Era de noche, pero no cualquier noche.
Salomé llevaba horas ensayando frente al espejo lo que iba a decir, apoyada por Vito, su amigo. Faltaba solo una semana para el día de su partida, y antes de que ese momento llegara, tenía que hacerlo.
Ahora con unos tragos encima era el momento.
Su padre hablaba de un gran futuro para ella. Y aunque también lo deseaba, no soportaba la idea de haber aceptado ser la prometida de alguien sin siquiera intentar cambiar ese destino.
Se había dicho a sí misma que no se iría de allí sin decirle. Pero sus pies temblaban como si la gelatina que se comió en la mañana las hubieran reemplazado.
Vito le acarició los hombros y la animó a seguir, recordando que estaría esperando por ella. Y ella continuó.
Johan Crown salía del auditorio con paso lento, pero tan firme que nadie se atrevía a rozarlo. Era un sujeto sumamente distante con todos, siempre parecía apresurado para llegar a todos lados, aunque sus pasos fueran lentos, como si quisiera decir a todos que le importaba el espacio, no ellos.
Esa noche había dado una conferencia sobre política internacional que dejó incluso a los profesores en silencio, sorprendidos por su elocuente dominio del tema. Vestía un abrigo largo, negro, con la bufanda suelta, y caminaba como si no tuviera tiempo para nadie... excepto que ella lo detuvo planteándose frente a él.
-Johan -su voz tembló, pero no su determinación. Vito tenía razón, ella había sido la única que él no ignoró cuando solicitó su ayuda.
¿Podía significar que él también la había notado?
Ese par de ojos metálicos eran, por mucho, los más impactantes que había visto en ese sitio. No por el color, era la forma en la que enfocaba el rostro de todos y elevaba los latidos, cautivando los sensores hasta casi hacerlos colapsar.
Él mantuvo su distancia, pasando sus libros de un brazo a otro. No con fastidio, tampoco con simpatía. Solo con esa calma elegante que parecía hacerle intocable.
-¿Salomé, sigues aquí? -su rostro de perfil la hizo contener el aire, pues este buscaba a su hermano con la mirada, pero ella trataba de encontrar las palabras exactas-. ¿Algún problema? ¿Resolviste tu dilema con...?
-No. No vine por eso. Vine por ti.
Él dejó su búsqueda, no por interés, sino porque su educación no le permitía ignorar una frase tan directa. La miró sin bajar la mirada, con ese porte casi altivo que lo mantenía ajeno a todo drama adolescente.
-Tengo algo de prisa, ¿podríamos dejar el tema para después?-, su agotamiento lo estaba comenzando a frustrar.
-No puedo postergarlo más-, ella se plantó firme y él le brindó atención, resignado. -Necesito decirte algo -exhaló. Su corazón latía tan rápido que pensó que él podría escucharlo-. Sé que no tiene sentido, pero...- sus hombros subieron-, siento cosas por ti. Desde hace tiempo. Te admiro, te observo... no sé cómo pasó, solo pasó.
El silencio entre ellos se volvió frío.
Johan bajó un poco la mirada cuando sintió que estos habían recibido una carga difícil de sostener. No sonrió. Tampoco se alejó. Pero su gesto fue más cortante que nunca.
-No deberías decir eso -contestó sin dureza, pero sí con frialdad.
-Pero lo digo igual -la chica tragó saliva. Era valiente para otras cosas, pero no con él-. Porque me gustas. Desde hace meses. Y no lo dije antes porque sabía que no cambiaría nada... pero hoy, no sé. Hoy tuve que hacerlo.
Johan suspiró, más por agotamiento emocional que por sorpresa. Apoyó sus libros contra su pecho y desvió la mirada.
-Salomé... Eres brillante. No quiero cambiar ese concepto de tí. No solo por lo que dices, sino por lo que sé que harías por un "sí".
-¿Crees que es una de esas veces? -replicó ella, con los ojos brillantes pero la voz serena-. No es así. Y era todo lo que tenía para decir, no buscaba ser correspondida.
