Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > A fuego lento |Libro 1|
A fuego lento |Libro 1|

A fuego lento |Libro 1|

Autor: : D. E. Liendo
Género: Romance
Gabriela Arellano es una estudiante venezolana de último año de gastronomía, que decide mudarse a México en busca de un mejor futuro. En su primer día de clases, tropieza con un hombre y empiezan con mal pie. Ella no se queda callada y le canta las cuarenta, sin saber que tiene al frente a Mauricio Díaz: uno de los mejores chefs de la ciudad, uno de los dueños del mejor restaurante del país y, además, quien ofrecerá pasantías en su escuela a los estudiantes más preparados. Sin embargo, como el destino no puede ser más entrometido, la vida los junta varias veces y no pueden ignorar que las chispas que saltan cada vez que discuten no son precisamente de odio... sino de algo igual de fuerte, de lo que no se puede escapar. ¿Serán capaces de mantener a raya sus deseos o terminarán quemándose a fuego lento?

Capítulo 1 1.

Cierro la maleta y suspiro, agotada.

Me recuesto en la cama por unos minutos, colocando un brazo bajo mi cabeza y miro hacia el techo, pensando en mi país.

Venezuela, la pequeña parte del mundo con las playas más bellas, la gente más alegre y divertida, con sus increíbles paisajes, llena de color, de oro, de petróleo, de riquezas. Una nación con las mujeres más hermosas (y no lo digo yo, porque soy venezolana: lo dice el Miss Universo, ¿eh?), la comida más sabrosa, con tanto talento tratando de brillar y enaltecer el nombre de nuestro hogar.

Cualquiera pensaría que es maravilloso vivir aquí, pero el día a día te enseña a los coñazos que no lo es del todo.

La corrupción, que lleva más de 15 años, ha vuelto trizas un país con tanto futuro. Y, a pesar de ello, los venezolanos siempre buscamos seguir adelante, de embellecer nuestra tierra y demostrar que se puede ser mejor.

Aunque claro, no todos los venezolanos. Muchos se han acostumbrado a esta miseria, mejor dicho: a muchos les conviene esta miseria, porque la meritocracia , como le dice mi mamá, aquí es un concepto del cual se conoce muy poco.

Una gran parte de la población le gusta estar en la miseria, que le regalen la casa, la comida y darse uno que otro lujo sin tener que mover ni un músculo. Lo peor de todo es que no basta con que ellos quieran estar así, porque eso es peo de cada quien, el problema es que nos quieren arrastrar a todos a ese estado tan deplorable.

Y yo decidí que jamás viviría en la desgracia. Cuando me gradué del liceo no pude empezar a estudiar, así que de una me metí a trabajar en lo primero que encontré: vendiendo frutas y verduras en un abasto. Luego, decidí ser vendedora de equipos tecnológicos en el centro comercial más famoso para ello: el City Market. A pesar de ser un trabajo aburridísimo, explotador y repetitivo, logré reunir dinero para pagar mis estudios de gastronomía a mis 22 años (un poco vieja, como quien dice, pero no dejé que eso me desanimara) y ahora, cuatro años después, estoy por mudarme a México para culminar mi carrera y ser toda una chef profesional.

Observo mi boleto con destino a la Ciudad de México y sonrío, acariciando la fecha. Hoy será el día más nostálgico de mi vida, porque una parte de mí se quiere quedar y seguir luchando en su país, uno que amo con todo mi corazón, pero el otro ya no resiste tanta desdicha y en el fondo sé que yo me he matado mucho para obtener lo que merezco.

No me cabe duda de que extrañaré la sazón de mi país y a mi pequeña familia: a mi abuela y a mi maí-ta . Sin embargo, esto lo hago por ellas, para sacarlas de este país y que disfruten de su vejez como debe ser: estable y en paz.

«México, allá voy» pienso, contenta y me levanto para bajar a la sala y encontrarme con mi mamá.

-Voy a pedir un taxi por la aplicación esta. Ojalá no me roben el dinero como la otra vez -se queja, tomando su celular, pero yo la detengo y me rio.

-Deja lo hago yo, maíta. Dile a Miguel que me ayude con las maletas -le pido y ella afirma, dándole un apretón a mi mano.

Hoy es el inicio de una mejor vida y eso no lo va a empañar nadie. Mi vuelo sale en un par de horas, pero debo estar en Maiquetía en una hora y queda un poco lejos de Caracas, así que debería irme ya.

Luego de pedir el taxi, observo el boleto en mi mano y sonrío. Tal vez no sea el mejor país del mundo, pero me alegra el saber que estaré con mi prima Federica, que más que eso es como una hermana para mí.

Ella me espera en México, junto con mis tíos: Juana y Rafael. Viviré bajo su techo, máximo, hasta que me gradúe ya que planeo llegar buscando trabajo. No quiero abusar de la hospitalidad de mi familia, aunque no les sea un problema.

