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Al ritmo de tus besos

Al ritmo de tus besos

Autor: : Johana Connor
Género: Romance
¿Qué harías por conocer a tu músico preferido? Madison lleva un año siguiendo a la banda de rock Squids, por su guitarrista Liam Davis, convirtiéndose en una de sus fanáticas más fieles. Está dispuesta a conocerlo en persona, sin importar las consecuencias. ¿Quieres saber de lo que es capaz?

Capítulo 1 Madison

El día había llegado. Estaba dispuesta a tomar el riesgo que fuese necesario para lograr que Liam Davis, mi músico favorito en el mundo, supiera de mi existencia.

Un año atrás, cuando lo vi por primera vez sobre el escenario del bar Perla Negra desgarrando temas en su guitarra, quedé flechada. El sonido melancólico y a la vez agresivo que imprimía a sus canciones me rompía en pedazos.

Era como si expulsara de su alma los sentimientos de dolor y rabia que lo embargaban, liberándose de ellos, y liberándome a mí. Su música destilaba las frustraciones que me oprimían y me dejaba tan ligera como una pluma.

Relataban experiencias similares a las que yo había vivido, como el acoso y las burlas en la escuela por mi baja estatura, o la tristeza, la ira y la confusión que me produjo el rechazo y el abandono de mi padre. Era como si él se hubiese metido dentro de mi cabeza y, con toda la basura allí encontrada, escribiera las más conmovedoras canciones.

Me entendía, sin conocerme, dándole alivio a mi alma. Por eso lo amaba y debía lograr que supiera de mí esta misma noche, antes de que la fama, que estaba a punto de tocar a su puerta, lo alejara hasta volverlo inalcanzable.

-No sé, Madison. Sé que es viernes y no te niego que disfrutar de los pectorales definidos y del estómago con forma de tableta de chocolate de Oliver Jones sea gratificante, pero creo que deberíamos quedarnos a estudiar más sobre ética periodística. Es poco lo que hemos repasado de esa materia y la profesora nos advirtió que el examen del lunes estará difícil.

La queja de mi amigo Rogers me hizo resoplar por el hastío. No había parado de lamentarse mientras yo me preparaba para el concierto de mi vida, escuchando uno de los temas de los Squids, la banda de rock alternativo de Liam, en la habitación estudiantil que ocupaba en las afueras de la Universidad de Rhode Island.

-Todos los profesores dicen eso para obligarnos a estudiar como posesos.

-¡Todas las materias de este semestre están como poseídas!

Sus exclamaciones dramáticas me incomodaron. Dejé de verme en el espejo que se hallaba sobre mi cómoda mientras me maquillaba, para girarme y mirarlo con odio. Él me ignoró por juguetear con la foca de peluche que yo abrazaba cuando dormía.

-¿De qué te quejas, Rogers? Eres el estudiante con el mayor índice académico del curso -rebatí aireada.

Y era cierto. Mi amigo era una lumbrera, no había materia en la que no se destacara. En los dos años que llevaba estudiando con él la carrera de periodismo siempre lo veía sacar notas altas.

-Lo soy porque repaso más de una vez los contenidos para un examen. No me confío al creer que me las sé todas más una.

Me torció los ojos con altanería, eso hizo hervir mi sangre.

-Ya, polluelos, dejen la discusión -intervino Cleo al salir del baño. Era una chica robusta y de actitud varonil con la que compartía habitación y se había convertido en mi mejor amiga. Los tres estudiábamos la misma carrera y cursábamos el mismo semestre-. Rogers, no hemos repasado una sola vez los temas de ética, llevamos una semana leyendo las guías que nos facilitó la profesora y hablamos de su contenido en cada almuerzo y cada noche por videollamada antes de irnos a la cama. Estamos preparados para lo que sea. Además, aún tenemos el fin de semana para seguir estudiando, ¡nos merecemos un descanso! -reclamó hacia el chico. Él volvió a torcer los ojos mostrándose altivo-. Y tú, Maddi, hazme el favor de calmarte -me regañó-, pareces un ampere.

Sonreí divertida mientras ella miraba con preocupación su parte de la habitación, sin saber por dónde comenzar a ordenarla.

-Pasas tanto tiempo con tu novia, la estudiante de electrónica, que ya hablas como ella.

Cleo me observó con los ojos entrecerrados.

-Rosita, cariño. No olvides su nombre -advirtió y me señaló con un dedo, pero enseguida perdió su actitud desafiante. Parecía bipolar-. Tienes que calmarte, estás hermosa y radiante, eres una diosa. Liam Davis va a verte a kilómetros de distancia.

-Ni la cabeza se le verá entre el público que asistirá al concierto -masculló Rogers en voz baja, aunque pude oírlo bien.

-¡No te burles de mi tamaño! -grité.

Odiaba que hicieran alguna referencia sobre mi corta estatura. Apenas medía 1,52 centímetros, por eso siempre era la más pequeña de cualquier grupo en el que estuviera, siendo el blanco perfecto para las burlas.

De niña me acosaron en la escuela por ese motivo. Se reían y me tildaban de «enana» hasta hacerme llorar. Llegue a sentir asco de mí misma por culpa de mi tamaño, teniendo que asistir a costosos psicólogos.

