PRÓLOGO
Julia
-Madre mía, ¡está todo precioso, Julia! -dice Melissa, mi mejor amiga de la infancia, sonriendo ante la decoración bonita y colorida de un cumpleaños infantil.
Sonrío también.
-¿Tú crees que le va a gustar? -pregunto, sintiéndome ansiosa por la llegada de Alex.
Y pensar que no todo fue siempre tan sencillo y feliz en mi vida. Recuerdo el día en que me enamoré a primera vista del joven y apuesto Adrian Ricci, y pensé que ese sería el comienzo de una felicidad plena y sin fin. Y sé que habría sido exactamente así de no ser por un maldito accidente que me lo arrebató demasiado pronto. Después, en medio del dolor de su pérdida, descubrí que Adrian me había dejado un regalo especial. Estaba destrozada, pero también estaba embarazada. Perdida en una línea temporal entre la felicidad de esperar un bebé y la tristeza de perder al gran amor de mi vida. Entonces comprendí que, por mi hijo, tendría que sobrevivir a esa tormenta. Durante un tiempo me sentí sola y desesperada, pero tuve que recomponerme. Así que me dediqué a terminar mi carrera de arquitectura y fui de empresa en empresa buscando lo mejor para mi pequeño Alex, que crecía dentro de mi vientre hecho de amor y de cariño. Y tras su nacimiento, conté con el apoyo de algunos amigos. Melissa Jones y Paco Trent siempre han sido mi sostén, ya que estoy sola en este mundo.
-¿Estás de broma? ¡Le va a encantar esta sorpresa tan bonita! -dice Melissa con un entusiasmo desbordante, sacándome de mis pensamientos. Y tiene razón. Esta es la primera fiesta de cumpleaños de verdad que le organizo a Alex. Y cielos, todo está exactamente como él lo describió en sus sueños de niño.
Sonrío satisfecha.
Haberme graduado en arquitectura -un empeño de mi difunto esposo- me abrió otros caminos y me devolvió la dignidad. Y actualmente trabajo para Bennett Designer S. A., una de las mayores empresas de diseño y arquitectura de este país y del mundo. Y esa oportunidad me ha dado este momento mágico con mi primer sueldo. Hoy Alex cumple siete años, y hacer realidad su sueño de niño es más que una satisfacción para mí.
-¡Ya llegaron! -avisa Elizabeth, una vecina, con una emoción contenida, escondiéndose tras una cortina, y enseguida nos animamos a hacer lo mismo, ocultándonos detrás de algunos muebles.
-¿Mamá todavía no llegó? -oigo refunfuñar a mi hijo a su padrino, que también es nuestro vecino y gran amigo, todavía en el vestíbulo de la casa.
-Sabes que aún es temprano, ¿verdad?
-No importa, es mi cumpleaños, Paco -replica con cierto tono de reproche, haciéndome sonreír.
-Tranquilo, campeón. Pronto podrás abrazarla y ella te va a mimar como siempre hace. Ahora, ¿qué tal una partida de videojuego? -le propone, atrayéndolo hacia el salón.
-¡Sí! -Y, como siempre, mi niño se emociona, aceptando sin pensarlo dos veces, y enseguida oigo sus pasos apresurados entrando en la habitación.
Entonces pienso: es ahora.
-¡¡¡Sorpresa!!!
Todos gritamos al mismo tiempo, surgiendo de repente de nuestros escondites. Los silbidos, los aplausos y las cornetas llenan toda la sala, trayendo un brillo especial a los ojos oscuros de mi niño. Confieso que es mágico ver cómo se dibuja en sus labios una sonrisa llena de sorpresa, y cómo el brillo de sus ojos parece irradiar hasta el último rincón de esa sala. Alex festeja con alegría al ver todos los globos de colores adornados con cintas y una mesa abundante, llena de dulces y de bocadillos, además de una tarta con el tema de su héroe favorito.
-¡Mamá! -grita mi hijo, feliz de la vida, y confieso que ese es mi mejor premio. Verlo correr a mis brazos mientras luce la sonrisa más bonita del mundo. Y cielos, lo beso una y otra vez, aspirando su olor delicioso, sin poder soltarlo ni un solo segundo. Y es como si mi corazón fuera a estallar de tanto amor.
-¡Felicidades, hijo mío! -susurro, ensanchando mi sonrisa. No tarda en llegar el momento de cantar el cumpleaños feliz. Y minutos después, Alex empieza a abrir sus regalos con muchísima alegría. Y tras devorar un trozo generoso de su tarta favorita, me envuelve con sus brazos cariñosos en un abrazo apretado que amo tanto.
