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Amor Traicionado, Venganza Sangrienta

Amor Traicionado, Venganza Sangrienta

Autor: : Shanyou Fusu
Género: Fantasía
Mi nombre es Elara, o al menos lo era antes de que la muerte me convirtiera en una sombra atrapada entre mundos. Floto, invisible, en este purgatorio de dolor, viendo cómo el hombre que amaba, Liam, yace destrozado en el frío suelo. Su lealtad inquebrantable a mi "secreto", mi supuesta muerte, lo condenó a una brutal ejecución a manos de Lord Valerius, el mismo hombre que una vez me juró amor eterno. Pero la locura de Valerius apenas comenzaba, alimentada por los venenosos susurros de Seraphina. Ella, la víbora disfrazada de cortesana, lo manipuló para que creyera que yo era una traidora, que mi muerte fue una artimaña para robarle. Con cada palabra, tejía una red de engaños, convirtiéndolo en su marioneta sedienta de sangre. Presencié, impotente, cómo mi hogar ardía, cómo mi familia era masacrada sin piedad, desde mi noble padre hasta mi pequeño hermano, Tomás. Fue una aniquilación despiadada, una tragedia que superaba cualquier pesadilla. Mi sacrificio, mi mentira para protegerlos, se convirtió en el arma que Seraphina usó para destruirlos a todos. ¿Cómo pudimos estar tan ciegos? ¿Cómo permitió Valerius que el orgullo y el dolor lo transformaran en semejante monstruo? ¿Y por qué, incluso después de mi profanación, la verdad seguía siendo tan difícil de alcanzar? La masacre de mi linaje no le trajo paz a Valerius, solo un vacío más profundo. Pero entonces, un hálito de esperanza, una última chispa de resistencia... mi padre, moribundo, se arrastró hacia mis restos, revelando la terrible verdad tras el veneno que me mató: el Loto Negro, la firma de los Volkov. Valerius, al fin, destrozado por la verdad, se dio cuenta de que Seraphina era una espía, la verdadera arquitecta de su miseria y de la caída de su reino. El cuerno de guerra sonó. El reino se desmorona, una víctima más de esta red de engaños. Ahora, Valerius busca venganza, una última voluntad. ¿Podrá, incluso en su desesperación, hacer justicia o solo añadir más sangre a este río de tragedia? Seraphina ha subestimado una verdad dolorosa: la que se esconde detrás de la traición y la muerte.

Introducción

Mi nombre es Elara, o al menos lo era antes de que la muerte me convirtiera en una sombra atrapada entre mundos.

Floto, invisible, en este purgatorio de dolor, viendo cómo el hombre que amaba, Liam, yace destrozado en el frío suelo.

Su lealtad inquebrantable a mi "secreto", mi supuesta muerte, lo condenó a una brutal ejecución a manos de Lord Valerius, el mismo hombre que una vez me juró amor eterno.

Pero la locura de Valerius apenas comenzaba, alimentada por los venenosos susurros de Seraphina.

Ella, la víbora disfrazada de cortesana, lo manipuló para que creyera que yo era una traidora, que mi muerte fue una artimaña para robarle.

Con cada palabra, tejía una red de engaños, convirtiéndolo en su marioneta sedienta de sangre.

Presencié, impotente, cómo mi hogar ardía, cómo mi familia era masacrada sin piedad, desde mi noble padre hasta mi pequeño hermano, Tomás.

Fue una aniquilación despiadada, una tragedia que superaba cualquier pesadilla.

Mi sacrificio, mi mentira para protegerlos, se convirtió en el arma que Seraphina usó para destruirlos a todos.

¿Cómo pudimos estar tan ciegos?

¿Cómo permitió Valerius que el orgullo y el dolor lo transformaran en semejante monstruo?

¿Y por qué, incluso después de mi profanación, la verdad seguía siendo tan difícil de alcanzar?

La masacre de mi linaje no le trajo paz a Valerius, solo un vacío más profundo.

Pero entonces, un hálito de esperanza, una última chispa de resistencia... mi padre, moribundo, se arrastró hacia mis restos, revelando la terrible verdad tras el veneno que me mató: el Loto Negro, la firma de los Volkov.