No quiero agarrarme del brazo cuando me están ofreciendo una mano, ya han hecho más que... pues, el imbécil de mi padre.

- ¡El taxi ya llegó, ma! -Exclamo y mi primo baja con maletas en mano, seguido de mi mamá y mi abuela Margarita-. ¿Para dónde va usted, señora?

- ¿Cómo que pa' donde, Gabriela? ¡A despedirte al aeropuerto! Sabrá Dios cuándo te vuelva a ver -me responde, llevándose las manos a la cadera y yo no puedo evitar reírme.

-Pronto. Ya saben que apenas pueda les mando boletos, así sea para un fin de semana -le recuerdo, colocándome a su altura para darle un beso en la frente-. Y usted está delicada de salud, así que se queda.

- ¡No me vengas a joder, carajita ! Voy con ustedes, ya lo dije -refunfuña y ya cuando habla no hay quién la contradiga.

Cuando nos trepamos en el taxi, mientras Miguel y el conductor guardan el equipaje en el maletero, observo por la ventana con nostalgia. Abandonar mi casita, después de vivir 26 años en ella, dejar (temporalmente, por supuesto) a mi mamá y a mi abuela, a la sazón de la comida deliciosa y la buena vibra de la gente atrás... Dios, cómo me duele.

Estoy feliz, no lo puedo negar, pero emigrar en mi caso no es una decisión que haya tomado porque sí, sino porque ya no puedo soportar más la realidad que me rodea. Necesito escapar y extender mis alas donde sé que nadie me privará de mi libertad.

*******************************************************************************************************************

Llaman a mi vuelo y me levanto para despedirme de mi madre. La abrazo con fuerzas y le sonrío para brindarle tranquilidad. Sé que por dentro está nerviosa por ver a su única hija emprender vuelo.

-Dios te bendiga, mija. Avísame cuando llegues y escríbeme todos los días, por favor -dice y me coloco a su altura para que bese mi frente-. Vamos a estar bien.

-Eso es lo que me preocupa, maíta -le digo-. En verdad no tengo por qué irme.

-Sí, tienes que hacerlo. La situación aquí no es la adecuada para ti, pronto podrás sacarnos de aquí y estaremos mejor. Por ahora, quiero que tú tengas un futuro brillante porque yo tuve la oportunidad de tener el mío y la desaproveché -dice, arreglando mis cabellos con sus manos-. No quiero que eso te ocurra a ti.

-En eso apoyo a tu madre, muchachita. Es hora de que vivas tu vida y que sea la que te mereces. Estaremos bien -concuerda mi abuelita, haciendo que mis ojos se llenen de lágrimas.

Hacen el último llamado y veo a mi alrededor, respirando hondo. Hay tantas familias despidiéndose con abrazos y sonrisas rotas, con la esperanza de reencontrarse en algún momento.

Yo las uno en un abrazo de oso, a modo de despedida, antes de encaminarme a la fila para abordar el avión. Cuando estoy cerca, volteo a ver a mi mamá y ella se despide con la mano y una sonrisa en el rostro.

Entrego mi boleto y camino por el túnel que conecta al avión. Cuando menos lo espero, estoy dentro de este y buscando mí lugar para sentarme. Observo por la ventana, cosa que agradezco muchísimo, y me coloco el cinturón. El celular lo pongo en modo avión y suspiro. Es entonces cuando las lágrimas que pensé que no saldrían se me suben a la garganta, creando un nudo. Cuando logramos despegar me permito liberarlas en un llanto silencioso.

Mi país es hermoso, tiene mucho potencial. Me duele saber que nunca ha sido libre como te lo pintan en los libros de historia y que no solo el gobierno afecte sino también el conformismo de la gente.

Lloro porque no sé cuándo pueda probar la sazón venezolana de nuevo, específicamente la de mi ma-dre y mi abuela, también porque no sé cuándo las vuelva a ver y abrazar. Parece que dejé poco atrás, pero es mucho.

Mis veintiséis años de vida están aquí, los recuerdos, los olores, los sabores, los colores. Incluso el dialecto, nuestra forma de expresarnos. Todo.

-Pero es hora de brillar, Gabrielita -me digo a mí misma, limpiando mis lágrimas.

*******************************************************************************************************************

Mis tíos me reciben con amor cuando llego a México. Juana y Rafael llevan toda la vida juntos y vi-nieron a este país porque su hija, Federica, logró sacarlos de Venezuela.

Nos vamos en un taxi hasta la casa de mis tíos. Me ponen al tanto de sus vidas: Juana se dedica a la casa, pero hace arreglos de ropa y con eso aporta algo a la misma, mientras Rafa labura como parquero en un hotel cuatro estrellas, así que las propinas son muy buenas.

Por otro lado, Fede es pastelera. Trabaja en una pastelería de gran renombre en la ciudad y ha escalado tanto que ahora es la chef encargada de que todo salga bien en la misma.

