Alaric Kaiser bajó del avión con la elegancia de un hombre que estaba acostumbrado a dominar el mundo. Sus zapatos de cuero negro brillaban bajo la luz artificial de la pista mientras avanzaba hacia las dos hileras de hombres trajeados que lo esperaban con deferencia.
Su cabello azabache, tan oscuro como la noche, estaba perfectamente peinado hacia atrás, sin un solo mechón fuera de lugar. Sus ojos, del mismo tono oscuro y penetrante, reflejaban una frialdad aterradora. Llevaba un traje hecho a medida color negro, que se ajustaba perfectamente a su figura atlética. La camisa del mismo color que asomaba impecable bajo el saco contrastaba con el brillo de los gemelos de oro que adornaban sus puños.
Su porte era altivo, seguro, como el de un rey que acababa de regresar a su reino. No era solo un magnate; era un hombre que había conquistado su destino, y cada detalle de su presencia lo gritaba. Desde la firmeza de sus pasos hasta la mirada que lanzaba a los autos lujosos que lo esperaban, todo en él irradiaba poder.
-Señor -el asistente abrió la puerta del auto con una reverencia respetuosa.
Alaric ingresó al vehículo, sintiendo cómo su impenetrable corazón de piedra comenzaba a resquebrajarse. Su manzana de adán subió y bajó al tragar saliva, luchando contra el nudo que se le había formado en la garganta. Se dirigía al velorio de su mejor amigo. Aunque sus caminos se habían separado debido a sus constantes viajes, Alaric lo consideraba más que un amigo, era como un hermano.
El auto avanzó, seguido de varios más detrás. Durante todo el trayecto, su rostro permaneció inmutable, frío, la máscara que siempre lo caracterizaba. Pero su asistente, observándolo a través del espejo retrovisor, sabía que, tras esa fachada impenetrable, Alaric cargaba con el peso del dolor, aunque no permitía que nadie viera su debilidad.
El convoy de autos se detuvo frente a una pequeña capilla tras una media hora de recorrido. Vicent, aunque no pertenecía a la alta esfera social de Alaric, había sido un médico respetado que, en una ocasión, salvó la vida de su abuela. Desde aquel momento, se ganó su favor, y con el tiempo, una verdadera amistad surgió entre ellos.
Alaric descendió del vehículo, haciendo un gesto a sus hombres para que esperaran afuera mientras su asistente lo seguía hacia adentro. Al cruzar el umbral de la capilla, el dolor de su pérdida se intensificó, golpeando su pecho con fuerza. Vicent era un hombre honorable, íntegro y carismático. ¿Cómo pudo un accidente automovilístico arrebatarle la vida? Todo por culpa de un conductor ebrio que perdió el control en la carretera.
Sus ojos se fijaron en el ataúd de caoba, y sintió cómo el nudo en su garganta amenazaba con ahogarlo. Ignoró las miradas furtivas de las pocas personas presentes, seguramente simples conocidos, y se aproximó, rozando con su mano la suave madera que ahora resguardaba el cuerpo de su mejor amigo.
-Vicent -murmuró Alaric con voz grave, mientras su asistente se mantenía a su lado-. Amigo mío, que en paz descanses.
Una oleada de culpa lo invadió. Había pasado demasiado tiempo sin regresar a la ciudad, sin siquiera hacerle una visita a su viejo amigo. Ahora era demasiado tarde. Imaginaba la tristeza que debía estar embargando a su abuela en ese momento, quien, por problemas de salud, no pudo asistir al velorio.
-Señor -Gerd, su asistente, se le acercó al oído-, mire allá, es la hija del señor Vicent.
Alaric giró de inmediato hacia donde Gerd le indicaba. Ahí estaba, la hija de su mejor amigo. La última vez que la vio era apenas una niña pequeña, y nunca olvidaría la sonrisa de orgullo que Vicent esbozaba cada vez que hablaba de ella. Ahora, esa niña había crecido. Si sus cálculos no fallaban, debería tener alrededor de quince años.
