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Amor Después de la Tormenta

Amor Después de la Tormenta

Autor: : Jing Yue Liu Guang
Género: Mafia
Las cenizas de mi abuela estaban esparcidas por el lodo. La urna rota. El lugar profanado. La lluvia fría lavaba mi rabia, pero no la apagaba. Sabía quién lo había ordenado: Damián. Él solo quería controlarme, usar a los muertos para manipular a los vivos. Mi teléfono vibró con su nombre. "¿Ya lo viste, León?" Mateo, su hombre de confianza, sonaba tenso. Apenas pude susurrar: "¿Por qué, Mateo? ¿Por qué mi abuela?" Él respondió: "Damián dice que tienes que volver." Me reí, una risa horrible. "¿Y así me lo pide?" Me amenazó: si no volvía "por las buenas" , mi abuela nunca tendría un entierro digno. Tuve que aceptarlo. Subí al auto negro que me envió su abogado. Mi regreso, sin embargo, llegó demasiado tarde. En el coche, una enfermera me dio la noticia: "Tu abuela... no lo logró." Damián estaba esperándome, impaciente. Le dije con la voz hueca: "Mi abuela... acaba de morir." Su respuesta me heló la sangre: "Era de esperarse. Si te hubieras portado bien, habrías estado con ella." La furia me cegó. Lo encaré, gritándole que él me había chantajeado. Me arrastró a la casa, me encerró en mi habitación. Entonces, Isabela, su amante, apareció, vestida de blanco. "Pobre Leoncito," dijo con voz empalagosa. "Damián dice que te mantuvo cerca porque tus ojos se parecen a los míos. Eres mi copia barata." Luego añadió: "Y lo de tu abuela... Damián dice que es una bendición. Ahora puedes concentrarte en él. O bueno, en nosotros." Enloquecí. Me lancé sobre ella. Damián entró furioso, me arrojó contra la pared. "¡No te atrevas a tocarla!" rugió, antes de golpearme brutalmente. Me dejó allí, sangrando, mientras consolaba a Isabela. Desperté golpeado, solo. Damián me obligó a acompañarlo a una gala, a fingir que todo estaba bien. Allí, vi a Isabela con la pulsera de turquesas de mi abuela. Fue la gota que derramó el vaso. Me desplomé, avergonzado y humillado. Cuando volví en mí, fui a donde Isabela dormía y vi la pulsera en su mesita de noche. Traté de recuperarla, pero Damián apareció. Me arrebató la pulsera. "¡Ya no tienes nada, León! Todo lo que eres, me pertenece." Me arrastró hasta el balcón sobre el acantilado. Lanzó la pulsera al abismo. "¡Te la daré, entonces!" Sin pensarlo, salté. El impacto fue brutal. Lo último que vi fue a Damián volviéndose hacia Isabela, la puerta del balcón cerrándose. Me había abandonado a morir. Pero no morí. Fui hallado por Ángel, un guardián de las tierras de mi abuela, y por su joven primo, Javier. Ellos me salvaron, me cuidaron, y juntos forjamos una nueva verdad. Con la ayuda de Javier, engañamos a Damián para que creyera que yo estaba muerto. Pusieron la llave del apartamento de mi abuela en un cuerpo no identificado, y Damián lo creyó. Él empezó su propio infierno. Su mundo se derrumbó. Comenzó a obsesionarse con la idea de que yo estaba vivo. Isabela, por su parte, empezó a enfermar, a consumirse misteriosamente. Un día, Mateo le reveló a Damián la verdad sobre Isabela: ella profanó la tumba de mi abuela, ella me provocó. Damián se dio cuenta de su ceguera, de su crueldad. Un año después, él me encontró. En el bosque, ante las flores de luna que señalaban mi presencia. Vino a pedir perdón, a implorar mi regreso. Pero ya era tarde. "No, no has cambiado," le dije. "Solo te quedaste sin juguetes y viniste a buscar el que rompiste." Cuando le dije que se fuera para siempre, Damián se arrodilló, destrozado. Pero la costumbre tiró más fuerte. Cuando Mateo lo llamó, diciéndole que Isabela estaba muriendo, Damián se marchó. Le di un frasco para Isabela. "No la curará," le dije, "pero detendrá la enfermedad. Su sufrimiento te mantiene atado a ella. Mi paz lo merece." Cerré la puerta. Esta vez, para siempre. Damián se fue. Intentó buscarme, enviarme regalos que siempre eran devueltos. Su imperio se desmoronó. Cinco años después, murió, solo, ahogado en su propio arrepentimiento. Yo construí una nueva vida con Ángel y Javier. Nos casamos, tuvimos una hija, Luna. Un día, Luna preguntó sobre una foto mía de joven que encontré en un viejo anuncio de "persona desaparecida" de Damián. "Nadie importante, mi amor," le dije. "Solo un viejo fantasma." El pasado estaba enterrado. El futuro, finalmente, era mío.

