"Alexia, tu condena ha terminado. Ya eres libre para irte. Trata de hacer las cosas bien esta vez", dijo el guardia.
Alexia White continuó empacando sus cosas como si no lo hubiera escuchado.
La irritación se reflejó en el rostro del guardia. "Te estoy hablando. ¿Me escuchaste?".
La joven se detuvo y giró levemente la cabeza. "Sí".
La mirada de Alexia inquietó al guardia, que dio un paso atrás sin pensarlo.
Ni siquiera después de cinco años lograba acostumbrarse a su aterradora presencia.
El recuerdo del primer día de Alexia en prisión le vino a la mente. Por entonces, ella se había peleado con otra reclusa.
No se conocían de nada, pero Alexia no se contuvo en absoluto. Cada golpe dejaba una marca, y la sangre no tardó en aparecer.
Hicieron falta varios guardias para separarlas antes de que la situación pasara a mayores. Desde ese día, tanto las reclusas como los guardias se habían mantenido alejados de ella.
Ahora que su condena había terminado, por fin podían dejarla ir.
Alexia avanzó sin dudarlo y cruzó la pesada puerta de hierro.
¿Hacer las cosas bien?
El pensamiento cruzó por su mente, y dejó escapar una risa burlona y silenciosa.
Ella nunca había sido la que necesitaba cambiar.
En su vida anterior, la familia James la encontró de forma inesperada y afirmó que era su heredera desaparecida.
Por un momento, Alexia creyó que al fin había encontrado un lugar al que pertenecía. Esa esperanza no duró mucho. Poco después, sus padres biológicos la enviaron a prisión para que cargara con la culpa de Rachael James, la mujer que había ocupado su lugar en la familia.
Durante cinco años, los James no fueron a visitarla ni una sola vez. La abandonaron a su suerte tras esas paredes.
El día antes de su liberación, Rachael hizo su jugada. Sobornó a la única persona en quien Alexia confiaba dentro de la prisión para que adulterara su comida y la dejara morir sola en un rincón frío y húmedo.
Mientras agonizaba, unas voces llegaron a sus oídos. "Hoy es un gran día para los James. Invitaron a mucha gente al cumpleaños de su única hija, Rachael".
Las palabras resonaron en su mente.
¿Única hija?
Entonces, ¿qué había sido ella para ellos?
Esa idea la acompañó hasta que todo se volvió oscuro.
Cuando volvió a abrir los ojos, la escena había cambiado. Estaba de vuelta al comienzo, en su primer día en prisión.
La misma persona que la había traicionado se acercó con una sonrisa y le tendió la mano. "Llevémonos bien de ahora en adelante".
Alexia le propinó un puñetazo sin contenerse.
Esta vez, planeaba hacer que quienes la habían lastimado pagaran por todo.
"Señorita White, felicidades por su liberación", dijo un hombre, sacándola de sus pensamientos.
Un Mercedes negro estaba estacionado junto a la carretera. A su lado había un hombre de unos cincuenta años vestido con un traje negro. Era Eric Foster, el mayordomo de la familia James.
Eric hizo una leve reverencia. Su postura era respetuosa, pero sus ojos reflejaban un claro desdén.
"Su hermana cumplió años ayer. El señor y la señora James están cansados, así que su madre me envió a recogerla", dijo mientras abría la puerta del auto. "Villa Moorland está lista para usted. Es un lugar tranquilo, ideal para que se recupere".
Esa villa quedaba lejos de la ciudad. Llegar hasta allí era complicado.
No era un lugar para recuperarse, sino para mantener a alguien aislado.
El rostro de Alexia permaneció impasible. "No es necesario".
Eric frunció el ceño. "La señora James dispuso todo esto. ¿Hay algún problema?".
Alexia esbozó una sonrisa burlona. "Transmítale esto a la señora James. Ella me dio a luz y yo cumplí la condena de su hija. A partir de hoy, no tengo nada que ver con la familia James. Rachael es su única hija".
La expresión de Eric cambió. "¿Qué...?".
La joven lo interrumpió. "Y dígale esto a Rachael".
Hizo una pausa y pronunció cada palabra con claridad. "Le cobraré, una por una, todas las deudas que tiene conmigo".
Alexia no volvió a mirar a Eric. La sorpresa en el rostro del mayordomo no le importó. Se colgó su mochila gastada al hombro y caminó hacia otro auto estacionado cerca.
Era un Rolls-Royce negro.
Bajo el cielo oscuro, este despedía un brillo frío que lo hacía destacar.
La puerta del conductor se abrió y un chofer salió. Llevaba un traje hecho a la medida y guantes blancos. Se inclinó ante Alexia.
"Señorita White", dijo mientras abría la puerta. "Por favor".
Alexia subió al auto y tomó asiento.
