El silencio en la Catedral de San Patricio no era pacífico; era un depredador que acechaba en las esquinas, esperando el momento de atacar. Scarlett Hayes podía sentirlo rozando su nuca, más frío que el aire acondicionado que zumbaba bajo los altos techos abovedados. Trescientos invitados. Seiscientos ojos clavados en su espalda, quemando el encaje francés de su vestido hecho a medida. Un vestido que ahora le pesaba como una armadura de plomo.
El sacerdote tosió. Fue un sonido seco, incómodo, que resonó como un disparo en la nave central. Miró su reloj por tercera vez. Las manecillas marcaban las once y cuarenta. La ceremonia debía haber comenzado hace cuarenta minutos.
Scarlett apretó el ramo de peonías blancas hasta que los tallos crujieron bajo sus dedos enguantados. Sus nudillos estaban blancos, drenados de sangre, igual que su rostro. "Tráfico", se dijo a sí misma. "Solo es el tráfico de la Quinta Avenida. Blake nunca llega tarde. Blake es perfecto".
Pero su estómago sabía la verdad. Esa sensación de náusea, como si hubiera tragado piedras afiladas, no mentía.
Su teléfono, oculto discretamente entre las flores del ramo, vibró contra su palma. El zumbido fue violento, una intrusión grosera en la santidad del lugar. Scarlett bajó la mirada. El nombre en la pantalla no era el de Blake. Era Tiffany.
Tiffany Sharp. La mejor amiga de la infancia de Blake. La mujer que siempre estaba allí, como una sombra persistente, en cada cena, en cada cumpleaños, en cada discusión. "Es como una hermana para mí, Scarlett, no seas insegura", le había dicho Blake mil veces.
Con dedos temblorosos, Scarlett deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono a la oreja, tratando de mantener la compostura, tratando de no parecer la novia histérica que todos esperaban ver.
-¿Blake?-susurró,su voz quebrándose.
-No, cariño. Soy yo.
La voz de Tiffany no sonaba preocupada. Sonaba... brillante. Y de fondo, Scarlett pudo escuchar algo que detuvo su corazón en seco: el sonido inconfundible de una ducha corriendo y el tarareo despreocupado de un hombre.
El mundo de Scarlett se inclinó sobre su eje.
-¿Dónde está él? -preguntó Scarlett. Su voz sonaba extraña, lejana, como si viniera de debajo del agua.
-Blake está... refrescándose -dijo Tiffany, soltando una risita suave y cruel-. Me pidió que te llamara. Dijo que no podía hacerlo él mismo. Dijo que ver tu cara de perro apaleado sería demasiado deprimente.
-¿De qué estás hablando?
-No va a ir, Scarlett. La boda se cancela. Bueno, tu boda se cancela. Nuestra vida acaba de empezar.
El aire abandonó los pulmones de Scarlett. No podía respirar. El corsé de su vestido se sintió de repente como una boa constrictora aplastando sus costillas.
-Él me ama -dijo Scarlett, una defensa débil, patética, dicha más por hábito que por convicción.
-Él ama cómo te ves en su brazo en las galas benéficas -corrigió Tiffany con veneno dulce-. Pero me desea a mí. Siempre he sido yo, Scarlett. Tú solo fuiste un marcador de posición. Un intervalo conveniente. Y ahora... bueno, ahora se acabó el recreo.
La línea se cortó.
Scarlett se quedó allí, con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el tono de llamada finalizado. El silencio de la catedral ya no acechaba; atacó. Los murmullos comenzaron como un zumbido de insectos y crecieron hasta convertirse en un rugido de lástima.
Pobrecita. "Lo sabía". "Siempre fue demasiado buena para ser verdad".
La humillación no fue una ola; fue un tsunami. Arrasó con su dignidad, con sus planes de futuro, con la imagen de la mujer fuerte y exitosa que había construido con tanto esfuerzo. Se sintió pequeña. Se sintió sucia.
No podía quedarse allí. No podía enfrentar esas miradas.
