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¿Por qué debías ser tú?

¿Por qué debías ser tú?

Autor: : NatsZero
Género: Hombre Lobo
Desde los cuatro años, Alana ha intentado convencerse de que el accidente en que murieron sus padres y su hermano no fue causado por un hombre lobo. Les teme, los odia y jamás podría acabar enamorada de uno, sobre todo porque no existen. Sin embargo, cree haber visto a uno merodeando por la universidad. Damián es el hijo del alfa de la manada Ojos Carmesí y nunca pensó que hallaría a su mate en la universidad, mucho menos que sería una humana, algo que su padre jamás aceptará. El destino los ha unido mientras el miedo, el odio y toda una manada intentarán separarlos, como ya hicieron anteriormente con otros como ellos. El misterio sobre la muerte de los padres de Alana será la puerta de entrada para el horror que les espera y tendrán que luchar para que no se repita la historia. Y proteger a su hijo.

Capítulo 1 Zero

Primera parte: "Los pecados de los padres se repiten en los hijos".

Hace mucho tiempo, el caprichoso sentir de dos amantes desafió al destino y a la diosa luna; un hombre lobo y una mujer humana se enlazaron y de aquella unión prohibida nació una criatura híbrida a la que llamaron Azalea. Ella no halló cabida en la manada. Creció como una paria, sin hogar ni patria, sin encontrar su lugar entre los lobos e imposibilitada de buscarlo entre los humanos. Tenía a su favor el don de la belleza, que acabó convirtiéndose en maldición cuando el alfa de la manada la reclamó como suya. Azalea se negó a entregarse a quien no amaba, él le ofreció un trato: sería libre de irse a donde quisiera si el hijo que tuvieran resultaba ser un híbrido como ella; en cambio, si primaba su mitad bestia y tenían un lobo, allí se quedaría para siempre, como su esclava.

Él no planeaba cumplir su promesa y eliminaría a la criatura híbrida junto con Azalea. Ella tampoco planeaba cumplir y cuando nació su primogénito, un lobo completo, huyó con él al mundo de los humanos.

Su nueva vida incluyó un esposo, un buen hombre que la aceptó a ella, a su cachorro y les dio un hogar. Incluyó sueños, esperanzas, amor y una nueva hija, a la que heredó su mitad humana. Fueron inmensamente felices hasta que los lobos los encontraron. Esa noche llena de horror acabó la historia de la híbrida Azalea y comenzó la de Alana, su hija humana.

Hay dos momentos que marcaron la vida de Alana Valencia y no de buena manera: el primero fue el misterioso accidente en el que murió su familia y el segundo fue conocer a Damián Zóster y, a través de él, entrar en contacto con el mundo de los lobos durante su época universitaria. Tal vez podría mencionarse un tercero, que fue su reencuentro, años después, cuando se desataría una feroz lucha para que ninguno repitiera los pecados de sus padres.

Aquí va la historia del primer encuentro entre Alana y Damián y cómo comenzó su trágica historia de amor.

〜●〜

El grito que dio Alana desgarró su garganta. Fue tan intenso que la despertó y la trajo de regreso a la seguridad de su habitación en los dormitorios de mujeres en el campus. Vivía allí desde que ingresara a la Universidad Saint Roent, hace casi dos años.

-¿Tuviste ese sueño otra vez? -preguntó Ximena, somnolienta y lamentando haberse despertado justo cuando estaba por besar a Marcos Zóster, de las clases de Estadística y Cálculo II.

Ximena no sólo era su compañera de habitación, la pelirroja también era su mejor amiga.

-Sí... -respondió apenas Alana, con el corazón a punto de reventársele bajo la camiseta empapada de sudor.

Esperó unos instantes. Esperó a que las imágenes de pesadilla regresaran a donde vivían los sueños y a que sus piernas estuvieran lo suficientemente firmes y salió de la cama.

Eran las tres con treinta y tres minutos, la hora del diablo. Según las supersticiones, era el momento en que nuestro mundo entraba en contacto con otros planos astrales y los monstruos y demonios podían cruzar libremente y andar entre nosotros.

-No salgas, afuera hay violadores -balbuceó su compañera, rogando para volver a hallar a Zóster cuando pegara la cabeza contra la almohada.