Me pone muy contenta saber que tienen una vida mejor y que Fede sea toda una profesional ya.

Yo debería estar más o menos como ella, ya que somos contemporáneas, pero mis circunstancias fueron otras. Cuatro años después, estoy por finalizar y, además, en otro país con una sazón totalmente diferente que muero por conocer y degustar.

Cuando el taxi se detiene, observo la casona frente a mí y respiro hondo. Las calles de Ciudad de Mé-xico son coloridas y, al contrario de lo que pensaba, el clima es fresco (cosa que agradezco). El lugar donde residen los Herrera es común, una casa de paredes amarillo pastel, una puerta de madera y ven-tanas con el famoso pecho de paloma, abiertas de par en par pero cubiertas con una tela blanca casi traslucida.

Me falta el aire de inmediato y me duelen zonas de mi cuerpo que no sabía que existían, así que ex-pulso una buena grosería para alinear los chakras, como decimos en mi país:

- ¡Ay, coño e' tu madre! Mosca y me rompiste un hueso -la regaño y nos echamos a reír-. ¿No y que no me extrañabas?

-Ni un poquito, pajua -se burla, colocándose de pie y ayudándome a levantar-. ¿Cómo estuvo el viaje? Te adelanto que no hay cama para tanta gente, así que compartiremos habitación.

-No tengo rollo con ello, Fede. ¡Te extrañé! -Admito, abrazándola de nuevo y luego le doy un zape en la cabeza-. Aunque tu amor duela, carajita.

Fede y yo charlamos mientras me instalo en la casa y mi tía prepara el almuerzo. El olor llega hasta la habitación y hace que mis tripas suenen en busca de esa comida que debe saber cómo huele: riquísima.

-Entonces, ¿empiezas mañana? -Pregunta ella.

-Sí, mañana mismo. ¡Estoy ansiosa! -Chillo, emocionada-. Ya todos deben ser amigos allí, pero no importa. Además, quiero encontrar trabajo pronto.

-Yo te puedo ayudar con eso. No te preocupes -dice, colocando una mano sobre la mía-. ¡Ay, boba! Te extrañé tanto.

Nos abrazamos, riéndonos. Luego, me ayuda a ordenar mis cosas, mientras me cuenta de su trabajo. Cuando todo está listo, compartimos la mesa y me acuesto a dormir porque el viaje ha sido agotador y mañana inicia la vida que merezco, por la que tanto me he matado estudiando y trabajando.

«Escuela de Gastronomía Mexicana» pienso, sonriendo y caigo rendida en los brazos de Morfeo.

Capítulo 2 2.

Mi prima viene conmigo en el autobús. Me explica algunas cosas importantes y sé que no las voy a recordar porque hasta en mi propia tierra era bien perdida.

-Ay no, Fede. Si me pierdo, te llamo. El primer día no me voy a aprender todas las avenidas ni las calles -digo, mareada de tanta información-. Por ahora solo necesito saber cómo ir de la escuela a la casa y de la casa a la escuela.

-No soporto como te crió Aida -se queja-. Esta es mi parada, la tuya es la siguiente. Caminas un par de cuadras y ahí está la escuela.

Afirmo a regañadientes, cruzándome de brazos. Ella niega con la cabeza y se levanta para bajarse del autobús, no sin antes darme un beso en la mejilla.

Visualizo lo que hay en las calles del lado de mi ventana, tratando de memorizar todo. Cuando el au-tobús se detiene, recuerdo que es mi parada y me levanto como alma que lleva el diablo para bajarme.

Federica me dijo que tenía que cruzar un par de calles más y encontraría la Escuela. Respiro hondo, mirando a mí alrededor. No puedo creerme que esté en un país distinto y que en un año ya seré chef.

Ando tan perdida en mis pensamientos que creo que me he pasado de calle. Miro la hora en mi telé-fono y me trago una mentada de madre. ¡Voy a llegar tarde el primer día!

Me giro para devolverme y buscar la calle correcta, pero un buen golpe me hace perder el equilibrio y mi celular vuela por los aires. ¡A mí y el Pato Lucas solamente!

¡Carajo! ¿Ahora cómo me levanto con este dolor de culo?, me quejo en mi mente y luego recuerdo mi celular, cosa que busco con desesperación.

- ¡Chingada madre!

Alzo mi rostro, un poco aturdida por el mamonazo que me di en el coxis. El tipo con quien tropecé viste un traje negro hecho a la medida y ahora está sucio y húmedo por el café. Es altísimo, o al menos así lo percibo desde el suelo, su barba es cuidada y al ras, tiene el cabello rizado y oscuro, casi negro.

No me pasa desapercibido que tiene buen cuerpo y las mejillas se me calientan de la vergüenza.

- ¿Acaso no ves por dónde caminas? -me grita, llamando la atención de los peatones a nuestro al-rededor.

Salgo de mi ensimismamiento y lo miro con las mejillas encendidas de pura rabia. Estoy segura de que mis ojos le demuestran lo molesta que estoy. ¡Ni siquiera me ha ayudado a levantar!

