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AMOR PROHIBIDO

AMOR PROHIBIDO

Autor: : BM Cornieles
Género: Romance
Diego Zarathe ha viajado a Nueva Esparta con su hermana menor y su amiga con la intención de buscarles unos buenos hombres de sociedad a ambas y luego regresar a su hogar en Cumanique donde espera estar solo y tranquilo. Recordó que una vez en la capital una vieja amiga y viuda de un amigo de él, llamada Lorena Riego le había ofrecido su ayuda para la búsqueda de las parejas para sus amadas hermanas. Lorena siempre ha guardado un gran secreto y deseo por el amigo de su marido, pero nunca lo había aceptado. Lo que comienza con una pequeña ayuda se envuelve sin pensar en una noche de pasión que ellos nunca habían imaginado posible. ¿Se arrepentirá Diego de haberla recordado y buscarla? ¿Qué pasara en este reencuentro?

Capítulo 1 1

Siempre era una sensación de gran satisfacción al entrar en Nueva Esparta aunque tuviera que pasar por los sectores periféricos más pobres y populosos antes de llegar a Bella vista y sus espléndidas mansiones y calles lindas.

La ciudad emanaba un aroma y un aire de vitalidad y la promesa de concurridas y variadas actividades que llenaban todos los días de la estancia en la capital. Era aún más emocionante llegar al comienzo de la temporada social de Primavera, cuando todas las damas de la alta sociedad convergían en la ciudad.

Los miembros de la Copleit y Jeis acudían a Nueva Esparta en el inicio de la Primavera para divertirse. Y no cabe duda de que se divertían con la impresionante cantidad de bailes, cenas, conciertos, desayunos y fiestas al aire libre, por no hablar de la asistencia a teatros, visitas a jardines recreativos, paseos a pie y en coche por el elegante o excursiones para contemplar las atracciones turísticas, como la Museo de Nueva Esparta, o simplemente ir de compras en Meneses express.

Llegar a un día Primaveral constituía un atractivo adicional. El viaje desde Cumanique había sido largo y engorroso, y buena parte del mismo lo habían realizado con un tiempo tormentas y de lluvias, incluido algún que otro tranca de carretera que les había impedido avanzar con normalidad. Pero aunque la mañana había estado nublada, el cielo se había despejado en su totalidad durante la tarde y había salido el sol radiante.

-¿Es esto, hermano? -preguntó la hermana, la señorita Rosalba Pietri con mucho asombro acercándose con gran prontitud a la ventanilla del coche-. ¿Esto es Nueva Esparta querido Diego?

A lo mejor, quizás fuera una pregunta algo estúpida, puesto a que se acercaban más a la capital y era algo imposible confundir Nueva Esparta con uno de los pueblos por los que habían pasado durante el trayecto. Pero Diego Zarathela interpretó principalmente como una pregunta retórica y sonrió al observar la expresión de asombro de su hermana. Aunque había cumplido ventitres años, su experiencia en el mundo se había limitado hasta ahora a la finca que tenían en Cumanique.

-Sí, hermana esto es Nueva Esparta-respondió él con una sonrisa -. Casi hemos llegado, Rosalba.

-Diego pero este lugar tiene un aspecto muy sucio y desagradable -dijo su amiga que iba sentada muy tiesa junto a Rosalba, mirando con gesto desconcertado por la ventanilla sin acercarse a ella.

Habat, su amiga y gruñona, la señorita Habat Rells, a pesar de ello era muy apreciada por Diego -tenía veintiséis años. Diego tenía Veintinueve años. A menudo pensaba que Habat era una chica que se incorporaría a la sociedad muy tarde.

-Ya verás que cuando lleguemos a Bella vista cambiarás de opinión querida -le aseguró él.

-Fíjate, Habat -dijo Rosalba sin volver la cabeza frente a la ventanilla -mira cuánta gente hay en este lugar y que hermosos y encantadores edificios hay.

-Desengáñate, esto no es Nova. Pero aún no hemos llegado a Bella vista. Espero

que no te lleves un chasco nada más llegar.

