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Amo de la perversión

Amo de la perversión

Autor: : Janeth Aguilar
Género: Urban romance
Rachel Ward se había convertido en la obsesión de Ludwig Reeves. Desde el momento en que la vio, juró que aquella mujer iba a ser suya. La chica mojigata de mirada profunda y perturbadora, labios sensuales y rostro angelical; se convirtió en un reto que no estaba dispuesto a rechazar, aún y cuando, su inocencia y timidez fueran un gran obstáculo para un hombre tan perverso. Después de aquella noche, en la que tuvo una probada del fruto de la tentación, del olor a inocencia, del ángel caído del cielo; decidió ir tras ella y satisfacer sus deseos más oscuros y prohibidos, sin saber que, aquel reto, se convertiría en su perdición; en la manzana prohibida de su propio paraíso. Una chica inocente y angelical entrará en un mundo oscuro y lleno de depravación que cambiará toda su vida de la noche a la mañana. Su ingenuidad será el motivo de sus desgracias y la causa por la que dos hombres se obsesionarán con ella y estarán dispuestos a hacerlo todo para tenerla. Un enfrentamiento que provocará terribles consecuencias y en la que solo uno será el gran vencedor. Reeves, hará lo que sea para quitar de su camino a todo lo que se interponga en sus planes de hacerla suya. El destino de Rachel estará en las manos del hombre más oscuro y peligroso, uno capaz de llegar hasta las últimas instancias para obtener lo que quiere, un hombre al que todos llaman... Amo de la perversión. Reeves, está aquí y ahora la quiere a ella. Identificador 2108259036837 Fecha de registro agosto-2021 © Todos los Derechos Reservados

Capítulo 1 Prólogo

Nunca pedí venir al mundo, llegué siendo un alma ingenua e inocente en medio de un mundo corrupto, lleno de caos y perversión. Un pequeño ser al que la vida todo se lo negó y no tuvo más opciones que luchar con sus uñas para sobrevivir. He escuchado a diversos teóricos decir que, por ley universal, todo ser humano al nacer debe ser amado y protegido por sus padres, tener una familia que se supone, debe estar a nuestro lado, nos debe guiar, brindar su apoyo y darnos su amor incondicional.

Sin embargo, todo fue una sarta de asquerosas mentiras ideadas por un grupo de psicópatas fanáticos que se hacen llamar especialistas familiares y que no tienen ni una maldita idea de lo que dicen.

Mi madre, una puta adicta a la heroína, cuyo único error fue estar drogada hasta la inconsciencia la noche en que fue abusada por sus compañeros de adicción. Mi padre, uno de los tantos sujetos que depositaron su esperma en la desgastada vagina de la mujer que se hizo llamar mi madre, pero a la que nunca tuve la fortuna de conocer. Nueve meses después, fui abandonado en las puertas de un prostíbulo que se convirtió en mi hogar y en el que el olor a tabaco rancio, licor, sexo y orina; fueron la única herencia que recibí por haberme atrevido a ocupar el vientre de una mujer que prefirió deshacerse de su hijo, antes que cargar con el recuerdo de una tragedia que cambió el rumbo de nuestras vidas para siempre.

¿Cómo pudo ser capaz de abandonar un pedazo de su vida? ¿Cómo puede llamarse madre a una mujer que tuvo el don de la procreación, pero que, sin pensarlo dos veces, se deshizo sin ningún remordimiento de la sangre de su sangre?

Le agradezco por haberme llevado en su vientre durante tanto tiempo, alimentarme y protegerme dentro de su cuerpo, en lugar de optar por una solución más fácil... Abortarme. Pero la maldigo con todas mis fuerzas por haber sido tan cobarde, por deslindarse de su responsabilidad de la manera más vil y desalmada en la que un ser humano, si acaso ella lo era, puede hacerlo. Abandonando a su suerte a un ser indefenso y puro cuando más la necesitaba.

―¡Maldita seas!

Espeto en voz alta. Aprieto los puños al recordar mi triste pasado. Uno al que ninguna criatura inocente jamás debería enfrentarse. Crecí siendo amamantado por una de las putas que se compadeció de mí cuando me encontraron abandonado dentro de una caja de cartón frente a las puertas de un burdel de mala muerte. Lloraba sin parar, azotado por el hambre y el frío. Un pequeño que estuvo a punto de morir por hipotermia bajo el cielo oscuro y helado de Nueva York, cuya única vestimenta era la sangre y un cordón umbilical cortado con torpeza.

