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Amor a fuerza de resentimiento

Amor a fuerza de resentimiento

Autor: : Benito Amador Diaz
Género: Moderno
Sumerge al lector en una trama intrincada que entrelaza el amor verdadero, la lealtad, y la justicia con los misterios de violaciones sexuales por resolver. La dedicatoria inicial establece el tono reflexivo de la narrativa, enfatizando la profundidad del amor más allá de la simple conexión emocional, y proyecta esta complejidad en las relaciones humanas que se desarrollan a lo largo de la historia. La novela se centra en violaciones sexuales, donde los personajes principales se ven envueltos en conflictos matrimoniales, trayendo consigo mentiras y revelaciones que dañan la moral. A través del desarrollo se teje una narrativa que no solo busca resolver el tema central tan destructivo, sino que también se analizan las motivaciones, donde se mantiene el odio y el rencor, que afectan la moral de los personajes. La conclusión de la historia está basada en las confección de los personajes y consecuencias derivadas del accionar de los personajes, particularmente de Juan de Dios, y Carlos, donde se revela su comportamiento social. Elsa manipuló sus sentimientos, trayendo como consecuencia el accionar de tres personajes dedicados a crear el pánico, solo por ese amor cargado de antipatía. Este comportamiento de los personajes negativos envían un mensaje de que el amor no es dolor ni infelicidad. La historia ofrece una reflexión de que las decisiones impulsivas, pueden tener efectos horrorosos en lo personal. A través del final la historia ofrece una reflexión sobre la necesidad de la sinceridad, la lealtad, y la consecuencia de nuestros actuar.

Capítulo 1 Un inicio no acabado

Dedicatoria

Leer es afirmar conocimientos. No hay razón para que no se despierte del sueño de la incultura. Es la propia vida quien exige de la lectura para abandonar la ignorancia. Quien lee marca lo que le ofrece el saber. Quien no lee tiene penas de su error por no saber.

-¡Qué va! No voy a vivir ni un minuto más en esta casa.

Juan de Dios, entra a una de las habitaciones de la vieja casona... Se detuvo. Reanudó los pasos. Volvió a detenerse esta vez frente al armario, abrió una de sus puertas. Sacó un negro maletín de tamaño grande y lo abrió sobre la cama. Vació las perchas, luego las gavetas de la cómoda. Ordenó la ropa y la introdujo sin prisa una a una, dentro del maletín. Lo cerró y encendió un cigarrillo. Regresó a la sala, donde estaba sentada Elsa Núñez en una silla, de 58 años de edad, delgada. Ella con el ceño fruncido y el rostro avejentado, entrecerró los ojos cuando lo vio llegar maletín en mano.

Él se detuvo frente a Elsa. Ella lo miró recelosa. -¿Vas a alguna parte? Digo, si se puede saber. -No tengo que rendirte cuenta -echó un vistazo entorno a la sala-. ¿Dónde está tu amiga Mercy?

Elsa le contestó con voz tenue.

-Tuvo que irse. Dime una cosa, ¿qué interés tú tienes con Mercy? No creo que tú te estés fijando en ella.

Juan de Dios no le respondió, sonrió burlón.

-¿Qué lástima?

Puso lentamente el maletín en el suelo y quedó de pie frente a su concubina. Sus ojos pardos recorrieron el cuerpo delgado de Elsa, quedó absorto al observar la oscura cabellera peinada en ondas sueltas.

Volvió a sonreír burlón.

-¡Qué lástima que Mercy se haya ido: me simpatiza tanto verla aquí -hizo una pausa-. Al contrario de ti que eres tan insoportable.

-¡No me hagas hablar! -ella le contestó enfadada- No quiero discutir contigo, por favor. -No, no, ni yo tampoco. Quiero irme de aquí en santa paz contigo.

Él se inclinó para tomar el maletín y desistió; un nombre reapareció en su mente.

-¿Recuerdas bien a Rolo Arzola? -hizo una pausa- Fue por el quiosco a comer pizza -con remordimiento-. No tiene una pica de vergüenza, es un miserable, desgenerado.

Ahora él se acomoda en una silla frente a Elsa. Ella lo observó bastante enojada.

