-¡No quiero escucharte!
-¿Me dejas hablar?
Aaron llevaba corriendo detrás de Tamara desde que salieron de las torres de la agencia y, cuando por fin la alcanzó y agarró de la mano, recibió una bofetada que le abrió los ojos.
-¿Qué? ¿Qué excusa me vas a poner? ¿Te provocó, se insinuó, no resististe? ¡Aaron, por favor!
-Mi amor... -Aaron ya se había arrodillado en la plaza, a plena luz del día, con las manos unidas y los ojos clavados en los de ella, que se sofocó de vergüenza-. Mi amor, sin ti me muero. Déjame que te explique, mi amor...
Intentó tomar su muñeca de nuevo y Tamara lo apartó bruscamente.
-No seas idiota, tienes treinta años -masculló entre dientes; si pudiera, lo habría descuartizado con la mirada-. Tú hablas mucho y no demuestras nada. Llevas cinco meses ignorándome con la excusa del trabajo y... ¡Estaba claro que algo así iba a pasar! Así que explícale a la rubia de turno que vuelves a estar disponible.
Se dio la vuelta, sacudiendo furiosa sus cortos bucles negros ante la expresión estupefacta de Aaron Cowen.
Acababa de terminarle. Aaron la vio alejarse con un contoneo de caderas que le recordó a qué mujer había estado amando durante tres años y reaccionó.
-¡No me dejes, yo te amo! -exclamó-. ¡No es cómo crees, puedo demostrártelo!
Tamara se giró, parada junto a su auto blanco.
-¡Haberlo demostrado antes de liarse con esa fresca, señor Cowen! -gritó, abriendo la puerta.
-¡Tamara Alison Masson! -insistió él, que se levantó-. ¡Eres mi vida entera! ¡Nunca quise que esto pasara! ¡Íbamos a hacer tres años en un mes! ¡Puedo demostrarte que te amo!
-¡Lo siento, el amor se murió esta mañana!
El portazo del coche cerró la discusión.
Foto. Hotel. París. Stephanie Hinault en lencería. Última hora en las torres Aphrodite: Tamara Masson se había convertido en el centro de atención de todo Chicago.
Para su mala suerte, era recepcionista y todo el que circulaba por la entrada le dirigía una mirada de compasión y crítica que ella empezaba a detestar. Sin embargo, hacía su mejor esfuerzo por sonreír cínicamente y disimular la puñalada del corazón.
Las mil quinientas siete personas en la agencia de moda estaban al tanto de lo sucedido, pero Tamara, como siempre, se enteró la última y dos semanas después.
Jessica Gardner, su amiga y compañera de recepción, se arrastró en la silla de oficinista hasta ella y posó la mano en su brazo.
-¿Quieres un café?
Tamara alzó la cabeza del puño en que la sostenía y clavó en ella sus ojos oscuros.
-Ahora lo único que quiero es arrancarle la cabeza al imbécil de Aaron.
Jessica suspiró y regresó a teclear en su portátil.
-Deberías hablar con él -dijo.
-¿De qué, Jess? ¿De lo afortunado que fue hace dos semanas en París? -replicó molesta-. No, gracias. No me interesa saber cuánto hace que se acuesta con la reina de las pasarelas.
-¿En serio crees que te ha engañado con esa vieja?
Tamara parpadeó estupefacta.
-¿Y por qué no? -exclamó-. ¡Mide uno ochenta, tiene la piel de porcelana, una sedosa cabellera rubia y una cintura del grosor de mi meñique!
-Estará operada.
-Mira quién habló -farfulló Tamara-: la rubia capaz de quitarle el aliento a un ciego hasta en pijama.
Jessica volvió a soplar, sin quitar los ojos del laptop, y Tamara agarró su bolso del suelo para sacar el pintalabios. No soportaba la tensión en la entrada, pero no cumpliría su jornada hasta las cinco.
El día anterior se había infiltrado la foto de Stephanie Hinault en una cama del supuesto hotel francés donde el grupo de modelos se hospedó para la semana de la moda en París. Tamara Masson no había ido; Aaron Cowen, su ahora ex novio, sí. Y de su móvil se envió la foto que en cuestión de días se hizo viral en las redes.
De alguna manera llegó al correo de la propia Tamara, que ya no podía dejar de mirarla.
Y Aaron Cowen, después de casi dos meses sacando excusas y haciendo horas extra, había recordado que tenía novia el día que la foto se perdió. Se arrastró detrás de Tamara desde que ella abandonó el mostrador hasta los aparcamientos, de rodillas y suplicándole que lo escuchara.
