Estando frente a la tienda y bar, un viejo gordo, con una prominente barriga se acercó al mesón y desplegó una gran sonrisa ladeada.
-Buenas noches, señor Francisco -saludó Emilia intentando no sonar nerviosa.
-Dime que ya traes mi paga -arremetió el hombre con una voz ronca.
-Hum... no -soltó la joven con nerviosismo-, pero mi mamá dijo que pagará todo el cinco -aclaró con afán-, que la empresa se ha atrasado con el pago, pero que ya le pagarán, en serio.
El hombre soltó una pequeña risa sarcástica.
-Bueno, entonces esperaré al cinco -dijo mientras apoyaba un codo al mesón de madera-. Dile a tu mamá que le fiaré cuando cancele la cuenta.
-Pe-pero... señor... por favor.
-Aunque... puedo perdonar la deuda si me entregas tu virginidad. -Desplegó una sonrisa retorcida y se inclinó más hacia ella, golpeándola con su pestilente aliento-. Es un trato justo... ganaremos los dos, ¿aceptas?
La respiración de Emilia nuevamente se contuvo y su rostro se volvió algo sombrío.
-Ayudarás a tu mamá, ¿no quieres ayudarla, Emilia? -dijo el hombre aun sosteniendo su sonrisa retorcida que mostraba sus dientes torcidos y sucios. Empezó a alargar lentamente una mano con intención de tocarla.
Emilia se volvió muda. Estaba perpleja, sus manos sudaban y temblaban.
Un joven que llevaba puesta una chaqueta negra se posó a la derecha de Emilia, interrumpiendo por completo la conversación entre ella y el tendero.
-Buenas noches -saludó al viejo gordo-, una cerveza, por favor.
El hombre con un rostro serio y un tanto amargado se dirigió a buscar la cerveza.
Emilia no sabía quién era aquel joven, pero, deseaba que se quedara a su lado hasta que el tendero le diera su pedido.
Por un momento subió la mirada por encima de su hombro y vio a un joven alto, de cabello negro y con piel un poco bronceada por el sol. Se veía mucho mayor que ella, debía tener alrededor de unos veinticinco años.
-¿Te estaba molestando? -preguntó el joven.
Aquello sorprendió a Emilia, ¿acaso se dio cuenta de lo que estaba sucediendo? ¿No se posó a su lado por casualidad?
-Eres la amiga de Amanda, ¿no? -dijo el joven.
-Ah... ¿Amanda? -Emilia lo miró fijamente un tanto dudosa.
-Eres la chica que llegó hace dos días a mi casa para hacer un trabajo con Amanda.
Y fue ahí donde Emilia lo recordó, él debía ser Antony, el hermano mayor de Amanda; ella hablaba mucho de él. Lo fastidioso que era y las muchas discusiones que tenía con su madre. Llevaba dos meses viviendo en la casa y, según Amanda, por su culpa el hogar se volvió un infierno.
-Sí, soy amiga de Amanda -respondió Emily.
-¿Qué hace una jovencita tan sola en este bar? -preguntó Antony.
La chica se ruborizó y rodó la mirada por la terraza del bar que también funcionaba como tienda de conveniencia. Los borrachos estaban agolpados en las sillas, con las mesas llenas de botellas de alcohol.
Los ojos color miel de Antony la escrutaban con minuciosidad. Emilia, ruborizada, subía tímidamente los hombros. La pregunta aún retumbaba en la mente de la jovencita sin saber qué responder.
-¿Qué hace una jovencita tan sola en este bar? -Volvió a preguntar Antony, dispuesto a recibir una respuesta.
-Necesito llevar el pedido -respondió Emilia en un hilo de voz.
El joven se acomodó en su puesto para verla mejor, inclinando su ancho pecho hacia ella. Emilia, siendo delgada y un poco baja a comparación del fornido joven, se veía sumamente indefensa a su lado. Sin duda alguna era sumamente guapo: cabello liso, nariz respingada, labios rosados y carnosos; con sus botas, pantalón baquero y chaqueta negra de cuero se veía informal, de esos hombres que no deben arreglarse tanto para dar a relucir su belleza.
La garganta de Emilia estaba seca y sus mejillas sumamente rojas, algo que la avergonzaba cada vez más. Él la rescató de un momento sumamente incómodo que fue causado por su madre y su vida inestable que la tenía sumida en una gran desgracia.
