Isabela, atrapada en la ruralidad cafetera, recibe una beca que promete un escape a Bogotá, una nueva vida más allá de su monótona existencia junto a Carlos, su esposo.
Pero una pesadilla recurrente cobra vida: Carlos, con la misma voz melosa de su sueño, le exige sacrificar su única oportunidad para dársela a su prima, Lucía, y al hijo de esta, Mateo.
Su rotundo "No" desata su ira, mientras Lucía, con ojos llorosos, se presenta como la mártir. La culminación llegó en una noche de tormenta: la casa se derrumbó y Carlos, sin dudarlo, la abandonó herida para proteger a su prima y al niño, dejándola sola frente a sus miedos y el dolor físico.
Esa imagen, marcada en su alma, la heló hasta los huesos. ¿Cómo pudo ser tan ciego? ¿Cómo pudo su amor, que ella creía real, desvanecerse ante tal preferencia, dejándola sentir el amargo sabor de la traición y el abandono más profundo?
Pero esta vez, la Isabela del sueño no moriría. Con la amargura del café convertida en la gasolina de su voluntad, se levantó, solicitó el divorcio y se embarcó hacia Bogotá, decidida a construir la vida que siempre le fue negada, transformando su dolor en una imparable fuerza de cambio.
El sueño era siempre el mismo, una pesadilla recurrente que me helaba la sangre.
Me veía vieja, encorvada, con la piel pegada a los huesos y la mirada perdida en la miseria de un rancho de bahareque.
El café, antes aroma de prosperidad, ahora solo sabía a la amargura de mi soledad.
Carlos, mi Carlos, me había abandonado hacía décadas, justo después de que yo, tontamente, cediera mi única oportunidad de salir de este pueblo olvidado.
Una beca para estudiar en Bogotá.
Una vida diferente.
Se la di a Lucía, su prima viuda, porque él me lo pidió, "ella lo necesita más, Isa, por el niño, por Mateo".
Y yo, creyendo en su amor, en sus promesas, acepté.
Él se fue con ella poco después, y yo me quedé esperando, consumiéndome en la pobreza y el olvido hasta morir sola, con el sabor amargo del café como única compañía.
Desperté sudando frío, el corazón latiéndome con la fuerza de un tambor enloquecido.
La realidad era casi un calco: vivía en un pequeño pueblo cafetero, casada con Carlos Herrera, administrador de la cooperativa local.
Y la oportunidad estaba ahí, sobre la mesa de noche: la carta de aceptación para la beca-programa del gobierno departamental. Maestría y trabajo en Bogotá. Un cupo que valía oro.
Carlos entró en la habitación, su rostro usualmente jovial, ahora ensombrecido por una petición.
"Isa, mi amor," comenzó con esa voz melosa que usaba cuando quería algo. "Estaba pensando... Lucía realmente necesita esta oportunidad. Por Mateo, ¿sabes? Para darle un futuro."
Sentí un escalofrío. Era el sueño, repitiéndose en la vigilia.
Pero esta vez, la Isabela del sueño, la Isabela que murió en la miseria, me gritaba desde el más allá.
Lo miré, mis ojos seguramente reflejando la dureza que sentía por dentro.
"No, Carlos."
Él parpadeó, sorprendido. Nunca le decía que no.
"Este cupo es mío." Mi voz sonó firme, desconocida incluso para mí. "Si quieres, puedes cederle tu vida entera a Lucía, pero yo me voy a Bogotá."
La sorpresa en el rostro de Carlos se transformó en una mueca de ira.
"¡Isabela! ¿Cómo puedes ser tan egoísta? Lucía está sola, tiene un hijo que mantener."
Lucía, que había entrado sigilosamente detrás de él, puso cara de mártir, los ojos brillantes de lágrimas contenidas.
"No, primo, no te preocupes. Isa tiene razón, es su oportunidad." Su voz era un susurro lastimero.
Carlos, ciego a la manipulación, me fulminó con la mirada.
"Ves, Isa, hasta ella es más considerada que tú. Deberías aprender."
Se giró y salió de la habitación, seguido por Lucía, quien me dedicó una mirada rápida, casi triunfal, antes de desaparecer.
Me vestí con una determinación helada. Tomé la carta de aceptación y mis pocos ahorros.
Fui directamente a la oficina de Don Rafael Gómez, el funcionario encargado de las becas.
"Don Rafael, buenos días. Vengo a confirmar mi aceptación de la beca."
El hombre sonrió. "Excelente decisión, Isabela. Es una gran oportunidad."
"Y también," añadí, el corazón martilleándome, "quisiera saber si usted podría facilitarme los formularios para el divorcio."
Don Rafael me miró con sorpresa, pero asintió comprensivo. "Claro, Isabela. Aquí tienes."
Esa tarde, una tormenta feroz azotó el pueblo. Los truenos retumbaban como cañones. Siempre me habían dado miedo.
Llamé a Carlos. No contestó.
Volví a llamar. Nada.
A la tercera, descolgó, su voz irritada. "¿Qué pasa, Isabela? Estoy ocupado."