-Mamá, ¿ya puedo ir a jugar con ellos?
No hay forma de decirle que no, al fin y al cabo es su día.
-Claro que sí, cariño, ¡ve!
Paso un rato observándolo divertirse con orgullo, mientras se aleja a buscar su pelota para ir a jugar al jardín con sus compañeritos de escuela. Y Dios, simplemente no consigo apartar los ojos de él.
-De verdad que eres una madre espectacular -murmura Paco, apoyándose en el murete de la terraza, justo a mi lado.
-Y tú eres un gran amigo -lo miro de reojo, volviendo enseguida a mirar a los niños jugar-. Y nunca podré agradecerte lo suficiente por todo lo que haces por él.
-Ni falta que hace. Quiero a ese niño como si fuera mío -esa confesión suya me hace mirarlo a los ojos. Paco se pone serio, y sus pupilas parecen querer atravesar las mías.
-Pero ¿qué pasó? -la pregunta preocupada de Melissa me hace apartar la vista de mi amigo para mirar hacia otro lado-. ¡¿Alex?! -lo llama con preocupación, mientras yo lo miro fijo, parado en medio del jardín. Alex parece que no puede respirar bien y mi corazón se detiene de golpe.
-¡¿Alex?! -lo llamo, completamente aterrada, y corro hacia él en el mismo instante en que cae sin fuerzas al suelo-. ¡¿Alex?! -me desespero, arrodillándome a su lado, cuando siento lo helado y lo flácido que está-. Hijo, háblame, por favor -le suplico, pero no reacciona.
-¿Qué pasó? -pregunta Paco a los niños, que parecen asustados.
-No sé -responde uno de ellos.
-Estábamos jugando al escondite y de repente se paró y... se cayó.
-¡Vamos a llevarlo al hospital ahora mismo! -mi amigo lo levanta de golpe en sus brazos y sale corriendo del patio.
-Voy a buscar mi bolso -aviso, un tanto exasperada, y segundos después estoy en el asiento trasero de su coche, cuidando a mi hijo, que ahora parece muy débil.
El destino no puede volver a ser tan cruel conmigo.
Pienso, aunque en realidad creo que es más bien una plegaria. No puedo perder a alguien más cercano a mí. Por Dios, no soportaría la idea de vivir sin él.
Julia
Un mes después...
-¡Taxi! ¡Taxi! -llamo con la voz alzada, corriendo como una loca porque, como siempre, voy contra el reloj-. ¡Gracias por esperar! -digo, acomodándome en el asiento trasero del coche, y en cuanto arranca, miro la fachada del hospital que dejo atrás con el corazón partido.
La arquitectura siempre ha sido mi gran sueño, y trabajar para una empresa de gran envergadura que pueda consolidar mi nombre en este mercado es todo un logro. Sin embargo, todos esos sueños quedaron congelados en el instante en que hablé con el cardiólogo y me informó de que mi hijo tiene los días contados si no se somete a un trasplante de corazón con urgencia. Así que, desde entonces, he estado trabajando como una loca. Horas extra tras horas extra para aumentar mis ingresos y así poder reunir una cifra exorbitante que salve la vida del único amor de mi vida. Con tanto trabajo, me quedan pocas horas de descanso, y esas se las dedico a mi hijo, pasando noche tras noche dentro de un hospital con él.
Pero esta noche no. Pienso desolada, al recordar su mirada triste reclamándome un poco más de mí.
-¿Cómo está? -le pregunto a Melissa por teléfono, mientras espero la última reunión del día.
-Ahora está durmiendo. ¿Vas a tardar?
Resoplo fuerte.
-Mi jefe quiere hacer una reunión de última hora. Creo que es sobre el nuevo proyecto que quieren sacar adelante. Parece que van a elegir a algunos arquitectos en concreto para trabajar directamente con él.
-Madre mía, amiga, ¡si ya trabajas muchísimo! ¿De verdad crees que vas a tener tiempo para otro proyecto más?
Resoplo, cansada.
-No estoy segura de que me vaya a elegir a mí, Mel. Soy nueva y siempre ando llegando sobre la hora. Ya sabes cómo funcionan estas cosas. Pero no te voy a mentir, de verdad necesito algo más. El tiempo corre sin piedad y Alex... -me lamento con un suspiro cansado.
-Piensa en positivo, Julia -Melissa, como siempre, me da ánimos-. Eres una de las mejores arquitectas que conozco, y estoy segura de que te van a elegir para ese proyecto.
Sonrío ante esa confianza suya.
-Díselo a mi jefe, que es un arrogante y un egocéntrico -refunfuño, seguido de una respiración profunda. Sin embargo, un carraspeo detrás de mí me hace girarme, y palidezco al ver que se trata de uno de los socios de Bennett Designer S. A.