-¿Pedido? -preguntó Antony.
-Sí, para mi casa -respondió ella, dispuesta a no decir nada más.
-¿Ese viejo te estaba molestando? -preguntó Antony.
Emilia bajó por un momento la mirada, no quería hablar de sus problemas con un desconocido.
-Si te está molestando, nada más tienes que decirme y yo me encargaré de él -le dijo el joven-. Conmigo estás a salvo.
-La cerveza -dijo el tendero poniendo la botella fría sobre el mesón frente a Antony.
El joven rodó una butaca alta de madera y se sentó en ella, prácticamente custodiando a Emilia de aquel depravado que intentaba aprovecharse. Tomó un tragó de su cerveza mientras pasaba una mirada por Emilia y desplegó una sonrisa torcida.
El señor Francisco se veía molesto, por momentos rebuznaba al darse cuenta de que ya no podría seguir el tema si aquel joven estaba pendiente de Emilia.
-Bien, dame la lista -ordenó el hombre mientras extendía la mano izquierda.
Emilia le pasó con rapidez el papel, aliviada al saber que no se iría con el estómago vacío la mañana siguiente.
El hombre comenzó a poner tomates, cebollas, huevos y otras cosas más encima del mesón.
-¿En qué curso estás? -preguntó Antony.
-Décimo -respondió Emily confundida, ¿acaso no sabía que estudiaba con su hermana?
-¿Cómo te llamas?
-Emilia.
-Soy Antony.
-Lo sé -informó la joven.
-¿Sí? -inquirió Antony.
-Amanda habla mucho de ti.
Antony soltó una pequeña risita mientras negaba con la cabeza.
-Me imagino las cosas que te ha dicho de mí -soltó con un tono decepcionado.
-Te odia y te ama al mismo tiempo.
-Como todos en esa maldita casa -bufó Antony y después le dio un trago a su cerveza.
Emilia no necesitaba que le contaran mucho para darse cuenta de que Antony era la oveja negra de la casa. Todos parecían tenerle envidia, ¿y quién no? Era hijo único de un hombre millonario que recién había muerto de un ataque al corazón y le dejó toda su herencia.
El señor Francisco comenzó a sacar la cuenta de toda la compra, extendió la bolsa a Emilia y sacó una libreta en mal estado con hojas arrugadas, buscó la cuenta entre el montón de números y tachones, hasta llegar a una suma bastante extensa en la cual, al final, donde parecía que no cabía un número más, escribió una cifra que le pareció muy elevada a Emilia.
La jovencita notó que hacía falta la cartulina y los marcadores.
-Señor Francisco -llamó la joven-, ¿no tiene marcadores y cartulina?
-Sabes que yo no vendo eso.
-Pe-pero, su esposa sí.
El hombre dejó salir un bufido y alzó la mirada de la libreta.
-Esa es mi esposa y ella no fía -aclaró de mala gana-. Eso ya te toca comprarlos.
Emilia acentuó con la cabeza, sus mejillas se ruborizaron en gran manera y sentía un impulso de salir corriendo de aquella tienda que en realidad era más una cantina de mala muerte.
-Dile a tu mamá que, si mañana no me paga, ni se aparezca por aquí, que vea cómo come en estos días -gruñó el hombre-. Lo único que hace es pedir y pedir, pero no paga.
-Sí, señor -aceptó Emilia.
El hombre cerró la libreta con sequedad y observó fijamente a Emilia, barriéndola de pies a cabeza.
-Piensa en lo que te dije -agregó y sonrió sombríamente.
La mirada de la jovencita trataba de enfocarse en un lugar donde no viera el rostro de aquel hombre y, además, no tuviera a la vista a Antony; le parecía vergonzoso, estaba siendo humillada frente a él.
Emilia salió a gran prisa de la tienda sin despedirse del joven. Antony se quedó con más preguntas que respuestas, desde hace días la venía observando cuando lograba encontrarla en la casa de su madre, le encantaba la belleza de Emilia, además de su gran inocencia y ternura; pero ahora veía que estaba desprotegida, no tenía nadie que la ayudara en aquel mundo malvado que la consumía.
Y mientras la veía desde una ventana cruzar la carretera, se prometió que sería él quien de ahora en adelante la protegiera de todo aquel que intentara hacerle daño, comenzando por el tendero.
