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Alma Rota, Venganza Divina

Alma Rota, Venganza Divina

Autor: : Nova Chase
Género: Fantasía
Mis ojos se abrieron a la oscuridad, al frío gélido de una celda de piedra, un dolor sordo y constante que se había adherido a cada hueso, a cada parte de mi ser. Había perdido la cuenta de los días, o tal vez eran años, en este infierno donde solo existía el sufrimiento. Valeria, mi mejor amiga en otra vida, entró, su rostro ahora un mapa de desprecio, sus ropas un insulto de seda y joyas. "Mira cómo has quedado, Sofía," dijo ella, su voz dulce, pero cargada de veneno, "¿todavía sueñas con que Ricardo vendrá a salvarte? Qué tonta." Me arrodillé, encadenada, observando una imagen flotante y cruel: mis padres, ancianos y frágiles, azotados en un campo de trabajos forzados. "Les dije que tus padres eran traidores," explicó Valeria con calma, como si hablara del clima, "la gente se lo creyó, y ahora pagan por tus crímenes. ¿No es justo?" El mundo se derrumbó. Un grito desgarrador escapó de mi garganta, un sonido animal de puro dolor. Ricardo, mi prometido, el hombre por el que lo sacrifiqué todo, entró, y creyó su farsa. Me arrastraron, apenas viva, mientras Ricardo me condenaba a un castigo atroz, por la mujer que me había robado mi vida, mi amor, mi futuro. Reviví la verdad: le entregué mi diseño, mi alma, para elevarlo. Él se llevó la gloria, y con Valeria a cuestas, encubrieron un asesinato, el de Miguel, mi ex novio, a quien culparon de un accidente provocado por ellos. Todo lo perdí: mi nombre, mi libertad, mi cordura. Fui su juguete, su sacrificio. Entonces, la última humillación: mi carne y mi sangre convertidas en una sopa, servida al hombre que amé, para sellar su nueva vida, mientras la mía yacía hecha pedazos. Pero el tormento renació en odio puro. Mi alma, desgarrada, se levantó en ira, una furia primordial que clamaba venganza. Luché, no por piedad, sino por la aniquilación de mis verdugos. Arrastrada a la Plaza de las Almas, encadenada, recibí el Látigo de las Mil Agonías. Cada golpe reventaba mi espíritu. Pero, con cada agonía, una parte de mí se liberaba. El amor y el odio se evaporaron. Ahora solo quiero escapar. Bebí del Agua del Olvido. Me lancé al Pozo de la Reencarnación. Renací como Lía. Libre, pensé. Pero este nuevo mundo, esta nueva vida... ¿Era una bendición o solo otra cruel broma del destino? Porque Ricardo ha regresado. Y no, no es una coincidencia. Me busca. Dice que me protegerá, que ha cambiado. Pero un escalofrío me recorre el alma cada vez que lo veo. Mi pasado me persigue, un eco de horror que se niega a morir. Ahora, ¿cómo puedo escapar de un destino que parece empeñado en atarme a mi torturador?

Introducción

Mis ojos se abrieron a la oscuridad, al frío gélido de una celda de piedra, un dolor sordo y constante que se había adherido a cada hueso, a cada parte de mi ser.

Había perdido la cuenta de los días, o tal vez eran años, en este infierno donde solo existía el sufrimiento.

Valeria, mi mejor amiga en otra vida, entró, su rostro ahora un mapa de desprecio, sus ropas un insulto de seda y joyas.

"Mira cómo has quedado, Sofía," dijo ella, su voz dulce, pero cargada de veneno, "¿todavía sueñas con que Ricardo vendrá a salvarte? Qué tonta."

Me arrodillé, encadenada, observando una imagen flotante y cruel: mis padres, ancianos y frágiles, azotados en un campo de trabajos forzados.

"Les dije que tus padres eran traidores," explicó Valeria con calma, como si hablara del clima, "la gente se lo creyó, y ahora pagan por tus crímenes. ¿No es justo?"

El mundo se derrumbó. Un grito desgarrador escapó de mi garganta, un sonido animal de puro dolor.

Ricardo, mi prometido, el hombre por el que lo sacrifiqué todo, entró, y creyó su farsa.

Me arrastraron, apenas viva, mientras Ricardo me condenaba a un castigo atroz, por la mujer que me había robado mi vida, mi amor, mi futuro.

Reviví la verdad: le entregué mi diseño, mi alma, para elevarlo.

Él se llevó la gloria, y con Valeria a cuestas, encubrieron un asesinato, el de Miguel, mi ex novio, a quien culparon de un accidente provocado por ellos.

Todo lo perdí: mi nombre, mi libertad, mi cordura.