-Hay cosas peores que los violadores. -Alana se puso una chaqueta y salió en pantalón de pijama, segura de que no se encontraría con nadie.

Estaban en época de exámenes y eso hasta los más fiesteros lo respetaban.

Inhaló una gran bocanada de aire frío y bajó los peldaños con sus pantuflas de oveja. Eran un regalo de su abuela, la mujer que la había criado luego de que lo perdiera todo hacía quince años, cuando ella tenía cuatro y fue la única sobreviviente al accidente donde murieron sus padres y su hermano mayor.

El "accidente" comenzaba cuando un hombre lobo se les atravesaba en la carretera y detenía el auto con sus manos monstruosas. Luego de arrancar la puerta del copiloto como si fuera el ala de una mosca, sacaba a su madre de las ropas y la sostenía en el aire. La criatura debía medir el doble de la estatura de la mujer.

"¡Alex, corre!", gritaba ella.

Su hermano Alex, apenas dos años mayor que ella, se liberaba de la silla, la liberaba a ella y corrían, lejos del horror y los gritos de sus padres.

Dos estruendos ensordecedores le entumecían el corazón. Su padre le disparaba a la bestia y lograba liberar a su madre del agarre, pero el lobo se le lanzaba encima y lo despedazaba.

"No mires", le decía su hermano, sin dejar de jalarla por entre los árboles junto a la carretera. Ella no veía nada con tanta oscuridad, pero su hermano parecía conocer el camino. A la luz de la luna, sus ojos habían empezado a refulgir.

Alex la hacía ocultarse dentro de un tronco hueco y cubría la entrada con ramas y hojas. "Iré a ver qué pasó", le decía él. "No salgas, volveré pronto". Ella no salía y él jamás volvía, eso recordaba Alana. No recordaba el auto desbarrancándose y siendo arrastrado por el río del otro lado, con su familia dentro. Tampoco recordaba que alguien la hubiera rescatado del agua, como constaba en el registro de la policía, pero apenas tenía cuatro años. ¿Quién guardaba recuerdos de su vida a los cuatro años? ¿Quién quería recordar lo que ella recordaba?

"No son recuerdos, son pesadillas", le decía su abuela mientras crecía.

"Es la forma en que lidias con la pérdida", le decía su psiquiatra, uno de tantos.

Nadie querría aceptar que su padre, conduciendo en estado de ebriedad, se había salido del camino y ocasionado la muerte de su familia, era más fácil culpar a un monstruo. Los niños saben de monstruos, los encuentran en los rincones oscuros, bajo las camas, en la sombra de la chaqueta sobre la silla, en las carreteras durante las noches de luna llena. La muerte es un monstruo, el destino es otro mucho peor. Que fueran ellos los culpables, porque el hombre lobo que veía en sus sueños y que causaba la muerte de su familia no era más que la personificación de ese monstruo atroz, la metáfora que había creado para el alcoholismo.

El alcoholismo era el monstruo que la había dejado huérfana, no los hombres lobos porque no existían.

Y el alcoholismo tampoco era un monstruo, era una enfermedad.

Y su padre era alcohólico, aunque ella no recordara haberlo visto beber una copa en su vida. Era un hombre enfermo y lo perdonaba.

Sin embargo, ni el perdón, ni las terapias, ni las píldoras que le adormecían hasta el alma, ni las temporadas de internación en la clínica mental, ni las metáforas habían logrado liberarla de la pesadilla. Y cada vez que la soñaba, dudaba.

Dudaba de que fuera sólo una pesadilla, porque también podía ser un recuerdo que pondría todo su mundo de cabeza.

No. No era posible, por eso había salido a la calle, a la noche solitaria y oscura nada más despertar. Ella recorrería cada rincón del campus, los menos iluminados, los más aterradores para convencerse de que no existían los monstruos ni en la hora del diablo. Tal vez tendría que recorrer el mundo entero, pero lo confirmaría y la Alana de cuatro años, que seguía oculta en el tronco desde aquella noche, podría por fin ser libre.

Cruzó la calle y avanzó por el costado de la estatua de Teodore R. López, fundador de la universidad. Rodearía el edificio donde dormían los hombres, pasaría por la arboleda donde se reunían a fumar y se iría a las canchas para dar toda la vuelta por el sendero de la orilla que llevaba a las aulas. Acabaría tan cansada y entumecida por el frío que ni soñar podría.

