Siete años después de "Ella no supo ser Julieta".
Caminando sobre el asfalto de alguna calle de Texas, Eliot Marín se encontraba mirando hacia todas las direcciones posibles, esperando reconocer en alguna parte la imágen impresa en el papel fotográfico que llevaba en una de sus manos.
Llevaba puesto un pantalón de mezclilla desgastado, una camisa negra con cuello de tortuga, de mangas largas y tela de algodón; lentes de contacto para renovar su imágen, y un calzado tan elegante y pulcro como su cabello castaño peinado perfectamente hacia atrás.
A pesar de que el hombre estaba un poco exhausto por el viaje de unas cuantas horas, no se permitiría descansar hasta encontrarse con el objetivo principal de su tan planeada travesía en aquella nueva ciudad: cierto espécimen de cabello naranja.
Avanzaba a pasos tranquilos, con una mano aferrada a una de las tiras de su morral, y la otra sosteniendo la única pista del paradero de la chica que pensaba cada día con nostalgia y una gran nota de arrepentimiento.
-Disculpa- tocó el hombro de una mujer que caminaba adelante, en su misma dirección-, ¿Podrías decirme qué tan lejos estoy de esta clínica?
La fémina le echó un vistazo a la imágen y alzó la comisura de sus labios en una sonrisa ladeada.
-Está a unas calles a la redonda, justamente voy hacia allá- le contestó la mujer con un todo bastante amigable-, si quieres vamos juntos.
-Claro, gracias.
Ambos caminaron entre los demás transeúntes, bajo el cielo se comenzaba a tornarse opaco bajo los colores que se hacían presentes por las cinco se la tarde.
-¿Turista?- inquirió la mujer al ver la maleta que él arrastraba.
-Podría decirse que sí. Para ser más exacto, vengo de paso, buscando a una persona- contestó Eliot, con esa pronunciación afable y modesta que había adoptado a lo largo de los años.
-¿Algún familiar enfermo?- volvió a preguntar la mujer del cabello negro, dado que se dirigían a un centro médico- Por cierto, me llamo Arantza- se presentó.
-Yo soy Eliot- respondió mientras doblaban la calle-. Estoy en busca de mi princesa perdida- soltó una pequeña risa-, he oído que su castillo es esa clínica. En un término menos fantasioso: ella trabaja ahí.
Los dos continuaron el trayecto en compañía hasta que un amplio y pulcro edificio de tres pisos se hizo visible frente a ellos, Eliot comparó la fachada con la foto que llevaba y fue alivio lo que abordó su interior al leer el nombre La Intemperie en letras doradas y cursivas que representaba a la clínica.
-Bueno, vamos- la amable guía llamada Arantza le hizo al hombre una seña con si mano para que la siguiera.
El interior del centro médico era incluso más inmaculado que su exterior; las paredes eran tan blancas que algún recondito lugar de la consciencia de los visitantes pensaría que ensuciaban con su presencia, el suelo era de un mármol negro perfectamente pulido y encerado, tan pulcro que podía utilizarse como espejo para suelas; el olor característico a alcohol anticéptico permanecía en el aire junto a un atisbo de aroma a cherry, un enorme cubículo yacía en el centro de la sala principal con varios tumultos de carpetas amarillas, lámparas de escritorios, herramientas de oficina, computadoras y archiveros enormes que ocultaban la información confidencial de los trabajadores y pacientes más recientes.
-¿Puedo ayudarte en algo más?- cuestionó Arantza cuando cruzaron la puerta de cristal.
-Ahora me toca buscar, eso lo haré yo- contestó el castaño con su tomo dócil y sereno-. Muchas gracias- le regaló una sonrisa y la mujer se alejó.
A Eliot le resultó un tanto complicado encontrar un rostro específico entre tantos uniformes blancos, entonces se acercó a la recepción con intención de hablarle a una de las secretarias para que le facilitara la búsqueda. No obstante, el lugar adquirió un ambiente pesado cuando una camilla entró disparada por dos paramédicos, un enfermero y una doctora... Esa doctora.
Eliot permaneció estático en su sitio, sin saber discernir el motivo de su conmoción. Su anatomía estaba paralizada, pero su corazón bailaba al compás de las melodías ficticias que producía su ensueño. Después de tantos años, la imágen viva y representante de su insomnio melancólico, estaba frente a él.
Ante sus ojos y falta de cordura entonces, la mujer del cabello naranja pasó frente a sus ojos en cámara lenta como una ninfa mágica que lo insitaba a descubrir los enigmas de su extraña y peculiar existencia; y como siempre aparece la aguja que pincha la brillante burbuja del encanto efímero, ella no se percató de que alguien la contemplaba como a una creación de Afrodita.
La mujer pasó frente a él junto a su equipo de trabajo a una velocidad abismal, todos al borde de un desespero crítico por la vida que acababa de pasar a estar responsable en sus manos.
Eliot siguió los pasos de todos hacia un pasillo algo desolado, a unos metros de distancia se percató de que todos habían entrado a una sala para atender al paciente recién llegado. Optó por quedarse junto a la ventana.