Al girarse no pudo marcharse, debido a un grupo de estudiantes que cubrió todo el espacio, murmurando. Johan bajó un poco la voz.
-No debiste hacerlo.
Ella parpadeó girándose de nuevo.
-¿Qué?
-No debiste confundirte así. Yo no soy ese tipo de hombre, Salomé-, la amabilidad fue reemplazada por una auténtica frialdad. -No el que crees y no el que va a fijarse en alguien como tú.
-¿Como yo?-, se indignó, pero él se guardó la respuesta-. ¿Estás enojado solo por una declaración directa? Que infantil.
-Estoy siendo claro.
Las palabras le dolieron como bofetadas. Su garganta ardía, pero no iba a llorar frente a él. No iba a suplicarle que viera lo que sentía.
-No te di ninguna razón para confundirte así-, la miró como si fuera alguien fuera de sus estándares-. Las ilusiones te las creaste solas. Pero esta vez quiero ser directo; no estoy pensando en tener ninguna relación contigo ni con nadie de este...lugar.
Ella sintió que un nudo se instaló en su garganta.
-Espero no tener esta conversación nunca más y que evites que deba ser incluso más claro, porque eso no será agradable-, manifestó con voz grave.
-Perdón por...-murmuró, pero Johan se dio la vuelta con el mismo desinterés que empleaba con todos. Salomé sintió que un agujero la estaba dejando en el fondo, y quiso tragarse el alma con eso.
En cambio, Johan siguió caminando, como si esa confesión no hubiera existido jamás.
Salomé se quedó ahí, con el estómago encogido, los labios sellados y el pecho lleno de cristales rotos que le cortaban la respiración.
Ese día tuvo que aprender a las malas que no debía perder la dignidad ante ningún hombre de nuevo. Que las "ilusiones por amor" no eran tan fuertes como para dejarla en el suelo, porque ese lugar no era donde pertenecía.
Se tuvo que mentalizar que debía ser tan fuerte como se esperaba que lo fuera. Porque a las tormentas nadie las puede detener y ella tenía que convertirse en una para no solo sobrevivir, sino destacar en ese mundo que eligió.
-Acepto-, dijo a su padre a la mañana siguiente, luego de que se convenciera a sí misma de que no iba a morirse por un rechazo tan brutal.
Su padre, sentado en la mesa de la cafetería, alzó apenas la vista. No esperaba que Salomé diera el paso tan rápido. Ni tan firme.
-¿Aceptas? -repitió, midiendo sus palabras.
-Acepto los planes que tienes para mí. Lo que venga. Haré todo lo que se espera de mí, y más. Pero lo haré a mi manera y a mi tiempo -afirmó ella, con los hombros rectos y la voz limpia de toda vacilación.
Hubo un silencio breve. Luego su padre asintió.
-Eso esperaba de ti.
Y Salomé también lo esperaba de sí misma.
No como recompensa, sino como impulso. Había algo nuevo en su interior, algo más centrado en su futuro. Un corte limpio que sangraba ambición, orgullo, y un nuevo sentido de valor. Le habían dado el golpe que necesitaba para dejar de soñar en silencio y empezar a construir ruidosamente.
Debía dejar de mendigar afecto. Aprender a mirar de frente. Y también a olvidar lo inútil.
Los sentimientos así eran una debilidad. Y ella ya no estaba dispuesta a ser débil.
Años después...
Salomé sabía que eso estaba mal.
No tenía que haber estado allí. Ni pensar en hacer algo así. Ni siquiera dejarse tentar por un juego tan tonto como tener una aventura antes de hacer oficial su compromiso. Pero su prometido fue quien lo propuso. Lo hizo con esa sonrisa arrogante que usaba para salirse con la suya.
Al principio se negó, por supuesto. Pero cuando, esa tarde, lo encontró con su asesora de imagen en una situación que hablaba por sí sola, entendió que aquello no era una broma. Era solo una excusa para llevarla a la cama y limpiar su conciencia sucia con la palabra "permiso".
