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Amantes secretos

Amantes secretos

Autor: : Isavela-Robles
Género: Romance
Emely sabía que enamorarse era un problema. Su madre y su alocada vida amorosa se lo han demostrado. Sin embargo, eso no impidió que se enamorara de su jefe Ian desde muy joven y comenzara un amorío intenso a su lado. Con él aprendió lo que debía saber del amor y lo complicado que puede llegar a ser. Así mismo lo que implica el irse a vivir con un hombre desde muy joven. Sabe que, aunque él a veces le sea infiel con otras mujeres, la ama; a fin de cuentas, sigue siendo la que todas las noches duerme a su lado. Todo estará bien: tiene un futuro prometedor al lado de uno de los grandes empresarios del país. Solo debe seguir cumpliendo su papel de mujer enamorada en la relación.

Capítulo 1 Antes de Ian

-Le dices que pagaré el cinco -dijo la madre de Emely mientras escribía una lista en la hoja de papel.

Emely tragó en seco, mordió su labio inferior e inclinó la mirada.

-El señor Francisco dijo que no nos fiaría una cosa más -replicó Emely-, es mejor que esta vez vayas tú.

La mujer soltó un gruñido.

-Sólo dile lo que dije -regañó-, le voy a pagar el cinco. La empresa ha demorado en pagarnos.

-Mami -llamó la chica-, no nos dará nada.

-¿Entonces qué vamos a hacer? -La mujer dejó de escribir en el papel-, ¿piensas aguantar el día de hambre?, ¿y qué haremos con tu hermana?, ¿pasará el día en blanco mañana?

Emely sintió que un nudo se creó en su garganta. Su mandíbula comenzó a temblar y respiró hondo para controlar las ganas de llorar.

-Le dices que lo anote a la cuenta, que yo en la mañana pasaré a hablar con él -informó la mujer mientras le pasaba el papel.

La jovencita lo tomó y pasó una rápida mirada por la lista.

-Falta la cartulina -comentó Emely-, mañana debo llevarla para la clase de artística.

-Cierto, cierto. Cartulina, ¿y qué más? -su madre tomó rápidamente el papel y comenzó a escribir-; ¿no debías llevar unos marcadores?

-El señor Francisco no vende marcadores.

-Pero su esposa sí, ve a la papelería y le dices que te los fíe, que lo anote a la cuenta.

"Que lo anote a la cuenta", Emely odiaba esas palabras.

-Ella no fía, ma...

La mujer volvió a gruñir.

-¡Claro que sí!, ¿en dónde crees que compré la calculadora que debías llevar? -Cuestionó la mujer con voz áspera-, toma -volvió a pasarle el papel-, ya sabes: que lo ponga en la cuenta.

Emely apretó con fuerza el papel en sus manos y dio media vuelta en la sala, buscó con la mirada sus viejas sandalias negras y las encontró debajo de la mesa donde su hermana de tres años comía un puré de papa. Rápidamente las tomó y se las puso.

El reloj colgado en la desgastada pared blanca marcaba las siete y media de la noche.

Al salir de la pequeña vivienda, Emely bajó los dos escalones y se encontró con una calle bastante concurrida, en la esquina había un parque donde unos adolescentes jugaban fútbol en una cancha.

En la carretera los carros iban y venían, creando un ruidoso sonido de bocinas y motores. A veces los peatones esquivaban a la jovencita al cruzarse en su camino.

La mente de Emely recreaba una y otra vez la escena donde ella llegaría a la tienda y los viejos ebrios que pasaban la noche en el estadero comenzaban a llamarla, a gritarle piropos sucios y enfermos, la desnudarían con la mirada y ella debería soportar todo eso en silencio.

Vio en la esquina la tienda y bar, la música era bastante fuerte y las mesas se encontraban atiborradas de botellas de cerveza y los hombres reían y conversaban. Vio a un grupo de jóvenes en una mesa y dos de ellos jugaban a pulso.

Emely entendió que una jovencita de quince años, que llevaba una minifalda, no pasaría desapercibida de aquel grupo de borrachos y tampoco del tendero; ese que cada vez que la veía le proponía sexo a cambio de cancelar la larga cuenta que su madre tenía allí.

Sus pasos se volvieron lentos, inseguros. Se detuvo antes de cruzar la carretera principal. Un camión pasó a gran velocidad, haciendo que el cabello castaño claro de Emely revoloteara y algunos mechones cayeran encima de su rostro.

Rápidamente, Emely quitó los mechones de cabello de su cara y volteó a mirar hacia los lados, cerciorándose que no hubiera algún vehículo cerca. Cruzó y se acercó con mucha rapidez a la tienda.

Fue cuestión de segundos para que los hombres la vieran entrar. Los silbidos y los piropos emanaron. Algunos gritaban o carcajeaban mientras la comían con los ojos.

Para ningún hombre que pudiera ver, era evidente que Emely era muy hermosa: de piernas largas, unas hermosas curvas y una forma de andar que emanaba seducción al caminar.

El rostro de Emely se enrojeció y apretó con fuerza su mandíbula, de hecho, su respiración se contuvo sin darse cuenta.

Estando frente a la tienda, un viejo gordo, con una prominente barriga se acercó al mesón y desplegó una gran sonrisa ladeada.

-Buenas noches, señor Francisco -saludó Emely intentando no sonar nerviosa.

-Dime que ya traes mi paga -arremetió el hombre con una voz ronca.

-Hum... no -soltó la joven con nerviosismo-, pero mi mamá dijo que pagará todo el cinco -aclaró con afán-, que la empresa se ha atrasado con el pago, pero que ya le pagarán, en serio.

El hombre soltó una pequeña risa sarcástica.

-Bueno, entonces esperaré al cinco -dijo mientras apoyaba un codo al mesón de madera-. Dile a tu mamá que le fiaré cuando cancele la cuenta.

-Pe-pero... señor... por favor.

-¿Ya pensaste en lo que te dije?

La respiración de Emely nuevamente se contuvo y su rostro se volvió algo sombrío.

-Tú puedes ayudar a tu mamá.

Emely se volvió muda. Estaba perpleja, sus manos sudaban y temblaban.

No... quería... estar en ese lugar.

Un joven que llevaba puesta una chaqueta negra se posó a la derecha de Emely, interrumpiendo por completo la conversación entre ella y el tendero.

-Buenas noches -saludó al tendero-, una cerveza, por favor.

El hombre con un rostro serio y un tanto amargado se dirigió a buscar la cerveza.

Emely no sabía quién era aquel joven, pero, deseaba que se quedara a su lado hasta que el tendero le diera su pedido.

