Linda miró nuevamente el reloj, era la sexta vez que lo hacía en dos horas, diecinueve de febrero, era su cumpleaños número veintiocho y de nuevo estaba sola en casa, esperando por él, le había prometido estar con ella en esta fecha tan importante. Prometió; llamarla, llevarla a cenar y quedarse el resto de la noche con ella.
Pero ya Marcus llevaba dos horas y media retrasado, Linda no quería creer que él faltaría a sus promesas (Una vez más), necesitaba confiar en Marcus, quería hacerlo, solo que esta vez todo le indicaba que él no llegaría, y eso estaba destrozándole el alma, evidentemente Marcus, no cumpliría con sus palabras.
Marcus, era el amor de su vida, el hombre perfecto con el cual compartir el resto de sus días, era fuerte, atlético, cariñoso, atento, con hermosos rasgos que lo convertían en un hombre realmente atractivo, pero Marcus no era perfecto, tenía un defecto, y ese era su estado civil.
Lo había conocido hacía ya ocho años, durante un viaje realizado a España a visitar a sus padres, Marcus iba en viaje de negocios, desde el primer instante quedó prendada de sus ojos, de su manera de sonreírle y de coquetearle, durante dos semanas habían salido con frecuencia, ella solo tenía veinte años e inmediatamente pensó que había encontrado al hombre de su vida, una semana después de haberse conocido, luego de haber ido a cenar, terminaron en una habitación de un lujoso hotel, a pesar de ser su primera vez, Linda no se sintió nerviosa, estaba ansiosa por sentir aquel firme cuerpo contra el suyo.
La suya fue una entrega total y llena de pasión, después de aquella noche no le había quedado ninguna duda; Marcus era el hombre con quien quería estar el resto de su vida.
Él era diez años mayor que ella, rubio de ojos azules e intensa mirada, cuerpo atlético y una sonrisa que alumbraba su vida entera, dos semanas habían transcurrido desde que habían llegado a Madrid, Marcus había ido a conocer a sus padres, juntos habían cenado en familia compartiendo una espléndida noche, tres noche antes de volver de su vuelo de España, habían cenado gustosamente, terminando en la habitación del hotel de Marcus, justo después de hacer el amor él le había dicho.
-Eres una gran mujer Linda. . . mí Linda- ella lo había abrazado diciendo;
-Te quiero, Marcus - le dijo con voz cargada de pasión.
-Yo también te quiero, Linda - ella lo miró con ojos que irradiaban dicha e incredulidad.
-¿Lo dices en serio Marcus, me quieres? - sus ojos brillaban de una manera indescriptible
-Sí, me harías el hombre más feliz si al marcharnos de España continuáramos con esta relación.
-Nada me haría más dichosa- dijo riendo de éxtasis- estaré encantada de estar siempre junto a ti, organizaremos como nos veremos, puedes mudarte a mi casa, o yo puedo irme a la tuya, no me importa, solo quiero estar contigo Marcus.
-Hay algo que debes saber, Linda - esos ojos azules se ensombrecieron.
-Dímelo, querido - le acarició el pecho.
-No es algo que vaya a agradarte - aseguró nervioso.
-Después de haberme dicho que me quieres, nada podría opacar mi felicidad- él había guardado silencio largo rato, y luego le había dicho serenamente
-Linda. . . soy casado
Linda había sentido que su corazón se detenía, la sonrisa de su rostro desapareció lentamente.
-¿Qué has dicho? - estaba estupefacta, totalmente incrédula de lo que estaba escuchando.
-Soy casado. . . tengo una esposa llamada; Margaret y un pequeño hijo; Marcus Junior.
Linda se sentía desfallecer, se había entregado a aquel hombre, había hecho el amor con un hombre casado. . . ¡Marcus tenía una familia!
-¿Cómo fuiste capaz de hacerme esto? - él la abrazó fuertemente uniendo su desnudez a la de ella.
-Esto se llama amor, Linda.
-¡Acabo de acostarme con un hombre, al cual su esposa espera en casa!, ¡eres un bastardo Marcus!
