El hombre poderoso había salido de su casa muy enojado, luego de que su madre y sus hermanas le reclamaran por no querer casarse con quien era su novia desde hace cinco años, la hermosa Abigail Clinton, de una buena familia, belleza incomparable y un enorme amor hacia él desde que eran adolescente.
Pero Alejandro no la amaba, por eso luego de esos años de relación aún no daba el primer paso, no deseaba casarse con ella.
Él acababa de terminar la relación.
En su lujoso coche iba captando las miradas de todos los de la ciudad, muchos sabían que allí dentro iba Alejandro Fendi, dueño de casi la mitad de la ciudad, cada rascacielos había sido construido por su empresa, la mayoría de los centros comerciales eran de él y poseía numerosas empresas en el extranjero, sobre todo en Italia, de donde eran los Fendi.
El coche iba muy despacio mientras el hombre miraba perezosamente por la ventana.
Tenía una hermana mayor y una hermana menor.
Alessia era la mayor y Annie era la menor, una peor que la otra. A sus cuarenta años ya Alessia estaba casada y con dos hijo, un esposo muy imponente que le exigía que tomara el mando de las empresas por ser la mayor, a lo que su madre se negaba, sabiendo que Alejandro era quien debía hacerlo pero...
Si no se casaba, Alessia Fendi iba a tomar el control de las empresas, desplazando así a su hermano, eso era lo que deseaba Marco Albini, el esposo de su hermana, quien odiaba a muerte a Alejandro por oponerse a la boda con su hermana, considerando que este era un mal hombre y solo tenía un fuerte interés en las riquezas de su familia.
Annie estaba de parte de su hermana Alessia, ambas habían sido siempre muy unidas, por lo que Alejandro no tenía apoyo dentro de su familia, aunque no se dejaría vencer por ellas.
La solución era casarse y por eso le habían puesto la condición, porque sabían que él no era un hombre de compromisos y menos tenía la intención de formar una familia con nadie, ni siquiera con la despampanante Abigail.
¿Sus hermanas iban a tener razón y Alejandro no se casaría? ¿Qué era más impotente para él? ¿Dejaría que Marco Albini lo pisoteara y se riera en su cara cuando su hermana mayor tomara el mando?
Si pensaban eso, definitivamente no lo conocían muy bien.
Jamás se daría por vencido, pero haría las cosas a su modo.
Solo tenía que casarse, pero no sería con Abigail.
Buscaría a alguien que su familia rechazara para así poder hacerle la vida imposible a sus hermanas y de paso seguir con la empresa.
Resulta que Alejandro solía ser un poco vengativo.
"¿Tienes hermanas?" Preguntó a su chofer.
Al dirigirle la palabra, el hombre quedó muy asombrado, tenía casi un año siendo su chofer luego del anterior ser despedido y era la primera vez que se dirigía a él.
"No, señor. Solo tengo un hermano mayor."
"Es una lástima. Quiero casarme con alguien." Aquellas palabras dejaron muy confundido al chofer, no entendiendo lo que quiso decir Alejandro.
El hombre rico apoyó su rostro en su mano y acertó a mirar por la ventana, las calles estaban llenas de basura, las aceras parecían muy sucias y eso fue desagradable para él.
Observó que más adelante había una mujer muy joven hurgando en la basura. Cuando el coche pasó al lado de ella, Alejandro pudo observar unos ojos muy grandes, una cara muy sucia y aquella joven muy animada en busca de no se sabe qué cosa entre la basura.
La cara de Alejandro se giró para poder seguir mirándola.
"¡Detén el coche!" Ordenó a su chofer, este frenó de forma rápida, haciendo que el cuerpo de Alejandro se inclinara hacia adelante.
Observó la hora en su lujoso reloj y luego abrió la puerta del coche.
"Es una hora perfecta para encontrar esposa." Murmuró.
Cuando sus pies pisaron aquella acera tan mugrienta, Alejandro sintió un poco de asco con cada paso que daba, sus zapatos relucientes no combinaban con el contraste de la calle sucia y abandonada.
Sus pisadas lo guiaron hasta allí, donde estaba ella.
Su pelo estaba cubierto por una especie de tela descolorida y en su espalda cargaba con una desgastaba mochila abierta, donde iba echando las cosas de valor que encontraba.
"Hola." Le dijo Alejandro, sin poder observar a la joven. No se explicaba como alguien podía cargar tanta suciedad encima. "¿Qué buscas exactamente?"