Rosalba y Diego fruncieron los labios. Su amiga Habat tenía un sentido del humor ofensivo.

-Apenas puedo creer que estemos aquí -dijo Rosalba.

-Te aseguro que pensé que nos estabas mintiendo cuando después de Navidad propusiste que viniéramos, Diego. ¿Crees que tan pronto lleguemos recibiremos muchas invitaciones? En Esperanza eres una persona muy importante.

-Soy un caballero con mucho dinero, inmuebles y tierras, Rosalba -respondió él a su hermana

-Eso es suficiente. Nos invitarán a todas partes. No tengas temor, al término de la temporada social, habré encontrado a dos buenos partidos para las dos. O los habrá encontrado Sharloth.

Sharloth, era la hermana mayor de Diego, Rosalba, tenía tres años más que él y era la esposa del Caballero Townhouses.

Iba a venir también a Nueva Esparta con su marido con el expreso propósito de patrocinar y hacer de carabina a su última hermana y a su amiga, las únicas mujeres de la familia que quedaban por casar. Eran siete, dos de ellas se habían casado antes de que Diego regresara a casa tres años antes, a instancias de su padre, que estaba un poco delicado de salud. Él había permanecido ausente varios años, primero como empresario, durante las Guerras de Economía Peninsulares, otro año o más entregándose a libertinajes con sus amigos.

Pero tiempo después había regresado a casa, aunque a regañadientes, había enterrado a su padre cuatro meses más tarde y había asumido la vida de un rico hacendado dedicado a regentar su propiedad, la cual había estado un tanto abandonada durante los tres últimos años de la vida de su padre. Había casado a tres de sus hermanas con respetables caballeros y sólo le quedaba por casar a estas dos, las cuales vivían con él bajo su responsabilidad. Siguiendo la sugerencia que Sharloth había hecho durante las fiestas navideñas, había decidido llevarlas a Nueva Esparta, al gran mercado del matrimonio. Sería un gran alivio ver a las dos últimas mujeres de su familia convertidas en unas respetables señoras casadas, para poder disfrutar al fin solo de su casa y de su vida. Uno de los principales motivos por qué decidió ser empresario había sido el deseo de escapar de un hogar plagado de muchas mujeres. No es que no quisiera a su hermana y a su amiga. Pero la paciencia de un hombre tiene límites. Jamás había imaginado que en plena flor de su vida tendría que dedicar varios años a organizar bodas para las mujeres que convivían con el.

-Hermano estoy segura que habrá un montón de mujeres más bonitas que yo, y más jóvenes. No creo que atraiga a muchos pretendientes -dijo Rosalba.

-¿De modo que deseas atraer a muchos pretendientes, Rosalba? -¿No te conformas con un caballero rico y apuesto, que te amé y tú a él? La preocupación se borró del rostro de Rosalba y se echó a reír -inquirió él sonriendo y haciéndole un guiño

-Por supuesto hermano, que me conformo con un caballero de esas características -respondió.

Diego sospechaba que Rosalba había sufrido algún desengaño amoroso. Su hermana menor se había casado hacía casi un año. Pero su esposo, un joven y agradable caballero de posición respetable y acomodada, que había alquilado una propiedad no lejos de Esperanza unos meses antes de que él regresara a casa, al parecer había dirigido sus atenciones a Rosalba antes de hacerle la corte a Elizabeth. Rosalba, una joven de corazón bondadoso e inquebrantable sentido de la lealtad, solía quedarse con frecuencia en casa en lugar de asistir a fiestas en el pueblo y otras diversiones con sus hermanas. Se quedaba para hacer compañía a su achacoso padre, cuyo estado de salud siempre parecía empeorar cuando sus hijas tenían previsto participar en un evento o asistir a una fiesta. De modo que su pretendiente había decidido cortejar a Elizabeth, que era más accesible y de esa manera la rechazo a ella.

