Jayda Wright procuró contener las lágrimas cuando la junta directiva anunció que sería socia de uno de los bufetes de abogados más importantes de los Estados Unidos, Saunders and Co.
Después de tanto esfuerzo, era una merecida recompensa. Jayda había aspirado a esa posición desde que se inició como pasante en la empresa, trabajó duro cada día para mostrar su valía y había dejado relegado los demás aspectos de su vida para centrarse en una única cosa: su trabajo.
A los 29 años, era el miembro más joven de la cúpula directiva de Saunders and Co y la primera mujer en ocupar ese puesto.
Sin duda alguna, ser socia de una empresa tan importante no sería pan comido, pero ella era una mujer trabajadora y lograría sobresalir a pesar de todo.
Además de las responsabilidades que conllevaba su ascenso, también poseería una participación importante en la empresa y su salario, así como los demás beneficios, se verían incrementados. Por fin, una oficina llevaría su nombre grabado en la puerta y tendría mucha más influencia a partir de ahora. ¡Era un sueño hecho realidad para ella!
"Muchas gracias por su confianza, señor Tucker, prometo que no lo defraudaré", le dijo al presidente de la firma, quien tendría unos 50 años, era alto, de contextura media y cabello negro.
"Has trabajado muy duro, nadie merecía este puesto tanto como tú. Casi no has perdido un caso desde que estás trabajando para nosotros y tu éxito ha brindado renombre a la compañía; de corazón, te deseo todo lo mejor en esta nueva etapa de tu carrera y espero que no nos decepciones porque te has ganado la admiración de todos", añadió el señor Tucker.
"No se preocupe, señor, le prometo que ahora trabajaré más que nunca por esta empresa", aseguró ella.
Los demás socios se acercaron para felicitarla también y brindaron en su honor mientras conversaban entre ellos.
Tan pronto como pudo escapar del tumulto de la sala de conferencias, Jayda fue a su oficina, de la cual se mudaría pronto, y sacó su iPhone de la cartera para llamar a su mejor amiga, Lilian.
"¿A que no sabes lo que acaba de pasar, Lily?", preguntó con emoción tan pronto como la chica atendió su llamada.
"¿Qué? ¿Te acabas de acostar con alguien?", bromeó Lilian y Jayda enseguida puso los ojos en blanco.
"¡Oh, vamos, no digas tonterías! Por supuesto que no es eso, ¡me ascendieron!".
"¡Oh! ¡Dios mío! ¿Ahora eres socia?", gritó la chica al otro lado de la línea.
"¡Así es, nena! ¡Jayda Wright ahora es socia oficial de Saunders and Co!".
"Felicitaciones, mi amor, has trabajado duro para conseguir esto, realmente lo mereces".
"Gracias", respondió Jayda con una sonrisa.
"¡Deberías ir a celebrarlo esta noche! Lástima que esté ocupada con el diseño de unos vestidos y no pueda acompañarte... No sé si sabes, pero el desfile de moda es mañana".
"Descuida, puedo esperarme hasta mañana y salimos un rato después del desfile, hoy quizás salga con Zach por ahí".
"¡Hazlo! Y asegúrate de echar un buen polvo esta noche, ¿vale? Nadie sabe cuándo volverás a tener tiempo para esas cosas ahora que eres socia del bufete".
Con una risita y las mejillas algo sonrojadas, Jayda respondió: "Oh, qué mente tan sucia tienes, Bueno, entonces nos vemos mañana en la noche en mi casa, ¿te parece?".
"Claro, nena. Felicidades una vez más", añadió Lilian antes de colgar.
Acto seguido, Jayda quiso llamar a su novio para informarle las buenas nuevas sobre su ascenso y para ver si salían esa noche, pero él no le contestó aunque lo intentó un par de veces.
Dejando a un lado ese asunto, decidió acomodar las cosas de su oficina para la mudanza del lunes y, cuando terminó, agarró su cartera y su computadora portátil, y salió del edificio hacia su auto.
No obstante, antes de encender el motor, llamó a un restaurante y ordenó suficiente comida para que ella y Zach pudieran pasar la noche celebrando.
Al llegar a casa, Jayda llamó a sus padres para darles la buena noticia y luego se dio un baño para ir al apartamento de su novio.