"Cosas de valor que luego pueda vender o quedármelas para mi uso." Respondió sin molestarse en mirar al hombre y seguía en su búsqueda.
"¿Y qué puede haber de valor en la basura?"
"No te imaginas. Lo que para ti no podría valer nada, para mí serían tesoros de un valor inimaginable. Aquí hay cosas maravillosas que solo los que las necesitamos sabemos lo que valen."
"¿Has encontrado algo bueno hoy?"
Al hacer aquella pregunta, la joven se dio la vuelta con una enorme sonrisa para mostrar lo que tenía en sus manos, era una pequeña caja de música con una linda bailarina, pero no se movía y menos dejaba escuchar su dulce melodía.
La joven quiso decir algo, quizás expresar su alegría por el tesoro que había encontrado, pero al ver al hombre detrás de ella solo se quedó muda.
Su fino traje hecho a la medida, su rostro marcado con unas hermosas y llamativas facciones mientras aquellos ojos color verdes llamaban la atención, sus carnosos labios y esa figura tan imponente había dejado muda a la joven.
Sus músculos no eran muy exagerados, era un hombre alto, poco sonreía y el tono de su voz solía ser muy grueso.
Pero delante de él estaba viendo a la esposa perfecta, por lo que le sonrió a la joven, haciendo que ella sintiera un cosquilleo en el estómago ante la calidez de aquella sonrisa.
Esa podría ser la mujer que haría que su familia se pusiera de cabeza y de paso podría conservar el mando de las empresas.
"Yo..." se había quedado sin voz al ver que un hombre tan guapo se dirigía a ella, toda mugrienta y entre la basura. Detrás de él pudo ver el costoso coche. "¡Encontré esta caja de música!" Fue lo que se le ocurrió decir mientras la levantaba, dejándola a la vista del hombre.
"¿Puedo verla?" Alejandro se acercó a ella, pero la joven asustadiza solo retrocedió, con un poco de miedo, se preguntaba por qué él se querría acercar a ella con ese feo aspecto y mal olor que cargaba.
"Por favor...no se acerque."
"No pretendo hacerte daño, solo quiero ver el tesoro que has encontrado. Me ha parecido interesante." Antes sus suaves y amigables palabras, la joven bajó la guardia y dejó que él se acercara. Observó la vieja caja de música y después ella la pegó a su pecho.
"¡Es mía! ¡Yo la encontré y yo me la quedo!" Exclamó de forma posesiva.
"Tranquila." El hombre elevó los brazos y miró a los alrededores, ambos estaban llamando la atención de las personas cercanas.
"¿Esa mujer lo está molestando?" Un hombre se acercó a ellos, interesado en la situación.
"No, no es el caso, pero gracias." Con aquellas palabras y una severa mirada, Alejandro alejó al hombre que se metía en la charla de ellos dos. "¿Cuál es tu nombre?" Volvió a avanzar hacia ella, con pasos lentos y cautelosos.
"Ariel." Nuevamente se sentía cómoda, sin miedo, sosteniendo su caja de música para no perderla.
"Soy Alejandro Fendi." Se presentó él
"Tiene el mismo apellido que el centro comercial." Dijo Ariel entre risas, pareciéndole muy gracioso que alguien llevara el apellido del centro comercial.
"Es mi centro comercial." Respondió con calma, pero Ariel siguió riendo, considerando que se trataba de una broma. "Ariel, ¿quieres ir a almorzar conmigo? Me gusta tu sonrisa, creo que tengo algo que ofrecerte, una propuesta a la que no podrás negarte. Y cuando digo que no, realmente no podrías negarte." Aquellas palabras ya no fueron suaves y solo hicieron estremecer todo el cuerpo de Ariel.
El chofer le abrió la puerta del coche a su jefe y Alejandro invitó a Ariel a entrar primero.
Los pies de la joven se movieron en obediencia al hombre que antes parecía muy amable y que ahora parecía exigirle.
Entró al coche en silencio.
Aquel restaurante, en el centro de la ciudad, fue reservado solo para Alejandro Fendi y su poco usual invitada. Todo estaba vació, solo para ellos dos. Los empleados del lugar los atendían como que nada estaba fuera de lugar, sin prestar atención al aspecto de Ariel, la joven que lo acompañaba.