Los estudiantes se amontonaban en grupos en todo el salón de clases, rodando los pupitres con ellos. El día era gris, obligando a los profesores a encender las luces para tener mejor visibilidad en los salones.
Una chica de rostro redondo y cabello largo, liso y negro se acercó a Emilia con una cartulina en sus manos.
-¿Nos ponemos en grupo? -preguntó.
Emilia comenzó a negar con la cabeza.
-No traje nada -respondió.
La chica hizo un puchero y se sentó en un pupitre frente a Emilia.
-La mía es bastante grande -dijo-, podemos dividirla.
Aquella joven era Amanda, la hermana menor de Antony.
-¿Ya tienes con quién hacer el trabajo de matemáticas? -preguntó Amanda-, podemos hacerlo juntas, de paso me explicas, porque no entendí nada y no sé cómo haré con la evaluación.
Amanda se levantó del pupitre y se dirigió hasta donde se encontraba un bolso rosado, lo abrió y sacó una caja de marcadores nuevos. Rápidamente llegó hasta donde se encontraba Emilia y volvió a sentarse en el mismo asiento.
-Imagínate que ayer Antony llegó borracho a la casa -comenzó a contar Amanda-. Terminó discutiendo con mi papá y él lo echó de la casa, imagínate. ¿Y sabes lo que hizo Antony?
-¿Qué hizo? -preguntó Emilia.
-Dijo que sí se iba a ir. Que ya no aguantaba vivir más con nosotros. Pero mi mamá le dijo que, si se iba, debía pagar los dos meses que estuvo con nosotros, y es que es justo ¿no crees? Después de llegar de arrimado, hacernos la vida un infierno, es lo más conveniente. A él le sobra el dinero y es dueño de varios hoteles, qué envidia. El muy tacaño no nos ha dado nada, lo único que me dio en estos dos meses fue la cartulina y los marcadores; menos mal los trajo, porque yo ni me acordaba que debía traerlos hoy.
-¿Antony fue quien te los dio?
-Sí, los trajo junto con una botella de cerveza -Amanda desplegó una sonrisa-, hablaste con él ayer, ¿verdad?
-Lo encontré en la tienda -respondió Emilia.
-Eso me dijo, que necesitabas una cartulina, pero que no la había en la tienda y que para esa hora ya era tarde. Él fue quien me dijo que lo compartiera contigo.
Las mejillas de Emilia se ruborizaron y una gran vergüenza la consumió.
-Bueno, imagino que Antony no es tan malo como creo que es -soltó Amanda-. Oye, Emilia, si lo encuentras otra vez por ahí, no seas boba, sácale algo.
-¿Cómo se te ocurre decir eso?
-Ay, por favor, ¿me vas a decir que no te gusta la idea?, sabes que a él le sobra el dinero.
-Pero recién lo conozco -Emilia hizo un puchero-, además, no se ve tan malo como lo muestras.
-Claro, si se nota que le gustas.
-¿Eh?
-Sí, ¿por qué crees que me dio esto?, él nunca se ha preocupado por si debo llevar algo a clases. Se me hizo tan raro que me lo diera. -Amanda se emocionó-. Por eso te digo que podrías sacarle algo bueno. Ven hoy a mi casa a hacer el trabajo de matemáticas, él estará ahí empacando sus cosas, hablas con él y le dices que te invite a cine, ¡y me llevas, debes llevarme!, le sacaremos todo lo que podamos a ese idiota.
-¡Claro que no, no voy a hacer eso! -se negó Emilia.
-¡Tú si eres boba!, ¿cómo vas a perder una oportunidad como esta? -Bufó Amanda-, ¿no quieres conocer el cine?, me dijiste que nunca has ido.
-Me vería muy regalada si le pido a tu hermano que me lleve.
-No se lo vas a pedir, se lo vas a insinuar, por favor. ¿Recuerdas cuando le quitamos al chico de la panadería los pasteles?, ¡así!
Emilia hizo un gesto de fastidio y después comenzó a dibujar en la cartulina.
La casa de Amanda quedaba en el barrio vecino, a unas diez cuadras de la casa de Emilia, así que debía caminar bastante, lo bueno era que esa tarde estaba nublada y la joven podía caminar sin problema alguno.
El vecindario donde quedaba la casa de Amanda era bastante tranquilo, con viviendas grandes, terrazas amplias y enrejadas, fachadas impecables con carros de marcas de lujo parqueados frente a ellas. Algunos perros de raza se asomaban por las rejas, moviendo las colas al ver pasar a Emilia para comenzar a ladrar.