Se fijó en cómo la mujer daba órdenes a los enfermeros mientras rasgaba la tela de la camisa del hombre moribundo. Ignorando el agetreo que envolvía al grupo a través del cristal, se permitió detallar a Mia; se notaba que su cabello estaba más largo, a pesar de estar atado en un moño con un lápiz, su rostro había adquirido más madurez con el transcurso de un par de años, no lograba discernir la figura de su cuerpo bajo la bata blanca, pero apostaría cualquier cosa a que no había cambiado mucho. Y añoraba que sus sentimientos del inicio tampoco.
Quizás sintió el peso de los ojos de aquella doctora caer sobre él a través de la ventana, o quizás fue su delirio del momento que se había encargado de fusionar un poco el deseo con la realidad. No lo supo.
La cara del hombre se encontraba con un semblante sereno, la única excepción fueron sus labios entreabiertos por el atribulamiento que lo embargaba. No pudo negar que se sintió feliz por ver con sus propios ojos y en tiempo real que la chica a había cumplido uno de sus objetivos más soñados, y la amargura de un recuerdo marchito lo hizo desviar la mirada un momento; ¿En serio fue tan egoísta en el pasado como para intentar convertirla en alguien que, en definitiva, no era? Esa sólo fue una del centenar de preguntas que lo avazallaron, lo único que tenía seguro era que ya no era el mismo de antes. Y que tampoco quería volver a serlo.
-¡Preparen los desfibriladores, el paciente se nos va!- por primera vez escuchó su voz con claridad. Lo único que había cambiado en su todo era que había desarrollado más seguridad y decisión en él.
Eliot se sintió un poco más feliz al darse cuenta de que ambos habían cambiado para bien. Pero no llegó a sonreír, pues no sabía si ella estaría dispuesta a dejarlo entrar una vez más a su vida. Él tenía toda la intención de sanar por completo las heridas que había dejado, más era cuestión de suerte que ella no aceptase.
Un sonido abrupto lo sacó de sus pensamientos, obligándolo a volver su vista a las personas en el otro lado. Le habían dado una descarga eléctrica a su paciente para intentar renaudar su pulso cardíaco, lo supo cuando vió a Mia frotar entre sí un equipo médico que sólo había visto en las películas, y colocarlos sobre el pecho del hombre en la camilla, provocando un leve levantamiento por parte de éste.
-¿Presión arterial?- la escuchó pronunciar aquel cuestionamiento con una nota exhasperada.
-Ochenta y cinco sobre noventa- le contestó una enfermera.
De pronto, la máquina que contaba los latidos comenzó a disparar bips consecutivamente rápida. Mia volvió a frotar los desfibriladores con frenesí, y envió las descargas eléctricas nuevamente al hombre que estaba siendo perseguido por el metafórico hombre de túnica negra.
-Tenemos pulso -musitó la enfermera con un alivio indescriptible.
Si el órgano vital de Eliot había comenzado a latir frenéticamente desde que vio a Mia pasar frente a sus ojos después de tanto tiempo, ahora amenazaba con salir disparado de su pecho, extasiado y orgulloso por la heroína que laboraba al otro lado del cristal.
La doctora se llevó ambas manos a la cabeza mientras suspiraba con un enorme alivio, y es que no notas que en realidad vives en paz, sino hasta que sales de una situación donde una vida corría peligro, sólo entonces sabrás que la serenidad es la octava maravilla del mundo.
-Hay que trasladarlo a la UCI. Que allá el traumatólogo se encargue del resto -Mia observó el reloj de la pared mientras soltaba las órdenes-. Es todo. Mi guardia ha terminado.
Al Eliot percibir las intenciones de Mia al caminar hacia la puerta, se giró adrede para que no notase su presencia. La doctora Suarez caminó por el pasillo hasta desaparecer de su vista, entonces Eliot decidió echarse a andar hacia la salida y buscar el hotel más cercano para pagar una estadía y comenzar a planear un poco el próximo reencuentro.
Al regresar a la recepción, se dio media vuelta para dibujar con los piés el trayecto a la salida, pero su andar se detuvo al igual que la noción del tiempo cuando sus ojos se posaron sobre la pareja que se besaba en la sala de espera; una sensación de abismo se manifestó en todo su ser en cuestión de microsegundos, su garganta se había convertido en un enrredo y su naríz comenzó a adquirir un rubor desagradable e indeseado.
Mia besaba a un hombre con alegría y una nota discreta de pasión, ahí Eliot notó que nadie en el mundo puede ser feliz sin que a otro le afecte. Esos labios que una vez pronunciaron hacia él confesiones geniunas, los mismos que le pertenecieron a su piel; ahora besaban otros ajenos a los suyos. Esas manos que recordaba cálidas y suaves ahora acariciaban el rostro de otro hombre; las mismas manos que pocos minutos atrás salvaron la vida de alguien, que sostuvieron las suyas durante muchas noches sin estrellas, que dibujaron son las huellas de sus dedos las facciones de su rostro.