Así que aceptó. Y Vito encontró el lugar perfecto para desquitarse ese enfado por sentirse como una muñeca a la que todos manipulaban. Ese sitio era justamente para tomar decisiones aceleradas y sólo pensar en sí mismos, aunque en otras circunstancias, eso fuera pecado.
El lugar era discreto, elegante. No se parecía a lo que ella imaginaba. No había luces rojas ni risas vulgares, sino una atmósfera tan íntima que dolía. Todo era elegante, desde los pasillos alfombrados hasta las máscaras negras que todos usaban. Aquí, nadie tenía nombre. Nadie debía tenerlo. Lo único que era un requisito era tener los estudios correspondientes para avalar su...buena salud.
Le ofrecieron una copa luego de entregarle la habitación del nivel que se ajustaba a lo que ella buscaba. No bebió, solo cambió su ropa por la... requerida y se cubrió con lo que le ofreció la chica que la ayudó a no sentirse tan fuera de lugar. Se quitó el abrigo. Respiró hondo y se postró en el mueble curvo.
De los que solo había visto en revistas.
Se ajustó la máscara de conejo que le cubría la parte superior del rostro y respiró profundo, pensando en que era mejor marcharse.
Eso era...¿Estaba loca? ¿Qué hacía allí?
Si los medios se enteraba...Si sus padres se enteraban estaría muerta para ellos antes de verse envueltos en un escándalo de ese tipo.
Se puso de pie de inmediato, aunque los tacones la hicieron tambalear fugazmente ante la prisa. Pero una mano la sujetó y la alzó para evitar la caída. El perfume masculino le golpeó la nariz, mientras ella veía esa mandíbula definida mostrar la única parte descubierta de su rostro.
El torso estaba cubierto por traje formal, un abrigo largo de un color oscuro. La máscara hacía juego con su vestimenta, pero los relieves le hacían seguir las líneas.
¿Un fantasma? No.
Pasó saliva. Sus dedos se entumecieron ante la altura de ese tipo, la cual sólo con tacones podía casi igualar.
-¿Estás bien? -La voz era profunda, serena. No tenía acento, pero sí un tono que le hablaba directo al cuerpo. Sentía que la había escuchado antes, pero una voz tan profunda no la pudo haber olvidado. Así que dedujo que no, era solo la impresión que causaba.
Asintió, incapaz de sostenerle la mirada. Aun con la máscara, sentía que él podía ver a través de ella. O peor, que podía ver dentro.
-Estoy bien -murmuró, más por formalidad que por certeza. Logró estabilizarse para dejar de estar en los brazos de ese sujeto, con tan poca ropa cubriéndola.
-Entonces no huyas aún. Es tu primera vez aquí, ¿cierto?
Ella volvió a asentir. Y él sonrió. No fue una sonrisa amplia, ni maliciosa. Fue apenas un gesto con los labios, porque también era su primera visita a ese lugar.
-¿Quieres que me quede? -preguntó él.
Salomé no supo qué responder. El corazón le palpitaba tan fuerte que pensó que el corsé se le rompería en el pecho. No era miedo. No era deseo. Era un vértigo desconocido, como si se le doblaran las reglas morales y la lógica a la vez.
Y sin saber por qué, o quizás sabiendo demasiado bien por qué, asintió una vez más.
-¿Tienes alguna regla? -preguntó él mientras se quitaba el abrigo con lentitud y aflojaba la corbata sin apartar la mirada de ella.
-No me mires como si fuera un plato de comida -murmuró, sintiendo sus ojos clavados en su cuerpo.
Él no hizo ni una mueca. Ni una sonrisa, ni un gesto de aprobación. Solo ese silencio.
Ella se sintió estúpida. Tal vez ya lo había enfadado. Tal vez era mejor quitarse esa máscara y salir de allí con un mínimo de dignidad.
-Jamás tengo los pensamientos de ahora cuando veo mis platos de comida -dijo él entonces, con una voz que le borró el pánico.