La joven llegó a una esquina, había una casa pintada de un azul cielo con las columnas blancas y un jardín un poco descuidado. Había una Toyota Prado último modelo de color negro parqueada frente a la vivienda, en el interior de ésta un joven estaba subiendo unas cajas marrones.
Emilia observó curiosa, se acercó un poco más y notó que se trataba de Antony. Tenía un semblante algo furioso. El joven cerró la puerta del vehículo y posó su mirada en la chica, su semblante poco a poco se suavizó.
-Emilia -saludó.
-Hola -respondió ella con una voz un tanto tímida.
Los ojos de Antony la barrieron de pies a cabeza y sonrió seductoramente.
-Qué hermosa estás hoy -dijo él y se acercó a ella, acariciando un mechón de su cabello que caía sobre su hombro derecho.
Emilia dio un paso atrás, sintiendo su corazón latir desbocadamente de la emoción por tener a aquel joven tan cerca, al punto en que pudo sentir la respiración de Antony golpear sobre su mejilla derecha.
-Amanda está adentro, ¿la llamo? -informó Antony, alejándose de la chica para no intimidarla más; era evidente que le divertía despertar en ella la timidez.
-Ah... yo entro, no te preocupes -dijo Emilia-, ¿te estás mudando?
-Sí, imagino que Amanda ya te lo habrá dicho.
-Sí, me lo contó en la mañana -confesó la chica un poco apenada.
-Realmente Amanda es una chismosa -soltó Antony-, todo lo cuenta. ¿Qué más te dijo?
-Nada relevante, no te preocupes.
-¿Sirvió la cartulina?
Emilia se ruborizó por completo, algo que hizo sonreír al joven.
-No debiste hacer eso -soltó ella con timidez.
-La compré por mi hermana, debía llevarla.
-¿Una cartulina completa?
-Así podría compartirla con su amiga -soltó Antony sonriente.
Amanda se asomó por una ventana y vio a Antony conversando con Emilia, corrió hasta la puerta.
-Por fin llegas -dijo Amanda caminando hasta donde se encontraba su amiga.
Emilia volteó a verla, le sonrió amablemente y después se saludaron con un beso en la mejilla.
-Antony -Amanda volteó a ver a su hermano-, Emilia cumple el domingo -informó Amanda-, dieciséis años.
-Amanda -pidió Emilia.
-¿Qué? -preguntó la joven-, lo bueno de los cumpleaños es que uno puede recibir regalos, es obligatorio, si no, ¿qué gracia tienen?
La mirada de Antony viajaba de Amanda hasta Emilia, parecía que las analizaba y Emilia odiaba eso. Emilia le sonrió con amabilidad al joven y después hizo que su Amanda entrara a la casa, tomando lugar en la sala.
Amanda se dirigió a la cocina, según ella, para traer una limonada que estuvo preparando.
Antony bajó unos minutos después las escaleras que comunicaban el segundo piso con una maleta de color negro, se detuvo al ver a Emilia bastante concentrada en la libreta, escribiendo en ellas formulas numéricas con un lápiz.
-¿En verdad cumples el domingo? -preguntó él, acercándose a la joven.
-Sí -contestó.
-¿Qué es lo que siempre has querido para tu cumpleaños?
Emilia comenzó a negar con la cabeza, sintiéndose bastante apenada.
-No te preocupes por eso, ignora lo que dijo Amanda -soltó, sintiendo como la sangre subía a sus mejillas.
-No lo pregunto por lo que dijo Amanda -replicó Antony y se sentó a su lado en el mueble-. Quiero hacerlo.
Emilia volvió su mirada a la libreta que sostenía sobre sus piernas, se sentía muy incómoda.
-No me conoces, Antony -dijo-, no debes darme nada en mi cumpleaños.
-Claro que te conozco, ¿no estoy hablando contigo ahora?
La joven volteó a verlo y soltó una pequeña carcajada.
-Dices unas cosas... -Emilia comenzó a negar con la cabeza.
-Me agradas, Emilia -Antony la contempló fijamente-, eres una buena chica.
Emilia tragó en seco, aquellas últimas palabras de Antony sonaron con mucho significado, algo que ella trataba de no aceptar.
-Entonces, ¿qué es lo que quieres para tu cumpleaños? -volvió a preguntar el muchacho.