-¿Ese es el pretexto para irte de la casa?

-Pretexto ninguno -algo furioso-. Tú sabes lo que pasó entre ustedes. No creas, me dieron ganas de caerle a bofetada... En un final, ya entre nosotros todo se acabó. No tengo que darte explicaciones.

-¿A qué viene eso a esta altura, Juan de Dios? -desconcertada- ¿Qué te traes entre mano?

-¡Ah! -furioso- Ya se te olvidó que Rolo abusó de ti -insistió-. ¡Te violó, Elsa, te violó! No respetó que yo era tu marido y para colmo no lo denunciaste.

-Mira, si tomé esa decisión fue por ti. ¿Ya no recuerdas que ustedes dos eran uña y carne. Que estuvieron preso en la misma cárcel.

-Está bien, está bien -lo marcó-. Cada vez que recuerdo que se aprovechó que yo estaba preso -le dijo con voz de trueno-. La sangre me hierve en las venas.

-Claro, y no es para menos. Pero fíjate, te quiero pedir un favor; deja eso de mi cuenta, yo sé como él va pagar todo esto que me ha hecho. Juan de Dios se levantó lentamente de la silla sacando una cartera del bolsillo y la abrió extrayendo un fajo de billetes que lanzó sobre los muslos de Elsa. Guardó la cartera, mientras ella se incorporaba con lentitud. Los billetes cayeron al piso. Elsa mantuvo los brazos caídos a lo largo del cuerpo, las manos apretadas con fuerza. Sus ojos estaban como apagados.

-Eso significa -le habló en un tono rabioso-, ¿qué ya todo terminó entre nosotros?

Juan de Dios hizo un gesto de gozo.

-Menos mal que has entendido. Entre tú y yo no quedan ni los recuerdos.

-Si tú supieras. Hasta cierto punto no me sorprende esa decisión tuya, de irte de la casa. En algo bueno no debes de andar por ahí, buscando ir de nuevo a la cárcel.

-Te agradezco las veces que fuiste a verme, llevando las jabas llenas de cosas.

-Tú me lo agradeces y yo te lo reprocho -echa un profundo suspiro- Perdí parte de mi juventud esperando por ti. Ahora dices que soy desagradable.

-No voy a seguir hablando contigo. Para no cometer un error, y ser penado por mi propia conciencia.

Elsa suspiró profundo, hasta casi quedar sin respiración.

-No dejes ese dinero en el piso. Recógelo y échalo en la cartera. No necesito nada de ti.

Juan de Dios obedeció.

-Mejor me voy.

Dicho esto salió de la casa, dejando a su espalda el golpe fuerte al cerrar la puerta.

Capítulo 2 Elsa discrepa con Rolo Arzola

Ante la presencia de Rolo Arzola en el hospital, centro de trabajo de Elsa Núñez. Ella lo observa con rostro seco, descompuesto.

-¿Qué tú haces aquí? ¿Estás buscando problema?

Elsa Núñez alzó las cejas como expresión de rechazo. Rolo Arzola la miraba fijamente. Luego miró hacia el salón de espera donde había varias personas sentadas en los bancos metálicos.

Él le respondió con firmeza.

-No sé si estoy equivocado; pero supongo que esas personas que están aquí en el salón, deben estar esperando la hora de la visita, para ver a los parientes que se encuentran ingresados.

Ella lo impugnó.

-Estoy segura que ese no es tu caso. Te falta sinceridad.

-En realidad, vine por otro asunto.

-¿De qué se trata? -le habló algo recelosa-. Digo, si no tienes a menos decírmelo.

Rolo Arzola le contesto categóricamente.

-¿Desde cuándo tengo que decirte mis cosas?

Elsa Núñez en respuesta, le dijo.

-No se me ha olvidado que hace cuatro años me violaste en el puente.

-Por favor, Elsa -censurando-. Eso es una estupidez tuya. Necesito que me entiendas. No vine a discutir contigo.

-Abusaste de mí. -le dijo bastante exigente-. Reconócelo, Rolo Arzola.

-Si te hubiese violado no estuvieras hablando tanta basura.

Elsa se ve molesta.

-Juan de Dios se fue de la casa y todo por tu culpa.

