Olvidar, lo inolvidable
Cuando Ana Isabel recibió esa mañana, la noticia de que se convertiría en la asistente personal de la gran empresaria Abril Rowling, sintió que la vida le estaba devolviendo las cosas que desde hace tiempo esperaba.
-A partir de mañana, estará trabajando directamente con la Sra Rowling. Ella despidió a su antigua asistente, así que te encargarás de suplir a Janeth. Espero que tengas suerte -le comentó la jefa de departamento de Recursos Humanos.
-No se va a arrepentir, haré que la Sra Rowling esté conforme con todo mi trabajo.
-Eso espero Ana Isabel. Aprovecha esa oportunidad. Por ahora, recoge las cosas y ponlas en la que será desde hoy, tu nueva oficina.
-Ahora mismo. -dijo visiblemente emocionada, salió de la oficina de Raquel y fue por sus cosas.
Colocó la caja sobre la mesa, metió sus libros preferidos de empoderamiento femenino y mindfullnes, la libreta de anotaciones, su laptop y el portaretrato donde aparecía junto a su amado Fernando. Lo sujetó entre sus manos y le habló como si estuviese frente a él.
-Ahora, podremos tener más dinero para alquilar nuestra nueva casa. -exhaló un suspiro, aquello la llenaba de ilusión.
Pronto podría casarse con Fernando e irse a vivir a un lugar más cómodo para ambos. El pequeño Loft donde vivían, cada vez se hacía más incómodo. Todos los instrumentos de Fernando, el órgano y la guitarra eléctrica, las cornetas y la caja se cables ocupaban el 50% del reducido espacio de 6x6 mts² donde vivían desde hace dos años.
Ana Isabel tomó la caja y fue hasta su nueva oficina. Abrió la puerta con una mano y luego con su cadera la empujó para lograr entrar. Aquel lugar era espectacular, comparado con su cubículo como recepcionista del departamento de reclamos y atención al cliente en la empresa. Ahora sería la asistente personal de la afamada empresaria Abril Rowling, Presidenta y CEO de Redline, la prestigiosa marca de productos de belleza en Manhattan.
Luego de colocar las pocas cosas que llevaba en su caja, se sentó para disfrutar del confort de la silla de cuero negro, ergonómica y giratoria. Tantas veces se imaginó en aquel lugar, que sonríe satisfecha, sus planas en el libro de los sueños realizados, estaba funcionando.
Las horas pasaron rápidamente mientras organizaba todo, por lo que al mirar el reloj, ya estaba por terminar su horario de trabajo. Tomó su bolso, sacó las llaves y salió apresuradamente para tomar un taxi hasta el supermercado que quedaba a pocos metros de su casa. Pensó "compraré una botella de vino para festejar con Fer, se que se pondrá muy feliz con esta noticia". Quería sorprenderle.
Entró al supermercado, compró lo que necesitaba y salió del lugar, caminó hasta su casa, introdujo la llave y la puerta se abrió con el leve roce de sus manos. Se sorprendió de que no estuviese asegurada, escuchó voces y reconoció la voz de Minie, la corista de la banda donde Fernando cantaba. Al acercarse, vio a la corista sosteniendo entre sus manos, no precisamente el micrófono, sino el falo de su pareja desde hace dos años.
Ana Isabel, no podía creer que eso estuviese pasando. No ese día, no cuando todo parecía ir de maravillas. La bolsa que llevaba en sus manos, cayo estrepitosamente al piso.
-¡Fer! -gritó, él abrió los ojos y la rubia volteó a verla.
Fernando, empujó la cabeza de la chica hacia atrás, por poco le desprende la cervical y por poco ella no le arranca un pedazo con los dientes.
-Ana, no es lo que crees -se levantó abruptamente del sofá cama. Intentó calmarla pero ella estaba que echaba espuma por la boca de la rabia.
Su rostro se tornó enrojecido, las mandíbulas sumamente contraídas y la mirada fija en su novio de toda la vida.
-¡Suéltame y sal de aquí ahora mismo, con tu mujercita! -exclamó llena de indignación y dolor.