Yo sola lo hago con dificultad, sobando mi trasero. Encuentro mi celular rápidamente en la acera, con un ligero rayón en la pantalla. Lo que me faltaba, pienso.

-Oye, pero ¿quién coño te crees? -pregunto, acercándome más a él-. ¡Fue un jodido accidente! Además de gruñón, maleducado. Pudiste haberme ayudado a levantar.

-Tengo una jodida reunión en cinco minutos y tengo que cambiarme de ropa. Fue un accidente que no hubiese pasado si te fijas por donde caminas -dice, molesto.

Sus ojos son del color de la miel, pero oscuros por la ira. No me dejo amedrentar y coloco las manos en jarras antes de hablar.

-Mira, güevón , te digo una vaina y que te quede bien clara -lo señalo, mascullando de la rabia que tengo-. ¡Ni mi papá se ha atrevido a alzarme la voz, así que me le vas bajando a ese tonito! Un acci-dente lo puede tener cualquiera y, si tu actitud hubiese sido otra, ya me hubiese hasta disculpado, ¡pero ahora no me da la puta gana!

-Tenga cuidado usted con su tonito -me remeda y yo entrecierro los ojos, furiosa-. Ni tiene idea de quién soy yo.

-Ni porque fuera el Papa, señor -ironizo y él tensa la mandíbula. Sus ojos claros aniquilándome con la mirada, tratando de amedrentarme-. ¿Sabe qué? No pienso perder más mí tiempo con usted. Voy a llegar tarde por tener esta estúpida discusión con un macho descerebrado, así que no perderé más mí tiempo contigo. ¡Imbécil!

Me doy media vuelta, acomodándome la ropa desaliñada y el cabello. Camino en dirección a la escuela y casi que le grito gracias al cielo por permitirme llegar.

«Ese machito de pacotilla no me va a arruinar el día. ¡Ja! ¿Quién carajos se cree?» pienso, negando con la cabeza.

La recepcionista me mira con diversión, pero a la vez con cierta advertencia que me indica que no puedo, jamás, volver a llegar tarde. Me ruborizo de inmediato ante ello, mientras en mi mente solo puedo pensar en que debí cachetear al machito ese.

-Lo siento, tuve un ligero accidente y no encontraba la Escuela -me disculpo, pero sé que no valdrá de nada.

-Aquí tiene su uniforme. Cámbiese lo más rápido que pueda -me dice, extendiéndome las prendas blancas perfectamente dobladas-. Habrá una reunión con el dueño de un importante restaurante de la ciudad, no le gusta que lleguen tarde. Sin embargo, no lo notará. Probablemente tuvo un contratiempo y por eso no ha llegado. Le aconsejo que se apresure.

-Muchísimas gracias -respondo, sonriendo.

Me adentro en el baño de damas que hay a mi izquierda y me cambio de ropa por el uniforme blanco de cocinero. Me coloco el gorro y los zapatos, guardo todo en mi bolso, y me adentro en la clase con una sonrisa incómoda.

Todos voltean a verme, incluido el profesor que aprieta sus labios en una delgada línea haciendo que sobresalga su bigote gris.

-Disculpe, yo...

-No quiero excusas. Pase adelante solo por esta vez -me interrumpe, haciéndome pegar un brinco del susto. Le doy un asentimiento de cabeza y me coloco en el primer lugar que veo-. ¿Su nombre?

-Gabriela Arellano -respondo con cordialidad.

-La nueva estudiante -dice, mirándome por encima de sus gafas-. Pues bienvenida tanto a la es-cuela como a México.

-Gracias, señor -respondo, sonriendo con timidez.

Los primeros treinta minutos de clase, el chef Guzmán nos da un resumen de lo que veremos el primer semestre y yo anoto todo lo que dice, incluso las fechas de evaluación. Estoy bastante concentrada hasta que una voz masculina suena junto a mí.

-Mm, Gabriela ¿cierto?

Giro mi rostro para encontrarme con la persona que me habla. Es un hombre bastante guapo a mi pa-recer, tiene el cabello largo y liso de un color castaño claro, los ojos cafés y una barba de unos cuantos días bien arreglada.

-Eh, sí -respondo, cuando me doy cuenta de que no le respondí-. La extranjera y nueva.

-Bienvenida a Ciudad de México. Soy Cristian Santos -dice, estirando su mano y yo la acepto, es-trechándola con gusto-. Llevo desde cero en esta escuela, así que si necesitás algún apunte solo pí-damelo.

-Muchas gracias -murmuro, aliviada-. Eres un sol.

Él afirma, regalándome una ligera sonrisa. La introducción acaba y todos se enderezan en sus puestos al oír el nombre de un importante personaje: Mauricio Díaz. Al parecer es el dueño de uno de los me-jores restaurantes, no de la ciudad, sino del país y por eso todos le tienen respeto. Además de que es un excelente chef y viene de una familia que lleva la gastronomía en la sangre.