Introducción

Las cenizas de mi abuela estaban esparcidas por el lodo.

La urna rota.

El lugar profanado.

La lluvia fría lavaba mi rabia, pero no la apagaba.

Sabía quién lo había ordenado: Damián.

Él solo quería controlarme, usar a los muertos para manipular a los vivos.

Mi teléfono vibró con su nombre.

"¿Ya lo viste, León?" Mateo, su hombre de confianza, sonaba tenso.

Apenas pude susurrar: "¿Por qué, Mateo? ¿Por qué mi abuela?"

Él respondió: "Damián dice que tienes que volver."

Me reí, una risa horrible. "¿Y así me lo pide?"

Me amenazó: si no volvía "por las buenas" , mi abuela nunca tendría un entierro digno.

Tuve que aceptarlo.

Subí al auto negro que me envió su abogado.

Mi regreso, sin embargo, llegó demasiado tarde.

En el coche, una enfermera me dio la noticia: "Tu abuela... no lo logró."

Damián estaba esperándome, impaciente.

Le dije con la voz hueca: "Mi abuela... acaba de morir."

Su respuesta me heló la sangre: "Era de esperarse. Si te hubieras portado bien, habrías estado con ella."

La furia me cegó.

Lo encaré, gritándole que él me había chantajeado.

Me arrastró a la casa, me encerró en mi habitación.

Entonces, Isabela, su amante, apareció, vestida de blanco.

"Pobre Leoncito," dijo con voz empalagosa. "Damián dice que te mantuvo cerca porque tus ojos se parecen a los míos. Eres mi copia barata."

Luego añadió: "Y lo de tu abuela... Damián dice que es una bendición. Ahora puedes concentrarte en él. O bueno, en nosotros."

Enloquecí.

Me lancé sobre ella.

Damián entró furioso, me arrojó contra la pared.

"¡No te atrevas a tocarla!" rugió, antes de golpearme brutalmente.

Me dejó allí, sangrando, mientras consolaba a Isabela.

Desperté golpeado, solo.

Damián me obligó a acompañarlo a una gala, a fingir que todo estaba bien.

Allí, vi a Isabela con la pulsera de turquesas de mi abuela.

Fue la gota que derramó el vaso.

Me desplomé, avergonzado y humillado.

Cuando volví en mí, fui a donde Isabela dormía y vi la pulsera en su mesita de noche.

Traté de recuperarla, pero Damián apareció.

Me arrebató la pulsera.

"¡Ya no tienes nada, León! Todo lo que eres, me pertenece."

Me arrastró hasta el balcón sobre el acantilado.

Lanzó la pulsera al abismo.

"¡Te la daré, entonces!"

Sin pensarlo, salté.

El impacto fue brutal.

Lo último que vi fue a Damián volviéndose hacia Isabela, la puerta del balcón cerrándose.