-Cúlpate tú misma. Juan de Dios se dio cuenta que eres muy vieja para él.

-Maldigo una y mil veces no haberte denunciado en la policía. Así hubieses pagado los golpes que me diste, me rompiste la ropa, me hiciste el sexo en contra de mi voluntad -su voz sonó como un trueno.

Rolo sonrió hiriente.

-No sé por qué me culpas cuando lo hicimos de mutuo acuerdo. Tú estabas desesperada. Creíste que yo no te iba a resolver tu situación, a complacer como lo estaba deseando. Vamos a dejarle eso al tiempo para que lo borre definitivamente. Y así no quedará en tu mente esa noche de placeres.

-El tiempo no va a borrar las secuelas que me dejaste -insistí-. Me violaste, no sigas negándolo.

-¿Por qué tú me odias? Cuando yo sueño contigo. En esta vida nada es parejo. Se conjuga el odio con el amor -se mostró confundido.

-Te odio orque me engañaste. Me obligaste hacer el sexo contigo sabiendo que Juan de Dios estaba preso, y ustedes eran amigos.

-No seas zorra. Tú sabes muy bien que traicionaste a Juan de Dios -en suplica-. Por favor, vamos a entendernos. No quiero entrar en un dime que te diré contigo.

-En ningún momento yo traicioné a Juan de Dios. -airada-. Tú estás diciendo mentiras. Después que me desnudarte, me tiraste en el suelo, y cuando terminaste de complacerte, me dejaste sola en medio de aquella oscuridad.

-¿Qué te parece si hablamos en otro lugar fuera del hospital cuando acabes de trabajar?

El rostro de Elsa se torna de un rojo oscuro.

-¡Ni loca! ¿Me oíste? ¡Ni loca! Tú no me vas volver a violar -Su voz se escuchó rabiosa.

Rolo Arzola se mantenía calmado, pasivo.

-¿A qué temes? No te voy a chupar la sangre como hacen los vampiros. Además, eres una mujer libre, sin ojos que te miran.

-Acaba de irte. No me sigas molestando -le habló con suficiente remordimiento-. Si no te vas voy a llamar al compañero de seguridad para que te saque de aquí a empujones.

-No lo dudo. Si fuiste capaz de armar una rivalidad entre Juan de Dios y yo. Tú dispones de todo lo que te venga en mente.

-¡Por favor, acaba de irte! No quiero oírte hablar más -mantuvo el remordimiento.

-Está bien, me voy. En cualquier momento nos encontramos, y hablamos como dos personas con un mismo interés.

Elsa Núñez después de terminar su jornada laboral se dirigió a su casa. La noche estaba totalmente oscura, solo escasas estrellas se veían en el cielo. Ella se quedó pálida cuando escuchó los pasos de una persona que se le acercaba a su espalda. Cada vez los pasos eran más pesados, temibles. De repente Elsa sintió que una mano cayó bruscamente sobre su hombro. Hizo un giro violento, se puso de frente al individuo.

-¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me persigues? ¡Déjame tranquila!

El hombre no habló. Elsa Núñez mantuvo la mirada fija en el rostro de éste que estaba cubierto por una tela negra. Sólo dos aberturas dejaban ver sus brillosos ojos. Ella hizo por gritar; el individuo se lo impidió poniéndole un cuchillo en su garganta. Elsa quedó desvanecido. A base de empujones la llevó hasta las márgenes del río, donde tiró con violencia sobre su vestimenta logrando desnudarla.

-¡Por lo que más tú quieras. No me hagas daño! -sollozando- ¡No me vayas a matar, por favor! Yo haré todo lo que tú quieras. Ten piedad de mí. -lloraba sin control.

Pasado un tiempo, Elsa Núñez llegó a su casa, se sentó en la cama, se miraba una y otra vez los hematomas que tenía en su rostro y los brazos. La vestimenta estaba desbaratada y manchada de malezas. Cerró lentamente los ojos, y los volvió abrir. Suspiró fuertemente.

-Esta es la segunda vez que me violan en el puente -murmurando-. La primera vez fue el canalla de Rolo Arzola -hizo una pausa reflexiva-. Estoy confundida. No puedo decir que fue él.

