Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Hombre Lobo > Adiós, Alfa: mi sangre ya no te pertenece
Adiós, Alfa: mi sangre ya no te pertenece

Adiós, Alfa: mi sangre ya no te pertenece

Autor: PageProfit Studio
Género: Hombre Lobo
Zarelle Feymere, heredera de la dinastía de licántropos más poderosa del mundo, cometió un único error: enamorarse de un Alfa que solo la veía como una fuente de sangre excepcional. Durante tres años soportó la humillación de un vínculo sin amor, dejando que utilizaran su sangre como una mercancía para mantener con vida a Thessaly, la mujer a la que Calden Ashmoor amaba de verdad. Su compañera destinada... la misma que lo rechazó para casarse con su hermano. Pero cuando una red de mentiras y traiciones sale a la luz, Zarelle toma una decisión impensable: abandonar a Calden. Ya no fingirá ser una omega dócil y sumisa. Como la verdadera hija de la Manada Missatian, ha vuelto para reclamar lo que le pertenece por derecho... y cobrar cada una de las deudas pendientes. Calden siempre creyó haberse casado con una don nadie. Jamás imaginó que la mujer a la que desechó regresaría convertida en reina.
Leer ahora

Capítulo 1 Anhelo y divorcio

Punto de vista de Zarelle

Después de tres años casada con el alfa Calden Ashmoor, por fin había comprendido cuál era mi verdadero lugar. No era su luna. Era un banco de sangre con piernas.

«Clínica Oak. El estado de Thessaly está empeorando otra vez. Es necesario realizar el ritual del vínculo de sangre. Ya sabes cuál es tu deber. Ven ahora mismo».

Otro mensaje de Calden apareció en la pantalla de mi teléfono. Hubo un tiempo en que aquellas palabras me habrían destrozado. Ahora solo me dejaban el regusto amargo de la resignación.

Solo durante aquel ciclo lunar, me había arrastrado tres veces hasta la sala de tratamiento para entregar mi sangre y mi fuerza. Después de cada sesión quedaba vacía, temblando al borde del colapso.

¿Y a Calden? Nunca le había importado.

«¿Dónde demonios estás, Zarelle? Llegas tres minutos tarde. Thessaly no puede esperar».

En los tres años que llevaba siendo su esposa, jamás me había mostrado ni una pizca de la dulzura o la paciencia que reservaba para Thessaly.

Thessaly Ashmoor.

La mujer a la que Calden amaba. La misma que había elegido a su hermano por el título de luna y que, al final, se había quedado viuda.

«El pago ha aumentado a 100.000. Revisa tu cuenta».

Todavía creía que seguía a su lado por dinero. Que no era más que otra omega superficial.

«Zarelle Stormy, ¿qué demonios estabas haciendo? Tenías veinte minutos para presentarte ante el sanador. Un trato es un trato».

Un trato.

Así llamaba a nuestro matrimonio.

Nunca me había considerado digna de él. De no ser porque mi sangre mantenía con vida a su preciosa Thessaly, ni siquiera me habría dedicado una segunda mirada. Tres años de frialdad y silencios distantes me lo habían dejado dolorosamente claro.

Me recosté en el asiento del auto y cerré los ojos. Aún recordaba con absoluta nitidez la primera vez que vi a Calden Ashmoor.

Acababa de llegar sola a la ciudad cuando me vi envuelta en una colisión en cadena. El accidente casi puso a la ciudad de rodillas, pero Calden apareció a tiempo para evitar el desastre. Aquel día, el heroico alfa dejó una huella imborrable en mi corazón, aunque nunca imaginé que nuestros caminos volverían a cruzarse.

Hasta que entró en mi habitación del hospital mientras me vendaban las heridas.

-¿Quieres ser mi esposa?

Eso fue todo.

Y mi corazón, hasta entonces tranquilo y dormido, empezó a latir con una fuerza desconocida. Jamás había sentido algo así por ningún hombre. Por eso, cuando respondí «sí, acepto», las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera contenerlas.