-Te quiero Linda, no quiero apartarme de ti.
-¡Eres casado!- gimió
-Si Linda, pero si te alejas de mí, moriré
-Por mi puedes irte al mismísimo infierno - le espetó con ira mientras golpeaba fuertemente el amplio y rubio pecho.
-¡Linda, linda! - ella se tranquilizó, le miró directamente a los ojos y le dijo con voz pausada
-Suéltame Marcus, deja que me marche. . . te detesto por haber jugado conmigo, te detesto por haberme hecho el amor cuando en casa te espera tu familia, te odio porque ahora te llevas todo de mí, mientras que yo quedo sin nada.
Había salido quince minutos después de la habitación, tomado un taxi hasta la casa de sus padres. Marcus no se alejó de ella, volvió con ramos de rosas, con arrepentimiento y expresiones de amor. Linda no recordaba con facilidad cuando decidió perdonarlo, le amaba intensamente y no quería separarse de él, así que cuando regresaron de ese viaje, Linda lo hacía como su amante formal. No era justamente lo que deseaba para ella, pero pensó que poco a poco lo convencería de dejar a Margaret y dedicarse a amarla únicamente a ella con entrega absoluta, decidió olvidar las clases de moral que siempre le habían dado sus padres, así como decidió acallar la voz de su conciencia que le gritaba que destruía un hogar; le quitaba un esposo a una mujer, y un padre a un hijo, pero eso no le importaba, ella amaba a Marcus y debía pensar en ella porque si no nadie más lo haría, de esa manera decidió hasta olvidar su orgullo y su dignidad para convertirse en la otra; la amante de Marcus.
De esta manera Marcus llevaba ocho años de doble vida, en casa una esposa y un hijo, y en un apartamento en el centro de la ciudad una amante dedicada y amorosa, a la cual llenaba de regalos, prendas, joyas, era él quien pagaba todas sus cuentas y le había prohibido trabajar, de esta forma ella siempre estaría en casa esperándolo cuando él tuviese tiempo para correr a refugiarse en sus brazos.
Linda miró nuevamente el reloj.
-Llama Marcus, por amor a Dios. - diez minutos después sus ruegos fueron escuchados, su teléfono celular timbró.
-Hola - dijo con voz temblorosa.
-Cariño soy yo.
-Marcus te he estado esperando.- dijo airada
-Lo sé cariño y lo siento muchísimo - su tono de disculpa, solo lograba irritarla más.
-¿Dónde estás? - exigió saber
-Yo. . . bueno. . .
-¿Dónde estás, Marcus?, por tu bien dime la verdad.
-Estoy en el hospital - sintió que su corazón se detuvo.
-¿Estás bien?- su tono de ira cambió a preocupación.
-Sí. . . bueno es que . . . Margaret no se sintió bien y la he traído- su corazón latió de nuevo, solo que esta vez era la indignación y la decepción las que lo obligaban a latir.
-¿Y se supone que debo comprenderte?- dijo nuevamente enojada
-Cariño. . .
-Cariño un demonio Marcus. . . ¡es mi cumpleaños!, Mis padres vendrían, Fede vendría y les dije que estaría ocupada sólo para estar contigo. . . y tú. . .tú me dejas sola.
-Linda. . .
-Lo prometiste. . . he pasado el día sola, esperándote, se supone que hoy estarías conmigo. . .
-Lo sé, querida. . .
-Eso es lo que soy Marcus, tu querida, solo eso, ella es la señora, la dueña de tu tiempo- gritó colérica
-No me refería a eso - dijo nervioso.
-Pero yo sí. Estoy harta de Margaret, fastidiada de Margaret, cansada de que sólo me des el tiempo que te sobra, las pocas horas que te quedan para mí.
-Son las mejores horas de mi día, cariño.