Ella volvió a negar y llevó su mirada hasta el pasillo, allí venía Amanda con dos vasos de vidrio llenos de limonada.
-Piénsalo y después me dices, apunta mi número -puso una mano encima de las de Emilia- trescientos ocho cincuenta catorce diez.
Emilia inspiró profundo y retuvo la respiración.
-Una chica tan inteligente como tú de seguro recordará ese número, ¿verdad, Emilia? -le susurró cerca al oído.
Antony se levantó y se marchó fuera de la sala, dejando a las dos chicas solas.
-Bueno... -soltó Amanda- hice lo que pude con esta limonada.
Emilia se acomodó en el mueble y tragó en seco, rápidamente tomó el vaso de limonada para después comenzar a beberlo con rapidez. El sabor del limón se sentía bastante fuerte y maltrató su garganta, pero no le importó, sus nervios se habían disparado gracias a la conversación que tuvo con Antony.
-¿Tan rica me quedó? -preguntó Amanda con una sonrisa en su rostro.
La joven bajó el vaso de vidrio a medio tomar hasta sus piernas y respiró hondo. Decidió anotar el número antes que se le esfumara de la mente. Ella no era tonta, sabía que para algún momento le serviría tener el número de Antony.
Y sí, muy pronto aquel número telefónico le cambiaría la vida para siempre.
La calle se veía calurosa y polvorienta, Emilia dio un paso doloroso al sentir las vejigas en las plantas de sus pies implorarles que se detuviera. Fue una mala idea decirle a su madre que llevaría a su hermana con el dinero que había ahorrado, cuando sólo le alcanzaba para un pasaje de bus. El caminar hasta su casa era un infierno encarnado, estaba muy lejos. Pero a la vez se sentía aliviada al saber que dejó a su hermanita donde su tía, un lugar donde dormiría sin calor y comería todos los días. Lastimosamente, esa no iba a ser la suerte de Emilia, porque no tenía dinero para volver, ya que, al llegar a la casa de su tía, la mujer no estaba allí y solamente se encontraba su prima con la cual no se llevaba bien, quien no quiso darle dinero para poder regresar, así que llevaba más de una hora caminando bajo el inclemente sol.
Tenía un gran dolor de cabeza ocasionado por la desnutrición y con el sol caliente se convirtió en una migraña y su boca estaba seca por la deshidratación. Pero para su mala suerte, no llevaba ni la mitad del trayecto completado y en el cielo no había rastro de alguna nube que cubriera el sol.
Sintió que una de sus sandalias negras se desprendió. Bajó la mirada a sus pies al detenerse en seco, sintiendo el nudo en su garganta crecer. Sentía que aquella terrible situación no la podría soportar más, la estaba volviendo loca.
Caminó hasta un poste de luz y se recostó a él; estaba sudada, cansada. Observaba la carretera principal botando aquel terrible resplandor y a su mente llegó lo que ella nunca pensó que haría. Pediría un aventón. No podría seguir caminando con las sandalias dañadas.
Quería llorar. Para una persona tan tímida y a la vez orgullosa como ella, el mostrarse tan vulnerable ante una persona desconocida, que conociera su problemática, no era cosa fácil.
Tragó en seco, sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Qué haría en su casa? Habían cortado la luz, sólo en la nevera se encontraban potes llenos de agua, no tenía nada para comer. Tuvo que dejar a su hermana en casa de su tía para que no pasara hambre hasta que su madre pudiera arreglar la situación, bueno; si era que podía, con tantas deudas, eso era casi imposible. Lo peor es que debía pasar por aquella tienda donde ese viejo vigilaba a todo momento si ella entraba o salía para acosarla. Se sentía desesperada, no soportaba más esa vida.
Decidió cruzar la carretera para llegar a una casa y pedir ayuda para poder llamar a quien creía que sería la única persona que podría ayudarla.
-Buenas tardes -dijo al tocar la puerta de la vivienda y ver a una mujer de cuarenta años abrir.
-¿A la orden? -preguntó la señora.
La mujer la observaba con curiosidad, se notaba que había visto que Emilia no se encontraba bien, aunque intentó ser discreta.
-Disculpe, es que quería pedirle un pequeño favor -suplicó Emilia con la voz rota.
-¿Necesitas ayuda, niña? -inquirió con curiosidad.