Ella se levantó. Volvió la espalda hacia el espejo y por sobre su hombro buscó con la vista las marcas de los golpes.

-No se cansó de golpearme. Es un bruto, una bestia. -angustiada-. ¡Ay Dios mío qué desgracia!

Capítulo 3 Encuentro de Elsa con Juan de Dios y Rolo

Elsa no le quitaba los ojos a Juan de Dios, era una mirada rebelde.

-No sé a qué viniste. Tú no tienes una pica de vergüenza.

-Algo me dice que tú eres la única culpable de que Rolo te haya vuelto a violar.

-Tú no puedes estarme culpando -airada-. Rolo si me violó en aquella oportunidad. Pero en esta ocasión no puedo decir que fue él, porque tenía la cara cubierta con una tela negra.

-Pon la cabeza a pensar -le advierte-. Él se tapó la cara para que tú no lo reconocieras. Pero hay más cosas en que tú lo pudiste reconocer -fue al detalle-. Su voz al hablarte, el tamaño de sus manos y el tamaño de su...

Elsa lo interrumpe.

-No te empeñes en decir que fue Rolo. Deja de ser caprichoso.

-Tú siempre con la misma respuesta. Parece que todavía hay algo entre ustedes. Hace falta que seas sincera esta vez.

-Entre nosotros ni hubo ni hay nada, Juan de Dios -insiste-. No hay nada, ¿me oíste?

-No soy tan tonto como para creerte. Tú me estás ocultando alguna cosa -en tono duro-. ¡Acaba de decir lo que hay entre ustedes!

Elsa Núñez lo observó y percibió la fuerza, la tenacidad que había en el rostro de Juan de Dios. Ella se pone en pie. Se muestra nerviosa. -No es posible que hayas venido a fastidiarme. Estoy cansada, Juan de Dios. Me duele todo el cuerpo por la golpiza que me dio ese bruto -a suplica-. ¡Por favor, vete! Quiero estar tranquila. -Pues, mira, no me voy a ir hasta que no me aclares ese asunto. -con tono duro-. ¡Óyelo bien! ¿Tú estás con Rolo?

Elsa Núñez se separó tres pasos de Juan de Dios. En los turbios ojos de éste había una mirada de resentimiento. Ella algo molesta le dijo.

-Sé que me odia, pero tú no me vas a humillar. Acaba de irte, no quiero seguir hablando contigo.

-¡Contéstame la pregunta que te hice -con tono exigente-. Estoy esperando por ti, Elsa.

Ella cambió bruscamente de algo molesta a malhumorada.

-Estás de más en esta casa -en un acento agresivo-. ¡Sal, sal de aquí inmediatamente y no vuelvas más!

-Estás demostrando que entre tú y Rolo hay relaciones amorosas. Por eso no quisiste acusarlo. Después de todo, me place que te haya vuelto a violar en el puente.

Juan de Dios da tres pasos para acercarse a Elsa.

-No te acerques. Hazme el favor de irte de una vez -con voz tajante-. ¡Fuera, fuera de mi casa! No tienes ningún derecho a exigirme nada.

-Todo ha sido una farsa de tu parte. Me traicionaste con quien era mi mejor amigo.

Elsa le dijo con arrepentimiento.

-No sé por qué no me di cuenta antes. Tú y Rolo han estado jugando conmigo. Esta vez no me voy a quedar callada. Voy para la policía a denunciarlo.

-Te voy a dar un consejo. Evita meterme en problemas para que no recibas una respuesta que no te agradará nada.

Dicho esto, Juan de Dios se marchó. Repentinamente y aprovechando que la puerta estaba abierta, entró Rolo Arzola y cerró la puerta. Al verlo Elsa, siente que su cuerpo se le acalambra, se acerca a Rolo con cierta inseguridad. Él la miró tajante, como si con la mirada la estuviera estrangulando.

-Vine hablar contigo, Elsa. Pero para entendernos.

-No vuelvas con lo mismo. Nunca te voy a perdonar lo que me hiciste. ¿Me oíste? Nunca...

Rolo Arzola la interrumpió.