Fui su juguete, su sacrificio.

Entonces, la última humillación: mi carne y mi sangre convertidas en una sopa, servida al hombre que amé, para sellar su nueva vida, mientras la mía yacía hecha pedazos.

Pero el tormento renació en odio puro.

Mi alma, desgarrada, se levantó en ira, una furia primordial que clamaba venganza.

Luché, no por piedad, sino por la aniquilación de mis verdugos.

Arrastrada a la Plaza de las Almas, encadenada, recibí el Látigo de las Mil Agonías.

Cada golpe reventaba mi espíritu.

Pero, con cada agonía, una parte de mí se liberaba.

El amor y el odio se evaporaron.

Ahora solo quiero escapar.

Bebí del Agua del Olvido.

Me lancé al Pozo de la Reencarnación.

Renací como Lía.

Libre, pensé.

Pero este nuevo mundo, esta nueva vida... ¿Era una bendición o solo otra cruel broma del destino?

Porque Ricardo ha regresado.

Y no, no es una coincidencia.

Me busca.

Dice que me protegerá, que ha cambiado.

Pero un escalofrío me recorre el alma cada vez que lo veo.

Mi pasado me persigue, un eco de horror que se niega a morir.

Ahora, ¿cómo puedo escapar de un destino que parece empeñado en atarme a mi torturador?

Capítulo 1

Sofía Rojas abrió los ojos en la oscuridad, el frío del suelo de piedra se sentía hasta en los huesos, un dolor sordo y constante que ya era parte de ella. Llevaba tanto tiempo en este lugar que había perdido la cuenta de los días, o quizá eran años, aquí el tiempo no existía, solo el sufrimiento.

El sonido de pasos se acercó a la pesada puerta de su celda, el chirrido del metal oxidado al abrirse era la única música que escuchaba, un preludio a más dolor.

Era Valeria, su mejor amiga, o al menos eso había sido en otra vida. Ahora, su rostro, que antes le daba consuelo, solo mostraba un desprecio profundo. Valeria vestía sedas finas, su cabello estaba adornado con joyas que brillaban incluso en la penumbra, un contraste cruel con el estado miserable de Sofía.

"Mira cómo has quedado, Sofía," dijo Valeria, su voz era dulce pero cargada de veneno, "¿todavía sueñas con que Ricardo vendrá a salvarte? Qué tonta."

Sofía no respondió, había aprendido que el silencio era su única defensa, cualquier palabra solo le traería más castigos.

Valeria se agachó, su cara muy cerca de la de Sofía, y susurró, "¿Sabes? A veces Ricardo pregunta por ti, pero yo le digo que estás bien, que estás meditando y que no quieres que te molesten. Él me cree, por supuesto, siempre me cree a mí."

La mención de Ricardo era como sal en una herida abierta. Ricardo, su prometido, el hombre por el que lo había sacrificado todo.

"Pero hoy te traigo un regalo," continuó Valeria, con una sonrisa torcida. Hizo un gesto y una imagen flotante apareció en el aire frente a Sofía.

En la imagen, vio a sus padres, ancianos y frágiles, arrodillados en un campo de trabajos forzados, sus cuerpos delgados y sus rostros marcados por el sufrimiento. Estaban siendo azotados por un capataz, y con cada golpe, un grito ahogado salía de sus labios.

"Les dije a todos que tus padres eran traidores, que conspiraron contigo para dañar a Ricardo," explicó Valeria con calma, como si hablara del clima, "la gente se lo creyó, y ahora pagan por tus crímenes. ¿No es justo?"

El mundo de Sofía se derrumbó, la última barrera de su espíritu se hizo añicos. Un grito desgarrador escapó de su garganta, un sonido animal de puro dolor. Había soportado su propio tormento, pero ver a sus padres sufrir por su culpa era insoportable.

"¡No! ¡Ellos no hicieron nada!" gritó Sofía, tratando de levantarse, pero las cadenas en sus tobillos se lo impidieron.

Valeria rio, un sonido cristalino y cruel. "Claro que no hicieron nada, pero alguien tenía que pagar, y tú ya no me sirves para nada."

Justo en ese momento, Ricardo entró en la celda. Su presencia imponente llenaba el pequeño espacio. Vio a Sofía en el suelo, llorando desconsoladamente, y luego a Valeria, con una expresión de falsa preocupación.

"¿Qué pasa aquí?" preguntó Ricardo, su voz era profunda y autoritaria.

"Ricardo, mi amor," dijo Valeria, corriendo a sus brazos, "vine a ver a Sofía, a tratar de convencerla de que recapacite, pero en cuanto me vio, se puso como loca, empezó a gritar y a maldecirme. Creo que ha perdido la razón."