Con la mirada puesta sobre el portarretrato que descansa sobre mi escritorio, sacudo las cenizas de mi cigarrillo en el cenicero de cristal. Inclino la cabeza hacia atrás y hundo el cilindro entre mis labios para darle una nueva y profunda calada. Lleno mi boca con el humo y lo retengo dentro de mis pulmones el tiempo suficiente para disfrutar de su adictivo sabor fresco y mentolado. Finamente, lo dejo salir con suavidad, expulsando pequeñas bocanadas que forman hermosos y perfectos aros de humo que se expanden en el aire hasta desaparecer por completo.

¿Quién se iba a imaginar que el destino metería sus manos para unir a dos almas que se necesitaban y se encontrarían en el momento más inesperado?

Luz Marina, ese era el nombre de la mujer que me cobijó entre sus brazos y dedicó toda su vida para convertirme en el hombre que ahora soy. Una puta que vendía su cuerpo para asegurarse que nada me faltara y que resultó siendo mejor madre que la maldita adicta al fentanilo que me engendró.

Una semana antes de que yo apareciera en su vida, sufrió el golpe más doloroso que una mujer puede recibir. Perdió a su primer y único hijo pocas horas después de que este naciera. El reporte médico indicaba que la causa de su muerte de menor era el síndrome de muerte infantil súbita. El pequeño falleció cuando dormía de manera apacible entre las almohadas mullidas de su pequeña cunita, en tanto era arrullado por ella. Fue un dolor terrible para la joven mujer que, además de perder a su pequeño bebé, también sufrió por el abandono del único hombre al que amó en toda su vida y que decidió desaparecer mientras se encontraba pariendo a su hijo en el quirófano de un hospital.

¡Maldito hijo de puta cobarde!

Una madre que padece por su hijo muerto y un niño que sufre por el abandono de su propia madre. Llegué a su vida como un ángel caído del cielo y ella apareció en la mía, como un premio de consolación para mi desafortunado destino. Dos vidas marcadas por el abandono y la pérdida, dos corazones endurecidos por el desamor y la traición.

Me forjé bajo su protección y aprendí todo lo que necesitaba de su negocio. Era su mano derecha y un aprendiz ávido de conocimiento que no se detenía ante cualquier circunstancia. Con el tiempo fui tomando el control y trabajé incansablemente a su lado para construir un imperio cuyo nombre fuera sinónimo de poder y grandeza. Un mundo en el que mi influencia y dominio fuera comparable con el poder del mismísimo Dios.

Tomo la foto entre mis manos y deslizo el pulgar sobre la superficie plana de vidrio para recorrer el contorno de su pequeña cara. Cuando tuve la oportunidad la aparté de esta vida y le concedí todo lo que una madre como ella merecía tener. Le di respeto, riquezas, lujo y cariño, porque, a pesar de que del lado izquierdo de mi pecho no existía un corazón, adoraba a la mujer que me aceptó y me recibió como a su hijo. No había nada en este mundo que me pidiera que no estuviera dispuesto a darle, sin embargo, no fui capaz de ofrecerle lo único que necesitaba de mí... vida.

Treinta y dos años después, toda la riqueza y el poder que poseía, no fueron suficientes para arrancarla de las inmundas garras de una enfermedad que se negó a dejarla ir y la apartó de mi lado para siempre. Desde entonces, la oscuridad y el rencor se apropiaron de mi alma y, cualquier indicio de algo cercano a lo que llaman sentimientos, quedó enterrado junto a ella... a tres metros bajo la tierra.

Soy un ser sin alma y sin corazón. Un hombre perverso y cruel que se alimenta de la debilidad de los demás y que disfruta al hacerlo. Soy el veneno que puede intoxicarte el alma y el corazón y destruirte en el proceso... Soy Ludwig Reeves, el amo de la perversión.

Capítulo 2 Más que amigas

―No seas tan aguafiestas, Rachel, te aseguro que esta noche nos divertiremos como nunca.

Muerdo mi labio inferior con nerviosismo. No creo que haya sido una buena idea engañar a mis padres diciéndoles que esta noche me quedaría a dormir en casa de Vicky. Bueno, a decir verdad, no es del todo mentira. Voy a quedarme con ella, pero la principal razón por la que lo hago es porque vamos a celebrar mi cumpleaños en un club nocturno de la ciudad. Se le ha metido en la cabeza que tal celebración debe ser un hecho trascendental y apoteósico. En lo particular, preferiría quedarme en casa con ella, ver alguna película romántica, preparar palomitas y beber jugo de arándanos hasta reventar. Me sentiría más segura y tranquila. Pensar en ese lugar, me tiene con el estómago revuelto y con ganas de vomitar.

