo de una manera insistente. No tenía alternativa; para dejar de pensar tanto en ello desplegó la escalera hacia abajo y sin avisar nada a Karina iría a ver qué tanto quería ese ático de él.