-Es para ver si me podría prestar su teléfono para llamar a alguien. En serio, es sólo un minuto -explicó-. Es que me he quedado varada y necesito volver a mi casa, es para que me vengan a recoger.
El rostro de la mujer se suavizó al ver que no era una emergencia tan grave. Aceptó con un movimiento de cabeza y buscó en la sala un teléfono para después ofrecérselo.
Emilia marcó con rapidez el número, su corazón latió con fuerza cuando escuchó el celular sonar, fueron dos timbradas y después se escuchó la voz joven y varonil.
-¿Hola?
-¿Antony? -preguntó Emilia.
-Sí, con él, ¿con quién hablo?
-Soy Emilia, la amiga de Amanda.
-Ah... Emy, hola -su voz se suavizó al instante y se volvió más alegre-. ¿Ya pensaste en el regalo que quieres de cumpleaños?
-Sí, ¿podrías dármelo ahora?
-¿Ahora? -El joven lo pensó un momento-. Depende de lo que sea.
-Es muy sencillo, ¿podrías llevarme a mi casa? -explicó Emilia.
-¿A tu casa?
-Sí, te explico aquí, ¿puedes venir? No tengo mucho tiempo, me prestaron este celular.
Antony aceptó, tal vez lo hizo porque al final la joven ya se escuchaba desesperada. Ella le dio la dirección y después colgó. Le agradeció de todo corazón a la señora por haberle ayudado, la mujer se comportó muy bien con ella, de hecho, le dijo que, si no llegaban a recogerla, volviera a acercarse a ella, que le podría dar los pasajes para que pudiera irse a su casa. Aquello alivió un poco a Emilia, aceptó y después se acercó hasta la carretera para cruzarla. Le había dicho a Antony que esperaría en un paradero de bus. Allí estuvo alrededor de quince minutos debatiendo entre si él llegaría o no.
Pero de pronto una moto negra se detuvo frente a ella, no podía ver quién era, el hombre tenía puesto el casco que cubría por completo su rostro. Emilia sabía que se estaban mirando fijamente, podía sentirlo, ¿quién era?
El hombre se quitó el casco y Emilia pudo ver que se trataba de Antony.
-Emilia -dijo con tono serio y algo preocupado-, ¿te sucede algo?
La mandíbula de la chica comenzó a temblar, sentía que si hablaba soltaría el llanto. Quitó un mechón de cabello pegado a su frente por el sudor y tragó en seco.
Antony la reparó de pies a cabeza, dándose cuenta de que ella estaba pasando por un muy mal momento; los pies de la chica se veían llenos de polvo y resecos, como si hubiera caminado un muy largo trayecto.
-¿Qué sucede? -Volvió a preguntar el joven.
-Mi sandalia se dañó -dijo Emilia con voz quebrada-, y no puedo ir a casa.
-¿Por qué?
-Tuve que... -Emilia trató de controlarse- llevar a mi hermanita donde mi tía. -Las lágrimas comenzaron a brotar-. Me he quedado sin pasajes.
-Ven, yo te llevo -dijo Antony-, tranquila. No llores, sube, te llevo hasta tu casa.
Emilia comenzó a negar con la cabeza.
-Es que, mi mamá no ha llegado aún a la casa -dijo ella.
Antony trataba de entender el comportamiento de Emilia, algo le decía que su problema no era sólo de haberse quedado varada en la calle.
-¿Qué te sucede realmente? -le preguntó-, dime, tal vez yo te pueda ayudar.
¿Cómo podría Emilia decirle a Antony, quien era un desconocido, que tenía hambre? ¿Que sentía que en cualquier momento se desmayaría por la falta de energía? Era algo muy vergonzoso, y lo peor, sabía que si no recibía su ayuda pasaría el día como el anterior: sin nada en el estómago.
Emilia soltó el llanto, ya no podía soportarlo más. Antony se bajó de la moto y se acercó a ella, se sentó a su lado de la banca metálica y la abrazó: algo realmente malo le estaba pasando a Emilia, podía presentirlo.
Cuando Emilia se calmó, Antony le observó el rostro pálido, tenía unas ojeras grandes y se veía un poco más delgada a como la vio la última vez, tal vez era porque se veía algo descuidada, o tal vez eran las dos cosas.
-¿Qué sucede? -preguntó-, tal vez te pueda ayudar.
-Es que... -Emilia soltó las lágrimas, pero esta vez eran de vergüenza- mi mamá y yo estamos pasando por un muy mal momento. ¿Recuerdas esa noche que me encontraste en la tienda?