Me había abandonado a morir.

Pero no morí.

Fui hallado por Ángel, un guardián de las tierras de mi abuela, y por su joven primo, Javier.

Ellos me salvaron, me cuidaron, y juntos forjamos una nueva verdad.

Con la ayuda de Javier, engañamos a Damián para que creyera que yo estaba muerto.

Pusieron la llave del apartamento de mi abuela en un cuerpo no identificado, y Damián lo creyó.

Él empezó su propio infierno.

Su mundo se derrumbó.

Comenzó a obsesionarse con la idea de que yo estaba vivo.

Isabela, por su parte, empezó a enfermar, a consumirse misteriosamente.

Un día, Mateo le reveló a Damián la verdad sobre Isabela: ella profanó la tumba de mi abuela, ella me provocó.

Damián se dio cuenta de su ceguera, de su crueldad.

Un año después, él me encontró.

En el bosque, ante las flores de luna que señalaban mi presencia.

Vino a pedir perdón, a implorar mi regreso.

Pero ya era tarde.

"No, no has cambiado," le dije. "Solo te quedaste sin juguetes y viniste a buscar el que rompiste."

Cuando le dije que se fuera para siempre, Damián se arrodilló, destrozado.

Pero la costumbre tiró más fuerte.

Cuando Mateo lo llamó, diciéndole que Isabela estaba muriendo, Damián se marchó.

Le di un frasco para Isabela.

"No la curará," le dije, "pero detendrá la enfermedad. Su sufrimiento te mantiene atado a ella. Mi paz lo merece."

Cerré la puerta.

Esta vez, para siempre.

Damián se fue.

Intentó buscarme, enviarme regalos que siempre eran devueltos.

Su imperio se desmoronó.

Cinco años después, murió, solo, ahogado en su propio arrepentimiento.

Yo construí una nueva vida con Ángel y Javier.

Nos casamos, tuvimos una hija, Luna.

Un día, Luna preguntó sobre una foto mía de joven que encontré en un viejo anuncio de "persona desaparecida" de Damián.

"Nadie importante, mi amor," le dije. "Solo un viejo fantasma."

El pasado estaba enterrado.

El futuro, finalmente, era mío.

Capítulo 1

Las cenizas de mi abuela estaban esparcidas por el lodo.

La pequeña urna de madera, la que yo mismo había elegido, estaba rota en pedazos junto a la lápida. Alguien había venido, había desenterrado el lugar donde la habíamos puesto a descansar temporalmente y lo había profanado.

La lluvia fría de la mañana me empapaba la ropa, pero no sentía nada.

Mis rodillas se hundieron en la tierra mojada. Con los dedos temblorosos, traté de juntar las cenizas, pero solo lograba mezclar más el gris pálido con el negro de la tierra. Era inútil, un sacrilegio sobre otro.

Un grito seco y ahogado se escapó de mi garganta.

No era un grito de tristeza, era de pura rabia.

Sabía quién había hecho esto, o mejor dicho, quién lo había ordenado. Solo una persona en el mundo era tan cruel, tan posesiva como para usar a los muertos para controlar a los vivos.

Damián.

Mi teléfono sonó, vibrando en mi bolsillo. No necesitaba mirar la pantalla.

"¿Ya lo viste, León?"

La voz de Mateo, el hombre de confianza de Damián, sonaba extrañamente tensa por el teléfono, casi culpable.

"¿Por qué, Mateo? ¿Por qué mi abuela?" mi voz era apenas un susurro roto.

Hubo un silencio al otro lado. Pude imaginar a Mateo, un hombre grande y usualmente impasible, luchando por encontrar palabras.

"El señor Damián... no está bien desde que te fuiste. Dice que tienes que volver."

"¿Y esta es su manera de pedírmelo?" reí, un sonido horrible y sin alegría. "¿Destruyendo lo único que me quedaba de ella?"