Ricardo miró a Sofía con una mezcla de decepción y fastidio. "Sofía, ya basta de este espectáculo. Valeria solo intenta ayudarte."

Sofía lo miró, con los ojos llenos de lágrimas y desesperación. Quería gritar la verdad, decirle que Valeria era una mentirosa, una víbora que los había envenenado a todos, pero sabía que no le creería. ¿Cómo podría competir con la actuación perfecta de Valeria?

"Llévensela," ordenó Ricardo a los guardias que esperaban en la puerta, "que la encierren en la celda de castigo. Tal vez un poco de soledad le aclare las ideas."

Los guardias arrastraron a Sofía, sus pies descalzos dejando un rastro en el suelo sucio. Mientras la sacaban, escuchó a Valeria decirle a Ricardo, "No seas tan duro con ella, mi amor, al final, es solo una pobre mujer despechada."

Sofía cerró los ojos, rindiéndose por completo. Ya no había esperanza, no había nada por lo que luchar. En la oscuridad de la celda de castigo, los recuerdos la asaltaron.

Recordó el día que conoció a Ricardo, un joven y prometedor arquitecto con una ambición que ardía en sus ojos. Ella, también arquitecta, vio en él un alma gemela. Se enamoraron, o eso creía ella. Juntos soñaban con construir edificios que tocaran el cielo.

Recordó el proyecto que lo cambiaría todo, un concurso para diseñar el nuevo centro cívico de la ciudad. Ricardo estaba bloqueado, no podía encontrar la inspiración. Fue ella, Sofía, quien pasó noches en vela dibujando, calculando, creando un diseño revolucionario, una obra maestra. Se lo entregó a Ricardo, como un regalo de amor, para que lo presentara como suyo.

"Con esto, tu carrera despegará," le dijo ella, con el corazón lleno de amor y orgullo.

Ricardo ganó el concurso, su nombre se hizo famoso de la noche a la mañana, pero nunca mencionó que el diseño era de ella. Valeria, que siempre había estado a su lado, la consoló. "No te preocupes, Sofía, él te ama, seguro que te lo recompensará de otra manera."

Pero la recompensa nunca llegó, en su lugar, llegó la traición. Ricardo y Valeria comenzaron una aventura a sus espaldas. Eran tan obvios, pero ella estaba tan ciega de amor que se negaba a verlo.

Y entonces ocurrió el accidente, el evento que lo selló todo. Miguel, su exnovio de la universidad, un hombre bueno y noble al que había dejado por Ricardo, la había llamado. Estaba preocupado por ella, había oído rumores.

"Sofía, ten cuidado con Ricardo, y sobre todo con Valeria," le dijo por teléfono.

Esa noche, Ricardo y Valeria, borrachos de celebración y pasión, tomaron el coche. En una curva, a toda velocidad, chocaron contra otro vehículo. El conductor era Miguel. Murió en el acto.

Ricardo y Valeria, usando su nueva influencia, encubrieron todo. Dijeron que Miguel iba borracho, que él había causado el accidente. Nadie los cuestionó. Sofía, rota por la culpa y el dolor, se aferró a Ricardo, sin saber que se estaba abrazando al asesino de un hombre inocente y al ladrón de su futuro.

Desde ese día, todo se torció. Ricardo se volvió más frío, más distante. Valeria, por otro lado, se hizo indispensable para él. Y Sofía, poco a poco, fue relegada, olvidada, hasta que un día, Valeria la acusó de intentar envenenar a Ricardo por celos.

Él, sin dudarlo un segundo, le creyó a Valeria. La despojó de todo, de su nombre, de su libertad, y la encerró en esta mazmorra, donde el espíritu de Miguel, transformado en el vengativo Charro Negro, comenzó a atormentarla en sueños, no por odio hacia ella, sino para mostrarle la verdad.

Pero ahora, incluso ese espíritu atormentado se había callado. Sofía estaba sola, completamente sola. La traición la había consumido, el dolor la había vaciado. En el fondo de su ser, una decisión tomó forma, fría y dura como el diamante.

Ya no quería justicia, ya no quería venganza. Solo quería escapar. Dejarlo todo atrás. Renunciar a esta vida, a este amor, a este dolor. Buscaría un nuevo comienzo, sin importar el costo.

Capítulo 2

Sofía encontró el camino hacia el Pozo de la Reencarnación, un lugar del que solo hablaban las leyendas en el Inframundo, un remolino de almas que prometía el olvido y una nueva vida. La guardiana del pozo, una anciana sin rostro, la miró con sus cuencas vacías.