No estaba sola. Una mujer de mediana edad, con el rostro distorsionado por el llanto, la abrazaba con fuerza. La niña, acunada en su pecho, temblaba mientras sus sollozos dolorosos comenzaban a llenar la capilla.
Alaric se movió por instinto. No podía marcharse sin antes ofrecer sus condolencias. Reconoció a la mujer: era la niñera que había cuidado de la niña desde su nacimiento, ya que la esposa de Vicent murió al dar a luz.
-Camelia -la llamó, y la mujer levantó la mirada, sorprendida al verlo-. Lo lamento mucho, ofrezco mis condolencias.
-Señor Kaiser -se recompuso rápidamente y secó sus lágrimas-. Es una sorpresa tenerlo aquí, muchas gracias por venir... -apenas podía hablar debido a la tristeza-. Nuestro Vicent, él...
-Lo sé -la interrumpió, viendo lo abatida que estaba-. Estoy al tanto de todo. El dolor por su pérdida es insoportable, lo comprendo.
-No puedo creer que esto esté pasando -sollozó-. De un momento a otro, él... no es justo, no lo es, de verdad -expresó con profundo dolor, luego miró a Alaric y a su asistente.
-Mi abuela no pudo estar presente -aclaró enseguida-. Aún no está muy bien de salud. Ahora mismo está devastada.
-Entiendo -asintió-. Solo espero que su salud no se deteriore con esta noticia. Vicent era su médico favorito -esbozó una triste sonrisa.
Alaric bajó ahora la mirada hacia la niña, quien se aferraba a la mujer como si fuera su último refugio. Temblaba, sumida en un dolor que parecía consumirla.
-No sabe lo difícil que es esto, señor Kaiser -dijo Camelia, acariciando la cabeza de la pequeña-. Su madre ya no está y ahora ha perdido también a su padre. Está completamente desamparada.
-¿Planea usted hacerse cargo de ella? -preguntó Alaric, genuinamente interesado en el destino de la hija de su amigo. Una parte de él sentía la necesidad de intervenir, de mitigar aunque fuera un poco el sufrimiento-. Vicent me mencionó alguna vez que no tenía más familiares en Berlín.
-Así es, señor. Solo quedo yo, su niñera -afirmó Camelia, antes de bajar la mirada, el rostro trastornado por la culpa y la tristeza-. La verdad es que... justo antes de la muerte del señor Vicent, le entregué mi carta de renuncia. Estaba por contratar a otra niñera porque no podía continuar con mi labor. Mi hija mayor acaba de dar a luz, y necesita mi ayuda. Su esposo la abandonó y no tiene a nadie más. Está sola.
-Yo me haré cargo de la niña-Alaric lo dijo sin titubear, con una firmeza que dejó a Camelia perpleja y hasta Gerd, que permanecía a su lado, quedó sorprendido-. Camelia, has hecho mucho por Vicent y por su hija, no te sientas mal. Puedes regresar a tu ciudad y cuidar de tu hija. Yo me encargaré de la niña.
-¿Qué? Señor, eso no es posible... -Camelia parecía horrorizada ante la idea. Alaric era un hombre de gran importancia, hacerse cargo de la hija de otro era una locura, especialmente cuando tenía una reputación intachable-. No, señor Kaiser, no podría permitirlo. Yo... quizás pueda llevarme a la niña conmigo.
-No -la voz de Alaric fue severa, no admitía réplica-. Vicent fue mi mejor amigo, casi un hermano, y siempre estaré en deuda con él por salvar la vida de mi abuela. Lo mínimo que puedo hacer es cuidar de lo que más amaba. Sé cuánto la adoraba, y le aseguro que la niña estará segura conmigo, no le faltará nada.
La mujer sintió un alivio profundo; al menos Alaric estaba allí, su última esperanza. Vicent confiaba ciegamente en él, y ella estaba segura de que cuidaría bien de la pequeña, incluso mejor de lo que ella, ya una anciana cansada, podría hacerlo.