-No uses ese tono conmigo, Marcus - advirtió
-Te lo compensaré- prometió
-No te creo, es más no quiero que me lo compenses. . . ¡vete al diablo, Marcus! - y así colgó el celular, lo apagó para que él no pudiera contactarla. Se dirigió a la cocina para encontrarse con el pastel y la mesa decorada, la botella de vino en una hielera donde el hielo estaba casi derretido completamente, las copas, las velas, Linda había pensado darle una sorpresa; no cenarían fuera porque ella había cocinado para él, quería que su cumpleaños fuera importante para él e inolvidable para ellos como pareja, ¡cumplía veintiocho!
Tomó una copa vacía y la arrojó contra una pared volviéndola añicos, conteniendo los gemidos y sollozos que amenazaban con brotar de su garganta. Prendió las velas del pastel, luego se inclinó sobre ellas y las soplo.
-Feliz cumpleaños, Linda.- después de hacer esto salió corriendo hasta su habitación y se arrojó sobre la amplia cama en la que tantas veces había hecho el amor con Marcus, tomó una almohada y gimió desesperada e incontrolablemente, así se quedó durante largas horas, llorando, gimiendo y sollozando.
sin darse cuenta, se quedó profundamente dormida, aún gimiendo entre sueños.
Marcus detuvo su auto frente al complejo de apartamentos, bajó de él y se encaminó a encontrarse con la que él sabía; una Linda enfurecida.
Sacó la llave y la introdujo en la puerta, al entrar se encaminó a la sala, encontró una copa hecha añicos contra la pared, una mesa puesta con velas, una botella de vino que navegaba en un recipiente con abundante agua, supo inmediatamente que había sido hielo, además en la mesa había también un pastel de cumpleaños.
Linda estaría furiosa y lo peor de todo es que tenía toda la razón; él había faltado a sus promesas.
Se encaminó hacía la habitación y abrió la puerta con cuidado. Caminó sigilosamente hasta la cama, sobre ella estaba Linda completamente dormida, llevaba un hermoso vestido rojo y zapatos de tacón alto color plateados, su cabellos se habían salido de un hermoso moño, y su cara mostraba rasgos visibles de que ella había estado llorando, Marcus se dijo:
-¡Eres un canalla, Marcus!- de verdad amaba a aquella hermosa mujer
Con cuidado se sentó sobre la cama y comenzó a acariciarle el rostro, ella despertó sobresaltada por el contacto y lo miró ceñuda.
-¿Qué haces aquí? – exigió saber
-Lo siento tanto cariño – ella realmente odiaba cuando usaba ese tono, ¡estaba cansada de escucharle decir que lo sentía!
-No quiero oír explicaciones – se negó rotundamente.
-Linda, por favor- gimió.
-Vete de mi casa, vete y no vuelvas-. Se levantó y se fue al cuarto de baño.
Se miró al espejo y observó que estaba horrible, se lavó la cara y los dientes, y decidió darse una ducha, así que se quitó el vestido, los tacones y terminó de soltar el moño, abrió una de las gavetas de la cual extrajo un paquete de toallitas desmaquilladoras, después de haber terminado esa tarea, entró en la ducha.
Estuvo allí aproximadamente veinte minutos, se cubrió con una bata de baño y se dirigió a abrir la puerta, debía desayunar algo, su estómago comenzaba a resentir la falta de alimento. Al salir no encontró a Marcus en la habitación, eso la enfureció y la desilusionó un poco, pensó que él se quedaría a rogar su perdón. Decidió ir a la cocina, y fue allí donde encontró a Marcus, quien ya le había preparado el desayuno.
-¿Qué haces aquí?, te dije que te marcharas.
-Sé lo que me dijiste Linda, pero no me iré. Debemos hablar.
-No tengo nada que conversar contigo.
-Sé que estas enojada y no puedo recriminártelo.
-Efectivamente- dijo cortante.
-Perdóname cariño, por favor.
-No te lo mereces.
-Lo sé, intenté venir cariño pero me fue imposible.
-Era mi cumpleaños. . . Diecinueve de febrero. . . ese siempre es mí día, sin importar lo que suceda, es mí día, debías estar conmigo, es el único día del año que me dedicas con exclusividad, es nuestro día para estar juntos.