―¿Qué te parece si mejor nos quedamos aquí y tenemos una noche de chicas? ―le propongo, animada―. Podríamos ir a la tienda por algunos bocadillos, rentar películas y cuando nuestros párpados se caigan debido al cansancio ―estoy hablando tan rápido que me quedo sin respiración―, nos mudamos a tu habitación y me cuentas acerca de las aventuras fantásticas que has vivido en ese club en el que trabajas.

La miro a través del reflejo del espejo, a la espera de que me responda con una afirmación. Sin embargo, mi propuesta parece no haber logrado su cometido. De un momento a otro, deja de apuntar el secador hacia mi cabello para disparar aire caliente hacia cualquier dirección. Me mira a los ojos con incredulidad, como si acabara de salirme una nueva cabeza. Apaga el secador, lo deja sobre el tocador y me rodea para quedar frente a mí.

―Espero que lo que acabas de sugerir sea solo una broma tuya de muy mal gusto ―me dice en tono de reproche―, porque llevo mucho tiempo planeando esta ocasión especial para ti y no pienso desistir a última hora ―cruza los brazos sobre su pecho, me lanza una mirada recriminatoria que me hace sentir avergonzada por intentar disuadirla, cuando lo único que ha hecho es preocuparse por mí. No me atrevo a responder, mucho menos a mirarla a la cara―. Rachel, mírame por favor.

Aun avergonzada, hago lo que me pide. Me contempla con una mirada cálida y dulce que puede derretir las capas de hielo del Polo Norte. Me gustaría ser tan confiada y segura como ella, sin embargo, soy todo lo contrario.

―Lo siento ―niego con la cabeza―. No quise decepcionarte.

Suelta un bufido, se sienta al borde del tocador.

―Nunca voy a decepcionarme de ti, cariño ―sonríe comprensiva―, eres la chica más dulce, inocente, bondadosa y especial que he conocido en toda mi vida, sin embargo...

Calla durante algunos segundos, mientras organiza las ideas dentro de su cabeza para lanzarme su acostumbrado discurso motivacional de, esfuérzate y hazlo. Me preparo para recibir el gran chaparrón que se me viene encima, conozco a mi amiga y sé lo intensa que puede ser en ocasiones. Es una mujer decidida y arrojada. Cuando se le mete una idea en la cabeza no hay quien la detenga.

―Lo sé, Vicky, pero es que no me siento bien mintiéndole a mis padres ―inhalo profundo―. Es la primera vez que lo hago.

Eleva la mano y me acaricia la mejilla con el dorso de sus dedos. Ella es mi mejor amiga y, a decir verdad, la única que tengo.

―Rachel, ya tienes veintiún años y hasta ahora no has disfrutado ni un solo segundo de tu vida ―no es la primera vez que me lo dice―, no permites que ningún chico se acerque a ti y, a estas alturas de tu vida, ni siquiera has recibido un beso.

Mis mejillas se llenan de rubor.

―Mamá, papá y tú, siempre me besan.

Sé a lo que se refiere, no obstante, prefiero no hablar al respecto. No estoy acostumbrada a hablar sobre asuntos tan privados e íntimos como ese.

―Tú mejor que nadie sabe que no es a ese tipo de besos al que me refiero.

Giro la cara para evadir su mirada. Se inclina y apoya la palma de su mano en su mejilla derecha para obligarme a que la mire a los ojos. Luego coge mis dos manos y las sostiene entre las suyas.

―Te la pasas metida en la iglesia siguiendo los pasos de tu madre, una fanática religiosa cuyo único propósito en esta vida, es seguir, al pie de la letra, todas las instrucciones de ese padre al que no le tengo ninguna confianza.

Ella está equivocada. El reverendo Graham es un hombre bueno cuya misión es ayudar a todos sus feligreses.

―Todos confían en él ―le explico―. Es un hombre de Dios.

Rueda los ojos.

―No es sobre él que quiero habar en este momento, sino sobre ti.

Asiento en acuerdo.