-Ay, tengo... que colgar ya -le aviso a mi amiga con la voz temblorosa. Y sin esperar respuesta, cuelgo de inmediato-. ¿Señor Abravanel? -susurro un tanto azorada.
-¡Señorita Ricci! -me saluda, y yo, avergonzada, bajo la mirada-. La reunión está a punto de empezar -avisa con un tono bajo, pero firme.
Asiento con un sí sutil.
-Claro que sí. Ya... voy para allá -él asiente ahora levemente con la cabeza, alejándose de mí, y solo entonces suelto el aire que tenía retenido en los pulmones.
-¡Maldición! -refunfuño, aún más desanimada tras eso, y me obligo a entrar en la sala de reuniones.
-Bueno, ¿ya estamos todos? -inquiere el señor Bennett, mirándome con cierta dureza mientras camino hacia una de las sillas-. ¿Podemos empezar de una vez esta reunión? -masculla de mal humor, acomodándose en su silla mientras yo tomo asiento en la mía-. Como todos ya saben, tenemos un gran proyecto entre manos, y nos gustaría elegir, entre los nuevos de la empresa, al mejor para esta nueva obra. Para eso, recibirán un archivo con algunas ideas sobre este diseño. Lo que quiero es que idealicen y visualicen cada detalle de este proyecto. Tráiganme ideas innovadoras, algo que me convenza de que su propuesta es lo mejor que se puede hacer. Los tres mejores diseñadores recibirán este encargo y una bonificación extra por el trabajo. ¿Alguna pregunta? -la mirada firme de David Bennett recorre la mesa, deteniéndose en cada empleado en busca de dudas.
Yo tengo una. Pienso, pero no me atrevo a decirla. ¿Cómo voy a hacer esto encerrada en una habitación de hospital, mientras acompaño a mi hijo, que lucha por su propia vida? No importa, Julia. Habrá una bonificación por este trabajo, y necesitas todo el dinero que puedas reunir para salvar la vida de tu hijo. Suspiro en voz baja, hojeando las páginas del proyecto, y descubro que Bennett no exageró cuando dijo que era algo grande. Un hotel de lujo con todo tipo de zonas de ocio, comercios y habitaciones en un lugar privilegiado cerca de playas que son prácticamente pedazos de paraíso aquí en la tierra.
-¡Tienen tres días! -anuncia con un tono demasiado tajante, despertándome de golpe.
¿¡TRES DÍAS!? grita mi cerebro.
Sin embargo, el jefazo se levanta de su silla y se marcha, dejando al equipo dentro de la sala aturdido y perdido entre murmullos de duda y quejas. Miro la hora en mi reloj de pulsera. No tengo tiempo para esto ahora. Pienso, ansiosa, recogiendo el material que acabo de recibir, y lo meto todo en el bolso, saliendo apresurada de la empresa directa al hospital.
****
Jamás pensé que volvería a sentir este miedo. Pienso en cuanto entro en la habitación del hospital y encuentro a Alex durmiendo tranquilo en una cama estrecha. Perder a su padre prácticamente me destrozó por dentro, y tuve que recomponer mis pedazos yo sola para soportar su pérdida y así recibir la vida que él me dejó. Pero ahora, esa vida está a punto de escapárseme también a mí.
Es angustioso no poder hacer nada. Me aterra tener las manos atadas, y me duele tener que sonreír cuando lo que quiero es llorar.
-¡Ah, ya llegaste! -susurra Melissa en cuanto nota mi presencia en la habitación del hospital. Y, como siempre, me abraza con calidez. Sin embargo, no aparto la vista de encima de mi niño.
Julia
-¿Cómo estuvo hoy? -pregunto, buscando saber.
-Estuvo bastante cansado y durmió casi todo el día -suelto un suspiro de lamento y me acerco a la cama para dejar un beso tranquilo en su pelo.
-Ya me voy -avisa Melissa, acomodándose el bolso en el hombro.
-Está bien. Y, ¡gracias por quedarte con él otra vez!
-Sabes que lo hago con cariño, ¿verdad? No hace falta que me des las gracias, cariño, al fin y al cabo, para eso están las amigas. Y además, soy la madrina de Alex.
Sonrío, y tras su salida, me quedo un rato al lado de mi hijo.
-¿Mamá? -su voz débil hace que se me haga un nudo en la garganta.
-¡Hola, cielo! -pongo algo de entusiasmo en mi voz mientras lo abrazo, tumbada en la cama.
-¡Tardaste mucho!
