Todo comenzó cuando tenía catorce años, a unos días de cumplir los quince. Hasta ese entonces había sido una chica muy tranquila, curiosa, eso sí, pero muy tranquila. No tenía idea de que mi lado más salvaje estaba a punto de despertar.
Esa tarde estaba sentada en el sofá viendo la tele, aunque debo reconocer que estaba bastante aburrida.
-¡Ey, Alicia! -me habló mi hermano, Rubén, con voz zalamera, y supe que estaba a punto de pedirme algo-. Oye, ¿me haces un favor?
-No -le respondí. Él tenía dieciocho y siempre se aprovechaba de que yo era la más pequeña en casa para mandarme a hacer todo tipo de encargos.
-Oye, no seas así, hermanita -volvió a decirme y me acarició la cabeza-. Tú sabes que siempre que puedo, te ayudo con todo.
Bufé y lo miré de reojo con resignación. En parte era cierto, nuestros padres pasaban mucho tiempo fuera por negocios y nuestra hermana mayor, Linda, ya tenía veintiuno y no nos hacía mucho caso a ninguno de los dos, siempre estaba metida en sus asuntos, sobre todo en los relacionados a su novio.
-Bieeeeen -le dije-. ¿Qué quieres?
-Lávame la moto, porfa -me respondió con una sonrisa y siguió jugueteando con mi cabello.
-¿Me dejarás montarla? -le pregunté con mucha ilusión. Dios, ¡amaba su moto! En realidad, amaba las motos en general. En ese entonces soñaba con que algún día tendría un novio con motocicleta, que me llevaría sujeta a su espalda envuelta en una chaqueta de cuero.
Rubén hizo una mueca.
-¿Por qué siempre me pides algo a cambio? -me preguntó, casi ofendido.
-Como si tú no lo hicieras -le respondí con una ceja alzada-. ¿Quieres que te lave la moto, sí o no?
-Vale, pero solo le darás una vuelta a la manzana -me advirtió- La quiero lavada y encerada, y pobre de ti que tenga algún rayón.
Oh, Dios, me dejaría montar su moto. No podía ocultar mi sonrisa.
-Da la vuelta antes de que lleguen nuestros padres -me dijo-, o sino no te dejarán conducirla.
-Vale. ¿A dónde vas?
-Tengo que pasar por la universidad a recoger unos apuntes y luego quiero salir por la noche. No tendré tiempo de limpiarla. -Buscó en sus bolsillos y me entregó las llaves. Antes de dejarlas caer en mi palma, se detuvo y me frunció el ceño-. Toma, pero cuídala.
-Con mi vida -le contesté con sinceridad. Él me sonrió y me las pasó. Luego me dio un beso en la frente y se marchó a toda prisa.
De inmediato, apagué la tele y me fui al garaje.
Ahí estaba frente a mis ojos su gloriosa Harley Davidson roja. Todo un deleite a la vista. Estaba llena de lodo por todos lados: en las llantas, en los costados, incluso dentro de la carcasa. La estabilicé sobre unos pedestales especiales para que las ruedas no tocaran el suelo, y fui en busca de un balde y de una esponja. Me esmeraría por dejar como nuevo ese cacharro de los dioses.
Aseguré la puerta del garaje que daba a la casa para que nadie me interrumpiera en mi trabajo, y también el portón automático. Casi completamente a oscuras, iluminada solo por una pequeña lámpara que había ahí dentro, me puse manos a la obra. Comencé a limpiarla con delicadeza, casi con devoción. Mientras lo hacía, no pude evitar que el agua jabonosa salpicara y que mi blusa y mis shorts de mezclilla se mojaran un poco.
Cuando ya la tenía completamente limpia, esparcí la cera y empecé a pulirla. El esfuerzo era agotador, y al tener todo cerrado no entraba ni una pizca de aire. Me amarré mi largo cabello negro y por un segundo sopesé la posibilidad de sacarme la blusa para quedar en sostén. Pero ¿y si llegaban mis padres? Mejor no lo hacía. Como era bastante holgada, me la amarré a la cintura, dejando que mi vientre respirara.
-¡Uf! -exclamé y lo dejé todo en el suelo-. Por fin terminé.
