En la ciudad de México, justo en el sur de Polanco, había un tranquilo barrio con una encantadora vecindad donde todos eran amigos unos de otros y se cuidaban entre sí, si una familia se enfermaba, los vecinos ayudaban, si alguna familia se ponía hambrienta, los vecinos daban de comer y así aquel barrio fue viviendo feliz y conciliado por mucho tiempo, hasta el día en que los Alonso resolvieron mudarse para aquel barrio justo al lado de la casa de los Barreros, apenas teniendo una cerca blanca corta de madera separando una casa de la otra.
Tener nuevos vecinos no era ningún problema para los Barreros, después de todo, ellos eran racionales y no salían por ahí asustando solo por causa de nuevos vecinos, el problema era que los Alonso, los nuevos vecinos, llevaban una vida bastante parecida a la de ellos, casi idénticas, en verdad, y los Barreros no estaban satisfechos con perder la exclusividad en el barrio.
Podías encontrar todo tipo de profesión en aquel barrio en el extremo sur de Polanco, desde el albañil al barbero, carpintero al cocinero, desde el herrero al conserje, pero ninguna de aquellas cultas familias tenían el mismo trabajo, la misma marca de coche e incluso papel tapiz en la cocina (la señora Francisca descubrió esto tan pronto como fue a hacer una visita de bienvenida a los vecinos de al lado cuando se mudaron allí). Hasta ese punto aquello ya era demasiado, las familias comenzaron a desentenderse poco a poco, aunque mostrando sonrisas falsas, no queriendo demostrar que se odiaban bien en el fondo.
- ¡Francisca! ¡Ven a ver algo aquí! - Lucía oyó a su padre gritando llamando a su madre aún en la calle, la niña dejó de escribir palabras románticas y soñadoras con cierto vecino en su diario y salió de su habitación por curiosidad, fue a parar en el balcón abrazando su almohada rosa en la cual era inseparable desde su nacimiento, se quedó mirando con un pico en los labios a su madre bajando los cuatro escalones de la puerta de frente limpiando sus manos en el delantal atado a su cintura, yendo las prisas a la persecución de su marido que estaba parado junto a su coche de policía mirando el otro coche de policía justo delante de usted con una cara nada amistosa.
- ¿Qué pasa ahora, marido mío? - La madre de Lucía quiso saber, ella ya sabía que iba a involucrar a los Alonso allí, últimamente aquella familia estaba quitando la paz a los Barreros. El hombre sopló en forma de risa burlona señalando el coche de los vecinos que estaba en su parte de estacionamiento.
- Dime si esto no es una provocación?! - habló con el dedo apuntando al coche blanco de los vecinos, el mismo color que su coche.
- Oh, cielos! - la madre de Lucía exclamó con los ojos abiertos con cierto horror. - ¿Cómo pudieron?
- Esa gente es sin civismo, sin cultura. ¡Salvajes! ¡No consiguen respetar ni el espacio personal de los otros! - El alto hombre, jefe del agregado de la familia Barreros, gritaba en pleno pulmón. Lucía pudo incluso ver algunos transeúntes en la calle tranquila, reparando la escena con un signo de interrogación. ¿Por qué diablos gritaba el señor panzón en una hermosa tarde primaveral? Ellos podrían estar cuestionando, parando un poco de prestar atención en sus propias vidas, sus atenciones interrumpidas por un instante por la pequeña contienda allí delante de las dos casas vecinas."Va a comenzar."Pensó Lucía viendo al señor Alonso saliendo de su casa yendo en dirección al padre de Lucía.
- ¿Qué es ese alboroto afuera de mi casa? - El Sr. Alonso exigió saberlo.
- ¿Estás perdiendo la vista, vecino? ¿No ves que estoy en la puerta de mi casa? - El padre de Lucía hasta abrió los brazos y los giró con cierta petulancia para mostrar el espacio donde él estaba de pie, él realmente estaba al lado de su casa. - ¡Entonces ya estoy en mi espacio, puedo gritar cuanto quiera! - Terminó la frase gritando en pleno pulmón.