Aunque normalmente se vestía muy profesionalmente para ir a los tribunales y a la oficina, esa noche decidió arriesgarse un poco, así que optó por un vestido ceñido y un par de tacones. En su bolso de mano metió el teléfono, la llave de acceso, su tarjeta y algo de dinero en efectivo, luego fue a la cocina y seleccionó la botella de vino favorita de Zachery.
Su primera parada la hizo en el restaurante para recoger su pedido y luego fue directamente al apartamento de su novio para sorprenderlo. Últimamente había estado tan concentrada en el trabajo que casi no había tenido tiempo para Zachary y eso la hizo sentir un tanto culpable.
Dejando escapar un suspiro, presionó el timbre y esperó a que él le abriera.
"Oye...", murmuró Jayda con una sonrisa cuando Zach le abrió la puerta, pero enseguida su expresión se tensó al ver la seriedad en el rostro de su novio. Él parecía fastidiado con su presencia, como si no quisiera que ella estuviera allí y estuviera esperando que se fuera cuanto antes.
"¿Qué estás haciendo aquí? ¿No tienes trabajo pendiente?", se burló.
"Ehm... Siento si...", quiso responder ella, pero se contuvo a mitad de la oración.
"¿A qué has venido?", insistió Zach.
"Me ascendieron como socia del bufete y pensaba que podríamos celebrar esta noche; mira, he traído comida y algo para beber", explicó mientras sostenía en alto la bolsa en sus manos.
"Bueno, por fin lo lograste. Era de esperarse porque nada te importa más que el trabajo, ¿no es así? ¡Felicidades entonces!".
"¿Por qué hablas así?", preguntó Jayda, adolorida.
"¿Sabes cuántas citas me cancelaste porque estabas 'ocupada con el trabajo'? O si aparecías, entonces lo único de lo que hablabas era de tus casos o lo que había sucedido en la oficina, no hemos hablado de nosotros en meses. Por el amor de Dios, Jayda, eres mi novia, pero pareciera que no lo fueras. Quizás simplemente no estemos hechos para estar con el otro y debamos tomar caminos separados".
"Por favor Zach, no rompas conmigo ahora, cambiaré lo que tenga que cambiar para hacer funcionar esto", suplicó Jayda, tratando de contener las lágrimas.
"¿No tenías tiempo para mí cuando no eras socia y lo vas a tener ahora que te han ascendido? Ambos somos adictos al trabajo, eso es un hecho, yo manejo el negocio familiar y una cadena de hoteles, pero aun así me las arreglaba para sacar tiempo para los dos; quisiera formar una familia, Jayda, y es obvio que tú todavía no estás lista para dar ese paso. Para ti lo primero es el trabajo, segundo tú, y luego tu mejor amiga, yo en tu vida no tengo ningún espacio".
Jayda quiso decir algo, pero entonces cerró la boca al darse cuenta de que todo de lo que se le acusaba era cierto.
"Nunca funcionamos juntos, Jayda y, honestamente, no puedo seguir así. Será mejor que cada quien siga su camino a partir de ahora, te deseo lo mejor".
Jayda quiso rogarle, pero se contuvo cuando vio que había una chica dentro del apartamento que ahora se acercaba a la puerta.
"¿Entonces todo esto es por ella?", inquirió mientras miraba a la mujer de arriba abajo.
La muchacha era un tanto más alta que ella y quizás más atractiva; eso le dolió todavía más y tragó saliva para intentar recuperarse.
Cuando se acercó, Zach le envolvió la cintura con el brazo y continuó: "Ella no tiene nada que ver con mi decisión, nuestra relación simplemente no funciona y he querido romper contigo antes, pero siempre me salías con una excusa cuando te pedía que nos viéramos. Respeto lo que tuvimos y nunca consideré engañarte; sin embargo, conocí a Ariadna hace un mes y nos hemos estado viendo desde entonces, he descubierto que tenemos mucho en común y quizás podamos tener algo serio en el futuro. Te felicito por tu ascenso y espero que te vaya muy bien, pero lo nuestro no tiene caso. Yo seguiré con mi vida y espero que tu hagas lo mismo".
Dicho eso, el hombre le cerró la puerta en la cara y las lágrimas tibias descendieron por el rostro de Jayda al instante. Destrozada, la chica dejó la botella de vino y la comida en la entrada del apartamento y regresó al auto.