Valerius, al fin, destrozado por la verdad, se dio cuenta de que Seraphina era una espía, la verdadera arquitecta de su miseria y de la caída de su reino.

El cuerno de guerra sonó.

El reino se desmorona, una víctima más de esta red de engaños.

Ahora, Valerius busca venganza, una última voluntad.

¿Podrá, incluso en su desesperación, hacer justicia o solo añadir más sangre a este río de tragedia?

Seraphina ha subestimado una verdad dolorosa: la que se esconde detrás de la traición y la muerte.

Capítulo 1

El cuerpo de Liam cayó con un ruido sordo sobre el frío suelo de piedra, el sonido de su cráneo golpeando la loza resonó en la gran sala del trono, un eco final y terrible de su lealtad.

Lord Valerius se quedó de pie sobre él, con el pecho agitado por la furia y el esfuerzo, su espada goteaba una línea carmesí sobre las baldosas pulidas, cada gota era una mancha en el honor de su casa, una marca imborrable de su locura.

"Traidores," siseó, la palabra saliendo de sus labios como veneno, "Todos ustedes son traidores."

Yo flotaba en la esquina de la habitación, una sombra sin cuerpo, un recuerdo atrapado entre los mundos, viendo cómo el hombre que amaba moría por mí, por una mentira que yo había creado para protegerlo.

Mi nombre es Elara, o al menos lo era.

Ahora no soy nada, solo un testigo silencioso de la destrucción que mi sacrificio no pudo evitar.

Todo había comenzado con una muerte, la mía.

Una muerte que Valerius, el hombre que una vez me prometió el mundo, se negó a aceptar como un simple final. Para él, era una traición, un acto de desafío que no podía perdonar.

Su dolor se había torcido en una obsesión fea y violenta, y ahora, buscaba respuestas en los cuerpos de aquellos que me habían sido leales.

Hace apenas una hora, sus guardias habían derribado las puertas de la capilla donde Liam rezaba por mi alma, arrastrándolo sin piedad ante su señor.

"¿Dónde está ella?" rugió Valerius, su voz llenando el espacio sagrado con una furia profana, "¿Dónde escondió su tesoro antes de fingir su muerte?"

Liam, con la ropa rasgada y el rostro ensangrentado, se mantuvo firme.

"Ella está muerta, mi señor," dijo, su voz tranquila a pesar del miedo que debía sentir, "Murió de pena, una pena que usted le causó."

La verdad era mucho más complicada, pero Liam solo conocía una parte. Él creía que mi corazón se había rendido, y en cierto modo, no se equivocaba.

Valerius no escuchó.

Se acercó a grandes zancadas, su imponente figura proyectando una sombra sobre Liam.

"¡Mientes!"

Agarró a Liam por el cuello de su túnica, levantándolo del suelo con una fuerza brutal.

"Ella no era tan débil, ella era una luchadora, y me abandonó, se escapó de mí como una ladrona en la noche."

Vi la confusión en los ojos de Liam, la lucha por entender la locura de su señor.

"No, mi señor," insistió, con la voz ahogada, "Yo mismo la enterré, vi su cuerpo sin vida, sentí el frío de su piel."

Una bofetada resonó en la sala, tan fuerte que la cabeza de Liam se giró violentamente hacia un lado. La sangre brotó de su labio.

"¡Silencio!" gritó Valerius, su rostro una máscara de dolor y rabia, "No te atrevas a hablarme de su piel, no te atrevas a pronunciar su nombre con esa boca mentirosa."

Me retorcí en mi forma etérea, un grito silencioso atrapado en mi garganta inexistente. Quería alcanzarlo, proteger a Liam, decirle a Valerius la verdad, pero no podía. Era una prisionera de mi propia muerte, una espectadora impotente.

La familia de Valerius, dueños de vastos territorios y ejércitos, siempre habían sido orgullosos y despiadados, y él era el peor de todos. Su favoritismo hacia aquellos que alimentaban su ego y su desprecio por cualquiera que lo desafiara eran legendarios. Y a su lado, susurrando veneno en su oído, siempre estaba Seraphina.