―No estoy en contra de tus padres, no me malentiendas, pero me preocupa que tu madre se la pase, metida en esa iglesia, rezando durante las veinticuatro horas del día, creyendo ciegamente en todo lo que dice ese tipo que no hace más que manipularlos a su antojo. ¿No te das cuenta de que fue él, el que los puso en mi contra? ―menciona con enojo―. Desde que ese supuesto reverendo me vio contigo, tu madre me mira de otra manera ―niega con la cabeza―. Tú mejor que nadie sabe que si les mentiste fue, porque por culpa de ese engendro del demonio ahora me consideran una mala influencia para ti.

Suspiro con resignación.

―Ellos tienen sus propias creencias, pero no significa que también sean las mías.

Asiente en acuerdo.

―Lo sé, cariño, pero no es eso lo que quiero decir ―se explica al ver que no entiendo su punto de vista―. Ese padre es mala semilla, no sé por qué, pero veo cierta malignidad en él que me produce escalofríos.

Sonrío divertida.

―Estás exagerando, Vicky.

Le digo risueña.

―¡Exagerando! ―comenta de modo dramático―. Tu madre considera cualquier expresión terrenal como un acto de blasfemia y me mira como si fuera la personificación del demonio vestida de mujer.

Agrega con tristeza.

―Ellos no lo hacen con mala fe, Vicky ―intento justificarlos―. Sí, reconozco que en ocasiones se extralimitan, aunque lo hagan para protegerme ―encojo mis hombros―. Intentan hacer lo mejor que pueden por mí.

Sonríe comprensiva.

―Mi queja no es por ellos, me explico, no estoy en contra de sus creencias religiosas ni intento, de ninguna manera, decir que aquello está bien o está mal. Es mi punto de vista y es solo válido para mí ―aclara su punto―. Sé que tus padres tienen las mejores intenciones para ti, eres su única hija y te aman como los padres buenos y amorosos deben hacerlo, pero tienes que darte cuenta de que se trata de tu vida y que tú misma debes tomar tus propias decisiones ―entiende su brazo y me toca con su dedo a punta de mi nariz―. Date la oportunidad de conocer más allá de ese mundo que te han enseñado, descubrir y discernir entre lo bueno y lo malo de la vida, que tus fracasos y tus triunfos sean solo tuyos y de nadie más. Al final, serás tú la que decida lo que te conviene... la única responsable de tus propias decisiones.

Sé que sus palabras están llenas de verdades, pero no tengo el valor para ser una chica diferente a lo que soy. Carezco de lo necesario para serlo. Tuve una educación muy conservadora y fui criada con unos valores morales muy estrictos. Mis padres son bastante ortodoxos y siempre se han preocupado para que mi comportamiento sea ejemplar y se apegue a lo que ambos consideraban como correcto, según su propia filosofía. No quiero defraudarlos y, si descubren que he puesto un pie en un lugar como al que Vicky tiene planeado llevarme esta noche, me encerrarán en un convento para toda la vida y arrojarán la llave a un precipicio sin fondo para que nunca pueda volver a salir de allí.

―Es que no quiero meterte en problemas ―le explico preocupada―, si ellos se enteran de esto, me apartarán de ti y nunca más podré volver a verte ―conozco a mis padres, sé que ellos no la verían nunca más con buenos ojos y no estoy dispuesta a perder su amistad, aunque muchos consideren que no me conviene―. Además, no pretendo contradecirlos, porque los decepcionaría si termino haciendo algo que los lastime ―le aclaro en un hilo de voz. Respiro profundo, no puedo evitar que algunas lágrimas escapen de mis ojos―. No quiero hacerte daño, sé lo importante que es esto para ti, pero tienes que comprender que no soy capaz de hacerlo ―niego con la cabeza―. Sé que mi vida difiere, en muchos aspectos, de la tuya ―le tiendo una mirada suplicante―. No quiero que me malentiendas, pero esto es lo que soy, Vicky, estoy conforme y feliz con ello ―levanto una de mis manos y aparto la humedad de mi rostro―. Es todo cuanto necesito ―niego con la cabeza―. No aspiro a nada más.

Su mirada se suaviza y, puedo divisar a simple vista, lo acuosos que sus ojos azules se han puesto.