Iba saliendo de la arboleda cuando se quedó petrificada. Caminando por el medio de la cancha de fútbol había un hombre lobo.

Capítulo 2 El misterio del hombre lobo

"Despierta".

Damián Zóster, hijo del alfa de la manada Ojos carmesí y estudiante en el campus desde principios del semestre, se incorporó de golpe y se tocó el pecho. En sueños alguien acababa de atravesárselo y le ardía. Desde su llegada a Saint Roent, dormir ya no era lo mismo, alguien allí lo perturbaba y acaparaba sus pensamientos. De pronto, tuvo la aterradora sensación de que ya no tenía el corazón ahí dentro y salió de la cama en la residencia de hombres con la certeza de saber donde se hallaba. Cruzó a tientas la arboleda y cerca del final la vio. Alana Valencia, a quien sólo conocía de nombre, pero que le parecía conocer de toda la vida yacía desmayada. Con resquemor se atrevió a tocarla. La piel fría lo instaba a calentarla, era un mensaje a sus instintos mismos, al lobo que creía haber hallado lo que tanto anhelaba. No reparó en aquellos pensamientos y fue rápido por ayuda.

"Despierta".

Alana abrió los ojos y se encontró en la enfermería, con la inquietante sensación de que alguien la llamaba y que debía estar en otro lugar, muy lejos de allí. Ya había amanecido y Ximena la había acompañado durante su inconsciencia. La joven se le lanzó encima, le sacó todo el aire de lo fuerte que la abrazó.

-¿Qué me pasó? Me duele la cabeza.

-Te desmayaste en la arboleda, pero tranquila, nadie te violó. La próxima vez que se te ocurra salir de madrugada, llévame contigo. ¿A que no adivinas quién te encontró?

-¿Don Agustín?

-¡Ja! El conserje apenas sabe dónde tiene la cabeza. ¡Te encontró Marcos Zóster! Te cargó con sus fuertes brazos y te trajo hasta aquí. ¡¿Por qué no me pasan esas cosas a mí?! ¡Dios! Déjame abrazarte porque todavía hueles a su delicioso perfume.

Ximena estuvo apretujándola y frotándose contra ella hasta que llegó la enfermera. La mujer evaluó sus constantes vitales, le hizo varias preguntas, le sugirió no estudiar hasta tan tarde para evitar problemas de insomnio y la envió a desayunar.

Alana se dio toda la vuelta para llegar a la residencia de mujeres sin pasar por las canchas.

-La distancia más corta entre dos puntos siempre es la línea recta y lo sabes. Dime qué está pasando. No eres una debilucha que se desmaye así, sin más. Algo debió impresionarte mucho y no me mientas porque mi talento es ser perceptiva.

Y no había que ser muy talentosa para notar lo pálida que estaba Alana y lo desorbitados de sus ojos pardos, que miraban todo con auténtico pánico.

-Vi algo, Xime. Algo que no debería existir, algo imposible... algo que veo sólo en mis sueños.

-¿En los sueños feos?

-¿Acaso hay otros?

Ximena la acunó en su pecho y le limpió las lágrimas que iban brotando.

-Si no puedes contarme lo que te aflige, entonces nuestra amistad no tiene ningún sentido. Confía en mí.

Alana inhaló profundamente para obligarse a decir lo que su cordura le impedía siquiera concebir:

-Vi... vi a un hombre lobo. Caminaba por las canchas y medía como dos metros, era monstruoso, estoy segura de que lo vi... ¿Crees que estoy loca?

-No, claro que no. Todo tiene una explicación lógica. Anoche saliste luego de la pesadilla, te desmayaste y en la enfermería seguiste durmiendo hasta el amanecer. ¿Es probable que estuvieras sonámbula?

-No. Recuerdo todo lo que ocurrió hasta que lo vi, estaba despierta y eso me siguió desde mis sueños. Y debe estar por allí afuera... -miró alrededor. Además de las camas, muebles y material de estudio, no tenían nada para defenderse.

Habría que tapiar la ventana. Y llamar a la policía. Y hasta al ejército.