Ella entró en la sala en ese momento, moviéndose con una gracia depredadora, sus ojos fijos en la escena con una satisfacción apenas disimulada.

"Mi señor," dijo con voz suave, colocando una mano en el brazo de Valerius, "Quizás él no sabe, quizás Elara fue más astuta de lo que pensamos, ella siempre lo fue."

Liam la miró con odio.

"Tú," escupió, "Tú eres la víbora en este nido."

Seraphina solo sonrió, una curva cruel en sus labios.

"Pobre Liam," suspiró, "Tan leal a una causa perdida, a una mujer que te usó y te descartó."

Fue esa sonrisa, esa mentira descarada, lo que rompió el último vestigio de control de Liam. Con un grito de rabia, se lanzó hacia adelante, tratando de alcanzar a la mujer que sabía que era la raíz de todo este mal.

No llegó muy lejos.

La espada de Valerius se movió como un relámpago.

No hubo vacilación, no hubo piedad.

La hoja atravesó el pecho de Liam, y el grito de rabia se convirtió en un gorgoteo ahogado. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en mí, o en el lugar donde yo flotaba, como si en su último momento, finalmente pudiera verme.

Cayó al suelo.

Y yo me quedé allí, una alma rota viendo morir al único hombre que realmente me amó, asesinado por el hombre al que había intentado salvar.

El legado de mi amor no era la superación, era la sangre en el suelo del castillo. Y esto, me di cuenta con un horror helado, era solo el principio.

Capítulo 2

Después de la muerte de Liam, un silencio pesado y espeso cayó sobre la sala del trono, roto solo por el goteo constante de la sangre de la espada de Valerius. Él miraba el cuerpo a sus pies, no con remordimiento, sino con una fría frustración, como si la muerte de Liam fuera solo otro obstáculo en su búsqueda.

"Llévense esto," ordenó a sus guardias, con un gesto despectivo hacia el cuerpo.

Seraphina se acercó, su vestido de seda susurraba contra el suelo de piedra.

"Fue necesario, mi señor," dijo, su voz un bálsamo venenoso, "Su lealtad a ella lo había cegado, no nos habría dicho nada."

Valerius no la miró, sus ojos oscuros ya estaban fijos en la distancia, planeando su siguiente movimiento.

"Si él no hablaba, su familia lo hará," declaró.

Mi alma invisible se estremeció. Mi familia. La Casa de Alba. Eran granjeros y artesanos, gente honorable que no tenía nada que ver con las intrigas de la corte. Los había mantenido alejados a propósito, para protegerlos.

Esa noche, Valerius y sus hombres cabalgaron hacia la finca de mi familia. No llegaron como un señor visitando a sus vasallos, sino como una plaga, una tormenta de acero y furia.

Irrumpieron en la casa principal, donde mi padre, un hombre de setenta años con las manos curtidas por el trabajo y la espalda encorvada por la edad, los recibió en la puerta.

"Lord Valerius," dijo mi padre, su voz temblaba ligeramente, pero sus ojos eran firmes, "¿A qué debemos este... honor tardío?"

"No me hables de honor, viejo," espetó Valerius, empujando a mi padre a un lado.

Sus guardias se esparcieron por la casa, derribando muebles, aterrorizando a los sirvientes. Mi madre salió corriendo de la cocina, con el rostro pálido de miedo.

"¡Por favor, mi señor! ¿Qué hemos hecho?"

Valerius la ignoró, su mirada recorría cada rincón, cada rostro, buscando un indicio de engaño.

"Tu hija me traicionó," dijo, su voz resonando en la humilde casa, "Fingió su propia muerte para huir con las riquezas que me robó, y ustedes, su sangre, son cómplices de su crimen."

Mi padre se enderezó, su frágil cuerpo lleno de una repentina dignidad.

"Mi hija está muerta," afirmó, su voz ahora fuerte y clara, "Murió por la crueldad que le mostraste, no por la codicia, nosotros no conocemos la codicia en esta casa."

"¡Insolente!"

Valerius lo abofeteó, de la misma manera que había abofeteado a Liam. Mi padre se tambaleó, pero no cayó.