- ¡Incluso si estás en tu espacio, eso no te da derecho a molestar a tus vecinos con todos esos gritos! - ¿Sr. Alonso no se rindió, Lucía notó que su esposa y su hijo también iban a unirse a su padre. Lucía demoró su mirada en el chico, ella lo encontraba bello y atractivo, Lucía tenía un gusto por él desde el primer día que lo había visto, cuando los vecinos nuevos se mudaron hace unos meses. De repente, como que sintiendo que estaba siendo mirado, Jael miró a Lucía, en aquel momento ellos estaban mirándose bien a los ojos... Y él sonrió de canto y guiñó el ojo hacia ella... Ruborizada, Lucía desvió los ojos y abrazó más a su almohada, aquel chico siempre hacía aquello con ella, siempre la provocaba... - Recompóngase o me veré obligado a llamar a la policía. - El Sr. Alonso alertó al padre de Lucía que irrumpió en una risa burlona.
- ¿La policía? ¡Hahahahaha! ¡Llámeme! ¡Entonces yo hago una queja directa sobre el abuso que usted está cometiendo hacia mí! ¿O crees que estacionar esa chatarra tuya en mi lado del estacionamiento no es lo suficientemente abusivo?
- ¿El auto de quien el señor está llamando de lata vieja? ¡Acabo de comprar ese auto! ¡El suyo, el motor está tan viejo que ya no se soporta más!
- A diferencia de la suya, mi coche es muy resistente! Tan resistente que usted fue allí y compró el mismo coche que el mío!
- ¿Está insinuando que mi marido es un imitador, Sr. Barrero? - La madre de Gael preguntó dando un paso adelante, metiéndose así en la confusión.
- Él no está insinuando nada, su marido es sí un gran imitador! - La madre de Lucía respondió defendiendo al marido.
- ¿Cómo puede? - La madre de Gael parecía horrorizada con todas aquellas calumnias contra su marido.
¡- Ustedes imitan todo de nosotros! Sus camaleones! - Señor Barrero, no paró con las ofensas.
- ¿Qué tiene que ver camaleón con esto? - Alonso parecía no saber cómo encuadrar al reptil en la conversación.
- ¿Acabas de llamar camaleón a mi mujer? - El padre de Lucía ya estaba hirviendo de rabia.
Entonces los adultos allí estaban peleando y tirándose astillas, Lucía había corrido hacia ellos para ver si agarraba a los padres, ella estaba tan preocupada, No quería que sus padres se pelearan.
- Por favor, mamá y papá. Déjalos, vamos adentro. - Ella lo intentaba, pero sus padres apenas le escuchaban, estando muy involucrados en la disputa con los vecinos de la casa de al lado.
- Es tu culpa, niña tonta. - Ella sintió a Gael susurrando esas palabras justo al pie de su oído, él estaba detrás de ella, su cuerpo a centímetros del de ella, su pectoral casi rozando su espalda. Se alejó del chico, se había ensanchado, pero no iba a demostrarlo.
- ¿Culpa mía? ¡Tus padres se burlan de mis padres! - ¿Por qué ese chico la culpaba? Ella estaba tan nerviosa, no estaba consiguiendo conciliar sus ideas. Entonces lo empujó y lo vio caer de culo en el pequeño jardín delante de la casa de los Alonso, chasqueó la lengua y jaló a los padres hacia adentro de la casa alejándolos de la confusión, en cuanto entraron, ella preparó agua con azúcar para ellos que aún exponían de rabia.
¡- Esos grandes idiotas! Que piensan que son? - tu padre decía conformado.
- Ellos no tienen noción de las cosas, solo puede! - Esa era su madre.
- Voy a mi habitación. - Declaró después de darles los vasos de agua con azúcar.
Lucía no podía creerlo, se había metido en la pelea de los padres con la familia del chico que le gustaba. ¡Ella había peleado con el chico que le gustaba, ella lo había empujado y hecho caer al suelo! Estoy segura de que la odiaría ahora, si es que ya no la odia...
- Ah no... - Murmuró disgustada arrojándose en su cama abrazando su almohada, ella había estropeado todo, ella siempre estropeaba todo... Se levantó después de un tiempo y fue a sentarse en su sillón al pie de la ventana, de allí ella siempre tenía el hábito de mirar la casa de los vecinos, en la ventana de Gael para ver si él estaba allí, Gael siempre dejaba la ventana abierta, había veces que él veía a Lucía mirándolo desde la ventana, pero parecía no molestarse, muy al contrario hasta, él parecía gustar, daba una son risita. Le sonreía a Lucía y volvía a hacer lo que hacía. Pero hoy aquella ventana estaba cerrada, no permitiendo que Lucía viera su interior, de seguro que Lucía lo había estropeado todo aquel día. Todo por culpa de tus padres.