Con el peso de lo que acababa de suceder, se metió en el vehículo y dejó caer la cabeza sobre el volante antes de romper en llanto.
Ella realmente quería a Zach, era un hombre apuesto, exitoso y cariñoso, pero ahora lo había perdido porque no había logrado conciliar su vida profesional con la personal.
Nunca se imaginó que perseguir sus sueños le costaría su relación con Zach... En varias ocasiones, Lilian le había aconsejado que le prestara más atención a su novio, pero ella había hecho caso omiso a sus palabras y ahora lo había perdido.
Ciertamente, él había estado más para ella de lo que ella había estado para él. Siempre cancelaba sus citas por culpa del trabajo y apenas si hablaban de su relación aunque ya tenía más de año y medio siendo novios. ¡Incluso habían pasado semanas sin verse o hablarse porque siempre estaba ocupada! Obviamente, las cosas no estaban funcionando.
Luego de desahogarse llorando en el auto, Jayda encendió el motor y condujo a uno de los bares más exclusivos de la ciudad.
Sin importarle que su maquillaje se había corrido, Jayda entró galantemente al lugar con la cabeza en alto y el bolso en la mano, lista para embriagarse como nunca esa noche.
Luego de acomodarse junto a la barra, le pidió al camarero que le trajera una variedad de cócteles. Con el dinero que tenía en su bolso, sería más que suficiente para pagar la cuenta.
Jayda no solía beber alcohol y podía contar con los dedos de una mano la cantidad de veces que había ingerido bebidas fuertes. Además, aunque Lilian siempre la invitaba a salir, nunca antes había estado en un bar como ese.
Sin embargo, aquella noche estaba dispuesta a embriagarse sola para celebrar su ascenso y también su ruptura.
Un ceño fruncido arrugó su expresión cuando probó el primer trago, pero se fue suavizando paulatinamente a medida que iba por el tercero.
....
Luego de un largo día de trabajo y una reunión con su abogado para revisar algunos contratos, Sebastian Miller decidió ir al Club 232 para relajarse un poco. Aquel lugar era conocido en todo Miami por su exclusividad y categoría.
En el club todos lo conocían porque era un cliente habitual, solía presentarse los martes, miércoles y viernes para beber un par de tragos y encontrar alguna chica que llevarse a la cama.
Sebastian era frío, desalmado y severo; no respetaba a nadie, mucho menos a las mujeres; tampoco creía en el amor ni en algún otro sentimiento exacerbado. Para él, la vida era mucho más plana e impasible, y no se dejaba llevar por los sentimientos.
Las únicas personas que merecían su respeto y afecto eran sus padres, sus hermanas gemelas, su mejor amigo, Caleb, y uno que otro miembro cercano de su familia.
No obstante, a pesar de lo insoportable que pudiera llegar a ser, las chicas lo perseguían siempre porque era extremadamente acaudalado y apuesto, lo cual lo hacía irresistible y todas querían acostarse con él aunque fuera por una noche nada más.
Como de costumbre, su lugar ya estaba preparado para cuando llegó al club y, apenas se sentó, un camarero lo atendió y le sirvió lo de siempre.
Normalmente, Sebastian solía ir al club acompañado de su amigo, pero esta vez Caleb estaba en una cita, así que no se quedaría por mucho tiempo esa noche; en todo caso, se tomaría un par de copas y se llevaría a un hotel a la primera chica que se cruzara frente a él.
Mientras sorbía su trago, sus ojos se toparon con una dama que estaba sentada en la barra. A pesar de que no podía verle el rostro, sentía que su miembro se endurecía solo con contemplar su figura de espaldas. Se la quedó mirando por largo rato esperando que ella se volteara para invitarla a sentarse con él, pero como no lo hizo, tuvo que acudir al camarero y le pidió que la llamara.
Normalmente, cuando Sebastian empleaba esa táctica, las chicas siempre venían enseguida, pero le sorprendió ver que el camarero regresó solo.
"Señor, ella se negó a venir", informó el muchacho y la paciencia del magnate empezó a agotarse.
Aunque la mayoría del tiempo se mostraba impasible, la ira de Sebastian Miller se despertaba con facilidad, en especial cuando contrariaban sus órdenes. Si estaba enojado, era normal que dijera o hiciera cosas sin pensarlo.
"¿No le dijiste que era yo quien la llamaba?", inquirió con furia mientras veía al camarero.