-Aisling, cariño -dijo Camelia con ternura mientras apartaba a la niña para poder mirarla a los ojos. El rostro de la pequeña estaba enrojecido y húmedo por las lágrimas-. ¿Reconoces al señor Alaric, el mejor amigo de tu papá? -La niña giró su cabeza con timidez hacia él, alzando la vista para encontrar su mirada, pues el hombre era imponente. Un escalofrío recorrió su pequeño cuerpo y, asustada, se refugió de nuevo detrás de la mujer-. Cielo, él cuidará de ti a partir de ahora, ¿lo entiendes?.
-No, no quiero -gimoteó Aisling-. Quiero a mi papá, Nana.
-Tu padre ya no está -dijo Alaric, agachándose para estar a la altura de la niña, que se ocultaba aún más detrás de Camelia-. Pero yo puedo cuidar muy bien de ti. Tu Nana tiene que irse, debes comprenderlo. Vicent te enseñó a ser una niña obediente, ¿verdad?.
Aisling asintió con timidez, sus ojos grandes y tristes buscando consuelo.
-Entonces ven aquí -le ofreció su mano. La niña lo miró con duda, alternando su mirada entre él y Gerd, el asistente que observaba la escena en silencio-. No tengas miedo, él viene conmigo y también era amigo de tu papá.
-Anda, pequeña -la alentó Camelia con voz suave-. No temas. El señor Kaiser es una persona buena.
Finalmente, Aisling tomó la mano que Alaric le tendía. Él esbozó una leve sonrisa, tratando de transmitirle seguridad. Se encargaría de ella en honor a la amistad que lo unía a Vicent, en agradecimiento por todo lo que había hecho por él. Alaric era la mejor opción para darle la vida que Vicent había deseado con tanto ahínco para su hija, y la protegería hasta que fuera lo suficientemente mayor para valerse por sí misma y pudiera rehacer su vida.
Era lo que pensaba.
~4 años después~
-Señorita -la voz neutral de la institutriz Kate hizo que Aisling detuviera sus dedos sobre las teclas del piano-. Es hora de prepararse.
-¿Tan pronto?.
-Sí, por favor, debe darse prisa.
Aisling asintió y se levantó sin objeciones. Ni siquiera se molestó en saber si esa persona estaría presente en un día que, para ella, no era más que una mera formalidad.
Después de unos minutos arreglándose, Aisling bajó las escaleras ya lista para su graduación. Su institutriz, una mujer de lentes transparentes, cabello recogido sin un solo mechón fuera de lugar, vestida siempre con una falda de tubo por debajo de las rodillas y una camisa blanca impoluta, la esperaba al pie de la escalera.
Ni un elogio, ni una sonrisa. Solo un leve asentimiento de cabeza antes de guiarla hacia el exterior de la gran mansión. Estaba acostumbrada a esa vida. Las palabras innecesarias no tenían cabida en el régimen bajo el que había crecido; solo debía ser impecable y demostrar ser la mejor, nada más.
Subieron a una camioneta, seguida por un séquito de autos llenos de guardaespaldas que la acompañaban a todas partes. Ganarse la confianza de alguno de ellos para permitir que alguien se acercara libremente a Aisling era casi imposible, todo bajo estrictas órdenes de su tutor.
El birrete y la toga resultaban sofocantes. Tenía calor, la tela le irritaba la piel. Deseaba que todo terminara lo antes posible para volver a su jaula de oro, donde pasaba la mayor parte del tiempo.
El auto se detuvo frente a un auditorio, donde se llevaría a cabo la ceremonia. Kate bajó primero, seguida de Aisling, quien mantenía una expresión inescrutable en su rostro, a pesar de ser un día que muchos considerarían especial.
-¡Lin! -una chica castaña se lanzó hacia ella y la abrazó en cuanto la vio llegar-. ¡Llegaste! Te ves... horrendamente preciosa.
-Tienes razón, es horrendo y da mucho calor -respondió Aisling entre risas-. Tú te ves genial.
Kate se aclaró la garganta detrás de ellas, manteniendo su postura impecable de siempre.
-Oh, "Miss Perfección" vino contigo -le susurró su amiga al oído. Aisling contuvo una risa-. Por cierto, ¡felicidades a nosotras!.
-¿Gracias?.