Para no causarle tantos gastos a mi madre, que muchos sacrificios había tenido que soportar al criarme como madre soltera rechazada por su familia, me volví una fiera. Logré que dejaran de humillarme asumiendo maneras violentas.

De mi padre ausente heredé una fuerza superior a mi tamaño y contextura, me aproveché de ese rasgo para defenderme del acoso y darme a respetar. Nadie se metía conmigo porque terminaban con una pierna hinchada, con el estómago adolorido o con los pies aplastados por mis botas. Dejaron de decirme «enana» para no sufrir mis ataques, así había logrado superar toda la preparatoria.

No permitiría que en la universidad eso continuara, aunque sabía que Rogers no lo decía con mala intención, solo para fastidiarme.

Él era un sujeto altísimo, delgado y de piel tan negra como el carbón, además de ser gay. Nadie como él me entendía. El acoso que había vivido en su infancia duplicaba el mío, pero ahora aceptaba por completo su realidad, sin ocultarla a nadie y sin sentir vergüenza. Le daba igual si alguien se ofendía con su presencia o no, e ignoraba la mayoría de las chanzas en su contra. A algunas las respondía con duros sarcasmos.

Mientras yo endurecí mis puños para defenderme, él lo hizo con su actitud.

-Tranquila, Maddi. Nos ubicaremos en un sitio alto y despejado para que Liam te vea -aportó Cleo para evitar que me sintiera mal por la referencia a mi estatura y recogiendo su ropa regada por el suelo.

-Sí, colgados de las lámparas del bar -insistió Rogers.

Rugí de rabia. Sabía que sus provocaciones no se debían a una burla por mi tamaño, sino a su frustración de no quedarnos en la habitación con la cara hundida en los libros. Él no podía vivir sin estar estudiando.

-Sigues burlándote de mí y te daré una patada en una pierna.

-¡No, bruja! La última que me diste me dolió por días.

Se acarició la pierna derecha manteniendo una mueca de sufrimiento en el rostro. Recordaba el castigo que le había propinado por comerse una de las cuatro galletas de mantequilla que me habían dado de postre en el comedor de la universidad, sin pedirme permiso. Odiaba que tocaran mi comida.

-Te desmayarás por el dolor con la próxima si me sigues provocando.

Mi advertencia lo hizo reír. Él miserable disfrutaba al molestarme.

-Ey, calma, polluela -pidió Cleo buscando sosegar de nuevo las aguas y ya resignada a no lograr poner en orden su lado de la habitación antes de que nos fuéramos al bar. Era mucho lo que tenía que acomodar-. Dejemos las agresiones para los borrachos patosos con los que siempre nos topamos en el Perla Negra. Paz y amor entre nosotros -exigió, y se acercó a mí-. Escucha, ya te lo dije, estás hermosa. Si Liam es inteligente alzará su pesada cabeza y notará tu brillo.

-Si es que la cortina de cabellos que le cubre la cara lo deja ver algo.

-¡¿Qué dijiste?! -pregunté con advertencia hacia Rogers.

-¡Nada! -respondió él con fingida inocencia.

Ahora fui yo la que puso los ojos en blanco e intenté retomar mi tarea de maquillarme.

-Es mi última oportunidad -dije cansada de la discusión. Los obligaba a acompañarme porque ellos se habían convertido en mis más grandes soportes.

Había quedado sola en el mundo. Mi madre había muerto un año y medio atrás, mi padre no quería saber nada de mí y el resto de mi familia me ignoraba para no verse en la obligación de socorrerme ahora que era casi una huérfana, solo mis amigos se mantenían a mi lado. No podía llevar a cabo la locura que deseaba hacer si ellos no me acompañaban.

Aunque ansiaba con todas mis ganas una mirada de Liam Davis, quemarme con el fuego que emitían sus ojos, tenía miedo. Temía no lograr hacerme visible para él, o peor aún, que me viera y sintiera aversión por mi tamaño. Eso jamás lo superaría.

-Los Squids consiguieron manager -expliqué evitando que me embargara la tristeza-, en menos de una semana firmarán un contrato discográfico y dejarán de tocar en bares de mala muerte como el Perla Negra. Nunca más tendré a Liam tan cerca de mí. Es hoy o nunca.

El Perla Negra era el bar más cercano a la universidad, parada habitual de los estudiantes cuando querían despejarse de los estudios y tomar una cerveza. Allí vi por primera vez a los Squids y quedé fascinada con su música. Por un año los seguí por todos los clubes de Kingston donde se presentaban, conociendo más de ellos, de la historia de su formación, de sus integrantes y de sus canciones. Así me enamoré de Liam.

Él tan solo era el guitarrista, siempre estaba a un lado, apartado y semioculto tras la cortina que creaban sus cabellos, que eran cortos en la parte de atrás y muy largos adelante. Tocaba concentrado en la guitarra, poco veía al público, y cuando lo hacía era de forma tímida, como si le temiera. Amaba ese aire misterioso y perturbado que poseía, despertaba mi curiosidad y hacía palpitar mi corazón con fuerza.