Más tarde descubrí el precio oculto tras aquella propuesta.

Antes incluso de que nuestro matrimonio quedara registrado, conocí la verdad: Calden me había elegido por el valor de mi sangre excepcional. Mantenía con vida a Thessaly y beneficiaba a la manada.

-Esta unión es por el bien de la manada -me advirtió con frialdad antes de que firmara-. Pero tu función principal será servirle de donante. Siempre que Thessaly te necesite, acudirás. A cambio, me aseguraré de que nunca te falte nada.

Era una advertencia.

Pero para entonces estaba tan neciamente enamorada que me convencí de que, al menos, mi sangre me daba una razón para permanecer a su lado. Creí que algún día dejaría de ser una simple «herramienta» y me convertiría en alguien importante para él.

Creí que lograría que me amara.

Tres años después, había fracasado.

Por completo.

Calden apenas me tocaba. Incluso cuando estábamos solos, mantenía las distancias y nunca permitía que nuestros aromas se mezclaran. Al principio pensé que se debía a nuestra diferencia de estatus, que mi aroma de omega no era digno de un alfa como él.

Después supe la verdad.

Se estaba reservando para otra mujer.

Thessaly Ashmoor. Su cuñada. La mujer a la que nunca había podido dejar atrás.

Incluso en el accidente que lo había llevado hasta mí, aquel que hizo que me enamorara de él a primera vista, había actuado con tanta desesperación porque Thessaly estaba atrapada entre los vehículos.

Nunca me había visto de verdad.

El teléfono volvió a vibrar. Esta vez, el mensaje no era de Calden.

Procedía de un número anónimo y traía una fotografía adjunta.

Se me cortó la respiración.

Hasta dormido, Calden parecía un dios esculpido en sombras y acero. Sus facciones eran afiladas: una mandíbula capaz de hacer sangrar, pestañas oscuras como la medianoche y unos labios hechos para el pecado y la crueldad, aunque yo nunca había probado ninguno de los dos. Su cuerpo era un arma. Hombros anchos. Una fuerza contenida que se percibía incluso en reposo.

Y allí estaba ella.

Thessaly.

Tenía la cabeza apoyada en su hombro y, aun dormida, una leve sonrisa burlona le curvaba los labios.

La expresión de una vencedora.

A su lado, Calden parecía completamente relajado. Como si hubiera vuelto a casa. Como si aquel fuera su verdadero lugar: junto a ella.

Las palabras escritas bajo la fotografía se clavaron en mí como una hoja envenenada:

«Apuesto a que tú nunca has vivido un momento así. Aprende cuál es tu lugar, bolsa de sangre».

La ira me encendió la mirada.

No era la primera vez que recibía una provocación semejante. Llegaban con precisión de reloj después de cada llamada de Calden, como si alguien necesitara recordarme constantemente cuál era mi sitio.

Los faros de un auto que pasaba iluminaron la ventanilla y, durante un instante, vi mi reflejo en el cristal.

Me quedé inmóvil.

No reconocía a la mujer que me devolvía la mirada.

Era una omega, sí, pero jamás me había visto así. Tan exangüe. Tan agotada. La piel se tensaba sobre unos huesos que cada día parecían más afilados, como si amenazaran con atravesarla. Las ojeras formaban profundos surcos bajo mis ojos y se oscurecían con cada ciclo lunar.

Cada vez que le entregaba una parte de mí a Thessaly, algo en mi interior se marchitaba.

Las palabras de otro sanador resonaron en mi memoria:

-No puedes seguir así, Zarelle. Hasta el linaje más fuerte tiene límites. Si continúas sometiéndote a esto con tanta frecuencia, terminarás vacía por dentro. Morirás.

La muerte.

Un guerrero nunca temía morir. Mi padre me lo había enseñado.

Pero un guerrero moría por un propósito. Con honor.