Por un momento subió la mirada por encima de su hombro y vio a un joven alto, de cabello negro y con piel un poco bronceada por el sol. Se veía mucho mayor que ella, debía tener alrededor de unos veinticinco años.

-¿Te estaba molestando? -preguntó el joven.

Aquello sorprendió a Emely, ¿acaso se dio cuenta de lo que estaba sucediendo? ¿No se posó a su lado por casualidad?

-Eres la amiga de Diana, ¿no? -dijo el joven.

-Ah... ¿Diana? -Emely lo miró fijamente un tanto dudosa.

-Eres la chica que llegó hace dos días a mi casa para hacer un trabajo con Diana.

Y fue ahí donde Emely lo recordó, él debía ser Ian, el hermano mayor de Diana; ella hablaba mucho de él. Lo fastidioso que era y las muchas discusiones que tenía con su madre. Llevaba dos meses viviendo en la casa y, según Diana, por su culpa el hogar se volvió un infierno.

-Sí, soy amiga de Diana -respondió Emily.

No se consideraba amiga de esa chica. Desde que Diana cambió los nombres en el examen para ganarse la nota de Emely, supo que era alguien que deseaba tener a metros. Por su culpa casi perdió la materia de economía.

-¿Ese viejo te estaba molestando? -preguntó Ian.

Emely bajó por un momento la mirada, no quería hablar de sus problemas con un desconocido.

-La cerveza -dijo el tendero poniendo la botella fría sobre el mesón frente a Ian.

El joven rodó una butaca alta de madera y se sentó en ella, prácticamente custodiando a Emely de aquel depravado que intentaba aprovecharse. Tomó un tragó de su cerveza mientras pasaba una mirada por Emely.

Aquello molestó al señor Francisco, que por momentos rebuznaba al darse cuenta que ya no podría seguir el tema si estaba aquel tipo pendiente de la chiquilla.

-Bien, dame la lista -ordenó el hombre mientras extendía la mano izquierda.

Emely le pasó con rapidez el papel, aliviada al saber que no se iría con el estómago vacío la mañana siguiente.

El hombre comenzó a poner tomates, cebollas, huevos y otras cosas más encima del mesón.

-¿En qué curso estás? -preguntó Ian.

-Décimo -respondió Emily confundida, ¿acaso no sabía que estudiaba con su hermana?

-¿Cómo te llamas?

-Emely.

-Soy Ian.

-Lo sé -informó la joven.

-¿Sí?

-Diana habla mucho de ti.

Ian soltó una pequeña risita mientras negaba con la cabeza.

-Me imagino las cosas que te ha dicho de mí -soltó con un tono decepcionado.

-Te odia.

-Como todos en esa maldita casa -bufó Ian y después le dio un trago a su cerveza.

Emely no necesitaba que le contaran mucho para darse cuenta que Ian era la oveja negra de la casa. Todos parecían tenerle envidia, ¿y quién no? Era hijo único de un hombre millonario que recién había muerto de un ataque al corazón y le dejó toda su herencia.

La madre del joven creyó que metiéndose con un hombre soltero y viejo podría quedarse con toda su fortuna al darle un hijo; pero se decepcionó y lo dejó al enterarse que el padre de Ian solo le daría estudios y una buena crianza a su hijo, al parecer sabía la calaña de mujer que tenía. Desde ese momento la señora odió a su exesposo y a su primogénito.

Dañó su figura con el embarazo y culpó a Ian de toda su desgracia. Pero dos años después de separarse de su esposo se casó con un viejo que más o menos podría darle la vida que ella quería, le dio dos hijos, pero al tenerlos ya no podía darse todos los gustos que deseaba. Se dio cuenta que aquel hombre no tenía mucho dinero, de hecho, entre más pasaban los años, menos dinero entraba en la casa.

Por lo que Emely sabía (que era casi toda la vida de esa familia) ahora la madre de Ian lo atosigaba con que debía darle parte de la herencia que le dejó su padre, ya que ella "le había dado la vida" y solo con ese hecho ya tenía una gran deuda con ella. Emely sabía que esa mujer no se quedaría tranquila hasta quitarle el último peso que su hijo mayor tenía.

-¿Por qué vives con ellos si tratan tan mal? -eso era lo que deseaba preguntarle a Ian, pero no era capaz de decirlo.

Capítulo 2 Una vida a tu lado

El señor Francisco comenzó a sacar la cuenta de toda la compra, extendió la bolsa a Emely y sacó una libreta en mal estado con hojas arrugas, buscó la cuenta entre el montón de números y tachones, hasta llegar a una suma bastante extensa en la cual, al final, donde parecía que no cabía un número más, escribió una cifra que le pareció muy elevada a Emely.

La jovencita notó que hacía falta la cartulina y los marcadores.

-Señor Francisco -llamó la joven-, ¿no tiene marcadores y cartulina?

-Sabes que yo no vendo eso.

-Pe-pero, su esposa sí.

El hombre dejó salir un bufido y alzó la mirada de la libreta.

-Esa es mi esposa y ella no fía -aclaró de mala gana-. Eso ya te toca comprarlos.

Emely acentuó con la cabeza, sus mejillas se ruborizaron en gran manera y sentía un impulso de salir corriendo de aquella tienda.

-Dile a tu mamá que, si mañana no me paga, ni se aparezca por aquí, que vea cómo come en estos días -gruñó el hombre-. Lo único que hace es pedir y pedir, pero no paga.

-Sí, señor -aceptó Emely.

El hombre cerró la libreta con sequedad y observó fijamente a Emely, barriéndola de pies a cabeza.

-Piensa en lo que te dije -agregó y sonrió débilmente.

La mirada de la jovencita trataba de enfocarse en un lugar donde no viera el rostro de aquel hombre y, además, no tuviera a la vista a Ian; le parecía vergonzoso, estaba siendo humillada frente a él.

Emely salió a gran prisa fuera de la tienda sin despedirse del joven. Al ya haber cruzado la carretera, sintió un gran alivio invadir su cuerpo. Aparte del sonido de los carros que pasaban a gran velocidad, se escuchaba el cántico de los sapos y los grillos en el montecillo a su derecha; era un camino un poco solitario y oscuro que debía pasar para llegar a su casa.

Aquella callejuela antes de cruzar para adentrarse al barrio, le gustaba a Emely, era bastante tranquila y trataba de hacerla larga y duradera, no le gustaba estar en su casa. Prefería caminar, adentrarse en sus pensamientos y a veces dejar salir sus lágrimas.

Esa era una de las noches donde sus lágrimas rodaban por su rostro con rapidez y el nudo en su garganta la torturaba. Caminaba con pasos muy cortos y lentos, la cabeza inclinada, observando sus viejas sandalias negras.