Ya no se sabía si aquella doctora sentiría el deseo de sanar la herida del remordimiento de aquel hombre sin rumbo. Eliot detestó al maldito karma como a ninguna otra cosa en ese momento, porque ella merecía ser feliz después de todas las lágrimas que derramó por las mentiras del pasado. Se sintió igualado por pretender a una mujer que ya había encontrado otro amor. ¡Se sintió muy estúpido! Pues habían pasado siete años desde que dejó una vela encendida, y la decepción quebró su entorno porque no hayó ni un atisbo de luz.
Eliot Marín estaba comenzando a perder la esperanza. Pero no estaba dispuesto a aceptar su karma.
Una vez más, Eliot Marín llegó a la hipótesis de que sus creencias erradas no había llegado a su fecha de fallecimiento; pues, él creía que el insomnio acabaría al ver luego de tanto tiempo a la ninfa de cabello naranja.
Luego de que el autocontrol lo sacó del abismo en el que había caído tras ver la escena de amor que él no protagonizaba, alquiló una habitación de hotel y meditó entre la luz apagada, el silencio eclipsado entre las cuatro paredes, y la taquicardía causada por esperanza quebrada.
El sentimiento de culpa había carcomido sus ganas de existir junto al remordimiento aquella tarde de otoño cuando vio partir a la chica en un autobús. A pesar de que antes de ella dependía emocionalmente de un recuerdo, Mia con su sola existencia se convirtió en el nuevo pilar de su vida, en el eslabón más fuerte de su cadena... Sólo que él ya había mentido lo suficiente como para que la verdad valiese más que sus engaños.
Su estabilidad se tambaleó a medida que el autobús se hacía más y más pequeño por la carretera, hasta que simplemente su razón de ser colapsó, como un principiante al caer de la cuerda floja por falta de conocimiento, confianza en sí mismo y dominio.
Lo único que lo mantenía al margen de una pérdida de cordura, era la idea de que Mia sanaría al reencontrar su amor propio, pero el muy igualado pensó que él podría ser el único digno de su amor.
........ Dijo: Amarás a quien no te ama por no haber amado a quien te amó; pero, ¿Qué pasa si se trata de la misma persona? ¿Qué pasa si en realidad la amaste desde el principio, pero no fuiste lo suficientemente valiente para decirle la verdad y demostrárselo?
Eliot sí la amó, no sabía exactamente desde que punto, considerando que al inicio de la relación estaba con ella para satisfacer su obsesión. No tenía ni la más remota idea de cuándo nació su amor genuino, pero se dio cuenta de su existencia cuando ya no recordaba a Vianka, sino a Mia.
Que ella estuviera con otro hombre no era obra del karma, sino lógica, o una acción del destino para dar a entender que hay personas que pasan por tu vida para romper tu corazón, luego reconstruirlo y aprender a no cometer los mismos errores con el alma Dios creó con el propósito de complementar la tuya.
Que ironía del ser humano; descubrir el verdadero valor de una persona cuando ésta ya no forma parte de su entorno.
Meditando sobre el colchón de su habitación efímera, Eliot llegó a la conclusión de que no le importaba si era karma, lógica, o simplemente ganas de joder del destino; él regresaría al corazón de la pelirroja a cualquier costo, así tuviera que sacar a empujones a un hombre inocente de su error.
Quizás su egoísmo había mermado, más no desaparecido.
***
Los dedos de Eliot se retorcían entre sí con nerviosismo, tan voraz que sus nudillos palidecían constantemente más de lo habitual, y la carpeta amarilla que llevaba consigo sufría las consecuencias de esa intranquilidad. Llevaba puestos unos pantalones gruesos de lana, un abrigo jersey unicolor y una bufanta gris que hacía juego con el gorrito de lana que aplastaba su cabello, todo para evitar que el frío del fallecimiento del otoño acariciara tanto su piel.
A pesar de que sabía que estaba en el lugar y el momento exacto, se sorprendió un poco al ver a Mia atravesar la salida del hospital con un sobretodo beige que hacía resaltar su perfecta melena naranja. Iba junto a su pareja actual.
Eliot sacó valentía suficiente como para despegar sus pies del suelo y acercarse. ¿Por qué el interior de las personas se estremece al ver a una persona que significó tanto en el pasado? El tiempo deshace lágrimas y merma el dolor de las memorias, pero nunca será capaz de borrar una futura impresión.
Cuando Eliot llegó a tener cercanía justa y moderada con la mujer, tocó su hombro con la intención de llamar su atención. Y su tacto calentó sus dedos más de lo que lo hacían los guantes que llevaba puestos, se lee absurdo, pero así se sintió.
-Mia -pronunció con voz suave, pero firme a su vez.
-¿Sí? -la susodicha inquirió sin reconocer a quien la llamaba, su tono angelical y hechizante causó que Eliot tragara saliva invisible. Ella giró sobre su eje.
Nunca se sabe qué efecto puede causar un reencuentro hasta que unos ojos que se amaron alguna vez, vuelven a conectarse después de mucho tiempo. De manera recíproca, ambos corazones se detienen sin lógica. Las mentes siguen estando ahí y desconectadas a la vez. Luego siguen los titubeos, la lengua se mueve, pero la garganta no colabora ni para lanzar un saludo medianamente prudente. Es como fallecer y revivir al mismo tiempo, por culpa del tonto y condenado corazón.