-Se te ha metido en la cabeza cambiar mi actuar hacia ti. Quiero que sepas una cosa. No te voy a dar ese gusto. Seguro que no.

-Supongo que estás satisfecho. Me golpeaste, me violaste, me humillaste. Si no fueras tan cobarde no estarías aquí en mi casa averiguando cosas que tú sabes que eres el culpable.

-Ya veo que no nos vamos a entender. Tú no dejas de ser orgullosa.

-No tengo que entenderme en nada contigo.

-Alguien fue a mi casa a decirme que me cuidara de Juan de Dios y de ti. ¿Es cierto?

-No tengo que ver con eso. Arréglensela ustedes como puedan.

-Por lo visto, tú no me vas a dejar tranquilo.

-Es todo lo contrario. Fíjate si es así que tú has venido a molestarme.

-Si estoy aquí en tu casa es porque tú has dicho que yo te violé. Tú sabes bien que eso no es así.

-Estoy segura que fuiste tú. Y no me voy a callar.

-Estás cometiendo un grave error, Elsa -le dijo en tono amenazante.

-Tú no me asustas con ese tono amenazante. Entiéndelo me violaste, chico. No voy a decir otra cosa.

-Voy advertirte algo. Tú no vas a salir nada bien de todo este enredo que has armado.

-Esta vez no voy a callarme la boca pase lo que pase. Fíjate bien, aunque tenga que enfrentarme a la muerte.

La actitud desafiante de Elsa Núñez causó un inmenso calor en todo el cuerpo de Rolo Arzola. En su mente quedaba aún latente la noche que hicieron el sexo en una cama, donde disfrutaron los placeres amorosos.

-En cualquier momento te voy a enseñar que de mí nadie se burla. Ya lo veras.

-No sé cómo tú lo vas lograr.

-Vamos a dejar que sea Dios quien valore entre tú y yo. De lo contrario no voy aguantar mis impulsos.

-A ver, ¿qué me vas a hacer? -airada- ¿Violarme otra vez?

Rolo Arzola dejó ver una leve sonrisa en las comisuras de los labios.

-Voy hacerte otras cosas más bochornosas. Te voy a poner un tapón en la boca.

Elsa sintió que su rostro se prendía en un fuego insoportable.

-Tú estabas esa noche en el hospital, y saliste detrás de mí -exigente-. Dime que no fue así... Anda, dímelo.

-No tiene sentido eso que tú estás haciendo conmigo. Tu actuar es ofensivo.

-Tú no tienes vergüenza, Rolo.

Él cambió de posición. Elsa Núñez no dejaba de observarlo.

-Ven acá, chica -malhumorado-. ¿Qué tú pretendes con tus insinuaciones? ¿Eh? Dime.

-Hazme el favor de comportarte aquí, en mi casa.

-Es mejor que te tranquilices, si no quieres que me olvide que eres una vieja.

-No me digas que ahora es que te das cuenta que soy una vieja -amenazante-. Si me sigues molestando se lo voy a decir todo a la policía.

-Te voy a enseñarte que a mí hay que respetarme.

Elsa se puso en pie. Su rostro brillaba rabioso.

-¡No te atrevas a dar más un paso. ¡No te voy a permitir que sigas con tus abusos!

Ciego de rabia, Rolo Arzola se abalanzó sobre Elsa Núñez y la tiró bruscamente en el sofá, apretándole con fuerza el cuello. Las energías de Elsa fueron disminuyendo. Ella lo miró vagamente, con sus ojos desesperadamente abiertos. Rolo fue liberando poco a poco su cuello. Elsa quedó tendida en el sofá, inmóvil, desfallecida.

-No te mato a prodigio de Dios. No quiero ir de nuevo para la cárcel, y mucho menos por matarte.

-Quítate de mi vista.-desanimada- ¡Lárgate de mi casa!

-Sí. Yo me voy a ir. La próxima vez las cosas van a ser diferentes.

Elsa suspiró profundamente.

-No faltó nada para que este desgraciado me matara. Va y estoy equivocada, pero se parece tanto al hombre que me violó... -en suplica- ¡Ay virgencita de la Caridad! Ayúdame a salir de esta terrible pesadilla.

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