El sonido de mi guitarra, mi pasión, resonaba hueco en la hacienda que por diez años llamé hogar, un desafío silencioso a Diego, el hombre al que entregué mi alma y mi genio para construir su imperio de tequila.
Pero su respuesta fue una traición helada: "Ximena, deja de hacer numeritos y sube a mi despacho. Ahora" . Y allí, sentado tras su imponente escritorio de caoba, me soltó la humillación más grande: "Quiero que tú y tu mariachi toquen en mi boda" .
La boda que me había prometido a mí. No solo me descartaba por otra mujer, Sofía, sino que me exigía ponerle banda sonora a mi propia aniquilación, a mi propia traición.
El golpe más cruel llegó en un susurro venenoso desde el pasillo, de boca de su lugarteniente, "El Chato", pero con las frías palabras de Diego resonando: "Ximena es buena para el negocio, para la guerra, para la calle. Pero para casarme, necesito algo... más puro. Una niña bien, educada, limpia. Ximena ya está muy corrida, muy vivida" .
Cada palabra era un puñal que me desgarraba: "Sucia", "corrida", "vivida". Así me veía el hombre a quien le había dado todo, solo una herramienta para desechar cuando ya no le servía, valiendo menos que la inocencia fabricada de una desconocida.
El dolor fue insoportable, pero en el fondo de ese abismo, algo se encendió: la rabia. La humillación se transformó en una determinación inquebrantable. Me levanté, la cabeza alta, y con una sonrisa forzada le dije: "Claro, Diego. Será un honor tocar en tu boda" . Pero esa no era Ximena, la víctima; era Ximena, la guerrera, a punto de desatar su venganza.
El sonido de mi propia guitarra se sentía ajeno, un eco hueco en el patio de la hacienda que por diez años había llamado mi hogar. Las notas de "Si nos dejan" flotaban en el aire pesado de Jalisco, pero no eran de amor, eran de desafío. Cada rasgueo era una pregunta silenciosa para Diego, que estaba de pie en el balcón, con una copa de tequila en la mano, tan indiferente como un rey en su castillo. Él me había visto, por supuesto que sí.
Era imposible no verme, vestida con mi traje de charro negro y plata, el mismo que usé la noche que cerramos nuestro primer gran trato de tequila, el que nos sacó de la nada y nos puso en el mapa.
Era un mensaje. Uno que solo él entendería.
Diego no bajó de inmediato, terminó su trago con calma, saboreando el momento, haciéndome esperar. Era su juego de poder favorito. Finalmente, su voz resonó desde el balcón, fría y autoritaria, cortando la música.
"Ximena, deja de hacer numeritos y sube a mi despacho. Ahora."
Apagué el sonido de la guitarra con la palma de mi mano. El silencio que siguió fue más ruidoso que la canción. Dejé el instrumento en su estuche y subí las escaleras, cada paso un recuerdo de los diez años que le había entregado a este hombre y a su imperio.
Cuando entré, él estaba sentado detrás de su imponente escritorio de caoba. No me ofreció asiento.
"¿Qué crees que estás haciendo?", preguntó, su voz era un murmullo peligroso.
"Tocando una canción," respondí, mi voz más firme de lo que me sentía. "¿Acaso ya no se puede tocar música en esta casa?"
Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro, una que conocía demasiado bien. Era la sonrisa que ponía justo antes de destruir a alguien.
"Deja de hacerte la tonta, Ximena. Sé perfectamente lo que intentas. Pero no va a funcionar."
Hizo una pausa, me miró de arriba abajo, como si evaluara una propiedad.
"Pero ya que te gusta tanto ser el centro de atención, te tengo una propuesta."
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio.
"Quiero que tú y tu mariachi toquen en mi boda."
El aire se escapó de mis pulmones. La humillación era tan física, tan real, que sentí un mareo. Tocar en la boda del hombre que amaba, la boda que me había prometido a mí, pero con otra mujer.
"¿Qué?", logré decir.
"Lo que oíste. Será la boda del año en todo Jalisco. Necesito la mejor música, y esa es la tuya. La gente debe ver que no hay resentimientos, que todo está en orden. Que sigues siendo leal a mí."