Scarlett se dio la vuelta. No caminó; huyó. Corrió por el pasillo central, sus tacones de satén resbalando sobre la piedra pulida, el velo ondeando detrás de ella como un fantasma atormentado. Ignoró los gritos de su madre, ignoró las manos que intentaban detenerla. Empujó las pesadas puertas de roble de la catedral y salió al mundo exterior.
El cielo se había abierto en solidaridad con su desgracia. Una tormenta de verano caía sobre la ciudad, una cortina de agua gris y pesada. Scarlett no se detuvo. Bajó las escaleras de piedra corriendo, el agua empapando instantáneamente su vestido de diez mil dólares, convirtiendo la seda y el tul en trapos pesados y grises.
Su pie se enganchó en el dobladillo mojado. El mundo giró. Iba a caer. Iba a terminar su día de humillación besando el asfalto sucio frente a la prensa.
Cerró los ojos, esperando el impacto.
Pero el impacto nunca llegó.
En su lugar, una mano fuerte, enguantada en cuero negro, la agarró por el antebrazo. No fue un agarre suave; fue firme, casi doloroso, un ancla que la detuvo en seco antes de que pudiera estrellarse.
Scarlett jadeó y abrió los ojos.
La lluvia caía a cántaros, difuminando los contornos de la ciudad, pero lo que tenía delante estaba enfocado con una claridad brutal. Unos ojos grises. Fríos. Calculadores. Ojos que no mostraban ni una pizca de la lástima que había visto dentro de la iglesia.
El hombre estaba sentado.
Una silla de ruedas de alta tecnología, negra mate, con un diseño que gritaba dinero y poder, pero también limitación. Un guardaespaldas inmenso sostenía un paraguas negro sobre él, manteniéndolo seco mientras Scarlett se ahogaba bajo la lluvia.
Ethan Vance.
Lo reconoció al instante. El paria de la familia Vance. El "Príncipe Roto". El hombre del que se rumoreaba que había sido desterrado de la élite corporativa tras un accidente misterioso que le costó el uso de las piernas y, según decían, su alma. Se decía que vivía de las sobras de la fortuna familiar, amargado y solo.
Sin embargo, Scarlett notó la contradicción: un paria con un guardaespaldas de élite y una silla que costaba más que un coche deportivo. "¿De dónde saca el dinero si está desterrado?", pensó fugazmente, pero la desesperación ahogó la lógica.
El guardaespaldas dio un paso adelante para apartarla, pero Ethan levantó una mano enguantada. Un gesto mínimo, pero cargado de autoridad absoluta.
-Cuidado, novia a la fuga -dijo Ethan. Su voz era grave, rasposa, como si no la usara a menudo-. Estás bloqueando mi rampa.
Scarlett parpadeó, el agua goteando de sus pestañas. Debería haberse apartado. Debería haber pedido disculpas y seguido corriendo hasta desaparecer. Pero algo en la frialdad de él, en su total indiferencia hacia su vestido de novia arruinado y sus lágrimas, encendió una chispa en su interior.
La desesperación es una droga potente. Y la humillación, cuando llega al fondo, rebota en forma de locura.
Scarlett se limpió el rímel corrido de la mejilla con el dorso de la mano. Enderezó la espalda, irguiéndose en toda su altura, aunque él seguía mirándola desde abajo con una superioridad innata.
-¿Está soltero? -preguntó ella. Su voz salió ronca, pero no tembló.
Ethan enarquea una ceja perfecta y oscura. La miró como si fuera una ecuación matemática particularmente aburrida.
-¿Busca caridad o un milagro, señorita Hayes? -respondió él, reconociéndola. Por supuesto que sabía quién era. Todos sabían quién era la tonta que se casaba con el heredero de los Miller.
Scarlett ignoró el insulto. Dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal, ignorando la lluvia que los empapaba a ambos ahora que el paraguas no la cubría.
-Busco un marido. Ahora mismo.
El guardaespaldas se tensó, pero Ethan soltó una risa corta, sin humor.
