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A CUESTAS CON MI MADRE

A CUESTAS CON MI MADRE

Autor: : angelesteban456
Género: Urban romance
Cuatro personas se conocen en una cafetería y comprueban que tienen un punto en común, viven con sus madres. Desde ese momento tramarán como librarse de ellas unos días para concoer el amor.

Capítulo 1 Cafetería Londres

Cafetería "Londres"

El día se presentaba frío y desapacible, y la lluvia, racheada, cambiaba constantemente, creando una desagradable sensación en los viandantes. Pero esto no impedía que los trabajadores de las oficinas cercanas y los almacenes que formaban el gran polígono industrial que se divisaba en lontananza, acudiesen a su sagrada cita en la cafetería "Londres". El sonido del fuerte viento, penetraba en los oídos y se entremezclaba con los juramentos de los que veían como este daba vuelta a sus paraguas. Los charcos cobraban protagonismo, y cada uno de los que entraban en la cafetería realizaba el mismo ritual que los anteriores, comentando el mal tiempo, y abandonando sus empapadas gabardinas en la entrada.

Antonio era un oficinista que llevaba trabajando ya quince años en la Ferguson LTD. Su fama bien ganada de hombre alegre, contrastaba con su mirada triste y sus ojos que denotaban una resignación, propia de quién sabe que nada puede contra el infortunio. Pero la vida que siempre resulta ser rara absurda y caprichosa, iba a sorprenderle con la presencia inesperada, de seres de un mundo de sobra conocido por él. Ana, una mujer relativamente joven, que no pasaba de los treinta y cinco, penetraba en la cafetería, palmeando su abrigo para deshacerse del agua que se pegaba este como una maldición.

-¡Ay qué mala suerte tengo...! Cada vez que tengo unas horas libres, la lluvia me las chafa. John, ponme un café con leche cargadito y de esos que tú sabes hacer, con espumita, que me chiflan...

A Antonio, le pareció que sus palabras, no por ser extraordinarias, sino por lo naturalmente expresadas, se le antojaba, quebraban la monotonía de aquella mañana gris y triste. Solo de aquel modo supo salir de su ensimismamiento Antonio. La mesa en que tomaba su cerveza, mientras leía su periódico, se situaba como todas las demás, a lo largo del ventanal, flanqueada por sendos bancos acolchados en capitoné de skay rojo, cuyos respaldos llegaban a media espalda. Todas se hallaban llenas salvo la suya, razón por la que al mirar donde sentarse, Ana solo vio los tres asientos que quedaban libres en la mesa de Antonio. Se acercó e inclinándose levemente, se dirigió a Antonio.

-Perdone...¿le importaría que me sentase en su mesa?, es que todas están ocupadas y me muero por tomar un café caliente...

-¡Claro! Por favor hay mucho espacio...siéntese.

Antonio no supo porque fue tan amable con ella, quizás solo porque le había agradado aquella naturalidad, que no rayaba en la grosería, como solía ser costumbre en las mujeres que se daban cita en la cafetería. Se preguntó porque nunca la había visto antes allí.

Ana se acomodó lo mejor que pudo y se situó junto a la ventana, pasando la mano por el cristal, para poder ver a través de este. John, trajo el café humeante de Ana y lo dejó frente a ella. Antonio la miró y observó en sus ojos esa determinación que aporta la vitalidad, inherente a quién nace con ella y lucha por abrirse camino. El ambiente dentro del local era denso y los cristales se empañaban, creando una atmósfera pesada. El bullicio reinaba impidiendo cada vez más las conversaciones y el vaho de los cafés ascendía envolviendo a los presentes.

-Parece que todo el mundo ha decidió tomarse el piscolabis en esta cafetería...-se lamentó amargamente Ana, que se sentía agobiada con tanta gente.-Me llamo Ana...-sonrió de nuevo.

En ese preciso instante un hombre delgado, atractivo y vestido de firma, entraba pasando desapercibido, entre la multitud de personas que lo apretaban en la barra, donde trataba de hacerse hueco para pedir un desayuno. Martín trabajaba como jefe de prensa de una editorial y acudía cada miércoles a desayunar como un ritual establecido. De costumbres arraigadas, prefería tener todo bajo control y solo un aspecto de su ordenada vida se escapaba a las riendas con las que manejaba esta. Sin saberlo hizo lo mismo que Ana, y solo vio la posibilidad de sentarse junto a la pareja que tenía dos sitios libres en su mesa. Se llegó hasta ellos y con una sonrisa perfecta les pidió sentarse en ella.

-Si no les importa que me siente con ustedes...está todo lleno, solo quedan estos dos sitios libres...

Ana, le miró y con un mohín que le hizo temer un ataque de coquetería a Martín, accedió dando un par de palmadas en el asiento, por toda respuesta. Martín, no sin recelo, se situó frente a Antonio y esperó pacientemente a que John llegase abriéndose paso entre la gente, para anotar su pedido. El cristal había vuelto a empañarse y Ana resignada abandonó la vista que le proporcionaba el exterior en pro de una conversación con aquel hombre de aspecto refinado y rostro afable.

-Parece que nos están obligando a juntarnos...no, no crea que me parece mal, pero es que nunca había visto llenarse esto tan rápidamente...

-No la he visto por aquí nunca...¿viene usted a menudo?-es todo lo que se le ocurrió decir a Antonio.

-Hacía dos meses que no venía, me suelen coger en la empresa para dos meses y luego me sueltan...así están las cosas, los empresarios hacen lo que quieren y los demás a fastidiarse...

-¡Aaaaahh...!, ya comprendo, pero...

No pudo terminar la frase porque una mujer de aspecto masculino y modales vulgares, acababa de entrar en el local como un elefante en una cacharrería...arrasando todo a su paso, como si no le importase nada ni nadie. Sus rasgos, evidenciaban un carácter capaz de amedrentar al más pintado. Quizás por eso cuando Antonio observó que recorría la cafetería en busca de sitio, temió que de nuevo fuese su mesa la elegida. John, sin embargo se acercó a ella como si se tratase de una amiga íntima, para pedirle que fuese buscando sitio y decirle que su café americano estaría listo enseguida. La acompañó hasta la mesa de Antonio y les pidió que le permitieran sentarse en el último lugar que quedaba libre. Un gesto de aquiescencia, fue la lacónica respuesta de este y de sus asustados y forzados compañeros de mesa. John, le trajo el café con la premura que le permitía su clientela, y lo dejó ante ella que ya apretaba a Antonio encajándolo contra la ventana.

-¿Qué, está de bote en bote esto eh?. Ja ja ja ja a mí, mientras me sirvan como lo hace John, me da igual, lo siento por usted, que lo aprieto que ya ya...-dijo mirando al atribulado Antonio-...es que estoy un poco llenita, ja ja ja –a Antonio se le antojaba una mujer maleducada y egoísta incapaz de pensar en nada que no fuese ella misma, pero las apariencias engañan, y ninguno de los cuatro reunidos por el destino sospechaba que tenían un terrible punto en común...-por cierto me llamo Marla, Marla Maccaneth.

El reloj que colgaba como señor del tiempo en la pared sobre las estanterías de botellas del fondo de la cafetería, marcaba las once y media y como por un hechizo de hada invisible, la gente fue vaciando el local de John, dejando solos a los cuatro que ocupaban la mesa dieciséis. No obstante ninguno de los cuatro se tomó la libertad de desocupar la mesa para encontrarse más cómodos en una cada uno de ellos. Parecía como si una fuerza desconocida les impeliera a quedarse y hacerse compañía. Los cuatro se quedaron mirándose uno a otro, esperando una reacción del de enfrente, que no se llegó a producir. Solo el silencio, reinó por unos interminables segundos, que dieron paso a unas risas simultáneas. Como la magia de un encantamiento, el hielo se quebró dejando paso a una relación que se iría estrechando los días siguientes. Antonio abandonó la cafetería rascándose la cabeza, pensando en qué había ocurrido en aquel local, que le había hecho sentir tan bien...no se lo explicaba. La Ferguson LTD era una prometedora empresa cuyas oficinas se encontraban en la gran nave número ciento trece del polígono, precisamente la más cercana a la carretera principal, donde se situaba la cafetería "Londres". Sus pasos, se encaminaron hacia la entrada y tras darle al botón del ascensor dejó de pensar en aquella mujer terrible, para permitir que su mente fuese inundada con los números que manejaba habitualmente.

Marla se levantó con donaire y de mala gana, abandonó la mesa depositando de un golpetazo un par de billetes de cinco euros en la barra. Pagó las consumiciones de los tres, pues Antonio se había marchado unos minutos antes, sin darle tiempo a nada, y salió dejando completamente vacía la cafetería, a pesar de haber aun dos clientes...y es que su humanidad y sus modales resultaban en un protagonismo que dejaba huella allá donde iba. Las miradas de Antonio y Ana le siguieron perplejas hasta que se perdió tras las dos hojas de cristal que quedaron vibrando tras su huida.

-Oye ¿Qué es lo que ha pasado aquí, tú lo sabes?-Le preguntó Martín a Ana que se encogió de hombros antes de responder.