-Qué entusiasmo el tuyo. Vamos adentro.
Su mejor amiga, Dorothea, la tomó de la mano y la guió hacia el auditorio, que comenzaba a llenarse de gente. Al menos, en un día como ese, tenía a esa loca a su lado, quien convertía sus días grises en los más divertidos. Aunque parecía una locura decirlo, Dorothea era su única amiga, y llegar a ese punto no había sido fácil. Con su carácter alocado y rebelde, fue todo un desafío que la institutriz y los guardaespaldas permitieran que conservaran su amistad.
Eso sí, la amistad con hombres estaba totalmente prohibida para ella. Solo compañeros o conocidos. Si mostraban señales de algo más, no dudarían en ser espantados por Kate, la mujer de hielo, y los gorilas que siempre la acompañan.
Aisling mantuvo la mente en blanco mientras la ceremonia se extendía interminable, tal como lo había previsto: aplausos esporádicos, risitas nerviosas y la monotonía de los discursos. Lo único que la mantenía conectada a la realidad era la mano de Dorothea, quien a su lado, no dejaba de mostrar entusiasmo. Aisling solo quería que todo acabara para poder volver a casa.
Cuando escuchó su nombre, casi media hora después, el sobresalto la sacó de su ensimismamiento. Se levantó, caminó hacia el estrado y, como todos antes que ella, dijo unas breves palabras de agradecimiento, aunque no tenía idea de lo que sus compañeros habían mencionado previamente. Desde el público, su amiga agitaba el diploma en el aire, haciéndole gestos de apoyo que le sacaron una leve sonrisa.
Sin embargo, al dirigir la mirada de forma casual hacia la entrada del auditorio, algo en su interior se detuvo. Inhalar, exhalar, todo dejó de tener sentido. Allí, bajo la luz de las puertas abiertas, un hombre alto, vestido con un impecable traje de tres piezas que parecía diseñado para humillar al resto de los presentes, entraba con paso firme.
Aisling se quedó congelada. Los murmullos empezaron de inmediato, y todas las miradas convergieron en él. Alaric Kaiser, quien siempre era el centro de atención en cualquier lugar al que entrara.
Habían varios años desde que desapareció de su vida, pero ahí estaba, como si nunca se hubiera ido, acercándose a ella con esa presencia arrolladora. En menos de nada, su figura alta e imponente estaba parada frente a su campo de visión, envolviendo su pequeña figura con su sombra intimidante.
-Felicidades, Aisling -su profunda y grave voz la estremeció. Ella tragó saliva, tratando de asimilar lo que ocurría-. Has hecho un gran trabajo.
Aisling levantó la mirada, encontrándose con sus ojos oscuros. Eran fríos, tan fríos que sentía cómo le helaban la sangre. No había una sonrisa en sus labios, ni un atisbo de suavidad en sus facciones, rígidas y controladas.
-Gracias -murmuró ella en voz baja, tomando el diploma que él le extendía. Había llegado personalmente a entregárselo.
Ni una caricia, ni una palabra más. Alaric se dio la vuelta y bajó del estrado. Aisling lo siguió con la mirada, saliendo por un instante de su shock mental. ¿Qué hacía ese hombre allí? Buscó la respuesta en Kate, pero ella no hizo ningún gesto. Estaba claro que lo sabía. La institutriz siempre lo sabía todo. Era la encargada de cuidarla y de informar a Alaric sobre cada uno de sus movimientos, tanto dentro como fuera de la mansión. ¿No le habían dicho porque querían sorprenderla? Si ese era el plan, lo lograron. Lo último que esperaba era ver a su tutor en un día como ese.
-¡Lin! -Dorothea se colgó de su brazo en cuanto la ceremonia terminó-. ¡No puedo creerlo! ¿Sabías que vendría y no me dijiste nada?.
-No tenía idea, lo juro -respondió, aún nerviosa-. Estoy tan sorprendida como tú.
-¡Woa! ¿Cómo se atreve a venir? ¡Qué descarado! Me cae fatal -refunfuñó irritada-. Todo poderoso, viniendo a felicitarte. Menudo gilipollas.