-Escucha, Alana. Vas a darte un baño, beberte una leche caliente y descansar. Encontraremos una explicación a lo que viste, el campus está lleno de cámaras. Ximena, la detective, se encargará de resolver el misterio del hombre lobo. Déjalo en mis manos.

Alana asintió. Fue por su toalla.

-Lleva tu spray anti violadores.

-Nunca salgo sin él.

〜✿〜

Ni la ducha, ni la leche caliente o las dulces palabras de Ximena lograron que Alana se durmiera. Mientras las ideas se enredaban en su cabeza por montones, intentando dar explicación a lo que había visto, la hipótesis de que hubiera estado soñando cobraba fuerzas. Era la opción más sencilla, la que la alejaba de la locura y del terror de la confirmación de que todos sus temores fueran reales. Y de que los monstruos existían.

-Listo, ya lo hice -dijo Ximena, entrando a la habitación a mediodía-. La Sherlock Holmes del campus resolvió el misterio y encontró a tu hombre lobo.

Alana, expectante, no daba crédito a lo que oía.

-¿Cómo que lo encontraste? ¿Era real? ¿Lo que vi era real?

-Claro que sí, amiga mía. ¡Y aquí está el hombre lobo de la universidad Saint Roent!

No sintió Alana un pavor mayor al que la acometió al ver entrar a la monumental criatura, con el cuerpo cubierto de vello y ojos demenciales y sin brillo. La bestialidad de su cuerpo se recortaba en el apacible dormitorio destrozando la realidad y arrasando con toda la cordura. Era mejor enloquecer, ahora lo sabía. Deseaba estar loca o dormida. Quería despertar y que nada de esto estuviera ocurriendo.

El grito volvió a desgarrarle la garganta, pero no se despertó. En sus intentos por alejarse del monstruo, se cayó de la cama y se agazapó en el rincón, al borde de una crisis de histeria.

-¡Alana, tranquila! Es Pedro, el que se sienta al final en Cálculo II.

Como si su sola apariencia no fuera suficiente para inspirar el más puro horror, la criatura se arrancó la cabeza con la facilidad con que se quitaría un sombrero, mientras Alana seguía gritando.

-¡Soy yo! ¡Soy la mascota del equipo de fútbol! ¿En serio estás asustada? Este disfraz es muy malo -dijo Pedro.

Los gritos de Alana se silenciaron, no por la calma, sino por la incomprensión de todo cuanto ocurría. Se aferró la cabeza, presa de incontenibles temblores.

-Alana, no pensé que te asustarías al verlo. En la madrugada estaba oscuro y entiendo que te confundieras, pero ahora claramente se ve que no es real. Tiene hasta una camiseta con el escudo de la universidad.

Ahora Alana lo veía. Y veía también que llevaba unas burdas zapatillas con los cordones dibujados.

-Y no soy un hombre lobo, soy un hombre coyote. Tengo las orejas más puntiagudas, el hocico más delgado y mi cola apunta hacia abajo. Las de los lobos apuntan hacia arriba. ¿Ya me puedo ir? Hace un calor horroroso dentro del traje.

-Sí, Pedro, gracias por tu ayuda. Éxito en tu debut. -Ximena ayudó a Alana a levantarse y se sentaron en la cama. En su teléfono le enseñó las grabaciones que había conseguido gracias a su talento para la disuasión y unas pizzas.

Y ser guapa también ayudaba. Le ordenó a Alana los cabellos castaños y se concentraron en el video. La cámara debía estar ubicada en alguno de los postes con focos que iluminaban el campus. Se veía la mitad de la cancha y parte de la arboleda.

-Pedro no podía dormir por el nerviosismo y salió a ensayar su baile del medio tiempo -explicó la pelirroja.

Efectivamente. El hombre con su evidente disfraz practicaba unos pasos de rap o algo parecido.

-Tiene ritmo ¿No?

-¿Cómo pude confundirme?

-Estabas asustada y el miedo nubla nuestros pensamientos. ¡Mira que manera de perrear la de ese coyote! Jajajaja. Ya que tú y Pedro tienen problemas para dormir, deberían salir juntos. Tal vez te contagie un poco de su ritmo y uses la cama para algo más que tener pesadillas. Quiero que me despiertes con tus gritos de placer.

-Esas cosas no me interesan. Y ya deja de ver ese video, sólo haces que mi vergüenza aumente más y más.