Solo llevaba una camiseta sencilla y jeans, pero su porte le confería una elegancia discreta.
Eric se quedó inmóvil, incapaz de procesar lo que acababa de ver.
¿No se suponía que Alexia era una joven pobre de los barrios bajos?
Entonces, ¿cómo había terminado subiendo a un Rolls-Royce después de cinco años en prisión?
Ni siquiera Rachael, criada por la familia James durante más de veinte años, irradiaba una presencia tan poderosa.
El Rolls-Royce avanzó sin hacer ruido y pronto dejó atrás la prisión.
En el interior, reinaba la calma. Los asientos de cuero desprendían un aroma tenue y limpio.
Al recostarse, Alexia por fin se permitió relajarse.
Durante los cinco años transcurridos desde su renacimiento, se había mantenido siempre alerta mientras construía poco a poco una base sólida.
Aunque algunos detalles se habían vuelto borrosos, aún recordaba los principales movimientos del mercado financiero de su vida anterior.
Aprovechó esos recuerdos para crear contactos y realizar operaciones de corto plazo mediante una red de intermediarios. Con un capital mínimo, consiguió cincuenta millones en ganancias netas.
Solo era el primer paso en su camino hacia la venganza.
El Rolls-Royce entró al estacionamiento subterráneo del distrito financiero.
Cuando el auto se detuvo, el chofer bajó y guio a Alexia hasta un ascensor privado que conducía directamente a la oficina del director general.
En el último piso, un hombre con un traje negro hecho a la medida contemplaba el tráfico desde un amplio ventanal.
Se escuchó un suave golpe en la puerta antes de que la secretaria hablara. "Señor Campbell, la señorita White está aquí".
Al oírla, el hombre se dio la vuelta sin prisa.
Cuando Alexia vio su rostro, dejó escapar un leve jadeo.
Era la primera vez que se encontraba cara a cara con Ethan Campbell, un hombre muy conocido en el mundo de los negocios.
La imagen impecable que mostraban los medios no le hacía justicia. En persona, resultaba mucho más imponente. Su presencia era abrumadora, y su mirada, aguda e implacable, parecía evaluar a las personas en lugar de limitarse a observarlas.
Era mucho más peligroso de lo que Alexia había imaginado.
La mirada de Ethan se detuvo en ella, como si analizara cada detalle. "¿Eres Lia?".
Alexia asintió levemente. "Sí".
Ethan frunció ligeramente el ceño.
La mujer que tenía delante no coincidía con la imagen que se había formado de ella.
Cinco años antes, el Grupo Campbell había quedado atrapado en una tormenta financiera. Las reuniones de la junta directiva se prolongaban sin producir avances reales.
En medio del caos, Ethan recibió por primera vez un correo electrónico de Lia.
El mensaje pronosticaba el rumbo del mercado y detallaba los pasos que la empresa debía seguir.
Ethan lo ignoró al principio. Sin embargo, los acontecimientos posteriores demostraron que todas las predicciones del correo eran correctas.
Desde entonces, y durante los cinco años siguientes, cada cambio en el mercado fue acompañado, sin falta, por un nuevo mensaje de Lia.
Ethan dudó al principio, pero con el tiempo adquirió una confianza absoluta.
Lo que comenzó con unos cuantos correos electrónicos terminó aumentando en un veinte por ciento la participación de mercado del Grupo Campbell.
No hacía mucho, sus operaciones internacionales habían enfrentado problemas debido a nuevas políticas en el extranjero.
Fue entonces cuando otro mensaje de Lia apareció en la bandeja de entrada de Ethan.
Esta vez, el correo no incluía instrucciones detalladas ni soluciones. En cambio, solicitaba una reunión en persona.
Alguien capaz de interpretar con tanta claridad los cambios del mercado y ofrecer directrices tan precisas debería haber transmitido una presencia imponente.
Sin embargo, la mujer que tenía delante parecía tan frágil que una simple brisa podría derribarla.
Ethan la estudió en silencio antes de hablar. "Dame una razón para creer que eres Lia".
Alexia no respondió de inmediato. Desvió brevemente la mirada hacia la secretaria.
Al captar su intención, Ethan levantó una mano para indicarle a la secretaria que saliera.
Cuando la puerta se cerró, la oficina quedó en silencio y ellos se quedaron a solas.
"Continúa", dijo el hombre en voz baja. "Convénceme".
Una leve sonrisa curvó los labios de Alexia mientras enumeraba los problemas sin resolver en las operaciones del Grupo Campbell en el extranjero. También señaló dos oportunidades que ni siquiera Ethan había considerado.
Todo lo que expuso siguió una línea de razonamiento clara. La información era exhaustiva y sus conclusiones iban directo al grano.
Cuando llegó el momento de explicar cómo proceder, Alexia se detuvo.