¿Así iba a terminar yo? ¿Rígida y fría sobre una mesa de transfusión, desangrada por una mujer que solo me consideraba una fuente de suministro? ¿A cambio de las migajas de atención de un hombre que jamás me había amado?

No.

Cerré los puños sobre el volante.

Llevaba tres años haciéndome cada vez más pequeña. Tres años desangrándome por él, por ella, por una manada que solo valoraba lo que corría por mis venas. Les había permitido vaciarme poco a poco, convencida de que, si daba lo suficiente y resistía un poco más, quizá Calden acabaría por verme.

Pero nunca lo hizo.

Nunca lo haría.

Se había acabado.

No iba a seguir muriendo por personas a las que no les importaba si yo vivía.

El teléfono volvió a zumbar.

Otro mensaje. Otra correa tirando de mí.

«Zarelle, estás cruzando un límite. Si no te presentas hoy, me aseguraré de que no haya lugar para ti en esta ciudad».

Contemplé la pantalla y, por primera vez en tres años, me reí.

Fue una risa hueca y rota, pero una risa al fin y al cabo.

¿Cuándo comprendería Calden qué era lo que me había mantenido atada a él todo aquel tiempo? No era su autoridad como alfa. Tampoco aquel ridículo contrato.

Había sido la esperanza.

Una esperanza absurda. Desesperada. Sangrante.

¿Y ahora?

Había muerto.

Cuando decidiera marcharme, nadie -ni él, ni ella, ni toda aquella manada- podría detenerme.

Aferré el volante y encendí el motor.

*

El auto se detuvo con un chirrido frente al hospital. No esperé a que el chofer me abriera la puerta. Bajé por mi cuenta y avancé a grandes zancadas hacia la suite privada de Thessaly.

Ni siquiera había levantado la mano para llamar cuando la puerta se abrió de golpe.

Su presencia me embistió con una fuerza casi física. Primitiva. Embriagadora. Mi loba se acobardó por instinto antes de que pudiera impedírselo.

Calden ocupaba todo el marco de la puerta. Ni siquiera el traje hecho a medida lograba ocultar al depredador que llevaba dentro. Al verme, una chispa de irritación cruzó primero sus ojos. Luego reparó en el teléfono que yo sostenía, y aquella irritación se transformó en algo mucho más peligroso.

-Tu teléfono funciona -espetó con una frialdad capaz de congelar el espacio entre nosotros-. Entonces, ¿por qué carajos no respondías a mis mensajes? Los sanadores de la manada llevan rato esperando.

Su aroma me inundó los pulmones: pino, invierno y dominio absoluto.

Lo respiré por última vez.

La línea cruel de la mandíbula. Aquellos ojos de depredador capaces de someter a toda una manada. Los músculos definidos de los antebrazos. Los tatuajes que asomaban bajo las mangas remangadas, cada uno de ellos señalando un territorio que había reclamado como suyo.

Aquella sería la última vez.

Alargó la mano y me sujetó la muñeca con tanta fuerza que me dejaría moretones.

-La transfusión. Ahora.

-Lo sé.

La voz me salió más débil de lo que pretendía, casi ahogada por el rugido de la sangre en mis oídos. Me apoyé en el marco de la puerta para mantenerme firme. Tenía todos los músculos en tensión.

Ya no era la omega sumisa que soportaba todo en silencio.

Los labios de Calden se curvaron en una sonrisa cruel.

-Entonces, ¿qué demonios sigues haciendo ahí parada?

Antiguas leyendas de la manada susurraron en mi mente. Historias de lobos solitarios que preferían arrancarse sus propios vínculos antes que vivir como esclavos. El pulso me martilleaba contra las costillas, desesperado por liberarse.

-Iré -respondí sin temblar-. Le daré mi sangre. Pero antes quiero algo.

Calden se pasó una mano por el cabello. Estaba perdiendo la paciencia.