-Mi amor, déjame explicar... -la mano de ella estampó sus dedos en el rostro de Fernando, impediendo que este culminara la famosa frase. Fernando la miró sorprendido, nunca la había visto actuar de esa manera. Nunca vio tanto odio en ella como en aquel momento.
La rubia tomó su bolso y sin decir nada, salió de allí apresurada.
-Vete Fer, vete porque no sé de lo que soy capaz. -dijo enardecida, señalando la puerta.
-Ana, yo te amo. Nos vamos a casar en dos meses, lo olvidas.
-Lo olvidaste tú, ¿dime desde cuando te revuelcas con Minie? Ahora entiendo por qué el apodo, es una maldita rata, al igual que tú. Vete ahora mismo, antes de que te queme todo lo que tienes aquí dentro, recoge tus cosas y lárgate ahora mismo. -se abalanzó contra él y lo golpeó en el pecho con frustración, pero sobre todo con profundo dolor.
Conociendo como la conocía, Fernando no dudó en terminar de arreglarse el pantalón y tomar con una mano el estuche con la guitarra y en la otra, el teclado.
-Tengo que volver por lo otro.
-No, aquí no vuelves, si necesitas ayuda, yo me encargo.
Ana Isabel, tomó la caja de cables, el monitor y lo colocó en la acera. Luego regresó y en la mochila, colocó las tres o cuatro camisas, los dos pantalones y su ropa interior. Aunque Fernando intentaba calmarla, ella estaba realmente alterada. Por suerte para él, esa noche tenían ensayos y justo en ese preciso momento llegó Esteban en su malibu clásico, modelo año 80, color crema.
-¿Qué es esto wey? -preguntó al verlo con todas las cosas tiradas en el piso.
-Ana acaba de correrme. ¿Me ayudas a meter las cosas en el baúl?
-Claro mano. -el chico rubio bajó del auto, abrió el portamaletas y colocó las cosas de su amigo.
Entre tanto, Ana lloraba desconsolada sobre la cama, seguía aturdida por aquella imagen que centelleaba en su cabeza con luces de neón intermitente.
-Te odio Fer, te odio -se cubre el rostro con ambas manos, mientras su corazón y sus sueños están totalmente destrozados.
Aquello debía ser una pesadilla, tal vez si se dormía, al abrir los ojos todo habría pasado y nada de aquello sería real. Era su única esperanza, la única.
¿Cómo su novio de toda la vida, podía haberla traicionado? ¿Cómo podría superar aquel dolor y peor aún, cómo pagaría la reservación previa del salón de fiesta, las invitaciones y el pastel?
Nada de aquello era justo para ella, nada. Cuando finalmente la felicidad parecía tocar a su puerta, un ciclón se la llevaba de un soplo.
Después de varios minutos de dolor y lamentación, Ana Isabel, se puso de pie, cerró la puerta de un sólo golpe, y se dispuso a recoger el desastre que había causado cuando dejó caer la bolsa con la botella de vino. Se agachó para recoger los vidrios, y sin darse cuenta, se pinchó el dedo pulgar con una astilla de vidrio.
-¡Mierda! -exclamó, apretó su dedo, la sangre comenzó a salir, se llevó el dedo a la boca y chupó hasta ver que ya no salía.
El sabor de la sangre, era menos amargo que el sabor de la mentira y la traición. Después de terminar de recoger, aquel caos, abrió el frezeer y tomó una lata de cerveza, necesitaba ahogar su dolor, trató de comunicarse con su amiga Lauren, pero no pudo ubicarla. "Deje su mensaje, después del tono".
Se recostó en la cama individual donde dormía abrazada con Fer, si pudiera quemar aquel sofá, de seguro lo habría hecho. Por primera vez, el pequeño Loft se veía espacioso, tan vacío como ahora estaba su corazón.
Toda la noche estuvo sin dormir, dando vueltas de un lado a otro en la cama, pensando desde cuando Fernando la habría estado engañando, imaginando las veces que los encontró juntos en su casa, sin imaginar que ambos se entendían a sus espaldas.