Levantó la mirada, se encontró con los ojos de Ethan y habló con calma. "¿Eso responde a su pregunta?".
Algo cambió en la expresión de Ethan al observarla de nuevo, esta vez con curiosidad.
"Así que eres tú. Me has estado guiando durante cinco años", dijo él con un tono divertido. "Me has ayudado a ganar miles de millones".
Alexia respondió sin vacilar. "Si quiere, puedo seguir trabajando con usted".
Ethan no apartó la mirada de ella. "¿Qué quieres a cambio?".
"Necesito que el Grupo Campbell me respalde", respondió Alexia.
"¿Eso es todo?".
"Eso me basta", contestó Alexia. Luego añadió: "De todo lo demás me encargaré yo misma".
Una vaga sensación de peligro despertó en Ethan.
La apariencia de esa mujer transmitía fragilidad, pero sus ojos contaban una historia muy distinta.
Ocultaba algo afilado, como una amenaza que acechaba bajo la superficie, y el instinto de Ethan le advirtió que se mantuviera alerta.
Bajó el tono de voz. "Parece que me estás pidiendo que asuma un riesgo bastante grande".
"Así es", afirmó ella. "A mayor riesgo, mayor recompensa. Asumirlo o no es decisión suya, señor Campbell".
El silencio se apoderó del espacio entre ambos.
Ethan bajó la mirada hacia la mujer que tenía delante.
Había una serena seguridad en su postura, como si diera por sentado que él aceptaría.
"Bien", dijo Ethan por fin. "Aceptaré. Pero el Grupo Campbell no cargará con lastres ni se prestará a los planes personales de nadie. Si no logras mostrar resultados...".
Alexia lo interrumpió antes de que terminara: "No necesita advertirme. Ya sabe lo que puedo hacer".
Por un instante, Ethan se quedó sin palabras. En vez de molestarse, sintió un leve interés.
Tomó el teléfono y llamó a su asistente, Dominic Payne, quien entró poco después.
"Lleva a la señorita White a la Mansión Hillcrest. Dile al personal que la trate como una invitada de honor".
"Entendido", respondió Dominic.
Dominic dio media vuelta y guio a Alexia fuera de la oficina.
La puerta se cerró tras ellos con un suave clic.
Cuando se quedó solo, Ethan se recostó en la silla y clavó los ojos en la puerta mientras tamborileaba lentamente con los dedos sobre el reposabrazos.
Un golpe, luego otro y después un tercero.
De pronto, como si acabara de recordar algo, volvió a tomar el teléfono.
"Investiga el historial de Alexia antes de que entrara en prisión", ordenó. "También quiero saber todo lo ocurrido durante sus cinco años allí dentro. Y vigílala de ahora en adelante. Informa de cada detalle, por insignificante que sea".
Cuando terminó la llamada, su atención volvió al correo electrónico que seguía abierto en la pantalla.
El nombre "Lia" ya no parecía tan simple como antes.
¿Quién tenía realmente el control de la situación?
Esto se había convertido en un juego interesante.
En la Mansión James, la tensión pesaba en el ambiente.
Benny James permanecía sentado, rígido y con el ceño fruncido. "Empieza desde el principio. Quiero conocer cada detalle de lo que pasó hoy".
Eric inclinó ligeramente la cabeza. "Sí, señor. Como me indicó la señora James, invité a la señorita White a Villa Moorland para que descansara y se recuperara. Pero ella se negó".
Benny habló con tono cortante: "¿Qué dijo exactamente?".
Eric levantó la mirada apenas lo necesario para responder. "Dijo que, a partir de hoy, ya no tiene ningún vínculo con la familia James". Hizo una breve pausa antes de continuar: "También dijo que le cobrará, una por una, todas las deudas que la señorita James tiene con ella".
Alan James, el segundo hijo de Benny, apartó la silla y se puso de pie. "¿De verdad dijo eso?".
En ese momento, Rachael salió de la cocina con una bandeja de jugos en las manos.
Las palabras la golpearon de lleno. La bandeja se le resbaló y los vasos se hicieron añicos mientras el jugo se derramaba por el suelo.
Los ojos se le enrojecieron al instante y habló con voz temblorosa. "Así que de verdad me culpa... Yo ocupé su lugar en la familia. Si me voy ahora, tal vez ella regrese".
Alan extendió la mano para sujetarla. "No digas cosas así. Has vivido aquí toda tu vida. ¿Cómo podrías abandonar a la familia?".
Norah James, la madre biológica de Alexia, observaba con los ojos enrojecidos. "No estuvo bien culparla por lo de Rachael, pero ambas nos importan por igual. Si Alexia no hubiera intervenido, ¿acaso debíamos enviar a Rachael a la cárcel?".
Cayden James, el hijo mayor de Benny, se ajustó los lentes y clavó una mirada fría en Eric. "¿Qué pasó después? ¿Adónde fue?".