-El dinero ya está en tu cuenta. -Señaló su teléfono con la barbilla-. Revísala y vete.

-No quiero dinero.

Mi serenidad resultaba aterradora.

-Entonces, ¿qué...? -La orden del alfa retumbó en la habitación e hizo vibrar los cristales-. ¡Suéltalo de una vez!

Le sostuve la mirada sin inmutarme.

-Rompe nuestro vínculo.

Las palabras me desgarraron la garganta al salir.

-Quiero el divorcio, Calden Ashmoor.

Capítulo 2 Bienvenida a casa, heredera Feymere

Punto de vista de Zarelle

El mundo se redujo al espacio que separaba nuestras respiraciones.

El férreo control de Calden se resquebrajó apenas un instante, pero lo vi. Me examinó el rostro con una mirada capaz de rastrear hasta el origen mismo de mi traición. El gran alfa, desconcertado por la rebeldía de la loba más débil de su manada.

Casi podía oír sus pensamientos. La omega desesperada que había intercambiado su sangre poco común por protección, ¿con qué derecho se atrevía ahora a exigir algo?

-Explícate.

La orden, cargada de poder alfa, me caló hasta los huesos.

-No hay nada más que explicar. -Mantuve la voz firme pese a la tormenta que me sacudía por dentro-. Le daré mi sangre a Thessaly, pero este es mi precio.

Cerré las manos hasta que las uñas se me clavaron en las palmas. Fijé la vista en el equipo médico a sus espaldas. En cualquier parte menos en aquellos ojos dorados que parecían verlo todo.

-¡Teníamos un trato!

Un gruñido retumbó en lo más profundo de su pecho, y el resplandor ámbar de su lobo se filtró en sus iris.

-Y lo estoy rompiendo. -Por fin le sostuve la mirada y alcé la barbilla-. Entrégame al Consejo. Quítame el título. No me importa.

Por primera vez en tres años, algo distinto de la ira y el desdén cruzó su rostro. Algo casi parecido a...

No. No volvería a caer en esa trampa.

Calden esperaba lo de siempre: mi sumisión silenciosa, los hombros encorvados, la mirada baja. No aquello. Jamás aquello.

Un músculo le palpitó en la mandíbula mientras me observaba. Su aroma se volvió acre, cargado de emociones contradictorias.

-Está bien.

La respuesta fue tajante, aunque teñida de algo que bien podía ser reticencia.

-¿Tienes los documentos?

La pregunta me sacudió como un golpe.

Por supuesto. Antes se preocuparía por los trámites que por mis razones. Eficiencia por encima de cualquier emoción. Calden Ashmoor en estado puro.

-Todavía no -respondí en un hilo de voz.

Clavó los ojos en mí, como si intentara descubrir si las grietas de mi determinación eran reales o se trataba de otra manipulación.

Entonces dictó la sentencia con la contundencia de un mazo:

-Beta Aldrin, redacte los documentos del divorcio.

El mundo se inclinó bajo mis pies.

Su aceptación inmediata no debería haberme sorprendido, pero lo hizo. La brutalidad de su respuesta me dejó sin aliento y convirtió la suite del hospital en un espacio siniestro y vacío. Parpadeé para contener aquellas lágrimas traicioneras y levanté la barbilla, como si hubiera ensayado ese gesto un millón de veces.

Beta Aldrin regresó demasiado pronto, con los documentos del divorcio entre las manos como si fueran una sentencia de muerte.

Calden firmó sin vacilar. Su rúbrica atravesó el papel como un brutal corte de tinta.

Durante un instante fugaz, creí distinguir algo en sus ojos dorados. Lo que fuera. Pero desapareció antes de que pudiera ponerle nombre, sustituido por aquella exasperante calma de alfa.

-Trato hecho. -Guardó el documento en un sobre con precisión clínica-. El Consejo lo tramitará antes del anochecer. No te demores.

Me temblaron los dedos al guardar mi copia. El papel me quemaba la piel como hielo.