"Puedes golpearme todo lo que quieras," dijo, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de la boca, "Pero no cambiará la verdad, Elara era buena, era amable, y tú la destruiste."

La confrontación era insoportable de ver. Mi padre, tan frágil y tan valiente, enfrentándose a un tirano. Quería gritar, protegerlo, pero mi voz era solo viento.

Fue entonces cuando Seraphina, que había permanecido en el umbral, dio un paso adelante.

"Mi señor, tal vez el viejo dice la verdad," dijo, su tono lleno de una falsa compasión, "Tal vez él realmente cree que ella está muerta, Elara era muy buena mintiendo, incluso a su propia familia."

Luego se volvió hacia mi padre, sus ojos brillando con malicia.

"Dígame, buen hombre," continuó, "¿Encontraron su cuerpo? ¿O simplemente un ataúd cerrado?"

Mi padre vaciló. Liam, en su intento de protegerme incluso en la muerte, había insistido en un entierro rápido y privado, alegando que mi cuerpo estaba demasiado devastado por la enfermedad. Había sido otra de mis mentiras, una para asegurar que nadie viera el verdadero estado de mi cuerpo, las marcas del veneno.

"Fue... fue un ataúd cerrado," admitió mi padre en voz baja.

Una sonrisa triunfante se dibujó en el rostro de Seraphina. Se volvió hacia Valerius.

"Lo ve, mi señor, no hay cuerpo, no hay prueba, solo la palabra de un hombre leal que ahora está muerto y una familia que ha sido engañada."

La duda que había comenzado a formarse en el rostro de Valerius fue borrada, reemplazada por una certeza renovada y furiosa.

"Suficiente," gruñó, "Si no me dicen dónde está, sufrirán las consecuencias."

Agarró a mi padre por el brazo y lo arrastró fuera, hacia el patio.

"¡Tráiganme un látigo!" ordenó.

Mi madre gritó, un sonido agudo de pura angustia. Mis hermanos intentaron intervenir, pero los guardias los sometieron con brutalidad.

Ataron a mi padre a un poste de madera en el centro del patio. Valerius mismo tomó el látigo.

"Última oportunidad," dijo, su voz gélida, "¿Dónde está?"

"Ella descansa en la tierra," respondió mi padre, con la cabeza en alto.

El látigo silbó en el aire y golpeó la espalda de mi padre con un chasquido húmedo. La tela de su camisa se rasgó, y una línea roja apareció en su piel. Él se estremeció, pero no gritó.

Una y otra vez, el látigo cayó. El sonido de los golpes, los gemidos ahogados de mi padre, los sollozos de mi madre, todo se mezclaba en una sinfonía de horror.

Floté sobre ellos, una impotente diosa de la pena, viendo cómo mi familia era castigada por un crimen que no cometieron, por una mentira que yo había tejido.

Cuando mi padre finalmente se desmayó, colgando flácido de sus ataduras, Valerius arrojó el látigo al suelo.

"Desde este día," declaró, su voz resonando en el patio silencioso y aterrorizado, "La Casa de Alba no existe, sus tierras, sus propiedades, su nombre, todo me pertenece, ustedes no son nada, menos que el polvo bajo mis botas."

Se dio la vuelta para irse, dejando a mi familia rota y despojada.

Seraphina se detuvo junto a mi madre, que estaba arrodillada en el suelo, llorando sobre el cuerpo inconsciente de mi padre.

"Qué terrible tragedia," dijo Seraphina, su voz una parodia de la simpatía, "Si tan solo Elara hubiera sido una esposa más obediente, nada de esto habría pasado."

Luego, se inclinó y susurró algo que solo yo, en mi estado etéreo, pude escuchar.

"Él es el siguiente," le dijo a mi madre, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, "Y luego el otro, hasta que no quede nadie que recuerde su nombre."

Se enderezó y se fue, dejando atrás una devastación que iba mucho más allá de los cuerpos heridos y la propiedad perdida. Había plantado la semilla del terror absoluto, la promesa de una aniquilación total. Y yo, el fantasma de Elara, solo podía mirar.

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