-Lo siento cariño, lo siento muchísimo – se acercó y la abrazó con fuerza -Te amo linda, estar contigo me hace feliz, tu indiferencia me mata, perdóname. – ella lloraba.
-Había preparado un pastel y una cena con vino; tu favorito.
-Oh cariño. . . de verdad lo siento. . . ¿podrás perdonarme?
Ella levantó el rostro hacia él y lo besó; lo amaba irrazonablemente, él correspondió a su beso, el cual se fue volviendo más y más apasionado, más y más exigente.
-Te amo, Marcus - susurró
-Tú eres mi vida- respondió apasionadamente. -Deberíamos desayunar - sugirió él. Linda se retiró sonriendo pícaramente, le encantaba estar en brazos de Marcus, se sentía única, realmente protegida, sentía que ella podía llegar a ser lo más importante en su vida.
-Huele muy bien, cariño.
-Y sabe mejor- le susurró al oído y ella rió alegremente, porque sabía que él no hablaba precisamente de comida.
Algunas horas más tarde se encontraban en la amplia cama; Linda descansaba su cabeza sobre el masculino pecho.
-¿Marcus? - demandó
-¿Si?- le respondió con voz lenta, indicación de que se quería dejar vencer por el sueño.
-¿Me amas?
-Más de lo que te imaginas- le besó ligeramente los labios.
-Entonces, ¿por qué después de ocho años aún seguimos en lo mismo? .
-Cariño, sé que quisieras. . .
-No se trata de lo que yo quiera, sino de lo que tú quieras Marcus, quizás si quisieras estar conmigo realmente, ya te hubieses divorciado.
-No es tan fácil, nena. . . está el pequeño Marcus en medio.
-Lo sé, y por él he esperado tanto mi amor, pero Marcus ya ha crecido, no es ningún niño. . . es solo. . . que siento que merezco algo más que sólo ser tu amante, sueño con ser tu esposa.
-Y lo serás- declaró firme.
-¿Cuándo Marcus? – levanto la cabeza del masculino pecho, se le veía muy afligida, realmente se sentía muy triste y le miró directamente a los ojos.
-Muy pronto, cariño – respondió evasivo.
-Estoy cansada de esto, Marcus. . . llevo ocho años escuchando lo mismo.
-Solo debes tener paciencia.
-¿Cuánta más?, he sido muy paciente, he tolerado mucho. . .
-Lo sé, lo sé, cariño. . . es una situación difícil, debes esperar.
-¡Estoy cansada de esperar Marcus!, llevó ocho años esperando, siento que se me está yendo la vida esperando. . . lo que es peor Marcus, siento que me hago vieja esperándote.
-No estás vieja nena. . . eres hermosa, joven, muy inteligente y además de eso te amo muchísimo
-¡Demuéstramelo!
-¿Con el divorcio? – indagó frunciendo el ceño.
-Eso me haría inmensamente feliz, pero podemos empezar por algo más fácil. . .
-¿Cómo? – quiso saber
-¡Quiero un hijo! – Marcus permaneció observándola en silencio.
-Un hijo complicaría las cosas en este momento nena.
-¿Por qué?, no quiero seguir cuidándome, quiero un bebé Marcus, ¡tengo veintiocho años, deseo ser madre!, quiero un bebé tuyo y mío, quiero tenerlo a él cuando tú no estás, al menos quiero tener el consuelo de tener a mi hijo mientras tú te ausentas, de poder amarlo, cuidarlo, arrullarlo, de ocupar mi tiempo en él, dame un hijo Marcus. . . tengamos un hijo – él la observó largo rato en silencio, le gustaría un hijo de ellos ¡por supuesto que le gustaría!, pero. . .
-No podemos nena, al menos no por ahora. – los ojos de Linda se añejaron en lágrimas – no amor mío, eso no, no llores por amor a Dios, sabes que me parte el alma verte llorar.