-No lo sé, pero algo raro sí...¿verdad?. Es como...como si una mano invisible...¡bah!, solo pienso tonterías...-dijo levantándose y despidiéndose con un beso que dedicó a Martín, aplicando la palma de su mano a sus labios y luego a los de Martín.

Martín, poco acostumbrado a tales demostraciones prematuras de afecto, se quedó atónito ante el desparpajo que desplegaba la desconocida, que desde luego lo ignoraba todo de él. Se desplazó por la cafetería como un fantasma atontado, y salió al exterior, hinchando sus pulmones de aire frío y fresco, que le ayudó a dejar sus locos pensamientos, encerrados en un rincón oscuro de su mente, tal y como tenía por costumbre desde hacía tanto tiempo. La editorial Green Raimbow, esperaba a su jefe de prensa, que generalmente no se retrasaba, cosa que aquel día estaba sucediendo por primera vez en diez años. El elegante edificio de la editorial, se distanciaba de las vulgares líneas que las enormes naves industriales poseían, elevándose como una ninfa en medio de un césped cuidado y de paredes de cristal y acero, brillantes sus cristales tintados. Sus dieciocho plantas ascondían hacia el plomizo cielo formando un perfecto cubo, moderno y arrogante. Solo Ana trabajaba en anodino local como Modista por horas alargando cuanto podía las horas para legar a fin d emes, soñando con una vida que jamás llegaría a ser suya. Su sonrisa desaparecía siempre cuando cruzaba las dos hojas de grueso cristal de la cafetería y retornaba a su vida cotidiana y aburrida. A veces lloraba sola ante la máquina de coser y alentaba sus propios sueños, con fantasías que visionaba en la televisión.

El resto del día transcurrió como siempre, sin nada que fuese digno mencionar, ni alteraciones que mereciesen ser comentadas por ninguno de los cuatro. Pero todos ellos quedaron en sus camas esa noche, pensando en qué había pasado en aquella mesa que no acertaban a saber discernirlo. Las estrellas salpicaron el manto nocturno como titilantes diamantes, que vibraban al son de una melodía inaudible, y derramaban su luz con eterna generosidad. Los sueños de los cuatro seres comunes y vitales, se apoderaron de sus cerebros indefensos y al amanecer la luz de un sol limpio y fuerte, les despertó a cada uno en su vida y casa, como si de un experimento cósmico se tratase, dispuesto el creador a cruzar sus vidas.

John, abría la cafetería como cada día del año a las seis y media de la mañana, cuando aún no habían puesto las calles, como solía decirse a sí mismo, para animarse ante la oscuridad que aun reinaba. Y aquel día que se había dormido, sus clientes esperaron a la puerta en fila de a dos como los niños de un colegio. Desesperados por un café caliente y un bollo, o la consabida cerveza y el pincho de tortilla. Entraron a saco en el local y se sentaron, como si una invisible y estricta profesora les obligase con su sola presencia, a hacerlo en orden y quedar en silencio antes de romper a hablar a voces. John se puso el delantal y entró en la cocina conectando los electrodomésticos necesarios, la cafetera y la plancha. Pronto se puso a despachar los pedidos de sus clientes cuyos gustos le eran harto conocidos. En veinte minutos todos tuvieron sus desayunos listos y servidos.

Las mesas junto a la ventana se hallaban ocupadas unas por un cliente, otra por dos o tres, todas tenían a alguien en sus bancos rojos de skay. En la que ocupasen el día anterior se acomodaba Ana, que esperaba resolver la incógnita creada por sus tres forzados compañeros del día anterior, revolviendo ruidosamente con la cucharilla el café de su taza. La espumita que tanto le gustaba, iba desapareciendo y sus ojos escrutaban anhelantes el exterior, desesperada por creer que no se repetiría la escena que tanto le intrigaba. Ana se metió el dedo entre sus labios para calmar el dolor que aun sentía por los pinchazos de un bordado a mano que se le resistía y le había dejado el índice como un acerico. Pero el dolor dejó paso a la ilusión, cuando unas formas curvilíneas un tanto exageradas, propiedad de Marla, se acercaron a la cafetería a pasos grandes y bruscos. En realidad no es que estuviese tan gorda, era solo que no sabía como sacarle partido, a su cuerpo de ampulosas curvas y caminaba como un camionero, de pelo demasiado corto y vestimenta de hombre de los cincuenta. Entró quedándose parada para echarle una ojeada al bar y ver de sentarse donde ya estuviese alguno de sus compañeros del día anterior. También ella había sentido el aguijonazo de la obsesión, tras abandonar el local de John. Al ver a Ana se dirigió a su mesa y su sonrisa se acentuó, marcando el paso como solo un gorila patizambo podría hacer.

-Hola chica, ¿Qué tal te va? Tengo un hambre voraz, me comería...-se cortó al ver que Ana fruncía el ceño algo asustada por sus modales, y no es que ella fuese una sofisticada damita, pero Marla la superaba con creces y sus cejas no podían bajar a la altura de sus párpados, por estar extasiada con sus groseras palabras.

-Me va bien, algo cansada, bueno harta en realidad, ¡harta! Es un trabajo aburrido y triste, monótono y...en fin no te voy a cansar con mis penas...-bajó la cabeza Ana dedicándole alguna atención a su café ya frío y sin espuma.

-Ja ja ja si yo te contara tía, el mío es de los que agotan y dejan callos, trabajo en una obra, en el edificio que se está construyendo en las afueras del polígono. Soy la encargada. –Ana digirió la información y comprendió la razón de su rudeza y modales masculinos, que le hacían honor a cualquier obrero. Se preguntaba si ella también le lanzaría piropos burdos a las mujeres de buen ver, que pasasen por debajo de su andamio, o si por el contrario, lo haría con los hombres atractivos y bien trajeados, que pasasen por su campo de acción...

-Yo soy modista, una simple y modesta modista...hago trabajos por horas y no llego a fin de mes.

-Bueno no te deprimas, eso nos pasa a todos, nos pagan una mierda y nos exigen perfección, yo los mando a tomar por culo a menudo y...¡huy perdón! me sale el macho que llevo dentro...ja ja ja ja ja .

-Ja ja ja ja nunca me había reído con nadie como contigo Marla, eres terrible...no te ofendas pero me sacas la sonrisa.

-No, tranquila es que es característico en mí me pasa siempre. No controlo bien las expresiones, acostumbrada como estoy a tratar con burros...ja ja ja ja. Mira ahí llega Martín, el estirado ricachón que se mezcla con los del pueblo bajo...

-Si ¡ay como me gusta! Me lo comería vivito, de un bocao.

Marla la miró sorprendida, como si de pronto hubiese descubierto América, y la respuesta a tan intrigante pregunta, como la que se hacía, quedó solventada para siempre. Martín entró con su porte distinguido y correcto como si el mundo fuese solo un decorado alzado para su deleite, y tras verlas a las dos sentadas se armó de valor y se acercó para sentarse con ellas. Le divertían, no sabía la razón exactamente, pero le divertían sus palabras, sus frases inconexas y sus modales toscos.

-Hola, ¿puedo sentarme con vosotras? –John se llegó hasta ellos y les puso delante a los dos, a Marla y Martín, lo que habían tomado el día anterior.

-Claro guapo, le respondió Marla haciéndole sitio junto a ella.

Martín se arrimó a Marla sin tocarla, dejando una pierna en el aire y ella se apretó contra la ventana, para que entrase en el banco, cosa que resultó del todo imposible. Ana se tapó la boca con la mano, mientras bajaba la cabeza para evitar ser descubierta, mientras reía en silencio. Para disimular alzó la mano, era el gesto previsto para repetir consumición y John corrió a preparar el segundo café de Ana.

Antonio llegó al poco congelado de frío y dispuesto a cambiar la habitual cerveza por un café al rojo vivo...y claro sentó en el sitio que quedaba en la mesa número dieciséis junto a Ana.

Martín hubo de hacer acopio de todas sus fuerzas y arremetió contra los muslos de Marla en un intento de no caerse, para pedirle ruborizado perdón. La luz del sol era lo único diferente aquel día extraño y enrarecido por ellos cuatro que se diferenciaba del anterior. Antonio hizo acto de presencia al poco y con paso cansino se llegó hasta la mesa dieciséis y se acomodó junto a Ana. Los cuatro estuvieron frente a frente deseando hacerse la pregunta que no surgiría tampoco aquel día.

-Hoy has tardado en llegar-le dijo Ana como tomándose una libertad que nadie le había concedido.

-Me alegra saber que me echáis de menos-englobó al resto en su frase-pero es que he tenido una pelotera con mi madre. Desde que vive conmigo las tengo a menudo...me separé hace tres años y desde entonces vive conmigo. Mi ex mujer la odiaba y no sé si tenía razón, a veces creo que sí.

-¡¡No me digas que vives con tu madre...!!-Exclamó Ana, como si de pronto se abriera la verdad ante ella.

-Sí...ya sé que para un hombrón de mi edad es un lastre innecesario y castrante, pero es mi deber de hijo...

