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ATADA AL ENEMIGO

ATADA AL ENEMIGO

Autor: : Ranacien
Género: Romance
Carla Davis, una de las cuatro asistentes del departamento protocolar de un gran consorcio de inversiones, jamás imaginó tener que casarse con el CEO de la compañía, con El Gran Jefe, como muchos le decían al apuesto y soltero Maximiliano Bastidas. A su vez, ella tampoco imaginó tener que estar atada a él durante un año entero y mucho menos que fuese enemigo de su padre, convirtiéndose de la noche en la mañana, en el suyo.

Capítulo 1 Día de la lectura del testamento

Día de la lectura del testamento...

-No lo haré, ¡esto es absurdo! -interrumpió Carla Davis al hombre que leía el testamento de su padre-. ¡No aceptaré esta farsa, no me casaré con este hombre!

Con su traje de oficina de falda negra y camisa blanca, cabello suelto lacio y negro, tacones altos que la estilizaban, la hermosa asistente de Protocolo de la corporación en donde se encontraba se levantó de su silla y apretó sus párpados con fuerza.

-¡Esta es una completa locura! -declamó ante los presentes. Su respiración se había acelerado, sus ojos estaba llenos de rabia. No podía creer que su padre hubiese hecho aquello, presentía que la verdadera razón era únicamente hacerle daño.

-No sé con qué... -Ella suspiró para calmarse-. No sé cuál fue la verdadera intensión de ese señor para hacernos esto, pero es ridículo. -Y comenzó a caminar de un lado al otro como fiera enjaulada porque ciertamente era una empleada y no podía hacer el desaire de escabullirse y dejar a todos con la palabra en sus bocas.

Varios minutos antes, Carla Davis subía por el ascensor directo al departamento de Presidencia de la empresa donde trabajaba como asistente senior, media hora antes de la (para ella) extraña reunión.

En sus brazos llevaba la carpeta que recibió la noche anterior en el porche de su casa. La sostenía con fuerza, como si necesitara sostenerse de ella, o tal vez, como un tesoro que necesitara esconder.

Presentía que algo no estaba bien. Sentía vergüenza anticipada por tener que acudir a su jefe, el CEO de la compañía, para buscar respuestas ante lo que llevaba en sus manos. Además, aún tenía la duda de si estaba a punto de corroborar que ese poderoso empresario ya sabía todo de ella y de su secreto mejor guardado. Esconder durante cinco años ser la hija de un famoso empresario inglés había sido una de las cosas más complicadas en su vida.

Precisamente, ese señor que llevaba el título de su padre había muerto y el folio que cargaba en sus brazos mostraba estados de cuentas y una nómina de la empresa que aquel caballero manejó por más de dos décadas. Además, estipulaba que ella era la heredera de un 20 por ciento de esas acciones, algo descabellado, en vista de que padre e hija habían llevado la peor relación entre ellos.

«¿Cómo se enteraron de mi paradero?», se había preguntado mentalmente, en referencia a la encomienda que recibió la noche anterior en la puerta de su casa.

Las hojas metálicas del elevador se abrieron en el piso de Presidencia y lo primero que vio fue a Tyler Clement, uno de los guardaespaldas del edificio, sentado a mano derecha, en la pequeña sala frente a los grandes ventanales, desde donde podía verse una buena panorámica de la ciudad, y a Lenis Evans, la secretaria del CEO, sentada en el lado izquierdo, tras un escritorio de recibimiento, siendo ella la asistente personal de con quien Carla se reuniría.

-Muy buenos días -saludó, suavemente.

Lenis dirigió sus potentes ojos azules a ella y sonrió.

-¡Carla! Qué bueno verte. Me contaron que te has incorporado apenas ayer, me alegra mucho que te sientas mejor y que estés de nuevo con nosotros -comentó la secretaria.

-Muchas gracias. -La recién llegada intentaba controlar su nerviosismo.

Lenis, como siempre, perspicaz..., comenzó a notar que algo le pasaba.

-¿Deseas algo? -Miró las puertas de Presidencia-. ¿Deseas hablar con Maximiliano?

Carla se quedó muy quieta por un momento. El tono de Lenis fue comedido, directo, suave también, al lanzarle aquella pregunta, sobre todo al mencionarle al jefe de esa manera tan informal.

Tuvo que tragar.

-Fui convidada a una reunión acá -fue lo que se le ocurrió decir y era la verdad, pero antes de llegar allí, anhelaba lanzar todas sus interrogantes justo al salir del ascensor. Carraspeó la garganta y miró su reloj de muñeca-. Fui convocada a las 09:00 de la mañana. -Tal vez, esa información fue más para ella misma que para la secretaria, quien comenzó a verla con rostro de extrañeza.

Lenis miró la hora en la pantalla de su computador, percatándose que faltaba menos de media hora para una reunión que su jefe tenía.

-Creo que existe un error. ¿Estás segura que es acá en Presidencia?

Carla asintió. Su rostro se mostraba muy serio.

-Así es. Es con el señor Maximiliano Bastidas.