«Vaya que debe ser importante» pienso.

Me ahogo de inmediato al ver de quién se trata y capturo su atención, mientras respiro profundo para tranquilizarme. Por supuesto, Mauricio Díaz es, nada más y nada menos, que el bruto con quien tropecé hace un poco más de media hora. Y su mirada severa sobre mí me hace saber que me reconoce. En realidad, creo que no se va a olvidar de mi rostro por un buen rato.

¿Cómo es que no me esperaba esto? Soy tan calamitosa que era muy probable que esta situación se diera.

-Buenos días, señoras y señores. Lamento mi retraso, tuve un molesto incidente antes de llegar -explica, mirándome fijamente. No me acongojo bajo su escrutinio, al contrario, me yergo más en mi puesto-. Sé que todos ustedes se encuentran en el último año de estudio y esta es una de las escuelas más prestigiosas de la ciudad.

Empieza a pasearse alrededor de la mesa cuadrada con lentitud, con las manos tras su espalda. Yo respiro hondo, colocando las manos bajo la mesa para apretarlas en puños.

-Es por esto que he decidido ofrecer tres pasantías a los tres mejores estudiantes de este primer se-mestre -anuncia y todos exclaman, contentos.

Miro a Cristian y me sonríe, guiñándome un ojo. Yo afirmo en su dirección con amabilidad.

-Esas tres personas, además de ser los mejores de su clase y tener buena sazón, deben ser responsa-bles -habla, acercándose cada vez más a mí-, puntuales, organizados y ágiles.

Esto último lo dice casi en mi oído. Por supuesto, es una indirecta por el torpe incidente de esta maña-na. Yo me remuevo con incomodidad en mi lugar y siento que puedo volver a respirar cuando conti-núa caminando.

-Las pasantías durarán hasta que finalicen su último año de estudios. Luego de allí, sabrán si fueron admitidos o no como empleados fijos del restaurante -continua, deteniéndose junto al Chef Guz-mán-. Por supuesto, si entorpecen el trabajo o generan un mínimo de descontento tanto con los clien-tes como con sus compañeros, no podrán culminar las pasantías. Serán despedidos de inmediato. No tolero errores, ni consejos, ni opiniones. Se hace el trabajo como yo lo pida.

- ¿Por qué? -pregunto, haciendo que todos me miren-. Es decir, ¿por qué no acepta opiniones o consejos? No pierde nada con escuchar, señor Díaz.

-Pierdo mi tiempo, señorita... -responde, metiendo su mano en el bolsillo de su pantalón.

-Arellano -respondo, mostrando mi mejor sonrisa falsa.

-Señorita Arellano, soy un hombre que creció con una amante de la gastronomía. El restaurante ha pasado de generación en generación durante cincuenta años, pero eso no significa que se lo entregan a un miembro de la familia cualquiera -explica, mirándome con hostigamiento-. Me preparé durante años, prácticamente soy un experto en el arte culinario. He hecho un montón de postgrados, maestrías. Me eduqué muy bien para ganarme el puesto que hoy en día tengo. No necesito opiniones de pasantes o recién graduados, que apenas van a conocer lo que es el trabajo arduo.

-Señor Díaz, con todo respeto, usted ya fue un estudiante, ¿cierto? -Hablo y siento como Cristian tira de mi mano por debajo de la mesa-. Y lleva años estudiando el arte culinario, por lo que acaba de decir. Estoy segura de que, entonces, sabe que los estudiantes trabajan arduamente por aprender y mejorar. El estudio, de cualquier carrera, lleva sangre, sudor y lágrimas; así que no menosprecie a los pasantes o estudiantes, porque usted ya lo vivió.

-Cuando necesito una opinión o consejo, lo pido, señorita Arellano. De resto, me restan tiempo para trabajar.

Quiero refutar, pero Cristian vuelve a tirar de mi mano. Lo miro con molestia evidente y niega con la cabeza de manera disimulada. Noto que frente a él hay una morena que me mira con incredulidad, pero también con diversión y alza la ceja cuando ve a Mauricio.

-Aclarada las dudas, paso a informarles que visitaremos el restaurante del señor Díaz. Así verán el movimiento que hay en la cocina y tendrán una idea de cómo se trabaja en la prestigiosa Fraga -habla Guzmán.

Todos parecen estar emocionados por ello. Toman con rapidez sus cosas, supongo que para cambiarse de ropa, y abandonan la sala poco a poco.

-Oiga, un consejo -murmura Cristian, mirando de reojo a Mauricio-: No le refutés o desafiés. Es muy imbécil cuando se lo propone, lo sé de buena fuente.

-Qué lástima, no sabe con quién se ha topado -le respondo, alzando un ceja y luego caigo en cuenta de que he escuchado su acento en alguna telenovela-. Tu acento es diferente, no eres mexicano.