-No hijo, si no es un reproche ni mucho menos, es que yo también vivo con mi madre, es una carga, porque no es como esas de las películas tan buena consejera y dulce...ná de ná hijo, es una carcamal de tres al cuarto, que me controla como una funcionaria de prisiones...-le tranquilizó Ana que no salía de su asombro.

-Pues yo tengo también a mi madre a cuestas, como el caracol a su cáscara...es un peso inaguantable. –Añadió a las palabras anteriores Marla.-Es como llevar una maldición, que dios me perdone, pero me fatiga más, que las carretillas que llevo por los baches cargadas de ladrillos.

-Ya solo falta que me digas Martín, que tú también...-le interrogó Ana dejando en el aire a medio terminar la frase.

-Pues creo que el destino está jugando con los cuatro, porque yo cargo con mi madre desde hace seis laaaaargos años. Rompí mi última relación por culpa suya y...-apretó el puño contra la mesa, hasta que sus nudillos blanquearon por la presión ejercida.-aun no consigo echar fuera la mala leche.

-¡Anda! Yo creía que los finolis no decíais palabrotas...-remarcó Marla sarcástica y con gesto de satisfacción por una puya buen dirigida.

-No me hace gracia Marla, es muy duro esto de cargar a cuestas con la madre de uno y no poder tener una vida normal...-la miró con ojos vidriosos, recriminándola aquellas palabras tan crueles.

-Buenooooo...¡que no quería hacerte pupa hijo, que delicadito que eres...! Es solo que me sorprende, si en realidad me gusta que tengas carácter cariñitoooo. Aquí a lo que se ve, los cuatro andamos a cuestas con nuestras madres, sin que se nos despeguen ni para joder...¡huy ya se me ha escapado otra vez el macho que llevo dentro! Es que esto de convivir con burros...

-Que todo se pega hija no hay duda, a ver si el destino ha decidido que nos juntemos pa algo...

-¿Qué quieres decir?.

-Nada hija nada...que estamos hoy de un susceptibleeeee.

-A mí me gustaría saber cómo lo lleváis vosotros, es curioso que coincidamos en algo tan personal, como ,el, llamémosle, cuidado de la madre, ¡los cuatro!. –Antonio acostumbrado a jugar con números exactos, lanzaba el órdago como si en él le fuese la vida.-Empieza tu Ana, ¿Cómo fue que terminaste cuidando a tu madre? Porque yo con la mía tengo un va y ven...

Como obedeciendo a unas reglas no escritas, ni por nadie dictadas, Ana, accedió deseosa de expulsar el veneno que le corroía las entrañas y escupió cada palabra a gusto. Su faz se iluminó y sus ojos dijeron a las claras, que anhelaba ser escuchada, y ser, al menos por unos minutos, de su tediosa vida, el centro de atención.

-Yo, tenía una vida hecha a mi medida, vivía con mi pareja, una mujer atractiva y dulce que me amaba como yo a ella. Todo iba bien, teníamos una tiendecita de flores y un pequeño bar para chicas, que abríamos solo de noche, para tomar unas copas, ya sabéis...

Los tres recientes amigos escuchaban atontados su relato, sin acertar a situarla como lesbiana, en un entorno, desconocido para ellos tres. Pero era tal su intensidad al contar su historia, que pasó casi desapercibido aquel detalle, tan revelador por otra parte. Se echaron adelante para concentrarse en sus palabras y estas les trasladaron al día en que todo diera comienzo. Ana prosiguió esperanzada...

-Me levanté aquel día esperando poder repartir los pedidos a todos los clientes que teníamos, que eran ciento veintidós...muchos, pero fieles además. Casi todos eran mujeres, y, no, no creáis que lesbianas, eran de todo tipo de orientación sexual. ¿Sabéis esos días en que todo reluce a la luz del sol?, ¿en que todo semeja ser más bonito y agradable? Pues yo creía que era el día más feliz de mi vida, ¡¡Que equivocada estaba!! La vida me iba a jugar una muy mala pasada. Mi chica, Miriam, una israelí que vivía en España, desde hacía tres años, llegaba con la cara ensombrecida y una carta abierta en la mano. Me pidió que me sentase y me entregó la carta. Las dos abríamos las cartas cuando bajábamos al buzón, indiferentemente de a quién fuesen dirigidas, no teníamos secretos. "Léela", me dijo con rostro circunspecto. En ella me decía mi hermana menor que mamá, había decidido vivir conmigo, porque ella iba vivir a Estados Unidos, a hacer un Master de esos que hacen los intelectualillos, no te ofendas Martín, que no va por ti. Pero conoció a un hombre de esos que ella definía como maravillosos, finos, de gustos caros, que le regalaba flores y la llevaba a cenar a restaurantes de siete tenedores o más...¡ay!, ¡a tonta no le ganaba nadie! Pero no, la tonta fui yo, que me quedé con el muerto, bueno con la cadáver ambulante de mi madre a cuestas. Miriam, aceptó que viviese con nosotras, pero empezó a malmeter entre las dos y el sol se nubló...

-Bueno ¿y qué pasó después?, ¿te dejó Miriam? No sería justo.-le echó un cable para que continuase su relato, en ese punto crítico en que se resuelven los enigmas, Antonio.

-Ella aguantó lo que pudo pero todos tenemos un punto límite y se terminó, cuando un día, le cortó las bragas con las tijeras y al volver no encontró ninguna que ponerse...-lloró entre risas Ana, que no pudiendo contenerse, se echó a reír al ver la cara de compungida que puso Marla, y esto colmó su paciencia.

-¿Le cortó las bragas a Miriam?, Ja ja ja ja, me imagino la cara que puso...ja ja ja ja ja –Ana se echó a reír a carcajadas y Marla en vez de contrariarse, hizo otro tanto, hasta que las carcajadas se contagiaron al resto y los cuatro acabaron riendo sin control. Ana trató de disculparse, entre hipidos y risas desbordadas, y Marla le dijo amablemente:

-Hija no pasa nada, yo también me rio al contarlo ahora, pero es que le pobre, después de ver cómo le robaba las galletas, le decía marimacho, y tortillera y encima le echaba a la basura las bragas y los sujetadores, vio la excusa perfecta para irse a velocidad de crucero...ja ja ja ja. Pero me quedé sola, con la tienda cerrada, para repartirnos las ganancias y sin trabajo. Eso sí a cuestas con mi madre.

-Huy que durooooo, pero mi historia supera a la tuya, solo que por hoy ya hemos tenido ración de madre de sobra, mejor charlamos de algo más alegre. Como...¿tenemos algo alegre de que hablar?...-trató de resultar chistoso Martín.

El tirano de la cafetería, que no, no era el bonachón de John, sino el reloj de pared que los cuatro odiaban, dio las once y media y empezaron los llantos y lamentos por tener que despejar la mesa y tornar a sus agónicas vidas. Antonio quedó solo sorbiendo el resto de la cerveza que había pedido tras su café y que jugaba a esconderse en el fondo de la jarra de cristal y elevó las cejas en gesto de resignación, viendo como sus tres nuevos "amigos", regresaban a sus curros sin tardanza. Pensó en como engañan las apariencias y como lo que es no lo parece y lo que parece no lo es.

Los cuatro acudieron al día siguiente, con mayor seguridad en sí mismos y sintiendo que algo estaba acaeciendo, sin que supieran explicar el qué. Se sentaron cada uno en el sitio que se convirtió en propio, y cuando los cuatro se hallaron frente a frente Martín abrió la tertulia como obligado por sus palabras del día anterior.

-Bueno creo que daré comienzo yo a contar mi historia, en nada envidia a la de Ana, que creo que cargar con una madre a cuestas, como bien decís, es duro de pelar...Yo...-le costó empezar su relato-vivía con mi mujer, una hembra de rostro hermoso y caderas ampulosas que gobernada la casa con mano de hierro en guante de seda. Llevábamos cinco años casados y fue entonces cuando mi madre nos visitó. Ya sabéis lo maestras que son las madres en los chantajes emocionales...pero yo entonces ignoraba lo que se me echaba encima. Un día...-sonrió con cierto grado de sarcasmo ante sus propias palabras,-mi mujer que tenía muy mal carácter, vio al llegar a casa, que mi madre, que no se quedaba atrás, le había cambiado de sitio todos los platos, cubiertos, botes de especias...todo. Se montó unaaaaa... porque a diferencia de mí, que tengo un temperamento muy templado, ellas dos son como gallinas cluecas en guerra por un polluelo.

-¡Ay hijo que remilgado eres hablando...!-Acertó a introducirse en el relato Marla, que vio como los dos restantes la miraron con reproche.

-Vele, vale, ya me callo...

Todos se volvieron de nuevo a Martín, que siguió con la cabeza baja y las palabras fluyéndole de los labios, como recuerdos indefectiblemente grabados en su mente.

-Me encontré entre dos vientos huracanados y sufrí los reproches y las recriminaciones más crueles de parte de las dos. A mi madre le dio un ataque cardíaco y yo me sentí culpable de aquel daño que mi mujer, tal y como lo veía yo, le había causado por culpa mía. Mi mujer me abandonó un mes más tarde, tras la segunda pelotera, pues mi madre se quedó a vivir con nosotros, y desde entonces nada fue igual...bueno surgió algo muy raro en mí...

