Siento el cuerpo pesado. Quiero despertar, pero mis párpados parecen pegados, así que hago un enorme esfuerzo para abrirlos. Lentamente, muevo mis ojos, en un esfuerzo por despabilarme, sin embargo, mis músculos no responden como quiero. Tras varios minutos de lucha, al fin consigo incorporarme.
Entonces me doy cuenta de que la habitación en la que me encuentro no me resulta familiar y esto aumenta más mi confusión.
-¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? -pregunté aturdida mientras miraba todo a mi alrededor en busca de respuestas.
Sin saber dónde me encontraba, bajé de la cama. Primero me dirigí a la ventana, desde donde pude observar varios edificios de condominios y negocios, pero todo me resultó desconocido. Lo único que descubrí fue que mi departamento se ubicaba en el tercer piso y que el inmueble es un poco antiguo. Sin embargo, no hay más pistas más del cómo llegué a ese lugar.
Con más dudas, me dispuse a ir al baño para darme una ducha y prepararme para salir, pero antes de entrar, escuché una música estridente. Perturbada, busqué con la mirada de dónde provenía ese ruido, hasta que mis ojos cayeron sobre una mesita que estaba cerca de la cama, donde ahí se encontraba un teléfono móvil que sonaba con tanta insistencia.
Al acercarme, solo logré leer que la llamada entrante era de un usuario identificado como "jefe molesto". En un principio dudé en contestarle a esa persona, pero cuando me decidí, en ese momento el aparato dejó de sonar.
-¡Uf! Al fin se calló -suspiré un poco aliviada.
Sin embargo, el "jefe molesto" volvió a llamar. Esto me asustó tanto, que el teléfono móvil se resbaló de mis manos, impactándose contra el piso.
-¡Rayos! Se rompió, ¿y ahora cómo respondo? -exclamé desesperada.
Tras varios intentos para que el aparato reaccionara, pude al fin tocar el botón de contestar y con la mano temblorosa acerqué el celular a mi oído para escuchar quién era la persona que me llamaba con tanta insistencia.
-¡Señorita Ruiz! ¿Dónde está? -cuestionó con severidad una voz masculina.
-Bue... buen día -saludé nerviosa, sin tener idea de cómo referirme a esa persona.
-¿Buen día? ¡Ya son las once de la mañana y no se encuentra en su puesto! -regañó el sujeto con furia.
-Lo siento, yo... -intenté excusarme-, tuve que ir al doctor, amanecí con dolor estomacal...
-¿Al doctor? ¿Y por qué no me lo notificó? -reclamó.
-Sí, lo siento mucho, señor -seguí balbuceando mientras pensaba en otra excusa-, es que me sentí tan mal, que apenas pude llegar al consultorio para que me atendieran. Apenas acabo de estabilizarme, así que debo llegar con usted en media hora -aseguré con la esperanza de conseguir tiempo y así poder investigar dónde se encontraba mi supuesto trabajo.
Mi respuesta dejó mudo a mi "jefe", que por un minuto no dijo nada, lo cual aumentó mi ansiedad y comencé a pensar que él se negaría a darme el tiempo que requería.
-Está bien -respondió finalmente-. Pero venga con calma si aún sigue débil.
-Gracias, señor -conteste con emoción-, no se preocupe, ya estoy mejor e iré inmediatamente.
-La veo en un rato -se despidió, colgando inmediatamente.
Un poco aturdida, traté de procesar lo que acababa de pasar, sin embargo, al ver que eran las 11:10 del día, decidí apurarme para vestirme y hacer una revisión rápida del resto de la habitación con la intención de descubrir un poco más sobre mí.
Sin embargo, lo único que encontré fue un bolso de imitación donde pude hallar una identificación con una fotografía "mía", la cual tampoco pude reconocer. El documento decía que me llamaba Lorraine Ruiz, tenía casi 30 años y que vivía en la calle 45, departamento 19, en el barrio Oaks, de la ciudad Port Saint Johns.