Ella, sentada frente a él, con su caja de música entre las piernas y la mochila cerca de sus piernas, observaba con asombro el lugar.
"¿Te gusta lo que ves?"
"¡Pues claro que sí! Sé que aquí cocinan muy delicioso." Se inclinó hacia adelante para decirle aquello en voz baja, logrando impresionar a Alejandro.
"¿Alguna vez has venido aquí?" Preguntó incrédulo. Lo único que se le ocurría era que ella hubiera entrado a robar o que, a lo mejor, se paró en la puerta a pedir, pero con su aspecto era muy probable que no le permitieran ni acercarse a la entrada.
Aquello era un lugar muy lujoso y solo atendían con reservación, lo que era muy difícil de conseguir a menos que fueras alguien conocido, como lo era Alejandro Fendi, para quien reservaron de último minuto todo el restaurante.
"Sí, por eso sé que la comida es buena. En la parte trasera hay una puerta, parece ser que solo es para los cocineros, allí si pones esta carita" Ariel arrugó su cara, con una mirada muy triste, llena de miedo y dolor, como quien sufre mucho, hasta Alejandro sintió una pena repentina al ver aquella expresión en aquel sucio rostro. "Hay un amable cocinero que te da algo de comida, por eso sé que es buena. Es un hombre amable, algo regordete y creo que sería el mejor cocinero de todo el mundo, porque lo que me dio sabía muy sabroso."
Alejandro no dejaba de sorprenderse.
"¿Recordarías su rostro?"
"¿Cómo podría olvidar el rostro de alguien que me dio de comer? Jamás lo olvidaría." Respondió, no solamente le agradó la comida que ese hombre le dio, sino que su acto fue lo que la impresionó, en muchos otros lugares la habían echado incontables veces, pero allí le dieron de comer.
"¿Y recuerdas lo que pediste? ¿Recuerdas lo que te dieron?"
"No, solo que era algo muy rico."
"En ese caso, yo pediré por ti y te pediré algo rico. ¿Quieres irte a lavar las manos mientras ordeno?"
"Claro. Ya regreso." Una camarera le indicó donde estaba el baño.
Allí Ariel frotó sus manos con mucho jabón, se las lavó por varios minutos y luego vio que hasta sus uñas estaban muy limpias. Aunque su corazón tenía miedo, sabía que aquel hombre importante no le haría nada malo, sin embrago, era consciente de que algo él quería de ella, ¿pero qué podría ser?
«Espero que no sea mi caja de música lo que él quiera, ¡porque no se la pretendo dar! Es mi tesoro.»
Miró su rostro en el espejo, todo su cabello estaba cubierto. Tomó varias servilletas y las humedeció, procediendo Ariel a limpiar su cara.
La servilleta se iba deshaciendo en su rostro y la que quedaba se ponía de color marrón al quitar el sucio de la cara de Ariel. Tomó más y continuó con su labor, hasta que todo su rostro estuvo lleno de trozos de servilletas, pero al menos ya estaba limpio.
Llenó sus manos de agua y comenzó a quitar los trozos de servilletas.
Ahora se podía ver de forma clara el rostro de Ariel.
Se sonrió al ver que había un pequeño cambio en ella.
Iba camino a la puerta cuando decidió olfatearse. Sin duda alguna olía a basura, aquello no le incomodaba pero estaba en un lugar muy elegante y aunque no podía estar a la altura, al menos no quería destilar peste durante el almuerzo.
Tomó jabón líquido y comenzó a esparcirlo por sus axilas, cuello, hombros y brazos para oler mejor.
«Ahora sí, estaré olorosa.»
Salió del baño con una sonrisa.
Cuando la camarera la vio, no fue capaz de ocultar su cara de asombro y no precisamente porque Ariel llevara el rostro limpio, sino porque las marcas blancas que estaban en su cuello y por sus brazos, siendo evidente que se había dejado el jabón por toda su piel.
Al llegar a la mesa y como había tardado, Ariel encontró un enorme platillo humeante frente a su silla. Se sentó de prisa y con torpeza al saber que aquello sería para ella.
"¡Se ve rico!" Dijo casi con la boca aguada, su estómago rugió al oler ese exquisito aroma. Entonces Ariel notó que Alejando no tenía ninguna comida para él. Tomó el tenedor que había en su lado y se lo ofreció. "Ten. Yo comeré con la mano, puedes comer de mi plato. ¿Es muy cara la comida aquí? ¿No alcanzó para ti?" Alejandro se maravillaba con las ocurrencias de ella.