-Huy eso del ataque cardíaco es tremendo, cuando lo usan las madres es que juegan su mejor carta, suele ser mentira de las gordas...-añadió Marla con displicencia alargando el cuello, orgullosa de sus conocimientos sobre madres.

-Pues tienes razón, cuando llegó la ambulancia a la que yo mismo llamé asustadísimo, el médico dijo que estaba como una rosa, que no acertaba a ver nada anómalo, en ella, y me miró como si fuese el peor hijo del mundo mundial...

-A mí me pasó algo terrible, de teatro del mejor, porque las madres son las mejores actrices del mundo, en eso estaréis de acuerdo conmigo los tres...-casi escupió de prisa Antonio.

Los tres prestaron la atención debida a quién tenía en sus labios la historia que competiría con las dos anteriores, y eran muy buenas. ¿Las podría superar Antonio?, veremos. ...

-Estaba viendo una película de esas románticas que a las mujeres tanto os gustan y a mí me pirran, con un amigo...y escuché un grito agudo, de esos que sueltan las ratas cuando chillan...me quedé quieto con las orejas listas para captar el ruido si se producía una segunda vez, y llegó, ya lo creo que llegó...mi madre chilló con todo el poder de su garganta y se me apareció con las bragas bajadas y apoyándose en la pared como una endemoniada recién poseída. Mi amigo se quedó impertérrito, si saber si echar a correr o meterse debajo del sofá, cuando mi madre empezó a llamarme hiiiiiiijoooooooo, como alargando las palabras y con los ojos vueltos como la niña del exorcista...fue terrible la experiencia, se dejó caer al suelo y mi amigo acudió a recogerla y la depositó como a un fardo en el sofá, en que antes veíamos la televisión. Más tarde entendí que era tan solo una treta para atraer mi atención y cobrar un protagonismo por otra parte era innecesario. Desde entonces todo ha ido de mal en peor. Comencé a preguntarme muchas coas, entre ellas si estaba viviendo la vida que deseaba para mí.

-Ya, y abandonaste a tu madre y a tu amigo, para tomar las riendas de tu vidaaaaa....-Marla estaba siendo sarcástica y pinchaba a todo quisqui...

-Sí, algo así, pero de mi madre no se libra uno tan fácilmente...es como una sanguijuela de esas que te chupan la sangre, una mujer que se adhiere y no te suelta. –Martín estrujó una servilleta que "falleció" entre sus dedos, como si en realidad fuera su madre a la que se lo hacía...y lo escenificó con un "hiiiiiiiiii", mientras agrandaba los ojos en un gesto de furia contenida, apretando los dientes.

-Pues sí que tenemos una buena, todos... ¿y cual es el resto de la historia? Porque yo ya me lo creo todo después de lo oído aquí...

-Huy si yo os cuento lo que sigue os morís, pero no sé si de risa o de llanto...

-Ay no, llanto no, que la vida ya es, lo que es, y lloro demasiado...-le dijo Ana, que estaba harta de películas lacrimosas y de historias que siempre acababan mal.

-Pues...pues...es que me da corte...

-No, si ya digo yo que esto va a ser como el libro gordo de Petete, uno la cuenta gorda y otro más...-Marla muy en su línea seguía marcando el ritmo con sus hirientes palabras.

-Bueno pues cuéntanos la tuya y a ver si así me animo...-le sugirió Antonio a Marla con el deseo de conocer la suya pintado en su cara picarona.

-Vale...a mí me da igual pero os aviso que es para mondarse. Yo estaba soltera y no por falta de pretendientes no, solo que era demasiado exquisita. –Se envaró en el asiento y se abrochó con falsa decencia la camisa que presentaba un feo aspecto masculino, y sucio, por causa de su trabajo.-Mi madre siempre ha vivido conmigo y es de esas de armas tomar, así salgo yo claro...-apostilló con una sonrisita-Tuve un pretendiente de esos que se parecen mucho a los trabajadores que yo gobierno en la obra y me hacía gracia, mira, era como reflejarse en un espejo. Cuando vino a casa todo se estropeó. Mi mamá le preparó un chocolate de esos asquerosos, -frunció el gesto al recordarlo-que yo creí era porque no sabía hacerlo, pero luego comprendí, era un simple y llano boicot. Mi...novio, me miró asqueado y tragó un par de sorbos antes de que mi mamá le preguntase por...las intenciones. ¡Como si pudiera desvirgarme a aquellas alturas!, ja ja ja ja ja –Su risa sardónica llenó el aire y por unos instantes todo el mundo se volvió a mirarla consiguiendo ruborizar a sus tres compañeros de mesa, que casi se esconden.-él salió con cara de pocos amigos y las manos en los bolsillos, y cuando un hombre sale componiendo esa imagen, yo ya sé que todo se ha acabado. Es lo de siempre, parece que se van a casar con la bruja Chiripún y no conmigo...

Ana que no podía contenerse más estalló en carcajadas y le disparó como dardos sus palabras.

-Hija es que no acierto a saber la diferencia entre la bruja esa Chichipún y tú...ja ja ja ja, eres la pera bananera...ja ja ja ja.

-No es Chichipún, es Chiripún, hija que ignorante eres y desde luego con amigas como tú pa qué tener enemigas...-se abrochó el cuello de la camisa y elevando las cejas muy digna ella. Al poco reía con Ana, llorando de la risa que le producían sus palabras y al recordar la mala leche, con que se marchó aquel hombretón de metro noventa y espaldas de culturista.-Ay que risa hija, es que los hombres son como burros, pero qué haríamos sin ellos...aburrirnos eso seguro, no tendríamos a quién criticar...

Marla no paraba de reírse de su propia historia y Ana agotada se echaba mano al estómago, porque no podía parar de carcajearse. Le dolían hasta los ovarios. Antonio entretanto se encontraba en el séptimo cielo, al ver como se había librado de contar el triste e insignificante final de su historia, o eso creía él que era, porque estaba a punto de sorprender, con lo que iba a contar al día siguiente.

John sirvió los tres cafés y la cerveza de la segunda ronda y comenzó a mirarles como si le extrañase que cada día se sentasen juntos y se riesen de sus penas, a modo de terapia. ¿Estaba empezando a sentir envidia de sus reuniones? ¡Bah! se dijo que no era cosa suya, pero no dejó de pensar en qué les unía tanto. El día siguiente sería sábado y casi nadie acudiría, al estar cerradas las oficinas y empresas del entorno. Era su día de relax, algo que esperaba con anhelo cada semana, tras el estrés que le producía el trabajo, en el local más frecuentado de la zona, el suyo. ¿Y qué harían sus extraños clientes?, ¿vendrían?, no, se respondió a sí mismo. Seguramente no.

Los cuatro salieron abandonando la mesa dieciséis, esta vez juntos, como un bloque militar, capaz de guerrear ahora con la alianza de las madres atormentadoras. Ninguno de ellos sospechaba que las mejores historias estaban por venir, cuando el fin de semana concluyera y se abriesen como flores ante sus compañeros de infortunio. El polígono se convertía en un laberinto de calles vacías, por las que solo pululaban los fantasmales ruidos, que doblaban las esquinas y barrían de bolsas de plástico y rastrojos, estas, envolviéndolo en una niebla de polvo y viento racheado. Solo alguna luz tenue, delataba a los obligados dueños de alguna empresa en crisis, a permanecer haciendo números bajo la luz de una lámpara, mientras los dos guardias de seguridad, circulaban pensativos, sin nada que hacer. La cafetería "Londres" cerrada a cal y canto, esperaba que las risas le devolvieran la vida, tras el período vacacional del fin de semana, y así recobrar el protagonismo perdido.

La vida de John era de lo más común y se encontraba mejor en su local, que fuera de él, donde como pez fuera del agua, se hallaba desorientado a menudo. Soñó con viajar si lograba contratar a alguien, que se hiciese cargo del local y así conocer Londres, su anhelado Londres. El fin de semana se preguntó qué era lo que tanto les hacía reír a los de la mesa número dieciséis...parecían tan diferentes...y sin embargo se daban cita cada día en su local, aparentemente para pasar un buen rato...sonrió para sí mismo y abandonó sus erráticos pensamientos.

Capítulo 2 LOS TÚNGIDOS

CAPITULO II

LOS TÚNGIDOS

El día era soleado, a pesar de que las nubes ocultaban de vez en cuando el sol y las sombras amenazaban en vano, reinar sobre las horas matutinas. Y John, que se había prometido, conocer los motivos de aquellos cuatro personajes, para reunirse en la mesa dieciséis, miró de soslayo, para resultar discreto en su "investigación". Ana llegó antes de lo previsto y se sentó en la mesa, apoyando la cabeza en las manos, como si le pesara demasiado. Sus mejillas se arrugaron en un gesto que a John se le antojó casi infantil. Se acercó con el café con leche cargadito y con espuma que le solía pedir y lo dejó ante ella, que ni se inmutó. Mecánicamente echó el azúcar en el café y lo removió tomándolo como un autómata. Los minutos pasaron y John se llegó de nuevo para preguntarle si se encontraba bien, a lo que ella se limitó a responder con un leve asentimiento. John se retiró encogiéndose de hombros y esperó. No tardó en divisar la esbelta figura de Martín, que entró elegantemente, como siempre y solicitó el permiso de Ana para sentarse ante ella, en el sitio, que ya estaba como fijado de antemano, por todos y cada uno de los cuatro que allí se daban cita.

