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99 Veces de Traición: No te Perdonaré más

99 Veces de Traición: No te Perdonaré más

Autor: : Gabriella Harrigan
Género: Romance
Fui Isabella, una bailaora de flamenco aclamada. Perdoné a mi esposo Mateo 99 veces por sus infidelidades, siempre corriendo tras él cuando amenazaba con saltar de un puente. La prensa me apodó "La Santa de los Cuernos". Pero la infidelidad número 100 fue diferente. Mateo me anunció que una cantante de reggaeton era su nueva "musa definitiva", tachando mi flamenco de "arte moribundo". Enfurecido, me empujó violentamente, rompiéndome el tobillo y destrozando mi carrera profesional para siempre. En el hospital, la sentencia fue cruel: no volvería a bailar. Mi identidad como bailaora murió. Mateo, simplemente, me abandonó en el suelo. La humillación pública fue total: me reemplazó con su amante al frente de mi tablao y ambos destruyeron mi legado con su vulgar "Flamencotón". ¿Cómo pude vivir en esa farsa? La "santa" finalmente se hartó. Cuando Mateo intentó su patética táctica de chantaje con un falso suicidio, creyendo que volvería, no sentí ni miedo ni compasión. La última chispa de todo lo que fuimos se extinguió, revelando una indiferencia absoluta. Con una calma gélida, le entregué los papeles del divorcio ya firmados, sellando su sentencia. Con esa libertad y la indemnización, abrí mi "Escuela de Flamenco Isabella", renaciendo. Él, en cambio, se sumergió en la ruina. Hoy, mi verdadera victoria no es el odio, sino la más pura indiferencia.

Introducción

Fui Isabella, una bailaora de flamenco aclamada.

Perdoné a mi esposo Mateo 99 veces por sus infidelidades, siempre corriendo tras él cuando amenazaba con saltar de un puente.

La prensa me apodó "La Santa de los Cuernos".

Pero la infidelidad número 100 fue diferente.

Mateo me anunció que una cantante de reggaeton era su nueva "musa definitiva", tachando mi flamenco de "arte moribundo".

Enfurecido, me empujó violentamente, rompiéndome el tobillo y destrozando mi carrera profesional para siempre.

En el hospital, la sentencia fue cruel: no volvería a bailar.

Mi identidad como bailaora murió.

Mateo, simplemente, me abandonó en el suelo.

La humillación pública fue total: me reemplazó con su amante al frente de mi tablao y ambos destruyeron mi legado con su vulgar "Flamencotón".

¿Cómo pude vivir en esa farsa?

La "santa" finalmente se hartó.

Cuando Mateo intentó su patética táctica de chantaje con un falso suicidio, creyendo que volvería, no sentí ni miedo ni compasión.

La última chispa de todo lo que fuimos se extinguió, revelando una indiferencia absoluta.

Con una calma gélida, le entregué los papeles del divorcio ya firmados, sellando su sentencia.

Con esa libertad y la indemnización, abrí mi "Escuela de Flamenco Isabella", renaciendo.

Él, en cambio, se sumergió en la ruina.

Hoy, mi verdadera victoria no es el odio, sino la más pura indiferencia.

Capítulo 1

Mateo me fue infiel 99 veces, y 99 veces lo perdoné.

Cada vez, la escena era la misma. Yo descubría el engaño, lo confrontaba con el corazón roto, y él corría al Viaducto de Segovia, amenazando con saltar.

"¡Sin ti mi vida no tiene sentido, Isabella! ¡Si me dejas, me mato!"

Y yo, "La Santa de los Cuernos", como me llamaba la prensa, siempre corría detrás de él, le suplicaba que bajara, le prometía que todo estaría bien. Lo hacía por él, por su familia, por el prestigio del tablao que era mi escenario y mi jaula de oro.

Pero la infidelidad número 100 fue diferente.