-Sí, ¿es algo de ese viejo pervertido? -inquirió Antony preocupado-, ¿te hizo algo?, ¿sigue molestándote?
-Mi mamá le debe mucho -respondió Emilia-, y sí, él me acosa. Cada vez que debo pasar por allí, me llama, me pregunta cuándo mi mamá le va a pagar y me da mucho miedo pasar por ahí. Ayer se me acercó, me preguntó y cuando me quise ir, él me siguió por unas calles, hice que no vi nada, pero me dio mucho miedo, tengo miedo de pasar otra vez sola. Sabes que esa zona en la noche es algo oscura.
-¿Le has contado a tu mamá?
-No, claro que no. Ella ya tiene suficiente con las muchas deudas, ya no puede dormir por el estrés, anoche estuvo llorando por un largo tiempo en su cuarto. Tuvimos que dejar a mi hermana donde mi tía porque como el tendero ya no nos fía, pues... -su voz se quebró- las cosas empeoraron. Yo quiero ayudar a mi mamá, pero no sé cómo. Hoy en la tarde ayudé a una vecina con sus niños y limpié su casa, pero me dijo que me pagaría el fin de semana, y eso no me sirve así. Además, paga muy poquito, es una miserableza para todo lo que debo ayudarla.
Emilia comenzó a limpiar las lágrimas de su rostro, pero se sentía tan desesperada que volvían a salir con más fuerza. No era capaz de ver a Antony, tenía demasiada vergüenza, era tanta, que sabía que él ya no podía ayudarla, había escogido a la persona equivocada.
A Antony la historia de Emilia le impactó. Se veía que ella estaba desesperada, tenía mucha vergüenza de estar allí, pero su desespero era tan grande que se obligaba a contarle todo, a él, que, como ella le dijo días antes, era un completo desconocido. ¿Pero cómo podría ayudar? Emilia era menor de edad, seguramente sin experiencia alguna, estaba estudiando, así que era imposible darle trabajo en alguno de sus hoteles.
-Emilia -dijo-, me encantaría ayudarte, pero... francamente, no sé cómo. Tu problema es de dinero, ¿cierto? Yo podría darte trabajo en uno de mis hoteles, pero, eres menor de edad. Mi padre dejó una política bastante rigurosa.
-Lo sé, lo sé -soltó ella-, no te preocupes, no te sientas obligado. Creo que lo mejor es...
-Espera, espera. -La tomó de un brazo al ver que iba a irse-. Realmente quiero ayudarte, déjame pensar. No te estoy diciendo que no, sólo necesito pensar cómo ayudarte.
Emilia volteó a verlo, aún con un rostro bastante apenado, pero con sus mejillas encendidas.
-¿Qué sabes hacer? -le preguntó-, puede que yo no te dé trabajo, pero puedo conseguirte uno.
La joven volvió a soltar el llanto.
-Es que ese es problema -dijo Emilia-, yo he buscado trabajo, todo el año he tratado de hacerlo. Pero no puedo, no puedo porque no sé hacer nada. Lo único que puedo hacer cuando tengo tiempo es limpiar casas, pero nadie me deja fija por ser menor de edad, siempre me ponen esa excusa y me pagan muy poco, se aprovechan de mi edad para explotarme y pagarme unos míseros pesos, a veces ni me pagan lo que acordamos.
Emilia se limpió las lágrimas y volvió su mirada hacia la carretera.
-Es que ese es un problema, sólo tienes dieciséis años -respondió Antony.
-Pero sé hacerlo bien, es lo único que sé hacer bien -insistió ella.
-¿No has intentado dar clases a niños?
-Sí, pero como te digo... me pagan muy poco por ser menor de edad, me utilizan. Como me ven así, toda tímida, creen que soy tonta.
-Lo imagino, debe ser un gran problema.
Se creó un silencio entre ellos. Un fuerte dolor de cabeza se apoderó de Emilia y una debilidad la consumió. Siguió llorando en silencio, pero intentaba buscar una solución a sus problemas, como lo llevaba haciendo todo el año.
-Antony, ¿dónde te estás quedando? -preguntó la joven.
-En mi apartamento -respondió el muchacho-. Queda cerca de la casa de mamá. Antes vivía allí, pero, cuando papá murió, mi mamá dijo que me quedara con ella un tiempo, que, supuestamente le hacía falta. Lo peor fue que yo le creí.