Quien protagonizaba los conciertos era Oliver Jones, la voz líder de la banda, un rubio de cuerpo exquisito, voz enérgica y rasgada y carisma inagotable. Oliver era quien se robaba todas las miradas y los suspiros, tanto de mujeres como de hombres, sobre todo, porque siempre se presentaba sin camisa, mostrando sin pudor su torso esculpido por ángeles -o por demonios de la lujuria-. Pero Liam me los robaba a mí, hasta el punto de convertirse en mi obsesión. Para mí, él era la estrella más brillante del escenario.

-El mundo musical no es tan sencillo, cariño. Lee las biografías de los músicos más famosos y te darás cuenta que pasan años y sufren muchísimo antes de que puedan lograr un contrato discográfico -porfió Rogers.

-Los Squids llevan mucho tiempo trabajando para ser reconocidos -insistí con pedantería-, tienen todo: un grupo de músicos unido y muy talentoso, un cantante con una fuerza vocal única y al mejor guitarrista del mundo, que además, compone las canciones más apasionadas y enérgicas jamás escuchadas.

-¿Sabes que el fanatismo es una enfermedad? -soltó Rogers para fastidiarme.

-¡Cállate! -impugné viéndolo con ojos encendidos.

-¡Dejen la pelea, he dicho! -ordenó Cleo al llegar a su límite-. Bien, Madison. ¿Tú quieres que sea hoy el día en que Liam se fije en ti? Pues, así será. La paz mental de este grupo de amigos lo necesita -dijo señalándonos a los tres-. No podremos dedicarnos a otra cosa hasta que tú no cumplas con ese sueño. Así que, Liam Davis hoy te dedicará esa mirada que tanto anhelas, lo prometo.

-Y una sonrisa. También quiero una sonrisa -agregué ilusionada, y me miré en el espejo notando como la determinación brillaba en mi piel y en mis pupilas-. Tiene que verme. Tiene que saber que existo antes de que su fama suba como la espuma, que soy su más grande admiradora y que sus canciones han sido mi vitamina todo este tiempo.

Dirigí mi atención hacia un afiche de la banda que tenía pegado en la pared frente a mi cama y había robado en uno de los tantos conciertos que realizaron en el Perla Negra, mientras Rogers y Cleo me tapaban con sus cuerpos enormes.

En esa imagen Liam se hallaba tras Oliver, en segundo plano, a pesar de ser quien más aportaba a la agrupación: era el compositor y productor de las canciones que les daba fama, dirigía a la banda y hacía sonar unos poderosos riffs de guitarra que a todos nos dejaban con la piel erizada. Sin embargo, Oliver era el foco de atención. Su gran atractivo y talento vocal opacaban a cualquiera.

Liam se mantenía atrás, cabizbajo y escondido bajo el manto de sus cabellos, con una expresión serena en el rostro y una mirada sufrida. Aunque muchas veces deseaba que superara sus inseguridades y ocupara el puesto que le correspondía, lo prefería así, sin que resaltara demasiado. De esa forma estaba lejos del interés de las mosconas que siempre los rondaba.

No pude evitar que mis ojos se empañaran con lágrimas al mirar su imagen y mientras cantaba la estrofa que en ese momento sonaba por mi móvil de uno de sus temas más conmovedores. Era una tonta fans enamorada, pero Liam merecía mi estúpido estado de ánimo.

Yo no había tenido una vida fácil desde mi niñez. Sufrí por la falta de interés de mi padre, por las burlas de mis amigos a causa de mi tamaño, por las angustias que le causaba a mi madre y por su repentina muerte cuando apenas iniciaba mi carrera universitaria. Me sentía vacía y maltrecha, y los temas y la música de Liam enderezaban mi espalda para hacerme caminar erguida a pesar de los golpes.

Por eso necesitaba con urgencia que se fijara en mí, quería decirle «gracias por regalarme toda esa fuerza» antes de que me resultara imposible.

Dejé el maquillaje que utilizaba sobre la cómoda y me aproximé al afiche para besar el rostro de Liam, estaba emocionada. Por el rabillo del ojo vi como Rogers me miraba con repugnancia y decidí provocar su paciencia. Saqué la lengua para pasarla sobre la cara de Liam gimiendo de placer.

-¡Deja de lamer el afiche, asquerosa! -rugió y me lanzó la foca de peluche.

Cleo y yo estallamos en risas.

Capítulo 2 Liam

Respiré hondo y me apreté el puente de la nariz, así podía controlar la frustración. Oliver y Jonathan discutían a los gritos, de nuevo. A pesar de encontrarse en la habitación contigua los escuchaba como si estuvieran a mi lado.

-Jamás se pondrán de acuerdo en nada -dijo William, sentado frente a mí. Hacía sonar el bajo eléctrico. Repetía las melodías de los temas que tocaríamos esa noche.

-Deberían relajarse -aportó Theo antes de esnifarse una línea de cocaína.

Esa era su píldora de escape. La única forma que tenía para olvidar las miserias de su existencia y así poder darlo todo en el escenario mientras hacía rugir la batería.

Volví a respirar hondo y apreté la mandíbula. Aquello se convertía en una rutina en todos los conciertos. Oliver bebía más de la cuenta y Jonathan lo retaba por irresponsable, William se hacía el desentendido y Theo se drogaba.