Capítulo 2 2

Veintitrés años era una edad avanzada para que una muchacha fuera presentada ante la sociedad. Pero tampoco demasiado tarde, y menos en el caso de una joven con la delicada belleza y el carácter dulce de Rosalba, la cual percibiría una generosa dote.

Diego no tenía realmente motivos para temer por ella. Pero Habat...

-No me mires así, Diego -dijo ésta cuando él fijó sus ojos en ella mucho antes de que éstos pudieran asumir una expresión de molestia

-Accedí a venir. Incluso accedí de buena manera, puesto que deseaba ver Nueva Esparta y visitar todas las bellezas que rodean esta Ciudad, incluso reconozco que me complacerá que me vista una modista que probablemente conoce su oficio, de la que Sharloth me ha hablado muy bien. Y, por supuesto, será interesante asistir a bailes. Pero te advierto que nada, absolutamente nada, conseguirá convencerme para que ocupe mi lugar en el mercado del matrimonio. Te lo agradezco, pero no estoy en venta -dijo Habat

Diego suspiró muy profundo. No había ningún rasgo delicadamente atractivo en Habat. Era una belleza impresionante, un hecho sorprendente dado que de niña tenía el pelo de color dorado y antes de que él abandonara su hogar se había convertido en una joven larguirucha y desgarbada, pecosa y con unos dientes enormes que no concordaban con su rostro. Pero a su regreso Diego había comprobado que su pelo había experimentado una interesante transformación, pasando del color dorado a un rojo vivo, que las pecas habían desaparecido, que sus dientes, fuertes, blancos y regulares, concordaban perfectamente con su rostro, realzando su belleza, y que su figura armonizaba con su estatura.

A lo largo de los años Habat, que tenía Veintiseís - había rechazado probablemente a todo buen partido, y a algún que otro caballero menos adecuado, Habat no tenía la menor intención de casarse jamás, según había declarado.

Diego empezaba a creer en aquellas palabras declaradas anteriormente. Era una idea deprimente.

-No pongas esa cara de tristeza, Diego -dijo Podrías librarte de mí en un abrir y cerrar de ojos si no fueras tan obcecado y me entregaras mi fortuna. ¡Por el amor de Dios, tengo veintiséis años ya!

-Habat no menciones el nombre de Dios en vano -dijo Rosalba con tono de reproche y molestia.

-No tengo derecho a manejar mi fortuna hasta que me case o cumpla treinta años -continuó-. Si papá viviera aún, sería como para matarlo por haber incluido una cláusula tan gótica en su testamento.

Diego estaba de acuerdo con ella. Pero no podía alterar el testamento que ya había dejado su padre. Y aunque podría haber permitido que su amiga instalara su residencia en algún lugar bajo su vigilancia -tal como ella anhelaba, aunque sospechaba que lo de «vigilarla» no entraba en los cálculos de la joven -prefería verla casada con alguien que se hiciera cargo de ella y le procurara cierta felicidad. Habat no era feliz.

Rosalba sofocó una exclamación de asombro antes de que él pudiera responder. Lo cierto era que no tenía nada que decir que no hubiera dicho hasta la saciedad durante los dos últimos años -e hizo que miraran de nuevo por la ventanilla. -¡Fijaos! -exclamó.

-. ¡Ay, Diego! Tenía las manos oprimidas contra su boca mientras contemplaba las calles y los edificios de Bella vista como si estuvieran realmente pavimentados con oro.

-Que hermoso, Confieso que Nueva Esparta mejora con cada kilómetro -declaró Habat.

Diego inspiró profundamente y espiró despacio. A su regreso había comprobado inopinadamente que la vida en el campo le complacía, pero se alegraba de haber vuelto a la ciudad. Y aunque su hermana y su amiga creían que él había venido con el único propósito de presentarlas en sociedad y buscarles marido, sólo acertaban en parte. Sus cuatro mejores amigos iban a venir también a Nueva Esparta y le habían escrito y rogándole durante meses que fuera a reunirse con ellos. Habían trabajado juntos como empresarios durante la guerra económica y habían entablado una amistad basada en experiencias compartidas y habían celebrado durante varios meses el que los cuatro hubieran sembrado y cocechado una linda amistad.