"¿Quieres saltar?" preguntó la guardiana, su voz era como el susurro de hojas secas, "el precio para las almas como la tuya es alto. Tu próxima vida estará marcada por el sufrimiento, la traición y la pérdida. Será peor que esta."

Sofía no vaciló, la miró directamente a los ojos inexistentes de la anciana. "No me importa. Cualquier cosa es mejor que seguir aquí, encadenada a su recuerdo. Acepto el destino que me toque."

La guardiana pareció sorprendida por su determinación. "Tu amor por él debe haber sido muy grande para que ahora lo odies tanto. Muy bien, es tu decisión."

Pero justo cuando Sofía se preparaba para dar el salto final hacia el olvido, una voz la detuvo, una voz que helaba su alma.

"¿A dónde crees que vas, Sofía?"

Ricardo estaba de pie detrás de ella, su figura alta y poderosa recortada contra la luz sombría del Inframundo. Valeria estaba a su lado, aferrada a su brazo, mirándola con una sonrisa triunfante.

"¿Pensabas que podías escapar de mí tan fácilmente?" continuó Ricardo, su tono era burlón, "todavía no he terminado contigo. No puedes irte a ninguna parte sin mi permiso."

La desesperación amenazó con ahogar a Sofía. Ni siquiera en su intento de borrarse a sí misma podía encontrar libertad.

"Ricardo, mi amor, no te enojes," intervino Valeria, con su voz melosa, "mira, está tan desesperada. Pobrecita. Quizá deberíamos darle algo que hacer, para que no piense en tonterías."

Valeria se acercó a Sofía y le susurró al oído, para que solo ella pudiera escuchar. "Mi alma resultó dañada cuando me protegiste de aquel ataque demoníaco, ¿recuerdas? Necesito recuperarme, y para eso, necesito la Llama del Alma Pura, que solo se encuentra en el Corazón del Volcán de las Almas Perdidas. Es una misión suicida, pero tú eres fuerte, seguro que puedes conseguirla para mí."

Era una trampa mortal, Sofía lo sabía. El Volcán era un lugar del que nadie regresaba. Pero la alternativa era quedarse aquí, bajo la mirada de Ricardo y la crueldad de Valeria.

"Lo haré," dijo Sofía, con la voz rota.

Ricardo la miró con frialdad. "Bien. Ve. Tráele la Llama a Valeria. Si fallas, ya conoces las consecuencias."

Sofía se dio la vuelta y comenzó el largo y arduo viaje hacia el Volcán. El camino estaba plagado de peligros, criaturas de pesadilla y terrenos traicioneros. Cada paso era una tortura, el calor del volcán quemaba su piel etérea, y los gritos de las almas perdidas resonaban en su mente, amenazando con volverla loca.

Su cuerpo espiritual se desgarraba, sentía cómo su esencia se disipaba con cada metro que avanzaba. Estaba al borde del colapso, pero la imagen de sus padres sufriendo le daba una fuerza que no sabía que tenía. Tenía que sobrevivir, no por ella, sino por ellos.

Mientras tanto, en el palacio de Ricardo, Valeria se sentía cada vez más débil. El daño en su alma era real, y sin la Llama, se desvanecería. Ricardo, ciego de amor, estaba desesperado.

"No te preocupes, mi amor," le decía, mientras le transfería su propia energía vital, "Sofía traerá la Llama. Y si no lo hace, yo mismo iré a buscarla. Haré cualquier cosa por ti."

Ricardo sacrificó una parte considerable de su poder para mantener a Valeria estable, debilitándose a sí mismo en el proceso. La observaba dormir, su rostro pálido y frágil, y sentía una devoción que rayaba en la locura.

Lejos de allí, en el corazón del volcán, Sofía finalmente alcanzó la Llama del Alma Pura. Ardía con una luz blanca y cegadora, un faro de pureza en medio de la desolación. Al tomarla, un dolor insoportable recorrió su ser, como si mil agujas de fuego la atravesaran. Su cuerpo casi se desintegra.

A través del vínculo que aún la unía a Ricardo, pudo sentir su sacrificio. Vio cómo él se debilitaba por Valeria, y una emoción extraña y compleja la invadió. Era una mezcla de amargo resentimiento y una punzada de algo que se parecía a la lástima.

Se dio cuenta de algo con una claridad dolorosa, él era un tonto, un completo idiota cegado por una mujer que no valía nada. Y supo, con una certeza absoluta, que un día despertaría de su engaño.

Pero para entonces, sería demasiado tarde. Para él y para ella. Con esa idea en mente, emprendió el camino de regreso, llevando la Llama que salvaría a su enemiga y sellaría su propio destino.

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