Me incliné sobre la motocicleta, apoyando los codos en ella. De pronto, de reojo, vi mi reflejo en el retrovisor. Guau, no creía que podía verme tan sexy. Tenía unos mechones de cabello pegados a mi rostro por el sudor. Mi blusa, húmeda en mis senos, no dejaba mucho a la imaginación. Se transparentaba el color de mi sostén deportivo y unos puntos duros. Me los toqué y me di cuenta de que eran mis pezones. Me sentí extraña al tocarlos. Nunca antes me los había acariciado. Rozado sí, pero en ese momento, al saber que estaba sola, me sentí con la libertad de palparlos de verdad. Me los apreté con fuerza, comprobando su dureza. Me dolió un poco.
Y en ese mismo instante, recordé una escena que había visto en una película una vez, y que en ese momento me había llamado mucho la atención a pesar de que no era nada explícita. Se trataba de un chico que descubría a una tipa frotando su pelvis contra su moto en marcha, masturbándose. ¿Era acaso eso posible? Nunca me había masturbado. Volví a inclinarme para verme en el espejo e instintivamente apreté uno de mis pezones. Esa vez no me dolió, fue más bien un pellizco soportable, un dolor soportable.
Me detuve y vacilé un poco. ¿Debía hacer algo así? La respuesta es sí, la curiosidad y el morbo me vencieron.
Me subí a la moto, confiada de que los postes soportaran mi peso. Apoye mis pies en los bordes y la encendí como había aprendido de mi hermano desde hacía un buen tiempo. El motor rugió con un ruido sordo debajo de mí, haciendo vibrar todo mi cuerpo. Me incliné hacia delante, cogiendo las manillas, y le di al cambio hasta dejarlo en punto puerto.
Volví a verme en los espejos, dándome cuenta de cómo lucía mi culo con esos shorts. A pesar de ser muy joven aún, yo había desarrollado bastante rápido. Tenía los senos pequeños todavía, pero mi trasero estaba muy redondo y duro, y mis caderas sobresalían bastante. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?
Llevé una de mis manos a mi culo y comencé a acariciarlo. Lo contorneé y sin querer me descubrí pasando mis dedos por le hendidura que separaba mis nalgas, hasta llegar al inicio de mi coñito. Me sentí tan lasciva en ese instante. Me bajé de la moto y me quité mis shorts, quedando solo con mis bragas. Volví a subirme y sentí la calidez del cuero entibiado por mi cuerpo y la vibración de la moto.
-Oh -susurré.
Doblándome hacia delante, alcancé de nuevo las manillas, sujetándome. Nunca había hecho eso, y una parte de mi conciencia trataba de impedírmelo, pero la imagen de esa película me incitaba a hacerlo, la curiosidad. Moví mis caderas, restregando mi coñito con fuerza contra el asiento y una extraña cosquilla apareció en mi entrepierna, haciendo que instintivamente tratara de cerrar mis piernas. Era delicioso. Lo repetí, moviendo mi pelvis hacia atrás y hacia delante dos veces. Una ola de placer me recorrió el estómago, era como si mi vagina necesitara ser presionada contra la moto.
Presioné mi cadera hacia delante, oprimiendo mi intimidad, le di al acelerador, y el rugir de la moto entró por mi entrepierna, extendiéndose en mis entrañas. Luego aceleré nuevamente y percibí la humedad de mi ropa interior.
Sin alzarme, dejé que las sacudidas de la moto siguieran masturbándome; metí una de mis manos en mi ropa interior, permitiéndole que indagara en mi vagina. Entró de inmediato en contacto con un líquido pegajoso y cálido. Antes lo había tocado, pero ahora parecía salir a borbotones. Me picaba la curiosidad, así que unté un poco en mis dedos y me los llevé a los labios. No tenía color, era denso y viscoso. Pasé mi lengua, relamiendo mi índice. Estaba salado. Y me gustaba. Introduje los dos dedos en mi boca y los chupe con fuerza.
Mientras lo hacía, alcé mi vista y mis ojos se encontraron en el retrovisor. Tenía el culo alzado, casi desnudo y abierto, y succionaba mis dedos como si fueran una paleta. Me pareció lo más erótico del mundo, me calenté mucho solo con verme. Llevé la mano a mi trasero y volví a recorrer mis nalgas sin dejar de observarme. Mis dedos inquietos llegaron a los labios de mi coñito por arriba de mis bragas, y mi cadera se movió en respuesta, como queriendo recibirla. Al mecerme, una nueva oleada de placer me ataco y un jadeo escapó de mi boca.