A quien Tamara no había visto, ni quería ver, era a la famosa Stephanie Hinault, la modelo estrella de la revista esa temporada.
-Ahí viene.
El murmullo de Jessica la sacó de sus pensamientos.
Tamara miró y vio aparecer a Aaron, apurado como siempre, con el cabello castaño pegado a la frente y la camisa mal puesta, saliéndose del pantalón crema.
Y le robó un latido.
-Tamara, mi amor, tenemos que hablar. Tengo razones para justificar lo distante que he estado los últimos meses, buenas pero no lo suficiente como para contarlas aquí delante de...
Ahí estaba, apoyado en el mostrador, jadeando a la vez que hablaba.
Tamara lo observaba sin oírle. Era el hombre más guapo que había visto en su vida, el más trabajador y el más honesto.
Aunque todo se fue al traste cuando salió la foto a la luz. Stephanie Hinault no se veía muy inocente en ella.
-¿Ya te he dicho que lo nuestro terminó? -lo interrumpió Tamara, sin inmutarse, repiqueteando el bolígrafo contra la mesa.
Los ojos de Aaron se clavaron en los suyos. Y Tamara odió aquella mirada que le rogaba misericordia.
-Sin ti no soy nada -murmuró él, dejando caer el brazo dramáticamente.
Tamara bufó. Había apoyado la barbilla en la mano.
-Menos mal que te diste cuenta.
-Admito que te descuidé un poco pero...
-Pero para la divertida, inteligente y perfecta Stephanie Hinault en ropa interior sí tenías sitio en tu apretada agenda y habitación.
-Stephie no tiene nada que ver en...
-¿"Stephie"? Muy bien, señor Cowen, tengo trabajo que hacer, así que dése la vuelta y desaparezca por esa puerta, si es tan amable.
Las sirenas de emergencia del cerebro de Aaron se dispararon. "Señor" y su apellido juntos no eran buena señal.
-No quiero perderte, Tamara. En un mes cumplimos tres años de novios, mi amor. Te pido ese tiempo nada más.
Tamara se echó contra el respaldo de la silla giratoria. Tenía que mantener el cuello doblado para ver a su ex por encima del alto mostrador.
-¿Con qué derecho?
Aaron resopló. Se metió los dedos por el cabello húmedo de sudor y lo echó hacia atrás. No se daba cuenta, pero Tamara estaba aferrada a la silla para no echarse sobre él y recolocarle la arrugada camisa celeste.
-Con el mismo derecho con que te pedí ser mi novia hace años -preguntó él.
-Creo que perdiste ese derecho.
-Te juro que te reconquisto.
-Eso quisieras.
-Eres mi tierra prometida, Tamara. Y yo estoy hecho para ti.
Tamara no pestañeó; Aaron evitó tragar. Ella apretó los labios; él endureció la mandíbula. Al final, ella se inclinó sobre la mesa de escritorio y esbozó la cínica sonrisa que había traído puesta todo el día.
-Demuéstralo, guapo.
Aaron Cowen parecía determinado cuando entró corriendo a las torres Aphrodite el viernes y estampó el ramo sobre el mostrador. Jessica Gardner lo miró sin sobresaltarse.
Alto, castaño, de ojos azules como su madre, Aaron Cowen, a sus treinta años, era editor en jefe de la revista Aphrodite de la agencia.
Llegaba tarde, como siempre, con la camisa a rayas celestes y blancas mal puesta, y la bandolera cruzada sobre el pecho.
-Tamara no está.
Jessica lo observaba a través de las lentillas azules, perfectamente derecha, en su traje gris de chaqueta y recogido rubio.
Él, todavía recuperando el aliento, se apartó el cabello húmedo de la frente.
-Dile que esto es para ella.
Veinticuatro rosas rojas. No recordaba haber comprado tantas flores ni siquiera para su madre, así que era un buen comienzo. Jessica parpadeó inexpresiva.
-¿Sabías que Hinault se operó el busto en 2012?
Antes de entender a qué se refería, Aaron se sacó el celular del bolsillo. Había vibrado con el correo número trescientos diecinueve. Lo esperaban en la sesión fotográfica de esa mañana desde hacía veinte minutos.
Salió disparado por el pasillo a la izquierda del mostrador. La bandolera pesaba, los papeles se salían de ella y, como de costumbre, los ascensores estaban atestados. Subió a pie hasta la octava planta.
Y se acordó de Angélica Lemoine, la directora de Aphrodite, que el primer día advirtió que no soportaba los amoríos entre compañeros. Pero cuando Tamara Masson apareció con cara de espanto y un currículum ridículo, a Aaron le fue imposible no arriesgarse.