Lucía apenas durmió aquella noche, los pensamientos de Gael cayendo de culo en la hierba y diciéndole que era todo culpa suya, seguramente no la estaban dejando dormir, la niña se levantó y arrastró hasta el baño para arreglarse para el colegio, Después de todo, no era porque ella estaba cabizbajo que las clases iban a terminar. Después de un baño, se puso su uniforme escolar y dividió su cabello oscuro en dos pegándolos en dos chiquillas, como siempre hacía, agarró su bolsa y fue a tomar su café habitual. Hoy ella apenas saludó a sus padres, los estaba culpando por haber actuado de esa manera con el chico que le gustaba la tarde anterior.
- Cuando vuelvas de la escuela vendrás directo a casa ¿Lo has visto, hija? Si no esos vecinos locos que tenemos pueden intentar hacerte daño. - La madre la alertó llenando su vaso con jugo de naranja, Lucía bufó.
- Ay, mamá. No exageres, los vecinos no son criminales.
- Uh - El padre desdeñó mientras leía el periódico sentado a la mesa junto con ellas. - Ellos se mudaron hace poco tiempo para acá, la gente no sabe nada sobre ellos. ¡Pueden ser criminales! - Habló con convicción. Lucía suspiró y se levantó de la silla cogiendo su bolso, ya se estaba llenando de eso.
- Voy a ir a la escuela secundaria, llego tarde! - se fue corriendo de la casa, su madre la siguió.
- Lucí, mi flor. ¡Espera, tu lonchera! - Ella logró alcanzar a su hija en la calle cuando la niña se detuvo, la madre abrió la bolsa de su hija y puso la lonchera dentro. - Debes comerte toda la manzana, ¿entiendes? ¡Para que tus dientes estén firmes!
- Está bien, mamá... - La hija anuló cerrando la cremallera de la bolsa, la madre sonrió, dio besitos en el rostro de la hija y arregló el caballito de ella, aunque Lucía sentía vergüenza ajena de aquello, pues la sin duda, la gente la miraba y la avergonzaba, pero a ella le gustaba todo ese cariño, su madre siempre hacía eso.
¡- Que tengas un buen día!
La escuela de Lucía no estaba tan lejos, estaba a unas pocas cuadras, así que ella podía caminar hasta allí, era lo que ella hacía siempre. Mientras caminaba, ella miró detrás de usted para ver si su madre aún la miraba con una sonrisa tonta, su mamá tonta siempre hacía eso, y hoy no era diferente. Ella asintió con la mano y fue caminando alejándose de la visión de su madre. Ella esperaba que el día corriera mejor que la noche anterior. Mientras caminaba, oyó un sonido de la moto viniendo por detrás de ella, ella se alejó más hacia la berma, evitando así cualquier accidente, pero el motociclista subió con la moto en la acera de la berma y paró la moto bruscamente delante de ella, Lucía dio un salto de susto poniendo la mano en la boca y abriendo los ojos. El motociclista subió el lente oscuro de su casco haciendo que Lucía se diera cuenta de quién se trataba, era Gael. La estaba mirando desde esa moto, el corazón de Lucía estaba latiendo tan fuerte. ¿Iba a atropellarla? ¿Su madre tenía razón y los miembros de la familia Alonso eran criminales? ¿Hasta su hijo? Gael hizo una señal con la cabeza.
- Sube. - Solamente dije.
Lucía estaba estática sin saber qué hacer... Si se subía a la moto de Gael, ¿le haría algún daño? Aunque con mucho miedo, ella no podía evitar sentirse tentada...
- ¿Qué estás haciendo? - Lucía tartamudeó al preguntar, no estaba creyendo que Gael estaba realmente haciendo aquello. ¿Qué quería hacer con ella? ¿Por qué diablos la invitaba a subirse a su moto?
- ¿No vas al colegio? Decidí llevarte a casa. - Respondió con un aire despreocupado y un poco aburrido por el diálogo.
- Pero yo no pedí ningún aventón... - Lucía, reacio, las palabras de advertencia de su madre acerca de la familia Alonso resonaban en sus oídos, y si Gael quisiera hacerle algún mal, ¿cómo su madre la había prevenido?