Al llegar a su casa, su madre la recibió dándole manotones en su espalda y cabeza.

-¡¿Por qué siempre demoras en llegar?! -Regañó, arrebató la bolsa de sus manos y la esculcó-, ¿y la bolsa de leche?, ¡también falta el queso!, ¡tampoco trajiste la cartulina y los marcadores!, ¡no trajiste nada!, ¿qué tanto hiciste en esa tienda?, ¡contesta!

Emely estaba acojonada cerca de la puerta principal, teniendo a sus espaldas la calle. Su madre volvió a golpear su cabeza.

-¡No trajiste nada! -volvió a regañar-, ¡¿qué vamos a almorzar?, ¿eh?! ¡¿Qué vas a comer mañana?!

-El señor Francisco no quiere fiar, le pregunté por la cartulina y los marcadores, pero no quiso hablar con su mujer.

-¡Él no era quien debía hablar con ella, eso debías hacerlo tú!, eres una tonta, estúpida, ¿cómo vas a hacer mañana?, de seguro no dijiste nada, ¡estuviste ahí como una buena idiota, callada, como una buena imbécil!

La señora dejó la bolsa sobre la mesa de madera de la sala, comenzó a caminar por el lugar con los brazos cruzados.

-Yo no tengo la culpa -farfulló Emely-, ese hombre no quiere fiar, esa cuenta ya va muy larga, mami.

-¡Yo la voy a pagar...!

-¡¿Cómo vas a pagarla?!, -la interrumpió- ¡tu sueldo no alcanza, por favor!, ¡él lo sabe, sabe bien que no puedes pagarle tanto y por eso no quiere soltar más comida! -Emely tragó saliva-, dijo que mañana no me acercara, que debías pagarle mañana.

-¡¿Cómo voy a pagarle?!, ¡ya le dije que lo haré el cinco!

-¡Díselo tú, ve y dile!, ¡deja de enviarme, yo no quiero volver a esa tienda!

-¡Deja de gritarme, respétame! -la mujer se abalanzó a ella y comenzó a darle palmadas por todo su cuerpo.

Emely se encorvó, tratando de cubrirse con sus manos encima de su cabeza.

.

El reloj en la vieja pared marcaba las cinco y media de la mañana. El aire que entraba por la ventana de madera pintada de marrón en la sala, era frío y húmedo, había caído una llovizna en la madrugada.

Emely se encontraba sentada a la mesa de madera, estaba vestida con su uniforme y llevaba su cabello recogido como cola de caballo. En su hombro derecho ardía un rasguño que su madre le había causado la noche anterior.

La mujer se encontraba haciendo picadas un cubo de hielo en la cocina para después echarlo en el jugo de mora con leche. El silencio era incómodo.

Emely no tenía ningún rencor hacia ella; a su corta edad entendía que su madre pasaba por muchas dificultades para poder sostener a sus dos hijas, las deudas superaban tres veces el sueldo mal pagado que recibía en una empresa de correos donde trabajaba limpiando las oficinas.

-¿Edgar no ha venido? -preguntó su madre.

-No.

-Ese imbécil, ¿acaso se le olvida que tiene una hija que alimentar? -Se volvió hasta Emely con un plato de papas y una tortilla de huevo, lo dejó sobre la mesa-; si trajera siempre el mes, podría pagar sin problema la tienda. ¿Cómo voy a hacer con los servicios?, si no pago este mes, nos cortarán la luz. -Llevó una mano hasta su cabeza- todo este estrés va a terminar matándome. ¿Tu papá no te ha llamado?

-No, ese mucho menos se aparece por aquí. ¿Sabes qué fue lo último que me dijo?

-¿Qué te dijo?

-Que, así como pudiste buscar otro marido, puedes buscarte la comida.

-¡Ese imbécil!, ¿y no le dijiste nada?

-Le colgué.

-¡¿Le colgaste?!, ¡debiste gritarle sus verdades!

La señora, con los ojos enrojecidos, se sentó en una silla y dejó reposar sus brazos sobre la mesa.

-Los hombres de hoy en día no sirven, Emely -esbozó con voz cansada-. No vayas a conseguir marido, es lo peor que puedes hacer, mira en lo que yo terminé. ¿De qué me ha servido tener hombres? Si al final termino pagando las cuentas de la casa, endeudándome y ellos con otras viejas, olvidándose que tienen hijos. Los hombres de ahora ya no sirven -soltó un suspiro de amargura-. Al menos en los tiempos de mis papás sí servían, mi mamá no sufrió tanto como yo he sufrido; mira a tu tía, también pasando por las mismas. Yo creo que las mujeres de nuestra familia están malditas.

-Pero dijiste que mi abuelo fue bueno con mi abuela -replicó Emely.

-Sí, pero después que murió, ¿cómo quedó mi mamá?, ¿no tuvo que ponerse a trabajar?

Emely bajó su mirada hasta el plato y comenzó a comer.

-Bueno, por lo menos mi papá le sirvió en su momento a mi mamá -finalizó la mujer con tristeza.

.

Los estudiantes se amontonaban en grupos en todo el salón de clases, rodando los pupitres con ellos. El día era gris, obligando a los profesores a encender las luces para tener mejor visibilidad en los salones.

Una chica de rostro redondo y cabello largo, liso y negro, se acercó a Emely con una cartulina en sus manos.

-¿Nos ponemos en grupo? -preguntó.

Emely comenzó a negar con la cabeza.

-No traje nada -respondió.

La chica hizo un puchero y se sentó en un pupitre frente a Emely.

-La mía es bastante grande -dijo-, podemos dividirla.

Aquella joven era Diana, la hermana menor de Ian.

-¿Ya tienes con quién hacer el trabajo de matemáticas? -Preguntó Diana-, podemos hacerlo juntas, de paso me explicas, porque no entendí nada y no sé cómo haré con la evaluación.

Diana se levantó del pupitre y se dirigió hasta donde se encontraba un bolso rosado, lo abrió y sacó una caja de marcadores nuevos. Rápidamente llegó hasta donde se encontraba Emely y volvió a sentarse en el mismo asiento.

-Bien, ¿tienes tu exacto? -Le preguntó a la chica-, corta la cartulina, a mí me da miedo, tengo pulso de maraquero.

Emely así lo hizo. Sacó de su bolso un exacto y con ayuda de Diana expandió la cartulina para después cortarla por la mitad.

-Imagínate que ayer Ian llegó borracho a la casa -comenzó a contar Diana-. Terminó discutiendo con mi papá y él lo echó de la casa, imagínate. ¿Y sabes lo que hizo Ian?