"Sí, señor, e incluso le pedí que se diera la vuelta para que viera que no mentía... Entonces dijo algo más...". Esa última oración, el camarero la dijo susurrando.
"¿Qué dijo?", preguntó Sebastian, evidentemente enojado.
"Que se fuera al infierno, señor", susurró el muchacho, aterrado.
Con los dientes apretados, Sebastian Miller agarró su trago y se puso de pie para acercarse a la muchacha que le estaba probando la paciencia.
¿Acaso no sabía que cualquier chica en el club se moriría por estar en su lugar? Una noche con él significaba que la llevaría al mejor hotel de la ciudad, la haría ver las estrellas con un polvo sensacional y quizás le dejaría unos cuantos cientos de dólares dependiendo de su desempeño.
Seb nunca antes se había acercado a una chica en aquel bar, pues eran ellas las que venían a él cuando solicitaba su presencia.
"¡Me estás poniendo las cosas difíciles cuando solo quiero ayudarte, preciosa!", exclamó Sebastian al tiempo que tomaba asiento junto a la mujer que lo había rechazado.
Jayda, quien se encontraba a punto de tomar otro trago de su cóctel, se estremeció al escuchar la voz de ese hombre que, por alguna razón, sonaba molesto.
Dándose la vuelta, contempló al sujeto que le había causado escalofríos y se quedó pasmada al verlo. Caliente y sensual serían las palabras adecuadas para describirlo, y con ese traje, se veía todavía más irresistible. Aunque le pareció demasiado ostentoso al principio, luego se dio cuenta de que había muchos ejecutivos de traje en el bar, así que quizás fuera algo normal en aquel club.
Sebastian, por su parte, se quedó congelado al ver a la dama frente a él. No se imaginaba que la mujer que lo había rechazado pudiera ser tan hermosa y, al ver las lágrimas secas en su rostro, tuvo el impulso de preguntarle qué le había pasado y de consolarla.
Aunque cuando volvió en sí, se dio cuenta de que quizás estaba penando demasiado las cosas, aun así no se pudo contener.
"¿Quién te hizo llorar?", preguntó con clara preocupación. Por alguna razón que desconocía, solo quería estrangular al responsable de su sufrimiento.
"¿Quién diría que detrás de esa fachada imponente podría esconderse alguien tan amable?", se burló Jayda mientras tomaba el que sería su cuarto trago de la noche.
Ignorando su reacción, Sebastian insistió: "¿Quién te hizo llorar?".
"Mi novio rompió conmigo y no lo culpo por hacerlo, la verdad es que nunca me tomé en serio nuestra relación".
"Lamento escuchar eso", dijo Sebastian, todavía sorprendido de su propia actitud. Mostrarse apenado por otra persona o disculparse no era algo que hiciera a menudo, pero ahora mismo era como si alguien más estuviera hablando por él.
"Gracias", murmuró Jayda, preguntándose a sí misma por qué estaba contándole sus problemas a un completo extraño.
Entonces quiso alzar la mano para llamar al camarero y pedirle otro trago, pero Sebastian la detuvo.
"Has bebido suficiente por esta noche". Por alguna razón, quería que ella se mantuviera sobria.
"¿Acaso es problema suyo lo que haga o deje de hacer, señor...?". Por la manera en que habló, era obvio que quería saber su nombre.
Sin poder creer lo que acababa de escuchar, Sebastian se echó a reír, creyendo que le estaba tomando el pelo.
"¿Qué? ¿No sabes quién soy?", inquirió con perplejidad, casi ofendido.
Con los ojos en blanco, ella replicó: "¿Si lo supiera, lo estaría preguntando? ¡Vaya idiota!".
Aunque ella lo insultó, él no se sintió atacado; cualquier persona que lo llamara de esa forma habría sufrido las consecuencias, pero con ella no podía molestarse.
"Creí que el camarero te había dicho mi nombre, pero no importa, me llamo Sebastian Miller".
"Sí me dijo, pero no le estaba prestando atención. Mi nombre es Jayda".
"Eres una mujer muy hermosa, Jayda", susurró él, haciéndola estremecer una vez más.
Procurando recomponerse, ella respondió: "Estoy segura de que eso le dices a todas".