Finalmente, se quedó dormida, cuando el despertador sonó, se levantó de un salto. Era su primer día como Asistente Personal de Abril Rowling. Se metió a la ducha, diez minutos después salió, se vistió acorde a su nuevo cargo como asistente, se maquilló con un estilo nut que ayudara a disimular sus ojeras. Estaba lista para salir y continuar con su vida. Caminó hasta la estación del subterráneo, minutos después se detuvo el metro y subió al vagón, estaba repleto, tuvo que quedarse de pie, sostiéndose del corredor de manos superior, mientras cavilaba en su nuevo en todo lo que había vivido el dia anterior, recordó la mágica frase de su autor favorito. "El Caos, sólo es el primer paso para las nuevas oportunidades"
Esa era la actitud que debía tomar, empezar de nuevo y olvidar lo que para ese instante, resultaba inolvidable.
-¿Mi amor? -ronronea Mariah, como suele hacerlo luego de darle buen sexo a Miguel, cuando desea que le cumpla alguno de sus caprichos.
-Dime mi reina -se voltea a verla, mientras se coloca los pantalones, apurado por la hora.
-¡Quiero ir a la peluquería! ¿Será que me transfieres money?
-Mi amor, sabes que aún no cobro. Todo lo que ne queda es para pagar el alquiler de la casa. -la respuesta de negativa de él, la exaspera a tal punto, que como si lo tuviese ya pensado, se levanta abruptamente de la cama, cubriéndose con la sábana aún húmeda del sudor que su cuerpo y el de su marido habían destilado recientemente.
-No puedo creer de verdad, te la pasas trabajando día y noche, no paras en casa y nunca tienes una maldita moneda encima. -Miguel baja el rostro, cada vez es más difícil mantener los gustos y caprichos de su mujer.
-¿Cómo quieres que haga? Todo lo que gano prácticamente te lo doy y aún así, siempre me pides más Mariah.
-¿Sabes qué? Para que no tengas que trabajar tanto y andar sin plata encima, ¡esto se acabó!
-¡No te molestes! -le pide en un intento por evitar una confrontación y que ella finalmente cumpla con su amenaza de dejarlo para siempre. Se acerca a ella y la toma de la cintura, pero ella lo empuja con fuerza.
-No me toques Miguel, estoy mamada de que quieras culparme siempre de tu pobreza, me cansé ¿me entiendes?
-¿No hablas en serio, verdad?
-Pues fíjate que sí -Miguel la mira sorprendido. Pero cuanto intenta disuadirla de su decisión, recibe la llamada de su jefe. Duda en responder, pero termina atendiendo.
-Sí, señor, dígame -Hace una pausa- Ya voy rumbo hacia allá.
Sale de la habitación apresurado, mientras abotona su camisa, que dificilmente logra hacer coincidir con los ojales.
-¡Mierda, mierda! -Pasa las manos por su cabello castaño claro, y respira profundamente; él sabe que si algo no soporta el prestigioso y multimillonario James Hanks, es tener que esperar por alguien.
Miguel sube al auto, conduce a toda velocidad hasta la mansión de los Hanks. Lleva más de tres años trabajando con aquel hombre, luego de que tuviera que abandonar su trabajo de mecánico para poder darle una vida decente a Mariah.
-¡Mariah! -repite su nombre; ahora le parece imposible creer que luego de tres años viviendo juntos, ella venga a decirle que lo dejará sólo por ser un pobretón. Aún recuerda cuando la conoció.
Mariah era una mujer hermosa, morena, de cabello oscuro y ojos grandes, buen cuerpo y muchas ganas de vivir en una mansión. Él lo supo desde el primer momento. ¿Pero quien no sueña con tener al lado una mujer como ella y lograr enamoraría? Él, sólo él. Porque ella, sólo lo miró como una oportunidad de vivir dándose lujos, sin trabajar.
-¿Estás seguro que nunca me faltará nada? -pregunta, mientras desliza su mano por el pecho esculpido de Miguel.
-Claro que sí mi amor. El taller que tengo es mío.
-Pero detesto el olor a gasolina y grasa.
-¿Qué quieres que haga por ti? Dímelo y yo te complazco.