Saber esto alivió un poco las dudas sobre mi identidad, aunque sentía que todo esto era nuevo para mí, como si jamás hubiera vivido en ese lugar. Pero como no tenía tiempo para continuar dudando, seguí registrando el bolso, del cual saqué varias cosas de uso personal, como cremas, maquillaje, toallas sanitarias y hasta caramelos.
Después de vaciar el contenido de la bolsa, al fin di con lo que parecía ser una credencial de la "empresa" para la cual trabajaba. De esta, pude encontrar el nombre de la compañía, "Walker Inversiones", así como el puesto que al parecer desempeñaba: "asistente de presidencia".
-¡Vaya! Con razón el tipo de hace rato me habló con tanta soberbia -exclamé con fastidio.
Con estos pocos datos, decidí salir del departamento. Mientras lo hacía, trataba de anotar mentalmente algunas referencias que me ayudaran a recordar dónde vivía, como el número de puertas que había en el pasillo o color de las paredes. Para cuando salí a la calle, grabé en mi memoria la ubicación de cada poste o negocio que me ayudara a saber en donde me encontraba.
Como tampoco conocía a nadie, traté de sonreír un poco con los vecinos para evitar que ellos notaran que no los conocía. Afortunadamente, nadie notó mi nerviosismo y algunos me saludaron con familiaridad, así que continué caminando hacia la esquina, donde ahí pude ver la nomenclatura de la calle. Al ver que me encontraba en la confluencia de la calle 45 con 44, lo escribí rápidamente en un papelito y posteriormente me dispuse a buscar un taxi que me lleve al edificio donde supuestamente trabajaba.
Afortunadamente no esperé mucho, ya que un vehículo de alquiler apareció calles atrás, entonces le pedí parada y el chofer rápidamente se estacionó frente a mí.
-Buen día, ¿sabe cómo llegar a "Walker Inversiones"?
-Claro que sí, señorita -contestó el chofer-, estamos casi cerca. Llegaremos como a 15 minutos.
-Perfecto, gracias. Me urge llegar ahí -dije e inmediatamente subí detrás del chofer.
Después de esto, el hombre arrancó y continuó por toda la calle 44. Como todo esto me parecía nuevo, me mantuve alerta para tomar notas mentales sobre el sitio en el que me encontraba.
Luego de 15 minutos, el conductor se estacionó frente a un edificio alto, con elegantes ventanales que parecían reflejar el cielo. Asombrada por el excepcional diseño, olvidé que debía pagarle al taxista.
-Disculpe, señorita. Ya llegamos, son 100 dólares.
-¡Oh! Lo siento mucho -conteste avergonzada y me puse a buscar en mi cartera el dinero.
Para mi suerte, que no parecía mucha, solo tenía justo 100 dólares y con el dolor de mi alma se los entregué. Entonces caí en la cuenta de que a pesar de ostentar el puesto de asistente del presidente de la empresa, aún era pobre.
Luego de despedirme del amable chofer, me dispuse a entrar a "mi nuevo trabajo". Como todo esto era nuevo para mí, lentamente caminé hacia ese opulento sitio. En la entrada tuve que presentar mi identificación para poder pasar y, mientras lo hacía, escuché que alguien decía mi nombre.
-¡Lorraine! ¡Lorraine!
Visiblemente aturdida alcé la cara para ver quién me llamaba. Entonces descubrí que una joven pelirroja se acercaba a mí con el rostro preocupado.
-¡Lorraine! -repitió-, ¿dónde has estado? ¡El jefe está desesperado porque no has llegado!
-¡Oh! Lo siento, tuve que ir al doctor -respondí fingiendo un gesto de malestar.
La joven abrió los ojos de sorpresa, para después dijo con indignación.
-¿Cómo? ¿Te hizo venir estando enferma? ¡Cielos! ¡Es un malnacido!
Mientras "mi compañera" despotricaba contra mi "jefe molesto", pude leer en su credencial que se llamaba Samantha Saenz y que era la asistente de vicepresidencia.
Aprovechando mi supuesto malestar, pensé en actuar como si me sintiera un poco mareada para abogar por su sentido humanitario y así ella me acompañara hasta mi lugar de trabajo, porque realmente no tenía idea de cómo llegar hasta ahí.