―Lo sé cariño, eres la chica más sencilla y desinteresada que he conocido en toda mi vida ―expresa en tono orgulloso―. Nunca te obligaría a hacer algo que vaya en contra de tu voluntad o que afecte de alguna manera la relación que tienes con tus padres ―sonríe con dulzura, suelta mis manos y limpia sus lágrimas con disimulo―. ¿Qué te parece si vamos a comer en algún restaurante de la ciudad? Conozco un lugar fantástico en el que venden la mejor comida del mundo ―sugiere emocionada y, me satisface ver, que no hay ninguna señal de molestia o incomodidad en su rostro por haberla hecho cambiar de opinión―. Pediremos cerveza para mí ―señala en su dirección con su dedo pulgar―, y jugo de arándanos para ti ―exclama con voz cantarina, apuntándome con su dedo índice de manera juguetona―, tu favorito. Luego regresaremos a casa, veremos películas y conversaremos hasta que nuestras gargantas queden secas y exhausta.

Suelto un chillido de felicidad y salto sobre ella, para estrecharla en un fuerte y gran abrazo. Adoro a mi querida amiga, es todo lo que tengo después de mis padres.

―Gracias, Vicky, eres la mejor amiga de todas.

Lleno su cara de besos mientras reímos a carcajadas y damos saltitos de felicidad, como dos pequeñas hermanas.

―No, Rachel, soy tu única y verdadera amiga, porque todas esas jóvenes de la iglesia que conoces como tal, tienen la cabeza llena de ideas arcaicas que sus padres les han inculcado para lograr convencerlas de que se conviertan en monjas o para que terminen casándose con el primer hombre que ellos escojan ―expresa con frustración―. Es el único interés que tienen en la vida, porque es lo único que conocen y lo único que conocerán el resto de sus vidas ―asiento en acuerdo, lo que la hace sonreír orgullosa y satisfecha―. Pediremos un taxi, tengo toda la intención de emborracharme, pero beber y conducir no hacen buena dupla ―alega con responsabilidad―. Quiero que volvamos sanas y salvas a casa, soy casi cuatro años mayor que tú y eso me convierte en la hermana responsable ―me conmueve el tono protector con el que lo menciona―. Así que es mi deber cuidar de ti en todo momento.

Sonrío agradecida y respondo con un asentimiento de cabeza. Tengo el presentimiento de que esta noche será la mejor de toda mi vida.

Capítulo 3 Carne fresca

Giro el pequeño trompo sobre la superficie de mi escritorio y lo dejo rodar hasta el momento en que se detenga por efecto de la fuerza de la gravedad. Le doy una larga calada a mi cigarrillo y dejo caer mi espalda contra el espaldar del sillón mientras observo las múltiples pantallas en las que se proyectan las imágenes de las diversas cámaras que están ubicadas en puntos estratégicos de mi local. La multitud está enardecida como noche tras noche sucede. El licor, la droga y las putas, son el menú favorito de clientes acaudalados.

Políticos, estrellas de Hollywood, deportistas famosos, miembros de la realeza y multimillonarios de todo el mundo, conforman la extensa lista de mis socios más importantes; unos que están dispuestos a pagar mucho dinero para pertenecer a este grupo elitesco y tener el privilegio de disfrutar de inolvidables noches de placer y hacer realidad todas sus fantasías con las mujeres más hermosas del planeta.

Esta noche tendrán cualquier cosa que pidan, por muy excéntrica que esta sea. Soy como el genio de su lámpara, el amo y señor que pude convertir en realidad todos sus deseos. Este es un club muy exclusivo y, para disfrutar de sus servicios, tienes que poseer una membresía y estas valen un ojo de la cara. Protegemos la identidad de cada uno de nuestros clientes como un secreto de máxima seguridad. Esa es una de las poderosas razones que lo convierte en el sitio preferido de todos aquellos que quieren mantener a resguardo sus gustos más peculiares y sus pecados más oscuros.

Tocan a la puerta, detengo el baile del pequeño objeto y lo guardo en mi bolsillo.

―Adelante.

Autorizo la entrada y un par de segundos después aparece mi hombre de confianza con los gestos de su cara más endurecidos que de costumbre. Su actitud no augura buenas noticias y es lo último que esperaba recibir esta noche.

―Ludwig ―el tono de su voz es sombrío. Calla durante algunos segundos antes de continuar, cargando el ambiente de gran tensión―, Sheila, no podrá venir esta noche, está indispuesta ―anuncia Robert. Aquella noticia hace que mi sangre se caliente y que la luz de la habitación se torne de un momento a otro de un rojo muy intenso―. Es la segunda vez que falla en este mes ―espeta furioso― y en esta ocasión ni siquiera tuvo la decencia de comunicármelo ella misma, sino que envió una nota con una de las chicas.