Tres años de miradas furtivas y deseos nunca expresados, reducidos a dos firmas.

-Thessaly está esperando.

Se dio media vuelta y echó a andar.

Lo seguí, entumecida, con el pulso golpeándome de forma irregular en la garganta.

Eso era todo.

Nunca debería haber esperado nada de él.

La suite VIP apestaba a rosas y engaño. Thessaly descansaba como una reina consentida, con la bata de seda dispuesta cuidadosamente para realzar cada curva. La anciana sanadora dormitaba en un rincón, agotada después de atender su «estado crítico».

-¡Calden! -Los ojos de Thessaly se iluminaron hasta que reparó en mí y frunció el ceño con delicadeza-. Cariño, te dije que no hacía falta...

Fingió una tos y soltó un suspiro teatral.

Calden ignoró su actuación.

-Zarelle está aquí. Terminemos con esto.

Avancé antes de que pudiera ordenármelo.

La sonrisa burlona de Thessaly vaciló. Me incliné y le arranqué la venda de la frente.

El olor fue lo primero que me golpeó: antiséptico y piel intacta.

Ni sangre.

Ni herida.

-¡Zarelle!

El rugido de Calden hizo vibrar las ventanas. Me sujetó con tanta fuerza que me dejó moretones y tiró de mí hacia atrás.

Thessaly soltó un chillido digno del melodrama más exagerado.

-¡¿Cómo pudiste?!

Pero yo ya me había vuelto hacia Calden. Le planté delante del rostro la gasa inmaculada.

-¿Lo hueles, alfa? No hay sangre. Solo otra mentira. -La voz se me quebró bajo el peso de mil verdades nunca dichas-. ¿Cuántas veces me has hecho sangrar para nada?

Un silencio mortal se apoderó de la habitación.

Calden fijó la atención en el médico humano, que temblaba sin control. El aire se volvió denso con el hedor acre del sudor provocado por el miedo y el engaño.

-Explíquese.

Una sola palabra, pero cargaba con toda la ira de un alfa.

El doctor Patel se estremeció como si acabaran de golpearlo y se aferró a la bata de laboratorio. Miró de reojo a Thessaly. Una señal tan evidente como un conejo sangrando en territorio de lobos.

-Alfa, yo... yo solo seguía órdenes -tartamudeó.

Calden avanzó un paso.

El médico retrocedió. El pulso le latía de forma visible en la garganta.

-¿De quién... fueron... las órdenes?

Cada sílaba destilaba una calma letal.

El perfume de Thessaly se volvió empalagoso cuando se removió en la cama.

-Calden, cariño...

Un gesto brusco la hizo callar. Hasta la preciada niña dorada de la manada sabía que no debía poner a prueba la paciencia de un alfa en ese momento.

El médico se quebró como madera seca.

-¡La señorita Ashmoor dijo que usted quería que falsificara los registros! ¡Dijo que necesitaba que hicieran venir a la luna Zarelle! -La voz se le rompió-. Amenazó con quitarme la licencia médica... Amenazó a mi familia...

Durante un instante, nadie dijo nada.

-¿Y mi sangre? -Mi voz atravesó la tensión como plata cortando la carne-. ¿Qué pasó con la que me sacaste?

El doctor bajó la mirada al suelo.

-La revendieron. La sangre Rh negativo alcanza... un buen precio en el mercado negro.

La fachada perfecta de Thessaly se hizo añicos.

-¡Mentiras! ¡Todo eso es mentira! -Hundió los dedos perfectamente manicurados en las sábanas-. Calden, no puedes...

No esperé a que terminara su representación. Con un toque, envié la foto incriminatoria al teléfono de Calden.

En aquel silencio cargado, el zumbido del dispositivo resultó ensordecedor.

-Tu equipo de seguridad puede rastrear al remitente -dije con calma, aunque el pulso me rugía en los oídos-. Pero creo que no es difícil adivinar quién tomó esa foto.