Su arrogancia era monumental. No solo me estaba desechando, sino que quería que yo misma le pusiera la banda sonora a mi propia traición.
En ese momento, un torrente de recuerdos me inundó. Recordé las noches en vela contando dinero sucio hasta que mis dedos se acalambraban, las reuniones con gente peligrosa en las que yo daba la cara mientras él se quedaba en la sombra, las veces que usé mi talento y mi nombre para blanquear sus negocios, convirtiendo cantinas de mala muerte en locales respetables que servían su tequila ilegal. Diez años de mi vida. Diez años construyendo su trono, pieza por pieza, con la promesa de que un día me sentaría a su lado como su reina.
"Una vez que controlemos todo Jalisco," me decía, "nos casaremos, Ximena. Y todos sabrán quién eres, la mujer detrás de todo."
Una promesa vacía. Un castillo de naipes que se derrumbó de la noche a la mañana.
Mientras me ahogaba en mis pensamientos, no me di cuenta de que la puerta del despacho se había quedado entreabierta. Una voz, la de su lugarteniente, "El Chato", se escuchó desde el pasillo.
"Patrón, ¿está seguro de esto? La señorita Ximena..."
La respuesta de Diego fue un susurro venenoso, cargado de un desprecio que nunca antes le había escuchado.
"Esa es exactamente la razón, Chato. Ximena es buena para el negocio, para la guerra, para la calle. Pero para casarme, para presentarla como mi esposa, necesito algo... más puro. Alguien como Sofía. Una niña bien, educada, limpia. Ximena ya está muy corrida, muy vivida. ¿Entiendes? Ella cantará en la boda, se tragará su orgullo, y luego le daremos una buena cantidad de dinero y la mandaremos lejos. Es un ciclo que se cierra."
Cada palabra era un golpe. "Sucia". "Corrida". "Vivida". Así me veía. La mujer que le había dado todo era solo un peón que ya no le servía en su tablero. La pureza de Sofía, una estudiante de gastronomía de veinte años a la que apenas conocía, era más valiosa que mi década de lealtad incondicional.
El dolor fue tan agudo que me dejó sin aire. Pero debajo del dolor, algo más frío y duro comenzó a formarse. La tristeza se estaba convirtiendo en rabia. La humillación, en determinación.
Lo miré a los ojos, ocultando el huracán que se desataba dentro de mí. Forcé una sonrisa.
"Claro, Diego. Será un honor tocar en tu boda."
Su rostro mostró una fracción de segundo de sorpresa, luego se relajó en una sonrisa de triunfo. Había ganado. O eso creía él.
Salí del despacho con la cabeza en alto. Caminé por los pasillos de la hacienda, mi hacienda, y cada objeto me gritaba la mentira que había vivido. No fui a mi habitación. Fui directamente a la cocina, tomé un cuchillo pequeño y salí al patio trasero, al lugar más alejado de la casa. Me agaché detrás de unos barriles de agave y saqué un teléfono desechable que tenía escondido para emergencias.
Mis dedos temblaban mientras marcaba el número. Un número que había memorizado hace años, el número del único hombre en Jalisco que Diego temía.
Sonó dos veces antes de que una voz grave y cautelosa respondiera.
"¿Quién habla?"
Tragué saliva, mi corazón martillando contra mis costillas. Mi venganza comenzaba ahora.
"Ricardo," dije, mi voz era un susurro helado. "Soy Ximena. La mujer de Diego. O bueno, la que era su mujer. Tenemos que hablar. Tengo información que te va a interesar mucho."
A la mañana siguiente, Diego me encontró en la sala de música, afinando mi guitarra. No me saludó. Simplemente se paró en la puerta, con los brazos cruzados, como si fuera un extraño en su propia casa.
"Sofía llega mañana," dijo, sin rodeos. "Quiero que saques tus cosas de mi habitación hoy mismo. Puedes instalarte en el cuarto de huéspedes del ala oeste."
Levanté la vista lentamente, encontrando su mirada. No era una petición, era una orden. Estaba siendo desalojada, desterrada a la parte más lejana de la casa para hacerle espacio a mi reemplazo. El cuarto de huéspedes, el que usábamos para los socios de bajo nivel o para la gente que no importaba.