-¿Qué hizo? -preguntó Emely.

-Dijo que sí se iba a ir. Que ya no aguantaba vivir más con nosotros. Pero mi mamá le dijo que, si se iba, debía pagar los dos meses que estuvo con nosotros, y es que es justo ¿no crees? Después de llegar de arrimado, hacernos la vida un infierno, es lo más conveniente. A él le sobra el dinero y es dueño de varios hoteles, qué envidia. El muy tacaño no nos ha dado nada, lo único que me dio en estos dos meses fue la cartulina y los marcadores; menos mal los trajo, porque yo ni me acordaba que debía traerlos hoy.

-¿Ian fue quien te los dio?

-Sí, los trajo junto con una botella de cerveza -Diana desplegó una sonrisa-, hablaste con él ayer, ¿verdad?

-Lo encontré en la tienda.

-Eso me dijo, que necesitabas una cartulina, pero que no la había en la tienda y que para esa hora ya era tarde. Él fue quien me dijo que lo compartiera contigo.

Las mejillas de Emely se ruborizaron y una gran vergüenza la consumió.

-Bueno, imagino que Ian no es tan malo como creo que es -soltó Diana-. Oye, Emely, si lo encuentras otra vez por ahí, no seas boba, sácale algo.

-¿Cómo se te ocurre decir eso?

-Ay, por favor, ¿me vas a decir que no te gusta la idea?, sabes que a él le sobra el dinero.

-Pero recién lo conozco -Emely hizo un puchero-, además, no se ve tan malo como lo muestras.

-Claro, si se nota que le gustas.

-¿Eh?

-Sí, ¿por qué crees que me dio esto?, él nunca se ha preocupado por si debo llevar algo a clases. Se me hizo tan raro que me lo diera. -Diana se emocionó- por eso te digo que podrías sacarle algo bueno. Ven hoy a mi casa a hacer el trabajo de matemáticas, él estará ahí empacando sus cosas, hablas con él y le dices que te invite a cine, ¡y me llevas, debes llevarme!, le sacaremos todo lo que podamos a ese idiota.

-¡Claro que no, no voy a hacer eso! -se negó Emely.

-¡Tú si eres boba!, ¿cómo vas a perder una oportunidad como esta? -Bufó Diana-, ¿no quieres conocer el cine?, me dijiste que nunca has ido.

-Me vería muy regalada si le pido a tu hermano que me lleve.

-No se lo vas a pedir, se lo vas a insinuar, por favor. ¿Recuerdas cuando le quitamos al chico de la panadería los pasteles?, ¡así!

Emely hizo un gesto de fastidio y después comenzó a dibujar en la cartulina.

-Ah... pero cuando Iván está en la casa, ahí sí vas corriendo, hablas con él y haces que te invite a salir -dijo Diana-. Y como sabes que Iván no estará en la casa hoy, por eso no quieres ir.

Iván: la única razón por la que Emely soportaba a Diana, la única razón por la que aceptaba hacer trabajos con esa chica. Desde que había conocido a Iván, una gran atracción por él creció en su interior, el problema estaba en que...

-Hoy saldrá con su novia -informó Diana-, esa tipa no lo deja en paz.

-¿No habían terminado? -inquirió Emely.

-Pero volvieron, sabes que ellos son así.

.

La casa de Diana quedaba en el barrio vecino, a unas diez cuadras de la casa de Emely, así que debía caminar bastante, lo bueno era que esa tarde estaba nublada y la joven podía caminar sin problema alguno.

El vecindario donde quedaba la casa de Diana era bastante tranquilo, con viviendas grandes, terrazas amplias y enrejadas, fachadas impecables con carros parqueados frente a ellas. Algunos perros de raza se asomaban por las rejas, moviendo las colas al ver pasar a Emely para comenzar a ladrar.

La joven llegó a una esquina, había una casa pintada de un azul cielo con las columnas blancas y un jardín un poco descuidado. Había una Toyota Prado último modelo de color negro parqueada frente a la vivienda, en el interior de ésta un joven estaba subiendo unas cajas marrones.

Emely observó curiosa, se acercó un poco más y notó que se trataba de Ian. Tenía un semblante algo furioso. El joven cerró la puerta del vehículo y posó su mirada en la chica, su semblante poco a poco se suavizó.

-Emely -saludó.

-Hola -respondió ella con una voz un tanto tímida.

-Diana está adentro, ¿la llamo? -informó el joven.

-Ah... yo entro, no te preocupes -dijo Emely-, ¿te estás mudando?

-Sí, imagino que Diana ya te lo habrá dicho.

-Sí, me lo contó en la mañana -confesó la chica un poco apenada.

-Realmente Diana es una chismosa -soltó Ian-, todo lo cuenta. ¿Qué más te dijo?

-Nada relevante, no te preocupes.

-¿Sirvió la cartulina?

Emely se ruborizó por completo, algo que hizo sonreír al joven.

-No debiste hacer eso -soltó ella con timidez.

-La compré por mi hermana, debía llevarla.

-¿Una cartulina completa?

-Así podría compartirla con su amiga -soltó Ian sonriente.

Diana se asomó por una ventana y vio a Ian conversando con Emely, corrió hasta la puerta.

-Por fin llegas -dijo Diana caminando hasta donde se encontraba su amiga.

Emely volteó a verla, le sonrió amablemente y después se saludaron con un beso en la mejilla.

-Tu casa queda lejos -informó Emely.

-Ian -Diana volteó a ver a su hermano-, a Emely le sirvió la cartulina. ¿Verdad, Emely? No alcanzó a comprarla anoche y tú la salvaste.

El rostro de Emely volvió a tornarse rojo por la vergüenza, quería que la tierra se abriera y la tragara.

-Qué bien -dijo Ian.

-Emely cumple el domingo -informó Diana-, dieciséis años.

-Diana -pidió Emely.

-¿Qué? -Preguntó la joven-, lo bueno de los cumpleaños es que uno puede recibir regalos, es obligatorio, si no, ¿qué gracia tienen?

La mirada de Ian viajaba de Diana hasta Emely, parecía que las analizaba y Emely odiaba eso. Odiaba verse interesada. Odiaba que las personas se enteraran que tenía muchas necesidades económicas. Odiaba ser pobre. Odiaba su vida.

Capítulo 3 Problemas

La joven entró a la casa de Diana, arrastrándola de un brazo. Al estar en la sala decidió dejarle las cosas claras.

