Las luces del gran salón me bañaban, pero su calor no me alcanzaba.
Alejandro, el hombre que controlaba mi mundo, me soltó la mano en medio de la pista de baile, dejándome varada en el centro de todas las miradas.
Luego, apareció ella: Camila. Una versión más joven y brillante de mí, el "original" que Alejandro siempre había querido.
De ser su reina, me convertí en un prototipo desechable, una humillación pública que se selló cuando él la condujo de nuevo a mi pista, en mi lugar.
Fui arrastrada a una celda, acusada de un crimen que no cometí.
Incluso la muerte se cebó con mi última esperanza cuando Alejandro, el hombre que decía amarme, asesinó a mis padres en un acto de venganza demencial.
¿Cómo pudo ese amor convertirse en tal monstruosidad?
¿Era yo solo una suplente, un ensayo para su verdadero deseo?
Pero en el fondo de ese abismo, un fuego se encendió.
La desesperación se transformó en pura rabia, en una promesa helada.
El juego no había terminado.
Ahora, viviría para verlo arder.
Y no, no estoy sola en esto.
Las luces del gran salón me bañaban, pero no sentía su calor. Estaba parada junto a Alejandro, el hombre que controlaba este imperio, sonriendo como me había enseñado a hacerlo, una sonrisa perfecta que no llegaba a mis ojos. Era su noche, la celebración de otro negocio exitoso que aplastaba a sus rivales, y yo era el trofeo que mostraba en su brazo. Todos nos miraban, los hombres con envidia, las mujeres con una mezcla de admiración y celos. Por un momento, casi me creí la mentira que vivíamos, que yo era su reina y este era mi reino.
Me susurró al oído, su aliento olía a tequila caro.
"Pórtate bien, Isabela. Esta noche es importante."
Asentí, mi garganta demasiado apretada para hablar. Él me apretó la mano, una señal de posesión, no de afecto. La orquesta comenzó a tocar un vals lento y él me guió a la pista de baile. Nos movimos con una gracia practicada, un espectáculo para la galería de invitados. Él era un bailarín experto, controlando cada uno de mis movimientos, y yo lo seguía sin pensar, mi cuerpo una extensión de su voluntad.
Entonces, justo en medio de la canción, se detuvo.
Me soltó la mano y me dejó sola en el centro de la pista de baile. El murmullo de la multitud se detuvo, y todos los ojos se clavaron en mí. Un silencio incómodo llenó el aire, tan pesado que apenas podía respirar. Me quedé allí, congelada, mi sonrisa falsa derritiéndose. Alejandro se dio la vuelta sin decir una palabra y se alejó, dejándome abandonada bajo la mirada de cientos de personas. El pánico comenzó a subir por mi pecho, frío y afilado. Cada segundo se sentía como una hora. Mi mente corría, buscando una razón, una explicación, pero no había ninguna. Era una humillación pública, deliberada y cruel.
Vi cómo se abría paso entre la multitud, que se apartaba para él como las aguas para un profeta. Mis ojos lo siguieron, desesperados, buscando una respuesta en su espalda rígida. Se detuvo en la entrada principal del salón. Las enormes puertas dobles se abrieron y una figura apareció en el umbral, recortada contra la noche oscura. Era una mujer.
Mientras caminaba hacia Alejandro, la luz la alcanzó y mi corazón se detuvo. Era como mirarme en un espejo, pero una versión más nueva, más brillante. Tenía mi mismo cabello oscuro, mis mismos ojos, la misma forma de la cara. Pero su sonrisa era genuina, llena de una confianza que yo había perdido hacía mucho tiempo. Era más joven, su piel más tersa, su mirada más desafiante. Se acercó a Alejandro y él le tomó la mano, la misma mano que había soltado la mía momentos antes.
La llevó de regreso hacia el centro del salón, hacia mí. No podía moverme, mis pies estaban pegados al suelo de mármol. El mundo se había reducido a ellos dos acercándose, borrando mi existencia con cada paso. La multitud comenzó a susurrar, el sonido creciendo como el zumbido de insectos enojados. "Se parece a ella", escuché. "Es idéntica". Comprendí la verdad en ese instante, una verdad tan brutal que me robó el aliento. Yo no era única. Yo era un prototipo, un borrador. Y ella era la versión final.
Llegaron frente a mí. Alejandro no me miró, sus ojos solo la veían a ella. La mujer, a quien más tarde conocería como Camila, me dedicó una breve mirada. No había compasión en sus ojos, solo un triunfo frío y calculado. Levantó la barbilla, una reina reclamando su trono. Su sonrisa se ensanchó, una herida roja en su rostro perfecto, y supe que mi caída era su ascenso. La orquesta, después de una señal casi imperceptible de Alejandro, reanudó la música, pero nadie bailaba. Todos observaban el drama, el sacrificio público. Alejandro levantó la mano de Camila, se la besó y la guió de regreso a la pista, ocupando el lugar que yo había dejado. Mi humillación estaba completa.