-Lori, te ves pálida -dijo con preocupación.
-Sí -fingí debilidad-, podrías ayudarme a subir a la oficina, realmente me siento un poco mareada.
-¡Ay, Dios! No puedes trabajar así -exclamó indignada.
-No te preocupes, estaré bien, la verdad tengo mucho trabajo y no puedo retrasarme -argumenté.
Mi respuesta no convenció del todo a Samantha, pero aceptó.
-Está bien -suspiró-, pero si te sientes mal, retírate. Tu salud es muy importante.
-Sí, lo haré.
Después de esta breve charla, Samantha me llevó hasta el ascensor. Entonces vi que ella apretó el botón número 40, por lo que intuí que ahí estaba mi área de trabajo. Mientras el aparato se movía, ella comenzó a contarme que había salido la noche anterior con un tal Joe, del departamento de finanzas, pero que su cita fue decepcionante.
Como no sabía qué decirle, solo le pude contestar con monosílabos o expresiones cortas para manifestar mi interés y que no la hiciera sospechar de que algo extraño me pasaba. Cuando el aparato por fin llegó hasta el piso 40, las puertas se abrieron inmediatamente. En ese momento quedé pasmada ante la inmensidad del espacio que ocupaba el área de recepción de la Presidencia de "Walker Inversiones", el cual estaba decorado de manera minimalista y lujosa.
Sumamente aturdida, salí lentamente del ascensor, pero antes de que pudiera aclimatarme a mi "nueva área de trabajo", Samantha me jaló hasta mi escritorio.
-Ya llegamos, ¿segura de que estarás bien? -insistió mirándome con preocupación.
-Sí -respondí con una débil sonrisa.
-Bueno -suspiró-, me retiro, cualquier cosa, me llamas.
-Claro que sí, gracias.
Cuando ella se marchó, comencé a inspeccionar con la mirada el lugar donde me encontraba. A mi alrededor había unos sofás de cuero blanco, que combinaban con las paredes decoradas con pinturas de arte abstracto. Todo era sumamente pulcro y brillante como un espejo.
Luego dirigí mi atención a mi "nuevo" escritorio, el cual estaba muy ordenado, e instintivamente busqué el botón de encendido de la computadora. Para mi suerte, el aparato no tenía contraseña, por lo que inmediatamente me di a la tarea de investigar más sobre mis obligaciones en el puesto en que me encontraba.
Mientras hacía esto, me puse a buscar entre los cajones alguna agenda o documentos que me indicara los pendientes que había. Fue así que durante media hora me dediqué a empaparme con todo lo relacionado con el puesto de asistente de presidencia, el cual a primera vista no parecía muy complicado.
Como estaba tan concentrada aprendiendo todo para evitar que el "jefe molesto" no se percatara de mi condición, no me percaté que alguien se encontraba detrás de mí, hasta que una voz profunda dijo mi apellido.
-Señorita Ruiz, al fin llegó.
Brinqué de susto al escuchar mi nombre, que los documentos se me resbalaron de las manos. Asustada, volteé a ver quién era la persona que me hablaba y, al descubrir quién era, abrí los ojos de la impresión.
Frente a mí se encontraba un hombre alto, de unos 40 años, cabello rubio y ojos azul profundo. A primera vista lucía atlético, aunque su postura era tan erguida, que desde su posición me miraba como un tirano.
-¡Buen día, señor! -exclamé asustada, levantándome rápidamente.
-¿Por qué no me avisó que había llegado? -cuestionó con severidad, cruzando los brazos con desdén.
-Lo siento, señor, estaba poniéndome al día con los pendientes -conteste nerviosamente.
Mi respuesta hizo dudar a mi jefe, que entrecerró los ojos para tratar de descubrir la verdad, pero tras unos segundos, pareció convencerse.
-¿Y cómo siguió?
-¡Ah! Bien, tuve cólicos terribles -dije tocándome la barriga.
-¿Acaso no dijo que se sentía mal del estómago?