Él estaba sin palabras, no por el efecto antes mencionado, sino porque en realidad nunca preparó un discurso concreto para el instante; ella estuvo estupefacta por unos minutos que lucieron perpetuos, ¿la razón? Ni en un universo paralelo se imaginó que volvería a verlo.
Entonces, una segunda voz pinchó la burbuja de silencio e impacto.
-¿Podemos ayudarte en algo? -el hombre de cabello azabache y barba creciente se dirigió a Eliot como si también lo hubiese llamado a él. Si antes no le caía mal, en ese momento comenzó a hacerlo.
La lengua de Mia se desenrredó en el momento más oportuno para evitar un inminente conflicto entre los representantes del pasado y el ahora.
-Amor... Espérame en la cafetería -su voz estaba centrada en el asunto, pero sus ojos permanecían perdidos en la galaxia memorial de las iris de Eliot, esa donde cada estrella significaba un beso, una aventura, una lágrima... o tal vez nada.
El hombre le dedicó una mirada soslayada a Eliot al pasar por su lado, pero no cuestionó la petición de su pareja.
-¿Podemos hablar?- más que una pregunta, aquello resultó ser una súplica por parte de Romeo.
Mia pensó que el conversatorio que se avecinada debía ser lo suficientemente significativo para su presencia, entonces, señaló con su cabeza las bancas que se encontraban en la salida de la clínica. Ante la aceptación muda, Eliot notó que había estado conteniendo el aire, sus pulmones estuvieron más que agradecidos.
Sin querer dar tantas vueltas al asunto porque lo último que deseaba era hacerle perder tiempo libre a la doctora, Eliot decidió soltar el nudo que ataba sus sentimientos y cuerdas vocales.
-Me cansé de buscarte entre tanta gente. Me harté de recolectar espejismos- pronunció.
Mia, haciendo acopio de su madurez y recordando que había desechado los reproches durante su travesía por la aceptación, le contestó:
-¿Por qué ahora? -no fue capaz de darle la cara, sólo lo cuestionó mirando hacia el frente.
-Quería asegurarme de haber sanado por completo -dijo en un susurro apenas audible.
-¿Sanarte tú, o sanarme yo? ¿Estás seguro de que esa espera no fue para que yo me olvidase de los rencores y volver porque simplemente sabes que, aunque pase una eternidad, nunca dejaré de ser vulnerable ante alguien igual a mí? -lo preguntó sin intenciones de reclamar, aunque lo pareció.
Dándole todas las razones, él masculló:
-Te necesito.
Pero Mia no caería ante ese punto de quiebre, aunque pudo detectar que era real. A pesar de que tenían tiempo sin sentir la presencia del otro, no habían perdido el don de saberse leer mutuamente.
-Y yo necesité que dejaras de verme como la usurpadora de un fantasma -mordió el interior de sus mejillas mientras removía sus memorias-, ¿por qué debería ser condescenciente ahora, si tú no estuviste cuando esta boba enamorada necesitó la versión real de ti? No es cuestión de ser buena persona, si eso piensas. Ni se te ocurra llamarme egoísta.
Eliot cerró los ojos, deseando muchas cosas y a la vez siendo abofeteado por su cordura porque un hada mágica no aparecería para obsequiarle un borrador, o darle el poder de cambiar el ayer.
-No tengo excusas, soy consciente de ello- buscó su mirada, abrió la boca para decir algo más, pero la visión de un anillo en el anular de la pelirroja lo obligó a retractar su improvisado discurso.
Eliot le tendió a Mia la carpeta amarilla que tenía entre las manos, se levantó, y se fue sin decir adiós... Como la última vez, porque él aún no había escrito su final.
***
Mia dejó que el tequila quemara un poco su garganta y calentase su estómago mientras ignoraba adrede las llamadas de su prometido. Junto a su celular, estaban la carpeta amarilla que le había entregado Eliot esa misma mañana, el anillo de compromiso también reposaba a un lado.
Observó la carpeta como si fuese un archivo secreto del Vaticano, incluso en la delgada línea de la sobriedad y ebriedad, se preguntó el por qué estaba considerando esos papeles más importantes que el diamante que se suponía debía estar incrustado en su dedo.
Claro que eran más importantes, pero su presente intentaba obligarla a olvidar que ese hombre había aparecido. Pero simplemente no quería olvidarlo, aunque fuese incorrecto.
Otro shot quemó su garganta, más que marear sus penas, intentaba ahogar esas polillas que aleteaban lentamente otra vez. Sabía que las mariposas de la primera vez se habían transformado en polillas, pero estas comenzaron a aletear con tanta insistencia que regresaron a su forma inicial, sólo que con las alas quebradas.
