Durante cinco años, mi universo giró en torno a Ricardo, el magnate del tequila que, según él, había quedado paralítico por culpa de su exnovia, Sofía.
Me enamoré de su "fragilidad", cuidándolo con devoción, sacrificando mi carrera de diseñadora y creyendo cada una de sus palabras.
Pero una noche de tormenta, mientras le llevaba su tequila especial, escuché su voz. "Esa pendeja de Ximena se traga todo lo que le digo. Ha sido así durante cinco años."
Él no estaba postrado. Él y su mejor amigo, Mateo, se reían de cómo me había usado, humillado y robado por una venganza enferma contra Sofía, quien resultó ser su cómplice.
Cada "te amo", cada sacrificio, cada cicatriz en mis pies por caminar sobre brasas, todo fue una farsa, una herramienta en su macabra obra.
¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Cómo no vi la maldad detrás de sus ojos, la crueldad en cada risa, el desprecio en cada gesto?
El amor en mi corazón murió, dando paso a algo frío y afilado: el odio. Ricardo Santos había subestimado a la mujer que, desde ese instante, solo tendría una cosa en mente: venganza y escape.
La lluvia caía a cántaros sobre Guadalajara, un diluvio que parecía querer borrar la ciudad del mapa.
Los limpiaparabrisas de mi viejo coche luchaban inútilmente contra el torrente de agua que golpeaba el cristal, y el tráfico no avanzaba.
Mi corazón latía con fuerza, no por el miedo a la tormenta, sino por la ansiedad.
Ricardo me había llamado hacía una hora, su voz sonaba débil y necesitada por el teléfono.
"Mi amor, se me acabó el tequila, el especial, el que me ayuda a dormir. ¿Podrías traerme una botella? Por favor, Ximena, solo tú sabes cuál es."
Por supuesto que solo yo sabía.
Era un tequila extra añejo, ridículamente caro, de una licorería al otro lado de la ciudad.
No me importó la tormenta. No me importó el tráfico. Durante cinco años, las necesidades de Ricardo habían sido el centro de mi universo.
Me enamoré de él, el gran magnate del tequila, un hombre poderoso y carismático que, según me contó, había quedado postrado en una silla de ruedas por un terrible accidente causado por su exnovia, Sofía.
Yo, una joven diseñadora de moda con más sueños que dinero, creí cada palabra.
Creí en su amor, en su fragilidad, y dediqué mi vida a cuidarlo.
Finalmente, después de casi dos horas, llegué a la mansión.
Estaba empapada, temblando de frío, pero con la preciada botella de tequila a salvo en mis brazos.
La casa estaba en silencio, lo cual era extraño.
Normalmente, a esta hora, Ricardo estaría en la sala, viendo las noticias.
Dejé mis zapatos mojados en la entrada y caminé de puntillas por el pasillo de mármol.
Una luz se filtraba por debajo de la puerta de su estudio.
Y entonces, escuché voces. La de Ricardo y la de su mejor amigo, Mateo.
"¿De verdad crees que se tragó el cuento del tequila para dormir?", decía Mateo entre risas.
La voz de Ricardo, que siempre era tan suave y cuidadosamente débil conmigo, ahora sonaba fuerte, clara y llena de un desprecio que nunca había escuchado.
"Por supuesto que se lo tragó. Esa pendeja de Ximena se traga todo lo que le digo. Ha sido así durante cinco años."
Me quedé helada. La botella de tequila casi se me resbala de las manos.
Mi respiración se detuvo.
"Cinco años, hermano", continuó Mateo, su tono era una mezcla de admiración y burla. "¿No te cansas de fingir? ¿De estar sentado en esa silla todo el día?"
Hubo un sonido, un crujido de cuero, y luego la voz de Ricardo, más cerca de la puerta.
