Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > A algunas personas les gusta el drama
A algunas personas les gusta el drama

A algunas personas les gusta el drama

Autor: : Li Xiamu
Género: Romance
Mi alma flotaba inerte sobre mi propio cuerpo. Abajo, mi hijo Leo, de apenas siete años, sacudía a su madre, Isabela, pidiéndole auxilio para mí. Ella, indiferente, se arreglaba para una gala con Ricardo, su amante. Con horror, comprendí que Isabela, cegada por él, me había negado la medicación y retrasado la ayuda médica. Morí por su negligencia. Pero mi tormento no acabó. Como fantasma, vi a Isabela despreciar a Leo, quien, cojeando, buscaba ayuda. Fui testigo de cómo Ricardo, con saña, golpeaba a mi hijo, luego desmembró mi cuerpo y arrojó a Leo al río. La impotencia de ver a mi propio hijo sufrir tal crueldad, abandonado por su madre, era indescriptible. ¿Cómo pudo la mujer que amé caer tan bajo, tan ciega a la verdad que se negaba a sí misma? Aunque Leo fue rescatado, no resistió. Mi alma y la suya ahora están juntas, liberadas. Pero el juicio de Isabela, la cómplice de nuestra tragedia, apenas ha comenzado en el laberinto de su propia locura.

Introducción

Mi alma flotaba inerte sobre mi propio cuerpo. Abajo, mi hijo Leo, de apenas siete años, sacudía a su madre, Isabela, pidiéndole auxilio para mí.

Ella, indiferente, se arreglaba para una gala con Ricardo, su amante. Con horror, comprendí que Isabela, cegada por él, me había negado la medicación y retrasado la ayuda médica. Morí por su negligencia.

Pero mi tormento no acabó. Como fantasma, vi a Isabela despreciar a Leo, quien, cojeando, buscaba ayuda. Fui testigo de cómo Ricardo, con saña, golpeaba a mi hijo, luego desmembró mi cuerpo y arrojó a Leo al río.

La impotencia de ver a mi propio hijo sufrir tal crueldad, abandonado por su madre, era indescriptible. ¿Cómo pudo la mujer que amé caer tan bajo, tan ciega a la verdad que se negaba a sí misma?

Aunque Leo fue rescatado, no resistió. Mi alma y la suya ahora están juntas, liberadas. Pero el juicio de Isabela, la cómplice de nuestra tragedia, apenas ha comenzado en el laberinto de su propia locura.

Capítulo 1

Mi alma flotaba, ligera e inútil, sobre el suelo de nuestra casa.

Abajo, mi cuerpo yacía inmóvil.

Leo, mi pequeño de siete años, sacudía con desesperación el brazo de su madre.

"¡Mamá, despierta! ¡Papá no se mueve!"

Isabela se apartó con fastidio, su rostro ya maquillado para la gala benéfica a la que asistiría con Ricardo Álvarez.

Ella siempre había sido hermosa, pero ahora su belleza era fría, distante.

Isabela lo miró con dureza, sus palabras como astillas de hielo.

"Tu padre siempre con sus dramas para llamar la atención. ¡Ya madurará!"

Ricardo le había llenado la cabeza, convenciéndola de que mis crisis cardíacas eran una farsa, una manipulación para alejarla de él.

Una mentira cruel que ella había abrazado con fervor.

Leo, con lágrimas corriendo por sus mejillas, intentó detenerla cuando ella se dirigía a la puerta.

Tiró de su vestido caro.

"¡Mamá, por favor! ¡Papá está frío!"

Isabela se soltó bruscamente.

Leo perdió el equilibrio en el pequeño escalón del porche y cayó.

Un gemido de dolor escapó de sus labios.

Isabela ni siquiera se giró.

"Si sigues mintiendo como tu padre, te enviaré a un internado. Aprende a comportarte."

Amenazó, su voz desprovista de cualquier calidez, antes de subir al auto donde Ricardo la esperaba con una sonrisa satisfecha.

Vi cómo se alejaban, dejando a mi hijo herido y solo.

Un dolor agudo, más intenso que cualquier infarto, atravesó mi esencia etérea.

Quería gritar, abrazar a mi hijo, pero era solo un espectador impotente.

Mi corazón, o lo que quedaba de él, se encogió.

El arrepentimiento me consumía.

Debí haber luchado más, haberle hecho ver la verdad sobre Ricardo antes.

Ahora era demasiado tarde para mí, y temía que también lo fuera para Leo.

Mi mente retrocedió, reviviendo la pesadilla de días atrás.

Un dolor punzante en el pecho, la falta de aire.

Mi medicación, la que Isabela conocía tan bien, la que necesitaba para vivir.

Ella la había retenido.

"Ricardo se siente mal, Mateo. No es momento para tus celos y tus exageraciones," me había dicho, mientras Ricardo fingía un ligero mareo.

Ella priorizó un supuesto malestar de él sobre mi crisis real.

Retrasó la llamada a la ambulancia.

Me acusó de sabotear un evento importante para Ricardo.

Y así, morí.

Por la negligencia de mi esposa, cegada por un manipulador.

Ella, llena de una culpa que se negaba a admitir, se aferró a la narrativa de Ricardo: Mateo era un mentiroso, un actor.

Leo se levantó con dificultad, cojeando visiblemente.

Sus pequeños hombros temblaban, pero no por el frío de la mañana.

Entró a la casa, sus ojos buscando desesperadamente una solución.

Intentó llamar a emergencias desde el teléfono fijo, pero sus deditos no alcanzaban bien los números o el pánico le nublaba la memoria.

Buscó mi celular, lo encontró sobre la mesita de noche.