-No sé cómo te amo tanto y te odio en ocasiones, eres egoísta Marcus, me niegas un hijo, pero tampoco estas dispuesto a divorciarte para estar conmigo, ¡me haces infeliz! – Sollozó- tengo que conformarme con lo poco que tienes para mí.
-Sabias desde un principio que esto sería así. ¡Nunca te mentí!
-Si me mentiste. . . si me hubieses dicho desde el primer momento que eras casado, jamás hubiese dormido contigo, jamás me hubiese enamorado de ti.
-No me acuses Linda, ni te des golpes de pecho porque llevas ocho años sabiéndolo y sigues durmiendo conmigo y sigues enamorada de mí. - sentenció
-Eres un idiota Marcus . . . sabes que es porque tengo muchos sentimientos hacia ti.
-Y porque nos llevamos muy bien en la cama – aseguró cínico, estaba furioso por el comportamiento de Linda, ella lo miró atónita - no me mires así como si te ofendiera, sabes muy bien que te encanta que te haga el amor.
-Pues tú también lo disfrutas mucho.
-Es lo que digo. . . si estamos bien hasta ahora, ¿Por qué querer alterar las cosas con un bebé?
-Sal de mi casa, Marcus. . . Sal de mi casa y no vuelvas. – se giró llorando y abrazó la almohada , Marcus estaba enfurecido, se acercó a tomarla del brazo – No me toques Marcus, vete, vete y déjame en paz.
-No me iré.
-¡No quiero escucharte, no quiero verte!
-¡Sabes muy bien que no puedes vivir sin mí!. . .
Escuchó movimientos en la habitación por varios minutos, luego una voz que comenzaba a mostrar arrepentimiento.
-¿De verdad quieres que me vaya? – ella no respondió, por lo tanto Marcus comprendió que no era una ira momentánea, Linda estaba realmente enfadada, así que sin decir más se marchó.
Linda estaba muy dolida, triste y enfurecida, un terrible dolor atravesaba su pecho, no conocía al Marcus de aquel día; un hombre frio, cínico, cruel, sin sentimientos, que se había atrevido a ofenderla cuestionando su amor, después de ocho años viviendo a la sombra de otra mujer, siendo la amante, mientras él siempre juraba amarla, no creía pedir mucho. . . ¡Amor exclusivo para ella!, estaba cansada de ser la otra.
Marcus comprendió que se había extralimitado en sus comentarios, no entendía por qué había dicho todo aquello, supuso que la presión y el estrés le pasaron factura, justo en un mal momento, la había ofendido, la había lastimado; lo sabía, sólo que no sabía cómo remediarlo. . . no quería perderla.
Cuatro días habían pasado desde aquella discusión, Marcus llamaba para disculparse pero Linda no le respondía.
El primer día, llegó al apartamento de Linda un ramo de margaritas frescas y con esa fragancia tan peculiar, las mismas habían sido enviada con una nota
"Lo siento mucho cariño, te pido mil perdones, te amo" siempre tuyo Marcus
El segundo día, llegaron jazmines.
"No podré ser feliz si me dejas, no se vivir sin ti, te amo" siempre tuyo Marcus
El tercer día, llegaron dos ramos de dalias.
"Mi vida es completamente infeliz sin tu presencia amor mío, muero de tristeza, por favor perdóname Linda, te amo" siempre tuyo Marcus
El cuarto día, seis docenas de rosas rojas, al igual que los tres días anteriores llevaba una nota
" Estoy al borde de la locura, tu ausencia, tu indiferencia me están matando mujer, mi corazón late destrozado por el daño que te he causado, sino me perdonas; estoy condenado a una vida de desdicha, dolor y sufrimiento. Te amo" siempre tuyo Marcus
Cuatro días habían transcurrido desde que linda lo echó de su casa, envió las rosas como muestra de desesperación, Linda no respondía sus llamadas, ni sus mensajes, no quiso ir a su casa para evitar agravar la situación, debía esperar a que se calmará o jamás podría recuperarla, y esa no era opción para él ¡amaba a linda!, la amaba intensamente, no quería tener que vivir sin ella.