La voz de Calden descendió hasta convertirse en un murmullo letal.

-¿De dónde salió esto?

Le sostuve la mirada sin pestañear.

-Pregúntale a tu futura luna.

La máscara de Thessaly se resquebrajó durante un segundo. Una grieta en su perfecta fachada de porcelana. Luego volvió a adoptar aquella vulnerabilidad calculada y agitó las pestañas como una mariposa herida.

No me quedé a contemplar el resto de su actuación.

-Nuestro trato está cumplido -dije, volviéndome hacia la puerta-. Búscate otro banco de sangre.

A mis espaldas, el médico corrió hacia la salida como una rata que huía de un barco a punto de hundirse.

Entonces se oyó el golpe teatral de unas rodillas contra el linóleo.

-Calden... no puedo...

Thessaly respiraba entre jadeos exagerados mientras se desplomaba en un torbellino de seda. Su mano perfectamente arreglada se aferró a la manga de Calden.

-Es como... como cuando Daelen...

El nombre me atravesó como una bala de plata.

Calden se puso rígido. Lo percibí antes incluso de volverme: los hombros bloqueados, el temblor casi imperceptible de las manos.

Daelen.

Su hermano perdido.

El recuerdo de aquellos lobos leales que nunca regresaron a casa.

Thessaly cayó inerte contra él, la viva imagen de una doncella desmayada.

El ascensor emitió un sonido.

Entré y conté cada segundo de aquella agonía.

Uno.

Dos.

Tres.

Silencio.

No hubo pasos atronadores. Ninguna orden de alfa hizo temblar las paredes. Solo quedó el eco hueco de los latidos de mi propio corazón.

Los labios se me curvaron en algo demasiado afilado para ser una sonrisa.

Tres años desangrándome por él, y ni siquiera merecía un adiós.

Divorciarme de él había sido, sin duda, la decisión correcta.

Lo único malo era haber tardado tres años en tomarla.

El aire del garaje olía a gasolina y cuero pulido. El Bugatti de Calden aguardaba agazapado en su plaza asignada, elegante e intocable, igual que su dueño.

Entonces lo vi.

El Rolls-Royce Phantom.

Color humo.

Con el emblema de la manada Missatian.

Deslicé los dedos por el adorno del capó: un lobo aullando, envuelto en espinas. El símbolo de mi verdadero derecho de nacimiento.

Para aquella manada, yo era Zarelle Stormy: la omega desechable.

Pero el chófer que se inclinó ante mí conocía la verdad.

-Bienvenida a casa, heredera Feymere.

Capítulo 3 Se llevó lo que es mío

Punto de vista de Zarelle

La ventanilla polarizada descendió con un suave susurro de lujo y dejó al descubierto un rostro que no sabía cuánto había extrañado.

Los ojos oscuros de Cyric Feymere brillaban con una mezcla de furia contenida y alivio. La bienvenida de un alfa. Su aroma me envolvió: cedro y gaulteria. Muy distinto al pino y el hierro dominantes de Calden, pero igual de poderoso.

-Sube, lobita.

Los seguros se abrieron con un clic amortiguado. Me dejé caer en los asientos de cuero; el cuerpo reaccionó por instinto antes de que mi mente pudiera asimilar nada.

Y entonces...

Me incliné hacia delante y apoyé la frente en el muslo de mi hermano, como una cachorra que busca refugio después de una tormenta. Su mano se posó entre mis omóplatos, cálida y firme, con la certeza inquebrantable del hogar.

-Ya está, ya está. -Trazó lentos círculos sobre mi espalda con el pulgar, igual que cuando me raspaba las rodillas de niña-. Déjalo salir.

El Rolls cobró vida bajo nosotros con un ronroneo cuya vibración me caló hasta los huesos.

Entonces llegaron las lágrimas. Silenciosas. Incontrolables. Dejaron manchas oscuras en sus pantalones de lana Brioni.