-¿Puedo sentarme?

Ana le miró atónita y le sonrió forzadamente, antes de concederle lo que pedía

-Claro, por favor siéntate.

-Te veo compungida, como ausente...¿estás bien?

-Eres la segunda persona que me lo pregunta hoy...la verdad es que no sé si estoy bien o no...vivo en un sin vivir...¡ay!...-suspiró hondamente.

-Ya decía yo que te sucedía algo, tienes la apariencia de resignación que habla por sí sola...

-Eres como un siquiatra hijo, "compungida"..."resignada"...no sabría mantener una conversación contigo, mi ignorancia es supina...

-Vaya, hacía años que no escuchaba esa palabra..."supina"...quizás seas más culta de lo que tu sueles creer.

En ese preciso instante, entraba como un ciclón Marla, que se desprendía de su cazadora, colgándola de cualquier manera en el perchero de la entrada, donde se acumulaban ya demasiados abrigos.

-¡Uuuuuuffffff! Que ganas tengo de tomarme una cervecita y un pincho, me muero de hambre. Me tienen loca estos burros de obreros que no saben liar la O con un canuto...-se quejó amargamente.-Hija, Ana, parece que hayas visto al demonio...tienes una cara de cadáver, que ya ya...

Ana la miró aterrada y palideció al instante.

-Hija no mentes la cuerda en casa del ahorcado, que ya tengo yo lo mío...

-¿Qué, de qué hablabais si puede saberse?...

-Creí que tomabas café americano...debes tener mucha hambre...

-¿Dónde vas?, manzanas traigo. Es igual ya me lo diréis si os parece. -John que se acercaba con el café vio que ella le negaba y a gritos le pidió cerveza y tortilla.

-Jon, macho, ponme una cerveza que tengo la tripa vacía y voy a comerme uno de esos pinchos de tortilla que tan buena está...que esté calentita ¿eh?...ja ja ja ja ja ¡ay que joderse!

-Ya se te ha vuelto a escapar el macho que llevas dentro...ja ja ja ja, si es que como tú dices vivir con burros....ja ja ja.

-¡¡Martín!! Que pierdes la composturaaaaa...con lo que te cuesta mantenerla....bueno y a ti ,¿qué te pasa?

-Es que mi madre que es túngida, me ha dicho que voy a ir al gerena...o algo así, que tiene un nombre muy raro y no me he enterado bien del todo...

-¿Qué es quéeeeee?.Hija tu madre se pasa...-le dijo Marla, que se hallaba perdida cada vez que Ana abría la boca.

-Es Túngida, de esa religión rarita que es americana...y me ha dicho que la van a poner una casa, una vaca y un río, en Babilonia...-dejó la boca abierta con los ojos como platos Ana.

-¿En Babilonia?, Pero si eso está en Irak...¿Qué va a hacer tu madre con una casa en medio de las bombas y una vaca sin hierba que pastar, en una zona donde no se puede vivir?.Es de locos...la habrás entendido mal mujer...

-¡¡Que no, que no!! Que me ha dicho que soy muy mala, que soy...babilónica y no me van a poner una vaca, una casa y un río como a ella lo túngidos....

-¿Pero quiénes son esos túngidos? ¡No los conoce ni su madre joder!

-Ay Marla hija, esos que van por las calles con la revista ¡Dormid!, predicando un mundo de maravillas, que no acaba de llegar nunca...

-¡Aaaah!, esos que visten con ropas de los años cuarenta y te dejan revistas de cosas raras...¿Cómo has dicho que se llaman?-Arrugó el entrecejo, acercándose a Ana para no perderse ni ripia.

-Túngidos, tún-gi-dos-silabeó la palabrita Ana.-y que me van a enviar al gerena ese, donde me quemarán con aceite hirviendo y me pondrán películas de santos.

-Pues sí que tienen un nombrecito ellos...¡joder colega!

-Es que tengo mucho miedo...¿y si vienen de verdad a casa esos túngidos? Me moriría de miedo...

-Que no mujer. Como mucho te enviarían al gerena ese y se te chamuscarían un poco los pelos...ja ja ja ja.

En aquel momento, entraba por la puerta un Antonio, que semejaba haber pasado las dos noches del fin de semana en vela. Al comprobar que las risas y la conversación habían dado comienzo, se sentó en silencio y todos se atropellaron para contarle lo que le pasaba a Ana.

-Que a Ana se la llevan mañana al infierno y la van a poner a la plancha...ja ja ja –reía Marla, con el sarcasmo en la boca y varios juramentos saliendo de ella.

-Di que no, no le hagas caso a esta loca, es solo que los túngidos se la tienen jurada, y quieren captarla o amedrentarla...-le trató de calmar Martín, excitando más los ánimos.

-Pero ¿Quiénes son esos túngidos?, ¿me queréis decir de qué va todo esto? Me vais a volver loca, digo loco...

-Pues hijo, es fácil, la madre de Ana es túngida y sus "hermanos" la quieren enviar a Babilonia, a tostarse al sol, mientras ella vive en una casa, con una vaca y un río. Eso sí, o se hace túngida o la envían al gerena a morirse de sed...

-Ana ¿Qué es todo eso de los túngidos y el gerena y esa movida de la casa la vaca y el río?-le preguntó directamente.

-Pues...pues...que mi madre es de esa religión norteamericana que se llaman túngidos y le van aponer una casa...una vaca...y un río en Babilonia y que dicen que soy babilónica y me voy a quemar en el geenaaaaaa-le contó entre hipidos y llantos entrecortados, para terminar llorando a lágrima viva.

-Mira todo eso de las religiones, se creó para tener en un puño a los que necesitan de un asidero al que aferrarse, cuando las cosas van mal. Es solo un cuento para adultos.

-Eso de cuentos para adultos... ¿no son novelitas porno?, je je –añadió picarón Martín.

-Hijo que anticuado estás, no me digas que aun te haces pajas con revistas porno, con la de pelis guarras que hay ahora...se trata de cuentos para personas maduritaaaaaas, que no te aclaras tío. –Marla seguía en su línea lanzando puyas.

-No Martín, es que mi madre, que era antes una católica recalcitrante, de esas que se tragan los santos, cambió cuando un día aparecieron en la puerta los túngidos. Mira que era beatorra, que tenía una figura del sagrado corazón en la entrada, una virgen del santo rosario del amén en la sala, y una virgen del camino seco, en el comedor. Ponía el belén cada navidad y también iba a misa todos los domingos y fiestas de guardar. Pues tras dos visitas de los túngidos, que yo entonces vivía con mi amiga, gracias sean dadas a Dios...tiró todo al contenedor, las vecinas se volvieron locas rebuscando para salvar las imágenes de su terrible destino, y ella comenzó a decir que el mundo era una basuraaaaaa...que iba a ser destruido, y que todos íbamos a ir al gerenaaaaaaaaa....-tornó a llorar de nuevo con desconsuelo.

Martín comprendió que aquellos túngidos, en realidad eran quienes habían causado los cambios drásticos en su madre, ahora también túngida...le entregó su pañuelo moquero perfectamente doblado y esta se sonó ruidosamente en él, para al tratar de devolvérselo después a Martín, que con disimulado asco negó con la mano

-Quédatelo, lo necesitarás, ya me lo darás otro día, tengo otro, siempre llevo dos.

-No entiendo eso de que la gente cambie de religión así como así...-recriminó a los tránsfugas ausentes, Marla.

-Hija, es que si te dicen que te vas al cielo, y que te ponen una casa, una vaca y un río pa ti sola...¡vamos digo yo que te lo piensas poco. Que están las cosas como pa que dudes si te ponen casa, vaca y río donde sea...

-Pero a ver, ¿no era en Babilonia donde le ponían una casa, una vaca y un río a tu madre?, es que en el cielo de eso yo creo que no hay nada ¿no?, ¡qué líoooooo!-trató de aclararse Martín.

-A ver, que cuando mi madre se hizo túngida ,iban al cielo, pero se debió apuntar mucha gente y se llenó el cupo y ahora van a Babilonia, que es que tuvieron un nuevo entendimiento...lo de menos es a donde van, la cosa es que les pongan la casa, la vaca y el río, vamos digo yo...

-Y me pregunto yo...¿quién coño es el que les pone tantas casas, tantas vacas y tantos ríos?, porque el mundo tiene un número de ríos limitado...

-Marla, solo piensas como lo hacen los bailónicos, que solo tratan de poner pegas...ellos tienen muchos ríos y los regalan, y las casas también y las vacas...deben ser ganaderos, no sé...en América hay millones de vacas. Les sobran.