"Carlos, tengo miedo, la tormenta..."
"Lucía y Mateo se asustan mucho con los truenos," me interrumpió. "Estoy en su casa, asegurándome de que estén bien. Ya pasará, no seas niña." Y colgó.
Me quedé sola, escuchando el rugido del cielo, sintiendo cómo la amargura del sueño se hacía más real que nunca.
Al día siguiente, el sol brillaba como si nada hubiera pasado.
Carlos no había dormido en casa.
Cuando iba camino a la escuela, lo vi. Conducía la camioneta de la cooperativa. Lucía iba a su lado, sonriente. Mateo iba en el asiento trasero.
Pasaron junto a mí, levantando una nube de polvo. Iban al mercado del pueblo vecino.
Yo seguí a pie, escuchando a mis espaldas los murmullos de las vecinas. "Pobre Isa... ese Carlos no la valora."
El café de la mañana, por primera vez en mucho tiempo, no me supo amargo. Sabía a decisión.
Las comidillas del pueblo se hicieron más fuertes.
Carlos intentaba acallarlas con explicaciones torpes.
"Isa está un poco sensible últimamente," le oí decir a un compadre en la tienda. "Ya saben cómo son las mujeres. Lucía necesitaba unas cosas urgentes del mercado, y yo tenía que ir de todas formas."
El compadre asintió, pero su mirada se desvió hacia mí cuando entré a comprar pan, y vi la lástima en sus ojos.
Lucía, por su parte, adoptó una actitud de falsa camaradería.
"Ay, Isa, qué pena que tuvieras que irte caminando," me dijo con una sonrisa que no le llegaba a los ojos cuando nos cruzamos cerca de la iglesia. "Si hubiera sabido, le habría dicho a Carlos que te esperara. Pero ya sabes cómo es él de atento conmigo y con el niño."
Su dulzura empalagosa me revolvía el estómago.
Unos días después, Carlos llegó a casa con una nueva petición.
"Isa," dijo, evitando mi mirada. "Lucía va a necesitar algunas cosas cuando se mude a Bogotá... bueno, si finalmente consigue un cupo o algo. Pensaba que podrías prestarle esas joyitas de oro que te dejó tu abuela. Para que tenga algo que ponerse, algo decente."
Eran mis únicas joyas de valor, el recuerdo más preciado de mi abuela. La idea de verlas en el cuello o las orejas de Lucía me produjo una náusea fría.
"No, Carlos," dije, la voz temblándome ligeramente. "Esas joyas son mías. Son de mi abuela. No se las voy a dar a nadie."
Su rostro se contrajo. "¡Siempre pensando en ti misma! ¿No puedes tener un gesto de generosidad? Entonces usaré mi propio dinero para comprarle algo. Ya que tú eres tan tacaña."
Se dio media vuelta y salió, dando un portazo.
Esa noche, cuando regresó, olía a aguardiente. Se sentó a la mesa sin decir palabra.
Puse los papeles de divorcio frente a él.
Los miró, primero con incredulidad, luego con una rabia creciente.
"¿Qué es esto?" siseó.
"El divorcio," respondí con calma. "Fírmalos."
Soltó una carcajada amarga. "¿Crees que me asustas con esto? ¿De verdad crees que te atreverás a dejarlos en el juzgado?"
Tomó el bolígrafo y firmó con un garabato furioso. "Ahí tienes. A ver si eres tan valiente."
A la mañana siguiente, mientras él dormía la borrachera, tomé los papeles y los llevé al pequeño juzgado del pueblo.
El secretario los recibió y selló mi copia. "El proceso tardará unas semanas, Isabela."
Asentí, sintiendo un peso enorme quitarse de mis hombros.
Carlos se fue a una capacitación regional de la cooperativa durante una semana. Cuando regresó, traía una pequeña bolsa de papel.
"Te traje esto," dijo, sacando un pañuelo de tela barata, de colores chillones. Lo había visto en un puesto de la terminal.
Luego, con una sonrisa orgullosa, sacó una cajita de terciopelo. "Y mira lo que le conseguí a Lucía. Unos aretes de filigrana de Mompox auténticos. Los vi en una joyería y pensé que le encantarían."
Los aretes eran hermosos, delicados, caros. El contraste con mi pañuelo era insultante.
"Son muy bonitos," dije, mi voz neutra. "Seguro que a ella le gustan."
Esa semana había feria en el pueblo. Una de las atracciones era el cine al aire libre en la plaza.
"Conseguí dos boletas para el cine de esta noche," anunció Carlos, como si me ofreciera el mundo. "Podríamos ir."
Lo miré. "Suena bien. ¿Por qué no invitas a Lucía y a Mateo? Seguro que al niño le hace ilusión."
Carlos pareció sorprendido, luego complacido. "Tienes razón. Es una buena idea, Isa. Qué considerada."
Se fue a casa de Lucía a darle la noticia.
Yo me preparé una taza de café. Esta vez, definitivamente, no sabía amargo. Sabía a libertad.