Lenis frunció mucho más el ceño, pero a la vez evitó sonreír. Ella, como asistente personal, amiga y esposa del abogado de su jefe, sabía que Max y Carla ya se conocían, que ambos tenían una conexión especial que traspasaba las barreras de lo laboral. Le causó gracia la formalidad que utilizó ella para mencionar al CEO, sin embargo, prefirió seguirle la corriente.

-Muy bien. El señor Bastidas estará reunido precisamente a esa hora, pero si deseas hablar con él, te llamaré cuando eatés en el departame to de Protocolo para que subas acá de nuevo luego de terminar la reunión...

-Lenis, disculpa que te interrumpa. En esa reunión que nuestro jefe está por tener, también debo estar yo, por eso he venido.

La secretaria se quedó en silencio.

Escudriñó el rostro de la señorita Davis y vio en sus ojos negros una fuerte determinación.

-Cielos, hablas en serio. -No fue una pregunta, a lo que Carla asintió y exhaló también, claramente intentando aflojar un poco la tensión que tenía sobre sí.

-Muy bien. Si quieres, puedes sentarte. -Señaló Lenis uno de los muebles de la sala-. Vengo enseguida.

La secretaria quería entender qué estaba sucediendo allí. ¿Para qué fue convocada una de las cuatro asistentes senior del departamento de Protocolo a la lectura de un testamento de un empresario inglés? Esa fue la pregunta que la mujer de ojos azules se formuló mientras se levantaba de su silla y se dirigía hacia el interior del despacho.

Tocó antes de entrar. Al escuchar la voz de Maximiliano, abrió la puerta y la cerró tras de sí.

Aquel no se encontraba solo. El abogado George J. Miller, hombre de cabellos negros bien cortado y arreglado, con un traje de tres piezas de color gris plomo, impoluto, se encontraba presente. Ambos, con documentos y la computadora encendida (Lenis tenía la certeza) con todas las averiguaciones y datos referentes a la empresa inglesa que les había convocado.

-¿Está todo listo para la videollamada? -preguntó Max sin mirarla.

George, su esposo, la observaba, serio, intimidante, como siempre, jugando con su cordura y su capacidad de aguante. Su cara de póker perenne (o la que solía usar muchas veces al día) le guiñó un ojo casi imperceptiblemente.

-Afuera se encuentra Carla Davis -anunció ella.

Max retiró de inmediato el rostro de una hoja que llevaba en sus manos para dirigirlo al de Lenis.

-¿Ella no estaba de permiso? ¿Qué hace aquí?

Su asistente personal quiso responder, pero se le hizo complicado. No sabía muy bien qué decirle, o cómo explicarle lo que la misma asistente de Protocolo le acababa de decir allá afuera.

-¿Qué pasa? -indagó Max al verla colocar sus brazos en jarras y dudar al lanzar palabras.

-Carla afirma que fue invitada a la reunión que tienes con el abogado Fiztgerald sobre la lectura del testamento.

Maximiliano arrugó mucho las cejas. Miró a Lenis como si le hubiesen salido diez cabezas.

En cambio George se enderezó. Como litigante, bien sabía que no a cualquier persona se le invitaba a la lectura de un testamento.

-¿Es ella la misma Carla Davis que trabaja para ti? -Nada más soltar esa última pregunta, y George tuvo que apretar los dientes. Era una interrogante que llevaba peso, puesto que, así como la secretaria sabía, Maximiliano y Carla ya se conocían, había enscrito una corta historia juntos que les ataba a todos, eran recuerdos de días oscuros queaún seguían frescos, eran demasiado recientes para el gusto de los tres allí presentes.

Max lo miró. Le respondería él, si Lenis no lo hubiese hecho.

-Sí, es ella. La misma mujer que nos ayudó a encarcelar a nuestro peor enemigo hace meses. Esa misma empleada se encuentra allá afuera y asegura haber sido convocada por el abogado del señor Fred Davison para la lectura del documento... -Lenis hizo silencio. Su mirada se perdió por un momento. Algo ocurrió en su cabeza al mencionar en voz alta el apellido del empresario fallecido.

Sintió en su pecho una presión, casi emoción, tal vez el advenimiento de un fuerte e importante descubrimiento -o una sospecha de ello- al concatenar dichos apelativos.

Y no fue ella sola quien sintió la llegada de una luz novedosa. Maximiliano se quedó quieto y George la miró a ella, luego a él.

-¿Esa mujer es familia de Davison? -preguntó el CEO colocándose de pie-. ¡¿Una de mis empleadas es hija de mi peor enemigo?! -lanzó Maximiliano, sin más.

Lenis salió de inmediato del despacho antes de que su jefe explotara, cerrando la puerta tras de sí.

-Carla, ¿me acompañas, por favor? -pidió la secretaria justo después de acercarse a ella en la salita.

Carla se levantó, asintió y siguió a la secretaria, dándose cuenta segundos después que llegaban a la sala de juntas.

El mundo para la asistente de Protocolo se ralentizó al ver quiénes la esperaban alrededor de la gran mesa de conferencias. En su mente lanzó una grosería que ciertamente jamás se atrevería a decir en voz alta.