Estacionó el auto frente a la casa, pedía a Dios que Margaret no estuviese, no estaba de humor como para liderar con ella; quien cada día se volvía más insoportable e irritante para él, serían ideas suyas, o sería por el hecho de que comparaba a ambas mujeres diariamente.
Al cruzar el vestíbulo supo que no tenía tanta suerte como esperaba; Margaret estaba en casa.
-Querido, al fin llegas.
-Si, al fin llego.
-Al parecer no traes tan buen humor.
-Solo estoy algo agotado, tengo sueño y me duele la cabeza.
-Últimamente te duele mucho la cabeza, deberías visitar a un doctor.
-Es solo estrés del trabajo Margaret, me produce mal humor y me vuelve una compañía insoportable, deberías saberlo.
-Y lo sé querido. será mejor que vayas a descansar - le rodeó el cuello y le dio un gran beso en los labios.
-Sí, será lo mejor.
-Querido debes recordar que pronto tendremos la fiesta anual en casa de los Morgan, no quiero que lo olvides.
-No quisiera asistir – dijo pesaroso
-Todos los años asistimos – se quejó
-Por eso lo digo, para que seguir asistiendo año, tras años, ya sabemos que sucederá.
-Nada de eso Marcus, me enfadaré si no vamos- dijo indignada- es un compromiso social.
-Dejémoslo por ahora Margaret, no me siento bien.
-De acuerdo – dijo zanjando la situación.
-¿Marcus, está en casa?
-No, está visitando a Andy, volverá tarde, quizás se quede a dormir allá quien sabe.
-Esa no me parece una buena idea.
-¡Por Dios Marcus!, tu hijo ya no tiene cinco años, tiene dieciséis.
-Lo sé.
-Entonces no pretendas cohibirlo, no harás de mi hijo un joven tímido e introvertido.
-No es eso lo que quiero.- se quejó enojado.
-Pero es lo que vas a conseguir.
-¡Me duele la cabeza, Margaret!.
-Si ya lo sé. . . como Marcus esta con Andy, quizás podamos hacer una pequeña fiesta. . . para dos.
-¡Me duele la cabeza, Margaret!.- dijo frío y sin más se alejó encaminado hacia la habitación.
Margaret quedó completamente perpleja por la reacción de su esposo, él jamás había sido así,¡ nunca la había rechazado!, nunca se había comportado de esa manera, sin embargo, llevaba cuatro días furioso, distante, agobiado, distraído y aunque negara que le sucediera algo, Margaret estaba completamente segura de que algo ocurría con Marcus y era algo muy delicado, ¡ ya ni siquiera hacer el amor era un incentivo para su cambio de ánimo!
¿Acaso algo empezaba a cambiar en su relación?, ¿Sería costumbre lo que les ocurría? - lo pensó con mucha preocupación, porque a pesar de haber transcurrido casi dieciocho años de matrimonio, ella amaba a su marido.
Si había algo, ella lo descubriría, por nada del mundo perdería a su esposo.
Aquella noche fue terrible... Marcus soñaba que estaba en una isla y Linda se encontraba en un bote que se alejaba cada vez más, dejándolo completamente solo. . . Linda soñaba que Marcus le gritaba a la cara lo mucho que amaba a Margaret. . . y Margaret soñaba que su esposo le confesaba, que simplemente había dejado de amarla, lo que trajo como conclusión que el trió pasara muy mala noche, a los primeros rayos del amanecer, ninguno de los tres había dormido, como le hubiese gustado.
Marcus se levantó resuelto a que recuperaría a Linda a como dé lugar, así que le compraría una hermosa joya y le pediría perdón de rodillas.
Al llegar al desayunador Margaret lo esperaba con muy mala cara, lloraba descontroladamente y lo miraba entre una cortina de lágrimas.
-¿Le ha sucedido algo a Marcus?
-No, nuestro hijo está bien – dijo entre sollozos.
-¿Entonces qué ocurre?
