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Amor bajo los Secretos Tristes

Amor bajo los Secretos Tristes

Autor: : Judith C-Tagoe
Género: Romance
Isabella Vargas acaba de salir de prisión. Cinco años tras las rejas por un crimen que no cometió, un sacrificio oculto que ahora le consume la vida. El diagnóstico es claro: un mes, quizás menos, es lo que le queda de un cáncer terminal. Su único anhelo: que sus cenizas sean esparcidas en el mítico Cabo de la Vela, la promesa de amor eterno que un día compartió con Mateo Herrera. Pero su libertad se convierte en una nueva condena cuando el destino la cruza con Mateo, el hombre por quien lo abandonó todo. Para él, Isabella no es más que la asesina de su padre, alguien a quien desprecia con cada fibra de su ser, cegado por un dolor y una rabia implacables. Bajo la excusa de un trabajo como mesera, Mateo la arrastra a la boda de sus sueños con Sofía Montoya, la ex-amiga que siempre había anhelado su lugar. La obliga a ser testigo de su "felicidad", la humilla públicamente, la somete a tareas degradantes como buscar anillos en fuentes heladas mientras su cuerpo, ya frágil por la enfermedad, gime de dolor. Cada tormento, sin que él lo sepa, es una contribución al fondo de su último deseo. ¿Cómo puede una mujer moribunda soportar tal calvario a manos del hombre al que protegió con su propia libertad? ¿Qué retorcidos caminos la llevaron a un sacrificio tan absoluto por una familia que ahora la despedaza? El aire cortante de Bogotá es un velo sobre una verdad inconfesable, una injusticia que clama al cielo. Con cada humillación, Isabella se aferra más a su último anhelo. Sabe que su tiempo se acaba, que el Cabo de la Vela la espera. ¿Logrará alcanzar la paz en su destino final, o su trágico sacrificio revelará una verdad devastadora que destrozará a Mateo mucho después de que ella se haya ido?

Introducción

Isabella Vargas acaba de salir de prisión. Cinco años tras las rejas por un crimen que no cometió, un sacrificio oculto que ahora le consume la vida. El diagnóstico es claro: un mes, quizás menos, es lo que le queda de un cáncer terminal. Su único anhelo: que sus cenizas sean esparcidas en el mítico Cabo de la Vela, la promesa de amor eterno que un día compartió con Mateo Herrera.

Pero su libertad se convierte en una nueva condena cuando el destino la cruza con Mateo, el hombre por quien lo abandonó todo. Para él, Isabella no es más que la asesina de su padre, alguien a quien desprecia con cada fibra de su ser, cegado por un dolor y una rabia implacables.

Bajo la excusa de un trabajo como mesera, Mateo la arrastra a la boda de sus sueños con Sofía Montoya, la ex-amiga que siempre había anhelado su lugar. La obliga a ser testigo de su "felicidad", la humilla públicamente, la somete a tareas degradantes como buscar anillos en fuentes heladas mientras su cuerpo, ya frágil por la enfermedad, gime de dolor. Cada tormento, sin que él lo sepa, es una contribución al fondo de su último deseo.

¿Cómo puede una mujer moribunda soportar tal calvario a manos del hombre al que protegió con su propia libertad? ¿Qué retorcidos caminos la llevaron a un sacrificio tan absoluto por una familia que ahora la despedaza? El aire cortante de Bogotá es un velo sobre una verdad inconfesable, una injusticia que clama al cielo.

Con cada humillación, Isabella se aferra más a su último anhelo. Sabe que su tiempo se acaba, que el Cabo de la Vela la espera. ¿Logrará alcanzar la paz en su destino final, o su trágico sacrificio revelará una verdad devastadora que destrozará a Mateo mucho después de que ella se haya ido?

Capítulo 1

La reja de El Buen Pastor se cerró con un sonido metálico y frío.

Isabella Vargas dio un paso hacia la libertad, si es que se le podía llamar así.

Cinco años. Cinco años encerrada.

El aire de Bogotá, helado y cortante, le golpeó la cara.

Su belleza, antes notable, estaba marchita, consumida por el sufrimiento y la enfermedad.