Cuando señaló esto, me di un golpe mental por bocona, ya que había olvidado ese detalle, por lo que me vi obligada a continuar con la mentira hasta el final.
-Tiene razón, le dije eso, porque me apenaba confesarle que... -bajé un poco más mis manos, a la altura de mi vientre.
En el momento en que hice esto, él abrió los ojos con sorpresa, lo cual me dio esperanzas de que entendiera que "mi problema" estaba relacionado con los cólicos menstruales.
-Lo siento mucho, espero que ya se sienta mejor -respondió en un tono avergonzado.
Con tal de reafirmar mi mentira, dije fingiendo timidez:
-Es demasiado incómodo, pero cada mes resulta más doloroso. A veces lo soporto con pastillas, pero en esta ocasión tuve que ir a la clínica para que me ayudaran.
-Entiendo, si quiere tomarse el día...
-¡No es necesario! -exclamé un tanto desesperada, ya que sentía curiosidad por conocer más de mí estando en ese lugar-. Puedo trabajar ahora, ya me siento mejor.
Mi respuesta hizo que "mi jefe" parpadeara de asombro, pero luego su expresión se tornó de conformidad.
-Está bien, ¿se sentirá dispuesta para el almuerzo con los posibles clientes?
Su repentina preocupación me sorprendió un poco, ya que él no parecía el tipo de persona que mereciera el título de "jefe molesto", sin embargo, decidí mantener la guardia ante la posibilidad de que su aparente amabilidad fuera momentánea.
-Sí, señor -afirmé con entusiasmo.
Sin embargo, cuando mencioné el término "señor", el hombre pareció un poco incómodo y de inmediato me lo hizo notar.
-¿Pasó algo, señorita Ruiz? Es la quinta vez que se refiere a mí como señor.
Palidecí en el momento en que dijo esto, que me quedé sin excusas.
-Yo... yo... -titubeo-, es que...
-solo hay un señor Walker y ese es mi padre. ¿Acaso hice algo malo para que me trate tan formal?
Al enterarme de que su apellido era Walker, pude armar una parte del rompecabezas, sin embargo, aún no podía tener tanta confianza con el "jefe molesto".
-Bueno... no... es que ...
-¡Ah! Creo que fui muy duro contigo antier -dijo con frialdad-. Ya sabes que detesto los errores, sin embargo, han pasado tres meses y ya no puedo perdonar ese tipo de fallas.
Cuando escuché esto, pude comprender un poco mi relación con Thomas y de inmediato pensé en proponer una especie de "reinicio" para así cubrir el hecho de que tenía amnesia.
-Siento lo que ocurrió ese día -comencé a decir con timidez, aunque no tenía idea de lo que había pasado-. Es cierto que cometí errores en el pasado, al punto de considerar la posibilidad de abandonar todo. Sin embargo, ayer estuve reflexionando mucho y me di cuenta de que usted solo quiere que mejore profesionalmente. Por lo tanto, determiné que debía referirme con más formalidad, para que note que estoy comprometida con el trabajo y no me rendiré hasta ser más profesional.
Mi discurso dejó al señor Walker con la boca abierta, que por un instante se quedó sin palabras. En tanto, yo crucé los dedos con la esperanza de que él creyera mi actuación, pero comencé a desesperarme al ver que el frío hombre no decía nada. Después de un rato, al fin rompió el silencio.
-Está bien -en ese momento noté que sus mejillas parecían un poco sonrosadas-, pero por favor, sígame llamando por mi nombre, Thomas.
-¿Aún quiere que lo trate así? -cuestioné manteniendo mi papel de empleada comprometida.
-Por favor -dijo esto en un tono casi de súplica-, detesto que me llamen señor. Apenas tengo 38 años y sigo soltero, por lo que aún me siento joven para merecer tal título.
-Está bien, Thomas -conteste con una cordial sonrisa.
Cuando mencioné su nombre, él me miró un poco contrariado, lo que provocó en mí un vuelco en el corazón. Esto me resultó un poco extraño, sin embargo, hice caso omiso de este incidente y decidí romper "la burbuja" que se había creado a nuestro alrededor para concentrarme en la próxima reunión.