Me levanto con un movimiento brusco y hago que la silla se estrelle contra el piso con gran estruendo. Cada una de ellas está clara con el contrato que firman y el hecho de que soy muy exigente con la puntualidad. A menos que haya una catástrofe mundial, les está prohibido faltar sin justificación, mucho menos, si alguno de mis clientes ha pagado una considerable suma de dinero para disfrutar de una noche de placer con alguna de mis chicas.

―¡Esa maldita zorra! ―exclamo furioso―. Sabía que esta noche era importante para el club. El senador Carrington fue más que considerado con su aporte con tal de tener una noche exclusiva y privada con ella ―aplasto el cigarrillo en el cenicero de cristal y aprieto el puente de mi nariz con ira―, encuentra una sustituta entre las chicas que recientemente se agregaron a la nómina, ninguna de las que él ya conoce ―aclaro―, quiere carne fresca, ha sido muy claro con su solicitud.

Sheila es una de las bailarinas más antiguas del club, una de las mejores que tenemos. Está entre las más solicitadas, sin embargo, es ella quien escoge a sus clientes. Pocos llegan a tener el honor de ser seleccionados y cuando tienen su oportunidad, deben dejar toda su fortuna para ganarse una noche de pasión inolvidable. Conozco en primera persona el dulce infierno que se esconde entre sus piernas.

―Sí, Lud, ahora mismo me pongo en ello.

Antes de que salga lo detengo.

―Llama a Vicky, sé que es su noche libre ―conozco el horario de cada una de mis bailarinas más destacadas, así que puedo efectuar control de daño en tiempo récord y disponer de cualquiera de ellas cada vez que sea necesario―, no quiero dejar esta situación en las manos de una novata, pídele que se presente y haga un dúo con la chica que escojas ―sé que a pesar del contratiempo mi cliente se dará por bien servido, recibirá un trato más que especial―, asegúrate de agregar una botella de la mejor champaña, cortesía de la casa, pero descuenta hasta el último centavo de la liquidación de esa irresponsable.

Voy a encargarme de cobrarle cada centavo que estuvo a punto de hacerme perder. Nadie que ponga mi nombre y reputación en entredicho, sale ileso de ello. Me encargaré de hacerle pagar con creces que haya puesto en riesgo todo mi imperio, cerraré todas las puertas para ella y no encontrará en ningún lugar de las Vegas a nadie que quiera contratarla... ni en ningún otro puto club de este país.

―Lo haré de inmediato y la iré a buscar en persona.

Me quedo en silencio y lo observo de manera inquisitiva. Hace tiempo que noto una actitud extraña en él, sobre todo en lo que se refiere a los asuntos que involucran a mi bailarina principal. Espero que no se haya dejado embrujar por los mismos encantos que hacen que mis clientes vuelvan una y otra vez y paguen altas sumas de dinero, solo para disfrutar de algunas horas con ella. Robert es mi amigo y la única persona que goza de mi entera confianza, sin embargo, no estoy dispuesto a aceptar que lo joda todo si termina enamorado de ella.

―Robert ―lo detengo antes de que salga de mi oficina―, ¿Vicky no significará un problema para nosotros?

Se mantiene de espaldas a mí, pero puedo notar la manera en que sus hombros se tensan y los dedos se aferran a la puerta de madera como si estuvieran a punto de perforarla. Lo conozco tan bien que difícilmente puede engañarme. La vida me ha enseñado lo suficiente como para leer a las personas, descifrar lo que piensan y sienten antes de que siquiera lo hagan y eso es lo que me permite estar un paso delante de todos y tomar ventaja de mi habilidad. El control y yo, somos como un par de siameses que no pueden funcionar el uno sin el otro. Es la única manera en la que puedo convivir conmigo mismo y con el resto: controlándolos, manejándolos a mi antojo, como si fueran mis marionetas, moviendo sus hilos de manera tan calculada y perfecta que cada tensión que ejecute los hará actuar de la manera en que yo quiera que lo hagan.

―No, Lud, en lo absoluto.

Su respuesta me satisface, pero no termina de convencerme. Me mantendré vigilante, no quiero que un coño me traiga más problemas que los que estoy dispuesto a soportar.