-¿Te han dejado plantada y buscas el primer objeto con pulso para salvar tu orgullo? -Ethan inclinó la cabeza, sus ojos recorriendo su figura empapada-. Soy un lisiado, Scarlett. Un desecho de mi familia. No soy el caballero de brillante armadura que buscas.
-No necesito un caballero -espetó Scarlett, la ira reemplazando al dolor-. Necesito una distracción. Necesito que Blake Miller vea que no me destruyó. Y tú... tú necesitas algo también, ¿no? Nadie viene a una boda bajo la lluvia solo para mirar desde fuera a menos que esté planeando algo o escondiéndose de algo.
Los ojos de Ethan se estrecharon imperceptiblemente. Ella era más observadora de lo que parecía.
-Cásese conmigo -insistió ella, extendiendo su mano mojada y fría hacia él-. Cásese conmigo y le prometo que seré la esposa perfecta. Sin preguntas. Sin demandas de amor. Solo un contrato.
Ethan la miró. Realmente la miró. Vio el fuego en sus ojos verdes, un fuego que la lluvia no podía apagar. Vio la mandíbula apretada, la negativa absoluta a ser una víctima.
Él necesitaba una esposa. Su abuelo lo había estado presionando, amenazando con indagar demasiado en sus "negocios privados" si no sentaba la cabeza. Una esposa trofeo, desesperada y agradecida, sería la tapadera perfecta. Y Scarlett Hayes... Scarlett Hayes tenía agallas.
Una sonrisa lenta, depredadora, curvó los labios de Ethan. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un lobo que acaba de encontrar la puerta del gallinero abierta.
-Alfred -dijo Ethan sin apartar la vista de ella-. Abre la puerta.
Scarlett se quedó paralizada un segundo.
-Sube al auto -ordenó Ethan, su voz bajando una octava-. Antes de que recupere el juicio y te deje aquí en el barro.
El interior de la camioneta adaptada de Ethan Vance era un mundo aparte. Afuera, la tormenta rugía y los invitados de la boda comenzaban a salir de la catedral, buscando a la novia desaparecida como buitres. Adentro, el silencio era absoluto, roto solo por el suave zumbido del motor y el sonido de la calefacción arrancando.
Era un espacio lujoso, con asientos de cuero negro y vidrios tintados tan oscuros que convertían el día en noche, pero se sentía frío. Estéril.
Scarlett estaba sentada en el asiento de cuero, tiritando violentamente. El frío le había calado hasta los huesos, pero era el shock lo que hacía que sus dientes castañetearan. Acababa de subirse al coche de un casi desconocido. Acababa de proponerle matrimonio a un hombre que la sociedad había descartado.
Ethan, anclado en su silla de ruedas en el espacio habilitado frente a ella, la observaba. No le ofreció consuelo. No le preguntó si estaba bien. Simplemente se quitó su chaqueta de traje, una prenda de corte impecable pero de tela oscura y sin marcas visibles, y se la lanzó.
La chaqueta aterrizó en el regazo de Scarlett con un golpe suave. Olía a sándalo, a lluvia y a algo metálico y masculino.
-Póntela -dijo él, mirando su tablet como si ella no existiera-. No quiero que mueras de hipotermia antes de firmar los papeles. Sería un desperdicio de mi tiempo.
Scarlett asintió, agradecida por la prenda. Mientras se acomodaba la chaqueta sobre los hombros, sintió el peso de su propio teléfono aún apretado en su mano junto a los restos del ramo. Con un movimiento torpe, soltó las flores arruinadas en el suelo del auto y deslizó su teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta de Ethan, asegurándolo contra su pecho.
-¿A dónde vamos? -preguntó, su voz apenas un susurro.
-Al Ayuntamiento -respondió Ethan sin levantar la vista-. Dijiste "ahora mismo". Yo no dejo las cosas para después.
El chofer, Alfred, miró por el espejo retrovisor. Sus ojos eran duros, protectores, pero no dijo nada. El coche se deslizaba por el tráfico de la ciudad como un tiburón en el agua.