-No, soy de Colombia -responde, pero sigue luciendo preocupado-. Gaby, es en serio. Tome mi consejo.

-Está bien -respondo a regañadientes-. ¿Vamos?

-Vamos -dice y salimos del aula de clases teóricas.

Me adentro de nuevo en el baño para colocarme mi ropa. Sabía que iba a utilizar el uniforme regla-mentario de cocina, así que no me traje la mejor de mis prendas: un blue jean ajustado de corte alto y ligeramente rasgado en la rodilla, una blusa blanca y una chaqueta de color verde militar. En los pies calzo unas zapatillas deportivas blancas con dos franjas negras a cada lado. Me suelto mi cabello cas-taño, que cae en ondas casi hasta mis pechos.

Antes de venir a México me lo corté unos centímetros.

Salgo del baño y freno a tiempo para no tropezar con Mauricio Díaz, otra vez. Él vuelve a mirarme de arriba abajo, no sé si analizándome o de forma despectiva, y cuando conecta nuestras miradas, sus ojos claros se tornan oscuros.

-Señorita Arellano, qué bueno que la veo -habla, sonriendo con altanería.

-Usted dirá para qué soy buena, señor -respondo, fingiendo cortesía.

-Quiero dejarle en claro una cosa -murmura, acercándose a mí. Retrocedo un par de pasos por iner-cia, pero me freno al ver que está logrando lo que quiere y alzo la barbilla con orgullo-. Puedes es-forzarte todo lo que quieras, ser la número uno de tu clase, la chef más prometedora; pero no vas a obtener la pasantía en mi restaurante. Créeme que puedo asegurártelo.

No le permito ver cuánto me afecta su advertencia. Sin embargo, eso no me va a detener de ser la me-jor de mi clase y haré que sea él quien me suplique, no por una simple pasantía, sino para trabajar en su cocina. Eso lo juro como que me llamo Gabriela Arellano.

-No se preocupe, agradecida estaré de no estar bajo las ordenes de un cavernícola -respondo entre dientes. Él se yergue y endurece la mandíbula, mirando a su alrededor antes de volver a mí-. Ade-más, no es el único restaurante prestigioso de la ciudad o del país. Al encontrar trabajo en uno prometo hacerle la competencia bastante difícil, machito.

Sigo mi camino, chocando mi hombro con su brazo, y salgo de la escuela para treparme en el autobús que nos llevará hasta Fraga: su restaurante.

Capítulo 3 3.

El restaurante es un edificio colonial modernizado y tengo que admitir que he quedado con la boca abierta ante tanta belleza. Este establecimiento es parte de un hotel bastante costoso, o al menos así se ve. Su fachada es inmensa, está a cielo abierto y tiene unos cuantos árboles regados por el ambiente. Hay algunas decoraciones sobre ellos como luces colgantes y unos cuantos bombillos que iluminan de manera tenue el lugar. La arquitectura parece ser grecorromana debido a su arco y columnas, así como se visualizan varios balcones.

Las paredes tienen un efecto de desgaste que deja ver los ladrillos (se nota que es mera decoración) y el nombre del restaurante en letras cursivas. Las mesas son cuadradas y rusticas, las sillas negras tienen un acolchado gris y una tela suave, un poco gruesa, de color rojo. Están decoradas con unas pequeñas luces en forma de flor de loto (en varias tonalidades) y unas cascaras marrones con detalles que no logro comprender. Tal vez representan algo de la cultura mexicana.

Logro percibir una música a un volumen bajo, agregando más elegancia al ambiente.

-Es hermoso, ¿cierto? -pregunta Cristian, acercándose a mi oído.

-Pues tengo que admitir que me ha dejado sin palabras -admito, mirándole-. Se ve la historia aquí.

-Así es. Estamos en un sitio histórico de Ciudad de México -me comenta, sonriendo-. Llevo cua-tro años viviendo aquí, a veces siento que conozco más la historia de este país que del mío propio.

- ¿Por qué dejaste Colombia? -me atrevo a preguntar, avanzando con el resto de nuestros compañe-ros. El brillo en su mirada parece desvanecerse y me cubro la boca-. Perdón, es un tema sensible me imagino. Para nadie es fácil abandonar su país, lo siento de verdad.

-Vivía en una zona peligrosa de Colombia, así que tuve que salir de allí. Honestamente, quedé muy traumado con algunas situaciones que viví y decidí venir a acá.

-Yo no soporto más la situación deplorable del país -me quejo, negando con la cabeza-. ¿Segui-mos?

Él señala hacia el resto de mis compañeros, dejándome avanzar primero. Hay una barra donde se aprecian a todos los chefs preparando platillos. Me apoyo sobre ella y me alzo de puntitas para ver mejor. La comida huele riquísima y se ve bastante tradicional, aunque hay uno que otro plato que no distingo muy bien.