-Lo siento, señ... Digo, Thomas, ¿necesita que revise algo antes de ir al almuerzo?
Esto hizo que él volviera en sí y volviera a su actitud fría.
-Sí, por favor. Quiero que revises bien la presentación para los Johnson. Te la mandé hace un momento por correo, con las correcciones que te hice. También imprime los contratos que ya aprobé.
-Entendido, Thomas. Ahora mismo lo checo.
Después de esto, "mi jefe" dio media vuelta y se dirigió a su oficina rápidamente, cuya puerta estaba frente a mi escritorio. Gracias a su aparición, ahora sabía un poco más de mí y llegué a considerar la idea de que debía continuar a su lado, con la esperanza de que con el tiempo pudiera recordar más sobre mi pasado.
En el momento en que me encontré sola, me dispuse a buscar el correo que Thomas me había dicho. No tardé mucho y lo encontré entre los mensajes que me había enviado horas antes. Luego de descargar los archivos, comencé a estudiarlos detenidamente, a pesar de que había términos que no conocía.
Así pasó casi una hora, tiempo en el que me empapé de toda la información que podía necesitar del tema, como quiénes eran los Johnson, todas las ventajas del convenio, posibles competidores y otras opciones de solución en caso de que ellos pusieran en duda las ventajas de firmar con la compañía "Walker Inversiones".
En el momento en que dio la 1:30 de la tarde, me dispuse a preparar las carpetas con los contratos y respaldar toda la información en una tableta electrónica, para tenerlo a la mano en caso de ser necesario.
Diez minutos después salió mi jefe, quien se había colocado una gabardina negra, la cual resaltó más su belleza de "tirano". Noté que él caminaba bastante apurado, así que rápido tomé mis cosas y lo seguí hasta el ascensor.
Al entrar al aparato, el movimiento del mismo provocó que perdiera el equilibrio y mis piernas flaquearon. Esto sorprendió a mi jefe, que de inmediato me sostuvo.
-¡Señorita Ruiz! ¿Se siente mal? -preguntó bastante preocupado.
-Lo siento, me mareé -respondí débilmente y en ese momento mi barriga gruñó como león, lo que me avergonzó demasiado.
-¿Acaso no ha comido? -cuestionó con severidad.
-Lo olvidé -respondí con timidez, mientras trataba de incorporarme.
-¿Cómo olvidaste algo tan importante?
-Es que cuando estoy en "mis días", se me quita el apetito -justifiqué-. Aparte me dan muchas náuseas...
-¡Qué terrible! Debería revisar eso con un especialista, no puedes vivir de esa manera.
-No se preocupe, estoy yendo con uno -aseguré.
Esto no convenció a mi jefe, que replicó.
-Me parece que debes tener otra opinión.
-Está bien, lo tomaré en cuenta -conteste con nerviosismo, ya que no quería que siguiera hablando de ese vergonzoso tema.
Noté que Thomas frunció el ceño un tanto disgustado e inmediatamente preguntó.
-Pero si ahora te sientes así, ¿crees poder soportar el almuerzo?
-Bueno -sonreí fingiendo timidez-, ahora tengo hambre, así que creo que podré comer algo ligero.
-Espero que sea como tú dices. Realmente detestaría saber que ni eso puedes hacer.
-Gracias por su interés, cuidaré de alimentarme bien.
Antes de que él pudiera decir algo más, las puertas del ascensor se abrieron. Entonces Thomas me cedió el paso para que saliera primero, lo cual hice rápidamente y él me siguió. En ese momento, me agarró el brazo y esto me tomó por sorpresa.
-¿Qué pasa? -preguntó contrariado.
-Lo siento, es que me dio escalofríos su mano -conteste con sinceridad.
-¡Oh! Pensé que podría desmayarse de nuevo, así que por eso intenté ayudarla a caminar, pero si le incomoda...
-¡No se preocupe! Gracias por su amabilidad -dije nerviosamente.