-Debes saber en qué te estás metiendo, Scarlett -dijo Ethan de repente, bloqueando su tablet y fijando su mirada gris en ella-. Soy un lisiado. Mis piernas son inútiles. Mi temperamento es peor. Mi familia me tolera solo porque no pueden matarme legalmente sin causar un escándalo.
Scarlett se ajustó la chaqueta, buscando calor.
-Y yo soy una novia abandonada que acaba de convertirse en el chiste nacional -respondió ella, encontrando su mirada-. Hacemos buena pareja. Los dos somos... defectuosos.
Un destello de algo indescifrable cruzó los ojos de Ethan. ¿Respeto? ¿Diversión? Desapareció antes de que ella pudiera estar segura.
El coche se detuvo frente al edificio gris y monolítico del Registro Civil. La prensa, alertada por algún invitado traicionero de la boda, ya estaba empezando a congregarse en la entrada, como tiburones oliendo sangre.
-Están aquí -dijo Scarlett, sintiendo que el pánico le cerraba la garganta.
-Déjalos que miren -dijo Ethan.
Presionó un botón en el panel lateral de su silla. La puerta lateral de la camioneta se deslizó y la rampa mecánica se desplegó con un zumbido hidráulico.
-Dame la mano -ordenó.
Scarlett dudó.
-Es para la foto, Scarlett. Si vamos a vender esto, tienes que parecer que no te estoy secuestrando.
Ella extendió su mano. Ethan la tomó. Su piel era cálida, seca y callosa. Su agarre no fue el de un inválido débil; fue un agarre de hierro, posesivo y fuerte, que tiró de ella suavemente hacia su lado.
Bajaron juntos. Los flashes estallaron como relámpagos. Gritos, preguntas obscenas sobre Blake, sobre su huida. Scarlett mantuvo la cabeza alta, aferrándose a la mano de Ethan como si fuera su único salvavidas en un mar tormentoso. Él no se inmutó. Avanzó con su silla eléctrica, abriéndose paso entre la multitud con una arrogancia que obligaba a los reporteros a apartarse.
Dentro del edificio, el caos se amortiguó. El funcionario del registro los miró con escepticismo.
-Lo siento, señores -dijo el funcionario con tono aburrido-. En Nueva York hay un periodo de espera de 24 horas después de obtener la licencia. No pueden casarse hoy.
Scarlett sintió que el suelo se abría. ¿Todo esto para nada?
Pero Ethan ni siquiera parpadeó. Con un movimiento fluido, sacó un sobre grueso de su chaqueta y lo deslizó sobre el mostrador, junto con un documento sellado con un emblema judicial.
-Una exención judicial firmada por el juez supremo del estado -dijo Ethan con voz tranquila pero amenazante-. Alega circunstancias médicas urgentes y... discreción necesaria. Verifique la firma.
El funcionario palideció al ver el sello. No hizo más preguntas. Empezó a teclear frenéticamente.
Quince minutos después, estaban frente a un juez que parecía haber sido sacado de su almuerzo a la fuerza.
-¿Acepta usted a Ethan Vance...?
-Sí-dijo Scarlett. SIN dudar. SIN pensar en el amor. Pensando en la venganza. Pensando en sobrevivir.
-¿Acepta usted a Scarlett Hayes...?
Ethan la miró. Por un segundo, el tiempo se detuvo.
-Sí.
Firmaron los documentos. La caligrafía de Ethan era agresiva, afilada, rasgando el papel. Scarlett firmó con mano firme, sellando su destino.
Cuando salieron de nuevo al coche, con el certificado de matrimonio en la mano de Ethan, la adrenalina de Scarlett comenzó a disiparse, dejando paso a un terror frío. ¿Qué había hecho? Se había casado con un extraño.
El coche arrancó. Ethan guardó el papel en su bolsillo interior.
-Ahora que eres legalmente mía -dijo él, y la palabra "mía" envió un escalofrío por la espalda de Scarlett-, hay un pequeño detalle que omití.
Scarlett se tensó. -¿Qué detalle?
Ethan se recostó, observando su reacción como un científico observa a una rata de laboratorio.