¿Qué tal si me metía los dedos? No creí que pudiera pasar algo, ¿era posible perder mi virginidad con mis propios dedos? Nah, no lo creía. Pero como tenía miedo, me limité a tirar de mi ropa interior hacia arriba.
-Ah -gemí sin poder evitarlo.
Tiré de mis bragas una vez más, incrustándolas en mi coñito, a la vez que me mecía sobre la moto titilante. Y repetí el proceso. Tiré con fuerza y restregué mi pelvis contra la moto, recibiendo cada convulsión del motor en mi vagina abierta, húmeda e ignorante. ¡Qué rico se sentía! La mano que seguía enganchada a la manecilla aceleró. Todo mi cuerpo tiritaba, sentía cómo mis senos se mecían dentro de mi sostén.
Me miré en el retrovisor y mi imagen me excitó mucho más. ¿Cómo se verían mis pechos? Con torpeza, me quité la blusa y el sostén. Tenía razón. Me incliné y observé cómo mis senos oscilaban de un lado para otro, con los pezones alzados y duros. Me solté el cabello e imaginé que era la tipa de la película.
Friccioné mi vagina una y otra vez, acelerando cada vez más, a un ritmo convulso. Me miré y gemí con placer. Deliciosa la forma en que abrí la boca y me quejé de mi masturbación.
No lo soportaba más. Tenía un placer constante, pero parecía haber llegado a un tope, yo quiero más. Mucho más.
Perdiendo las reservas que me quedaban, me penetré con el dedo del medio, pues hacerlo con dos me pareció demasiado. Con un poco de precaución, lo introduje lentamente sin dejar de mecerme. Me sentía como si cabalgara un caballo. Como no sabía hacerlo bien, fui probando, haciendo círculos dentro de mi vagina, hasta que chocó con la pared frontal de mi coñito, o más bien la cúspide, y una ráfaga de satisfacción recorrió toda mi cadera de lado a lado.
-!Ahh! -gemí.
Lo moví con más confianza y produjo el mismo efecto. Mi dedo parecía resbalar dentro de mi. El fruto de mi excitación parecía esparcirse por mi dedo, llegando a mi palma, ensuciando a los otros. No me importaba.
Me estaba masturbando, no podía creerlo del todo aún. Me restregué contra el encuerado asiento, aceleré y me contemplé en el espejo retrovisor, encorvada y gimiendo, con los senos moviéndose en cualquier dirección. ¡Dios! ¿Eso era el placer? Y como si alcanzara un estado de inconsciencia, deseé que entrara cualquier hombre por esa puerta y me penetrara, nunca creí que lo pensaría. Quería una verga de verdad.
Noté una extraña sensación en mi interior. Todo mi bajo vientre se contrajo, apretándose terriblemente, y luego un escalofrío recorrió mi espina dorsal, haciendo que me derritiera y explotara en un orgasmo, aunque en ese entonces aún no estaba tan segura de que se tratara de eso. Percibí cómo acabé con mi mano aún introducida en mi entrepierna. Como si nunca hubiera hecho ejercicio en mi vida, me sentí exhausta y me dejé caer encima de la moto, soltando la manecilla; dejando que vibrara en punto muerto.
No me di cuenta de cómo mi agitación iba en aumento hasta ese momento, que me faltaba el aire. Si así se sentía una masturbación, no quería ni imaginarme el sexo de verdad. Por primera vez, sentí la necesidad imperiosa de tener novio. Sí, me buscaría uno en el instituto.
Recuperándome de mi inesperada corrida, me alcé, divisándome de reojo en los espejos. No sabía por qué me había entrado algo de vergüenza. Apagué la Harley y saqué las llaves. Busqué mi ropa, preocupada de que alguien llegara, y me vestí a toda prisa.
Sin embargo, antes de irme, me di cuenta de una suculenta mancha esparcida por la moto. Mi humedad ensombrecía aún más el cuero ennegrecido. Menos mal que me di cuenta. Tomé la esponja de la cubeta y la pasé, limpiándolo. Le rocié un poco de desodorante ambiental, con la esperanza de que no guardara olor alguno.
Finalmente, tomé todas las cosas y me dispuse a marcharme. No obstante, al llegar a la puerta me mordí el labio inferior y reprimí una sonrisa. No tenía idea de que acaba de despertar a la bestia en mi interior, una bestia que nunca tendría suficiente cuando de placer se trataba.