-Lo sé. Es que mamá tenía una reunión, pero... -abro una sonrisa amplia y cojo el bolso-. Te traje algo para tu colección -mi niño esboza una sonrisa espontánea, aunque débil, y sus ojos se llenan de expectación cuando saco un pequeño paquete y se lo tiendo enseguida.
-¡Uau, este es bien antiguo! -exclama, admirando la miniatura de un coche deportivo en la palma de su mano-. ¿Cómo lo conseguiste?
-¿Y eso qué importa? -replico, haciéndole cosquillas-. ¿Te gustó?
-¡Me encantó! -Alex sigue con los ojos clavados en el juguete-. ¿Lo puedes poner junto con los demás? -me pide, devolviéndome el cochecito, y yo lo coloco encima de una mesa en la esquina de la pared, donde hay ya media docena de cochecitos. Sin embargo, cuando vuelvo a su lado, Alex ya se ha quedado dormido otra vez.
Yo daría mi vida por salvar la suya, me digo para mis adentros, sintiendo de nuevo ese nudo que me ahoga la garganta. Sin embargo, decido dejarlo descansar y me tumbo un rato a su lado. Horas más tarde, como un sándwich que traje en el bolso y me dedico a estudiar el archivo del nuevo proyecto de Bennett Designer. Investigo las mejores opciones para una zona de ocio agradable y confortable, pero que no desentone con la propuesta exigida por el cliente. Segundos después, empiezo a dibujar un plano con sus números, formas y colores. Y sin darme cuenta, el cansancio me vence.
***
-¡Eh! -oigo una voz baja a mi lado y, con un gemido, entreabro los ojos, encontrándome al doctor Aristides de pie justo frente a mí. Me recompongo de inmediato y me doy cuenta de que me quedé dormida sobre un montón de papeles y lápices.
-Ah, ¡buenos días, doctor! -me pongo de pie enseguida.
-Buenos días. ¿Ha dormido usted aquí? -parece sorprendido.
-Oh... es que... tenía un trabajo que hacer y... -bostezo-. Aproveché la noche para adelantarlo.
El médico esboza una sonrisa forzada.
-¿Podemos hablar un momento, Julia?
-Ah... claro que sí, doctor.
El tono serio que usa para esa pregunta me deja un tanto inquieta, y eso me hace mirar a mi hijo, que aún duerme profundamente. Después, salimos de la habitación y vamos directo a su consultorio. El joven médico se sienta detrás de su escritorio y, educadamente, me señala una silla.
-Acabo de recibir los últimos resultados de los análisis de Alex -anuncia Aristides, dejándome en vilo.
-¿Y? -él aprieta los labios antes de responderme.
-Me temo que Alex no tiene mucho tiempo, Julia -el médico lo lamenta, y se me encoge el corazón-. Su hijo necesita ese trasplante con urgencia.
La angustia me invade.
-Me han informado de un donante compatible que está de camino a este hospital -interesada, me enderezo en la silla y lo miro fijamente a los ojos-. Es una cirugía muy cara, Julia, y el seguro médico de Alex no cubre los gastos de una intervención tan delicada, que durará horas.
Esas últimas palabras me resuenan en los oídos como un eco, y me trago el llanto.
-¿Cuánto cuesta esa cirugía, doctor Aristides?
-Alrededor de cincuenta mil. Eso cubrirá todos los materiales necesarios para la operación, un equipo médico completo y preparado, y la estabilidad del posoperatorio.
Jadeo de angustia.
-¿¡Cincuenta... mil!? -me atraganto-. Dios mío, ¡no tengo tanto dinero! -siento cómo la desesperación me consume el alma.
-Quién sabe, tal vez si pide un préstamo en un banco, o habla con amigos y familiares...
-¿Un... préstamo? -musito sin esperanza-. Claro, yo... puedo intentarlo.
Tras esa conversación tan dura, vuelvo a la habitación y dedico algunas horas de mi tiempo a mi hijo. Desayuno, charlas graciosas y divertidas, y un ratito para contarle un cuento. Hasta que llega Melissa y, todavía en el hospital, me doy una ducha rápida y me pongo la ropa limpia que mi amiga trajo.
-Tengo que irme -susurro bajito para no despertarlo.
-Está bien. Ve tranquila, amiga, y concéntrate en tu trabajo. Yo me voy a quedar aquí con él todo el tiempo.
-¡Gracias, amiga!
Cincuenta mil. Cielos, ¿de dónde voy a sacar todo ese dinero? Pienso en la empresa. Seguro que no le harían ese préstamo a alguien que apenas está empezando. Resoplo. Pero tengo que intentarlo. Tengo que intentar lo que sea. Solo no puedo rendirme con mi única familia.