-¿Y qué piensas ahora?
No obtuvo una respuesta.
Él bajó el interruptor de la luz al mínimo, y cuando la habitación se cubrió de sombras, su voz ronca le rozó el oído.
-Es mejor que lo sientas.
Una mano recorrió el corsé con habilidad y calma, mientras la otra desabrochaba su camisa. Salomé sintió que todo lo que había sido hasta entonces empezaba a disolverse.
Su entrepierna comenzó a palpitar de repente, necesitaba atención y sabía que era una estupidez, pero era la atracción hacia un desconocido lo que la tenía así.
-Esto estorba.
Ella se quedó sin aire cuando las manos abrieron el corsé con un tirón preciso. Los ganchos saltaron. El aire frío le endureció los pezones. Pero fue su mirada lo que la quemó.
Él la empujó hacia el mueble con el cuerpo, sin violencia, pero con una determinación que no dejaba espacio para dudas, ni forma de escapar.
-Levanta las piernas- demandó.
Ella lo hizo. Lo obedeció. Y él metió la mano entre sus muslos para deslizar con una mano la tela diminuta que amarró en uno de sus tobillos. Tener su entrepierna así de descubierta le subió el calor a las mejillas, tenía que ponerle un alto, o pensar en lo que sus valores morales le decían sobre eso, pero la mirada hambrienta de ese sujeto la hizo descartar esa opción.
-Me gusta que seas obediente -murmuró contra su boca, antes de besarla con una furia que le robó el aire. Se separó de nuevo con la misma manera abrupta.
No fue un beso. Fue una invasión ruda, y una lejanía dolorosa.
Volvió.
Le mordió el labio, le lamió el cuello, le bajó las manos a su abdomen para atarlas con sus bragas, antes de ver hacia el centro de sus piernas.
Entonces se agachó.
Y la lengua fue tan precisa como sus dedos. La sostuvo por las caderas, la sujetó fuerte, y la devoró sin pausas, sin clemencia, sin misericordia.
Ella se arqueó, se retorció, y buscó la forma de soltar sus manos para usarlas en el cabello de ese tipo y pedirle que se detuviera o...
Un grito salió expulsado de su garganta cuando el orgasmo avasalló su cuerpo, el sudor la cubrió y su voz no la encontró mientras se movía buscando más contacto del sujeto que recogió todo con la lengua, como si hubiese encontrado su dr0ga favorita.
No debería estar ahí, pero lo estaba disfrutando más de lo que imaginó.
Su futuro esposo de seguro estaba con...
No importaba. No quería pensar en eso cuando él se incorporó, se desabrochó el cinturón y...
Un teléfono se escuchó en su pantalón y él, al sacarlo para apagarlo, frunció el ceño.
-¿Qué ocurrió?- contestó sin dejar de verla, ella apenas podía respirar. Se dio la vuelta, visiblemente contrariado. -Bien. Llegaré en diez minutos.
Colgó y se acercó a ella de nuevo.
-Te debo una noche completa -dijo con voz grave, deteniéndose a centímetros de su boca-. Pero tendremos que dejar esto a la mitad.
Salomé abrió la boca para decir algo, pero lo único que logró fue soltar un suspiro entrecortado cuando él la tomó del cuello, con firmeza. Con decisión. Con hambre.
-¿Puedo?
Ella asintió. No tenía palabras cuando tiró de su brazo para llevarla con él.
Él la giró hacia el espejo del tocador del cuarto. Salomé se miró, se vio, como si fuera otra. El corsé entreabierto, el cabello algo revuelto, la mirada perdida. No se reconocía. Y, sin embargo, no se detestaba.
-Mírate -ordenó él con voz baja mientras la despojaba del corsé por completo-. Así es como quiero recordarte.
Ella tragó saliva con el siguiente beso, aún cuando sus máscaras se rozaban entre sí.