Menos de una semana después cumplí los quince años. Sí, muchos pueden pensar que fue una gran celebración y que hubo globos e invitados por toda la casa, pero la verdad es que no. Mis padres, para variar, estaban fuera, y Rubén y Linda aún no habían regresado de la universidad. Por lo tanto, me pasé casi todo el día sola en casa. Solo a la hora de la cena me cantarían el Feliz Cumpleaños y picaría la tarta que mi madre había comprado el día anterior. Casi todos mis cumpleaños eran así.
Sin embargo, no me quejaba. Sí, estaba un poco aburrida, pero tenía una solución perfecta para ese pequeño problema. Resulta que desde el día en que me masturbé por primera vez con ayuda de la moto de Rubén, simplemente no podía dejar de pensar en lo bien que se había sentido hacerlo, lo liberador y placentero que había sido, y solo quería repetirlo cada día. Quizás no la parte de la moto, pero sí la de manosearme y meterme al menos un dedo en mi coñito virgen. Esa tarde no fue la excepción. Después de todo era mi cumple, debía hacerme un regalo propio, ¿no?
Me senté en mi cama y me puse a buscar algún buen video en una página erótica que había encontrado en Internet un par de días antes. Era adictiva, ¿cómo no había buscado antes ese tipo de contenido? Había muchos nuevos, casi todos lésbicos, y esos estaban entre mis favoritos. Creía que me volvería una experta de tanto ver videos de ese tipo. Casi todos eran de mujeres en la cama o un sofá, pero yo buscaba uno donde se follaran con arnés, eso siempre me calentaba.
No obstante, encontré uno de dos secretarias haciéndolo en un escritorio. Hice click y arrancaba con un beso caliente y pasional entre las dos secretarias, una rubia y una morena, con buenas curvas las dos. La rubia se recostó en el escritorio, ya tenía el saco abierto con las tetas al aire, y las tenía muy lindas, por cierto. La morena le empezó a chupar los pezones y luego saltó directamente a mamarle el coño, de una manera muy sensual, con sus labios y lengua, haciendo gemir a la rubia. Le volvió a besar y chupar un poco sus tetas, después la recostó otra vez, le frotó el clítoris y la empezó a penetrar con dos dedos, tan duro que la hizo gemir fuerte y gritar del placer.
Se empezó a calmar y el video saltó al momento en que la rubia estaba de pie y desnuda, y la morena estaba acostada en el escritorio. Llevaba una blusa azul marino que la otra le comenzó a bajar hasta dejar sus tetas libres. Se las chupaba y besaba de un modo muy pasional. De nuevo el video saltó y la morena estaba inclinada sobre el escritorio con la otra secretaria desnuda detrás de ella pasándole la mano por detrás, aunque todavía llevaba la tanga. La rubia se la bajó y le frotó el coño muy suave y sensual, hasta hacerla gemir. Después se besaron sin detenerse ni siquiera en los gemidos. Otro salto y la morena estaba gimiendo más alto porque la otra le chupaba el coño por detrás. Se oía el sonido de sus labios mamándoselo. A la vez que le acariciaba las nalgas, le pasaba la lengua por el orificio de la vagina. La morena soltó un gemido muy fuerte cuando la rubia empezó a follársela con su lengua.
En la última escena, la rubia era quien estaba recostada en el escritorio y la otra le estaba mamando el coño, dándole lengua muy suavecito en el clítoris, haciéndola gozar de lo lindo. También estaba usando su dedo medio para follarla sin dejar de lamerla. La combinación de gemidos y sus caras de placer me calentó demasiado y ya no podía resistirlo ni un segundo más.
Hasta ese entonces venía dejando que mis pantaloncillos se mojaran, con mis piernas abiertas. Llevaba un pijama rosa claro debido a que no había salido de casa en todo el día. El clima estaba muy fresco, pero el calor dentro de mí me iba a hacer estallar. Metí mi mano en mis pantaloncillos, dentro de mis bragas, y comencé a frotarme con suavidad el clítoris. Ya lo tenía hinchado.
No dejaba de mirar a las dos secretarias con los ojos bien abiertos, en especial a la rubia, que empezaba a retorcerse y a gemir más fuerte. Me froté más duro el clítoris y gemí yo también. Seguí aún cuando se acabó el video. Estaba gimiendo como loca, concentrada en esa imagen, imaginándome en el lugar de la rubia, con la secretaria morena mamándome el coñito y follándome con sus dedos. Sin darme cuenta, un orgasmo descomunal me alcanzó. Traté de contener mi grito apretando los labios y dejé mi mano en mi coñito un minuto más, hasta que logré calmarme.