-Fui tan estúpida... -conseguí decir entre sollozos. Cada palabra me arañaba la garganta en carne viva-. Tan ciega.

Cyric no intentó consolarme con frases vacías. Me ofreció únicamente el peso constante de la palma sobre la espalda y una verdad que cayó sobre mí como la luz del sol.

-A veces todos perseguimos la luna equivocada.

Lloré hasta que me dolieron las costillas, hasta que la sal de mis lágrimas borró el aroma persistente de aquella otra manada. El aroma de él.

Cuando por fin logré incorporarme, después de dejar todo mi dolor sobre diez mil dólares en ropa de sastrería, mi hermano esbozó una sonrisa.

-¿Te sientes mejor?

Me sequé las mejillas húmedas con el dorso de la mano.

-Gracias. Por venir. Espero no haberte...

-¿Interrumpido la reunión del consejo? -Cyric resopló mientras se ajustaba los gemelos con estudiada calma-. Digamos que sobrevivirán al escándalo de que su alfa abandonara una votación a medias para ir a buscar a su hermana a esa manada perdida de la mano de Dios.

La manera en que dijo «perdida de la mano de Dios», como si el territorio de Calden fuera un puesto remoto infestado de pulgas y no una de las alianzas más poderosas del sur, consiguió aflojar por fin la tensión que me atenazaba el pecho.

Hogar.

En el Imperio Missatiano no nos limitábamos a gobernar territorios. Éramos sus dueños. Nuestras propiedades se extendían por distintos continentes como raíces doradas. Las salas de juntas de Londres y Tokio respondían al mismo linaje ancestral que antaño había gobernado desde tronos cubiertos con pieles de lobo.

Y Cyric Feymere, mi hermano y heredero de todo aquello, me rodeaba los hombros temblorosos con un brazo enfundado en Brioni, como si yo todavía fuera la cachorra que lo seguía por bosques bañados por la luz de la luna.

-Enviaste un mensaje. -En su voz pesaban mil preocupaciones jamás expresadas-. El mundo puede esperar.

Hundió los dedos en mi cabello y dejó en él el reconfortante aroma del hogar: vetiver y nieve derretida. Tan distinto a la austeridad de pino y hierro de Sunlight Ridge.

Solo con percibirlo se me cerró la garganta.

-Gracias -susurré mientras jugueteaba con la manga-. Por rastrear la foto. Por... todo.

Cyric me secó una lágrima rezagada con el pulgar. Su caricia se demoró sobre mi piel como una marca.

-Solo hicieron falta tres llamadas. -Sonrió como un lobo, mostrando todos los dientes-. En cuanto mencionaste el «traumatismo craneal» de Thessaly, puse a los ejecutores a vigilar todas las clínicas de su territorio.

La confesión quebró algo dentro de mí.

Tres años.

Tres años aislada, mientras ellos habían permanecido atentos todo ese tiempo.

-Padre aúlla por ti.

Sus palabras me golpearon con fuerza. El ritual de luna llena de nuestro padre alfa. Un lamento por la ausencia de un miembro de la manada.

Los ojos volvieron a arderme.

-Fui una tonta -dije con voz ahogada, escondiendo el rostro en su hombro-. Me lo advertiste. Maldita sea, toda la manada me lo advirtió...

-No. -Me estrechó entre sus brazos, con la fuerza de un alfa suavizada por el cariño de un hermano-. Caminaste hacia ese fuego para demostrar que no podría quemarte. Eso no es una tontería. Es sangre Feymere.

Solté una risa húmeda contra la solapa de su chaqueta.

-Resulta que el fuego quema a todos por igual.

Un gruñido retumbó en el pecho de Cyric y vibró contra mí.

-Calden Ashmoor jamás mereció a nuestra princesa.

Me levantó la barbilla. Sus ojos oscuros examinaron los estragos: las ojeras, las cicatrices que nadie podía ver.

-Sunlight Ridge aprenderá qué ocurre cuando se mete con los lobos de Missatian.