Se alejó como si no quisiera hacerlo y sin decir otra palabra recogió sus cosas y se marchó. Ella solo sentía que quería volver a verlo, saber de él, volver a...
Sacudió su cabeza y se cubrió con el abrigo, caminó rápido para tomar la llave de la puerta, pero una pequeña tela resaltó en la luz tenue.
Era un pañuelo y sabía a quién pertenecía.
Se le había caído por la prisa. Ella pegó su nariz en él y el aroma que desprendía se lo confirmó. Era del desconocido.
Blanco. De hilo fino. Y en una esquina bordadas con hilo gris estaban las iniciales J. C.
No sabía quién era ese hombre. Tal vez alguien que llegó de paseo a la ciudad. Tal vez era de visitas habituales a ese sitio. Pero lo guardó.
No como una prueba de la acordada infidelidad, sino como una forma de recordarse que, por una vez en su vida, había hecho algo por sí misma. Algo sin pedir permiso.
Y lo había disfrutado, aunque no hubiese culminado como seguramente debió haberlo. Ahora prefería quedarse con ese recuerdo. Porque esa noche sin nombre era suya.
Los reflectores caían con precisión milimétrica sobre el escenario. Cada ángulo había sido ensayado, cada palabra del discurso pulida hasta sonar natural. Pero nada en aquel lugar se sentía espontáneo. En la política, la naturalidad era un disfraz más.
Johan Crown lo sabía. Lo había estudiado lo suficiente para saber cómo moverse entre ellos y no sólo seguirles el paso, sino superarlos. Esa noche portaba el dominio como si le perteneciera.
A pesar de ser la primera vez que se presentaba oficialmente como candidato a la presidencia.
Su traje oscuro, perfectamente cortado, resaltaba su estatura y el aura de elegancia que lo rodeaba desde que ingresó al salón. No caminaba, deslizaba presencia e imponía su conocimiento sobre todo tema que creyeran que era ajeno a su estudio. Los flashes lo recibieron como si ya fuera presidente desde que llegó y ahora lo enfocaban en cada ocasión posible.
Los murmullos se alzaron desde que se supo que era el nuevo candidato por el nuevo movimiento MIRAGE, reconociendo a un hombre que había vuelto de entre las sombras del anonimato, de una enfermedad que casi lo mata... y quizás, de sí mismo.
En el podio siguió hablando en los minutos que aún quedaban del debate. Recorrió el lugar con la mirada, levantando suspiros. Y esos también podrían ser votos a su favor.
Hizo una ligera pausa. El silencio expectante de todos llenó el sitio.
-Hoy no vengo a prometer lo imposible -mantuvo el tono de su voz-. Vengo a recordarnos que aún somos capaces de reparar lo que hemos permitido que se rompa, no con ideas de que debemos esperar la paz, sino imponerla.
Él no tenía el mismo pensamiento pacífico de los otros dos, porque los arcoiris no era lo que todos esperaban como solución.
La audiencia escuchaba, atrapada por la cadencia de sus palabras. Pero Johan no miraba sólo al público, ni a las cámaras, veía el medio para conseguir su objetivo.
-Ya hemos escuchado a nuestro tercer candidato -dijo la presentadora con voz firme mientras el auditorio estallaba en aplausos-. Y con los tres juntos; Richard Lang- el ex militar elevó la mano-, Julian Sullivan- el hombre de imagen impecable mostró su mejor sonrisa-, y Johan Crown- este solo movió la barbilla-, podemos decir que tenemos grandes plataformas políticas, mentes preparadas y figuras que saben cómo mantener la estabilidad de esta nación.
Los tres hombres se acercaron a los demás en la tarima, estrechándose las manos con rostros diplomáticos, cada uno más elegante que el otro. Julian sonreía con esa seguridad nata que a veces rayaba en arrogancia. Richard, siempre mesurado, mantenía la compostura con sus lentes en el borde de la nariz. Johan no sonreía, solo observaba. Como si midiera algo más que el aplauso. Como si estuviera buscando grietas que pudiera usar a su favor.