Kenedit Mohad, vizconde de Copria, Endy Silva, conde de Mundo Azul y Gregorio Rivera conde de Zarpa se habían casado. Los tres tenían hijos. Raid Corn, caballero de Venen, estaba soltero y no había sentado aún cabeza, y era el único que experimentaba todavía el deseo y la necesidad de gozar de todos los placeres que podía ofrecer la vida que al principio habían sentido todos.

Diego no había visto a ninguno de ellos desde hacía casi tres años, pero todos habían permanecido en estrecho contacto. Los otros cuatro iban a pasar la Primavera en Nueva Esparta. Diego no había tardado mucho en decidir que se reuniría con ellos allí, tanto más dado que había estado dándole vueltas a la sugerencia de Sharloth. Pero había otra razón por la cual había venido a la ciudad. La idea de casarse le producía un fuerte rechazo, aunque había varias muchachas solteras que vivían cerca de su propiedad y tenía numerosas parientas más que dispuestas a hacer de casamenteras. Es más, Sharloth había declarado abiertamente su intención no sólo de buscar marido para Rosalba y Habat en Nueva Esparta, sino de buscar una linda esposa a su hermano.

Pero durante los tres últimos años había vivido rodeado de mujeres. Anhelaba el momento en que su casa le perteneciera a él solo, entrar y salir cuando quisiera, ser ordenado o desordenado, apoyar sus botas sobre el escritorio en su biblioteca si lo deseaba, e incluso sobre el mejor sofá del cuarto de estar. Anhelaba el momento en que pudiera entrar en cualquiera de los saloncitos que utilizaba durante el día sin mirar a su alrededor temiendo ver otro pañito bordado o de ganchillo adornando la superficie de una mesa. Anhelaba el momento en que pudiera permitir que un par de sus perros favoritos entraran en la casa. No tenía la menor intención de sustituir a sus hermanas y a su hermana por una esposa, la cual permanecería forzosamente a su lado el resto de su vida, encargándose de la intendencia de su hogar para la supuesta comodidad de él. Estaba decidido a seguir soltero, al menos durante varios años más. Ya él tendría tiempo de casarse cuando hubiera cumplido los Treinta y cinco, suponiendo que para entonces no pudiera reprimir el sentimiento de culpa de no haber procurado tener un heredero para Esperanza.

Pero aunque estaba firmemente decidido a no casarse, sentía una necesidad casi brumadora de tener una mujer. A veces habían momentos que le asombraba e incluso alarmaba percatarse de que hacía casi tres años que no había tenido una. Sin embargo, durante los años que había pasado en el exilio había sido un joven tan fogoso, e incluso más, que sus compañeros y a él nunca les habían faltado mujeres dispuestas a acostarse con ellos.

Capítulo 3 3

Rosalba y Habat eran sin duda su principal responsabilidad. Pero no ocuparían todo su tiempo. Habría todo tipo de actividades reservadas únicamente a las mujeres, y Sharloth sería una celosa carabina. Por lo demás, podría disponer de sus noches como quisiera, salvo en las ocasiones en que hubiera un baile, las cuales, pensó, serían muy frecuentes. Estaba decidido a saciar sus apetitos plenamente durante su estancia en la ciudad, pues ya tenía tiempo que no saciaba su deseos masculinos.

Raid sin duda podría hacerle un par de sugerencias al respecto. Sí, se alegraba de estar de vuelta en Nueva Esparta. Su carruaje se detuvo frente a una casa de fachada elevada y elegante aspecto de Townhouses. Era la casa que Diego había alquilado para la temporada social. Sabía que no estaba lejos de Alta vista o de baja vista. Estaba situada en uno de los mejores barrios de Bella vista. Se bajó rápidamente del coche incluso antes de que el cochero colocara los escalones, y alzó la vista para contemplar la casa. Durante sus estancias en Nueva Esparta siempre se había alojado en un piso de soltero. Pero con una hermana y amiga a las que presentar en sociedad, era necesario alquilar una casa cómoda.