Una mañana salió de su casa determinada a no perder su empleo. Ahora, vestida con un bonito pero cómodo atuendo de oficina de camisa blanca manga larga, falda negra, medias pantis negras y zapatos de tacón también negros, maquillaje tenue pero iluminado y su pelo extra lacio suelto, acudió al edificio con la premisa de esclarecer otros asuntos, no haciéndole caso a un médico que le recetaba descanso para aliviar o al menos intentar desaparecer su cuadro de estrés. Un día antes, Carla Davis no pensó jamás encontrarse allí con esas personas: George J. Miller, uno de los mejores abogados de la región, además de uno de los más aguerridos, famoso por ser quien encarceló a malhechores internacionales y cerrar con buen pie enormes negocios, y a su jefe, Maximiliano Bastidas, el dueño y fundador de ese consorcio de inversiones, además de ser el hombre que más le había intimidado en la vida.

Bastidas era, para ella y en añadidura, absolutamente guapo, con esos cuarenta años bien cumplidos, rostro hermoso, con líneas de expresión que le denotaban sabio y exigente; cabello castaño que usaba desordenadamente peinado y que allí frente a ella aún enaltecía. Ella estuvo segura que ambos se habían sentido atraídos uno por el otro en alguna ocasión, pero también era consciente que no eran el uno para el otro. Él pertenecía a un mundo muy distinto al de ella, al menos eso era de lo que ella se convencía.

Ahora la situación era distinta, parecía ser peor. La intimidación parecía ahorcarla. La desconfianza quería transformarse en furia a través de los ojos del CEO, quien no perdía detalle de cada uno de sus movimientos mientras se sentaba.

-Nos volvemos a ver, señorita Davis. Y vaya de qué forma.

Ella tragó grueso ante la bienvenida de su jefe, soltada con palabras amargas que casi la dejan sin de respiración.

-Antes de que comience esta... esta atípica reunión -continuó Max, mirándola directo al rostro-, me gustaría que nos contaras a todos aquí, la razón del porqué viniste a esta reunión privada y cómo es ese asunto particular y sorpresivo de ser convocada a esta lectura.

Directo. Sin rodeos. Carla no estaba sorprendida por eso, la pregunta de Max fue la más lógica.

Pero la respuesta que ella tenía amenazaba con descontrolarlo todo. Optó por decir la verdad, pero no directamente. Colocar cada palabra sobre un colchón que pudiese amortiguar cualquier caída era lo mejor.

-Me disculpo por no haberles saludado al llegar. -Asintió hacia el abogado y hacia Max, antes de continuar-. Estoy tan sorprendida con todo esto, así como ustedes lo están.

Colocó la gruesa carpeta sobre la mesa y sobó un par de veces el logotipo de la empresa inglesa.

-Anoche recibí esta carpeta dentro de una caja que la empresa oficial de correos de la ciudad dejó en la puerta de mi casa -tragó para calmar una repentina sequedad, algo que solía sucederle cuando estaba nerviosa o estresada- con una información que para mí es bastante insólita. Vengo aquí precisamente con una convocatoria que jamás esperé, pero también para corroborar lo que dice en esta carpeta sobre mí.

-¿Por qué sobre ti? -interrumpió Max-. ¿Por qué estás aquí?

Ella volvió a tragar, la sed era molesta.

-Porque soy la hija de Fred Davison.

Capítulo 2 Día de la lectura del testamendo I

Día de la lectura del testamento...

Se creó un absoluto silencio en la sala después de eso.

-¿Perdón? ¿Qué acabas de decir? ¿Eres la hija de quién? -saltó Maximiliano con cara de pocos amigos y bastante asombrado. Jamás esperó ese parentesco porque, hasta donde él sabía, Fred Davison no tenía hijos.

-Caballeros... -intervino Lenis en medio del estupor. Ella sabía que George se encontraba analizando las reacciones y el lenguaje corporal de Davis, mientras seguía conectada visualmente a Max-, ya debo conectar la sala de chat. Si me disculpan...

Lenis hizo su trabajo y en tan solo segundos, todos los presentes lograron ver la imagen del abogado Fiztgerald aparecer en la pantalla.

-Muy buenas tardes. Espero se me escuche bien.

-Fuerte y claro -informó Lenis, sonriendo políticamente-. Con permiso -dijo, para retirarse.

Luego de ella salir de la sala de juntas, habló de nuevo el abogado desde Inglaterra.

-Muchas gracias por estar todos presentes...

-Señor, por favor, si me permite... -interrumpió Carla, evidentemente apenada y nerviosa-. Es usted el abogado de... del señor Davison, ¿no es así?

-Señorita Carla, siento mucho lo de su padre. -Max la miró. Ella apretó los dientes-. Me alegra mucho verla acá. ¿Ha venido con su abogado?

-Usted me ha enviado esta carpeta a mi propia casa. -La señaló-. ¿Con qué propósito?

-¿Por qué no mejor dejan las discusiones familiares para después y terminamos con este circo de una vez? -ladró Maximiliano.

-Caballeros -intervino George. Miró a Carla-, señorita... Es evidente que estamos todos muy confundidos. -Dirigió su vista a la pantalla-. Agradecería, abogado, que nos pusiera en contexto antes de la lectura del testamento de un hombre con quien mi cliente no tuvo contactos en años.