Sin embargo, el timbre sonó y di un respingo. No esperaba que llegara nadie a esa hora. Era muy inoportuno, quienquiera que fuera.
Quise limpiarme al menos las manos y recoger el desastre de mis sábanas, pero el timbre seguía sonando con insistencia, tenía que bajar a abrir.
-Mierda -me quejé en un tono bajo y salí de la habitación.
Tenía la entrepierna muy húmeda y pegajosa, sin contar que estaba medio desnuda solo con mis pantalocillos de pijama y una blusita a juego sin sostén debajo. Y sudada, muy sudada. Esperaba que no fuera ningún vendedor, ni tampoco alguien de la familia. No sabía cuál de las dos posibilidades era más embarazosa.
Pero solo se trataba de Elena, mi mejor amiga. Solté un suspiro de alivio al abrir y verla. Ella se lanzó sobre mí y me abrazó con fuerza.
-¡Feliz cumpleaños! -exclamó a viva voz.
No obstante, mi atención estaba centrada en el ligero roce de su enorme pecho contra mis pezones duros. Aún mi excitación no había pasado por completo.
Intenté separarme de ella cuanto antes, pero por un segundo me dio la impresión de que su mirada se desvió hacia mi pecho y lo notó. No es que fuera algo tan sencillo de esconder.
Me aclaré la garganta.
-Gracias, Ele -le dije-. No sabía que venías.
-¡Oh! -exclamó casi ofendida-. ¿Cómo crees que no vendría a ver a mi mejor amiga en su cumpleaños? ¿Por quién me tomas?
Me encogí de hombros y sonreí.
-Tampoco es la gran cosa -le dije, aunque en el fondo me alegraba que al menos ella no me dejara sola en un día como ese.
-¡Mira! -exclamó y sacó a toda prisa una pequeña caja de colores con un lazo verde brillante de su mochila-. Mi hermana mayor y yo te compramos especialmente esto para ti. Pero, ¡qué conste que fue su idea! También me dio lo mismo en mi cumpleaños pasado.
Eso me dejó bastante intrigada, así que intenté tomar la caja para abrirla.
-¡Espera! -me dijo y la retiró de mi alcance.
-¿Por qué? -le pregunté con una ceja elevada-. ¿No es para mí?
-Sí, pero solo puedes abrirlo después que yo me vaya... y cuando estés totalmente a solas...
Hice una mueca de extrañeza.
-Dios, no entiendo nada -le dije y solté una risilla.
Ella se rio con su típica risa divertida y me dio finalmente la caja.
-Créeme -me explicó-, lo entenderás cuando lo abras.
Volví a encogerme de hombros y le di las gracias. Ciertamente no tenía idea de qué podía ser.
-¿Qué estabas haciendo? -preguntó Elena de pronto y me puse un poco nerviosa.
-Eh... estaba viendo una peli.
Recé porque el rubor de mis mejillas no me delatara.
-¡Oh, genial! -dijo-. Pues vamos a verla juntas.
Abrí mucho los ojos, pero antes de que pudiera detenerla ya ella estaba subiendo las escaleras casi corriendo. Nos conocíamos desde siempre, no necesitábamos permiso para hacer eso.
Subí a toda prisa detrás de ella, pero no tuve tiempo de alcanzarla antes de que entrara a mi cuarto y viera el desorden y la laptop abierta claramente no en una página de películas comunes. Su boca se abrió en una «o», y en ese momento sentí ganas de desaparecer. No es que pudiera darle demasiadas excusas creíbles.
-¡Por Dios! -me dijo-. ¡Eres más sucia de lo que pensaba!
Entonces, estalló en una carcajada. Yo opté por bajar la mirada y poner la caja sobre la mesa de noche. Sentí todo mi cara y mi cuello ardiendo.
-Con que no tuviste suficiente con la moto de tu hermano, ¿eh? -me preguntó en un tono de voz descarado.
Y, sí, en ese momento me arrepentí mucho de haberle confiado algo tan personal, pero ella tampoco se guardaba cuando hacía cosas inapropiadas, nos lo contábamos todo.
-Ya basta, ¿sí? -le dije-. No sé para qué te lo conté.