El Rolls atravesó la frontera del territorio. El aire cambió de manera casi imperceptible cuando las antiguas piedras de protección reconocieron a la hija perdida.

Cyric apoyó la frente contra la mía. Nuestras respiraciones se mezclaron en aquel espacio sagrado entre los alfas y los de su sangre.

-Bienvenida a casa, Zarelle Feymere.

***

Punto de vista de Calden

El aire estéril del hospital se me adhería a la piel como una segunda capa de ropa, cargado del olor acre del antiséptico y del perfume de rosas de Thessaly. Salí a grandes zancadas de su habitación privada. Los nudillos todavía me palpitaban después de haber golpeado la pared de la sala de observación.

Un desmayo.

Ninguna crisis.

La fragilidad fingida de una luna.

El diagnóstico del sanador jefe seguía resonando en mi cabeza. Cada palabra era un nuevo insulto.

Tres años.

Tres malditos años de transfusiones de emergencia. Tres años viendo cómo Zarelle palidecía con cada donación.

Y todo había sido una farsa.

El teléfono me quemaba en la palma.

-Lo sentimos, el número que ha marcado no está disponible...

Apreté el aparato contra la oreja con tanta fuerza que el plástico crujió. Cuando la voz automatizada repitió su cantinela burlona, un gruñido primitivo me retumbó en el pecho.

Se había ido.

No solo del hospital.

Del territorio.

De mí.

El beta Aldrin apareció a mi lado. Su habitual seguridad comenzaba a resquebrajarse.

-Ni rastro de ella, alfa. Las cámaras de seguridad muestran que salió por el garaje oeste. Sola.

Sola.

La palabra se me clavó entre las costillas.

Zarelle nunca iba sola a ninguna parte. No desde que el pacto la vinculó a mi manada. Siempre llevaba escolta. Siempre estaba bajo mi supervisión.

-Rástrenla. -La orden brotó de mi garganta antes de que pudiera contenerla-. Revisen todas las carreteras. Todos los manifiestos de vuelo. Quiero...

¿Qué?

La pregunta no formulada quedó suspendida entre nosotros.

¿Qué quería de la omega que no había sido más que una obligación contractual?

Nunca habíamos completado el vínculo de apareamiento. Ella jamás había llevado mi marca. Nuestro matrimonio solo existía sobre el papel.

Entonces, ¿por qué la quería de vuelta?

Aldrin vaciló.

-El consejo cuestionará que desviemos recursos para...

-Ahora. -Los colmillos me atravesaron las encías y el sabor del cobre me inundó la boca.

Mientras Aldrin se apresuraba a obedecer, apoyé las manos contra los ventanales de suelo a techo desde los que se dominaba la ciudad. Mi reflejo me devolvió la mirada.

Un desconocido de ojos desbocados y respiración agitada.

Zarelle Stormy.

El nombre me dejaba un sabor amargo. Para mí, ella nunca había sido Stormy. No de verdad.

Solo... Zarelle.

La sombra silenciosa que aparecía cuando la llamaban. La mujer que soportaba mi frialdad sin quejarse. La dueña de aquella rara sangre Rh negativo que había salvado a Thessaly más veces de las que podía contar.

Y ahora se había ido.

Mi lobo rugía contra sus cadenas mientras el aroma de Zarelle desaparecía de mi territorio y su ausencia me abría un agujero en el pecho.

Me volví de golpe hacia los ascensores. Mis zapatos de vestir resonaron sobre el suelo pulido como disparos.

-¿Alfa? -me llamó Aldrin desde atrás.

No aminoré el paso.

-Que llamen a los ejecutores. Activen las unidades de sabuesos.

-¿Con qué fundamento?

Las puertas del ascensor se abrieron. Miré a Aldrin por encima del hombro y permití que mi lobo asomara a través de mis ojos.

-Con el fundamento de que se llevó lo que es mío.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022