-Una de las bases de esta conexión es precisamente para eso, señor Miller. Entiendo perfectamente la confusión -dijo el representante legal del difunto-. Muy bien, procederé a explicar qué está sucediendo.

Los presentes pudieron ver al señor Fiztgerald acomodar unos documentos frente a él antes de hablar.

-Como abogado del señor Davison, me he encargado del total manejo de su historia legal, por lo tanto, soy el agente testamentario y como tal, debo aclararles mi conocimiento sobre quiénes deben o no estar presentes en esta lectura de cesión. Únicamente los herederos deben ser quienes acudan a ella, sin embargo, tomo una excepción en vista de lo que leeré a continuación.

Todos en la sala de juntas respetaron el permiso de palabra y se comprometieron a permanecer en silencio.

Fiztgerald dio la introducción reglamentaria, explicando con mayor formalidad lo que leería. Luego, comenzó formalmente.

-Yo, Fred Davison, en compromiso con los deseos de mi difunta esposa, dejo a cargo de terceros todas mis posesiones, las únicas que he podido conservar luego de los inconvenientes económicos que he atravesado en los últimos cinco años. En vista de la carencia familiar de mi difunta esposa, y en adición a mis posesiones, todos nuestros bienes compartidos y adquiridos en el matrimonio, se me permite tomar la decisión del futuro de sus propios bienes, como dueño absoluto de ellos. Las caballerizas ubicadas en Manchester, junto con los establecimientos que la rodean, más las tierras, han sido vendidas y las ganancias se han dividido, a la hora de ser leído este documento, en partes iguales, a cada socio local y activo de Davison & Asociados. Todas estas ganancias comprenden un 10% del valor de las acciones de la empresa.

»Cedo un 20% del valor en bolsa de la corporación a mi hija Carla Davison -siguió leyendo el agente testamentario. La mencionada sintió cómo su respiración se paralizó-. Las tierras ubicadas a las afueras de Londres, las únicas que me quedan: el antiguo castillo de Brick, el cual adquirí por la compra de una sucesión familiar, junto con sus hectáreas y el antiguo museo, constituyen el 70% de las acciones de mi empresa. Dichas tierras, a pesar de ser deseadas por más de diez compradores a lo largo de mi carrera como empresario, no le ha pertenecido a más nadie que a mi difunta esposa y a mí persona.

»En vista de mi pronta desaparición física y a la luz de una imposibilidad de sucesión autónoma, dejo estas tierras a cargo del empresario Maximiliano Bastidas.

El mencionado empezó a desconfiar de dichas palabras desde el momento en el que el señor Fiztgerald mencionó aquel establecimiento.

Max conocía muy bien esas tierras. De hecho, vivió muy cerca de ellas al término de su carrera de negocios.

Desde que pisó aquel hermoso e interesante suelo, sintió un automático amor por cada hectárea, cada edificación, anhelando poseer todo eso algún día e intentando comprarlas en cada oportunidad que podía.

Davison, el difunto Davison, siendo uno de sus jefes de pasantías y luego laborales en ese mismo término de carrera, siempre le negó a Maximiliano, no solo la compra de las tierras, sino la posibilidad de su anhelo, jurándole que jamás las poseería, que no era digno de ellas. Por eso, al CEO le parecía extremadamente raro, muy extraño que en ese testamento se las dejara como un regalo y peor aún, cuando ahora constituían el mayor valor de las acciones. Estaba seguro que aquello escondía una trampa, una muy mala, no podía creer que a un hombre como Fred se le ablandara el corazón de la noche a la mañana y le cediera la mayor parte de sus posesiones a su enemigo comercial, no tenía sentido para él.

Echó una rápida mirada a George, aquel se la devolvió. Max supo que su propio abogado pensaba casi lo mismo que él.

Luego, miró a Carla. La vio asombrada, parecía bastante sorprendida y concentrada en la pantalla. También parecía perdida.

-En el caso de que algunos de los asociados extranjeros desee renunciar a cada cesión, deben hacerlo bajo las leyes que rige la propia junta directiva de la corporación, ya que las mismas acciones hacen vida bajo sus estatutos. Siendo parte de dicho comité a partir de ahora, deberán consultar con mi abogado para que les indique qué hacer en caso de querer deshacerse del patrimonio. Sin embargo, nada pierdo en este momento con emitir mi mayor alegría para con ustedes, esperanzado de que tomen la mejor decisión, una que beneficie a todos y no perjudique a nadie.

El señor Fiztgerald dejó de leer y miró hacia su cámara, es decir, hacia las personas que le escucharon atentamente.

-Señorita Carla, Señor Bastidas, bienvenidos a la junta directiva de Davison & Asociados.

Maximiliano negó con la cabeza y sonrió de manera incrédula, casi metiendo la lengua entre las muelas, sin poder creerse todo aquello.

Conversó con su abogado en secreto y en voz baja.