Atravesó a todo correr el pasillo de cristal, alcanzó la puerta de "Solo personal autorizado" y se precipitó al interior.
El set estaba a oscuras, pues el foco de luz se ubicaba sobre la plataforma. A un lado, en torno a la mesa alargada, los fotógrafos y coordinadores, Angélica Lemoine, las estilistas y las modelos discutían las fotos. Y cuando el apurado editor se acercó, chocó contra un torso de mármol.
-¡Cuidado, hermano!
Rob Winters, entrenador personal de la agencia, de piel oscura y metro noventa, que rara vez abandonaba su gimnasio al final de South Michigan Avenue. Esta vez traía una musculosa roja y los shorts deportivos con el logo de la marca patrocinada.
-¿Y esa cara? Son las once de la mañana, deberías estar despierto ya.
Probó su batido verde, mirándolo sin pestañear, y Aaron resopló.
-¿Tú crees que puedo dormir sabiendo que mi novia me va a dejar?
-Ya te dejó, hermano, y si te miras al espejo, sabrás por qué. Agradece que Aphrodite no dependa de tu aspecto. -Le palmeó el hombro y lo esquivó-. Ocho horas de sueño te vendrían espectaculares. Considéralo.
Al lado de Rob Winters, Aaron Cowen era un suricato escuálido, ojeroso y pálido; y daba igual cuántos consejos le diera su amigo: nunca los seguía.
Había desayunado una Diet Coke en el coche, camino a las torres, y, para cuando daban las doce y el equipo sacaba sus almuerzos, él continuaba retocando los titulares de la revista. Nadie los editaba como él quería. De pie ante su ordenador, en la luminosa sala de oficinas, recibió la onceava llamada del día.
Rob Winters.
-¿Y ahora qué? -soltó molesto.
-Con ese estrés, obvio no duermes. Vi a Tammy.
-¿Y?
-Lo destrozó, hermano.
Aaron salió echando chispas de las oficinas; bajó la escalerilla trasera hasta la planta baja, sorteó a los que trasladaban percheros y cajas, y atravesó el pasillo sin respirar. Casi se empotró contra Rob Winters, pero logró evitarlo y lanzarse al mostrador de recepción.
-¿Qué hiciste, mi amor?
Ni rastro de las rosas. Vio los pétalos hechos pedacitos por todas partes excepto en la papelera y supo que Tamara las había deshojado.
Jessica Gardner seguía tecleando. Tamara Masson, con los brazos cruzados sobre la chaqueta de cuero y camiseta dorada, dobló el cuello con aires de suficiencia.
-Creatividad cero -dijo sin expresión en sus ojos castaños.
Aaron parpadeó. Las gotas de sudor resbalaban brillantes desde su frente por la nariz hasta los labios, y ni siquiera rozaban los veintitrés grados.
-Me costaron cuarenta y nueve dólares con setenta.
Tamara se rio.
-Aaron, odio las rosas.
-¿Qué?
Eso era imposible. Todas las mujeres amaban las rosas.
-¿Tú quieres que me salgan ronchas?
-Pero... Son... rosas. Son las favoritas de... -La vio tomar su fiambrera y recordó el hambre que tenía- de todo el mundo.
-¿Acaso soy yo todo el mundo? -replicó ella-. Si me disculpas, quisiera disfrutar mis burritos mexicanos sin tu cara sudada delante.
Aaron se apartó lentamente del mostrador y volvió derrotado al pasillo.
Rob seguía allí, con su móvil y un batido de zanahoria, como si no lo sintiera acercarse. Hasta que Aaron se paró y no le quedó más remedio que alzar la vista.
En los ojos azules del joven se leía cansancio, decepción y ganas de desaparecer de la faz de la tierra.
-¡Tú dijiste que las rosas eran románticas! ¡Explícaselo a mi novia, que le da alergia verlas! ¿Cómo iba yo a adivinarlo?
-¿No salisteis dos años?
-Tengo mil cosas en la cabeza, ¿en serio debo recordar esa estupidez? ¡Las rosas son un clásico! Pero ella no es clásica -remarcó con rabia-. Me lo está poniendo difícil, la conozco...
-Si la conocieras, te habrías acordado.
-La culpa es tuya, que me aconsejaste -repuso Aaron-. Por eso no te hago caso nunca.
-Y por tu carácter -replicó su amigo- me pregunto qué vio esa chica en ti.
Aaron se giró y apretó los labios.
-Yo me pregunto qué no vio.