Inclinándose para estar más cerca, Seb confesó: "No, la verdad casi nunca lo digo y ahora mismo estoy hablando muy en serio. Eres hermosa".
Jayda pudo sentir cómo los vellos de su nuca se erizaron al escuchar aquella declaración.
"Ehm, gracias entonces", sonrió, algo avergonzada.
"Se suponía que hoy vendría aquí con mi mejor amigo, Caleb, pero me dejó plantado por ir a una cita", añadió Sebastian y eso la hizo sonreír.
"Bueno, el mundo no tiene que girar siempre a tu alrededor, quizás tu amigo esté empezando a enamorarse", balbuceó ella en respuesta.
"¿Quisieras acompañarme a un hotel para pasar el rato?", propuso Sebastian con la voz temblorosa. Aunque normalmente exudaba confianza, ahora mismo estaba nervioso por alguna razón que desconocía... Quizás estaba demasiado acostumbrado a que las chicas tomaran la iniciativa por él.
Jayda estuvo a punto de rechazar su oferta, pero entonces quedó atrapada en la mirada profunda que emanaba de sus ojos. Podía ver el anhelo palpitando en sus pupilas como si le rogara que dijera que sí.
"Está bien", respondió con algo de vacilación, esperando no arrepentirse de su decisión después. Sin duda alguna, el alcohol le había dado el valor necesario para tomar el riesgo.
Acto seguido, se dispuso a buscar su bolso para pagar, pero Seb la detuvo en el acto.
"Descuida, no hace falta", añadió él y ella frunció el ceño.
"¿Estás seguro? Puedo pagar por lo que consumí", replicó Jayda, consciente de lo costosos que habían sido los tragos que había pedido.
"Dalo por hecho", aseguró él.
"Bueno, está bien entonces", asintió ella y quiso ponerse de pie, pero trastabilló.
Enseguida, Sebastian la rodeó por la cintura para ayudarla y un fuerte escalofrío la hizo estremecerse ante su roce. ¿Por qué este hombre la hacía sentir así? Si bien era cierto que estaba algo ebria, tampoco era para tanto.
"¿Por qué todos nos miran? ¿Eres una celebridad o algo por el estilo?", inquirió ella mientras salían del club.
Él solo sonrió entre dientes, todavía sorprendido de que no supiera su identidad. 'Cuando le cuente a Caleb esto, se morirá de la risa', pensó.
"Quizás nos miran porque soy muy sexy", respondió con un guiño.
"Ya quisieras, hasta el camarero que me atendió está más caliente que tú", replicó Jayda con los ojos en blanco. Obviamente estaba bromeando.
"Como digas, como digas", resopló Seb con el orgullo intacto mientras se acercaban a su auto.
Como todo un caballero, le abrió la puerta del copiloto a Jayda y ella entró en el vehículo.
"Lindo auto", comentó la chica tan pronto como él se sentó a su lado.
"Gracias, señorita. Por cierto, estoy seguro de que necesitarás esto", respondió él mientras le entregaba una botella de agua que ella aceptó con gusto.
En breve, Sebastian se detuvo en el estacionamiento de un hotel de lujo y fueron directamente a una de las suites principales.
Tan pronto como estuvieron solos en la habitación, el hombre se le acercó y la pegó contra la pared para besarla apasionadamente.
Sin embargo, como Jayda no respondía a sus caricias, la agarró por el mentón para que ella lo mirara a los ojos.
"No sé qué tienes, pero enciendes algo en mí".
Dicho eso, la agarró por la mano y la llevó hasta su erección. Tan pronto como sintió el miembro tenso entre sus pantalones, Jayda jadeó y los latidos de su corazón se aceleraron.
"Mira lo que provocas y ni siquiera has hecho nada. Es obvio que me gustas y que tú sientes lo mismo, puedo ver el deseo que palpita en tu mirada... Te quiero dar placer, Jayda; tu ex no te merece y quiero que lo olvides... Te lo voy a hacer tan bien que dentro de una semana todavía sentirás mi miembro dentro de ti... Solo tienes que dejarte llevar por lo que sientes, aunque no pienso hacer nada si no quieres, solo dime y te conseguiré un taxi que te lleve a casa".
"No, te quiero a ti", respondió ella, perfectamente consciente de lo que implicaban sus palabras. A esas alturas, prefirió bajar la guardia y dejarse llevar por la corriente solo por esa noche; después de todo, no volverían a verse.