-¡Ay Dios! Que nos van a invadir las vacas americanas. Ya sabía yo que los americanos, de buenos, no tenían ná de ná. Esos nos mandan las vacas locas y nos asesinan pa quedarse lo que tenemos, que mucho no es eso sí...

-Ya te vale tía, con lo que le preocupa a Ana su madre túngida y tu pensando en que van a bajar de los helicópteros los túngidos para quedarse, ¿qué?, ¿las hipotecas?, igual nos ponen a todos una casa sin pagarla, una vaca sin compararla y un río a medida tras la casa...

-Ana que no dejaba de llorar, se hallaba más confusa y desorientada que nunca, y solo veía las llamas del infierno alrededor y a sus amigos rodeados de túngidos, que les trataban de vender sus revistas ¡Dormid! a la fuerza, con gesto de fieras hambrientas y los dientes de vampiros saca sangres.

"¡¡¡Compra la revista ¡dormiiiiiid!!! ¡¡¡Comprala!!! O te enviaremos a Babilonia sin la casa, la vaca y el ríooooooo..."

Los túngidos acosaban a los cuatro, que se veían impotentes ante la avalancha de túngidos predicores, que les asediaban con las revistas metiéndoselas por los ojos...

Jon se acercó ante los llantos de Ana y se interesó por la razón de sus hipidos y lloros, y cuando le contaron lo que pasaba, exagerándolo todo, creyó que se habían vuelto locos, pero no pudo contenerse y rompió a reír, a carcajadas, sin poderse contener.

-Ay, ay, ay, que risa ¡que vienen los túngidos,!, ¡que vienen los túngidos...ay que me muero de risaaaaaaaa.

Las lágrimas de Ana y sus gemidos, aumentaron y ya no hubo manera de pararla. Se desbordaba en agua y los tres amigos muy apretados contra ella, trataban en vano de calmar su dolor y de que se diese cuenta de que los túngidos, eran tan solo unos aprovechados y vivían de los miedos de los ignorantes. Entretanto John, no paraba de reírse a causa del ataque que le había dado. Hacía tanto tiempo que no lo hacía, que ahora le resultaba imposible parar. Cuando al fin los ánimos se calmaron y pudieron tomarse el café, era muy tarde y se comenzaron a marchar dándole ánimos a Ana, como si le dieran el pésame. Ella se secó las lágrimas, pensando que de ir a su casa los túngidos, no sabría si gritaría o lloraría, pero lo que tenía seguro era que les cerraría la puerta con tres pestillos detrás.

Una pareja, había observado desde afuera la escena y había escuchado gracias a los gritos de los participantes en la debacle, algunas palabras que no les habían hecho mucha gracia...eran dos predicores túngidos. Menearon la cabeza en signo de desaprobación y sacaron dos revistas ¡Dormid!, para evangelizar a los viandantes, a fin de tratar de salvar a algunos, de ir al gerena.

Capítulo 3 LOS NO CUMPLEAÑOS

CAPÍTULO III

LOS NO CUMPLEAÑOS

Todos esperaban ya el siguiente día, como se espera al terapeuta que cura una dolencia, en este caso de la mente, ya que los cuatro personajes que se daban cita en la cafetería "Londres", tenían una vida, unas experiencias, y unos traumas, fuera de lo habitualmente común. Antonio llegó casi de la mano de Martín, y cuando los dos varones estuvieron a solas, antes de que los ciclones femeninos llegasen, uno de ellos tuvo una sorpresa, una inesperada y sorprendente visita. Se trataba de su amigo Felipe Manzano.

-¡.Martín!,... ¡que sorpresa! ¿Qué haces por aquí? Te hacía en uno de tus viajes de negocios...

-Pues no, esta vez no. Trabajo en la editorial de ese edificio cercano que se ve a lo lejos...-señaló el flamante edificio de la editorial Green Raimbow. ¿Y tú, que haces por estos lares?, cuéntame.

-Bueno no sé si sabrás que mi padre murió hace unos días y también mi hermana Merche...vengo de terminar de firmar los papeles de las herencias y esos rollos que son tan desagradables...

-¿Cuentos años tenía Merche? , era muy joven, lo siento mucho de verdad, les tenía aprecio a los dos, ¿qué les pasó?

-Tenía diecisiete, la vida es así de cruel...un accidente de coche en la autopista, ese que han dado en la tele hace un par de días, en el que un camión volcó y produjo un accidente encadenado...¡mala suerte!, te dejo tengo que acudir a la notaría en breve...me alegra haberte visto cuídate...

Felipe Manzano salió de la cafetería con la cabeza alta y como si el mundo no pudiese afectarle, ni en tan difíciles circunstancias. Cosa que aprovechó Antonio para inquirir de su reciente amigo...

-Se le ve que lo lleva muy bien, ¿crees que de veras siente la muerte de su joven hermana y la de su padre?

-Bueno eso de joven, joven era, pero no tanto como él dice...

En ese momento, entraban charlando animadamente Marla y Ana, que como ninfas cantarinas, se sentaban entre grititos y risas.

-Marla, Ana, se os ve superdivertidas, ya nos contaréis la razón, por lo menos a alguien le va bien hoy, a Martín le han dado una mala noticia y me iba a contar la historia de su amigo, que por cierto ni se ha presentado...

-Manzano, se llama Felipe Manzano...y es una historia que cuando os la relate, no os la vais a creer...

-Bueno después de lo de los túngidos, la casa, la vaca y el río...-dejó caer con sarcasmo Marla, que recibió las miradas de los presentes como rayos incineradores.

-Veréis mi amigo ha dicho que su hermana acababa de morir con diecisiete años, ¿verdad?-miró a Antonio.

-Sí, eso ha dicho, es una pena...le quedaba toda la vida por delante...

-En realidad le quedaban veinte años menos de los que parece...

-Como no te expliques no entenderemos nada de nada...menudo enigma tío...

-Pues el caso es que cuando los dos íbamos al instituto, teníamos quince años ambos, bueno el dos más, repetía curso por dos veces, hicimos amistad y pronto nos intercambiábamos los apuntes y cosas así, típicas de estudiantes...hasta ahí todo normal, pero...cuando un día me dijo que su madre iba a cumplir años, le pregunté que cuantos, y me respondió que treinta y nueve...bueno todo bien, pero al año siguiente me dijo que cumplía los mismos y pensé que como soy muy despistado, quizás había dicho otra cifra. Tengo la costumbre, de cuando dudo, escribir lo que no sé con certeza, y escribí la hora el día y la razón, el cumpleaños de su madre, en mi libreta de los recuerdos perdidos.

-¡Ay hijo, la libreta de los recuerdos perdidos...! Como si fueses el Serlock Holmes ese...ja ja ja –rió Marla, tratando de llamar la atención y recibiendo de nuevo dos ¡¡¡schsssssss!!!

-El caso es que tras cinco años de tiempo, le pregunté un día al decirme que su madre cumplía años, que cuantos y ¿qué creéis que me dijo?

Los tres respondieron al unísono" treinta y nueveeeeeee".

-Pues eso, que le dije que no podía ser y le mostré mi libreta, para ver como su cara enrojecía como un tomate y su rabia salía despedida como rayos contra mí...descubría más tarde que su hermana, la que ha muerto y que me llevaba un año cuando yo tenía quince, ahora seguía teniendo cinco años más tarde, dieciséis y yo veinte...

-A ver, a ver, eso es imposible puede que se quiten años pero tanto como para eso...¡¡ufffff! es de locos.

-Que no, que no, que lo creen de verdad, no cumplen años, se los guardan, los tiran, o los meten en el banco, no sé, pero no los cumplen como los demás mortales. Acaba de morir la hermana que le sigue en edad y que le llevaba un año con diecisiete años, cuando era un año mayor que yo, cuando tenía quince...y él era mayor un año mayor que ella, veinte años después tiene diecisiete...de locos sí, pero lo creen...

-¡Ay que me vuelvo locaaaaa...para Martín, para, que esto no es normal...-le suplicó a gritos Ana, que ya tenía lo suyo con los túngidos- esa gente está de siquiatra...

-Mira no te lo negaré, pero ten en cuenta que solo le pasaba a las mujeres, los hombres, como él mismo, cumplen años cada año, eso sí que tiene bemoles...ja ja ja ja –se rió de buena gana de sus propias palabras Martín.- El ahora tiene treinta y cinco años y su madre treinta y nueve...¡hala discúteselo! Que te pone un piso en la Gran Vía....

-Pero a ver eso es una tontería, una madre tiene que ser mayor que su hijo, le ha parido, ¿o también eso lo discuten? No le pudo tener con cuatro años...ja ja ja ja esa gente está tonta no loca.

-Un día le dije todos esos argumentos y me puso a caldo colega, a caldo. Como ves le he preguntado la edad de su hermana, eso sí sin discutírselo, solo para contaros luego lo que ocurre en esa peculiar familia. La hermana pequeña. Que tienen otra, tenía ocho años cuando yo tenía quince y ahora tiene ocho y está casada y con un hijo...ja ja ja son la pera, digo la manzanaaaaa, ja ja ja ja.