Un cáncer terminal, diagnosticado en la cárcel, le devoraba las entrañas.

Un mes, quizás menos, le habían dicho los médicos.

No tenía dinero, ni familia cercana a la que acudir.

Solo un deseo ardiente, una última voluntad.

Que sus cenizas fueran esparcidas en el Cabo de la Vela, en La Guajira.

Ese lugar sagrado, donde el desierto se encuentra con el mar Caribe.

Un lugar que guardaba el eco de un amor perdido, un pacto con Mateo Herrera.

"Allí encontraremos la paz eterna, Isa", le había dicho él, años atrás, cuando el mundo parecía lleno de promesas.

Ahora, esa promesa era su única meta.

Necesitaba dinero. Dinero para el viaje, para la cremación.

Recordó a Mateo. Su Mateo.

El amor de su vida, ahora su peor enemigo.

Él la odiaba, creyéndola culpable de la muerte de su padre, Don Alejandro Herrera.

Un político influyente, un hombre al que Isabella había querido casi como a un padre.

Ella había trabajado en su fundación.

La verdad era otra, una mucho más sucia y dolorosa.

Don Alejandro no murió por culpa de Isabella.

Murió de un infarto, en brazos de su amante, una mujer mucho más joven, durante una discusión acalorada en una finca de recreo en Anapoima.

Isabella los encontró.

El pánico la invadió. Pensó en Doña Elena, la madre de Mateo, una mujer de salud frágil, devota de su marido y de las apariencias.

La verdad la destrozaría, el escándalo hundiría el "buen nombre" de los Herrera.

Así que Isabella tomó una decisión.

Manipuló la escena. Hizo parecer que ella, en una discusión con Don Alejandro, había provocado el infarto.

Homicidio culposo. Cinco años.

Todo para proteger a Mateo, a su familia.

Y Mateo, ciego de dolor y rabia, usó toda su influencia para que la condena fuera implacable.

Ahora, él estaba comprometido con Sofía Montoya.

Sofía, su antigua amiga, su confidente.

Siempre enamorada de Mateo, siempre esperando su oportunidad.

Y la caída de Isabella se la había servido en bandeja.

Isabella apretó los puños. No había tiempo para el rencor. Solo para La Guajira.

Una antigua compañera de celda le había conseguido un contacto.

Una agencia que proveía personal para eventos de alta sociedad.

Mesera. Era un comienzo.

Consiguió el trabajo. Un uniforme sencillo, una bandeja en la mano.

El primer evento era en el Club El Nogal. Prestigioso, exclusivo.

Mientras servía canapés, sus ojos se cruzaron con los de él.

Mateo Herrera.

Más guapo que nunca, exitoso, radiante.

A su lado, Sofía Montoya, elegante, sonriente.

Estaban planeando su boda. Una boda de ensueño en Cartagena, en una iglesia colonial con vistas al mar.

El mismo sueño que una vez fue de Isabella y Mateo.

El corazón de Isabella dio un vuelco doloroso.

Mateo la reconoció. Su expresión cambió.

El amor juvenil se había transformado en un odio helado.

"Usted", dijo Mateo, su voz cargada de desprecio. "Sírvame un whisky. Doble."

Isabella obedeció, su rostro impasible.

Sofía la miraba con una sonrisa apenas disimulada, disfrutando la escena.

"Y a mi prometida, tráigale una copa de champán", añadió Mateo, enfatizando la palabra "prometida".

Isabella asintió, soportando la humillación.

El dinero. Necesitaba el dinero.

Un flashback la asaltó.

Ella y Mateo, jóvenes, riendo en la playa del Cabo de la Vela.

Él la abrazaba, susurrándole promesas de amor eterno.

Don Alejandro sonriendo, aprobando su relación. Él la quería, la consideraba casi una hija.

Luego, la imagen de la finca en Anapoima.

El cuerpo de Don Alejandro en el suelo. La amante joven, histérica.

El miedo por Doña Elena.

"Fui yo", le había dicho Isabella a la policía, con la voz rota. "Discutimos. Se puso mal."

Mateo, destrozado, gritándole "¡Asesina! ¡Destruiste a mi familia!".

El juicio, la condena.