- ¿Acaso tienes miedo a la moto? - Preguntó con una sonrisa de libertinaje. - Mm, es muy posible con esta forma de princesa que tienes, es capaz de que nunca antes hayas subido a una moto. - El niño aún sentado en su moto se burlaba de ella, Lucía sacudió brevemente la cabeza para espantar el enrojecimiento en su rostro, no quería que Gael percibiera el rubor en sus mejillas. Era muy cuidadosa, así que nunca había montado en moto.
- ¡Claro que yo ya me subí en la grupa de una moto, tú no sabes nada de mí! - Ella fue rápida en responder para defender su honor. No podía dejar que ese chico se burlara de ella por ser una chica recatada, Gael se rio.
- ¿Entonces por qué se niega a subirse a mi moto? - insistió el apuesto chico, por un momento Lucía no tenía ninguna respuesta.
- Es porque el colegio está al lado, así que no necesito que me lleven. - Ella dio una respuesta correcta y se puso a andar esquivando la moto negra del chico, los pasos de ella ahora eran rápidos como quien huyera apresurada.
En realidad no era por miedo a lo que Gael podía hacer con ella que Lucía no quería subirse en la grupa de aquella moto, era específicamente porque ella estaría muy cerca de Gael, allí sentada en la grupa ella tendría que abrazar la cintura de él por seguridad, tendría que tener su cuerpo tan cerca de ella, ella quería tanto eso, pero tenía miedo de pagar vejaciones. ¿Y si Gael se diera cuenta de que Lucía le gustaba? ¿Y si se reía de ella y se burlaba de ella? Lucía no podía dejar que eso sucediera, pero Gael no había desistido de la embestida. Él fue guiando su moto lentamente siguiendo los pasos de Lucía, ella quería fingir que él no estaba allí.
- ¿Sabes? Ninguna chica me ha rechazado antes, eres la primera. De hecho, se pegan una a la otra para poder subirse a mi moto, pero tú te niegas. - Gael fue hablando mientras de su motorizada, seguía los pasos de la chica.
- ¿Hiere tu orgullo varonil? - Lucía se rio un poco.
- En realidad no, solamente me intriga. - Él respondió, la chica notó sinceridad en aquellas palabras.
- No soy como otras chicas que conoces.
- Entonces, me di cuenta de eso ya. A propósito, ¿no me vas a pedir disculpas por haberme derribado ayer? - Lucía miró al tipo con los ojos muy abiertos, casi había olvidado ese detalle, dejó de caminar, su rostro estaba ligeramente ruborizado.
- Ah, es verdad... - Gagueó avergonzada, en ese momento ya estaban frente al colegio Santa Olga, el colegio al que ambos iban. Había un habitual movimiento de alumnos y profesores entrando al edificio, al final, las clases de aquel día ya iban a comenzar. Mientras tanto, Gael la miraba con un aire superior y divertido como si hubiera ganado una discusión.
- ¿De verdad quieres que te perdone? - Lucía acentuó con los ojos bajados, ella no quería que el chico pensara que ella era una bruta.
- Lo siento, Gael... ¿Puedes disculparme? - La sinceridad en sus palabras era clara.
- Por supuesto que puedo disculparme, pero solo con una condición. Ven a la fiesta de cumpleaños de Esteban esta tarde. Entonces veré si te perdono. - Luego se rio por última vez y se fue en su moto al estacionamiento de la escuela.
Lucía se quedó allí con la boca abierta sin saber qué pensar. Entonces, si ella quería que Gael la perdonara por caer, ¿tendría que ir a esa fiesta de cumpleaños? ¡Oh, Dios mío! ¿Dónde se estaba metiendo Lucía?
- ¡Tierra llamando a Lucí! - Se dio cuenta de los dedos de Romina, su mejor amiga, chasqueando justo delante de su cara, se asustó por ello.
- Ay, Romina. Qué susto...
- Lo siento, amiga, pero te he estado llamando por un tiempo. ¿Qué te pasa? ¿Quién era ese motociclista que estaba hablando contigo? Lo vi cuando bajaba del auto, pero no tuve tiempo de verlo bien porque se fue. ¿Qué te estaba diciendo que te puso tan pálida? ¿No me dirás que te estaba acosando?
- Ay, amiga. No es nada de eso, es solamente Gael. - Confesó, Romina abrió los ojos en espanto.