-Aquí elaboran comida tradicional mexicana y algunos platos prestigiosos. El menú lo elaboró el bisabuelo del señor Díaz y este último ha ido agregando algunas cosas -me explica-. He estudiado los restaurantes prestigiosos del país. Siendo honesto, no sé si me quedaré luego de graduarme o me iré.

- ¿Ah sí? -Pregunto sin despegar la vista de la cocina-. ¿A dónde?

-Santorini, me encantaría -dice y yo le miro, sorprendida-. Es soñar demasiado, ¿cierto?

-No, no. Para nada -respondo, avergonzada-. Pensé que dirías Estados Unidos o España, no sé.

Él niega con la cabeza, divertido.

-Percibí un aura extraña entre Mauricio y usted -comenta como quien no quiere la cosa-. ¿Lo conocés de antes?

-No, no. Apenas llegué ayer de Venezuela -le respondo de inmediato-, pero sí. Tuve un altercado esta mañana con el muy... señor.

- ¿Cómo así? -pregunta, mirándome con el ceño fruncido.

-Pues tropecé con él y al parecer tenía un café en la mano. Arruiné su súper traje -imito pobremente su voz, rodando los ojos-. Y el muy patán, en vez de ayudarme, se puso a pelear conmigo.

-Ah, es que usted está como saladita, ¿no? -se burla y yo me rio sin poderlo evitar.

-Déjame de tratar de usted, sé que es común en tu país pero me siento rara -le pido y él afirma, un tanto avergonzado-. Además, el señor Díaz acaba de encontrar a quien no se arrodillará jamás ante él -agrego, mirando en dirección al susodicho, quien se encuentra mirándome, para mi sorpresa-. Ni tampoco le bajaré la cabeza.

-Ya le tocaba -habla Cristian, mirando en mi dirección-. Tiene rato mirándote. Creo que te detes-ta.

-Lo hace -respondo, mirando a Cristian y sonriéndole con malicia-. Y lo seguirá haciendo por un largo tiempo. No voy a permitir que aplaste a quien le dé la gana solo por tener dinerito.

-Igual ten cuidado -me aconseja-. No vaya a ser que ganés la pasantía y te la quite.

Mi sonrisa flaquea y miro de nuevo hacia la cocina. No puedo decirle lo que me dijo, ni a él ni a nadie. No necesito que aboguen por mí, yo misma lo haré.

-Tranquilo, tampoco es como que este sea el único restaurante maravilloso -digo, guiñándole un ojo.

-Pero igual sería una increíble oportunidad, ¿o me lo vas a negar? -pregunta y yo concuerdo con él, aunque en el fondo eso me entristezca un poco.

No me arrepiento de haberme defendido de aquel cavernícola, pero seguro que si hubiese sabido quién era...

«Espera. ¡No! No importa quién es el machito cavernícola, no tenía derecho a alterarse de esa forma por un accidente. ¡Un puto accidente!» me recuerdo.

Un accidente que me ha costado una gran oportunidad...

-Gaby, ven. Nos van a dejar degustar algunos platillos -Cristian me saca de mis pensamientos y toma mi mano, tirando de la misma para que me siente junto a él-. Esto no sucede todos los días, tienes mucha suerte, ¿eh?

-No seas mentiroso, Cris. Sabes que los primeros días de cada año nos llevan a algún sitio a comer y observar cómo manejan todo en los restaurantes importantes -intercede una muchacha, capturando mi atención-. Soy Alejandra, por cierto. Bienvenida a la escuela.

-Gracias, Alejandra -musito en respuesta, sonriéndole.

-Aquí la comida es tan deliciosa como su dueño. No sé qué tienen los Díaz pero hasta el menor es un bombón -agrega y yo finjo una sonrisa, queriendo rodar los ojos.

-Espera, ¿menor? ¿Hay otro Díaz? -inquiero, casi con horror.

-Sí, dos más. El señor Mauricio es el mayor, luego le sigue Sebastián y luego... la peor de todas...

-No sigás por ahí, Alejandra. Respetá, culicagada, ¡eh! -se queja Cristian y ella rueda los ojos, al parecer ya acostumbrada a ello.

«Tres Díaz. Diosito, ¿por qué los multiplicas?» pregunto, mirando hacia el cielo.

-No le prestés atención. Soy fiel creyente de que las personas no son blancas o negras, también tienen zonas grises -expresa en voz alta y yo busco con la mirada a Mauricio, preguntándome si ese cavernícola tiene algo de blanco en su personalidad.

Cuando lo encuentro, caigo en cuenta de que él sigue posando sus ojos sobre mí con total descaro. Yo alzo una ceja y ruedo los ojos, dándole la espalda para seguir conversando con mi nuevo amigo.

A veces la gente nacida en cuna de oro es bien creída, definitivamente.

*******************************************************************************************************************

Al llegar a casa, mi tía me tiene listo el almuerzo. Me siento junto a ellos a comer y me preguntan cómo fue mi día.