El celular continuó sonando con insistencia, su pareja ya estaba preocupada ante su cambio repentino y ella ni siquiera tenía ganas de dar explicaciones. No quería ser estúpida de nuevo y tomar al causante de su primer corazón roto como prioridad, pero sus dedos viajaron por sí solos hacia la carpeta y, a pesar de que en sus retinas ya tenía tatuadas las letras de los papeles; anhelaba que se trataran de otra cosa.
Su garganta ardió, y no precisamente por el tequila, sino por el nudo que la invadía y tensaba su cuerpo.
Mia había comprendido cada una de las acciones de Eliot, aunque notó que no sabía cómo actuar, también dedujo que tenía ciertas cosas fríamente calculadas. Él no volvería a buscarla, sabía que ella desearía regresar a él apenas leyera los papeles, por eso le dio la carpeta y se fue con despreocupación.
Cada letra del tonto expediente psicológico hacía que quisiera retroceder el tiempo y haberle dado la oportunidad de decirle la verdad aquella tarde de otoño en su propio cumpleaños, o no haberse subido a ese autobús.
Eliot acudió a un especialista exactamente tres semanas después de que pasaran a ser simples desconocidos, cada hoja describía un muy buen avance con respecto a su obsesión de depender de un recuerdo. Mia dejó el vaso a un lado y se empinó un trago directamente de la botella.
No sabía si alegrarse o sentirse culpable por haber continuado con su vida sin considerar ser parte de su recuperación. Luego de dar tantas vueltas y lecturas a sus avances psicológicos, Mia Suarez estuvo completamente clara de que tenía un vaso, el dilema radicaba en que no sabía si estaba medio vacío o medio lleno. ¿El regreso de Romeo era antídoto o veneno?
¡Cielos! Él ya no estaba enfermo, había vuelto con el corazón entre las manos y, a ser sincera, Mia era demasiado buena como para pagarle con la misma moneda. Pero ya tenía planes futuros, un protagonista contrario al primero. Su pareja actual no era el villano del cuento, pero sabía que ya Eliot tampoco lo era.
Mia dejó la carpeta a un lado cuando su celular comenzó a proyectar un tono distinto, contestó al percatarse de que era su hermana mayor.
-¿Qué pasó, Cyia? -inquirió al descolgar.
-¿Dónde estás? -cuestionaron al otro lado de la línea.
-Un poco lejos del edificio, no regresaré hasta más tarde, ¿qué ocurre?
-Perdón, creí que estabas de turno -Cyia sonaba preocupada, a pesar de que intentó disimular un suspiro, Mia pudo oírlo. Pero la mayor volvió a hablar antes de que ella dijera algo -Acabo de traer a nana a la clínica. Se empezó a sentir mal, y aquí estamos.
Mia dejó la botella a un lado junto a las intenciones de echarse otro trago, agarró el par de pertenencias que tenía encima de la mesa y trazó el camino a la salida de la tasca. El aire helado golpeó su rostro, el clima comenzó a pasarle factura a su intento de borrachera y fallecimiento de pensamientos.
-¿Qué síntomas tiene?- inquirió cuando se dio cuenta de que aún seguía en la línea, mientras le sacaba la mano a un taxi.
-Taquicardia e insuficiencia respiratoria cuando salimos de casa, Mia... -su voz se rompió por un momento-. S-se ha infartado. Está estable, pero demasiado débil.
Esa descripción fue un golpe bajo para el conocimiento profesional de Mia.
Colgó. No supo si por tristeza o desesperación al ver que los taxis pasaban ocupados. Empezó a caminar lo más rápido que pudo hacia la parada de buses más cercana. Al parecer, ese día el destino se encontraba algo bipolar. Al llegar a la parada, la mujer se encontró con una chica tocando la guitarra. El destino era bipolar, o desde la mañana hasta la cosa más absurda le recordaba a su primer amor.
Apartó esos pensamientos de su mente, pero la sensación de vacío se manifestó en su pecho al pensar en su abuela, quien ya llevaba varias semanas al borde de la muerte. Sólo a la espera de que sucediera el momento de despedirse...
Quizo evitar pensar también en ello, pero eso de mantener la mente en blanco son puras patrañas que dijo alguna persona demasiado optimista como para concentrarse en sus demonios internos. Entonces prefirió volver a centrarse en Eliot, presentándose en el momento menos indicado, como esa ficha de dominó que tranca la partida. O quizás como ese último peón que protege casi inútilmente a tus piezas más valiosas.
La chica con aire Hippie que se encontraba a su lado comenzó a tocar una melodía que conocía más que cualquier cosa capaz de ser recordada por las grietas de su memoria.
Faded - Alan Walker.
Suspirando con rendición, se echó más hacia la chica que le sonrió antes de que ambas comenzaran a cantar la letra.
Mia no permitiría que el destino se burlase de ella, y menos sabiendo que tenía todas las de perder. Porque aunque existiera la posibilidad de olvidarse de Eliot, las canciones siempre estarían para recordárselo.
De: eliot_marin.v@gmail.com
Para: mia.nashira@gmail.com
(Sin asunto)
Te amo, Mia. Sé que no tengo moral, mucho menos palabras para desmentir todas las razones que tuviste al irte. Deseo que puedas superar todo el daño que te hice sin querer, tenía la mente tan bloqueada que jamás fui capaz de detenerme a pensar en tu dolor.