-Busca un mejor empleo, donde estés bien vestido y dónde yo pueda ir de tu brazo, sin ser señalada como la "mujer del mecánico" -Recalcó esta última frase con un mohín de repugnancia.
En ese instante y como por obra divina, Miguel recordó que uno de sus clientes más importantes, estaba en busca de chofer. Aquel trabajo era bien pagado y no estaría sucio de grasa y gasolina. Si algo tenía el pobre Miguel, era que se esmeraba en darle todo a la mujer que estuviese a su lado. Fue así como empezó a trabajar para James Hank, el dueño de la prestigiosa franquicia de autos importados, de lujo.
Salió de sus pensamientos, cuando la luz del semáforo cambió y oyó detrás de él, la bocina insistente de la fila de autos que esperaban por él. Sacó su mano, intentando calmarlos, mientras ponía en marcha su auto. No faltó quien pasando a su lado, le recordará a Micaela, su adorada madre, quien había muerto años atrás cuando apenas era un chico de diecisiete años. Ahora ya tiene veinticinco y cuando por fin cree que su vida está hecha, ocurre el caos, su novia, su mujer de hace tres años, está dispuesta a abandonarlo.
Baja del auto, camina rumbo a la entrada principal de la imponente mansión, cuya arquitectura es realmente vanguardista. Toca el timbre y la puerta se abre, del otro lado está la sirvienta, quien al verlo, sube ambas cejas y hace una mueca con la boca.
-Entra ya, el Sr Hanks está esperando por ti, desde hace varios minutos.
-No pude llegar antes... -Intenta justificarse, pero la mujer se lo impide.
-No me des explicaciones a mí, Miguel. Ve con el patrón o serás uno menos en la nómina de empleados.
Miguel asiente, camina hasta la biblioteca donde supone está su jefe. Sonríe mientras se dirige hacia allá. Era tan irónico que todos los empleados de James Hanks fuesen profesionales y aún así trabajaran en algo distinto a su profesión. Él, era técnico en mecánica, Margaret era licenciada en administración y trabajaba de sirvienta, Hermes, el jardinero era ingeniero en ambiente y por si fuera poco, el vigilante Tomas, era ex jefe de seguridad del gobernador.
Toca a la puerta, escucha la voz apacible y varonil de su jefe, aquello suena muy preocupante, sabe que cuando James habla con mayor tranquilidad, es cuando realmente está por estallar. Su carácter era bastante previsible, y Miguel ya lo conocía de sobra. Entró y lo primero que hizo fue disculparse.
-Señor había un poco de tráfico en la vía, por eso tuve que retrasarse -mira su propio reloj, asegurándose de que aún no habían pasado más de diez minutos.
-No me des explicaciones Miguel, no son necesarias. Bien sabes que me irrita esperar por alguien. -Hizo una pausa- Pero, estás de suerte, porque mi socio acaba de avisar que no podremos reunirnos, sino en una hora.
Miguel tragó en seco. ¿Suerte? Piensa. Ya había rezado tres padre nuestros y diez ave María, para que James Hanks no lo despidiera. Ser botado dos veces, sería el colmo de su mala suerte y su desgracia.
-Sírveme un trago -le ordenó- Toda vez que planificó algo y no sale como deseo, debo hacerle creer a mi mente que está todo bajo control, sino me pongo ansioso y es lo que menos deseo. Ya es suficiente, con que Estefanía me haya enviado a su abogaducha para desestimar la anulación de nuestro matrimonio. -Miguel lo escuchó, mientras servía el whisky escocés seco y doble para su jefe.
-¡Mujeres! -murmuró.- Realmente son como zanguijuelas que no buscan sino chuparte la sangre y luego, cuando ya no le sirves te botan.
-Wow! Alguien por aquí como que suena a despecho. -comentó James, al escuchar las palabras de indignación con las que se expresaba su chofer.- Sírvete uno y así me acompañas.
Miguel se detuvo a pensar, si debía o no hacerlo, pero lo necesitaba, necesitaba sentir aquel sabor amargo en su boca, que le hiciera recordar que había cosas menos dolorosas que el abandono de la mujer que amaba.