Me acerqué a ella e intenté cerrar la laptop, pero me lo impidió.
-Espera -me dijo-. Te dije que vería contigo lo que estabas viendo, así que...
La miré muy sorprendida, pero opté por no decir nada y solo sentarme a su lado. Elena comenzó a reproducir el video de las secretarias una vez más y a mirarlo con detenimiento. Por otro lado, yo no dejaba de mirarla a ella, temía de su reacción, de que fuera a pensar mal de mí por ver contenido lésbico en lugar de heterosexual.
Sin embargo, ella solo parecía asimilar todo lo que ocurría en la pantalla. De hecho, me atrevería a decir que lo estaba disfrutando. Fue en ese momento donde me percaté de que Elena tenía cierto parecido con la secretaria rubia. Ella también tenía ojos claros y el cabello dorado. Nunca había visto sus tetas, pero pensé que quizás eran incluso más grandes que las de la mujer en el video. ¿Serían tan excitantes como las de la secretaria? Me tomó un momento darme cuenta de que estaba fantaseando con mi mejor amiga, pero me tomó incluso más notar que ella había dejado de mirar la pantalla y que, en lugar de eso, me estaba viendo fijamente.
Sus labios carnosos y rosados se abrieron un poco a la vez que se los humedeció y, cuando menos lo esperaba, me besó. Lo mejor de la tarde estaba por comenzar, ese sí sería un cumpleaños para recordar.
Los labios de Elena apenas rozaron los míos. De inmediato, se retiró. Yo estaba muy sorprendida, tanto que no lograba cerrar los ojos. Ella se me quedó mirando expectante, al parecer esperando a mí reacción, pero yo no retiré la mirada.
Quizás solo lo hice por el calor del momento, y porque antes me había quedado a medias, pero me incliné hacia adelante y le devolví el beso. Este segundo contacto entre nuestros labios fue un poco más largo e intenso. A pesar de eso, volvimos a separarnos, ninguna de las dos había besado antes a otra chica.
Pero las dos nos sentíamos cómodas con la otra. Y calientes, muy calientes, así que sin detenernos a pensar comenzamos a besarnos una vez más.
Sentí que la punta de su lengua entraba a mi boca y la recibí con mucho gusto. Si sus labios normalmente se veían muy sensuales, debo admitir que probarlos se sintió diez veces mejor que mirarlos. Nuestras bocas estaban hambrientas y nuestras lenguas jugueteaban entre sí. Ese no era mi primer beso, ya había besado a un par de chicos antes, pero no había comparación alguna. Nunca se había sentido tan intenso.
Alargué las manos para acercarla mucho más a mi cuerpo y ella no opuso ninguna resistencia. Se me acercó, como si estuviera de acuerdo en seguir lo que habíamos iniciado.
Sin dejar de besarnos, nos bajamos de la cama hasta quedar sobre la alfombra, donde solíamos sentarnos con frecuencia a charlar. Sin poder contener mi impulso, estiré la mano y agarré uno de sus senos. Dios, eran enormes, deseaba intensamente verlos desnudos. Comencé a quitarle el jersey, y después desabroché y lancé lejos su sostén negro. Sus grandes tetas aparecieron tentadoras ante mí, y no dudé un segundo antes de inclinarme y llevar mi boca a uno de sus pezones.
Elena soltó un suspiro de placer mientras yo me dedicaba a chuparle los pezones y a mordisqueárselos con suavidad. Eso me estaba encantando, y también ella lo estaba gozando.
Elena se separó un instante y me quitó la blusa del pijama. Mis pechos eran diminutos comparados con los suyos, pero estaban muy duros por la excitación.
Después ambas nos quitamos la ropa restante y la tiramos por el suelo. Era la primera vez que nos veíamos totalmente desnudas; aunque habíamos ido varias veces juntas a la playa y a otros sitios. Ninguna de las dos podía apartar los ojos del cuerpo desnudo de la otra. Me excitó mucho ver que ella no se rasuraba, tenía un pequeño montoncito de cabellos rubios sobre su coñito virgen. Por otro lado, yo no tenía porque no me gustaban tener vellos púbicos.
Los dedos de Elena comenzaron a explorar mi cuerpo, comenzando por mis pechos. Enredó dos dedos en mis pezones y los pellizcó con suavidad. Di un pequeño respingo de placer y me lancé a su cuello para besarlo.