"Claro, Diego," respondí, mi voz monótona.
Él frunció el ceño, claramente insatisfecho con mi sumisión. Esperaba lágrimas, gritos, una escena. Quería disfrutar de su poder, verme rota. Pero no le iba a dar esa satisfacción.
Dentro de mí, una voz fría y analítica tomó el control. Comprendí su juego. No se trataba solo de Sofía. Se trataba de recordarme mi lugar, de humillarme públicamente antes de desecharme. Quería que todos en la hacienda, desde los sicarios hasta el personal de servicio, vieran cómo la poderosa Ximena, su mano derecha, era reducida a nada. Quería que mi caída fuera un espectáculo, una lección para cualquiera que pensara que tenía algún poder real.
"Y quiero que sea rápido," añadió, su tono volviéndose más duro. "Sofía es una chica delicada. No quiero que se sienta incómoda con tus... cosas por ahí."
La palabra "cosas" la escupió con desdén. Mis "cosas" eran diez años de vida compartida. Mis libros, mi música, las fotos que habíamos tomado, los regalos que me había hecho en los primeros años, cuando nuestro amor todavía parecía real. Todo eso, reducido a un estorbo.
Asentí de nuevo, con una calma que lo descolocó.
"Lo que tú digas, Diego."
Me levanté, dejé la guitarra a un lado y caminé hacia él. Por un momento, pareció pensar que iba a suplicar o a confrontarlo. En su lugar, pasé a su lado sin rozarlo y me dirigí a la que había sido nuestra habitación.
Su frustración era palpable. Me siguió por el pasillo.
"¿Eso es todo lo que vas a decir?", espetó a mi espalda. "¿'Lo que tú digas, Diego'? ¿Después de diez años, no tienes nada más que decir?"
Me detuve frente a la puerta de la habitación y me giré para mirarlo.
"¿Qué quieres que diga, Diego? ¿Que te agradezca por la oportunidad de tocar en tu boda? ¿O que te felicite por encontrar a alguien 'puro'? Ya dejaste muy clara tu posición. Yo solo estoy siguiendo órdenes, como siempre."
Su rostro se contrajo de ira. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal. Su olor, una mezcla de tequila caro y loción, me revolvió el estómago.
"No te hagas la víctima conmigo, Ximena. Sabes perfectamente cómo funciona este mundo. Ambos lo construimos. No hay lugar para sentimentalismos. Te di una vida que nunca hubieras soñado."
"Te ayudé a construir un imperio," corregí, mi voz baja pero firme. "No me diste nada que no me hubiera ganado con sangre, sudor y miedo. No lo olvides."
Me di la vuelta y entré en la habitación, cerrando la puerta en su cara. Escuché un golpe sordo, su puño contra la madera. Luego, el sonido de sus pasos alejándose a toda prisa.
Sola en la habitación, miré a mi alrededor. Cada objeto era un fantasma. Comencé a empacar, no con tristeza, sino con una eficiencia fría y metódica. Metí mi ropa en maletas, sin doblarla. Arrojé los libros en cajas. Las fotos, las rompí en pedazos pequeños y las tiré a la basura.
Cuando llegué a la caja de joyas, la abrí. Dentro, junto a mis cosas, estaba el primer regalo que Diego me dio: una sencilla medalla de plata con una guitarra grabada. La tomé en mi mano, su metal frío contra mi piel. Por un momento, el dolor amenazó con abrumarme.
Pero luego recordé su voz llamándome "corrida", "sucia".
Apreté la medalla en mi puño hasta que los bordes se clavaron en mi palma. Caminé hacia la ventana, la abrí y, sin dudarlo un segundo, la arrojé al jardín. La vi desaparecer entre los rosales.
Fue un pequeño acto, pero se sintió como una liberación. No estaba guardando el luto por un amor perdido. Estaba declarando la guerra. Cada caja que cerraba, cada recuerdo que desechaba, era un paso más en mi plan. Él quería que me fuera, y yo me iría. Pero no como él esperaba. Me iría llevándome conmigo los cimientos de su imperio.