"No tengo hambre, pero gracias. Todo es para ti, come como desees, yo te iré haciendo algunas preguntas." Sin pensárselo dos veces, ella comenzó a comer, utilizó el tenedor porque aquello estaba muy caliente. "¿Eres mayor de edad?" Ahora que la veía sin algo de mugre en la cara, su rostro lucía todavía más joven, aunque tenía muchas ojeras.
"Tengo veinte años." Respondió con la boca llena de comida.
Era bueno saber que era mayor de edad.
"¿Cuál es tu nombre completo?"
"Ariel Sánchez."
"Sánchez. Es un apellido bastante común. Quiero ofrecerte algo. Pero a cambio tienes que darme algo."
Ariel dejó de comer y miró su caja de música sobre la mesa, de forma inconsciente también Alejandro miró en esa dirección. La mano de Ariel se acercó de forma lenta hasta tenerla en su mano, la abrazó en su pecho y luego miró fijamente a Alejandro Fendi.
"Jamás había encontrado algo como esto, no puedo darte mi tesoro. Busca una para ti, esto es algo que no te puedo dar." Dijo seriamente.
Alejandro intentó contener la risa, pero es que casi era imposible para él.
"No quiero tu tesoro, es tuyo, Ariel. Tú lo encontraste. No te lo quitaré, es otra cosa la que quiero. Necesito que me hagas un favor. Tengo que casarme, pero no tengo con quién. ¿Quieres casarte conmigo?"
Ahora fue Ariel la que comenzó a reír a carcajadas ante las ridículas palabras de Alejandro.
Al ver la expresión seria del hombre, ella comprendió que no se trataba de un chiste.
Ahora sabía que esa era la propuesta de la que él le habló y que ella no podría negarse.
"¿Por qué harías tal cosa? ¿No ves lo que tienes frente a ti? ¿Por qué tendrías interés en casarte con una desconocida?"
"Te voy a ser sincero, no tengo afán de mentir, si no fueras tú, podría ser la camarera o cualquier otra mujer, pero ya te elegí. Así que...diciéndolo más directo, te casarás conmigo, Ariel Sánchez."
"¿Qué es eso que me ofreces?"
"Una vida, una vida mejor y más digna, un apellido y la fortuna de poder caminar de mi mano. Te daré todo cuanto quieras. Seré muy generoso contigo, Ariel. Solo tendrás que ser mi esposa y...no habrá cosa alguna que desees que no obtengas."
Ariel se había quedado sin apetito. Era mucho lo que Alejandro ofrecía solo por una esposa, sería muy estúpido no aceptar, pero...¿casarse con un desconocido a cambio de una gran vida?
"Me asusta tu propuesta, no me parece muy sincera y carece de lógica."
"Necesito una esposa, ¿qué es lo que necesitas tú?"
"No lo sé, no me paso los días pensando en lo que necesito, pero creo que un esposo no es. Elige a la camarera, ya has dicho que puede ser cualquiera."
"¡Pero también dije que te elegí a ti! ¡¿No me oíste?!" Su voz hizo que Ariel sintiera miedo. Bajó la mirada y se arrepintió de contradecirlo. "Ya te expliqué, Ariel. Te elegí, serás mi esposa, nombré muchos de los beneficios que obtendrás de ser mi esposa, qué otra cosa podrías pedir?"
"¿Crees...que en algún momento nos amemos si nos casamos?" Si Ariel pensaba en matrimonio, pensaba en amor, por lo que la idea de estar casada con él le parecía que en algún momento tendrían que amarse.
Alejandro la observó, no teniendo ni que pensar en la respuesta.
Su intención no era amarla.
"No, no lo creo." Respondió con sinceridad. "No creo que yo llegue amarte, pero te daré muchas cosas de mejor importancia que el amor, no te preocupes. Solo cásate conmigo. Serás mi esposa."
Alejandro Fendi era un hombre ocupado, por lo que no podía perder el tiempo.
Luego de aquel almuerzo él y Ariel se dirigirían hacia la casa que compartía con su madre y su pequeña hermana, Annie, pero Alessia vivía muy cerca de allí, junto con su molestoso esposo, por lo que con la excusa de ver a su madre pasaba mucho tiempo en aquella casa.