-Aquí no hemos reunido los frikis, más frikis, del mundo mundial, colegas...que estas historias no le pasan a cualquiera. Marla tomaba la palabra para apoyar la historia de Martín, que cada día le gustaba más, y procuraba apretar el muslo contra el de él, con fuerza, a pesar de los sonrojos que le arrancaba a este.

-Es un tío estupendo, y en contra de lo que parece, un gran pintor y un frustrado político, pero un gran tío como persona. Yo le respeto y admiro, pero el tema no tiene desperdicio.

-Noooo, si lo cortés no quita lo valiente, pero que se le va la pelota seguro, vamos...-Marla estaba a punto de soltar una historia semejante a la lucha de los dinosaurios con el hombre, y cuyos protagonistas, rozaban la locura en términos de Maníacos depresivos.

-Tener un hijo con ocho años es para mirárselo chicos, y tener la edad de tu hijo más...¡huy que par de locaaaaaaasssss!

Jon se acercó con los pedidos habituales y todos se tomaron el tiempo necesario para ingerirlos con calma, iban controlando el tiempo de charla y el de café...Ana, Martín y él mismo, miraron a Antonio y Marla, como exigiendo sin decirlo, que relatasen sus historias, y es que a aquellas alturas ya estaban seguros de que ellos dos también tendrían las suyas, y que el destino, raro absurdo y caprichoso, les había reunido para tal fin.

-¡Huy que miedooooo! Estos dos quieren algo...ja ja ja ja –rió Marla a carcajadas.

-Cuéntanos Marla, que tú te guardas algo en esa cabecita loca...lo sé. Dinos porqué el destino te ha sentado con nosotros.

La cara de Marla pareció un poema ante tales palabras, y echándose a reír, pasó a relatarles con una voz de ultratumba, como si de un cuento de terror y no una comedia, estuviera a punto de salir de sus labios.

-Yo era delgadita entonces-simuló atusarse el pelo-, y con un mohín coqueto, que le quedó grotesco, prosiguió.-Era una de esas épocas en que una no sabe en qué currar, y se me presentó un trabajito, de esos que en otras ocasiones, me hubiera producido risa, hasta que me lo dijesen en broma. Pero hija estaba tan necesitada...así que entré a trabajar en casa de Felisa y su maridín...cagadina y cagadín...ja ja ja –se rió ella misma de lo que iba a contar.

-Huy esto va de miedo que lo sé yo....

Esta vez es a Antonio a quien miraron todos con desaprobación, que hacer hablar a Marla de algo que no fuesen lanzar puya era una heroicidad.

-Cuando conocía a Felisina, me pareció maja, sí, maja, de esas que son muy modernas y visten de misty sixty, unas estiradas majetonas...bueno pues de eso ná de ná. Una histérica del trapo y la manchaaaaaa...Un día se me acerca y me dice: "mira Marla, que he visto que te has dejado sin hacer una cosa. Ven que te digo, para que otro día no te olvides". Yo me puse a pensar en qué sería la terrible falta y no acertaba ver qué era hasta que...me dice la muy sinsorga...que bajo la pata derecha del mueble bar hay una manchaaaaa, y con gesto histriónico y gritando como una posesa dice...¡¡¡hiiiii!!!,¡¡¡hiiiiii!!!,¡¡¡hiiiii!!!,¡la manchaaaaa!,¡la manchaaaaaa!. Yo me quedé mirándola como atontada, y vi que de broma ná de ná, era en serio. Pasé el trapo por la terrible mancha de dos kilómetros de grande y que nadie sino ella veía y se relajó.

-"¡Huy como ha cambiadooooooo!" Me retiré pensando que trabajaba para una loca, o para una enferma, o no sé si las dos cosas iban juntas...

-¡Ay qué miedo colega! Esa tía se sale de madre.-dijo Antonio que creía pasada la era de los dinosaurios, aquellos que se creían de mayor tamaño por sus dineros y lo evidenciaban, humillando a los que trabajaban para ellos.

-Pues no creas que otro día va y me dice: " Ay que mira Marla, que estaba en el "trono", y he visto que debajo de la manilla de la ventana hay una mancha...¡¡¡hiiiiii!!!, hiiiii¡¡¡¡,¡¡¡hiiiiii!!!!, me lleva allá y me pide que mire, que se ve mucho..., yo me agacho, miro por encima, por debajo, por el costado,...nada, que no veo ná de ná. Pero a pesar de tó paso el trapo y dice: "¡Como ha cambiadoooooo!"Y, yo ya no supe desde entonces, si era una enferma, una tonta, o una loca, pero las pelas me venían tan bien que tuve que aguantarme unos añitos hija...

-Yo creo que te toma el pelo, no puede ser que sea tan histérica, ¿verdad?, -les dice Ana, asustada por lo raro de la historia.

Los presentes se preguntan entonces quién es más tonta, si la Felisina, y sus histerias o Ana y sus ingenuidades. Las risas comenzaron a salir de sus gargantas y ni Jon que había estado atento a las palabras de Marla, pudo contenerse.

-No os creáis que cada día era una copia del anterior, Felisina y su maridín eran la monda lironda, colegas.

-Pero, ¿no les decías nada?, porque al menos yo, lo hubiese intentado...-añadió Martín acudiendo al rescate de Ana.

-¡Ay hija es que cuando le decía algo, que al principio lo intenté no creas, se me ponía como loca, y qué decir de su maridín, hija que mala lecheeeee, entre los dos, una con el ¡¡¡hiiiiii!!!y el otro con la recriminaciones paternales, con ese tonito tontú que me ponía ¡ay que me volvían loooocaaaaa!.

Las risas se fueron convirtiendo en la tónica general de las reuniones que sin cita previa, se daban en la mesa dieciséis...Cuatro vidas, cuatro sombras, cuanto atormentados por cuatro madres...pero aún quedaba por ver si Antonio, al que se volvieron los tres, que ya habían relatado sus tremendas historias, lograba alcanzar el grado de locura que las que le precedían habían sido capaces de tener.

-Vale, que me toca hablar, pues allá va mi historia, que creo que os encantará porque sois unos cotillas.-los tres se hicieron los tontos y fingieron mirar a otro lado, como si aquello nada tuviera que ver con ellos.-no es como la de Ana y los túngidos, ni como la de Martín y los no cumpleaños, nio tan siquiera como la de Felisina y su maridín de Marla...creo que...

-Venga, venga que estamos en ascuas...

-Pues veréis yo me casé hace nueve años con una mujer espléndida, de esas que solo salen en la tele enseñándolo todo, y ante las que los hombres se relamen de envidia...pues una de esas. Era dulce, y estábamos enamorados...

-Pero en el paraíso hubo tormenta...ya lo veo venir...-Marla en su línea se mostraba intransigente.

-No...no fue eso, es que desde pequeño sentí ese aguijón que me atormentaba y que me obligó a mantener mi sexualidad oculta bajo una pátina de exagerada heterosexualidad...pues eso, que sentía que me faltaba el aire y comencé a fijarme en chicos que me atraían y...-la cara de Antonio se iba enrojeciendo como un tomate maduro, y con la cabeza baja, fue relatando su vida en recuerdos que se entrecortaban inconexos.

-Bueno eso no es nada, yo también soy lesbiana y lo tengo asumido, la sociedad es muy hipócrita, pero a mí me da de lado...-trató de apoyarlo al ver que se retraía Ana.

-Sí Ana, pero tú no estabas casada con una mujer tan especial como era Herta. Me sabía mal quebrar la relación solo por egoísmo personal...

-Ya y ¿entonces?-le pregunta inquieta Marla.

-Pues un día me fui de marcha, solo, claro, no conocía a nadie. Y entré temblando de miedo en un local que frecuentaban solo gays...un chico rubio, de unos treinta, muy amanerado tomaba una copa en la barra y al verme entrar, como si fuese , carne fresca, se me acercó...guapooooo, me dijo, ¿de dónde sales túuuu? Mirad chicas, uno nuevo, está sin estrenar, enteritooooo, ja ja ja ja ja, me recordó a las putas cuando captan clientes y van al grano en cuanto un tío se les acercan...pues esa fue mi impresión...

-Buenooooo....pero si el chico masculino es el gay y el fino el hombretón...ja ja ja ...-la gracia no fue reída, sino dejada a un lado...

-Que conste que no se es menos hombre por ser gay guapaaaa-remarcó la última palabra para dejar clara su posición.-y al rodearme tres tíos más me asusté y salí corriendo, no paré hasta la Gran Vía. Pero al entrar en una hamburguesería se me acercó un tío masculino, bien vestido y me dijo:

-He visto el mal rato que te han hecho pasar esas locas, lo siento, sé que la primera vez que se entra en un bar de ambiente, se sufre una sensación de agobio y terror...perdona, me llamo Iker, ¿y tú?