-Deja de estar insinuándole cosas, por favor, te ves muy regalada y de paso me haces ver a mí igual -regañó-. Yo no quiero nada de tu hermano, ni siquiera me interesa y mucho menos soy su amiga, así que deja eso ya. Si tanto quieres sacarle algo, díselo, pero no me incluyas.

-Ay, deja de regañarme -pidió Diana-. Qué grosera eres.

-¿Es que no te das cuenta la vergüenza que me has hecho pasar?, claro, como no fuiste tú, no te importa para nada.

En aquel momento entró Ian, hablaba por celular y se dirigió hasta las escaleras que comunicaban el segundo piso, subió y estuvo allí por unos minutos.

Emely se sentó en un sofá blanco, sacó de su bolso una libreta cuadriculada y comenzó a pasar las hojas, mientras, Diana se dirigió a la cocina, según ella, para traer una limonada que estuvo preparando.

Ian bajó las escaleras con una maleta de color negro, se detuvo al ver a Emely bastante concentrada en la libreta, escribiendo cosas en ella con un lápiz y sacando cuentas con su cerebro.

-¿Harás un trabajo con Diana? -le preguntó.

-Sí, es el trabajo final de matemáticas -respondió la joven sin dejar de mirar la libreta.

-¿Cómo te fue en el año?, ¿pasaste?

-Sí, claro.

-¿Y Diana?

-Ella... creo que deberá quedarse en recuperación, perdió matemáticas y física, creo que química también -respondió, miró a Ian-. Por favor, no digas nada, me tratará de sapa si se entera que yo lo dije, su mamá la mataría.

-No te preocupes -Ian mostró una sonrisa-, de todos modos, cuando pierda el año, mi mamá se enterará.

Emely sonrió.

-No creo que lo pierda. Se está esforzando, y, además, es muy difícil que un estudiante en ese colegio repruebe, y si se trata de Diana... No, ella pasa a once, sí.

-Sí, debe ser buena sobornando -chistó Ian.

-Sí, un poco -soltó Emely.

-Claro, por algo se ha pegado a ti -Ian la contempló por un momento-. Algo me dice que eres la estudiosa del salón.

-¿Estás insinuando que ella me está utilizando?

Sí, la estaba utilizando, ella lo sabía. En todo el año escolar Diana no le había hablado, hasta que comenzaron los exámenes finales. Diana había cambiado el nombre de Emely en el examen final de economía, por esa mala nota ella casi pierde la materia, pero gracias a que el resto de las notas eran casi perfectas, pudo pasarla.

Emely sabía que Diana no era una buena persona, que debía alejarse de ella, pero por más que intentaba hacerlo, esa chica se pegaba a Emely como un chicle.

-Yo no he dicho eso -respondió Ian, soltó una pequeña risa-. ¿En verdad cumples el domingo?

-Sí -contestó.

-¿Qué es lo que siempre has querido para tu cumpleaños?

Emely comenzó a negar con la cabeza, sintiéndose bastante apenada.

-No te preocupes por eso, ignora lo que dijo Diana -soltó, sintiendo como la sangre subía a sus mejillas.

-No lo pregunto por lo que dijo Diana -replicó Ian y se sentó a su lado-. Quiero hacerlo.

Emely volvió su mirada a la libreta, se sentía muy incómoda.

-No me conoces, Ian -dijo-, no debes darme nada en mi cumpleaños.

-Claro que te conozco, ¿no estoy hablando contigo ahora?

La joven volteó a verlo y soltó una pequeña carcajada.

-Dices unas cosas... -Emely comenzó a negar con la cabeza.

-Me agradas, Emely, -Ian la contempló fijamente- eres una buena chica.

Emely tragó en seco, aquellas últimas palabras de Ian sonaron con mucho significado, algo que ella trataba de no aceptar.

-Entonces, ¿qué es lo que quieres para tu cumpleaños? -volvió a preguntar el muchacho.

Ella negó con la cabeza y llevó su mirada hasta el pasillo, allí venía Diana con dos vasos de vidrio llenos de limonada.

-Piénsalo y después me dices, apunta mi número -puso una mano encima de las de Emely- trescientos ocho cincuenta catorce diez.

Emely inspiró profundo y retuvo la respiración.

-Una chica tan inteligente como tú de seguro recordará ese número, ¿verdad, Emely? -le susurró cerca al oído.

Ian se levantó y se marchó fuera de la sala, dejando a las dos chicas solas.

-Bueno... -soltó Diana- hice lo que pude con esta limonada.

Emely se acomodó en el mueble y tragó en seco, rápidamente tomó el vaso de limonada para después comenzar a beberlo con rapidez. El sabor del limón se sentía bastante fuerte y maltrató su garganta, pero no le importó, sus nervios se habían disparado gracias a la conversación que tuvo con Ian.

-¿Tan rica me quedó? -preguntó Diana con una sonrisa en su rostro.

La joven bajó el vaso de vidrio a medio tomar hasta sus piernas y respiró hondo. Decidió anotar el número antes que se le esfumara de la mente. Ella no era tonta, sabía que para algún momento le serviría tener el número de Ian. De hecho, si lo pensaba mejor, podría pedirle que la llevara a cine: no conocía el cine.

.

Al llegar a su casa, Emely encontró a su madre sentada en los pequeños escalones de la entrada de la vivienda. Tenía su rostro apoyado en sus manos mientras recostaba el peso de su cuerpo en los codos apoyados en sus piernas. El semblante de la mujer era uno muy triste, estaba a punto de llorar.

Emely se acercó a pasos afanosos a su madre; notó que el interior de la vivienda era oscuro ya que había anochecido, era raro que su madre no hubiera encendido las luces. El resto de las casas estaban iluminadas, al igual como la calle, dando así a resaltar la oscuridad de la casa envejecida donde vivía la chica.

-¿Qué pasó? -preguntó al saber que algo malo estaba sucediendo.

-Cortaron la luz -respondió la mujer con tono apagado.

-Ay, no... -soltó Emely-, ¿y ahora?

-¿Ahora qué? -inquirió su madre con voz quebrada-, no tenemos energía, ¿qué podemos hacer?, hoy hay que aguantarse los mosquitos. Lo que me preocupa es tu hermana, ¿cómo voy a hacer con esa niña? Imagínate: sin comida, ¿qué van a comer ustedes mañana?

-Mami -Emely se sentó a su lado-, habla con mi tía, que tenga a Noni por unos días. Porque es verdad, ella no puede estar aquí pasando hambre, además, ¿cómo va a soportar el calor y los mosquitos en las noches? Hoy la pasaremos bien porque estuvo nublado el día, ¿pero mañana?

-Pero tu tía tampoco es que esté muy bien que digamos.