Como no tenía idea a dónde nos dirigíamos, dejé que Thomas me guiara. No tardamos mucho y salimos al estacionamiento, donde se encontraba aparcada su camioneta color negra, que tenía vidrios polarizados y la pintura brillaba como si fuera recién comprada.
Antes de entrar, él miró para todos lados, como si buscara algo. Esto me llamó la atención y pregunté con curiosidad.
-¿Qué busca?
Él me respondió con otra pregunta interrogativa.
-¿Cómo vino a la oficina?
Contrariada, respondí:
-Bueno, como me sentía mal, vine en taxi, ¿por qué?
-Ah, con razón, es que no vi su coche estacionado junto a mi camioneta.
En el momento en que Thomas Walker mencionó la ausencia del vehículo, Lorraine sintió que sus vísceras caían al piso y un sudor frío recorrió por todo su cuerpo. En ese momento pensó que su "jefe molesto" la ponía a prueba o que ya había descubierto su secreto. Ante esta desesperada situación, contestó lo primero que se le vino a la mente.
-¿Usted conduciría sintiéndose mal? -dijo esto fingiendo contrariedad.
Este argumento tomó por sorpresa a Thomas, que su expresión se tornó un poco recelosa, sin embargo, asintió de conformidad.
-Tienes razón, olvidé que te sentías mal y fuiste a la clínica.
-¡Exacto! -exclamó Lorraine, que en el fondo celebró que él creyera en su mentira.
Después de esto, el CEO de "Walker Inversiones" le hizo una seña para que entrara a su camioneta, a lo que Lorraine obedeció rápidamente. Cuando se encontraron dentro del lujoso vehículo, Thomas arrancó para salir del estacionamiento con destino a su cita de negocios.
Mientras el "jefe molesto" conducía en silencio, Lorraine comenzó a pensar que tenía otra complicación más que resolver para mantener su fachada, ya que al no poder recordar que tenía un vehículo, incluso de que sabía conducir, era preciso hallar rápidamente las piezas que le faltaba al rompecabezas de su memoria.
Sus reflexiones le llevaron a pensar que todo lo que le ocurría era sumamente extraño. No podía entender cómo había olvidado toda una vida de la noche a la mañana, al punto de sentir que esa realidad no era suya y que usurpaba el cuerpo de alguien más.
Como Lorraine estaba embelesada mirando por la ventana, sus pensamientos fueron perturbados por una mariposa negra que se estrelló en el cristal, lo que la tomó por sorpresa.
De pronto todo a su alrededor se oscureció, seguido por los penetrantes sonidos de la sirena de una ambulancia. Lorraine sintió el cuerpo pesado, así como un sabor metálico en su boca y la sensación de gotas de lluvia mojando su frente. No entendía lo que pasaba, pero la desesperación invadió su pecho, al punto de querer luchar contra aquella fuerza que había anulado sus movimientos. Mientras intentaba escapar de esa situación, una descarga eléctrica retumbó su corazón.
-Señorita Ruiz...
Lorraine escuchó la voz de Thomas Walker como si él estuviera lejos de ella, pero a su vez le parecía tan extraño que la llamara de esa manera. No estaba segura de la razón, pero creía firmemente que ese no era su apellido.
-Señorita Ruiz...
La joven volvió a escuchar que la llamaban de esa manera, sin tener idea de lo que ocurría en ese momento ni en dónde se encontraba. Lo único de lo que estaba segura era que su cuerpo era demasiado pesado y cada vez perdía la voluntad de despertar. De pronto, algo la sacudió con demasiada violencia y la luz deslumbró sus ojos.
-¡Lorraine Ruiz!
Esta vez, la joven pudo abrir los ojos y en ese momento sintió que su corazón latía con desesperación. Sumamente contrariada con lo que acababa de pasar, volteó a ver a su alrededor y, para su sorpresa, todo se encontraba en orden.
-¡Señorita Ruiz! ¿Qué le pasa? -exclamó asustado el señor Walker, que hasta había dejado de conducir para corroborar que su empleada se encontraba bien.
En tanto, Lorraine lo miró aturdida y apenas pudo contestar.
-Qué... ¿Qué me pasó?