Era agradable poder estirar las piernas y aspirar aire fresco. Se volvió para ayudar a las jóvenes a apearse del coche.

A primera hora de la mañana siguiente una dama estaba sentada, sola, ante el escritorio del cuarto de estar de su casa, acariciándose la barbilla con un bolígrafo que sostenía mientras examinaba las cifras anotadas ordenadamente en el papel frente a ella. Acariciaba suavemente con su pie calzado en una zapatilla el lomo de su perra, había dinero suficiente sin que tuviera que echar mano de sus escasos ahorros.

Ya había pagado hacía dos semana las facturas del agua y de las velas; ambos artículos representaban un elevado gasto. No tenía que preocuparse por los sueldos de sus dos sirvientes, pues estaban cubiertos por una subvención del gobierno. Y la casa era suya, donada por el mismo gobierno que le había concedido la subvención. El dinero de la pensión mensual que había recibido la semana pasada -con el que había pagado las facturas del agua y de las velas -bastaría para saldar esta nueva deuda.

Desde luego, no podría comprarse el nuevo vestido de noche que se había prometido ni las nuevas zapatillas. Ni el sombrero que había visto en una tienda en Bella vista hacía dos días cuando había salido con su amiga Camila, el día antes de que le presentaran esta nueva deuda.

Durante unos momentos sintió una opresión en la boca del estómago al tiempo que el pánico se apoderaba de ella. Respiró lentamente y profundo, obligó a su mente a analizar los aspectos prácticos de la situación. Podía prescindir perfectamente del sombrero. De todos modos era un capricho. Y ahora el vestido....

Lorena Riego suspiró en voz alta. Hacía tres años que había adquirido su último vestido de noche. Y éste, aunque lo había elegido para su presentación en Candelaria Was nada menos que al regente, era de un insulso color Dorado, de seda, de un diseño de lo más conservador. Aunque ya se había quitado el luto, había pensado que la ocasión requería una extremada moderación. Era el vestido de noche que venía luciendo desde entonces. Había confiado en adquirir uno nuevo este año. Aunque la invitaban prácticamente a todas partes, no solía aceptar invitaciones a las fiestas y bailes más suntuosos que ofrecía la alta sociedad. Pero este año, se sentía obligada a asistir al menos a algunos de ellos. Este año el vizconde de Carslon, su cuñado, hermano mayor de su difunto esposo, había venido a la ciudad con su familia. Priscila, que tenía diecinueve años, iba a ser presentada en sociedad.

Lorena sabía que Agrill y Betsy confiaban desesperadamente en encontrar un buen partido para su hija durante los próximos meses. No eran ricos y el año que viene no podrían permitirse el lujo de volver a Nueva Esparta para la temporada social. Pero se portaban muy bien con ella. Pese a que su padre había sido un tratante de velas, aunque muy rico, y el padre de Francisco se había resistido a que ella se casara con su hijo, Agrill y Betsy la habían tratado siempre con gran generosidad desde la muerte de Francisco.

Ahora querían que asistiera con ellos a los eventos más importantes de la temporada social. Por supuesto, les beneficiaría ser vistos en público con ella, aunque Lorena no creía que ésa fuera la única razón que les motivaba. Lo cierto era que Francisco, el gerente Francisco González, había muerto por una enfermedad. Francisco apenas había dejado nada a su viuda. La cuantiosa dote que le había inducido a casarse con ella -aunque Lorena estaba convencida de que también había sentido afecto por su persona -se había agotado durante su matrimonio.

La vida había sido bastante agradable durante un año después de que ella asistiera a Carslon. Por alguna razón el acontecimiento había suscitado un gran interés. Había sido publicado en toda la prensa Bella vista. Todas las anfitrionas querían alardear de haber invitado a su casa a la señora Lorena Riego. Lorena adquirió la costumbre de relatar anécdotas sobre su vida como esposa de un gran e importante empresario.

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