"León, yo... no estoy de acuerdo con esto. Se lo dije. Pero él cree que es la única forma. Dice que si no vuelves por las buenas, te obligará a ver cómo ni siquiera puedes darle un entierro digno a tu abuela."

Las palabras de Mateo confirmaron mis sospechas y solidificaron el odio que sentía en el pecho. Damián no había cambiado. Desde que Isabela, su verdadero amor, había vuelto, yo había dejado de ser una persona para él. Me había convertido en un objeto, un sustituto que ahora se atrevía a tener voluntad propia.

Recordé la última vez que Damián me había mirado con algo parecido al cariño. Fue hace meses, antes de que Isabela reapareciera en su vida. Él me había sostenido la cara entre las manos y me había dicho: "León, nunca me dejes. Eres lo único real que tengo."

Qué mentira tan patética.

Yo fui su ancla cuando Isabela lo dejó. Lo saqué de la depresión, manejé sus negocios cuando él no podía ni levantarse de la cama, aguanté sus cambios de humor y su maltrato. Creí que con el tiempo, su gratitud se convertiría en amor. Fui un idiota. En el momento en que Isabela chasqueó los dedos, volví a ser la sombra, el reemplazo conveniente.

"Dile a Damián," dije con una calma que me sorprendió a mí mismo, "que me dé una hora."

"¿Volverás?" preguntó Mateo, con un claro alivio en su voz.

"Tengo que recoger las cenizas de mi abuela," respondí, sin contestar realmente a su pregunta.

Colgué antes de que pudiera decir más.

Un coche negro y lujoso apareció al final del camino del cementerio. No era el de Mateo. La puerta del conductor se abrió y un hombre con traje, al que no conocía, bajó y caminó hacia mí. Su rostro era una máscara de profesionalismo frío.

"Señor León, soy el abogado del señor Damián. Me ha pedido que me asegure de que no tome ninguna decisión precipitada."

Se paró a unos metros de distancia, como si temiera contagiarse de mi desgracia.

"¿Decisiones precipitadas? ¿Como intentar darle un entierro digno a mi familia?"

"El señor Damián ha sido muy claro," continuó el abogado, ignorando mi sarcasmo. "Usted debe volver a la casa. Si coopera, él se encargará personalmente de todos los arreglos funerarios. Comprará la mejor parcela, ordenará la lápida más cara. Si no coopera..."

Dejó la amenaza flotando en el aire.

Mi teléfono volvió a sonar. Esta vez, la pantalla mostraba "Damián". El corazón me dio un vuelco violento. Dudé un segundo antes de contestar.

"¿Ya te cansaste de jugar en el lodo, mi amor?"

Su voz era suave, casi melosa, pero por debajo corría una corriente de acero.

"Damián, por favor. No hagas esto."

"¿Hacer qué, León? ¿Intentar que mi esposo vuelva a casa? Te fuiste sin decir una palabra. Me preocupé."

"¡Profanaste la tumba de mi abuela!" grité, la rabia finalmente rompiendo mi falsa calma.

"Fue un desafortunado accidente," dijo con una tranquilidad exasperante. "Unos vándalos, seguramente. Pero no te preocupes, yo lo arreglaré todo. Solo tienes que volver. Sube al coche que te mandé. Ahora."

Sentí una oleada de impotencia. Miré las cenizas esparcidas, la tierra profanada. Tenía razón. Sin su dinero, sin su poder, me llevaría semanas, quizás meses, poder arreglar este desastre. Él lo sabía. Era un chantaje perfecto y cruel.

"¿Y si no lo hago?" pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

"Entonces esas cenizas se quedarán ahí, León. Se las llevará el viento o la próxima lluvia. Tu abuela nunca descansará en paz. Y todo será tu culpa. Por ser tan terco."

Cerré los ojos. Cada palabra era un golpe calculado para hacerme el mayor daño posible. Y funcionaba.