Walter, el tecladista y Dj, desaparecía de los alrededores hasta el momento exacto en que debíamos subir al escenario. Nunca sabíamos dónde estaba ni qué hacía, siempre se mantenía alejado. En ocasiones debíamos llamarlo por móvil para que se hiciese presente, en otras llegaba solo. Se materializaba de manera repentina cerca de nosotros como si fuese un fantasma.

Y yo, bueno, yo me encontraba allí, en espera. Como si estuviese en la habitación de un hospital a punto de ser llevado a quirófano para que me sacaran algún órgano inservible. Un mal que debía extirparse para estar bien, sin importar si el proceso sería doloroso.

Tenía los ojos abiertos pero no veía nada, estaba oculto bajo mis cabellos. De esa forma me sentía seguro. Ellos me protegían de toda la porquería que me rodeaba.

-¡Yo-ho-ho piratas! ¡Están preparados para la función!

Observé de reojo a Oliver cuando entró a la habitación donde nos encontrábamos. Tenía el rostro colorado por la embriaguez y los ojos enrojecidos y vidriosos. Su apariencia y sus expresiones infantiles me resultaban deprimentes.

-Hay que llamar a Walter -recordó William sin apartar su atención del bajo eléctrico.

Oliver gruñó por el fastidio, pero igual sacó el móvil del bolsillo de su pantalón para marcar el número de nuestro compañero al tiempo que se acercaba al bar. Bebería su quinto vaso de whiskey antes de subir al escenario.

Vi a Jonathan entrar en la habitación y mirarlo con odio, pero, para tranquilidad de todos, no dijo nada. Solo apoyó sus manos en el respaldo del sofá donde estaba sentado y se inclinó sobre mí para hablarme de forma confidencial.

-¿Estas bien, Liam?

-¿Por qué no debería estarlo?

-Te noto ausente.

Lancé una ojeada hacia Oliver descubriendo que nos veía desde la distancia con dureza mientras hablaba por móvil.

-Siempre estoy ausente.

-Si lo deseas, puedo mover mis influencias para suspender el show.

Jonathan no era nada en la banda, o tal vez, lo era todo. Era mi amigo desde la infancia, estudiamos juntos durante casi toda la preparatoria. Su padre era dueño de una tienda de instrumentos musicales y de una fábrica de guitarras cuya marca comenzaba a ser reconocida en la ciudad. Ese hombre poseía dinero y conocía a mucha gente ligada al mundo del espectáculo que siempre le debían favores, así que se convirtió en nuestro patrocinador un año atrás. Nos usaba para difundir su empresa entre los jóvenes amantes de la música prestándonos sus instrumentos y gestionándonos conciertos. Eso nos ayudó a hacernos notar en el ambiente musical de la región y alcanzar nuestros logros más importantes hasta la fecha.

Jonathan nos acompañaba siempre, era nuestro asistente, guía y protector, y el enlace directo con nuestro patrocinador. Cuidaba de nosotros, de nuestras necesidades y de nuestra seguridad. Gracias a sus gestiones pudimos contactar a unos productores musicales: los hermanos Thomson, quienes quedaron encantados con nuestro trabajo y decidieron convertirse en nuestros managers promocionándonos en las disqueras. El concierto de esta noche era para demostrar nuestro talento a algunos ejecutivos musicales que ellos habían invitado y podrían servirnos de trampolín hacia nuestro anhelado contrato discográfico.

-No suspendas nada -pedí cansado-. Nuestro futuro musical dependerá de lo que logremos hoy.

Aquello lo expresé con firmeza pretendiendo convencerme de mis propias palabras. A pesar de haberlo esperado por años, me costaba sentir emoción por el paso que estábamos a punto de dar. Y me daba la impresión que al resto del grupo le sucedía igual.

Jonathan respiró hondo y se irguió para sentarse en el respaldo del sofá, a mi lado.

-Walter está afuera. Es hora de subir al escenario, señoritas -expresó Oliver al terminar la llamada y dirigiendo una mirada enfadada hacia Jonathan y hacia mí. No comprendía por qué mostraba tanta rabia hacia nosotros.

Los tres habíamos estudiado juntos en la secundaria, Theo también había sido nuestro compañero. En esa época iniciamos la banda tocando covers de temas conocidos en fiestas de amigos o en eventos del colegio. Nos unió la pasión que sentíamos por la música y las influencias musicales que compartíamos.

Durante la última época de la preparatoria me dio por escribir canciones y componer su música con mi guitarra. Al mostrársela a los chicos y ver que les gustaban, me animé a escribir más.

De pronto teníamos cuatro temas propios que resultaron pegadizos para el público y por ellos comenzaron a invitarnos a bodas y festivales locales.

Al salir de la preparatoria llevamos nuestra música a bares y clubes nocturnos e hicimos crecer la banda con otros integrantes, como William y Walter. Al primero lo conocimos gracias al padre de Jonathan, que lo ubicó y lo puso en contacto con nosotros. Había dado clases de bajo eléctrico en su tienda y los fines de semana tocaba para una banda que versionaba éxitos de rock de los ochenta. Era muy bueno, aunque algo despistado y desinteresado. Todo parecía darle igual.