Accedió a tomar un trago, mas la conversación se tornó tan amena, que fueron luego, dos y tres. Hasta que James como autómata, se percató de que ya pronto sería la hora de su reunión con uno de sus clientes más importantes.
-Deja eso y vamos. En quince minutos debemos estar en el restaurante. -Miguel se levantó rápidamente, se arregló la camisa y salió.
Salió detrás de su jefe, le dio alcance para abrirle la puerta principal y luego la del lujoso Mercedes Benz GLA color plata. Catorce minutos después, estaban frente al lujoso restaurante francés "L'exquisité". Miguel bajó del auto para abrirle la puerta del coche. James bajó, se acomodó el elegante blazer gris y se dispuso a entrar.
En tanto, Miguel regresó a su puesto. Mientras recordaba todos los momentos vividos con su amada Mariah, las lágrimas se enjugaron en la cuenca de sus ojos, a punto de derramarse. Aunque él trató de ser fuerte, no podía ocultar su tristeza, Mariah era su reina, todo por lo que luchó durante esos tres años. ¿Cómo podía acabar todo en apenas minutos? No era justo. Debía haber una manera de convencerla de continuar juntos. Tomó su móvil y comenzó a llamarla, mas ella no contestaba, optó entonces por enviarle un par de mensajes: "Mi amor, espero que cuando llegue esta noche, podamos hab... borró el mensaje y volvió a reescribirlo, pero cada vez que lo hacía, su ego lo confrontaba ¿Piensas rogarle Mick? Deja ya de implorar un poco de amor.
Se debatió entre su deber y su querer por algunos minutos, terminó ganando su querer y entonces le dejó grabado un audio: "Chiquita, te amo. Cuando llegue te invito a..."
No pudo terminar la frase, cuando vio a través del vidrio de frente, vio a la hermosa mujer bajando del auto estacionado al lado del suyo, acompañada de un hombre bien vestido y de edad suficiente como para ser su abuelo. Miguel no alcanzaba a creer lo que sus ojos veían, era Mariah e iba del brazo de aquel viejo millonario.
No había vuelta atrás, Miguel debía aceptar lo más difícil de todo, su mujer no lo amaba, nunca lo amó. Las palabras de su jefe eran verdad, "Somos sólo seres de conveniencia" costaba aceptarlo, sí. Creerlo era ya doloroso. La hermosa morena miró hacia atrás y se encontró con la mirada de su ex. Sin esperarlo, ella sonrió y rodó los ojos para luego acariciar el cabello grisáceo de su sugar daddy.
¿Qué debía hacer? Luchar por ella, enfrentar a aquel hombre, o simplemente darse por vencido. La segunda opción era la más viablee, porque él no estaba luchando contra otro hombre para no perderla, estaba luchando contra la cuenta bancaria de su adversario y sobre todo con la ambición desmedida de la mujer que amaba.
Finalmente, James salió, Miguel bajó del coche para recibirlo. Por lo visto su jefe, estaba algo tomado, se veía risueño y torpe en su hablar que usualmente era prolijo y bien cuidado.
-Mi amigo Miguel, que le parece si vamos a tomarnos unas copas al bar del prestigioso Manhattan Square.
Miguel lo miró con asombro, normalmente James era reservado y tranquilo; mas él no estaba allí para juzgarlo, sino para obedecerlo.
Llegaron al lujoso bar, James pidió una botella de tequila, se veía muy contento ¿Qué lo tendría así?
-Quiero brindar por el gran acuerdo que firmé y sobre todo por la gran noticia de mi abogado, Estefanía aceptó la demanda de divorcio -levantó el shuter y brindó con Miguel.
Era tan absurda la vida, mientras aquel multimillonario festejaba por divorciarse, él lloraba por dentro al tener que separarse de Mariah. Después de beber lo suficiente, regresaron a la mansión, Miguel llevó a su jefe y regresó en su auto hasta su casa, la casa vacía que ahora lo esperaba. Como suele ocurrir en la mayoría de los casos "Amor y licor son mala combinación" terminó llamando y rogándole a Mariah que volviera. Pero ella no iba a arriesgar su futuro por un hombre pobre.