Mis manos estaban inquietas, quería descubrir mucho más de su cuerpo, así que llevé una de mis manos a su vagina. Ella se estremeció ante el contacto, e incluso a mí me sorprendió lo bien que se sentía tocar un coñito ajeno. Definitivamente no sabía cómo iba a quitarme esa idea deliciosa de la cabeza después.
Estábamos sentadas en el suelo, y Elena abrió más sus piernas para permitirme un mejor alcance. Yo comencé a frotar su clítoris con ayuda de su propia humedad. Dios, se sentía tan rico. Como estaba tan mojada, me fue muy sencillo deslizar uno de mis dedos dentro de su coñito, aunque lo hice con mucha suavidad para no lastimarla.
Soltó un gemido de placer cuando mi dedo llegó a su límite. Con delicadeza, empecé a moverlo dentro y fuera.
Pero yo también quería que ella me tocara, me parecía que iba a manchar la alfombra con mis fluidos. Guié su mano hasta mi entrepierna y ella comprendió la idea. Casi suelto un chillido cuando comenzó a masturbarme. Me rodeó el clítoris con dos dedos y, luego de pasarse un momento así, también me penetró con un dedo.
Su mano imitaba a la mía, ambas nos estábamos dando mucho placer. Sin embargo, yo quería ir más lejos, quería probarla. Sin previo aviso, me alejé y le di la espalda. Me subí a ella, obligándola a acostarse, y metí mi rostro entre sus piernas de modo que el suyo quedara también entre las mías. Le puse la lengua en su vagina brillante, y cuando sentí su lengua acariciándome con gran suavidad, solo podía pensar en cómo no habíamos intentando algo tan delicioso antes.
Elena abrió todavía más las piernas para recibir mi boca, y las dos parecíamos estar experimentando el mismo placer. Le lamí bien la hendidura de su coñito y penetré tan profundamente como podía. Luego pasé a su clítoris y lo lamí con ganas. Cada vez que retiraba la lengua, ella acercaba su cuerpo a mi boca, implorando por más. El sabor y el olor de sus fluidos inundaban mis sentidos por completo.
Mientras tanto, ella me chupaba el clítoris y tiraba con suavidad de él. Cuando comenzó a mover la lengua, introduciéndola en mí y sacándola, mi cuerpo respondió a su ritmo. Eso era mil veces mejor que mis dedos.
Yo la chupaba cada vez más rápido y sus gemidos confirmaban que lo estaba disfrutando de lo lindo. Su clítoris pareció endurecerse todavía más y eso me excitó tanto que sentí que llegaba al orgasmo.
Elena se dio cuenta y, mientras yo me estremecía sobre su rostro, siguió lamiendo y metiéndome la lengua. Eso me hizo lamerle con mayor fuerza y rapidez también, y ella no tardó en correrse. Su cuerpo siguió temblando con cada espasmo y yo seguí lamiendo, hasta que apartó suavemente mi cabeza de su coñito.
Quizás no había estado perfecto, pero para ser la primera vez de ambas no estuvo nada mal. Los videos de la web ayudaban demasiado, yo casi me creía una experta.
Después de ese momento tan intenso, nos acostamos una al lado de la otra y comenzamos a reírnos. ¿Cómo habíamos llegado a eso? Sí que estábamos dementes. Sin embargo, eso no cambiaría que siguiéramos siendo mejores amigas. Al contrario, estábamos de acuerdo en que esa había sido de cierta forma una manera de reforzar la amistad.
Elena no se quedó mucho rato en casa, sus padres la estaban esperando para cenar y los míos no tardarían mucho en llegar. Antes de irse, me miró con mucha picardía y me recordó que abriera el regalo, enfatizando una vez más en que lo hiciera cuando estuviera a solas.
-Bien -me dije cuando regresé a mi habitación después de acompañarla a la salida-, veamos de qué se trata.
La curiosidad me estaba matando, así que rompí el lazo y abrí la caja a toda prisa sobre mi cama.
-¡Oh, por Dios! -exclamé y solté una risotada nerviosa al ver el contenido.
Elena y su hermana me habían comprado unas bolas chinas, ¡un jodido juguete sexual! Eran muy pequeñas y de un color rojo brillante. ¡Me encantaban!
Y, bueno, no me quedaría otro remedio que estrenarlas muy pronto, no podía hacerles un desaire. Entonces, se me ocurrió el momento perfecto para hacerlo: al día siguiente, en el colegio...