Con una sonrisa, Sebastian la besó y esta vez Jayda le respondió con pasión. Ahora que podía deleitarse con sus hermosos labios, él se dio cuenta de que sabían a vodka con granadina.
Cuando por fin se separaron, él le quitó el vestido por la cabeza y la dejó en ropa interior a su merced.
Jayda era hermosa, tenía unas curvas espectaculares y no se parecía en nada a ninguna mujer con la que hubiese estado antes. Muerto de deseo, desabrochó su sostén y se encontró frente a frente con sus hermosos senos redondos y perfectos. Ella tenía los pezones rozados y erectos, y era como si le suplicaran que los chupara.
Extasiado, Sebastian no perdió el tiempo y lamió su pezón derecho mientras jugueteaba con el otro.
Colmada de placer, Jayda arqueó la espalda y lo dejó tocarla, sintiendo que estaba tocando el cielo con los dedos. Hasta ahora, Sebastian estaba cumpliendo con su promesa de hacer de esa noche algo realmente memorable.
Arrodillado frente a ella, el hombre la ayudó a quitarse las bragas y sonrió con picardía al darse cuenta de lo mojada que estaba. Parecía complacido por el hecho de haber causado el mismo efecto que ella había causado en él.
Para entonces, Jayda apenas conservaba sus tacones y, de esa manera, Sebastian la agarró por la cintura y la dejó sobre la mesa para tener fácil acceso a su zona íntima.
Tan pronto como la lengua del hombre rozó su clítoris, ella se estremeció y tuvo que morderse los labios para no gritar. Él se tomó su tiempo para explorarla, sentirla y palpar su feminidad. El placer en el cuerpo de Jayda llegó a tal punto que tuvo que pedirle que se detuviera porque sentía que estallaría de placer en cualquier momento.
Su respiración era dificultosa cuando Sebastian volvió a besarla, haciéndola saborear su propia esencia.
"¿Lista para lo que viene? ¿Estás preparada para que te la meta hasta el fondo?", susurró seductoramente. En ese punto, Jayda ni siquiera podía hablar, pero asintió fervientemente.
Acomodándola sobre la mesa, Sebastian rozó su polla contra su clítoris por un rato antes de finalmente metérsela.
Como ella estaba algo tensa, él se contuvo y le echó un vistazo, solo para comprobar que se veía incómoda mientras se aguantaba de los bordes de la mesa. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la mujer que iba a poseer era virgen.
Jayda, a sus 29 años, se había concentrado tanto en desarrollar su carrera que no había tenido tiempo para divertirse con ningún hombre, ni siquiera con Zach. No obstante, había desarrollado el arte de darse placer a sí misma cuando se ponía caliente.
"Me siento honrado de ser el primer hombre que te haga el amor, prometo venerar tu cuerpo y hacer de esta noche un momento inolvidable para ti. Te va a doler, pero luego lo disfrutarás, te lo prometo", le aseguró y ella asintió sin decir nada.
Ahora que sabía que ella era virgen, Sebastian fue más cuidadoso y se aseguró de moverse suavemente hasta que su cuerpo se acostumbró a la sensación de su miembro erecto.
Gimiendo de placer y con los pies arqueados, Jayda se echó para atrás, deleitada con el torrente de placer que fluía por sus venas. Al mismo tiempo, Sebastian rozó el paraíso y dejó su simiente dentro de ella.
Cargándola, el hombre la llevó hasta la cama, le quitó los tacones y se recostó a su lado, rodeándola entre sus brazos mientras ella intentaba recuperar el aliento.
Sebastian estaba seguro de que lo que estaba pasando con Jayda no era lo que solía hacer con otras chicas, le estaba haciendo el amor como nunca antes lo había hecho, se tomó el tiempo para sentir su cuerpo, para venerarlo como a una diosa. Satisfecho, se deleitó al verla acabar de forma tan gloriosa y sintió que Jayda sacaba lo mejor de él.
"Estoy listo para otra ronda si quieres", propuso, vanagloriándose de sus capacidades.
"Bueno, solo tenemos esta noche, así que asegúrate de hacerla memorable", le sonrió ella.
De nuevo, Sebastian se le montó encima y le hizo el amor apasionadamente hasta que quedaron tan cansados que se quedaron dormidos.