-Quiero ver la parte en que llega mi príncipe azul y te carga en sus brazos como si fueras su princesa. -Adelantó el video hasta la parte en que aparecía Alana.

La muchacha se encontraba con la enloquecedora imagen del coyote rapero y se desmayaba. Poco después, apenas unos segundos, un hombre llegaba corriendo.

Las dos mujeres se acercaron a la pantalla. La imagen no era muy nítida, pero lo suficiente como para notar que ese no era Marcos Zóster.

-¿Te está tocando el cuello?

-Creo que me toma el pulso.

-Y ahora te acaricia el rostro.

-Quiere comprobar que sigo viva, no imagines cosas.

-No imagino cosas, ese tipo te está abrazando.

-¿Por qué me abrazaría? Cuando me lo he topado en clases, Damián Zóster ni siquiera me ha mirado. Porque es él ¿no?

-Sí, es el primo de mi príncipe. Mira esa espalda, podrías nadar en ella. Y esos brazos fuertes, no le costó ningún esfuerzo cargarte.

-Estoy un poco flacucha.

Ximena dio un gritito de emoción que le puso a Alana los pelos de punta. En cualquier momento le daba un infarto.

-Llámame loca, pero esa forma de cargarte no es como si cargara a cualquiera. Tu cabeza no quedó colgando, se preocupó de acunarla en su pecho. ¡Me encanta! Y tan frío y odioso que se ve, pero es una dulzura. ¡Lo amo! ¡Lo amo para ti! Se ven hermosos juntos.

-Xime, no soy quien para juzgarte, pero tienes peor visión que yo. El tipo se encontró a una vieja tirada y la está ayudando. Es lo mínimo que podría hacer un ser humano decente, nada más. Me extraña que no pienses que es un violador.

-Por sus venas corre la sangre de mi Marcos, no puedo pensar mal de él. Además, míralo -pausó el video-, mira su cara de preocupación. Se muere si te pasa algo, se muere de amor por ti.

-Su cara son puros pixeles, parece que estás leyendo demasiadas novelas románticas. Además, la enfermera dijo que había sido Marcos quien me llevó, no Damián. ¿Por qué mentiría?

-Tal vez se equivocó de Zóster. Los dos son pelinegros, altos, guapos, divinos, aunque mi Marcos es más lindo porque sonríe más.

Alana suspiró, confiada de que los hombres lobos seguían estando en donde debían, en las pesadillas de los niños y sus metáforas. Siguió creyendo que el mundo era un lugar seguro, donde las personas y sus enfermedades eran los únicos monstruos. Qué equivocada estaba.

-Vamos, Alana, no te quedes ahí. Ahora mismo irás con ese chico para darle las gracias por salvarte y, en agradecimiento, lo invitarás a salir -indicó Ximena, muy entusiasmada.

Nunca dejaría de arrepentirse por haberle dicho todo aquello en ese momento.

Capítulo 3 ¿Por quién late tu corazón

Alana llamó a la puerta de la habitación de los Zóster en la residencia de hombres, sin creer que sus pies la hubieran llevado hasta allí. A veces pensaba que Ximena se había equivocado de carrera. Una mujer con sus habilidades para la disuasión debía dedicarse a la política, al derecho, a la publicidad o por último a vender seguros. En la ingeniería su talento se desaprovechaba. De cualquier modo ya era tarde para arrepentirse, ya había llamado a la puerta, ya debían haberla oído y si salía corriendo creerían que andaba haciendo alguna broma o algo peor.

Inhalaba profundamente cuando la puerta se abrió. Contuvo la respiración al ver ante ella el cuerpo escultural de Damián Zóster, recién salido de la ducha, pero para su fortuna con un pantalón. De su cabello húmedo caían pequeñas gotas que resbalaban por el pecho desnudo, el mismo donde ella había apoyado la cabeza. Debía ser muy cómodo con lo grandotes que estaban sus pectorales, ni hablar del vientre. Nunca había visto tanto músculo junto.

Era un hombre guapo, el más guapo que hubiera visto, eso le jugaría en contra más tarde.

Exhaló por fin porque se estaba asfixiando mientras se deleitaba impúdicamente con el cuerpo de Damián, como si fuera una... ¡Una Ximena cualquiera!