-Oye, no hables así, alguien puede oírte -le advirtió en voz baja-. Sabes que él...
-Sus malditos negocios son más importantes que la chica de la que quiso hacerse cargo, creyéndose la madre Teresa, lo sé -interrumpió Dorothea, llena de sarcasmo-. Mejor se hubiera comprado una muñeca de porcelana y asunto resuelto.
Dorothea era la única persona que conocía su historia. Sabía que Alaric se había hecho cargo de Aisling cuando quedó desamparada, y que no tardó mucho en dejarla sola en una enorme mansión, rodeada de sirvientes y personas que cubrían todas sus necesidades. Su vida era de lujo, sí, pero vacía y solitaria, como una muñeca de lujo encerrada en una jaula de oro.
Alaric, por su lado, se mantenía al tanto de su vida desde la distancia, pero rara vez volvía a Berlín, siempre absorbido por sus negocios en el exterior. Solo le enviaba costosos regalos en su cumpleaños o en ocasiones especiales, y aparecía en la ciudad solo si tenía algún asunto importante que atender.
-Señorita, es hora de despedirse -interrumpió Kate-. El señor la espera.
-¿A mí? -Aisling se señaló, incrédula.
-Sí, a usted. Sea breve, por favor.
-Anda, ve -le dijo Dorothea, dándole un codazo-. Te llamaré después.
Aisling asintió, recibiendo un guiño de su amiga, lo que significaba que tendría que contarle cada detalle de lo que sucediera entre su tutor reaparecido y ella.
Kate la guió fuera del auditorio, donde un auto la esperaba. Un hombre abrió la puerta, revelando a Alaric sentado adentro, con las piernas cruzadas y su mirada fría y penetrante fija al frente. Aisling tragó saliva de nuevo. Ese hombre le seguía causando temor; nada había cambiado desde el pasado. Estar a solas con él en un espacio tan reducido sería incómodo. Todo podría haber sido distinto si él al menos hubiera hecho el esfuerzo de entablar algún tipo de relación comunicativa entre ellos.
Finalmente, entró al auto, y para su mala suerte, Kate no iría con ellos, sino en otro vehículo. Aisling se quedó estática en su asiento, su mirada fija en el diploma que sostenía, sin atreverse a decir una palabra.
-Iremos a un restaurante -dijo Alaric a su lado, rompiendo el incómodo silencio entre ambos. La chica lo miró; no estaba preguntando si quería ir, estaba decidiendo por ambos-. ¿Qué te gustaría en especial? Podemos ir al que tú quieras, es tu mejor día.
Aisling apretó los labios en una fina línea. ¿Qué era ese sentimiento? ¿Rabia? ¿Decepción? No podía precisar qué le provocaba escucharlo hablar con tanta naturalidad, como si se conocieran de toda una vida, ignorando el hecho de que ella había estado sola durante tanto tiempo.
-Cualquier cosa está bien -respondió, con un nudo en la garganta. Para ella, él seguía siendo un extraño, pero no tenía idea de lo que él sentía hacia ella-. Será lo que usted elija.
-No me hables de usted, Aisling -la voz de Alaric se endureció, y ella se tensó, levantando la cabeza de golpe, como si hubiera cometido un error-. Llámame por mi nombre.
Tragó saliva, nerviosa... ¿Asustada? ¿Por qué le temía incluso a su voz? No, no era solo eso. Era todo: su voz, su presencia, el hecho de tenerlo cerca. Todo le daba miedo, y no sabía por qué. Tal vez porque lo sentía como un extraño, igual que la primera vez que la recogió. Esa autoridad en su voz siempre le había causado temor.
-Sí, Alaric -murmuró, retorciendo el diploma en sus manos.
El automóvil se detuvo eternos minutos después frente a un restaurante de lujo. Alaric fue el primero en bajar, mientras que Aisling, antes de salir, se quitó la toga y el birrete, revelando un sencillo pero hermoso vestido magenta que llevaba debajo. Los colores suaves del vestido armonizaban con su personalidad recatada y dulce.