-Pero sólo serán por unos días, sólo será ella, yo puedo llevarla.

-Emely, yo no tengo plata para darte para los pasajes -confesó la mujer rompiendo en llanto-. Si la vecina me acaba de prestar porque no tenía cómo pagar el bus mañana para ir al trabajo. Esta situación... -cubrió su boca con una mano temblorosa- qué vergüenza, la vecina me prestó eso... y... ahorita que termine de cocinar me regalará un poquito para que ustedes puedan comer algo, bueno, tú que has tenido que pasar la tarde en blanco, Noni está dormida, ella comió en la guardería.

En la garganta de Emely se creó un nudo, pero sabía que debía ser fuerte ante la situación.

-Yo... tengo algo guardado, tengo los pasajes de la ida, si hablo con mi tía, se que podrá ayudarme a buscar los de la venida, habla con ella para que se quede Noni con ella en estos días -dijo la chica con tono serio-. Mami, debo conseguir un trabajo.

-Emely -su madre volteó a verla-, ¿de qué vas a trabajar si no sabes hacer nada?

-Claro que sé hacer algo -respondió la chica-, paso casi toda la tarde limpiando la casa, puedo trabajar en eso.

-Ay, hija, no vas a trabajar en casa de familia -se negó la mujer-, ¿vas a dejar el colegio?

-No, eso nunca.

-No te aceptarán en una casa si no trabajas todo el día. En el colegio sales a las tres de la tarde, ¿a qué hora vas a trabajar? Además, eres menor de edad, ¿quién te va a dar trabajo?

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Esa noche fue incómoda, Emely sentía una capa de sudor cubrir su cuerpo, trataba de buscar el lado más fresco del colchón para poder calmar su calor.

Como no podía dormir, su mente trataba de distraerla con todo tipo de pensamientos y recuerdos. Entre ellos estaban el número que le había susurrado Ian a su oído, lo repetía una y otra vez hasta que se lo aprendió, pero lo hizo por el tono de su voz: era la primera vez que un hombre le susurraba al oído y eso le había producido que se erizara su piel.

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El peor momento para Emely era la hora del descanso en el colegio, cuando todos los estudiantes se dirigían a comprar sus meriendas. La hora que más le gustaba era el almuerzo, cuando la cocinera le pasaba el plato lleno de comida. Pero a la vez detestaba ese momento, le daba vergüenza, no quería que nadie notara sus ganas de devorar la comida de la que todos se quejaban por ser de mal sabor; para ella, estaba hecha por los dioses, aunque sentía que le servían muy poco.

Sabía que tener mucha alegría por comer aquel plato de comida le confesaba que la situación por la que pasaba su familia era terrible. La única comida que le daría a su estómago en todo el día era esa.

Pero estaba en la hora del descanso, aún faltaban tres horas para el almuerzo. Sin embargo, su estómago rugía y exigía que por lo menos le diera algún jugo, pero no tenía ni una sola moneda en el bolsillo de su falda colegial.

No quería salir del salón de clases y ver a todos los estudiantes merendando, se sentiría muy incómoda.

Estaba sola, sentada en su pupitre jugando con un lapicero en sus manos que las ensuciaba por veces con rayones negros de tinta.

Diana entró al salón y se acercó a ella con una bolsa de papas y una botella de gaseosa negra. Se sentó a su lado y el olor que salía de la bolsa antojó el estómago de Emely.

-Eres demasiado tonta -soltó Diana-, ¿por qué no aceptaste que Ian te diera un regalo en tu cumpleaños?

-Ay, no hablemos de eso.

-Bueno, ya qué, tu cumpleaños fue ayer -dijo la joven con tono aburrido-. Pudiste ir a cine, de seguro él te habría comprado un montón de cosas. Uy... es que, si yo hubiera estado en tu lugar, lo habría exprimido.

Emely clavó la mirada en el lapicero con el que jugaban sus manos y apretó con fuerzas sus labios.

-Toma -Diana le pasó la bolsa de papas y la gaseosa-, no quiero más.

Emely volteó a verla.

-No quiero -se negó.

-Anda, cógelo, no quiero botarlo -lo dejó en la mesa del pupitre-. Creo que el desayuno me sentó mal -Diana dejó salir un suspiro y se recostó al espaldar de la silla.

Emely tomó la bolsa, observó que estaba a medio comer, sabía que eran las migas de su compañera, pero en aquella situación eso era mejor que nada, así que comenzó a comer las papas, sintiendo que su boca se hacía agua al saborearlas.

-El director dijo que hoy saldríamos temprano, cuando se acabe el descanso nos iremos -informó Diana.

Esa era una muy mala noticia para Emely, quien sintió sus esperanzas de comer algo en el día morirse lentamente.

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La casa de su tía quedaba en una calle un poco empinada, donde no había carretera y la tierra húmeda por las lluvias de esos días la volvía un lodo resbaladizo. Las casas eran pequeñas, pero coloridas, aunque a algunas ya deberían dárseles una mano de pintura.

Se suponía que al llegar Emely se encontraría con su tía, pero no estaba, había salido a hacer una diligencia al centro. Quien la recibió fue su prima, una chica cinco años mayor que ella con la que muy poco socializaba, de hecho, tampoco se agradaban mucho. Así que Emely decidió dejar a su hermana e irse enseguida.

-¿Mi tía no te dejó nada para mí? -fue lo único que le preguntó.

Su prima estaba sentada en la sala en un viejo sillón verde de cuero que tenía partes desgastadas y andaba un celular bastante destartalado.

-No -respondió la chica con tono aburrido.

-Ella quedó en darme los pasajes -informó Emely.

-Pues no te dejó nada -dijo la chica sin dejar de mirar su celular.

-Cuida a Noni -ordenó Emely-, que no se vaya a ir para la calle.

-Bien -aceptó la chica.

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La calle se veía calorosa y polvorienta, Emely dio un paso doloroso al sentir las vejigas en las plantas de sus pies implorarles que se detuviera. Fue una mala idea decirle a su madre que llevaría a su hermana con la plata que había ahorrado, cuando sólo le alcanzaba para un pasaje. El caminar hasta su casa era un infierno encarnado, estaba muy lejos. Pero a la vez se sentía aliviada al saber que dejó a su hermanita en un lugar donde dormiría sin calor y comería todos los días.

Tenía mucha hambre. Su dolor de cabeza ocasionado por el hambre y el sol caliente se convirtió en una migraña y su boca estaba seca por la deshidratación. Pero para su mala suerte, no llevaba ni la mitad del trayecto completado y en el cielo no había rastro de alguna nube que cubriera el sol.