Bajaron de la tarima y tuvieron que responder a las preguntas de los periodistas que no se quedarían con una imagen a la distancia. Minutos eternos hasta que pudieron llegar a un salón más tranquilo, en el que Johan dejó de sentir el hostigamiento de todos y se recordó que esos latidos acelerados ya no eran un riesgo que requiriera tanta atención.
Ajustó su abrigo y recibió la copa que solo mantenía en su mano, aún sin probarla, ya que el medicamento que había ingerido se lo prohibía estrictamente.
-Buen debate, Crown-, giró a su derecha para ver a Lang extender la mano una vez más. Él la tomó y devolvió el elogio-. A pesar de lo que pensé, creo que es mejor reconocer que le diste un bofetón a mi idea sobre tí.
-Suelo hacer eso-, contestó sin extenderse mucho en su respuesta.
-¿Tu familia no te acompaña?
-Mis hermanos deben estar por ahí-, sabía que sí, los había visto antes de subir a la tarima, pero quería evitarse el escándalo un poco más.
-No quiero ser cruel con tu objetivo, pero si sigues con la idea de que sin esposa este país te tomará en serio, vas a verlos truncados por tí mismo-, el tipo siempre era directo y con un candidato tan joven y preparado, podría serlo más-. No diré que no tienes seguidores, porque claramente se ve que los tienes, pero las siguientes encuestas me darán la razón.
-Supongo que las veremos juntos-, contestó solamente. Aarón, podría decirse su tío, había propuesto hacer lo que hicieron con su padre cuándo éste fue gobernador; buscar una esposa para él, usar un matrimonio como ancla al igual que lo hacían todos, porque le sería de mucha ayuda.
Pero él no quería eso. No se veía en un futuro, compartiendo un cargo con una mujer de la que conociera poco o tuviera que soportar comportamientos poco agradables.
Debía enfocarse en una cosa a la vez y no como antes que quería abarcar todo a la vez, porque sentía el tiempo limitado y buscaba vivir de todas las experiencias posibles. Un matrimonio, no era su sueño.
-Johan Crown-, la conversación entre Richard y Johan se detuvo al escuchar a Sullivan con ese carisma que convencía a sus seguidores de no dudar de sus propuestas-. No me digas que esto no es emocionante, porque no creo que escuchar tantos gritos aclamando por ustedes no les genere ni una pizca de emoción.
-No busco aplausos, Julian-, tomó la mano en el saludo-. Busco ganar y los aplausos pueden mentir.
Lang prefirió no añadir nada.
-Dijeron que eras muy acertivo con tus pensamientos, pero veo que eres más que eso-, los tres observaron las pancartas con sus rostros. -Espero que dejemos la rivalidad en los escenarios y las urnas. Los tres vemos un objetivo, uno ganará. Simple.
-Por supuesto-, afirmó Lang.
-No tengo rivales-, contestó Johan-. Nada ni nadie en mi vida tiene tanta importancia como para considerarlos así.
-Que bueno que lo mencionas, porque tenemos diferencias que nadie podrá siquiera pensar que puede comparar-, Johan se dio cuenta de que Sullivan veía a la esposa de Lang, una mujer de cincuenta y tantos, que para su edad era muy hermosa y con la clase que hacía destacar a su marido-. Y ahí viene una de las estrategias más firmes que tengo.
Julian clavó sus ojos en un solo lugar, el mismo que algunas cámaras enfocaron y algunos de los presentes no dudaron en detallar. Johan giró su cabeza y en ese momento la vio.
Con un andar firme, seguro y felino, ella avanzó entre la multitud como si el mundo se abriera para dejarla pasar. No necesitaba anunciarse; su figura lo hacía por ella. Escoltada por dos asistentes. Las caderas amplias marcaban un ritmo lento y magnético que acallaba conversaciones. Su vestido burdeos ciñendo sus curvas con una elegancia peligrosa, ajustado en los lugares correctos, abrazaba su cintura y realzaba su busto generoso con una naturalidad provocadora. Y sus labios pintados del mismo tono curvaban una sonrisa discreta, casi altanera.