La pantalla permaneció oscura. Sin batería.

Su rostro se contrajo en una mueca de pura desesperación.

Lo seguí, una sombra impotente, mientras mi valiente hijo, mi pequeño Leo, decidía no rendirse.

A pesar de su pierna lastimada, a pesar del terror que debía sentir, salió de la casa.

Comenzó a caminar.

Hacia el centro, hacia "Reyes Construcciones", la empresa de su madre.

Cada paso que daba era una tortura para mí.

Veía su esfuerzo, su dolor, su hambre creciente.

Y yo no podía hacer nada más que observar.

Capítulo 2

Fueron horas de un viaje penoso.

Leo cayó varias veces, raspándose las rodillas y las manos.

El sol comenzaba a calentar, y el sudor perlaba su frente.

Finalmente, exhausto y sucio, llegó al imponente edificio de "Reyes Construcciones".

Justo en ese momento, Isabela salía, riendo con Ricardo.

La imagen era una burla cruel a la tragedia que se desarrollaba.

Leo corrió hacia ella, aferrándose a sus piernas con la poca fuerza que le quedaba.

"¡Mamá! ¡Papá...!"

Ricardo fue el primero en reaccionar, su voz destilando una falsa preocupación que me revolvió el estómago.

"Leo, ¿qué te pasó? ¿Mateo te dejó salir solo así? ¡Qué irresponsable!"

Sus palabras, como siempre, dirigidas a envenenar la mente de Isabela.

Isabela apartó a Leo con un gesto de impaciencia.

La suciedad en la ropa de Leo pareció ofenderla.

"Mateo siempre usándote para sus artimañas. ¿No se cansa?"

Su voz era fría, despectiva.

No había ni una pizca de preocupación maternal en ella.

Mi alma intentó gritar, advertirle, pero mis lamentos eran inaudibles para los vivos.

Floté más cerca, sintiendo la desesperación de Leo como propia.

Él solo quería a su madre, solo quería salvar a su padre.

Y ella solo veía un estorbo, una extensión de mis supuestas manipulaciones.

Ricardo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, se inclinó hacia Isabela.

"Seguro Mateo lo envió para arruinarte esa reunión tan importante que tenías, mi amor. Quiere hacerte quedar mal."

La semilla de la duda, siempre fértil en la mente de Isabela cuando se trataba de mí.

La ira encendió sus ojos.

Empujó a Leo con más fuerza.

"¡Eres igual que tu padre!"

Leo cayó al suelo, golpeándose la cabeza contra el pavimento.

Ricardo, en un acto de cinismo supremo, fingió tropezar con el niño caído.

Cayó aparatosamente, quejándose de un dolor inexistente en el tobillo.

"¡Ay, este niño! ¡Casi me rompe la pierna! ¡Qué torpe!"

Culpó a Leo, por supuesto.

Isabela se arrodilló rápidamente al lado de Ricardo, su preocupación toda para él.

"¿Estás bien, Ricardo? ¡Ese niño es un peligro!"

Luego, se giró hacia Leo, que lloraba en silencio, sujetándose la cabeza.

Ordenó a los guardias de seguridad, con una voz implacable:

"Llévense a este mocoso. Que espere arrodillado en el patio hasta que aprenda a no mentir y a respetar. ¡Y que nadie le dé agua!"

Leo, a pesar del dolor en su cabeza y su pierna, a pesar de la humillación, levantó la mirada hacia su madre.

"Mamá, papá está muy mal. Tienes que creerme."

Su vocecita era apenas un susurro, pero cargada de una verdad desesperada.

Isabela no lo escuchó, o no quiso escuchar.

Ricardo, mientras Isabela lo ayudaba a levantarse, le susurró algo al oído.

Luego, sacó su teléfono y le mostró unas fotos.

Eran de la feria de diseño, yo con Sofía Herrera, una colega.

Un encuentro casual, profesional.

Pero las fotos, tomadas desde ángulos estudiados, manipuladas por Ricardo, contaban otra historia.

Una historia de infidelidad, de traición.

"Mira, Isabela. Mateo planeaba dejarte, quitarte parte de tu fortuna. Por eso finge estar enfermo, para darte lástima mientras te roba."

La voz de Ricardo era suave, persuasiva, letal.

La furia de Isabela alcanzó nuevas cotas.

La "traición" de su esposo, el "uso" de su hijo.

Era demasiado para su orgullo.

"¡Llévenselo!", gritó a uno de los guardaespaldas, un hombre que yo sabía que era leal a Ricardo.

"Llévenlo a casa y enciérrenlo en su cuarto. ¡Que no vuelva a molestarme con sus mentiras!"

Su voz resonó en el patio, fría y definitiva.

Se fue con Ricardo, sin una mirada atrás para nuestro hijo, que era arrastrado por el guardia.

Mi alma se desgarró un poco más.

Ella había deseado mi muerte, aunque fuera en un arrebato de ira.

Y ahora, abandonaba a nuestro hijo a su suerte.

Leo, pequeño y frágil, fue obligado a arrodillarse bajo el sol abrasador del patio.

Los empleados pasaban, algunos con miradas de lástima disimulada, otros con indiferencia.

Nadie intervino.

El poder de Isabela Reyes era absoluto en su empresa.

Intenté consolar a Leo, susurrarle que no estaba solo, pero mis palabras se perdían en el aire.

El guardaespaldas, siguiendo las nuevas órdenes, llevó a Leo de vuelta a nuestra casa.

Lo arrastró escaleras arriba y lo encerró en su habitación.

Sin comida, sin agua, sin atención a sus heridas.

Solo.

O casi solo. Porque yo estaba allí, una presencia invisible y torturada.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022