El litigante le informó que al parecer, él obtiene la mayor parte de unas acciones que no tienen un alto valor monetario en la actualidad. De hecho, en su investigación previa, pudo enterarse que dichos terrenos (los mismos heredados y los mismos que su cliente había deseado por años) se encuentran en mal estado, el edificio principal casi en abandono, incluido el museo. Esos datos fueron los que le permitieron a Miller, en su rápido secreteo frente a Carla y la pantalla, recomendarle a su cliente no discutir por la herencia. Al contrario, preferir comprar las acciones de Carla y así poseer el 90% de la empresa. Podría llevar más tiempo comprar el 10% restante, pero no lo creía imposible. Era la oportunidad para cumplir ese sueño que Maximiliano tuvo hace muchos años: el de instalar un hotel exclusivo en aquella parte de la vieja Gran Bretaña. Poder expandirse -y de qué forma- vendría siendo una gran noticia entre tantas calamidades vividas en ese año.

-Muy bien, abogado. -Habló Miller-. Conversemos entonces sobre las letras pequeñas de este testamento.

Fiztgerald sonrió con sus labios cerrados y miró fijo la cámara.

-¿No desean vender las acciones?

-Negativo -respondió Max-. Es más, ofrezco comprar el porcentaje de la señorita Davison. -La miró. Ella no se esperaba nada de eso-. Por supuesto, si ella está dispuesta a negociar.

-Yo... Eh... -Carla aún seguía muy confundida.

-La junta directiva de Davison & Asociados fue creada por la unión matrimonial de Fred con su difunta esposa...

-Es decir, la madre de Carla, supongo -interrumpió Max con voz arrogante.

-No, señor Bastidas -aclaró ella, despertando un poco de su letargo-. Mi madre no fue esa señora.

Maximiliano entrecerró la mirada y volvió a observarla con suspicacia.

-Efectivamente -Fiztgerald retomó de nuevo la palabra-, la esposa del señor Fred era la accionista mayoritaria de esta empresa, es decir, la antigua dueña de las tierras que hoy usted hereda, señor Bastidas. Las personas que aún trabajan allí son parte de una fundación creada por ella que ha logrado una inamovilidad laboral la cual se vería vapuleada con la venta de las acciones. Sin embargo, existen derogativas en nuestra ley que le permitirían a usted renunciar a la herencia, siempre y cuando se cumpla un año posterior a la lectura de este documento...

-Ya me lo temía -susurró Max para sí.

-Y si trabaja en conjunto con la fundación, la cual le pertenece a la señorita Carla Davison, ya que viene siendo la interpretación empresarial del 20% de las acciones heredadas.

-Muy bien, pero no deseo vender nada. Más bien comprar. En este caso, en vista de lo que usted está explicando, comprar la fundación. Si las tierras están es desuso, yo podré cambiar eso...

-Excelente. ¿Imagino que deseará reabrir el museo o tal vez remodelar el lugar?

-Así es.

-Muy bien. Para ello, debe cumplir con su rol como presidente del comité empresarial durante un período de un año. Cabe destacar que los presidentes de nuestras juntas no pueden estar solteros, bien sé que ese es su estado civil...

-¿Perdón? -saltó Max, interrumpiéndolo abruptamente.

George miró la pantalla, atento.

Carla, a pesar de su estupor, no perdió detalle de las palabras compartidas entre su jefe y el abogado en Inglaterra.

-Para ejercer el rol de la empresa Davison & Asociados debe estar casado, señor Bastidas. Si desea remodelar o modificar algo de lo heredado este día, debe ejercer durante un año su presidencia y estar casado para ello. Es una cláusula dirigida para el mayor accionista. -Fiztgerald retiró la mirada de Bastidas y la dirigió hacia Carla-. El estado civil de la presidenta de la fundación también debe ser «casada», siempre y cuando desee ejercer dicho rol. Para cualquier modificación, como en este caso, una venta de las acciones, debe ejercer por un año también, señorita Davison. -El abogado los miró a ambos-. Recibirán en sus bandejas de entrada corporativa cada estatuto y artículo de las leyes de la junta directiva. Como abogado del señor Davison, siendo experto en lo que es funcional o no para la empresa, les puedo recomendar un matrimonio en conjunto, así podrán ejercer con libertad el rol presidencial y luego realizar las ventas respectivas, compras y modificaciones correspondientes, por supuesto luego de la elección de nuevo presidente.

-¿Qué acaba de decir? -Fue la voz débil de Carla la escuchada en el recinto.

Max ya se estaba riendo por la locura que aquel litigante inglés lanzó sobre esa mesa. George, en cambio, ni tan siquiera sonrió. Entendió perfectamente las famosas letras pequeñas expuestas allí.

-Señorita Carla, espero pueda viajar a nuestras tierras en cuanto le sea posible...

Esta fue la primera vez que la mencionada comprendió que todo era en serio, como si antes fuese parte de una broma de mal gusto.

Enfatizando que no lo haría, que no se casaría con nadie sin su consentimiento, se levantó y comenzó a caminar de un lado al otro.

-Carla...

George colocó una mano en el antebrazo de su cliente y amigo para callarlo, negando con su cabeza, muy serio, indicándole con eso que no dijera nada.