Con Walter no tengo muy claro el motivo por el que había llegado a nosotros, siempre aparecía de la nada. Creo haber escuchado la historia de que Oliver se lo había encontrado en el baño de un bar. Mientras usaban el orinal hablaron de música y minutos después, el hombre, quince años mayor que nosotros, formaba parte del grupo y le daba a nuestros temas un toque electrónico que resultaba atractivo y nos diferenciaba del resto de las bandas emergentes de la zona.

Fue así como obtuvimos una gran popularidad en Kingston que nos llevó a recorrer casi todo Rhode Island. En ese tiempo amplié la lista de temas incluyendo seis más. Con ellos nos mantuvimos activos por un año hasta toparnos con esta oportunidad de oro.

Aún consideraba mi música muy pobre, sentía que podía dar mucho más con la guitarra y con mis letras, pero no había tenido tiempo suficiente para pulirlas. Mi madre se había empeñado en que estudiara Contaduría para que tuviera una carrera de la que pudiera vivir una vez que pasara mi «capricho» por la música, eso me consumió por un tiempo. Pero ella no sabía que había abandonado la universidad para dedicarme a lo que me apasionaba. Llevaba meses sin pisar un aula tratando de perfeccionar mis temas.

Además, Oliver estaba empeñado en sacar nueva música, ya habíamos agotado el tiempo de vida de nuestras diez canciones y necesitábamos carne fresca que ofrecer a las disqueras. Sin embargo, aunque había logrado componer varios temas, ninguno me convencía del todo y eso me hacía sentir frustrado.

La presión de la banda recaía sobre mí. Oliver y Theo me preguntaban a diario por las canciones y William se mostraba molesto cuando escuchaba que no tenía nada concreto entre manos. Walter insistía en que si no renovábamos nuestra música, el público, que ahora nos adoraba, se aburriría y se dejaría seducir por la infinidad de bandas que nos rodeaban. Este mundo era en extremo competitivo.

Toda esa responsabilidad me hacía sentir cansado. Sin ganas para estar sobre un escenario.

-¡Vamos, es hora! -ordenó Oliver luego de recibir el anunció de un asistente del bar, logrando que en esa ocasión todos nos pusiéramos de pie y lo siguiéramos, aunque parecíamos borregos de camino a un matadero.

Antes de salir al escenario, Matt, uno de los hermanos Thomson, nos detuvo para hablarnos de forma confidencial.

-Afuera se encuentra Terry Morgan, director de uno de los programas de radio y televisión con más popularidad en Providence. Busca nuevos talentos musicales para promoverlos en los recitales que organiza. Hagan su mejor show. Él no vino a evaluarlos solo a ustedes, sino también, a los chicos de Destroyer. No se dejen arrancar esta oportunidad.

Destroyer era una banda de punk rock que se había convertido en nuestra rival. Llevaban aproximadamente el mismo tiempo de fundados que nosotros y también anhelaban alcanzar el sueño de firmar un contrato discográfico. A pesar de contar con su propio patrocinador y tener también éxitos importantes, envidiaban nuestros logros. Por eso muchas veces nos jugaban sucio y motivaban habladurías en nuestra contra, o generaban conflictos entre nosotros, para hacernos la vida más difícil y así ganarnos terreno. La mayoría de las veces lo lograban.

-No se preocupen por la competencia, ¡la romperemos esta noche en el escenario! -expuso Oliver dominado por la adrenalina, pero solo obtuvo de nosotros resoplidos y miradas de fastidio.

Matt le palmeó un hombro para animarlo y nos invitó a todos a dar lo mejor antes de marcharse. Los chicos comenzaron a gritar frases motivacionales para encenderse mientras corrían al escenario, yo solo respiré hondo y caminé tras ellos.

Desde hacía meses me sentía extraño, inconforme y aburrido. Me costaba hallarle emoción a la vida, era como si me hubiese secado por dentro.

Tocar en vivo era una de las pocas cosas que me hacían sentir bien, me encantaban los gritos y las voces de los fanáticos coreando mis canciones, pero me sentía intimidado al verlos. Tenía miedo de encontrar en sus rostros gestos de desaprobación o molestia.

Esa noche el Perla Negra estaba a reventar. Ya antes de nosotros se habían presentado otras dos bandas y los Destroyer quedaban para el final, porque siempre la desmadraban con sus apariciones creando líos y caos.

Nuestro plan era agitar bastante los ánimos del público para que estuvieran cansados para la última presentación, así los Destroyer la tendrían difícil.

Cuando los focos fueron encendidos, Oliver gritó un saludo que hizo rugir a todos. Sentí el suelo vibrar bajo mis pies, esa fue la chispa que encendió mi hoguera.

Toda la mierda que me atiborraba la mente desapareció como si hubiese sido sacudida por un fuerte viento y mi corazón comenzó a cabalgar agitado, embriagado por una emoción que me costaba describir.

No importaba las confusiones que pudiera tener en la cabeza, la música era mi lugar seguro. Mi válvula de escape.