-Lo siento, es mi decisión, respétala.
Sus palabras y la firmeza con las que las dijo, le hicieron ver a Miguel que aquello era el final. Entre lágrimas y licor se juró esa noche, convertirse en millonario y nunca más dejar que ninguna mujer lo abandonara por ser pobre.
Lo más triste para un despechado, es cuando llega el fin de semana, aunque Ana Isabel acostumbraba levantarse tarde los sábados, ese día despertó más temprano que para ir al trabajo. No lograba sacarse de la mente la nefasta escena. Miró su móvil un par de veces, tal vez Fernando le habría escrito para rogarle que volvieran, y así ella aunque lo haría sufrir, terminaría luego accediendo y haciéndole prometer que nunca más lo haría.
-¿De verdad piensas eso, Ana? -se increpó a sí misma.- Eres una tonta y falta de dignidad, Fernando te engañó.
Su ego gritaba desde adentro para hacerla entender que no debía ir tras él. Mas, para ella era difícil asumir que todo estaba terminado. Siempre creer que las cosas llegan a su fin, es doloroso. Buscó su libro de autoayuda y leyó el ensayo de "Cómo superar a su ex" escribió la carta que luego debía quemar aunque al hacerlo, deseaba quemarlo vivo a él y a la rubia peliteñida.
Luego se sentó a meditar para calmar la rabia que le provocó revivir aquel momento, mientras lo escribía. Cerró los ojos y repitió el mantra:
-Ommmmm. -respiró profundamente, pero se quebró en ese momento.
Ana Isabel quería llorar, sólo eso. Llorar hasta ya no tener lágrimas dentro de su ser, llorar hasta quedar exhausta y no tener que volver a hacerlo. Pero nada parecía funcionar. Quizás debía salir de aquella casa, sí, eso era. Sólo así no pensaría tanto en Fernando. Tomó un taxi y fue hasta donde su amiga, Lauren. Tocó el timbre de su apartamento hasta que finalmente le abrió la puerta.
La mujer de casi dos metros, con facciones varoniles pero con sexo femenino recién operado, la miró sorprendido(a).
-Querida ¿Qué haces aquí a esta hora? -dijo sílaba por sílaba la frase.- ¿No me digas que tienes una enfermedad mortal? -se cubrió la boca con la mano para evitar mostrar su sonrisa.
Ana Isabel, se abalanzó contra ella y se refugió en su pecho.
-Oh no, esto suena más grave de lo que pensé -se abrió paso- entra, termina de entrar- y por favor no veas a los lados, tuve un encuentro fogoso anoche.
Pero cada palabra que Lauren decía, la hacían llorar y llorar con más tristeza. Lauren era inicialmente, amigo de Fernando, pero luego que se operó y se convirtió en Trans, era la mejor amiga de Ana Isabel; por suerte los conocía a ambos a la perfección.
-Cuéntame ¿qué pasó? -preguntó y ella entre sollozos, alcanzó a decirle.
-Fer y Minie, ellos -rompió nuevamente en llanto.
-Vamos, linda. No te pongas así, Fer es un hombre ardiente y esa Minie es una ratona. Seguramente se le metió por los ojos.
-No lo justifiquen Lau, yo también tengo quien se me mete por los ojos y aún así no me los llevo a mi cama ¿o tú sí?
-Realmente... -hizo un breve silencio- ¡No! Yo tampoco, por eso supe que era trans. ¿Dime tú quien en su sano juicio, a mi edad y con este rostro se para a escoger a un hombre? Los hombres no son selectivos, las mujeres sí.
-No me ayudan tus comentarios. -sacudió su nariz con sus dedos y luego pasó el reverso de su mano para terminar de limpiarse.
-¡Ugg! -tomó la toalla y se la entregó- usa esto.- se sentó junto a ella.- Ana, a veces la vida nos pone las cosas en frente de nuestras propias narices para que nos demos cuenta de la verdad y tomemos decisiones. Tanto tú como el Fer son mis amigos, pero si yo fuera tú, me olvidaba de él y comenzaba de cero. Eres bella, querida -la tomó de la barbilla- Si fuese hombre, me enamoraría de ti. Bueno es un decir, ya lo fui y nunca me gustaste -la chica lo mira confundida.