-La lectura del testamento ha terminado -anunció Fiztgerald, frío como el hielo-. Le recomiendo buscarse un buen abogado, señorita Davison y dígale que si requiere despejar alguna duda, me busque. Espero verla pronto por estos lares. A usted también, señor Bastidas.

La pantalla quedó en negro.

Capítulo 3 Día de la lectura del testamento III

Día de la lectura del testamento...

-Hablemos en otro lugar -pidió el abogado George J. Miller a su cliente, antes de que éste cometiera una estupidez. George se percató muy bien de las miradas furiosas que Max le profería a la asistente-. Carla, por favor, espéranos acá.

Lenis entró en ese momento a la sala de juntas y vio a su marido hacerle señas con su cabeza dirigidas hacia la mujer que dejaban sola. Ella entendió perfecto lo que George pedía: hacerse cargo de ella, que se mantuviese allí y que la ayudase en lo que necesitara.

Lenis le asintió a su esposo y se acercó a la dama que aún no regresaba del todo a la realidad.

Mientras tanto, los dos hombres pasaron al despacho del CEO a través de una puerta aledaña que conectaba ambos lugares. Max entró y George cerró la madera tras de sí.

El dueño de la corporación se volteó hacia George.

-¿Qué tan serio es todo esto?

-Aún no puedo calcularlo, pero rechazar una herencia no es un juego. Mucho menos si hablamos de una fundación protegida por el estado, así no sea subsidiada. Además, sabes lo que significa no cumplir con las leyes de una empresa que no permite la cesión, transmisión o venta de sus acciones de manera inmediata. Las multas pueden llegar a ser astronómicas.

Aún de pie, susurraban por temor a ser escuchados, cuando bien sabían que las paredes eran insonorizadas. En ese momento no recordaron nada de eso, la prudencia ganaba la partida.

-¿Qué mierda fue lo que sugirió Fiztgerald?

George alzó las cejas ante la pregunta de su amigo.

Max no quería ni decirlo.

-¿Ese hombre sugirió... que ella y yo...? -Sacó de su pecho las palabras con una risa que fue contenida, pasando su rostro de lo risorio, a lo estrambótico-. ¡¿En verdad sugirió que ella y yo nos casemos?! -Maximiliano echó dos pasos hacia atrás y no dijo nada por un par de segundos, sin perder tampoco la conexión visual con su abogado-. ¿Este circo es en serio?

-Max...

-No me jodas, George, ¡no me jodas! -exhaló con una risa carente de gracia.

El CEO se dio la vuelta y se dirigió hacia un pequeño bar. Se sirvió un fuerte bebida que ingirió de un trago.

Negó con la cabeza y pensó, profundamente, en el lío en el que estaba metido. O en el que estaría metido de impugnar el testamento.

Volvió a recargar su vaso, pero decidió beber más despacio.

-¿Cómo sabemos que Carla no tiene nada que ver en esto? -preguntó, dándose la vuelta para enfrentar a George, quien seguía de pie, con sus brazos en jarras, haciendo que las solapas de su traje desabotonado se expandiera aún más.

-No lo sé, pero debes destacar que vino sin un abogado. No tiene mucho sentido querer joder a alguien de forma legal, acudiendo al ring de batalla sin defensas.

-¡Es la hija de ese imbécil! -George apretó los dientes tras el grito-. Nos ha ocultado su apellido. -Max tomó todo el contenido y dejó el vaso sobre el pequeño bar de madera con un sonido seco-. Sabes que ese hombre estaba prácticamente quebrado, no tenía ni la mitad de lo que llegó a poseer. Imagino que ya estás pensando lo mismo que yo.

-Max, cálmate. Y baja la voz.

-¡Esta mierda es insonorizada!

George inhaló y exhaló una buena ráfaga de aire.

-Sé lo que puede entenderse de todo esto. Un hombre quebrado que le da su herencia a un contrincante en los negocios y ata a su hija a él...

-No puedo estar equivocado...

-Es un pensamiento lógico, pero existen los contratos prenupciales.

-No puedo estar equivocado...

-Por mucha boda que celebres, ella no podrá quedarse con nada tuyo, ni siquiera con la parte que has heredado de su padre.

-¿Qué mierda estás diciendo, George? ¿Boda dices? ¡¿Boda?! ¿Qué boda? ¿Quién está hablando de casarse con nadie aquí? ¡¿Casarme con quién?! Ese maldito de Davison es un retorcido y lo sabes. Siempre estuvo loco y hoy... -Gruñó para poder calmarse, mostrando los dientes, intentando controlarse-. Hoy me lo ha demostrado y vaya que lo hizo.

-Eres prácticamente el dueño de su empresa ahora y puedes hacer lo que quieras con ella después de un año, pero la junta directiva estipula que debes ejercer tu rol, eso solo incluye asistir a unas cuantas reuniones, me he fijado que los cargos de los demás asociados siguen en actividad. Recuerda que hablamos de un país diferente, con otras leyes muy distintas a las nuestras. Hablamos de una gente con reglas antiguas, que piensan que el jefe de una empresa debe tener un estado civil respetable...

-Tonterías...