-Antony, ¿y si yo te ayudo? -preguntó ella.
Emilia lo miró con intensidad. Antony trataba de descifrar lo que ella quiso decirle con esa frase, sabía que la joven era tan tímida como para ponerlo en palabras textuales.
-¿Cómo me ayudarías? -inquirió, notó que Emilia se volvió a ruborizar-, ¿limpiando mi apartamento?, ¿eso?
-Olvídalo, fue una pésima idea -Emilia se levantó de la banquilla metálica y dio dos pasos hacia adelante.
-Espera, Emilia, espera -pidió Antony-. Sí, es buena idea. Sí.
No, él sabía que no era una buena idea. Quería ayudar a Emilia, pero sabía que esa no era la forma correcta. A él también le parecía un problema la edad de la chica, podría traerle inconvenientes con la madre de la joven, que las personas pensaran que él hacía cosas raras con ella en su apartamento. De hecho, hasta a él se le hacía raro que le diera trabajo como empleada de servicio a una chica de dieciséis años cuando podía contratar a alguien con más edad.
Emilia volteó a verlo con una gran sonrisa en su rostro. Sus manos comenzaron a jugar entre sí mientras se acercaba a él.
-¿De verdad? -preguntó, aún con los ojos llenos de lágrimas.
-Sí, te dije que quiero ayudarte -respondió Antony. Era cierto, por encima del qué dirán, estaba Emilia: una joven desesperada por la situación de su familia.
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Emilia sabía que Antony la invitó a comer porque dedujo que no habría comido nada en todo el día. Pero para esas alturas de la vida, no le interesaba si daba lástima, porque sabía que no podía tener orgullo cuando estuvo a punto de desmayarse del hambre. Aquel guisado estaba delicioso: una carne grande, con papas, ensalada y una limonada bastante fría; una porción enorme que la dejó como tenía tiempo que no se sentía: llena.
Pero ella sabía que Antony ahora era quien tenía un problema. Mientras comían, el joven mostraba un rostro bastante pensativo, uno que llevaba desde que él aceptó ayudarla. Ella no quería preguntarle la razón, necesitaba el trabajo, tenía que amarrarse a la palabra de Antony, orar a Dios para que él fuera alguien que cumpliera lo que decía.
-Emilia -llamó Antony de repente.
La joven tragó el pedazo de carne que estaba mascando, preocupada por su expresión seria.
-¿En qué horarios puedes ir a mi apartamento? -preguntó el joven.
-Bueno... -Emilia lo pensó dos veces antes de responder- después de clases, pero en unas dos semanas salgo de clases, así que estaré libre todo el día.
-No te preocupes de ir todo el día -tranquilizó el joven-. Puedes ir unas horas al día, yo prácticamente no estoy en casa, así que sólo limpias y ya.
Eso no le estaba gustando a Emilia, no le beneficiaba en lo absoluto. Su rostro la delató.
-Pero te pagaré el salario completo, el justo -aclaró Antony al verla con aquel semblante preocupado.
-¿El... completo?, ¿el mínimo establecido? Antony, tampoco es para tanto -soltó una risa de vergüenza y nerviosismo-, no te preocupes.
-Dices que necesitas el dinero, ¿no?
-Sí...
-Irás todos los días, es lo justo -apoyó los codos en la mesa-. Tengo un gran desorden en mi apartamento en este momento, sabes que volví a mudarme y en dos meses... bueno... No soy la persona más organizada, realmente soy un desastre en mi apartamento. ¿Mañana puedes llegar y ayudarme a arreglar todo? Te pagaré el día completo, por aparte de tu sueldo, sé que eso también te puede ayudar para estos días, comprar la comida mientras resuelven su situación económica.
Los ojos de Emilia se iluminaron y sonrió ampliamente.
-Sí, claro, dejaré tu apartamento como un espejo -soltó.
-Pero en realidad está bastante desorganizado -advirtió Antony.
-No importa, en serio, como te digo, soy muy buena -sonrió con una enorme sonrisa-, no te vas a arrepentir en lo absoluto de haberme contratado.
Antony desplegó una sonrisa satisfecha.
-Te voy a dar la mitad de adelantado ahora para que puedas llegar mañana preparada y no tengas ninguna excusa para faltarme -sacó su billetera de su pantalón y extrajo de ella varios billetes.