Me retiré del centro del salón, moviéndome como una autómata. Nadie se atrevía a mirarme a los ojos. Encontré un rincón oscuro en la terraza, esperando que la brisa fresca se llevara el fuego de mi vergüenza. Pero ella me siguió. Camila apareció en la puerta de cristal, su silueta elegante y depredadora.
"El aire aquí afuera es mucho más agradable, ¿no crees? Adentro se siente un poco... viciado."
Su voz era suave como la seda, pero sus palabras eran como vidrio molido. No respondí. Me concentré en las luces distantes de la ciudad, fingiendo que no existía.
Ella se acercó y se apoyó en la barandilla a mi lado. Llevaba un vestido rojo sangre que parecía absorber toda la luz a su alrededor.
"Alejandro dice que te gustaban mucho las orquídeas blancas. Las mandó quitar todas esta mañana. Dice que ahora prefiere las rosas rojas. Como mi vestido."
La provocación era tan obvia que casi era infantil. Pero funcionó. Me giré para enfrentarla.
"Alejano me regaló un invernadero lleno de orquídeas blancas por mi cumpleaños. Construido solo para mí."
Mi voz sonó más fuerte de lo que esperaba, una defensa patética de un pasado que se desvanecía.
"Ah, sí. El invernadero. Ahora es mi estudio de yoga," dijo ella con una sonrisa despreocupada. "Las cosas cambian. Los gustos cambian."
Se acercó un paso más, su perfume caro invadiendo mi espacio.
"Debes entenderlo. Fuiste un buen pasatiempo para él, pero yo soy el negocio real."
En ese momento, la rabia superó a la humillación. "No sabes nada de él. Ni de mí."
Camila se rio, un sonido agudo y desagradable. "Sé que me parezco a ti. O más bien, tú te pareces a la versión imperfecta de mí. Él siempre me quiso a mí, pero no podía tenerme. Así que te encontró a ti. Una suplente."
"Eso es una mentira."
"¿Lo es?" Inclinó la cabeza, estudiándome. "Pregúntale." De repente, su mano se movió rápidamente. La copa de vino tinto que sostenía se volcó "accidentalmente" sobre mi vestido blanco. El líquido oscuro se esparció por la tela como una herida abierta.
"¡Oh, qué torpe soy!" exclamó con falsa sorpresa. "Lo siento muchísimo."
El impacto del líquido frío sobre mi piel me hizo retroceder. Fue entonces cuando Alejandro apareció. Vio el desastre, la mancha roja en mi vestido, la copa vacía en la mano de Camila. Su rostro se endureció.
"¿Qué diablos está pasando aquí?" su voz retumbó en la terraza silenciosa.
Camila inmediatamente puso una expresión de víctima. "No fue nada, mi amor. Solo un accidente. Yo... tropecé y derramé mi vino sobre... Isabela."
Pero yo no iba a dejar que se saliera con la suya. "¡Ella lo hizo a propósito!" grité, mi voz temblando de furia. "¡Me está provocando!"
Alejandro ni siquiera me miró. Caminó directamente hacia Camila y le acarició la mejilla. "¿Estás bien?" le preguntó, su voz llena de una ternura que nunca había usado conmigo.
Luego, sus ojos se posaron en mí, fríos y duros como el acero. "Tú. Cállate. Has causado suficientes problemas por una noche. Vete a tu habitación y no salgas."
Javier, uno de los guardias más jóvenes que siempre había sido amable conmigo, dio un paso adelante. "Señor, con todo respeto... yo vi lo que pasó. La señorita Camila..."
Alejandro se giró hacia él tan rápido que Javier retrocedió. "Tú no viste nada. Y aprendes a cerrar la boca o te la cerraré yo permanentemente. ¿Entendido?"
"Sí, señor," murmuró Javier, bajando la cabeza.
"Ahora, lárgate de mi vista," ordenó Alejandro. "Estás despedido."
Javier me lanzó una última mirada de disculpa antes de marcharse. Mi corazón se hundió. Había perdido su trabajo por defenderme. Me sentí impotente y culpable. Alejandro me agarró del brazo, sus dedos clavándose en mi piel.
"Te dije que te fueras a tu habitación. No me hagas repetirlo."
Me solté de su agarre y corrí adentro, las lágrimas finalmente cayendo por mis mejillas. La humillación, la ira y ahora la culpa se arremolinaban dentro de mí. Esa noche, me quedé dormida con el sonido de la risa de Camila y Alejandro flotando desde el jardín. A la mañana siguiente, me enteré de la noticia. Javier había tenido un "accidente" de coche en su camino a casa. Murió en el acto. No hubo investigación. Todos sabían que no había sido un accidente. Fue una advertencia. Un mensaje para mí y para cualquiera que se atreviera a ponerse de mi lado. El miedo, un miedo real y profundo, se instaló en mi corazón. Esto ya no era un juego de celos. Era una cuestión de vida o muerte.