-Debes estar casado, Max. Algo que no quieres, lo sé. Pero si no ejerces durante un año, te caerá multa por hacienda. Podrías delegar funciones, pero no sabemos qué tan confiables sean esas personas para llevar la empresa por sí sola. Si llegan a estafar, despiden existiendo inamovilidad o incumplen con cualquier ley, quien tendrá que responder ante las autoridades serás tú. Así que lo mejor es verle la cara más seria a este asunto. -Max respiraba como un toro-. Si Carla tiene o no que ver en esto, averígualo.

-Tengo que llamar a Peter. ¿Él no la había investigado? ¿Cómo es que no supimos que ella era la hija de ese tipo?

-Peter investigó a Carla Davis, no a Carla Davison. Además, estoy seguro que con todo lo que estaba sucediendo, aquella fue una investigación realizada al ras. No hubo tiempo suficiente para profundizar.

Maximiliano suspiró y se dejó caer en uno de los sillones de la pequeña sala que tenía a pocos metros de su escritorio.

George no se sentó de inmediato.

-Esto no tiene sentido... -susurró Max.

El abogado se acercó y se sentó en la orilla de un sillón frente a su amigo.

-Enfrenta a Carla, investígala. Yo te ayudaré en todo lo que necesites y blindaré documentos. Contactaré gente en Inglaterra si es preciso que me regale datos más específicos, pero conozco este tipo de empresas. Por alguna razón, Davison & Asociados se quebró. Por alguna razón fue atada a una fundación no subsidiada y por una más poderosa, fue creado este testamento. No importa. ¿Deseas construir ese hotel exclusivo? Lo conseguirás. Será la mejor inversión de tu vida, ganarás millones y no de Euros, sino de Libras. Tienes la solución en tus manos, Bastidas, solo debes cumplir por un año, casarte solo en documentos, no significa nada, siempre y cuando hables con ella -señaló hacia la puerta que atravesaron hace minutos- y le dejes bien en claro que solo deseas su parte de las acciones, que deseas comprárselas. No valen mucho, le puedes ofrecer el doble. Ella entenderá, porque ambos están atados de manos. Ni ella puede vender, ni tampoco puede comprar sin antes cumplir con la ley. Carla Davis... o Davison... no puede hacer nada a menos que ejerza su rol como presidenta de la fundación, casada, durante un año.

***

Lenis le ofreció a Carla tomarse un té relajante en la otra punta de la mesa, más cercana al ventanal que rodeaba la sala de juntas. La secretaria del CEO de esa corporación bien sabía que la calefacción apuntaba mejor en aquel rincón.

-¿Te sientes mejor?

Carla asintió, mirándola solo por un segundo, antes de regresar la vista hacia el paisaje, un horizonte repleto de edificios y vida citadina.

-Carla. -La voz de Max atravesó todo el salón, de punta a punta, así como su piel, enviando cotas de nerviosismo a su sistema.

Más allá de nervios, era preocupación. Aún no comprendía qué estaba ocurriendo y ya debía tomar decisiones drásticas. Además, estaba segura que perdería su trabajo.

-No te levantes -pidió él cuando vio que ella lo haría.

Lenis le asintió para retirarse sin tener que hablar y los dejó solos en la inmensidad de una sala de juntas en absoluto silencio.

Carla no obedeció. Se levantó se la silla y le enfrentó, dándole la espalda al vidrio.

Él solo se acercó lo suficiente, colocando la mano derecha sobre el espaldar de una de las sillas que rodeaba la mesa de reuniones. Su mano izquierda en jarras, levantando parte del saco de su traje de tres piezas color beis.

Se miraron sin decirse nada por un tiempo que pareció largo, hasta que Max decidió emitir sus preguntas, evitando mostrar la molestia que llevaba encima.

-Primero, explícame por qué ocultaste tu apellido. -Carla tragó grueso-. Puedo despedirte en un segundo por habernos mentido durante tantos años, pero te daré el beneficio de la duda.

-Max, yo... -Ella cerró sus ojos y exhaló, abriéndolos nuevamente-. Señor Bastidas -él sonrió sin gracia-, aún no comprendo qué está sucediendo...

-¿Qué no comprendes? -Él se acercó-. ¿Que eres la hija de un millonario inglés que intenta joderme hasta después de su muerte?

-Quiero que entienda, señor Bastidas, que ese hombre que se ha mencionado aquí hasta la saciedad, también intenta joderme a mí -se atrevió ella a decir, retractándose por hablarle así al hombre que podría dejarla en la calle con el chasquido de sus dedos-. Lo siento, no quise hablarse de esa forma.

-¿Por qué no me tuteas? Antes lo hacías. ¿Qué te lo impide ahora?

-Es lo correcto.

-Lo correcto... -repitió Max, acercándose más a ella.