-La familia Vance me ha cortado los fondos hace años. Vivo de una asignación miserable. Pero eso no es lo peor.
Hizo una pausa dramática.
-Tengo una deuda personal. Una deuda enorme. Cien millones de dólares. Producto de... malas inversiones y chantajes de antiguos socios.
Scarlett parpadeó, procesando la cifra. Cien millones.
-¿Cien millones? -repitió ella-. Pero eso es tuyo, ¿verdad? Hay separación de bienes...
Ethan negó con la cabeza lentamente, con una falsa expresión de pesar.
-Ahí está el problema. La exención judicial que usamos para casarnos rápido... conlleva una cláusula de "fusión de activos y pasivos inmediata" para garantizar la solvencia médica. Al firmar el acta, aceptaste legalmente la mitad de mi deuda.
Era una mentira elaborada, una prueba cruel para ver si ella saldría corriendo.
Scarlett sintió un nudo en el estómago. Había salido de la sartén para caer en el fuego. Se había casado con la ruina. Cien millones. Era una cifra imposible.
Pero luego pensó en Blake. Pensó en Tiffany riéndose en el teléfono. Pensó en que, si se divorciaba ahora, sería el hazmerreír dos veces en un día. Y Ethan... él la había ayudado cuando nadie más lo hizo.
Respiró hondo. Apretó los puños sobre su regazo, arrugando la tela de su vestido de novia arruinado.
-Soy una diseñadora excelente -dijo ella lentamente, su mente trabajando a mil por hora-. Y tengo algunos activos que puedo liquidar. No sé cómo, Ethan, pero no voy a dejar que nos hundamos. Si es una deuda compartida, la enfrentaremos.
Los ojos de Ethan se abrieron ligeramente. Un destello de sorpresa genuina rompió su máscara de indiferencia. Esperaba gritos, demandas de anulación. No esto.
-¿No te asusta la pobreza, princesa? -se burló él, intentando recuperarse-. ¿No te asusta trabajar para pagar los errores de un lisiado?
Scarlett se giró hacia él. Sus ojos verdes brillaban con una determinación feroz.
-Me asusta más la traición, Ethan. El dinero se puede ganar. La dignidad no se compra.
El coche comenzó a reducir la velocidad. Estaban frente al antiguo edificio de apartamentos de Scarlett.
-Bien -dijo Ethan, su voz extrañamente suave-. Recoge tus cosas. Vives conmigo ahora. No quiero a mi esposa viviendo en el santuario de su ex.
Scarlett subió al ascensor de su antiguo edificio sintiéndose como una intrusa en su propia vida. El vestido de novia, ahora húmedo y pegajoso, pesaba una tonelada. Cada piso que subía el ascensor aumentaba la presión en su pecho.
Llegó a su puerta. Su mano tembló al introducir la llave. Debido a los nervios y la prisa, no cerró la puerta completamente al entrar, dejándola apenas entornada.
El aire acondicionado la golpeó, pero no traía frescura. Traía el olor dulzón y empalagoso del perfume de Tiffany mezclado con el olor agrio del champán caliente.
El salón estaba hecho un desastre. Botellas vacías, copas con marcas de pintalabios, ropa tirada.
-¿Qué demonios...? -murmuró Scarlett.
La puerta del dormitorio principal se abrió. Blake Miller salió, con la camisa desabrochada y el cabello revuelto. Se detuvo en seco al verla, una mezcla de sorpresa y fastidio cruzando su rostro atractivo y débil.
-¿Scarlett? -Blake frunció el ceño-. ¿Qué haces aquí? ¿Viniste a rogarme? Porque te advierto, Tiffany es muy sensible y no quiero escenas.
La audacia de él le robó el aliento por un segundo.
-¿Rogarte? -Scarlett sintió una risa histérica burbujeando en su garganta-. Vine por mis cosas, Blake. Este es mi apartamento. Está a mi nombre.