Sin embargo, era tan grande el deseo entre los dos que siguieron haciéndolo a lo largo de la noche y, para el amanecer, ya habían acabado unas cinco veces.
Jayda se despertó un poco cansada, y sonrojándose, enterró su rostro más en la almohada tan pronto como recordó el evento de la noche anterior. Cabía destacar que también estaba muy adolorida, pero en el buen sentido. Lilian, su mejor amiga, estaría muy orgullosa de ella cuando le contara que había tenido buen sexo.
Al abrir los ojos, vio que el espacio a su lado estaba vacío, por lo que se sentó con el edredón envuelto alrededor de su curvilíneo cuerpo. No obstante, se encontró a Sebastian, quien se estaba vistiendo, pero como estaba de espaldas a ella, no podía verla.
Ella se dio cuenta de que este acababa de darse una ducha por lo húmedo que estaba su cabello y rápidamente se pasó los dedos por el cabello despeinado antes de hablar: "Buenos días", dijo, pero no obtuvo respuesta.
Entonces pensó que él quizás no la había escuchado.
"Buenos días, Sebastian", lo saludó de nuevo.
Si bien esta vez él la miró de reojo, no dijo nada sino que volvió su atención a abotonarse la camisa y ni siquiera hizo intento alguno por responderle. Además, tenía una expresión severa en su rostro.
"Disculpa, ¿no oíste que te hablé?", cuestionó Jayda, ya empezando a irritarse. De hecho, el leve dolor de cabeza con el que se despertó estaba comenzando a convertirse en algo más.
Sin responder, el hombre agarró su Rolex de la mesita de noche, se lo puso y sacó la billetera del bolsillo trasero de su pantalón.
Ella sintió como si se le trancara el pecho cuando lo vio contando unos billetes. ¿Por qué la tomaba?
Tras dejar el dinero en la mesita de noche, él dijo: "Esto es por tus servicios. Asegúrate de salir de aquí en una hora o te echarán".
Al instante, las lágrimas brotaron de los ojos de Jayda de manera totalmente involuntaria, pues nunca se había sentido utilizada. Sebastian actuaba al contrario de cómo lo había hecho la noche anterior, cuando le había hecho el amor. Ahora incluso le pagaba por sus supuestos servicios cuando el dinero era el menor de los problemas de Jayda, ya que aún si ella decidiera jubilarse ese mismo día, tendría más que suficiente para mantenerse por el resto de su vida.
De repente, Jayda le arrojó las almohadas. "¡No eres más que un bastardo malvado!", le gritó a mientras sus lágrimas seguían cayendo.
"Cuida tu lenguaje, mujer. A mí nadie me habla de esa manera", espetó él de dientes apretados.
"Eres tan desalmado y cruel que no puedo creer que me entregué a ti. El hombre con el que estuve anoche era diferente a este idiota manipulador al que estoy mirando. Eres la peor persona que he conocido y espero que te pudras en el infierno, bastardo hijo de puta".
El rostro Sebastian estaba rojo de ira, pues esa mujer estaba cruzando su límite. "Si vuelves a llamarme así, te destruiré", la amenazó.
"¡Vete a la mierda! ¿Crees que puedes intimidarme con tu dinero? Eres solo un niñato mimado cuyos padres le dieron todo en bandeja de plata y un sádico sin sentimientos. Espero que te pudras en el infierno porque personas como tú son de lo peor. Eres un enfermo total".
Habiendo escuchado eso, el hombre estaba aún más enojado y casi explotaba. "Tú eres la enferma. Eres una loca. Te di el doble de lo que le hubiera dado cualquier otra chica, y ni siquiera estás agradecida".
"No todo se trata de dinero, idiota", balbuceó Jayda entre lágrimas. Pues no podía creer que le hubiese dado su virginidad a alguien tan malvado. Es decir, la noche anterior él había sido la persona más dulce que ella había conocido, y ahora se había vuelto muy frío.
"No quiero tu dinero, solo llévatelo y lárgate de aquí", le gritó.
"¿Estás segura de que no lo necesitas? Ni siquiera me robaste nada anoche. ¿Cómo vas a sobrevivir?".
Jayda no podía creer lo que oía. ¿Ahora estaba insinuando que era ladrona?
Sin importarle que estaba desnuda debajo del edredón, ella se desenrolló de él, e ignorando el dolor y el dolor entre sus muslos, avanzó hacia él y lo abofeteó muy fuerte.