―Mantenme informado y avísame cuanto antes sobre cualquier contratiempo ―le indico mientras me levanto de la silla y aplasto la colilla de cigarrillo en el fondo del cenicero―, quiero tener otra opción en el caso de que Vicky, no esté disponible.

―En el caso de que haya algún inconveniente, te lo haré saber de inmediato.

Minutos después de que Robert sale de mi oficina, decido dar un recorrido por las instalaciones del club. Voy a asegurarme de que mis chicas vacíen los bolsillos de esos malditos arrogantes, destriparlos hasta que no quede nada de ellos, hacerlos tan adictos a mi club y a sus inigualables servicios, que estén dispuestos a hacer por mí todo lo que les pida.

Antes de abandonar la oficina, camino en dirección hacia librero que se encuentra al fondo de la habitación. Tiro de uno de los libros para accionar el mecanismo que la mueve hacia un lado y dejar al descubierto la caja fuerte que está oculta en la parte posterior. En su interior mantengo guardadas mis pertenencias más valiosas e información comprometedora sobre cada uno de mis socios que puede serme útil ante cualquier imprevisto. Río con satisfacción. Esos imbéciles ni siquiera se imaginan que, desde que se convirtieron en socios de este club, me ofrecieron sus vidas en bandeja de plata.

Marco la combinación y, una vez que la puerta se abre, busco el cofre de oro que está ubicado en el compartimiento inferior de la caja. Levanto la tapa y extraigo un par de sobres de cocaína que uso como anzuelo para engatusar a cualquiera de mis clientes a la hora que necesite conseguir algún favor de su parte. La droga, el licor y los coños, se convierten en una combinación infalible, sobre todo, en un lugar como este. Nadie se imagina la cantidad de puertas que pueden abrirte, ni el mundo de posibilidades que, juntas, son capaces de ofrecerte.

Guardo los paquetes en el bolsillo interno de mi chaqueta y emprendo mi viaje hacia el salón principal. El senador está por llegar y debo entretenerlo hasta que Vicky aparezca y se haga cargo de la situación. Hay demasiado en juego esta noche y no voy a permitir que por culpa de esa puta irresponsable todos mis planes se vayan a la mierda.

Dejo atrás la seguridad de mi despacho y me abro paso a través de los corredores del área administrativa para dirigirme hacia el salón principal. Roto mi cuello y trueno los dedos, antes de abrir las puertas que separa un ambiente silencioso y calmo de otro en el que las paredes insonorizadas impiden que el mundo exterior sea consciente de lo que pasa detrás de estas paredes.

―Buenas noches, señor.

Correspondo el saludo a Tony, uno de mis hombres de seguridad, con un asentimiento de cabeza. Planto las palmas sobre cada división y empujo con fuerza para darle cabida a un universo con el que me siento plenamente identificado. La música, las risas, el olor a humo de tabaco, las luces cenitales, las jaulas y las bailarinas; todo se conjuga para crear un mundo en que las más increíbles fantasías pueden hacerse realidad.

Me abro paso entre la multitud que dirigen sus miradas agradecidas en mi dirección, para hacerme saber que soy el único capaz de proveerlos de todo lo que necesitan, de aquello que en sus vidas perfectas y aburridas no pueden tener. Sus debilidades son mi fortaleza, sus secretos más oscuros son mi arma secreta contra ellos mismos. Sus honorables apellidos, esos que deben resguardar como un tesoro valioso y que les permite mantener un estatus privilegiado en la clase más alta de la sociedad, los obliga a ocultar ese otro lado de sus vidas que no puede quedar al descubierto. Aquí pueden ser ellos mismos, actuar con libertad y disfrutar a plenitud. Y es exactamente eso lo que los convierte en mis títeres, porque soy el único que puede ofrecerles la oportunidad de convertirse en esa persona que no pueden ser, fuera de estas instalaciones. Durante algunas horas pueden deslindarse de esa vida que los asfixia y dejar en libertad a la bestia que llevan dentro.

Unos minutos después, luego de haber saludado al resto de los socios, de escuchar sus halagos y agradecimientos, me dirijo hasta el lugar en el que se encuentra mi cliente más importante de la noche.

―Senador Carrington, es un honor para mí tenerlo esta noche de visita ―le tiendo mi mano para saludarlo―. Espero que su estadía en nuestras instalaciones sea de su completo agrado.