-Eso me gustaría saber -respondió Thomas con un gesto de preocupación, sosteniendo con fuerza su hombro-. Hace un momento te estaba hablando para preguntarte sobre la inversión, pero noté que lucías distraía, como si hubieras perdido el sentido.
-Yo... yo no recuerdo nada -contestó la joven confundida.
La respuesta de su empleada contrarió al señor Walker, que, sin pensarlo dos veces, jaló la muñeca izquierda de Lorraine y colocó sus dedos en la arteria de su cuello para revisar su pulso.
-Que... ¿qué hace? -preguntó la joven avergonzada por el repentino acercamiento de su jefe.
-Parece que tu pulso está bien -respondió Thomas con suma concentración-, pero lo mejor es que te lleve con el médico para que te revise.
-¡No es necesario! -replicó la joven asustada-. Estoy bien, supongo que me desmayé por la falta de comida...
Este argumento casi convenció al señor Walker, pero no conforme con la negativa de Lorraine, siguió revisando los signos vitales como fuera un médico.
-Déjame ver tus ojos -insistió el hombre, invadiendo el espacio personal de "su paciente", tomando con sus pulgares los párpados inferiores para revisar por debajo de los globos oculares de la señorita Ruiz-. Parece que no estás anémica. Cuando estemos en el restaurante, pediré que te sirvan bastante carne para que te recuperes.
-No se moleste con eso, comeré bien y... -replicó la joven avergonzada, luchando por mantenerse alejada del apuesto rostro de su "jefe molesto".
A pesar de este acto evasivo, Thomas Walker siguió acercándose más a ella.
-Señorita Ruiz -dijo en un tono bastante imperativo-, que sea la última vez que rechaza mi orden de alimentarse saludable. No puede trabajar en esas condiciones...
Esto último colmó la paciencia de Lorraine, que estalló de vergüenza:
-¡No tiene que tomarse tantas molestias! Además, no me siento incómoda con usted encima de mí y diciéndome que me alimentará como una niña.
Cuando señaló esto, Thomas se avergonzó al darse cuenta de que efectivamente se encontraba sobre Lorraine, por lo que de inmediato volvió a su lugar, aclarando su garganta en el acto.
-Lo siento, creo que me sobrepasé -dijo avergonzado, sin voltear a ver a Lorraine.
La expresión tímida de su jefe enterneció un poco a la joven, ya que le pareció que era honesto en su preocupación, sin embargo, como era la primera vez que lo conocía, no estaba segura de si tuvo ese tipo de cercanía antes de haber perdido la memoria.
-No es necesario que se disculpe -dijo condescendientemente.
-Tiene razón, es mejor mantener nuestros límites.
Esta resolución impactó a Lorraine, sin embargo, decidió no llevarle más la contraria.
-Creo que tiene que ser así -añadió con timidez.
En ese momento, la incomodidad reinó al interior del vehículo, que por un momento ambos no supieron qué decir. Ante esta vergonzosa situación, Lorraine dirigió su mirada hacia su reloj y notó que eran casi las 2 pm, entonces exclamó.
-Se... digo, Thomas... se nos hace tarde, la cita es en diez minutos.
-¡Ah! -reaccionó el CEO-. Tienes razón, ahora nos vamos.
Después de esto, Walker arrancó, conduciendo rápidamente con la intención de llegar a tiempo a su cita con los directivos de Johnson Company. La falta de pericia de Thomas al volante puso nerviosa a Lorraine, que por un momento temió que chocaran. Afortunadamente, lograron llegar a salvo al lujoso restaurante "Tratto".
Como aún no habían llegado los posibles clientes, Thomas Walker le hizo una señal al mesero para que le diera la carta y así comenzar a pedir la comida. El muchacho entregó rápidamente los menús al CEO y a Lorraine.
En el momento en que la joven tuvo en sus manos la lista de comidas que servían en ese restaurante, se sintió abrumada al leer los exorbitantes precios, que algunos pasaban los cuatro ceros. Ante esto, dudó en pedir algo demasiado caro que afecte la economía de su "jefe molesto".