No fue con una turista deslumbrada o una admiradora pasajera. Fue con Valeria, una cantante de reguetón con uñas de gel y labios inyectados.

"He encontrado a mi musa definitiva", me anunció Mateo en nuestro salón, con los ojos brillantes de un fanatismo que nunca me dedicó a mí.

"Su música es el futuro. Lo tuyo, Isabella, tu flamenco... es un arte moribundo".

Cada palabra era un golpe. Mi arte, mi alma, mi vida entera, reducida a un cadáver.

"No me dejes, Mateo", le supliqué, aferrándome a su brazo como tantas veces antes. "Por favor, no hagas esto".

Él me miró con desprecio. "Eres tan dramática. Tan posesiva".

Me apartó de un empujón violento.

No fue un simple empujón, fue un acto de desprecio. Perdí el equilibrio, mi pie giró en un ángulo imposible y caí sobre el suelo de mármol.

Un crujido seco resonó en el silencio.

Luego, un dolor agudo, blanco, que me subió por toda la pierna y me robó el aliento.

Mateo apenas me miró. Se ajustó la chaqueta y se fue, dejándome tirada en el suelo.

En el hospital, con el tobillo envuelto en un yeso pesado, el médico me dio la noticia con una calma profesional que me heló la sangre.

"La fractura es trimaleolar, muy compleja. Lo siento, señorita, pero nunca más podrá volver a bailar profesionalmente".

En ese instante, no solo se rompió mi tobillo. Se rompió mi carrera, mi identidad, mi alma. La bailaora Isabella había muerto en el salón de su propia casa, a manos de su marido.

Y la santa, por fin, se hartó de los cuernos.

Capítulo 2

Con el corazón muerto y el alma en silencio, esperé a que me dieran el alta. No lloré. Las lágrimas se habían secado junto con la música dentro de mí.

Fui a casa de mis suegros. Mateo estaba allí, por supuesto, celebrando su nueva libertad creativa. Don Ricardo y Doña Elena me recibieron con esa cortesía fría que reservaban para las piezas valiosas de su colección. Yo era el activo artístico que daba prestigio al tablao familiar.

Entré en el salón, apoyada en mis muletas, cada paso un recordatorio doloroso de lo que había perdido.

"Isabella, querida, qué terrible accidente", dijo Doña Elena, sin levantarse del sofá.

"No fue un accidente", dije, mi voz sonando extraña, desprovista de emoción.

Puse tres documentos sobre la mesa de centro de caoba: los papeles del divorcio, el informe médico detallando la lesión permanente y una copia de la denuncia por agresión que mi abogado ya había preparado.

Mateo palideció. "¿Qué es esto? ¿Una broma?"

"Es el final, Mateo", respondí.

Don Ricardo se levantó, su rostro una máscara de indignación controlada. "Isabella, piensa en las apariencias, en el negocio. Un escándalo así nos destruiría".

"Su hijo ya me ha destruido a mí", repliqué, señalando mi pie enyesado. "Esto es lo que queda de su 'activo artístico'".

Doña Elena tomó el informe médico. Sus ojos se abrieron con horror, no por mi dolor, sino por las implicaciones. La estrella de su tablao, lisiada. La esposa de su heredero, agredida. La prensa se daría un festín.

"Danos un mes", suplicó. "Un mes para arreglar las cosas, para que esto no salga a la luz. Por favor, Isabella. Por el bien de la familia".

Miré sus rostros asustados. No les importaba mi tobillo roto ni mi carrera destrozada. Solo les importaba el escándalo.

"Un mes", acepté con una calma glacial. "Tienen un mes para convencerme de no hacer esto público. Pero el divorcio es innegociable".

Mateo me miró con furia. "Te arrepentirás de esto, Isabella. Verás lo que es la vida sin mí".

No dije nada. Salí de esa casa apoyada en mis muletas, dejando atrás el pánico y el olor a miedo. Por primera vez en años, sentí que podía respirar.

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