Sintió que una de sus sandalias negras se desprendió. Bajó la mirada a sus pies al detenerse en seco, sintiendo el nudo en su garganta crecer. Sentía que aquella terrible situación no la podría soportar más, la estaba volviendo loca.

Caminó hasta un poste de luz y se recostó a él; estaba sudada, cansada. Observaba la carretera principal botando aquel terrible resplandor y a su mente llegó lo que ella nunca pensó que haría. Pediría un aventón. No podría seguir caminando con las sandalias dañadas.

Quería llorar, para una persona tan tímida y a la vez orgullosa como ella, el mostrarse tan vulnerable ante una persona desconocida, que conociera su problemática, no era cosa fácil.

Tragó en seco, sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Qué haría en su casa? Habían cortado la luz, sólo en la nevera se encontraban potes llenos de agua, no tenía nada para comer. Tuvo que dejar a su hermana en casa de su tía para que no pasara hambre hasta que su madre pudiera arreglar la situación, bueno; si era que podía, con tantas deudas, eso era casi imposible. Lo peor es que debía pasar por aquella tienda donde ese viejo vigilaba a todo momento si ella entraba o salía para acosarla. Se sentía desesperada, no soportaba más esa vida.

Decidió cruzar la carretera para caminar unos metros más allá donde vio una tienda que tenía pegada en una pared el letrero amarillo de "Minutos". Había visto el letreo desde el poste y se le había ocurrido una idea que, aunque era demasiado vergonzosa y embarazosa, podría ayudarla.

-Buenas -dijo al acercarse al interior.

Encontró a una señora de unos cuarenta años acercándose hasta el largo mesón hecho por refrigeradores de cristal que mostraban su interior.

-¿A la orden? -preguntó.

La mujer la observaba con curiosidad, se notaba que había visto que Emely no se encontraba bien, aunque intentó ser discreta.

-Disculpe, es que quería pedirle un pequeño favor -suplicó la chica en un hilo de voz.

-¿Qué pasa? -inquirió.

-Es para ver si me podría regalar un minuto para llamar a alguien. En serio, es sólo un minuto -explicó-. Es que me he quedado varada y necesito volver a mi casa, es para que me vengan a recoger.

El rostro de la mujer se suavizó al ver que no era una emergencia tan grave. Aceptó con un movimiento de cabeza y buscó entre una cajita de madera a su derecha un celular antiguo, de esos de botones que estaba enrollado en una pequeña y larga cadena de hierro que Emely no logró encontrar con qué conectaba, por lo que era muy larga.

La señora se le pasó el celular para que marcara el número. Emely lo hizo rápido, se lo había aprendido en una rima.

Su corazón latió con fuerza cuando escuchó el celular sonar, fueron dos timbradas y después se escuchó la voz joven y varonil.

-¿Haló?

-¿Ian? -dijo Emely.

-Sí, con él, ¿con quién hablo?

-Soy Emely, la amiga de Diana.

-Ah... Emy, hola -su voz se suavizó y se volvió más alegre-. ¿Ya pensaste en el regalo que quieres de cumpleaños?

-Sí, ¿podrías dármelo ahora?

-¿Ahora? -el joven lo pensó un momento- Depende de lo que sea.

-Es muy sencillo, ¿podrías llevarme a mi casa?

-¿A tu casa?

-Sí, te explico aquí, ¿puedes venir? No tengo mucho tiempo, me prestaron este celular.

Ian aceptó, tal vez lo hizo porque al final la joven ya se escuchaba desesperada. Ella le dio la dirección y después colgó. Le agradeció de todo corazón a la señora por haberle ayudado, la mujer se comportó muy bien con ella, de hecho, le dijo que, si no llegaban a recogerla, volviera a acercarse a ella, que le podría dar los pasajes para que pudiera irse a su casa.

Aquello alivió un poco a Emely, aceptó y después se acercó hasta la carretera para cruzarla. Le había dicho a Ian que esperaría en un paradero de bus que estaba en frente de la tienda. Allí estuvo alrededor de quince minutos debatiendo entre si él llegaría o no lo haría.

Pero de pronto una moto negra se detuvo frente a ella, no podía ver quién era, el hombre tenía puesto el casco que cubría por completo su rostro. Emely sabía que se estaban mirando fijamente, podía sentirlo, ¿quién era?

El hombre se quitó se quitó el casco y Emely pudo ver que se trataba de Ian.

-Emely -dijo con tono serio y algo preocupado-, ¿te sucede algo?

La mandíbula de la chica comenzó a temblar, sentía que si hablaba soltaría el llanto. Quitó un mechón de cabello pegado a su frente por el sudor y tragó en seco.

Ian la reparó de pies a cabeza, dándose cuenta que ella estaba pasando por un muy mal momento; los pies de la chica se veían llenos de polvo y resecos, como si hubiera caminado un muy largo trayecto.

-¿Qué sucede? -volvió a preguntar el joven.

-Mi sandalia se dañó -dijo Emely con voz quebrada-, y no puedo ir a casa.

-¿Por qué?

-Tuve que... -Emely trató de controlarse- llevar a mi hermanita donde mi tía -las lágrimas comenzaron a brotar-, me he quedado sin pasajes.

-Ven, yo te llevo, -dijo Ian- tranquila. No llores, sube, te llevo hasta tu casa.

Emely comenzó a negar con la cabeza.

-Es que, mi mamá no ha llegado aún a la casa -dijo ella.

Ian trataba de entender el comportamiento de Emely, algo le decía que su problema no era sólo de haberse quedado varada en la calle.

-¿Qué te sucede realmente? -le preguntó-, dime, tal vez yo te pueda ayudar.

¿Cómo podría Emely decirle a Ian, quien era un desconocido, que tenía hambre? ¿Que sentía que en cualquier momento se desmayaría por la falta de energía? Era algo muy vergonzoso, y lo peor, sabía que si no recibía su ayuda pasaría el día como el anterior, sin nada en el estómago.

Emely soltó el llanto, ya no podía soportarlo más. Ian se bajó de la moto y se acercó a ella, se sentó a su lado de la banca metálica y la abrazó: algo realmente malo le estaba pasando a Emely, podía presentirlo.

Cuando Emely se calmó, Ian observó el rostro pálido de Emely, tenía unas ojeras grandes y se veía un poco más delgada a como la vio la última vez, tal vez era porque se veía algo descuidada, o tal vez eran las dos cosas.

-¿Qué sucede? -preguntó-, tal vez te pueda ayudar.

-Es que... -Emely soltó las lágrimas, pero esta vez eran de vergüenza- mi mamá y yo estamos pasando por un muy mal momento. ¿Recuerdas esa noche que me encontraste en la tienda?