-Bien, bien. Ya hice un amigo allí y fuimos a ver un restaurante en el centro histórico de la ciudad: Fraga Restaurant -comento.

-He visto el restaurante por fuera. Es como parte de un hotel, ¿cierto? -pregunta mi tío.

-Sí, así es -respondo-. Es un restaurante muy bonito, lástima que el dueño es un total imbécil.

-No vayas a meterte en problemas, Gaby. Mira que ya te conozco -me advierte Juana y yo ruedo los ojos.

-No he hecho nada malo, tranquila. Solo les digo que no me voy a quedar callada ante injusticias, así como tampoco aumentaré egos de nadie -respondo y me bebo lo que queda de limonada en un sorbo.

Al terminar de comer, me acuesto en la cama para ver un poco mis redes sociales y le escribo a mi primo por WhatsApp para saber cómo están mis señoras. Me dice que todo va en orden, calmándome e incrementando el cuánto las añoro.

Pronto le pediré que me deje llamarlas por aquí o hacer un video llamado.

Le escribo a Cristian para ver si quiere salir en un rato y me dice que sí, que tiene mucho que mos-trarme. Cuando ya he reposado la comida, me doy otro baño y me cambio de ropa. Me visto con una camisa blanca con las mangas ¾ de color azul y unos blue jeans, me calzo unas deportivas blancas y tomo mi bolso pequeño del mismo color.

Cristian me informa que está afuera y me despido de mis tíos. Abro la puerta y me sorprendo al ver a mi amigo trepado en una motocicleta.

- ¡Vaya, vaya! -admiro, sorprendida-. Pareces el niño bueno de la historia, pero en realidad eres el chico malo, ¿eh?

-Nada de eso -responde, riendo un poco-. Los chicos buenos también manejamos motocicletas.

-Ya veo. ¿A dónde vamos? -pregunto, trepándome detrás de él.

-Pues pensé en un pequeño recorrido, cerca de la escuela. Así no te me pierdes tanto -dice, ten-diéndome el casco.

Le doy un ligero empujón con mi hombro y veo un asomo de sonrisa antes de que se coloque su casco. Él acelera y me sostengo bien de su cintura, sintiendo bajo su delgada camisa un fuerte abdomen, hasta el final del corto recorrido.

Se detiene frente a la escuela y estaciona su moto, asegurándola con candado.

-Bien, aquí caminamos -dice y le tiendo el casco para que lo guarde en la motocicleta.

Me muestra los alrededores de la zona. Está el Hotel Roosevelt, Bizarro Café Roma (que es un bar restaurant), una gasolinera y un restaurante belga llamado Le Pain Quotidien. Además, al contrario de todo lo que vamos viendo, está un mercado.

Hacemos una caminata como de 30 minutos aproximadamente, mientras me va mostrando los alrede-dores. Cafés, farmacias, restaurantes, es todo lo que veo.

Creo que me estoy enamorando de CDMX.

-Esta es la Plaza Luis Cabrera -me explica cuando llegamos a nuestro próximo destino-. No es tan lejos, pero como te estaba mostrando todo se nos hizo largo el recorrido.

Los árboles no pueden faltar en el ambiente, además de una gran e imponente fuente. Puedo ver que hay algunos restaurantes, boutiques y ciclopistas alrededor del lugar.

-Creo que me he mudado al sitio correcto -pienso en voz alta-. Todo esto es maravilloso. Hay gastronomía en cada rincón.

Quiero sorprender a mi prima, visitándola en su trabajo. Aunque aún faltan unas cuantas horas para que salga.

-Podemos tomarnos un café -me invita.

-Soy más de chocolate, pero gracias -acepto, colgándome en su brazo de nuevo.

Nos acercamos a Café Toscano. Hay varias mesas en las afueras del local, muy bien decoradas y boni-tas. Sin embargo, yo sigo a mi amigo dentro donde se puede apreciar todo mejor. Hay mesas pequeñas y largas, con luces tenues colgando sobre las mismas y decoraciones con plantas pequeñas. Nos dirigimos a la barra, sitio donde se aprecia un montón de botellas de cervezas y vinos.

-Un café con leche, un chocolate caliente y dos golfeados, por favor -pide Cristian.

Paga la cuenta de una vez y nos sentamos en la primera mesa libre que vemos.

- ¿Qué te parece el lugar? -pregunta.

-Es hermoso -admito, mirando todo a nuestro alrededor.

-Pues otro día podemos venir a almorzar o cenar. El vino de aquí es excelente -me dice, haciendo que lo mire con mejillas sonrosadas.

-Me parece bien -acepto, mostrando una leve sonrisa-. También me gusta mucho beber, así que dime que conoces clubes o sitios a los cuales ir.

-Déjame decirte que conozco varios y que hay un bar cerca de la escuela -dice, guiñándome un ojo-. Varios de los muchachos suelen ir allá algunos viernes después de clases.

-Suena bien para mí -respondo, contenta.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022