-Yo soy Antonio, le contesté, y se sentó frente a mí. El corazón empezó a latirme como loco, y sus ojos mee escrutaron como si fuese a penetrar en mi cerebro. desde aquel día, quedamos cada vez con mayor frecuencia y comprendí que tenía que decidir entre Herta y Iker...pero lo peor estaba por venir, mi madre...se quedó cinco meses, como un parto, fue la visita...Herta que antes le tenía cierto grado de afecto llegó a aborrecerla, porque le hacía la vida imposible, diciéndole que yo era su niño, que merecería una mujer mejor, que no sabía cocinar, y eso que lo hacía de maravilla, de hecho me costaría encontrar algo que hiciera mal, para ser sincero. Pero nada ella erre que erre, a lo suyo, hasta que un día estalló la gorda. Mi mujer llegó a casa muy contenta, porque un cazatalentos le había captado en unos grandes almacenes, y le había hecho fotos para una revista. La había llevado a los estudios, para que viera que se trataba de algo serio., y no podía parar de la ilusión que tenía dentro...es ahí donde mi madre puso el grito en el cielo, que ese trabajo era para mujeres ligeras de cascos, que si salían en bragas, que mira que una mujer casada hacer esas guarradas...Herta se echó a llorar como una descosida, y después pasó a gritarle a ella que se fuera, que quien se creía que era para decirle esas cosas...¡ay! no hubo manera de frenar aquello.

-Pero claro, a río revuelto ganancia de pescadores...-pronunció con sarcasmo Marla-así que te sirvió para...

-¿Por qué no cierras esa boquita linda querida?-le sugirió con ironía Ana, que hacía causa común con Antonio, al sentirse identificada con esta.

-Herta echó a mi madre, que no obstante volvió con un remango subiendo por las escaleras que daba miedoooooo. Dijo que la que se tenía que ir era ella, y Herta lo hizo, luego me enteré de que la mujer perfecta tenía un amante que le regalaba joyas caras y mi madre lo utilizó para cebarse en mí...

-¿Cómo te enteraste?, y ¿tu madre se enteró?, si es que tienen ojos hasta en la nuca hijo, que tías estas madres, lo mangonean todo si las dejamos.

-Y las dejamos...

-Pues leí unas cartas que iba a tirar al hacer limpieza, estaban caídas tras un armario, se ve que las guardaba sobre él, y un par de ellas se cayeron y quedaron atrapadas entre la pared y el armario. Mi madre que rebusca como una comadreja en todos lados, las leyó y se puso hecha una furia, la llamó loca, mala mujer, mandona, estirada, hija de mala madre, malcriada, y más cosas que no me atrevo ni a pronunciar.

-Y se quedó para ayudarte con la casa, la ropa y la comida...como si lo viera.-Añadió Ana.

-Se quedó. Y sí, eso mismo dijo, cómo lo sabes?

-Es que son clónicas las madres, conoces a la tuya, conoces a todas...que si con lo que me he sacrificado por ti...con lo que me he gastado en tu educación...que te merecías algo mejor...ya te lo dije...el mismo armamento de siempre hijo. –Marla se explayaba en sus deducciones.

-Desde entonces estoy condicionado por ella en todo. No sé como mandarla de vuelta a su casa. Parece que solo va para limpiar y vuelve a la carrera. ¡Ay! Va a terminar con m i vida amorosa y mi paciencia de hijo modelo...

-Yo que tu invitaba a ese tío con el que sales y follaba a delante de ella, eso no falla jamás, se escandalizan tanto que huyen a la carrera, y solo te dicen mal hijo y que has perdido a una madre. Lo ideal vamos,.-enarcaron las cejas los tres presentes ante la sugerencia alocada y verosímil, no obstante de Marla.

-Es que no conoces a mi madre, nos capa a los dos y a él le echa a los perros, que me la conozco, ¡ay qué pena! no, no quiero verlo eunuco perdido a mi chicote...

-Tú necesitas ayuda chaval, que lo sepas, y te la vamos a dar.

Ante la amenaza que salía de la boca de la atrevida Marla, todos volvieron la cabeza, como si no estuvieran allí. Estaban aterrados, Marla iba a soltar su plan, un plan de guerra atroz que iba a marcarles para siempre.

-Veréis se trata de dar una fiesta en casa de Antonio, con tu chico,-le miró para decir esto-y con todos nosotros, y llevar a nuestras madres a la fiesta. Cuando estén juntas, se distraerán con sus típicos tópicos, y veremos de enviarlas a un viaje de esos del Inserso...ja ja ja ja quiero verlas charlar como cacatúas a las cuatro sin poder detenerse...ja ja ja ja .

-Y llevaremos a las parejas de todos, ¡halaaaaaa! que se junten tós pa tóooooo....¡que pasada!.

Los cuatro se miraron, como si acabasen de descubrir la pólvora, y sonrieron, con esa media sonrisa irónica, que se les pone a los conspiradores en la cara, cuando ven a las víctimas listas para ser atrapadas...y empezaron a hacer planes.

-Bueno, y tú querida...¿Cómo lo llevas con los túngidos?...¿ya le han puesto a tu madre la casa, la vaca, y el ríoooo...?-inquirió Marla de Ana, que enrojeció aturdida, al comprobar que no se habían olvidado de su estrambótica historia...

-Bueno, es que...es que...

-Vamos, vamos...que seguro que ha pasado algo...no nos lo queremos perder...ji ji ji ji –rió por lo bajo Marla.

-El otro día. –se envaró Ana, que en realidad estaba deseando contar lo que le había ocurrido y que aun temblaba por el suceso.- el otro día llamaron a la puerta y fui a abrir, soy muy descuidada con esto, nunca miro por la mirilla, a ver quién llama, y me llevé el susto de mi vida. En la puerta aparecieron ¡¡dos túngidos!! Feos como demonios, vestidos con trajes de cuadros de los años de la Tana...y uno muy gordo, que debe ser el que dice mi madre que le llaman el "gordo bandejas", porque solo piensa en comer. Tenía un aspecto de obeso mórbido y el otro era una espiga escuchimizada, con cara de ratón, muy afilada, ¡metían miedo! Me quedé espantada, y cerré la puerta de un golpe, para pasar los dos pestillos que tiene y quedarme petrificada, pegada a la puerta temblando y rezándole a Dios para que se fuesen de mi casa, eran una visión aterradoraaaaaa...-comenzó a llorar Ana, que estaba en shock.

-Bueeeeeno, ya pasó, ya pasó, ¡ea! ya pasó. –le dio unas palmaditas en la espalda Martín a Ana, como quien consuela a un niño pequeñito.

-No, si algún día te van a llevar a la Babilonia esa, y te van aponer a ordeñar a las vacas detrás de las casas y al lado de los ríos que les ponen a los adeptos de los túngidos. ¡Mira que te llevan!

-Ay Marla, mira que eres desconsiderada, que está en shock la pobre, es algo terrible que te visiten los túngidos oye...-le trató de ayudar Antonio, para así devolverle la ayuda prestada cuando él contaba su odisea con su mujer y su mamá.

-Es que hay máaaaassss...-alargó la palabra como quien espera sorprender-me ha dicho mi madre que quiere que vaya a una reunión de los túngidos en el "salón del cielo".

-¿No irás verdad? Te llevan, sí, sí, te llevan, eso seguro, vaya si lo sabré yo...es para eliminar a los detractores, se hacía en tiempos de Franco, les daban el paseíllo, me lo decía mi abuelo, que de esto sabía mucho. "Salón del Cielo"...que pomposos...¡hiiiiii! me ponen de los nerviossss-escenificó Marla, con la rabia pintada en la cara y un gesto que aterró a los presentes, como si el espíritu de un demonio la hubiera poseído.

-Es que...es que...yo quería pediros que me acompañarais, yo sola no me atrevo, entre mi madre y los túngidos me ensanwichan y me llevan a Babilonia de esclava, poco menos...

-Pues vamos a ir contigo...¡¡a ver si se atreven con nosotros cuatro...!!

Los tres amigos de Ana, gritaron como si fuesen a ir a la guerra y Ana dejó de llorar para sentirse, por primera vez en su vida, realmente apoyada y querida. Hicieron preparativos ese día en sus respectivos trabajos, para al siguiente, acudir junto a Ana y su madre al "Salón del Cielo". Se vistieron lo mejor que pudieron, para no ser rechazados por los túngidos, que evitaban en la puerta, que se colase nadie ¡extraño a sus ritos...Martín de traje de Hugo Boss, con un anillo de oro en cada mano, y perfumado, se acomodó en su coche Porsche, y salió en busca de Ana que le esperaría con su madre en el portal de su casa. Marla, perfumada con medio litro de colonia se vistió con un vestido negro largo y ceñido como una segunda piel y con unos taconazos de vértigo. Antonio, que no tenía trajes se embutió una cazadora de piel negra y unos pantalones del mismo color y se repeinó, que a los curas les gustaba eso mucho cuando era pequeño, y estos eran algo parecido...Ana por su parte eligió una falda cuyo dobladillo arrastraba por los tobillos y un polo amplio, que le cerraba el cuello y sobre el cual se echó un abrigo marrón, que le llegaba hasta los pies. Componía la viva imagen de la monja perfecta.

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