-Sí, ¿es algo de ese viejo pervertido? -inquirió Ian preocupado-, ¿te hizo algo?, ¿sigue molestándote?

-Mi mamá le debe mucho -respondió Emely-, y sí, él me acosa. Cada vez que debo pasar por allí, me llama, me pregunta cuándo mi mamá le va a pagar y me da mucho miedo pasar por ahí. Ayer se me acercó, me preguntó y cuando me quise ir, él me siguió por unas calles, hice que no vi nada, pero me dio mucho miedo, tengo miedo de pasar otra vez sola. Sabes que esa parte en la noche es algo oscura y ya va a anochecer.

-¿Le has contado a tu mamá?

-No, claro que no. Ella ya tiene suficiente con las muchas deudas, ella ya no puede dormir por el estrés, anoche estuvo llorando por un largo tiempo en su cuarto. Tuvimos que dejar a mi hermana donde mi tía porque como el tendero ya no nos fía, pues... -su voz se quebró- las cosas empeoraron. Yo quiero ayudar a mi mamá, pero no sé cómo. Hoy en la tarde ayudé a una vecina con sus niños y limpié su casa, pero me dijo que me pagaría el fin de semana, y eso no me sirve así. Además, paga muy poquito, es una miserableza para todo lo que debo ayudarla.

Emely comenzó a limpiar las lágrimas de su rostro, pero se sentía tan desesperada que volvían a salir con más fuerza. No era capaz de ver a Ian al rostro, tenía demasiada vergüenza, era tanta, que sabía que él ya no podía ayudarla, había escogido a la persona equivocada.

A Ian la historia de Emely le impactó. Se veía que ella estaba desesperada, tenía mucha vergüenza de estar allí, pero su desespero era tan grande que se obligaba a contarle todo, a él, que, como ella le dijo días antes, era un completo desconocido. ¿Pero cómo podría ayudar? Emely era menor de edad, seguramente sin experiencia alguna, estaba estudiando, así que era imposible darle trabajo en alguno de sus hoteles.

-Emely -dijo-, me encantaría ayudarte, pero... francamente, no sé cómo. Tu problema es de dinero, ¿cierto?, yo podría darte trabajo en uno de mis hoteles, pero, eres menor de edad. Mi padre dejó una política bastante rigurosa.

-Lo sé, lo sé -soltó ella-, no te preocupes, no te sientas obligado. Creo que lo mejor es...

-Espera, espera -la tomó de un brazo al ver que iba a irse-. Realmente quiero ayudarte, déjame pensar. No te estoy diciendo que no, sólo necesito pensar cómo ayudarte.

Emely volteó a verlo, aún con un rostro bastante apenado, pero con sus mejillas encendidas.

-¿Qué sabes hacer? -le preguntó-, puede que yo no te dé trabajo, pero puedo conseguirte uno.

La joven volvió a soltar el llanto.

-Es que ese es problema -dijo Emely-, yo he buscado trabajo, todo el año he tratado de hacerlo. Pero no puedo, no puedo porque no sé hacer nada. Lo único que puedo hacer cuando tengo tiempo es limpiar casas, pero nadie me deja fija por ser menor de edad, siempre me ponen esa excusa y me pagan muy poco, se aprovechan de mi edad para explotarme y pagarme una mísera, a veces ni me pagan lo que acordamos.

Emely se limpió las lágrimas y volvió su mirada hacia la carretera.

-Es que ese es problema, sólo tienes dieciséis años -respondió Ian.

-Pero sé hacerlo bien, es lo único que sé hacer bien -insistió ella.

-¿No has intentado dar clases a niños?

-Sí, pero como te digo... me pagan muy poco por ser menor de edad, me utilizan. Como me ven así, toda tímida, creen que soy tonta.

-Lo imagino, debe ser un gran problema.

Se creó un silencio entre ellos. Un fuerte dolor de cabeza se apoderó de Emely y una debilidad la consumió. Siguió llorando en silencio, pero intentaba buscar una solución a sus problemas, como lo llevaba haciendo todo el año.

-Ian, ¿dónde te estás quedando? -preguntó la joven.

-En mi apartamento -respondió el muchacho-. Queda cerca de la casa de mamá. Antes vivía allí, pero, cuando papá murió, mi mamá dijo que me quedara con ella un tiempo, que, supuestamente le hacía falta. Lo peor fue que yo le creí.

-Ian, ¿y si yo te ayudo? -preguntó ella.

Emely lo miró con intensidad. Ian trataba de descifrar lo que ella quiso decirle con esa frase, sabía que la joven era tan tímida como para ponerlo en palabras textuales.

-¿Cómo ayudarme? -inquirió, notó que Emely se volvió a ruborizar-, ¿limpiando mi apartamento?, ¿eso?

-Olvídalo, fue una pésima idea -Emely se levantó de la banquilla metálica y dio dos pasos hacia adelante.

-Espera, Emely, espera -pidió Ian-. Sí, es buena idea. Sí.

No, él sabía que no era una buena idea. Quería ayudar a Emely, pero sabía que esa no era la forma correcta. A él también le parecía un problema la edad de la chica, podría traerle inconvenientes con la madre de la joven, que las personas pensaran que él hacía cosas raras con ella en su apartamento. De hecho, hasta a él se le hacía raro que le diera trabajo como empleada de servicio a una chica de dieciséis años cuando podía contratar a alguien con más edad.

Emely volteó a verlo con una gran sonrisa en su rostro. Sus manos comenzaron a jugar entre sí mientras se acercaba a él.

-¿De verdad? -preguntó, aún con los ojos llenos de lágrimas.

-Sí, te dije que quiero ayudarte -respondió Ian. Era cierto, por encima del qué dirán, estaba Emely: una joven desesperada por la situación de su familia.

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Emely sabía que Ian la invitó a comer porque dedujo que no habría comido nada en todo el día. Pero para esas alturas de la vida, no le interesaba si daba lástima, porque sabía que no podía tener orgullo cuando estuvo a punto de desmayarse del hambre. Aquel guisado estaba delicioso: una carne grande, con papas, ensalada y una limonada bastante fría; una porción enorme que la dejó como tenía tiempo que no se sentía, llena.

Pero ella sabía que Ian ahora era quien tenía un problema. Mientras comían, el joven mostraba un rostro bastante pensativo, uno que llevaba desde que él aceptó ayudarla. Ella no quería preguntarle la razón, necesitaba el trabajo, tenía que amarrarse a la palabra de Ian, orar a Dios para que él fuera alguien que cumpliera lo que decía.

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