¿Por qué vivían juntos? ¿Y por qué no? Su madre era muy mayor y de vez en cuando su salud peligraba, sus hijos querían estar cerca, muy cerca de ella y ninguno dejaría que el otro pasara más tiempo con ella, porque realmente era una competencia interna.
Ariel, a su lado en el coche, iba muy nerviosa, se iba a casar con aquel hombre en algún momento y por alguna razón no se sentía con derecho a objetar.
"Estás decidiendo por mí." Dijo en voz baja, pero Alejandro la escuchó.
"Podría decirse que sí."
"¿También podría decirse que me estás obligando?"
"Solo si quieres hacerte la víctima. Míralo de este modo, te estaré forzando a tener una vida mejor, en un fututo pensarás en agradecerme, eso te lo aseguro."
"Alejandro, yo..." Necesitaba pensar las cosas, pero seguía siendo todo muy confuso para ella.
"¿Qué? ¿Tienes novio? ¿Tienes hijos?¿Alguien te espera en algún basurero?" Soltó una risa burlona y observó a Ariel todavía con todo el jabón esparcido por el cuerpo. Esperaba que eso no fuera tanto para su madre y empeorara su salud. Pretendía presentar a Ariel así, tal cuál estaba. Que fueran conscientes de que si lo acorralaban, nada iba a salir bien. Sabrían lo que era oponerse a Alejandro o intentar acorralarlo. "No te preocupes, de ahora en adelante me tendrás a mí. Eso sí, mi madre es un poco convencional, le costó mucho aceptar que mi exnovia durmiera conmigo en casa. Pero con el tiempo se acostumbró, le dará en unos días igual que tú duermas conmigo."
"¿Q-Qué?" Aquello no se lo esperaba, si él dijo que no habría amor, ¿por qué tendrían que dormir juntos? Si no había amor y no se iban a enamorar, Ariel no estaría con aquel hombre y eso lo tenía muy claro. "¡No haré tal cosa! ¡Sería como darte mi cajita de música! Mi cuerpo también es mi tesoro ¡y no lo pretendo compartir!" Declaró Ariel con firmeza. Ante eso no podía ceder.
Sorprendido, Alejandro sonrió. Estiró su mano hasta el rostro de ella y le acarició la mejilla, se enfocó en sus enormes ojos y vio la pureza en aquellos ojos brillantes de color marrón.
Se daba cuenta que Ariel era vírgen.
"Está bien, pero vamos a compartir cama, aunque no compartas tu cuerpo conmigo. Estaremos casados y ante todos será así. Quizás no te ame, tal vez no me ames pero será un matrimonio real. Eso sí, soy un hombre que disfruta de los placeres del cuerpo, la castidad no es lo mío." En pocas palabras, no iba a estar con Ariel, pero eso no significaba que iba a renunciar a tener sexo con otras mujeres.
Alejandro sonrió de forma perversa y aquello hizo que Ariel se estremeciera, comprendía perfectamente a lo que él se refería y ella no podía decir nada, había dejado claro que no compartiría su cuerpo con él, por lo que su futuro esposo estaba dispuesto a buscar otras opciones para satisfacer su cuerpo, sus deseos.
"Bien." Mordió su labio inferior y luego mantuvo su vista al frente cuando Alejandro retiró su mano. "¿Qué edad tienes tú, Alejandro?"
"Treinta y cuatro, recién cumplidos."
Aparcaron frente a la casa y el chofer se apresuró a abrirles la puerta del coche, aún sin entender como era posible que su jefe solo se hubiera detenido frente a un basurero y eligiera esa muchacha como su futura esposa.
Para él su jefe solo podía estar loco, no le encontraba otra lógica, alguna otra explicación.
Cuando abrieron la puerta de la casa, Ariel mantenía su mirada en el suelo, consciente de que cada cosa allí dentro la iba a dejar muy sorprendida y no quería pasar la vergüenza o avergonzar a Alejandro.
Iban hacia algún lado dentro de la casa, pero ella no se atrevía a levantar la mirada. Sabía que allí dentro había un olor muy rico, olía delicioso, como a galletas calientes, a un horno recién abierto donde salía algo delicioso. Se sentía un lugar cálido, lleno de amor y armonía...o esa fue la impresión que se llevó Ariel.
La realidad era más oscura.
"¿Alejandro?" La voz de su madre denotaba el asombro al ver que su hijo regresaba con esa mujer tomada de la mano. "¿Esto que significa?" Era consciente de que esta acción no era propia de Alejandro, por lo que la señora Fendi se sintió preocupada.