Han pasado sólo cuatro días desde que te fuíste para continuar tu vida lejos de mí, como debe ser... no te escribo para que regreses, a pesar de que no puedo negarte que espero que el destino no sea tan mier*da como yo y decida juntarnos más adelante. Deseo que seas feliz y que consigas todo lo bueno que mereces, que de alguna forma recuperes el tiempo que perdiste conmigo... pero te suplico que no me olvides.
Sé que te hice daño, no sé cuánto, eso sólo lo sabes tú. Mia, perdóname, el sentir tu ausencia me ha enseñado que fui el sujeto más estúpido de la faz de la tierra al desaprovechar a una chica tan excepcional y maravillosa como tú.
No escribo esto para reprocharte el haberme negado una oportunidad que, estando yo en tu lugar, tampoco me la habría dado. Sólo lo escribo como un hasta luego, porque aunque he aceptado tu decisión de marcharte, no digo que no es tentadora la idea de buscarte más adelante, donde quiera que estés. Sana, yo estaré arreglando lo que hizo que te fueras.
Esta no es una despedida. Aunque no me contestes, o independientemente de lo que digas al recibir este correo; no volveré a buscarte sin antes eliminar de mí todas las actitudes tóxicas e inapropiadas, todo aquello que implique no tenerte.
Por favor, no me olvides. Demostraré que he llegado a amarte respetando tu distancia. Te amo, Mia.
De: mia.nashira@gmail.com
Para: eliot_marin.v@gmail.com
(Sin asunto)
Sin rencores, Eliot. Mi corazón sigue sin poder perdonar tus engaños, pero mi razonamiento acepta la idea de que quizás en algún futuro pueda existir algo sano y real entre nosotros. Por favor, no vuelvas a buscarme hasta que no te sientas lo suficientemente maduro como para dar la cara a un pasado que me incluye.
El tiempo es quien tiene la razón.
Por los momentos, no creeré eso de que me amas, aunque espero que cumplas lo que dices y lo demuestres al respetar mi distancia. ¿De verdad me amaste? No lo sé, y supongo que jamás lo sabré, porque no podías amarme mientras me hacías sentir que no lo hacías.
Hasta algún día, Eliot.
Mia estaba releyendo aquellos mensajes una y otra vez en su laptop mientras velaba el inestable sueño de su abuela, quien estaba en medio de la balanza de la vida y la muerte, y eran sus nietas quienes debían decidir a qué lado colocar más peso. Mia intentó evadir esa decisión al cambiar el sesgo de sus pensamiemtos. Comenzó a sentirse culpable a medida que recordaba su compromiso, sinceramente se había olvidado de esa especie de promesa que le hizo a Eliot la última vez que hablaron antes del -para ella- inesperado reencuentro, había dado a entender que aceptaría volver con él si sanaba, y lo hizo... pero ahora ella había tomado otros planes con respecto al amor.
Cerró sus ojos y soltó un bufido insonoro. Estaba siendo parte de dos corazones, el problema era que ninguno merecía ser roto para que el otro se completara.
Es muy sencillo aparentar ser fuerte cuando tu debilidad está muy lejos. A Mia le había funcionado la distancia, pero su debilidad regresó y comenzó a hacer estragos hasta en su existencia.
En la vida de Mia, Eliot podía significar tanto serenidad, como caos.
Los pensamientos abrumadores de Mia fueron interrumpidos por la voz de su hermana mayor, quien acababa de entrar en la habitación.
-Ve a descansar un rato, yo me quedaré con ella -le dijo y señaló hacia afuera con una sonrisa empática.
Mia sólo asintió y salió al estacionamiento sin decir una sola palabra, a pesar de que el cansancio era evidente en su semblante, sabía que no era capaz de dormir por la angustia.
Avanzó entre los escasos transeúntes que se paseaban por las afueras de la clínica a esas horas de la madrugada, al ver a simple vista las banquetas húmedas por la reciente llovizna de hacía un par de horas, optó por recostarse de las puertas laterales de una ambulancia. Al llegar al lugar que sería muy significativo para su propósito de descanso, se encontró con su pareja, quien permanecía fumando un cigarrillo a ojos cerrados.
-¿Todo bien? -inquirió él al sentir su aroma hecho presencia.
El silencio de la chica fue suficiente respuesta para él atraerla hacia su anatomía.
Mia se quedó viendo el cigarrillo entre sus dedos, durante su superación personal aprendió a ser más observadora, y los pocos años que llevaba en su universidad la enseñaron a sacar cualquier incógnita ante cualquier cosa existente, literalmente, a cuestionar la obviedad. ¿Por qué los fumadores encuentran al cigarrillo como un consuelo? ¿Acaso aspirar la nicotina es más reconfortante que el oxígeno puro? ¿Acaso soltar el humo se siente como drenar los problemas de tu cuerpo, y engañarse con que ese humo se convierte en angustias que se disipan en el aire? Angustias que contaminan a todo aquel que esté cerca.