- ¿El Gael? ¿Tu Crush? ¡Dios mío! ¿Están juntos finalmente? - ¿La chica ya estaba dando saltos de alegría, Lucía suspiró. Romina sabía todo lo que estaba pasando con Lucía, se conocían desde el jardín de infantes, se hicieron amigas de inmediato y eran inseparables hasta hoy. Romina era de una familia rica, tenía cabello rubio y ojos azules, siempre se vestía bien y frecuentaba lugares que la alta sociedad frecuentaba, pero eso no le impidió ser una gran amiga para Lucía. Siempre se lo contaban todo, así que Romina sabía que Lucía estaba enamorada de su nuevo vecino, Gael.
- No exageres. - Ella habló después de un largo suspiro. - Creo que me acaba de llamar para ir a una fiesta, fue porque yo lo derribé ayer. ¿Crees que mis padres estaban peleando con sus padres? - Lucía contó, Romina se rio de eso.
- En serio, tus padres son una comedia. - Ambas estaban caminando por la entrada del edificio, Lucía percibió a Gael entrando también después de haber estacionado su moto, pero claramente él no la había visto porque estaban lejos el uno del otro.
- Sí, tuve que separar la pelea y bueno, pasó lo que pasó. Así que me disculpé y me dijo que solo me perdonaría si iba a la fiesta de Esteban esta tarde.
- ¿Lo harás, amiga?
- Claro que no, imagina si mis padres lo descubren. - Lucía se preguntaba cuánto le molestarían a sus padres conservadores si se enteraran de que fue a una fiesta adolescente con un montón de gente de "mala conducta" como sus padres solían llamar. Romina se estaba riendo.
- Adiós, Lucía. Imagina si tus padres descubren que te gusta el hijo de la pareja de al lado, la pareja que más odian.
Lucía y Romina asistieron al segundo año de secundaria en Santa Olga mientras que Gael estaba en el tercero, él era un año mayor que Lucía, tenía hermosos ojos negros y su cabello era negro también, él no era solo un chico guapo, Era el chico del que Lucía estaba enamorada. Ese día después de la escuela, Lucía buscó con los ojos a Gael en el comedor y no lo encontró. ¿Dónde estaría el niño en un momento así? Era el momento en que todos los estudiantes iban a comer algo, pero la niña no podía encontrar al niño.
¿No tenía hambre? Si no comiera ahora, no comería durante las próximas tres horas porque sería el período de las siguientes clases.
- No le des mucha importancia, niña. Él no está aquí, no seas tan desesperada. - Romina habló mientras clavaba su merienda con el tenedor. Lucía suspiró un poco derrotada.
- Estoy un poco preocupada por él... - trató de explicarlo.
- Ese chico tiene dieciocho años, seguramente sabe cómo alimentarse. - Su amiga le cortó el habla respondiendo lista. - En lugar de eso, piensa en qué ropa te vas a poner para la fiesta de esta tarde, no puedes ir a una fiesta con las ropas aburridas que tienes. - Ella apartó a Lucía con un tenedor mientras hablaba.
- ¿Qué? Pero no iré a ninguna fiesta. - Lucía no creía que Romina aún no se había quitado esa idea de la cabeza, ella ya había dicho que no iba a esa fiesta, que Gael la había invitado, por varias razones. Aparte de la cosa con sus padres, no era como si Lucía estuviera planeando ir a esa fiesta. - Saca esa idea de la cabeza, mis padres no iban a dejarme ir. - Romina suspiró audiblemente y cogió la mano de su amiga.
- Relájate amiga, deja de poner barreras. Si el problema son tus padres, puedo hacer que mi madre los llame y les diga que pasarás la tarde conmigo en casa estudiando, ya que la gente siempre hace eso, no van a sospechar que no vamos a hacer eso. - Ella dio la idea con risas astutas, siendo astuta al idear aquel plan. Era verdad que acostumbraba-mente las niñas dormían una, en la casa de la otra, las familias ya habían acostumbrado aquello por la larga amistad de las dos, entonces solo bastaba una llamada de parte de los padres de Romina para que Lucía durmiera en la casa de su amiga aquella noche, Así Lucía podría ir a esa fiesta sin que los padres lo supieran. Ese plan era perfecto.
- ¿Qué idea es esa, amiga? ¿Dónde aprendiste algo así? - Lucía estaba desconcertada. ¿Romina estaba proponiendo que mintiera a sus padres? Lucía nunca había hecho algo así antes, nunca se le había pasado por la cabeza la opción de engañar a los padres todo para poder ir a ver a un chico, a la chica le estaba pareciendo esa idea ridícula, pero ella también quería mucho ver a Gael...