"¡Madre De Dios!" Exclamó la pequeña Annie la entrar en la sala y ver semejante cosa de la mano de su hermano, pero mientras ellos se asombraban, Alejandro estaba más que complacido, su plan estaba funcionando. "Puedo asegurar que la acabas de sacar de un basurero, ¿no sientes la peste que emana de ella? ¡Es asqueroso!"
"¡Annie!" Exclamó su madre. "Más respeto, por favor. Es un ser humano y tu hermano debe de tener alguna explicación para traer esa...cosa a casa." Observó a su hijo a la espera de que este dijera algo, miró a Ariel, quien aún no levantaba la mirada.
"No va a decir nada, es que ya se ha vuelto loco. Solo sé que Alessia tiene razón, debes de ceder el mando, Alejandro, has perdido la cordura y ahora traes a ese monstruo del lago a la casa. ¡Siento arcadas!"
"Pues solo sal de la habitación, mi charla será con mamá, no contigo."
"¡Qué peste! ¡Qué asco!"
Aunque Ariel sabía que realmente su olor era incómodo, pensó que el jabón líquido que esparció por su cuerpo lo disimulaba un poco, no esperó menos de la situación, pero aquellas palabras de esa mujer desconocida hicieron que sus lágrimas se derramaran, quiso huir, forcejeó con la mano de Alejandro que la sostenían pero de poco sirvió, él mantuvo su agarre con firmeza.
"Quiero irme, por favor." Le dijo en voz baja, más él no respondió. "Por favor, quiero salir de aquí." Repitió un poco más alto por si él no la había escuchado.
"Bueno, al menos sabemos que habla." Annie se acercó a ella y tocó con asco su hombro, miró la horrenda tela que cubría su cabeza y su cabello y luego captó la atención aquello que Ariel llevaba en su mano, contra su pierna. "¿De dónde robaste eso?" Con afán de molestar, Annie tomó la caja de música de la mano de Ariel, haciéndola enfurecer.
"¡Es mía, dámela! ¡Es mi tesoro!" Mientras Annie reía, Ariel forcejeaba con fuerzas para zafarse de la mano de Alejandro, este no pretendía soltarle y ella solo miraba como aquella mujer se reía de su tesoro. Sin más remedio, Ariel golpeó a Alejandro en la entrepierna, haciendo que él no durara en soltarla, ella corrió hacia Annie y allí intentó tomar lo que era suyo, su tesoro.
"¡Aléjate de mí! ¡Apestas!" Asqueada, al ver como se acercaba Ariel a ella, Annie arrojó la caja de música al suelo, lejos de ella.
Era pequeña, no funcionaba, ciertamente aquel tesoro de Ariel era muy frágil, por eso cuando Annie lo arrojó al suelo, todas sus piezas se esparcieron hasta que la caja de música se convirtió en nada.
Cuando ella se dio la vuelta y vio lo que había pasado, sintió como si su corazón se rompiera. Miró a Alejandro con sus ojos llenos de lágrimas y no podía decir lo que había en la expresión de aquel hombre.
Ariel no dudó en arrojarse al suelo y comenzar a recoger sus piezas.
Alejandro se acercó en silencio y detuvo sus manos.
"Detente, no podrás arreglarla, no podrás hacer nada, Ariel." Más ella no le hizo caso, recogió hasta el último trozo de su pequeño tesoro sin dejar de llorar.
Se sentía muy triste y ya odiaba a aquella horrenda mujer y a Alejandro por no hacer nada ni soltarla a tiempo.
"Esta caja de música era como yo." Dijo entre el llanto. "Parecía inservible, pero aún tenía un valor, ¿por qué más nadie lo vio?" La llevó a su pecho y la protegió de todos. "¿Tampoco viste su valor, Alejandro?" Aquello dejó a Ariel muy triste y devastada, no solo era una caja de música que no servía, era un objeto que alguien había señalado como inservible y que ella le iba a dar otra uso, otro valor, una nueva apreciación.
Así mismo era como Ariel trataba a sus tesoros que encontraba en la basura, como mismo quería que la tratasen a ella, que vieran más allá de las piezas rotas y sucias, quizás dañadas, que vieran su valor interno, pero ella sabía que Alejandro no era capaz de verlo y por alguna razón se sintió decepcionada de aquel extraño con el que se casaría.