Ahora, la realidad la golpeaba de nuevo.

Mateo la miraba con asco.

Ricardo Vargas, primo lejano de Isabella, ahora asistente de Mateo, la vio desde una esquina.

Reconoció a Isabella. Su rostro mostró una mezcla de sorpresa y... ¿pena?

Pero se mantuvo en silencio, leal a su jefe.

Mateo chasqueó los dedos.

"Mesera, más hielo."

Isabella se acercó, sirviéndole.

Él la miró fijamente. "No crea que esto ha terminado."

Su voz era una amenaza.

"Sé que necesitas dinero. Te ofreceré un trabajo."

Isabella lo miró, expectante.

"Limpiarás la bodega de la hacienda en Villa de Leyva. Hay adornos antiguos para la boda. Necesitan pulirse."

Humillación tras humillación. Mantenerla cerca para torturarla.

Isabella tragó saliva. "Acepto."

Mateo sonrió con crueldad. Sacó un fajo de billetes y se los arrojó a los pies.

"Adelanto."

Isabella se inclinó, recogiendo el dinero, cada billete una espina en su orgullo.

Pero cada billete la acercaba un poco más al Cabo de la Vela.

Más tarde, Mateo la obligó a quedarse hasta tarde, sirviendo a sus amigos, presenciando su felicidad con Sofía.

Cada risa, cada brindis, era una tortura.

Pero Isabella aguantó. Por su último deseo.

Capítulo 2

Al día siguiente, Isabella estaba en la hacienda de los Herrera en Villa de Leyva.

Un lugar lleno de recuerdos. Fines de semana felices, risas con Mateo, la amabilidad de Don Alejandro.

Ahora, era un mausoleo de su pasado.

Mateo le ordenó limpiar la bodega. Un lugar oscuro, polvoriento, lleno de telarañas y trastos viejos.

Simbólico. Limpiar los restos de una vida que ya no existía.

Sofía apareció, fingiendo preocupación.

"Isabella, querida, ¿estás bien? Mateo puede ser un poco... intenso."

Isabella no respondió.

"Solo queremos que todo esté perfecto para la boda", continuó Sofía. "Y luego, desaparecerás de nuestras vidas para siempre, ¿verdad?"

Su voz era dulce, pero sus ojos brillaban con malicia.

Mateo llegó.

"Sofía, déjala trabajar. Tiene mucho que hacer."

Agarró a Sofía por la cintura, besándola apasionadamente frente a Isabella.

Isabella desvió la mirada, el dolor oprimiéndole el pecho.

Durante días, Mateo la sometió a tareas humillantes.

Pulir la platería de la familia, una tarea interminable.

Servir en las múltiples fiestas pre-boda que organizaban.

En una de esas fiestas, Sofía montó un numerito.

"¡Oh, Dios mío! ¡Mi anillo!", gritó, llevándose las manos a la boca.

Era un anillo de compromiso espectacular, una herencia de la familia Herrera.

"Lo tenía puesto hace un momento. Creo... creo que se me cayó cerca de la fuente."

Miró a Isabella, una acusación velada en sus ojos.

La fuente ornamental era grande, el agua helada.

Mateo agarró a Isabella del brazo.

"Búscalo." Su voz era dura.

"Pero, Mateo..."

"¡Búscalo! Y no saldras de ahí hasta que aparezca."

Obligó a Isabella a meterse en el agua helada, bajo la mirada curiosa y burlona de los invitados.

El frío le calaba los huesos, pero buscó. Hora tras hora.

Sus manos se entumecieron, su cuerpo temblaba.

Los invitados cuchicheaban.

"Esa es Isabella Vargas, ¿sabes? La que mató a Don Alejandro."

"Qué descaro, aparecerse por aquí."

"Mateo solo la está castigando. Bien merecido lo tiene."

Isabella encontró el anillo finalmente, entre las piedras del fondo.

Se lo entregó a Mateo, temblando.

Él ni siquiera la miró. Se lo puso a Sofía en el dedo, besándola.

Isabella salió de la fuente, empapada, helada, humillada.

Pero con más dinero en el bolsillo. Cada humillación tenía un precio, y Mateo pagaba.

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