Cuando ella salió, Alaric ya la esperaba. Apenas la vio, sus ojos oscuros recorrieron su figura de pies a cabeza. Algo había cambiado. Los años habían transformado a esa niña en una mujer. Su cuerpo tenía curvas suaves, y aunque su busto no era grande, encajaba perfectamente con su pequeña figura. Su rostro seguía siendo inocente y temeroso, como un cordero. Sin duda, era toda una mujer ahora, y su mejor amigo, Vincent, estaría orgulloso de verla así.
-Entremos -dijo Alaric, ofreciéndole su brazo. Aisling obedeció, pero al instante en que sintió el contacto, quiso apartarse. Le resultaba incómodo, opresivo, y su mera presencia la inquietaba.
Como era de esperarse, todas las miradas se posaron en ellos al entrar al restaurante. Pero era por él, Alaric Kaiser, quien siempre atraía la atención donde fuera. Una mesera se acercó rápidamente y los guió hacia la mejor mesa, ofreciéndoles el menú de vinos y platillos.
Cuando la mesera se retiró, el silencio volvió a instalarse entre ellos. Aisling había esperado muchas cosas ese día, pero jamás imaginó que terminaría comiendo junto a su tutor, como prefería llamarlo, ya que ni siquiera era capaz de referirse a él como "padre".
-¿Cómo has estado? -la pregunta de Alaric la tomó por sorpresa-. Sé que eres excelente en tus estudios, pero me refiero a tu vida personal.
Aisling abrió la boca para responder, pero la cerró de inmediato, pensativa. No había esperado una pregunta así. Él siempre había parecido desinteresado en su vida, y si le hubiera importado algo, no la habría abandonado.
-Estoy bien -respondió, evitando su mirada-. Todo sigue... igual.
-¿Igual cómo? ¿Te sientes cómoda? ¿Algo te molesta? No sé, cualquier cosa.
¿Por qué seguía haciéndole preguntas tan difíciles de responder? Quería desahogarse, reclamarle, pero temía una reprimenda por atreverse. A pesar de eso, alzó la vista y sus ojos se encontraron.
-¿Por qué viniste hoy? -soltó con valentía-. ¿Por qué tenía que ser justo hoy?.
-¿Te molesta? -Alaric frunció el ceño, justo lo que ella temía-. Hablas como si hubiera arruinado el mejor día de tu vida.
-No me refería exactamente a eso... en parte -corrigió-. No tenías motivos para venir, porque...
-Vine por negocios, Aisling -la interrumpió. En ese instante, deseó no haber dicho nada-. Es cierto que vine por tu graduación, es importante para ti y también para mí, porque estás bajo mi cuidado. Pero también estoy en la ciudad por negocios.
-Claro -asintió, bajando la mirada. Siempre era lo mismo. No había venido por ella, no para verla ni para decirle que estaba orgulloso. Solo le daba una felicitación vacía y una comida en un restaurante lujoso. Por un momento había olvidado lo patética y solitaria que era su vida-. Creo que he dicho cosas sin importancia. No prestes atención.
-Puedes ser sincera, Aisling. Si algo te molesta, eres libre de expresarlo.
Quería decir tantas cosas, pero algo en su interior le decía que nada cambiaría si lo hacía. Todo seguiría igual, bajo su control absoluto.
-Me alegra mucho verte de nuevo -dijo, levantando el mentón y forzando una sonrisa-. Es que... hacía mucho tiempo que no nos veíamos, así que es algo extraño.
-Cierto -Alaric se enderezó en su silla-. Ha pasado tiempo, pero no creas que no he estado pendiente de ti. Lo hago y lo seguiré haciendo.
-Lo sé, y te lo agradezco.
En ese momento, la mesera interrumpió con los platillos y el vino. Frente a Aisling, colocó una Langosta Thermidor, preparada con una mezcla de crema, mostaza y cognac, horneada y servida con una capa de queso gratinado. Frente a Alaric, un Wagyu Beef, la carne de res japonesa más costosa, acompañada del exclusivo vino tinto Romanée-Conti. Aisling lo observó todo, sintiendo que era excesivo, pero no era como si pudiera opinar sobre la "buena voluntad" de Alaric al invitarla, un gesto que él claramente veía como celebración por su graduación.