Luego de la melódica introducción que iniciaba el primer tema, con el apoyo de las voces a capela de Theo y William haciendo un coro de murmullos mientras Oliver cantaba, cerré los ojos e hice sonar mi guitarra con furia. Así dimos inicio a una noche llena de adrenalina.

Capítulo 3 Madison

El concierto estaba brutal. Los Squids habían mejorado sus temas, tanto en la música como en el tono de la voz de Oliver. Sonaban más enérgicos y electrizantes. La gente se volvía cada vez más loca con cada canción.

Lo malo era que se amontonaban frente al escenario. Así me dificultaban el hecho de hacerme visible para Liam.

-¡No lo lograré! -dije desolada. Mi bajo tamaño era mi mayor obstáculo.

-¡Claro que sí, idiota! ¡Solo hay que ponerse agresiva! -porfió Cleo, mientras se abría paso entre la marejada de gente valiéndose de su cuerpo robusto y fuerte.

Rogers nos seguía detrás, muy cerca. Dividía su atención entre no perdernos de vista y disfrutar del espectáculo. Oliver Jones, como era habitual, estaba sin camisa. Animaba a todos a cantar con él las letras de las canciones. Mi amigo participaba de la dinámica sin inconveniente, él no tenía a una muchedumbre sudada, embriagada de emociones y de alcohol a punto de aplastarlo. ¡Maldita sea mi estatura!

Aunque Cleo me hacía avanzar no lograba ver a Liam. Mientras más caminábamos, más cuerpos me tapaban la vista, todos me superaban por veinte centímetros.

-¡No es posible seguir! -dijo frustrada mi amiga. Quedamos compactados a pocos metros del escenario.

-¡Salgamos de aquí! ¡Me desmayaré! -pedí con el corazón roto y sintiendo ansiedad por la falta de oxígeno.

-¡No! ¡Queda una opción! -aseguró Cleo e ignoró mi estado asustado y enfermo para dirigirse a mi amigo-. ¡Rogers, agáchate!

Él estaba ajeno a lo que nosotras conversábamos. Los pectorales y el abdomen definido de Oliver, así como los potentes temas, lo tenían hechizado. Cleo lo tomó por un brazo y lo sacudió con rudeza.

-¡¿Qué pasa?! -consultó él con enfado.

-¡Maddi va a morir asfixiada!

No solo Rogers se olvidó de la música para enfocarse en mí, algunas de las personas que nos rodeaban dejaron de forcejear para así mirar lo que me sucedía. Yo boqueaba como pez fuera del agua y estaba a punto de entrar en pánico por el nulo espacio que tenía para moverme. Sentía que el mundo se me venía encima.

Algunos desviaron sus teléfonos móviles del cuerpo semidesnudo de Oliver para posarlo en mí. Nada mejor que grabar un fallecimiento por asfixia en pleno concierto en el Perla Negra. Eso llenaría de misticismo a la banda y al club.

¿Ayudar al que estaba desvalido? Jamás se les pasaría por la mente.

-¡Maddi, ¿qué hago?! -preguntó angustiado mi amigo.

-¡Agáchate! -ordenó Cleo con firmeza.

-¡¿Para qué?! -quiso saber aunque cumpliendo con su orden.

Cleo me ayudó a sentarme sobre los hombros de Rogers. Al entender su intención, se me pasó un poco la angustia por la falta de oxígeno y por la posibilidad de morir aplastada.

Con dificultad Rogers se levantó, ayudado por Cleo. Mi amigo tenía menos fuerza que un niño de diez años. Cuando él pudo quedar en pie me sentí fantástica.

Rogers era tan alto que me hacía sobresalir de la multitud por varios centímetros. A esa altura la vista era fenomenal, sin ningún tipo de obstáculo, y me hallaba a pocos pasos del escenario, lo que significaba que tenía a los chicos de la banda a escasa distancia.

Oliver iba de un lado a otro mientras un mar de gente saltaba y gritaba los estribillos de las canciones con pasión, y Liam se encontraba frente a mí. Lo tenía tan cerca que se veía irreal. Mi pechó se hinchó de alegría.

Alcé los brazos y grité histérica celebrando mi triunfo, Cleo hizo vítores para apoyarme, y Rogers, aunque no se sentía cómodo por el peso que tenía sobre los hombros, sonrió divertido.

Cada vez que los Squids se presentaban en el bar yo siempre los disfrutaba desde la lejanía, parada en algún sitio alto y protegida del salvajismo del público. Por primera vez los veía a una distancia tan próxima. Mi felicidad era desbordante.

Me costaba creérmelo. Por momentos quedé paralizada. Los detallaba con suma atención comparándolos con la imagen del afiche que tenía en mi dormitorio. Buscaba las diferencias y similitudes.

-¡Háblale a Liam! -me pidió Cleo sacándome con brusquedad de mi idilio.

Empecé a gritar su nombre y a agitar las manos, pero él no me oía. Tenía su rostro cubierto por sus cabellos y estaba centrado solo en su guitarra.

De quien sí pude llamar la atención fue de Oliver, que se ubicó delante de mí y me señaló poniéndome nerviosa. Cantaba con sus ojos voraces puestos en mi cara y seduciéndome. Hacía que el resto del público me odiara.