-Era tu apartamento -corrigió él con arrogancia, sirviéndose un resto de champán-. Pero dado que te fuiste corriendo y arruinaste mi reputación, mi abogado dice que tengo derecho a quedarme aquí como compensación por daños emocionales hasta que se resuelva el litigio. Intenta echarme y verás lo que pasa.
Scarlett sintió asco. Puro y simple asco. ¿Cómo había amado a este hombre? Comenzó a caminar hacia su habitación de invitados, sacando una maleta del armario del pasillo. Empezó a meter ropa indiscriminadamente.
-¡No me ignores cuando te hablo! -Blake la agarró del brazo. Sus dedos se clavaron en su carne.
Scarlett se soltó con un movimiento brusco y violento.
-¡No toques a una mujer casada! -gritó ella.
Blake se quedó de piedra. Luego, soltó una carcajada. Una risa fea y hueca.
-¿Casada? ¿Con quién? ¿Con el aire? ¿Con el conductor de Uber? Por favor, Scarlett, no seas patética. Nadie se casaría contigo después de lo que pasó hoy.
-Oh, mira quién volvió. La perrita mojada.
La voz de Tiffany vino desde el pasillo. Scarlett se giró. Tiffany Sharp estaba allí, luciendo una bata de seda color champán que pertenecía a Scarlett. Su cabello estaba suelto y seco, su maquillaje retocado. Se veía cómoda, como la dueña del lugar.
La ira de Scarlett se enfrió. Se convirtió en hielo.
-Bonita bata -dijo Scarlett con voz mortalmente tranquila-. Quédatela. Ya está contaminada.
Tiffany sonrió con malicia, caminando descalza hacia ella.
-Oh, Scarlett, viniste a ver nuestro nido de amor. ¿Te duele? ¿Te duele saber que él me toca a mí como nunca te tocó a ti?
Scarlett siguió empacando, cerrando la cremallera de la maleta. Ignorarlas era la mayor ofensa. Sacó su teléfono del bolsillo de la chaqueta de Ethan, que había dejado sobre una silla, y comenzó a grabar discretamente.
Tiffany, molesta por la falta de reacción, se acercó más. Cuando Scarlett se giró para agarrar su bolso, Tiffany estiró el pie y "tropezó" intencionalmente con la maleta.
-¡Ahhh! -gritó Tiffany, lanzándose al suelo con una teatralidad digna de un Oscar.
El golpe fue sordo. Tiffany se agarró el tobillo, gimiendo.
-¡Me empujó! -chilló Tiffany, mirando a Blake con ojos llorosos-. ¡Blake, me empujó! ¡Está loca!
Blake corrió hacia ella, su rostro rojo de ira.
-¡Scarlett! -rugió, levantándose y cerrando los puños-. ¡Estás enferma! ¡Atacar a una mujer indefensa!
Scarlett miró la escena con incredulidad. Era tan burdo, tan falso. Blake avanzó hacia ella, amenazante, acorralándola contra la pared del pasillo.
-Eres una mujer violenta y celosa -escupió él, levantando la mano para intimidarla.
Scarlett levantó el teléfono, mostrando la pantalla de grabación activa.
-Tengo todo grabado, Blake -dijo con voz temblorosa pero firme-. Si me tocas, llamaré al 911 y mostraré este video. Allanamiento, agresión... tú eliges.
La cara de Tiffany palidece instantáneamente. Dejó de gemir.
-¿Estabas grabando? -susurró Blake, deteniéndose.
-El apartamento es mío -dijo Scarlett, cerrando la maleta con un golpe seco-. Llamaré a la policía ahora mismo para reportar intrusos si no se apartan.
Blake dudó, mirando entre el teléfono y Tiffany. Su ego estaba herido, y la amenaza policial lo puso nervioso, pero la furia lo dominó.
-No te vas a ir así -gruñó él, bloqueando la salida con su cuerpo, apostando a que ella no se atrevería a llamar-. Dame ese teléfono.
Se abalanzó sobre ella para arrebatarle el móvil. Scarlett se preparó para el impacto, cerrando los ojos.
Pero la puerta del apartamento, que había quedado mal cerrada, se abrió de golpe con un empujón brutal.