"Está bien," susurré, derrotado. "Volveré."

"Buen chico," ronroneó. "Sabía que entenderías. Te espero en casa. Tenemos que hablar sobre tu comportamiento."

Colgó.

El abogado me observaba, su expresión no cambió ni un ápice.

Me levanté lentamente, con las rodillas cubiertas de lodo. Miré por última vez el desastre en el suelo. Sentí las lágrimas mezclarse con la lluvia en mi cara.

Me di la vuelta y caminé hacia el coche negro, dejando atrás los restos de mi abuela y los últimos vestigios de mi amor por Damián.

Por fuera, estaba obedeciendo. Parecía el perro sumiso que volvía con el rabo entre las piernas.

Pero por dentro, algo se había roto para siempre. Ya no había amor, ni esperanza, ni perdón.

Solo había una promesa silenciosa.

Esto no se iba a quedar así. Damián pagaría por cada gramo de ceniza que había esparcido.

No sabía cómo ni cuándo, pero encontraría la forma de destruirlo.

Capítulo 2

El viaje de vuelta a la mansión fue un infierno silencioso. El chófer no dijo una palabra, y yo me limité a mirar por la ventana cómo la ciudad, que una vez me pareció llena de promesas, se convertía en los barrotes de mi jaula.

Cuando el coche se detuvo frente a la imponente puerta principal, sentí un nudo en el estómago. Esta casa ya no era un hogar, era una prisión de lujo.

Antes de que pudiera bajar, mi teléfono sonó de nuevo. Era un número desconocido. Contesté con recelo.

"¿León? Soy la enfermera del hospital. Lo siento mucho, tu abuela... no lo logró. Falleció hace diez minutos. Tratamos de contactar al señor Damián, pero no contestó."

El mundo se detuvo.

El teléfono se me resbaló de la mano y cayó sobre la alfombrilla del coche.

No.

No podía ser.

Se suponía que tenía que volver, tragarme mi orgullo, y él se encargaría de que le dieran el mejor tratamiento. Se suponía que tenía tiempo.

La puerta del coche se abrió. Damián estaba allí, con una expresión de impaciencia.

"¿Por qué tardas tanto? Te estoy esperando."

Lo miré, pero no lo veía realmente. Solo podía oír las palabras de la enfermera repitiéndose en mi cabeza.

"Mi abuela," dije, con la voz hueca. "Acaba de morir."

La expresión de Damián no cambió. Ni una pizca de compasión.

"Bueno, era una mujer vieja y enferma, León. Era de esperarse. Si te hubieras portado bien y no te hubieras escapado, habrías estado con ella."

La sangre me hirvió en las venas. La pena se transformó en una furia blanca y cegadora.

"¿Que me hubiera portado bien?" Salté del coche y lo encaré. "¡Tú me chantajeaste! ¡Me amenazaste con sus cenizas! ¡Si no me hubieras obligado a volver, habría estado a su lado!"

"¡No levantes la voz!" siseó, agarrándome del brazo con una fuerza brutal. "Ella murió por su propia debilidad. Y tú me estás avergonzando con este espectáculo."

Me arrastró dentro de la casa, sus dedos clavándose en mi piel. Mateo estaba en el vestíbulo, y al vernos, desvió la mirada, con el rostro lleno de culpa.

"Llévatelo a su cuarto y no lo dejes salir," ordenó Damián a dos guardias que aparecieron de la nada.

"¡Damián, no puedes hacerme esto!" grité, luchando contra ellos.

"Claro que puedo. Necesitas tiempo para pensar en cómo me has faltado al respeto. Cuando aprendas a comportarte, hablaremos."

Me encerraron en mi habitación. La misma habitación donde una vez creí que estaba construyendo un futuro con él. Ahora, las paredes parecían encogerse a mi alrededor. Golpeé la puerta hasta que mis nudillos sangraron, grité hasta quedarme sin voz. Nadie vino.