Yo señalaba hacia Liam. Trataba de decirle con gestos que era a él a quien quería, pero Oliver pensó que entraba en su juego y se puso más sugerente.

Varias chicas comenzaron a imitarme subiéndose a los hombros de sus amigos para obtener también un poco de atención de su ídolo. De nuevo estaba siendo opacada, porque las otras mujeres eran más altas que yo y resaltaban más.

El alzamiento de tantas chicas pareció llamar la atención de Liam, que con curiosidad miró hacia el público para saber lo que ocurría. Me frustré, porque no se detenía en mí. Jamás sabría que existía si no enfocaba su vista en mi figura. Comencé a desesperarme.

Se vino la parte del tema donde solo sonaban la guitarra y la voz de Oliver al unísono, en un canto suave que daba una sensación de soledad, previo al último estribillo.

-¡LIAMMMMMMMMM! -grité con ferocidad, haciéndome notar por encima de la música.

Cuando los ojos del guitarrista se posaron en mí alcé mi blusa por completo, incluyendo a mi sujetador, y le mostré las tetas. Él no pudo apartar su mirada pasmada de mí. Notó mi presencia sin que el resto de la humanidad lo distrajera.

-¡TE AMOOOOOOOO! -vociferé poniendo mi ropa en su lugar.

No sé si logró escuchar mi declaración. Justo en ese instante resonó el grito potente y súper largo de Oliver que reventaba la suave melodía para dar paso al cierre salvaje del tema.

La música se volvió épica, llevando al público a un nivel máximo de excitación. Todos enloquecieron, tanto abajo como encima del escenario. Se sacudían por las intensas melodías.

Sin embargo, Liam ya no se quedaba todo el rato con la cabeza gacha, oculto tras sus cabellos. De vez en cuando alzaba la miraba y me veía. Me sonreía con una timidez que fraccionó aún más a mi atolondrado corazón.

Al terminar la presentación, los organizadores dejaron un descanso de una hora amenizado por un Dj para que los Destroyer se prepararan para su función. A mí no me interesaban ellos, ni siquiera me quedaría a escucharlos. Le había prometido a Rogers que, luego de obligarlo a cargarme sobre sus hombros la media hora final del concierto, nos iríamos a estudiar.

Pero permitió que me acercara unos minutos a la parte trasera del escenario antes de marcharnos, con la esperanza de ver por última vez a mi amor platónico. El problema fue que más de una decena de chicas pensó lo mismo. Todas se unieron hasta convertirse en un muro alto que me impedía la visibilidad.

Algunas se abrazaban entre sí para cantar a todo pulmón los temas de la banda, buscando llamar su atención, otras gritaban sus nombres. El más sonado, por supuesto, era Oliver, y muy seguido resonaba el nombre de Theo, que con su carita dulce, de niño travieso, había conquistado a una gran fanaticada.

William también se llevaba su parte. Él era un tipo alto, de cuerpo atlético, y tenía unos años más que Oliver, Theo y Liam. Daba la sensación de ser su hermano mayor, lo que despertaba el morbo de muchas.

A Walter, en cambio, nadie lo nombraba. Él era un sujeto algo extraño. Superaba los treinta y cinco años y se decía que tenía esposa e hijos. No solía compartir mucho con la banda ni con los fans, solo se le veía cerca de ellos cuando se hallaban sobre el escenario. Para sus seguidores, era un simple colaborador, no parte del grupo.

Me enfadó descubrir a un manojo de mosconas llamando a Liam. Las miré con odio desde la distancia. Se habían ubicado frente a mí y con sus cuerpos de estatura alta me tapaban por completo. Si él salía a saludar y firmar autógrafos, como otras veces lo había hecho, jamás lograría llegar a su lado. No me dejarían.

-¿Por qué no nos vamos ya? -se quejó Rogers cansado de perder el tiempo.

-Solo déjame verlo -pedí con frustración, cruzada de brazos.

-Lo único que querías era que él te dirigiera una mirada y una sonrisa en el escenario, ¡y lo conseguiste! Aunque a un precio muy alto -se quejó mi amigo haciendo sonar las vértebras de su cuello, que las tenía adoloridas-. Ya cumpliste con tu sueño anhelado, ahora, ¡vámonos! -exigió molesto.

-Calma, calma, polluelo. ¿Cuál es el apuro? -agregó Cleo al acercarse a nosotros con una botella de cerveza en la mano-. Ya sabes que hoy es la última oportunidad de esta jovenzuela de disfrutar de su adorado tormento. Él pronto será una superestrella.

Rogers la observó con una mueca de asco.

-¿Ya estás borracha?

-¿Yo? -Cleo soltó un resoplido gracioso que demostraba su incipiente embriaguez-. Para nada, mi organismo tolera muchísimo la cerveza.

Ella se giró para evaluar con interés el cuerpo de una chica que en ese momento pasaba por su lado.

-¡Solo te has bebido tres cervezas y ya estás a punto de ser infiel! -la acusó Rogers.

Cleo ensanchó su boca en una O perfecta.

-¿Infiel? ¡Jamás! Yo a mi Rosita nunca le he jugado sucio -aseguró, aunque volvió su mirada hacia la mujer que antes había evaluado y se fue tras ella.