-Hola, yo...

Damián entró, dejándola con la palabra en la boca. De su clóset sacó una camiseta y Alana sintió culpa de las indiscretas miradas que le daba. Sí que tenía una espalda para nadar en ella.

¡Ojalá y los pensamientos de Ximena salieran de su cabeza!

-¿Qué quieres? Tengo prisa.

Ahí estaba. La demostración más contundente de que su amiga alucinaba y que Damián Zóster era un maleducado odioso que podía tener ligeras muestras de amabilidad durante la madrugada.

-Yo...

La mirada tan intensa que le daba el hombre era espeluznante. No estaba segura de si la detestaba, quería matarla o sólo destriparla para que muriera lentamente. Y ella no era indiferente, claro que no. La nuca le cosquilleaba como si fuera un ratón a punto de mordisquear el queso en la ratonera. Viendo esos ojos oscuros anticipaba algo que estaba por venir, pero que no llegaba, como un temor instintivo a un desastre inminente. Era una sensación enloquecedora. Era la advertencia que no supo interpretar.

-Yo quería agradecerte por ayudarme anoche y...

-Agradécele a Marcos, él te ayudó. Permiso.

Alana se quitó de la puerta y él se fue por el pasillo, llevándose toda el aura de tensión que cargaba consigo. Hasta el aire le pareció más liviano cuando ya no estuvo cerca de él. Qué malas vibras le daba. Debía ser de esas personas que, cuando estaban estresadas, acababan estresando a todas las demás. Mientras más lejos estuviera de él, mejor, pensó en aquel momento.

Al salir, en los estacionamientos frente a la residencia vio a Damián hablando con Marcos. Por sus gestos, parecían tener una acalorada discusión. Marcos la miró y se encaminó hacia ella, mientras Damián subía a su auto deportivo y se iba. ¿Quién tenía un auto deportivo en la universidad? La mayoría apenas y tenía bicicletas.

-Hola, ¿estabas buscándome? Ya te ves mucho mejor. -Marcos sí que era un príncipe, tanto en modales como en educación. Su sincera sonrisa derretía glaciares y estaba llena de amabilidad. Definitivamente compartir sangre y genes no decía nada sobre el carácter de la gente.

〜✿〜

-Pues ciertamente es extraño que Damián niegue lo que hizo, fue algo bueno -decía Ximena mientras repasaba su maquillaje ayudándose de su teléfono.

Estaban en la terraza del bar a unas cuadras del campus. Era el sitio indiscutido para festejar cada fin de semestre o cuando se les diera la gana, siempre había una razón para festejar cuando se era joven y libre de mayores responsabilidades.

-Es evidente que no quiere tener ningún tipo de vínculo conmigo, ni las gracias quiere que le dé y yo no voy a estorbarle. No lo quiero de enemigo -aseguró Alana.

Ella apenas se maquillaba. Un bálsamo labial era su compañero inseparable porque los labios se le resecaban cuando se ponía ansiosa y le daba por humedecerlos o morderlos. Le gustaba ser natural, ya se maquillaría cuando empezaran a salirle arrugas.

-Tal vez no quiere que se arruine su imagen de tipo rudo. De sólo recordar cómo te acurrucaba en su pecho se me derrite el corazón. Le gusta aparentar que es un despiadado lobo, pero en el fondo es una ovejita.

Alana se puso pálida. En un segundo pasaron por su cabeza las peores imágenes de sus pesadillas y el miedo instintivo la sacudió en un escalofrío.

-Ok, mala elección de palabras, lo lamento. Saber que voy a estar tan cerca de mi príncipe me pone nerviosa.

-Pues prepárate porque ahí viene.

Ximena no se aguantó y volteó a verlo, Marcos caminaba por la acera como si fuera un hombre más, pese a que el mundo se rendía a sus pies. Si hasta le pareció que el cielo se iluminaba con su presencia, como si trajera la primavera consigo y el otoño retrocediera, incapaz de hacerle frente a su incontenible energía.

-Hola, chicas. ¿Cómo están?

-Bien ¿Y tú? -preguntó Alana.

-Genial, sobre todo si puedo pasar la tarde con dos chicas guapas y simpáticas.

-Yo estoy de maravillas -dijo Ximena, jugueteando con sus rizos rojizos.