-Oh Marcus. . . tu madre ha muerto, le ha dado un infarto. . .
Marcus quedó de piedra, el aire no llegaba a sus pulmones, se sentía desfallecer. . . ¡su madre había muerto!, salió huyendo de casa bajo las primeras gotas de una lluvia fría, pero no le importó necesitaba ir a donde Linda, necesitaba encontrarla y refugiarse en sus brazos, era la única persona que le daría paz en un momento como ese, en el cual se sentía desfallecer.
Pidió a Dios porque Linda se apiadará de él y lo recibiera con brazos abiertos a la vez de brindarle el amor y la seguridad que necesitaba en ese momento, su madre había muerto, su amada madre ya no estaba. . . Linda era la única que podía consolarle.
Linda acababa de terminar de desayunar cuando el timbre sonó. . . ¿Quién sería tan temprano?, ¿Mas flores de Marcus?, se ajustó la bata de dormir y se dirigió a la puerta.
Al abrirla no pudo creer lo que veía; un Marcus pálido, abatido, decaído, descorazonado, él levantó el rostro y la miró directamente a los ojos
¡Marcus estaba llorando!
Supo inmediatamente, que no era a causa de los días de separación, algo más profundo le atenazaba el alma, quiso correr y abrazarlo pero permaneció donde se encontraba.
-Marcus. . . –susurró
-Mi madre. . . mi madre murió.- Linda no pudo ocultar la sorpresa, sintió un terrible dolor al observar como el hombre que amaba sufría de esa manera. Abrió los brazos brindándole refugio, él no lo pensó y se arrojó a ellos.
Lloró amargamente y en silencio, mientras sus hombros subían y bajaban vibrando por las emociones liberadas, Linda lo mantuvo refugiado en su pecho.
-Estoy contigo cariño. . . aquí estoy para ti. . . ssshhhh, tranquilo mi amor. . . todo estará bien. – eran algunas de las palabras que le susurraba al oído, sabía que realmente sufría. Marcus amaba a su madre con todo su ser, esta era una pérdida irreparable para él.
-Oh Linda. . . este dolor va a matarme. . .
-Tranquilo, mi amor- le susurró con ternura.
-Ya no está, se ha ido, no volverá jamás. . .
-Lo siento mi amor, lo siento, estoy aquí para ti, juntos saldremos de esto.
-Oh Linda, no me dejes solo. . . no soportaría perderte también a ti.
Marcus se quedó con ella todo el día y sorprendentemente, también toda la noche, la necesitaba, en esos momentos tan duros solo una persona podría brindarle fortaleza, y esa era Linda, así que aquella noche no se iría, necesitaba dormir junto a ella, necesitaba sentir que todo estaría bien y esa seguridad solo se la daba Linda. Durmieron abrazados, él se durmió primero, y ella le observó mientras su respiración era descansada y tranquila, fue allí cuando se percató, que en ocho años de relación, era la primera vez que ambos dormían en la misma cama de esa manera, sin tocarse, sin amarse, sin entregarse uno a otro. . . en ocho años era la primera vez que estaban en una cama y no hacían el amor.
Eran las dos cuarenta y ocho minutos de la madrugada cuando el sonido del teléfono de Marcus la despertó, lo tomó, observó la pantalla. . . ¡Era Margaret!. . . seguramente estaba preocupada porque Marcus no hubiese aparecido y por primera vez en ocho años sintió pena por ella, porque Marcus la había necesitado, se había refugiado en ella y había olvidado por completo a su esposa. Linda había tenido muchas veces aquella sensación de abandono, así que no le envidió nada a Margaret, apagó el celular, se acomodó nuevamente en los fuertes brazos de Marcus y se durmió.
Margaret se sentía abatida, eran casi las tres de la madrugada y Marcus no aparecía, solo rogaba al cielo que no hubiese cometido una tontería; no soportaría perder a su esposo, estaba destrozado con la noticia de la muerte de su madre, así que ¿dónde había podido ir a buscar un poco de paz y tranquilidad?. . . no tuvo la más mínima idea.