El hombre andaba fúrico, no quería más problemas. Entre sus enemigos en la cárcel y una investigación del alcance del daño causado aún en curso, una explosión de la que aún se recuperaba y un fin de año ajetreado, luchando por recuperar una confianza financiera que perdió en puntos estratégicos de sus negocios gracias a todas las debacles vividas en meses anteriores, lo que menos quería el CEO de esa corporación era meterse en más líos. Y acababa de introducirse en uno verdaderamente complicado, atípico, inesperado. La desconfianza que le acompañó en cada camino de su vida desde que resultó ser uno de los empresarios estafados de un hombre llamado Ferit Turgut, el ex marido de su madre..., después de ciertamente ser culpado de esas mismas estafas de las que fue víctima, después de haber enfrentado la justicia, esa desconfianza hizo presencia allí, en esa sala, después de que la misma Carla le confesara quién era.

-Lo correcto, Carla, hubiese sido meter tu currículo aquí con tu verdadero apellido. Estoy seguro que jamás hubiese imaginado que eras la hija de Fred. ¿Por qué ocultarte así?

-Soy una asistente senior del departamento de Protocolo de esta empresa, lo he sido por más de cinco años y creo que he hecho bien mi trabajo. No soy la hija de nadie, no soy la hija de una fortuna o de un testamento. Soy una periodista que funge funciones administrativas desde entonces, eso es lo que soy.

-¿Sabes quién es Fred Davison para mí? -Él escudriñó su mirada para ver qué lectura le daba-. Fue mi mentor en los negocios... Sí, querida Carla, mi mentor. Mi primer empleador también... y mi primer enemigo. Pero creo que eso ya lo sabías, ¿no es así? ¿Por eso armaste toda esta treta con ese tal Fiztgerald?

-¿Cómo dice?

-No sé qué pretendes. Imagino que te confabulaste con ese abogado para hacerte de la fortuna que papá no te ha dejado, ¿no es así? Claro. Dijiste, "me caso con el mayor accionista, recupero las tierras, las pongo a valer, me divorcio y me quedo con la mitad de todo". ¿Eso es lo que planeas? ¿Y crees que se te va a cumplir?

Carla no daba crédito a tantas calumnias. Miraba a su jefe como si se estuviese volviendo loco allí mismo, frente a sus narices. Debía defenderse, quería hacerlo, pero las ganas de llorar no dejaban que la tarea fuese algo fácil de ejecutar.

-Puedo ser su empleada, esto puede ser sorpresivo para todos, tal vez ya esté despedida por haber cambiado mi apellido solo un poco, pero no voy a permitir que me hable de esa forma, que intente poner palabras en mi boca y mucho menos que me juzgue sin conocerme.

-Entonces, cuéntame por qué te conozco como Carla Davis y no como Carla Davison. Y por qué de repente se me ha sugerido ser tu marido a cambio de la obtención de una empresa que heredé ni siquiera de qué manera o por qué, cuando Fred y yo nos hicimos la vida imposible en la batalla por esas mismas tierras que él ahora ha querido cederme. Es que... ¡es una locura!

-¡Ese hombre no es mi padre!

-¿Qué estás diciendo ahora, Carla?

-Sí, lo es. ¡Lo es! Maldita sea, lo es. Lo es de sangre, pero solamente lo vi una vez en mi vida, una sola vez en persona. -Max se quedó quieto, atento a sus palabras-. Ayer me he enterado de su muerte de la forma más extraña y en la noche, recibo esa carpeta que parece una tesis entera de cómo joderle la vida a Carla Davis en un segundo.

El silencio regresó, pero ella lo quebró instantes después.

-Quiero entender qué está pasando, quiero entender por qué he heredado las acciones de un señor que lo único que hizo con la existencia de mi persona en su vida fue nada. ¡Nada! Nos dejó a mi madre y a mí desamparadas por una mujer, por la misma mujer que creó una fundación que ahora... que ahora debo dirigir porque si no lo hago, yo... si no lo hago de seguro estaré multada y qué sé yo de dinero, de multas, de leyes... qué sé yo de todo esto, cuando he tenido una vida simple y llena de carencias por todos lados.

Max no movía un solo músculo, escuchándola.

Ella se acercó a él, llevada por el dolor de los recuerdos, el peso de lo injusto y la rabia por no saber qué hacer.

-Señor Bastidas, ni siquiera tengo una defensa legal, no tengo cómo pagarla. No tengo nada ni a nadie que pueda asesorarme, porque no deseo aceptar esta farsa, este circo de mal gusto que se ha inventado ese hombre no sé con qué propósito.

Ella se alejó de él rumbo a las puertas de salida, dejándolo descolocado y rabioso.

-No hemos terminado de hablar -ladró él por lo bajo.

-Siento mucho desobedecerle, señor Bastidas, pero tengo que retirarme, no puedo estar un minuto más acá. -Tragó la sequedad de su garganta y exhaló, estresada y dolida-. Tenga por seguro que si no puedo renunciar a esa absurda herencia, será toda suya. No dirigiré la fundación de la mujer que impidió que tuviese una familia unida, mucho menos complaceré los excéntricos caprichos de mi padre casándome con un hombre que no quiero.

Se dio media vuelta y dejó a Max solo en la sala de juntas. Ese venía siendo un día tétrico para Carla, pero lo que nadie sabía era que antes, semanas antes, incluso..., ella ya empezaba a lidiar completamente sola con algo fuerte y aterrador.

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