"El odio es un gran motivador. Cada vez que veo a Ximena arrastrándose por mí, sirviéndome, mirándome con esos ojos de perrito abandonado, me imagino la cara de Sofía. Cada humillación para Ximena es una bofetada para Sofía en mi mente."
Mi mundo se hizo añicos en ese instante.
La sangre se me heló en las venas.
"¿Y todas esas pruebas de amor?", preguntó Mateo, claramente disfrutando del recuerdo. "¿Como cuando la hiciste caminar descalza sobre las brasas en la fiesta de año nuevo porque 'demostraba la calidez de su amor'?"
"Esa fue buena", admitió Ricardo, y ambos soltaron una carcajada. Una risa cruel y horrible que retumbó en mi cabeza. "O cuando la hice vender todos sus diseños, su única pasión, para comprarme ese reloj de edición limitada que supuestamente 'simbolizaba nuestro tiempo eterno juntos'. Y luego se lo regalé a una de mis amantes."
No. No podía ser.
Mi mente se negó a procesarlo.
Las brasas. Todavía tenía las cicatrices en las plantas de los pies.
Mis diseños. Mi portafolio, el trabajo de toda mi vida, vendido por una miseria.
Cada sacrificio, cada lágrima, cada noche en vela cuidándolo, cada "te amo" que le susurré... todo era una farsa.
Una herramienta en su enferma venganza contra otra mujer.
Yo no era su amor. Yo era un peón. Un objeto. Una broma.
"¿Y cuántas veces te has levantado de esa silla cuando ella no está?", insistió Mateo.
"¿Qué te importa? Cientos, miles de veces. He ido a fiestas, me he acostado con mujeres, he cerrado negocios. Ximena es mi coartada perfecta. La enfermera devota que cuida al pobre inválido. Nadie sospecharía que el lisiado Ricardo Santos está destruyendo a sus competidores uno por uno."
El aire se me escapó de los pulmones en un sollozo ahogado.
Me tapé la boca con ambas manos, tratando de no hacer ruido.
Las lágrimas corrían por mis mejillas, mezclándose con el agua de la lluvia.
El amor, ese sentimiento cálido y abrumador que había llenado mi corazón durante cinco años, se pudrió y murió en cuestión de segundos.
En su lugar, creció algo frío, duro y afilado.
Odio.
Un odio tan puro y tan intenso que me quemaba por dentro.
Miré la botella de tequila en mis manos.
El "remedio" para su dolor. Otra mentira.
Con un cuidado infinito, dejé la botella en el suelo, sin hacer ruido.
Di media vuelta y me alejé de esa puerta, de esa casa, de esa vida que había sido una mentira monumental.
Ya no era la ingenua y soñadora Ximena.
Esa mujer había muerto en el pasillo.
Ahora, solo quedaba una mujer con el corazón destrozado y una sola idea en la mente.
Venganza.
Y escape.
Ricardo Santos no sabía con quién se había metido.
Pensaba que yo era débil, una tonta manipulable.
Iba a demostrarle lo equivocado que estaba.
Mi cuerpo se movía por pura inercia, cada paso era un esfuerzo monumental contra la tormenta que se desataba dentro de mí.
Regresé a la entrada, me puse los zapatos mojados y volví a salir a la lluvia torrencial.
Pero no me fui. No todavía.
No podía. No tenía a dónde ir, no tenía un peso a mi nombre.
Todo lo que tenía, o creía tener, estaba dentro de esa casa.
Ricardo me había aislado de mis amigos, mi familia. Mi tía Elena, la única familia que me quedaba, vivía en España y apenas hablábamos porque Ricardo siempre encontraba una excusa para que yo estuviera demasiado ocupada para llamarla.
Tenía que volver a entrar. Tenía que seguir con la farsa hasta que tuviera un plan.
Respiré hondo, el aire frío y húmedo llenando mis pulmones.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y compuse mi rostro en una máscara de preocupación y cansancio.
Cuando volví a entrar, toqué la puerta del estudio suavemente.