Solía hacer eso cuando coqueteaba, Alana ya se sabía todos sus trucos.

-Pues así te ves también -comentó Marcos.

Eso le daría a la mujer material suficiente para fantasear por semanas. Su príncipe parecía bastante receptivo y Alana se preparó para lo que se le venía por delante. Ya sabía que sería el mal tercio cuando lo invitó a salir en agradecimiento, pero Ximena jamás le habría perdonado que no la invitara y ella no saldría sola con un chico que podría malinterpretar su gratitud, así que serían ella y su jugo de piña. Una buena cita.

〜✿〜

Damián miró una vez más el reloj que estaba en su velador. Habían pasado apenas dos minutos desde la última vez que lo había hecho.

Y Marcos todavía no volvía.

Los indeseables pensamientos que lo acosaban sólo lo instaban a aumentar el rigor de sus ejercicios. Quemar grasa era la terapia perfecta para combatir la ansiedad y la frustración. Y la ira también. Su trabajado cuerpo decía mucho de lo frecuentes que eran tales sentimientos en él.

El vientre ya le ardía. Dejó los abdominales y pasó a las flexiones de brazo, sin evitar mirar el reloj otra vez. Un minuto había pasado. Era increíble cómo se estiraba el tiempo cuando estaba hecho un energúmeno como ahora, que la sangre le hervía dentro de las venas hinchadas.

Marcos llegó media hora después, muy sonriente. Olía a cerveza y a perfume de mujer.

-Sí que tardaste. Debiste pasártelo muy bien -masculló Damián, estirando sus músculos fatigados o al día siguiente no se podría ni mover.

-Me lo pasé de lujo, pero no me mires así. Pudiste ser tú y no quisiste.

-No digas estupideces.

-Tarde o temprano tendrás que hacerle frente a esto, Damián. Y creo que es mejor temprano. La chica es un encanto, dulce, simpática y con un inocente atractivo que podría abrir el apetito de cualquiera. Es perfecta para ti.

-Cállate, no me interesa saberlo, no me interesa nada de ella. Sabía que era una mala idea venir a estudiar aquí, nunca debí hacerte caso. Desearía nunca haberla conocido.

-Pues qué lástima porque es el destino que te tocó y lo sabes, hasta tu subconsciente lo sabe. ¿Por qué si no te despertaste como un loco y corriste hacia ella cuando se desmayó anoche? Yo te lo diré, Damián, porque es tu mate y la necesitas, porque es parte de tu ser, porque tu corazón la llama y el de ella a ti. -Le puso la palma en el pecho sólo para comprobar el estruendo que había allí dentro.

Damián se la apartó con brusquedad. El hijo del alfa no podía acabar emparejado con una humana, eso era impensable, era una deshonra, una aberración inaceptable, puede que hasta un crimen, no estaba seguro.

-Para variar bebiste demasiado -acusó.

-Claro que no -aclaró Marcos-. Si estuviera ebrio me estaría revolcando con la amiga de tu chica. Esa mujer está como quiere y la traigo loca, pero no se lo dejaré tan fácil. Qué se esfuerce por mí, me lo merezco.

Damián no estaba dispuesto a seguir oyendo las sandeces de un borracho. Se calzó una sudadera negra con capucha y salió. Que la suave brisa que convertía a los árboles en sonajeros le enfriara la cabeza para poder pensar con claridad. Eso necesitaba, recuperar la serenidad que había perdido al encontrarse con Alana y recuperar ese corazón traicionero que se agitaba como pez fuera del agua y que se sentía ajeno en su propio pecho cada vez que la veía. No quería creer que latía por ella, no quería aceptar que estaba ligado a ella, no a una humana, no a esa humana.

Luego de mucho caminar, alzó la cabeza y se halló parado frente a la residencia de las mujeres, justo debajo de la ventana de Alana, que estaba en el segundo piso, en el extremo derecho. Allí se quedó porque sus pies no siguieron avanzando. Y no lo hicieron porque su cabeza no se los ordenó, la traidora esperaba, atenta a la cortina gris, donde la sombra de Alana podía proyectarse.

¡Hasta su sombra anhelaba!

Cuando por fin apareció, Damián supo, con aterradora certeza, que su corazón ya no latía por él. Y tuvo miedo.

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