Fumar es como intentar sobrevivir en una jaula con un depredador ambriento, sabes que en algún momento saltará sobre ti y te convertirá en un exquisito banquete y, aunque tienes las llaves para salir, tientas a la suerte y prefieres saborear el elíxir de la adrenalina.
El cigarrillo acelera el cáncer que habita en todas las personas, tiene un sabor amargo, un olor poco agradable y hace más daños si aspiras su humo, que si lo sueltas. Los fumadores, aparte de ser prezosos suicidas, son egoístas con los de su entorno. Es imposible encontrar consuelo en algo que sabes que te está matando.
Éber Briceño era una persona impecable, de buena familia y un excelente profesional. En pocas palabras: con una ficha de vida impecable.
Los análisis de Mia arrojaron dos preguntas que quedarían como un misterio semipermanente en su cabeza:
¿Qué co*ño tenía James Duke por cerebro?
2) ¿Por qué Éber sentía que su paz dependía de la nicotica, cuando también lo hacía su mala salud?
Éber era el hombre con los hábitos más irónicos que Mia había conocido en si vida, esa fue una de las cosas que la animaron a caer en el amor una vez más.
-Ha entrado en coma -musitó la pelirroja al cabo de un par de minutos, con el ceño fruncido por estar nadando desnuda en el océano primitivo que era su mente.
Éber arrojó al asfalto el cigarrillo que tenía por la mitad, luego lo pisó con la suela de su zapato y sacó de su bolsillo una cajetilla de mentas para llevarse una a la boca. Estiró el brazo hacia su novia, ella se acercó sin dudar y se acurrucó junto a él.
-¿Crees que...? -Mia intentó formular una pregunta, pero ésta quedó en el aire cuando su prometido la interrumpió.
-No -soltó él, automáticamente adivinando lo que ella estaba por decir, luego suspiró-. Cariño, te aprecio muchísimo, pero como tu pareja me veo en la obligación de decirte lo que pienso de ti -relamió sus labios y ladeó su cuerpo para que ambos pudieran verse a los ojos-. Me desagrada que la mayoría del tiempo necesites la aprobación de los demás para no entrar en una crisis. Te quiero... Oye -agarró con suavidad su mentón cuando ella intentó desviar la vista-. No estoy a favor, pero tampoco en contra. Por primera vez, has lo que a ti te parezca mejor. Es algo personal, yo estaré para darte fuerzas en lo que decidas, pero hazlo tú.
A ella ya comenzaban a temblarle los labios, entonces rompió la poca distancia que los separaba y escondió el rostro en su pecho para no sentir que se desmoronaba ante la idea de perder a la única figura materna que la había querido de verdad, tal vez lo abrazó para buscar apoyo, quizás para que él no la viera llorar... A lo mejor pafa convencerse de que debía continuar con los planes que tenía y, aunque también fuese injusto, encender el fuego del rechazo para calcinar las cenizas del pasado.
Éber le pasó una mano por la espalda, mientras que a su vez le besaba el cabello con ternura. Ella le mojó la camisa con unas cuantas lágrimas, pero ninguno quiso romper el abrazo.
-Te entiendo, cariño. Yo tampoco sabría qué decidir -murmuró él, aunque no sabía si ella lo estaba escuchando, pues estaba ocupada soltando pequeños gimoteos-. Soy médico, cariño. Tengo conocimiento de que es una situación complicada, sé que hay pocas posibilidades de que despierte, pero también sé que, muchas veces, esas posibilidades juegan a favor de la vida, haciendo que el paciente despierte.
Él continuó murmurándole cosas alentadoras y mostrando su empatía, al cabo de unos minutos, ella pareció tranquilizarse un poco con sus palabras y se limitó a relamerse los labios, quitar con los dedos el rastro de sus lágrimas, y a apoyarse de nuevo contra las puertas de la ambulancia para regresar la vista al frente.
-¿Puedes llevarme a casa? -preguntó con un hilo de voz.
-Sí -contestó él, automáticamente-. No avisé el final de mi guardia, sólo déjame entrar a firmar mi salida y nos vamos.
Ella asintió levemente mientras él se adentraba a la clínica. Mia suspiró profundamente, tenía muchos problemas encima, y lo más agobiante era el no saber cuál de todos pesaba más. Sacudió la cabeza y, al final, cerró sus ojos y se limitó a esperar.
***
En otro lugar de la ciudad -aunque no muy apartado-, Eliot se encontraba caminando un par de calles con las manos enguantadas dentro de sus bolsillos. Observaba con nostalgia los árboles cobrizos por la estación presente, su mirada se cristalizó un poco por el remordimiento que lo embargaba cada vez que se detenía a ver a su alrededor por esas fechas. Si la culpabilidad lo carcomía durante todo el año, en otoño, absorvía hasta sus ganas de vivir.
El recuerdo de las palabras de Mia, dicha unos años atrás, bailaba por su mente, como si no fuese suficiente con que su imágen apareciera cada noche en sus sueños, que más bien sentía como pesadillas al despertarse y no tenerla en la realidad.