-¿Quieres darme ánimos o destruirme?
-Quiero que te des cuenta que mereces algo mejor que el Fer. Él no tiene intenciones de salir de ese bar donde toca con esa banda. Además, todas las mujeres, excepto yo, buscan a los cantantes, es parte de lo que es su vida ¿Quieres eso para ti? -Ana negó con su cabeza.
-Yo lo amo.
-Eso lo sé, verdurita. Pero tienes que quererte a ti misma. Si Fer ya te hizo eso, lo hará de nuevo. ¿Y sabes por qué? Porque él no sabe lo que quiere de la vida.
Las palabras aunque dolorosas de Lauren, comenzaban a tener sentido y lógica para Ana.
-Eres hermosa -acunó su rostro entre sus manos- Sí deseas puedo ayudarte a conseguir un partidazo.
-No estoy para enamorarme de alguien más.
-¿Quién mencionó enamorar? Yo dije alguien que te ayude monetariamente.
Aquella palabra hizo "clic" en su cerebro "deudas, cuentas por pagar"
-Mierda, debo pagar los gastos de la boda que no tendré.
-Ves lo que te digo. Necesitas un millonario que te saque de la pobreza y con el que te puedas casar. -Ana lo miró, pensativa- Tengo una amiga que lee las cartas, ella te sacará de dudas que no es Fer el hombre de tu vida y entonces, comenzarás a hacerme caso y a buscar "libertad financiera" como diría John Maxwell, aunque yo prefiero a la de "libertad sexualera" Megan Maxwell.
-No lo sé, Lau. No sé que hacer.
-Salir de dudas, querida. Ver cuál es el hombre que está destinado para ti. -se levantó del sofá- Déjame darme un baño, en minutos estoy aquí.
Ana Isabel se dejó caer sobre el espaldar del sofá, aquello era una locura, pero quedarse sentada sin hacer nada, eso era peor aún.
Minutos después ya estaban frente aquel pictórico lugar, una puerta decorada con todos los símbolos posibles de magia y hechicería; Ana Isabel sintió un escalofrío al cruzar la puerta y ser conducida por una mujer tapizada de pie a cabeza con ropa negra, hasta llegar a la cortina roja. La mujer la levantó y Ana tuvo que inclinarse para poder entrar a aquel lugar. A pesar de que le insistió a su amigo que la acompañara, este se negó señalando el enorme cartel que decía "Atención individualizada, sin excepción, ni siendo gemelas"
Ana Isabel entró, la mujer vestida al estilo de una gitana, le ofreció asiento; antes de decir algo, la mujer habló con voz fuerte y sonora:
-Si no deseas saber tu destino, puedes irte. Pero si viniste a ello, no te irás sin saber la verdad. Ana sintió ganas de reír, pero tuvo que contenerse y mantenerse seria.
No debió hacerle caso a Lauren, bien sabía que no estaba cuerdo, pensó.
-Sí, quiero saber mi destino.
-¿Confías en la magia? -la chica asintió con cierta duda.- Eso es importante, las cartas sólo dicen la verdad. -movió hábilmente el mazo de cartas y le pidió dividir en tres montones.- Por ti, por tu casa y por lo que habrás de ver -Ana se estremeció al oír aquellas palabras.
La mujer volteó el primer montón, allí estaba la carta de la muerte. Ella la miró con asombro, y la mujer caucásica golpeó con sus largas uñas aguileñas la imagen.
-La muerte, eso significa que algo acaba de terminar en tu vida. Ese algo es necesario que desaparezca para que puedas encontrar tu destino. -volteó el segundo mazo- La estrella de la fortuna, aquí dice que deberás escoger entre dos personas, una de ellas, te mentirá.
-Ya me mintió -dejó escapar la frase y la mujer enarcó la ceja izquierda mirándola con enojo.
-¿Viniste a escuchar lo que te diré o a decirme que debo decirte?