Su piel, bronceada como si el sol la hubiera escogido como musa, brillaba bajo las luces, y sus ojos solo enfocaban envidiablemente a su prometido. El cabello suelto, con ondas suaves caía sobre sus hombros, parecía parte de un comercial, pero había en su mirada algo más; ese tipo de seguridad que no se finge.
Ella no caminaba, desfilaba. No miraba, estudiaba. Decirle sexy era algo muy simple.
Era el tipo de mujer que hacía que los hombres se olvidaran de por qué estaban ahí, y que las mujeres la vieran dos veces para no saber si sentir envidia o...
Johan bebió un trago de su copa sin importar recomendaciones médicas. Algo de ella le era...familiar.
-Es ella -dijo Julian con una media sonrisa orgullosa, casi como si acabara de invocar una carta ganadora.
Johan no respondió de inmediato. Su rostro se tensó apenas la reconoció como la ex compañera de universidad.
Era eso.
Pero no debía causar esas sensaciones en él.
-Qué curioso -dijo finalmente, clavando sus ojos en Salomé, sin disimular el escrutinio.
-¿Qué cosa?-, Johan no contestó a la pregunta de Julian al verla llegar a ellos-. Richard, tú la conoces, pero Johan no, así que aprovecho para presentarla-, alardeó Julian-. Mi hermosa prometida y la reina de mi corazón; Salomé Fierro.
-Señores -la voz de la mujer era melodiosa, con un tinte de seguridad que arrasaba con la confianza de cualquiera. Extendió una media sonrisa, primero a Lang, luego a Julian... y por último, a Johan-. Qué gusto coincidir en este evento. Los tres juntos... qué privilegio para el país.
Johan inclinó apenas el mentón en señal de cortesía. Sus ojos, sin embargo, no eran corteses. Brillaban, con algo que no se podía disimular tan fácil.
Por ello solo pudo acomodar su pañuelo, en ese gesto que siempre lo devolvía a un solo instante. Se repuso rápidamente.
-Señorita Fierro -dijo con voz baja pero firme-. Supongo que su prometido está muy orgulloso de su diplomacia.
Salomé evitó ver esa mirada metálica, cargada de arrogancia y una curiosidad incómoda.
-Oh, lo está. Me dice todo el tiempo que jamás imaginó a su futura esposa... -se interrumpió un segundo, apenas perceptible- ...codeándose con candidatos a la presidencia. -sus palabras se deslizaron con una elegancia peligrosa, pero la forma en que apretó su carpeta traicionó su tensión-. Aunque claro... él es el más importante para mí.
Julian alzó las cejas, besando la mano de su prometida, sabiendo que muchos no le quitaban los ojos de encima. Johan observó el encanto de ambos al verse.
Actuación. La había visto en su familia y sabía reconocerla por más buen papel que se hiciera. Sobre todo por la manera en la que ella esquivaba su mirada.
Reconocía una alianza conveniente cuando la veía.
-Permitanme felicitar a los tres, ese debate fue, por mucho, el mejor que he presenciado hasta el momento-, no enfocaba a ninguno realmente, mientras los tres la veían solo a ella.
Por un segundo sus ojos se encontraron con los de Lang y ambos sonrieron. Pero en el momento en que Johan ocupó ese lugar, las chispas volaron como si una granada hubiese estallado de la nada, aunque ninguno hizo otro movimiento. Parecía que no recordaba nada de él, ni siquiera su nombre. Y eso causó una duda en Johan.
Ella lo esquivó de inmediato, como si nada.
-Si me disculpan, ahora quiero a mi prometido solo para mí.
-Adelante-, ninguno objetó, mientras ella se llevaba a Julian. Sin embargo, de un momento a otro su mirada chocó con la de Johan una vez más, haciéndole saber que sí sabía quién era, que lo recordaba. Y que le tenía un inmenso rencor.