«-Finalmente lo he visto; te enamoraste de mis flores, no de mis raíces... Y ahora que ha llegado el otoño, me queda más que claro».
Claro estaba que la estación la había utilizado metafóricamente, pero igual la memoría le ardía porque el otoño fue muy significativo en su relación.
Cuando Eliot notó que en realidad la amaba en todas y cada una de sus estaciones, ya había hecho crugir las hojas secas «su corazón» en otoño, solo... solo esperaba que se hubiesen reconstruído con la ayuda de la primavera «la distancia» ¡¿Pero por qué el destino se empeñó que otro regara sus flores?!
Eliot relamió sus labios al ver que a unos cuantos metros, había un starbuks. No supo si fue psicológico, pero de pronto sintió que el frío se colaba por su suéter y decidió acercarse al local para reconfortarse con una bebida caliente. Continuó caminando entre los demás transeúntes que pasaban aquí y allá, volteó hacia el otro lado de la calle sólo por mirar y frunció el ceño cuando vio que una mujer empujaba a un hombre más alto que ella, la mujer a simple vista lucía histérica.
Eliot miró hacia los lados, nadie parecía darles importancia, pero él sí que lo hizo cuando notó que el tipo le daba a ella unos cuantos empujones. Se acercó a paso apresurado, sintió alivio cuando el semáforo cambió a rojo y no tuvo que esperar para cruzar la calle.
Cuando estuvo a pocos metros, se detuvo a pensar en qué hacer para que siguieran discutiendo, su único plan había sido acercarse para defender a la mujer por si al tipo se le ocurría golpearla, pero sintió que debía hacer algo más que esperar por un golpe. Agudizó el oído cuando estuvo a una distancia prudente para poder oír la discusión. El tipo hizo el ademán de abrir la puerta de su auto, pero la mujer la cerró abruptamente, negándose a que la discusión muriera ahí.
-¡Ya te he puesto la denuncia, te aseguro que no podrás salirte con la tuya! -bramó el tipo-. Vete despidiendo de ella, porque pronto estará donde debería estar desde hace mucho tiempo, en un lugar de verdad.
-¿Qué vas a saber tú de hogar? -ella soltó en un tono irónico -Si vas por doquier presumiendo tu vida promiscua y actuas como un sumiso cuando llegas a casa con tu esposa. ¡Ni en fotos dejaría que vieras a mi hija, infeliz!
-¡Tengo tanto derecho como tú, zorra!
-¡Derechos que me paso por...!
-¿Todo bien? -Eliot se vio a sí mismo interrumpiendo el diálogo violento -¿Pasa algo?
-Sí pasa algo, pero te aseguro que problema tuyo no es -contestó el tipo, sin siquiera preocuparse por darle la cara.
-Pues no, no es mi problema -suspiró-. Pero no voy a permitir que sigas empujando a esta mujer, y mucho menos voy a tolerar que la llames zorra, te recuerdo que tú estás vivo por una mujer.
De pronto Eliot tuvo toda la atención del brutal desconocido.
-Me importa una grandísima mierda lo que toleres o no, imbécil -le dedicó una mirada capaz de helar el infierno-. Es mejor que te vayas...
-Grandísima mierda será lo que tienes por cerebro -le repicó, alzó la barbilla y se cruzó de brazos para hacerle entender al tipo que no le intimidaba su tono, ni su porte-. Déjala en paz, o...
-¿O qué, estúpido? ¿O qué?
Eliot exhaló, apesadumbrado.
-No acudo a la violencia -le hizo saber, sereno-. Me memoricé en menos de un minuto la matrícula de tu coche -señaló el vehículo con la cabeza-, la cual no se me va a olvidar ni aunque me revientes la cabeza a golpes. Tú decides si te pongo la denuncia por agresión a un individuo, o dos -enarcó una ceja-. También podrías irte y hacer que mágicamente se me borre la placa de la mente.
-Serás... -intentó volver a insultarlo, pero cerró la boca cuando Eliot de verdad empezó a pronunciar el serial-. ¡Bien, me iré! -señaló a la mujer como advertencia-. Esto no acaba aquí.
Echó una última mirada impotente a Eliot, pero no tardó ni dos minutos en subirse al auto y desaparecer de ahí.
Eliot se giró hacia la mujer, quien se había mantenido al márgen. Tenía las manos en la cabeza por la frustración, y respiraba por la boca al tener la nariz tapada por las lágrimas y el aire gélido.
-Gracias por intentar defenderme -le murmuró-, pero eso me traerá consecuencias graves. Él nunca se queda sin hacerme pagar hasta lo más mínimo -negó con la cabeza-. Nunca.
Ella le dio una última mirada indescifrable y le dio la espalda, Eliot se había quedado pensativo antes de que ella se alejara, entonces avanzó entre la gente y logró alcanzarla de nuevo, tomándola por la muñeca.
-Es casi imposible que te conozca, porque no vivo aquí -pronunció-. Pero tengo la leve impresión de que te he visto en alguna otra parte.
-No lo creo -ella se soltó de su agarre y renaudó su caminata, sin siquiera preocuparse en pronunciar alguna especie de despedida.