Vi que Rogers ponía los ojos en blanco y tuvo intención de decirle algo antes de que se perdiera de nuestro lado, pero el alboroto que generaron las chicas al abrirse la puerta de los artistas hizo que cerrara la boca, y a mí reseteó por completo la conciencia, acelerando mi corazón.

Al aparecer Oliver, la mayoría rugió por la alegría y se abalanzaron sobre él. Los guardaespaldas actuaron rápido para controlarlas mientras él reía divertido. Comenzó a firmas autógrafos en afiches y en camisetas. Al salir Theo la locura fue similar y al hacerlo William fue necesario llamar a otros guardias porque la situación estaba a punto de descontrolarse.

Liam no salía y eso me ponía nerviosa. Cuando al fin lo hizo, casi me desmayé de la emoción. Me sostuve de Rogers para no caer manteniendo mis ojos fijos en él.

Un grupo de mosconas se acercó para pedirle autógrafos, que él firmó con rapidez al tiempo que buscaba algo en los alrededores.

-¿No irás a que te firme las tetas? -preguntó mi amigo con tono burlón.

-No me dejarán pasar. Tendré que golpearlas y si hago eso terminaremos todos en prisión, como ha pasado otras veces.

Mis arranques de violencia en varias oportunidades nos habían complicado las salidas. No quería que eso sucediera otra vez, porque además, Liam estaba cerca y no deseaba que se llevara una mala imagen de mí. Debía resignarme y pensar en otra forma de abordarlo antes de que fuera famoso.

La frustración me dominó y empapó mis ojos con lágrimas. En momentos como esos odiaba mi vida y las cualidades que me había regalado, como mi estatura de mierda.

Luego de plasmar un autógrafo en el cuaderno de una fanática, Liam repasó de nuevo los alrededores con impaciencia. La sangre se me congeló cuando él fijó su atención en mí. Por un momento me sentí más pequeña de lo que era, completamente insignificante.

-¡Te está mirando! ¡Te está mirando otra vez! -gritó Rogers saltando de alegría, pero yo no podía ni moverme.

El magnetismo de sus ojos oscuros aniquiló mi autonomía.

Sin apartar la vista de mí, Liam llamó a uno de los guardaespaldas para hablarle en forma confidencial. Me señaló mientras le decía algo al oído.

El sujeto me observó unos segundos antes de asentir.

Los organizadores del concierto aparecieron en ese momento buscando alejar a las chicas de los músicos y a ellos los metieron de nuevo en el área exclusiva de los artistas.

Yo seguía paralizada, aferrada con fuerza al brazo de Rogers como si fuese mi cable a tierra.

Al regresar la calma, en el estómago se me abrió un hueco muy profundo cuando noté que el guardaespalda se aproximaba a mí.

-Señorita.

-¿Sí? -pregunté con voz temblorosa.

-Liam Davis le pide que vaya a su hotel. Se alojan en el Palace. En una hora nos encontraremos en la recepción, yo la subiré a la habitación del joven.

El hombre se marchó dejándonos a Rogers y a mí como estatuas de sal. Un minuto después ambos pudimos reaccionar y nos vimos con sorpresa.

-¿Te pidió? -masculló Rogers impactado-. ¿Liam Davis quiere verte?

Al asimilar sus palabras, estallé por el júbilo. Comencé a gritar y a saltar por el lugar como una loca, sin preocuparme por las miradas extrañadas y de burla que me dirigía la gente ubicada en los alrededores.

-¿Qué mierda te pico? -preguntó Cleo de mala gana al acercarse.

-¡Me pidió! ¡Liam me pidió! -grité eufórica.

Cleo me observó con desconcierto. Rogers se acercó a ella y le contó con rapidez lo sucedido, logrando que se espantara por la noticia. Detuvo mis saltos sosteniéndome por los hombros con firmeza.

-¿Estás loca? No irás.

-¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! -quise saber molesta.

-¿No te das cuenta, tonta? Liam cree que eres una grupi. Le enseñaste las tetas en pleno concierto y ahora te pide solo para tener sexo contigo.

Apreté el ceño con extrañeza. Estaba tan feliz que no podía procesar sus palabras.

-¿Y qué? -fue lo único que se me ocurrió responder.

Tanto Cleo como Rogers me vieron con horror.

-¿Cómo qué: y qué? ¿Piensas ir a ese hotel a acostarte con él? -consultó mi amiga casi fuera de sí.

Respiré hondo tratando de calmar a mi alegre corazón y apoyé mis manos en mis caderas.

-Me pidió, así estaré cerca de él y podré darle las gracias por todo lo que su música ha hecho por mí.

Cleo parecía haber entrado en shock. En ese instante Destroyer subía al escenario y el bar se volvía un hervidero de locura.

Di media vuelta para salir de allí, tenía solo una hora para llegar al hotel Palace y encontrarme con mi músico favorito.

-¡¿Te volviste loca?! -gritó mi amiga al ver que me marchaba, pero no le respondí, ni siquiera, le di la cara. Seguí hacia la salida invadida por una emoción tan grande que me hacía sentir enorme.

Esta vez, nadie me opacaría.

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