Suelto el botón de mi chaqueta y me siento en uno de los sillones. Me complace ver que la botella que pedí exclusivamente para él, esté hundida en la champañera para preservar su temperatura ideal, mientras que en sus piernas se encuentra sentada la chica que, esta noche, les dará rienda suelta a sus más exigentes fantasías.

―Por supuesto, Ludwig ―expresa sonriente―, y, aunque no es lo que solicité desde un principio, estoy más que satisfecho por la elección ―desplaza sus ojos con descaro y hambre sobre el cuerpo de mi bailarina―. Es más que perfecta y estoy seguro de que compensará con creces cualquier inconveniente que haya existido entre nosotros.

Nadina es una hermosa rusa que llegó hace pocos meses al país y que vino expresamente a trabajar para mi club. Rudy es una cazatalentos profesional que trabaja conmigo desde hace algunos años y, cuya función, además de conseguir a mis bailarinas, es la de entrenarlas y prepararlas para que se conviertan en un arma sexual en potencia. Fue quien dio con ella y la convenció para que trabajara con nosotros. No tengo dudas de que se convertirá en una de las mejores, sobre todo, con ese delicioso acento extranjero que hace vibrar la punta de mi verga. Es una espléndida amante, puedo dar fe de ello y estoy más que convencido que el senador quedará agradecido de por vida por mi gran generosidad.

―Tenga por seguro que cada una de mis chicas está más que capacitada para ofrecerle todo lo que usted necesita ―tomo una de las copas con champaña que acaba de servir la camarera y la alzo en honor al trato que acaba de cerrarse―. Salud por la mejor noche de su vida, senador, espero que en algún momento sepa retribuir nuestras bondades de la mejor manera ―le expreso con arrogancia―. De mi parte, quedo comprometido que en mi club usted siempre recibirá la atención que un miembro de su clase se merece.

Dee-Dee toma la copa por él, sorbe un trago y luego escupe el líquido dentro de su boca con una sensualidad que me pone la polla tan dura como una vara de acero. Es una maldita diosa de la provocación y, lo que más me complace, es que el senador no podrá desprenderse de ella. Una vez que pruebe un bocado de sus habilidades como amante, estará perdido para siempre.

―Serás bien recompensado, Ludwig ―suelta un gemido cuando Dee-Dee se sienta a horcajadas sobre sus piernas y comienza a hacer su trabajo―, no tengas duda de ello.

Bebo de mi copa, complacido de que todo marche sobre rueda. Esta será una noche prometedora para el club y para mi persona.

―Buenas noches, senador ―bajo la copa cuando escucho la voz de Vicky―. ¿Está preparado para recibir el mejor trato de su vida?

Sonrío cuando la veo aparecer con un hermoso traje de cuero rojo que solo deja al descubierto esas hermosas curvas que delinean su cuerpo perfecto y mantiene oculta aquellas partes por las que cualquiera de los hombres presentes estaría dispuesto a matar.

―Olvidé decirle, senador Carrington ―intervengo con oportunidad―, que esta noche estará en las manos de dos de las mejores chicas de nuestro club, como retribución a las molestias ocasionadas ―dejo la copa en la mesa y me levanto del mueble―. Espero que disfrute de nuestra estadía.

Su enorme sonrisa y el brillo que aparece en sus ojos codiciosos, me deja en claro que la propina de esta noche será más que satisfactoria. Me alejó de allí y decido buscar a Rob para agradecerle en persona que haya resuelto el problema y evitado un inconveniente con unos de nuestros mejores miembros. Camino en dirección hacia los camerinos, lugar en el que las chicas se preparan para sus presentaciones, no obstante, me detengo súbitamente al ver a una desconocida parada en medio del corredor.

¿Qué carajos?

Una vez que se da la vuelta y se detiene debajo de una de las bombillas, me quedo sin aliento. Su precioso rostro angelical y esa candidez reflejada en su mirada, grita a pureza e inocencia. Incluso, puedo darme cuenta de que, debajo de ese montón de harapos de baja calidad que viste y que la hacen ver como la digna representante de una congregación religiosa que ha consagrado su vida a Dios, se esconde una preciosa figura llena de curvas sinuosas que hacer arder la sangre dentro de mis venas como ninguna mujer lo había hecho hasta ahora.

Una sonrisa cínica tira de las esquinas de mi boca.

―Hora de divertirse, Lud ―me digo a mí mismo, antes de moverme hacia ella―. Quizás esta noche no iba a ser tan aburrida como lo habías pensado.

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