La comida entre ellos fue breve y silenciosa. No había mucho de qué hablar, y era evidente que Alaric no era el tipo de hombre que mantuviera largas conversaciones. Esto lo había demostrado en el auditorio, donde apenas prestó atención a las personas que se acercaron a él. Aisling tampoco haría el esfuerzo; era mejor mantener la distancia hasta que él se marchara.
Al terminar, ambos salieron del restaurante de lujo y retomaron el camino hacia la mansión. Así era una celebración con Alaric: breve, formal, sin emoción. Pero Aisling ya tenía otros planes. Estaba nerviosa de que la presencia de él en la mansión arruinara su oportunidad de salir a festejar la graduación en casa de un compañero. Esa era su verdadera oportunidad de divertirse.
Al llegar a la mansión, el séquito de empleados los esperaba en dos largas hileras a lo largo del camino pedregoso de la entrada principal, como si hubieran decorado una alfombra viva para que Alaric pudiera pasar. Así era el saludo de bienvenida para el gran señor.
Aisling caminaba detrás de él, observando cómo Alaric entraba con su acostumbrado aire de poderío. El mayordomo y otra empleada le quitaron el saco y le ofrecieron un tabaco encendido, como si ya estuvieran entrenados para recibirlo de esa manera.
Sin esperar a que él la notara, Aisling subió rápidamente a su habitación y se encerró.
Nerviosa y casi asustada sin saber exactamente por qué, Aisling levantó el colchón de su cama y sacó un celular. No era el que usaba habitualmente; este se lo había regalado su mejor amiga, para que pudiera hablar con ella y otros amigos sin restricciones. Era la única forma, ya que su institutriz tenía la estricta orden de revisar su móvil principal para asegurarse de que no tuviera "distracciones" inapropiadas.
Con las manos temblorosas, marcó el número de Dorothea, quien respondió al instante.
-Hay problemas -susurró, caminando de un lado a otro -. Alaric se quedará aquí por un tiempo.
-¿Qué?.
-Acabamos de tener una comida juntos como celebración. Dijo que está aquí por negocios, lo que significa que se quedará en la mansión -explicó, tratando de calmar los latidos acelerados de su corazón-. ¿Sabes lo que eso significa?.
-Sí, que no solo habrá muros en esa mansión, sino también barrotes de metal reforzados con alambre de púas -respondió su amiga con oscura ironía-. ¿Te he dicho que me cae muy mal ese tipo?.
-No, Thea, no hablo de eso. Hablo de la fiesta de esta noche -aclaró Aisling-. Tengo muchas ganas de ir, pero no sé...
-¡Mierda, es cierto! No puedes faltar, el chico que te gusta te invitó. ¿Y si te hace la gran pregunta?.
Aisling se sonrojó. Había un chico en su clase que siempre la miraba de lejos, le enviaba notas en secreto, ya que no podía acercarse a ella libremente. Con la ayuda de su mejor amiga, había logrado verla a escondidas en varias ocasiones. La fiesta sería en su casa, y Aisling no quería perderse esa oportunidad.
-¿Qué podría hacer? Nunca le he pedido permiso directamente a él para salir, siempre lo hacía a través de Kate -dijo Aisling, desesperada-. ¿Qué hago, Thea? Ni siquiera puedo hablarle sin que me tiemble todo. Es muy raro tenerlo tan cerca.
-Carajo, déjame pensar -se podía imaginar a su amiga también dando vueltas nerviosas al otro lado del teléfono-. ¡Ya sé! Tú vístete lo más puta que puedas... bueno, no tanto, o esta vez te mandan directo a un convento. Solo ponte linda. Yo iré a buscarte con mi abuela.
-¿Qué? ¿Estás loca?.
-¡Haz lo que te digo! -la regañó Dorothea-. ¿Quieres salir de esa cárcel o no? Estoy segura de que mi abuela nos ayudará si le compro su juego favorito de agujas para tejer. Así que sin objeciones, Aisling. Confía en mí.