Caí al suelo, exhausto y roto. El dolor por la muerte de mi abuela era una bestia que me devoraba por dentro. Y el odio por Damián era el veneno que lo alimentaba.

Pasaron horas, o quizás un día. Perdí la noción del tiempo. No comí, no bebí. Solo me quedé acurrucado en un rincón, temblando.

La puerta finalmente se abrió.

Pero no fue Damián.

Era Isabela.

Estaba vestida con un vestido blanco y vaporoso, como un ángel. Pero sus ojos brillaban con una malicia que desmentía su apariencia.

"Pobre Leoncito," dijo con una voz dulce y empalagosa. "Escuché lo de tu abuela. Qué lástima."

No respondí. No tenía la fuerza.

Se acercó y se agachó frente a mí, su perfume caro llenando el aire.

"¿Sabes? Damián está muy decepcionado contigo. Él solo quería que volvieras, y tú le montaste una escena."

"Lárgate," susurré.

Ella sonrió. "Oh, no. Damián me pidió que viniera a hacerte compañía. De hecho, me contó algo muy interesante. Me dijo que la única razón por la que te mantenía cerca era porque tus ojos se parecen un poco a los míos. ¿No es romántico? Eres mi copia barata."

Cada palabra era un puñetazo.

"Y lo de tu abuela... Damián dice que en realidad es una bendición. Ahora ya no tienes distracciones. Puedes concentrarte completamente en él. O bueno, en nosotros."

Eso fue todo. La última gota.

Una fuerza que no sabía que tenía surgió de las profundidades de mi desesperación. Me lancé sobre ella, con las manos extendidas hacia su cuello. No pensaba, solo actuaba. Quería borrar esa sonrisa de su cara, quería que sintiera una fracción del dolor que yo estaba sintiendo.

Isabela gritó, un chillido agudo y aterrorizado.

La puerta se abrió de golpe. Damián entró como una furia.

Sin dudarlo un segundo, me arrancó de encima de ella y me lanzó contra la pared. Mi cabeza golpeó la madera con un sonido sordo y repugnante. El mundo se llenó de estrellas.

"¡No te atrevas a tocarla!" rugió Damián, su rostro desfigurado por la ira.

Se arrodilló junto a Isabela, que ahora sollozaba dramáticamente en el suelo.

"¿Estás bien, mi amor? ¿Te hizo daño este animal?"

"Damián, me asusté mucho," gimió ella. "Solo vine a consolarlo y me atacó."

Damián se giró hacia mí. Sus ojos, los mismos ojos que una vez me miraron con falsa ternura, ahora estaban llenos de un odio asesino. Caminó hacia mí, y yo retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la pared.

"Te di una oportunidad, León. Una. Y la desperdiciaste."

Levantó la mano y me golpeó. La bofetada fue tan fuerte que mi cabeza rebotó contra la pared de nuevo. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca.

"Tú," dijo, su voz un susurro peligroso, "nunca, jamás, volverás a ponerle una mano encima a Isabela. ¿Entendido?"

Traté de levantarme, pero las piernas no me respondían. El dolor en mi cabeza era insoportable, y una oscuridad empezaba a invadir los bordes de mi visión.

"Mateo," gritó Damián hacia la puerta. "Llama a un médico. Pero que no lo lleve al hospital. No quiero que nadie vea esto."

Vi a Mateo en el umbral, con el rostro pálido de horror.

"Señor, creo que se ha pasado..."

"¡Haz lo que te digo!"

Lo último que vi antes de desmayarme fue a Damián levantando a Isabela en brazos con una ternura infinita, susurrándole palabras de consuelo mientras me dejaba tirado en el suelo, en un charco de mi propia sangre y desesperación.

Mi ayuda externa, la llamada de Mateo, había sido bloqueada. Estaba completamente solo, herido y a merced del monstruo que yo mismo había ayudado a crear.

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