-Disculpe, no fue mi intención -bajó el rostro avergonzada.
-El otro hombre es de mucho dinero y poder -Ana abrió los ojos como platos.- Pero aquí hay algo raro -se rascó la cabeza y la miró fijamente.- Debes tomar una difícil decisión, de ello dependerá que seas feliz.
Ana Isabel, se quedó absorta en sus pensamientos, mientras la mujer negaba con su cabeza, en desaprobación a lo que vio al voltear el tercer mazo.
-Lo conocerás muy pronto, ten cuidado porque será como amor a primera vista. No te vayas con él esa misma noche. -advirtió.
-¿Eso dice allí? -preguntó con asombro.
-No, ese es mi consejo personal. A los hombres no le gusta tomar en serio a las mujeres casquivanas. -recogió las cartas y dijo:- Son 50.
-¿Cincuenta? ¿Pesos? -preguntó.
-50$. -Ana Isabel quiso refutar el precio, no llevaba 5 minutos en aquel lugar. Prefirió no perder más su tiempo y le entregó el billete.
Salió en busca de su amigo, algo decepcionada por la información de aquella mujer pero no lo encontró. Justo le llegó un mensaje "Linda, tuve que irme, cita inaplazable, éxito en tu consulta".
-¡Mierda! Lauren siempre me haces lo mismo.
Echó a andar sin rumbo fijo, cavilando cada una de las apreciaciones de la adivina. Aunque la mujer se había molestado, ella estaba segura que el hombre de las cartas era Fernando, peor mentiroso que él, no podría encontrarse jamás. Eso creyó en aquel momento.
En tanto, al otro lado de la ciudad, en igual situación que Ana Isabel, Miguel entraba al lujoso salón de conferencias donde darían un foro sobre "Ex y Xmen" aunque el título le pareció jocoso, no logró entender de qué se trataba, hasta que el hombre apuesto, musculoso, de voz imponente comenzó a hablar del tema.
-¡Somos hombres y no necesitamos de ninguna mujer para ser felices! -los asistentes al evento, levantaron su brazo derecho y con fuerza repetían aquella consigna para luego terminar abrazándose uno al otro.
-¡Somos hombres, guerreros y no las necesitamos! -gritaban al unísono.
Miguel llegó a creer que aquel Coach era algo extremo o ¿raro? Pero cuando oyó hablar de la jornada del héroe y aseguró que él era Xavier, el profesor de los Xmen, el rubio pensó en salir corriendo de aquel lugar.
-Puedo leer sus mentes -Miguel se acomodó en la silla y comenzó a desear que la tierra se lo tragara- Muchos quieren ir y rogarle a su ex, mas es en ese momento que deben ser valientes y controlar su propia mente. No deben dejarse llevar por sus impulsos sexuales y su instinto animal.
Después de aquellas palabras, la audiencia se puso de pie, aplaudieron con euforia para luego cruzar sus brazos sobre su pecho, y corear a viva voz la letra de una canción que todos, excepto Miguel, parecían saberse. Aprovechando la situación, logró escabullirse de aquel lugar. No podía creer que hubiese sido tan tonto como para seguir los consejos de su jefe.
-Coaching, ni que coaching -vociferó mientras caminaba rumbo a su coche.
-Que cartomante, ni que cartomante -murmuró ella y sin darse cuenta tropezó con alguien.
Ana Isabel trastabilló y por poco cae al suelo, de no ser por aquel hombre, quien por impulso logró sujetarla por la cintura evitando que cayera. Ella sintió un raro escalofrío recorrerle por completo y él también. De pronto, él la soltó, se disculpó sin mirarle a la cara y continuó hacia su auto. Ella lo miró con desconcierto, no le había dado la oportunidad de agradecerle el gesto.
Mas, dentro de ella, hubo algo que la sorprendió aún más. Las palabras de la cartomante vinieron como un flash a su cabeza "Lo conocerás muy pronto, ten cuidado porque será como amor a primera vista." A pesar de que Ana no logró verle el rostro, no pudo dejar de sentir un segundo escalofrío que la recorrió está vez de pie a cabeza.