Por su parte, Thomas miró distraído el menú, pero como nada de lo que ahí ofrecían le llamaba la atención, decidió preguntar la opinión del mesero que lo atendía.
-¿Qué me recomiendas para almorzar?
-Con gusto, señor -respondió de manera servicial el muchacho-. Hoy, el chef preparó calzone especialidad de la casa, el cual puede acompañar...
-¡Está bien eso! -interrumpió Thomas sin mucho apetito.
-Entendido, señor -anotó el mesero, para después dirigir su mirada hacia Lorraine-, y para la señorita, ¿qué le ofrecemos?
Antes de que la joven pudiera abrir la boca, el CEO respondió por ella.
-Por favor, tráele a ella un filete de ternera bien cocido y varias verduras.
-Muy bien, señor -escribió rápidamente el muchacho, para volver a preguntar-. Para beber, ¿qué le ofrezco?
-A mí me puedes traer una copa de vino tinto -contestó Thomas, pero hizo una pausa antes de proponer alguna bebida para su asistente-. Lo siento, estaba a punto de pedir por ti, pero prefiero que elijas lo que quieras tomar.
Lorraine palideció ante la oferta de su jefe, que dudó en responder, así que se limitó a cederle esa elección.
-La verdad no tengo idea de qué puede combinar mejor con lo que usted pidió para mí -contestó con timidez.
-Ya veo -dijo el hombre, cerrando de golpe la carta-, en ese caso, tráele a ella jugo de naranja. Me gustaría que se encuentre sobria para que continúe con sus labores -bromeó.
El mesero sonrió ante el divertido comentario y rápidamente anotó el pedido. Cuando se encontraron solos, la incomodidad invadió de nuevo y por largo rato ambos se mantuvieron callados, evitando mirarse a los ojos.
Esta situación desesperó un poco a Lorraine, ya que sentía que el tiempo corría demasiado lento y no veía la hora para que aparecieran los supuestos clientes.
Después de un rato llegaron dos hombres, que en el momento en que se acercaron, la joven sintió un vuelco en el corazón al ver el rostro de uno de ellos.
Cuando Thomas se percató de la presencia de estas personas, inmediatamente se levantó para saludarlos. Ante esto, Lorraine lo imitó y esperó atenta a que "su jefe" diera alguna instrucción.
-Buenas tardes, me alegra que hayan venido -saludó cortésmente, extendiendo su mano al primer hombre que se acercó.
-¡Qué tal, Tom! -contestó el sujeto de mayor edad-. Disculpa la tardanza, nos topamos con el tráfico.
-Pierda cuidado, Michael. Igual acabamos de llegar -respondió Thomas, para después saludar al muchacho que estaba detrás del hombre de 50 años-. ¿Qué tal Micky? Viniste a hacer negocios con tu papá.
-Así es, señor Walker -respondió emocionado el joven.
-Por favor, yo no soy el señor Walker, ese es mi padre. A mí me puedes decir Thomas -replicó Thomas con cortesía.
-Entendido, Thomas -sonrió Micky, que en ese momento dirigió su mirada hacia Lorraine.
Walker notó que el muchacho había puesto los ojos en su asistente, así que se acercó a ella para presentarla a sus futuros socios.
-Disculpen mi descortesía. Ella es mi asistente, la señorita Lorraine Ruiz -en ese momento colocó su mano en la espalda de la joven, para empujarla hacia ellos-. Con ella podrán tratar directamente cuando yo no pueda atenderlos.
Este gesto perturbó un poco a Lorraine, pero rápidamente reaccionó extendiendo su mano hacia el primer inversionista.
-Un placer conocerlo, señor Michael Johnson.
-El gusto es mío, querida -sonrió el hombre mayor.
Después se dirigió a Micky, para repetir el mismo gesto.
-Mucho gusto, joven Michael Johnson.
El muchacho agarró la mano de Lorraine y la besó en el momento, tomando a todos con sorpresa.
-Puedes llamarme Micky, señorita Ruiz, o prefieres que te diga Lorraine -dijo seductoramente.