"¿Ricardo? Mi amor, ya llegué."
La risa se detuvo de golpe.
Hubo un silencio tenso, y luego la voz de Ricardo, de nuevo débil y suave.
"Adelante, cielo."
Abrí la puerta.
Mateo estaba de pie junto a la ventana, con una copa en la mano, mirándome con una sonrisa burlona.
Ricardo estaba en su silla de ruedas, con una manta sobre las piernas, la expresión de un mártir sufriente perfectamente dibujada en su rostro.
Un actor consumado.
"Te tardaste tanto, mi amor. Estaba preocupado", dijo, extendiendo una mano hacia mí.
Me acerqué y le entregué la botella. Mis manos temblaban ligeramente.
"El tráfico estaba horrible por la tormenta", dije, mi voz sonaba extrañamente hueca en mis propios oídos.
Mateo se acercó, su mirada recorriéndome de arriba abajo.
"Vaya, Ximena, pareces un perro mojado", soltó con desprecio. "Ten cuidado, no vayas a manchar la alfombra persa."
Sentí una oleada de ira, pero la reprimí.
"Lo siento", musité, bajando la mirada.
"No le hables así, Mateo", la reprendió Ricardo, pero no había fuerza en sus palabras. Era parte del show. El novio protector. "Ella solo hacía lo que le pedí."
Ricardo me tomó la mano. Su tacto, que antes me derretía, ahora me provocaba náuseas.
"Gracias, mi vida. Eres mi ángel. Ahora, ¿podrías prepararme un baño caliente? Siento que los huesos me van a matar con esta humedad."
Vi la forma en que sus dedos se aferraban a los reposabrazos de la silla. Los nudillos blancos.
Vi el músculo de su pantorrilla tensarse bajo la manta cuando se acomodó.
Un hombre que no había usado sus piernas en cinco años no tendría esa definición muscular.
Era tan obvio. Tan insultantemente obvio.
¿Cómo pude ser tan ciega?
"Claro, mi amor", respondí, forzando una sonrisa. "Enseguida."
Me di la vuelta para salir de la habitación, pero me detuve un segundo en el umbral, fingiendo ajustar mi ropa.
Sabía que pensarían que estaba fuera de su alcance auditivo.
Y funcionó.
"Qué patética se ve", susurró Mateo, con veneno en la voz. "Totalmente rota."
"Exactamente como la quiero", respondió Ricardo, su voz era un murmullo satisfecho. "Mañana tenemos la cena benéfica de la fundación. Tengo una nueva 'prueba de amor' para ella. Será espectacular. Le pediré que se ponga ese vestido horrible que diseñó al principio, el que parece un costal de papas, y que sirva las bebidas a todos nuestros invitados. Quiero que todos vean lo bajo que ha caído la 'prometedora diseñadora'."
Sus risas me siguieron por el pasillo.
Cada carcajada era un clavo más en el ataúd del amor que una vez sentí por él.
Mientras preparaba el baño, el vapor llenando el lujoso cuarto de mármol, mis manos trabajaban en automático.
Mi mente, sin embargo, era una máquina fría y calculadora.
Un vestido que parece un costal de papas.
Servir bebidas.
Humillación pública.
No.
Ya no.
Miré mi reflejo en el espejo. Mis ojos estaban rojos e hinchados, mi rostro pálido.
Pero debajo del dolor, había algo nuevo. Una chispa de acero.
Él quería un espectáculo. Le daría uno. Pero no el que él esperaba.
El agua caliente caía en la tina, pero yo sentía un frío glacial en el alma.
El amor no muere en silencio.
Muere con el sonido de una risa cruel en un estudio lleno de humo de cigarro y mentiras.
Muere al darte cuenta de que la persona por la que habrías dado la vida, te ha estado matando lentamente, día tras día.
Y cuando el amor muere, a veces, algo mucho más peligroso nace de sus cenizas.