- Así que estoy tratando de ayudarte a encontrarte con el chico que te gusta. ¡¿O crees que Gael te invitó a esta fiesta solo por el paisaje?! Esto no tiene nada que ver con la caída que le diste ni con la disculpa. ¡Obviamente, quiere conocerte mejor, lejos de las miradas agudas de sus padres, en un lugar neutral donde puede hablar con usted en paz! Es obvio que también le gustas, amiga. - Con cada palabra de ella, Lucía se volvía más temerosa, pero no podía negar que estaba sintiendo cierta excitación... ¿Gael realmente quería estar con ella en esa fiesta? El corazón de la niña llegaba latiendo más fuerte, su piel bastante calentada por las palabras, las mejillas hasta sonrojaron... Estar con Gael casi sería como un sueño hecho realidad. - Eso depende de ti, amiga. Tus padres no pueden controlar tu vida para siempre, es hora de que empieces a vivir por ti mismo, es hora de tomar tus propias decisiones. - Lucí estaba mirando hacia abajo, ella sabía que eso era verdad. Por Dios, ella tenía diecisiete años, debía estar haciendo cosas de adolescentes de su edad, pero parecía que sus padres todavía la veían como una niña de cinco años, la trataban como si solo tuviera cinco años, no querían aceptar que su hija estaba creciendo, que estaba floreciendo y probando experiencias diferentes, sentimientos nuevos, enamorándose. Para ellos, ella no era más que una niña, pero la cosa era muy diferente. Lucía sabía lo que debía hacer para cambiar eso, después de todo, todo dependía de su elección.
- Está bien, tienes razón. - Ella finalmente miró a su amiga, la mirada de ella era pesada sobre Romina. - Pero tendrás que venir conmigo, no iré sola a ese lugar.
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Aquella tarde Romina y Lucía fueron hasta el centro de la ciudad, Romina la persuadió/obligó a ir a comprar ropa nueva, según ella, Lucía no tenía ropa apropiada para tal evento. Entonces las chicas estuvieron más de dos horas haciendo compras en las tiendas del centro comercial. Ya que Romina era rica, ella no limitaba su mirada en la barra del precio de los artículos, ella solo elegía lo que quería y llevaba.
- Wau, mira estos zapatos! Son tan lindos, me encanta. voy a llevar! - Romina decía toda emocionada mirando el zapato en la ventana.
- Pero amiga, ¿ya no tienes zapatos suficientes? - Lucía contestó recordando la fila de zapatos que su amiga poseía en su armario.
- Eso no viene al caso. - Romina desconsideró sacudiendo la mano como si aquello no tuviera relevancia. - Lo importante es que me gustó este, y cuanto más zapatos tengamos, mejor! - Ella sonrió tomando un par más en la ventana, Lucía apenas suspiró anuindo y siguió a su amiga, ella no tenía cómo contestar, pues Romina era rica. Cuando llegaron a la sala de vestidos, la chica de pelo oscuro suspiró viendo el precio de los artículos, ella no tenía dinero para pagar tanto, su mesada aún no había caído para poder seguir comprando vestidos tan caros.
- Mira, amiga. creo que es mejor que vayamos a otra tienda, la ropa de aquí está bien... chicos. - Habló analizando los vestidos y los precios.
- ¡No, claro que no! Vamos bien bonitas a esa fiesta y esta es la mejor tienda de la región. - Romina contestó, ella había aceptado ir a la fiesta, pero solo después de que ellas hicieran compras. - Y no se preocupa por el dinero, yo pago. No será ningún préstamo. - Sostuvo un vestido apoyándolo en el cuerpo de Lucía. - Prueba esto, creo que te quedará bien, el color te queda bien.
- Pero amiga, no puedo aceptar algo así... - Lucía ya iba a rechazar aquel absurdo, después de todo, no era solo porque su mejor amiga era rica, que ella debía beneficiarse de eso, la amistad de ellas no tenía nada que ver con dinero. Pero Romina no la dejó terminar.
- No sirve de nada negarse, te lo estoy regalando. ¡No puedes rechazar un regalo! - Ella sonreía a lo grande, Lucía solo suspiró y fue al probatorio.