Sin levantar la cabeza, Eric respondió con voz clara para que todos lo oyeran: "Después de decir eso, subió a un auto que la esperaba junto a la calle. Era un...".
Volvió a callar y dejó que el silencio se prolongara.
Alan frunció el ceño, cada vez más impaciente. "Deja de darle vueltas. ¿Qué tipo de auto era?".
Solo entonces Eric respondió con tono firme. "Un Rolls-Royce. Era un modelo nuevo, hecho por encargo. El conductor la trató con mucho respeto. Por lo que pude notar, había ido allí solo para recogerla".
Un extraño silencio se apoderó de la sala y nadie habló durante unos instantes.
Alan rompió el silencio con una risa fría. "Debes haberte equivocado. ¿Una chica que creció en los barrios bajos y acaba de salir de prisión después de cinco años viajando en un Rolls-Royce? Eso no tiene sentido".
Eric negó con la cabeza sin vacilar. "Estoy seguro de lo que vi. No podría haber confundido ese auto".
Durante sus años al servicio de la familia James, había visto toda clase de vehículos de lujo.
Su experiencia daba peso a sus palabras, así que nadie podía descartarlas con facilidad.
Rachael se acercó a Norah, le tomó el brazo con delicadeza y habló con tono preocupado. "¿Crees que Alexia podría haber adquirido malas costumbres en prisión? ¿Tal vez se relacionó con la gente equivocada?".
Alan volvió a estallar. "Tiene que ser eso. De lo contrario, ¿de dónde habría sacado el descaro para tratar así a nuestra familia? ¡Iré a buscarla ahora mismo y la traeré a rastras!".
"Suficiente", lo interrumpió Cayden con brusquedad. "Ir tras ella sin conocer toda la situación solo traerá más problemas".
Su hermano se volvió hacia él con evidente frustración. "Entonces dime qué debemos hacer".
Cayden guardó silencio un instante antes de dirigir la mirada hacia Benny. "Papá, deberíamos esperar por ahora. Averigüemos qué sucede en realidad antes de hacer cualquier movimiento".
Después, dirigió la mirada hacia Alan y Rachael. "Hasta entonces, ustedes dos quédense aquí. No intenten buscarla. Si de verdad tiene relación con alguien poderoso, provocarla podría volverse en nuestra contra".
Rachael bajó la mirada con gesto agraviado, mientras Alan se enfurecía aún más. "Cayden, ¿cómo puedes decir eso?".
"Él tiene razón", dijo Benny mientras se presionaba las sienes, visiblemente cansado. "Alexia no causará ningún problema grave. Primero investigaremos la situación".
Rachael asintió con obediencia, pero sus ojos la traicionaron.
En el fondo, deseaba que esa mujer nunca hubiera salido de prisión. Sin embargo, había regresado.
No importaba. Aún tenía muchas formas de lidiar con ella.
Después de todo, era la única hija de sus padres. Nadie podría quitarle eso jamás.
En la Mansión Hillcrest, las puertas se abrieron de par en par y dejaron ver dos filas de sirvientes perfectamente alineados.
Cuando Alexia entró, Dominic alzó la voz para que todos lo oyeran. "La señorita Alexia White es una invitada personal del señor Campbell. Se quedará aquí por un tiempo, así que asegúrense de atenderla bien".
Al unísono, los sirvientes se inclinaron y saludaron a Alexia. "Bienvenida, señorita White".
Alexia aminoró el paso mientras asimilaba la escena.
Al notar su reacción, Dominic volvió a hablar. "El señor Campbell sabe que acaba de salir de prisión. Quiere que se concentre en descansar por ahora. Todo lo demás puede esperar".
Alexia asintió levemente. "Por favor, transmítale mi agradecimiento al señor Campbell".
Incluso mientras lo decía, su mente seguía trabajando.
Su conexión con la familia James no permanecería oculta por mucho tiempo. Tarde o temprano, se correría la voz y Ethan ataría todos los cabos.
Si no demostraba pronto su valía, él podría cambiar de opinión con facilidad respecto a trabajar con ella.
No podía permitirse perder tiempo.
Cuando se aseguró de que Alexia estuviera instalada, Dominic se marchó de la mansión.
Una mujer de mediana edad se acercó y se presentó con una sonrisa cortés. "Señorita White, me llamo Lucy Miller. Estoy a cargo de la casa. Si necesita algo, puede acudir a mí".
Alexia inclinó ligeramente la cabeza. "Gracias, Lucy".
El trato tranquilo y respetuoso de Alexia hizo que la mujer se relajara enseguida.
Aunque era una invitada de honor de Ethan, Alexia trataba al personal con cortesía, algo poco común entre las personas de su posición.
Lucy añadió con amabilidad: "Haré que le preparen un baño de inmediato".