"Eres un maldito egocéntrico. No tienes idea de lo mucho que te odio. Vete de aquí y no olvides llevarte tu estúpido dinero", escupió y se dirigió al baño.
A pesar de que ella nunca había sido una persona violenta, el dolor que sentía en ese instante la hacía actuar sin siquiera pensar.
De pronto, Jayda vio sus tacones junto a la puerta del baño y tras agarrar uno, se lo lanzó a Sebastian, causándole un fuerte gruñido. Luego entró al baño y cerró la puerta.
Dado que el hombre estaba sobándose la mejilla por la bofetada, no tuvo tiempo de esquivar el tacón y este golpeó con fuerza en la frente.
Ahora con la mano en la frente, se derrumbó en el borde de la cama y trató de masajear el punto que tenía adolorido por el impacto, pero no podía porque se lastimaba más, y aunque no le estaba saliendo sangre, podía sentir un bulto.
"¡Esta mujer...! ¿En qué diablos me metí?", gruñó de dolor.
Él debía admitir que había pasado la mejor noche de su vida, pero eso no había sido más que una satisfactoria aventura de una noche para él. En vista de que el mundo exterior era cruel, él se negaba a ser amable con nadie que no fuese su familia, y creía que las mujeres se interesaban en él por lo que tenía. Teniendo en cuenta todo eso, no podía evitar preguntarse por qué ella había rechazado el dinero pese a la cantidad que le había dado, sin mencionar que nunca una chica lo había hecho, ni siquiera sus hermanas, quienes amaban el dinero gratis.
También se sorprendió al ver todas sus cosas intactas cuando se despertó porque por lo general, antes de que se despertara, la mujer con la que había tenido una noche de sexo se iba con su dinero, Rolex y otros artículos costosos.
Sin embargo, sintió algo diferente de parte de Jayda, pero no bien se despertó, decidió que no podía seguir siendo amable con ella. Si bien debía aceptar que había una gran atracción entre ellos, con suerte, era solo algo que se desvanecería en poco tiempo.
Él sabía de algunos de sus socios comerciales que habían sido débiles y habían perdido todo por culpa de una mujer, y pensó que él no estaba listo para pasar por eso.
De todos modos se dirigió a la puerta del baño y casi levantó el puño para tocar la puerta, pero cambió de opinión, en cambio, terminó recogiendo su traje y no se molestó en agarrar el dinero que había dejado en la mesita de noche.
Sin más, salió de la habitación del hotel.
Apenas Jayda cerró la puerta del baño detrás de sí, se sentó en el borde de la bañera y lloró. Ella había pasado toda la vida construyendo su reputación hasta el punto de que no recibía más que respeto de la gente, y Sebastian Miller fue de la nada y lo aplastó todo.
Ella se había sentido usada, y aunque no podía negar que la noche anterior había sido la mejor de su vida, lamenta haberle dado su virginidad a ese idiota. Sebastian era un demonio disfrazado que desempeñaba muy bien su papel, y pese a que tenía la peor personalidad del mundo, era increíblemente guapo.
Jayda lloró más cuando lo recordó dejándole dinero con la razón de que estaba pagando por sus servicios, pues se había sentido inferior como si vendiera su cuerpo. Ella pensó que había significado algo para él, pero no había sido así.
Después de haber llorado por un buen rato, Jayda se metió en la ducha, y al salir, echó un vistazo al espejo y casi muere cuando vio la cantidad de chupetones que Sebastian le había hecho por todo el cuerpo.
Tenía algunos en su cuello, incontables en sus senos y algunos en su estómago. Él había sido tan posesivo con ella que nunca se le había ocurrido que solo la estaba usando.
Acto seguido, Jayda regresó a la habitación para encontrarse con que Sebastian no se había llevado el dinero. Tratando de ignorar eso, recogió su vestido y ropa interior del suelo, se los puso, agarró su bolso y los billetes de la mesita de noche. En la recepción dejó el dinero para que se lo entregaran a Sebastian Miller junto con una pequeña nota.
Un sábado normal ella pasaba las horas de la mañana limpiando su apartamento y luego trabajaba desde casa durante todo el día. No obstante, ese día no estaba de humor para hacer nada y solo deseaba poder ver a Sebastian una vez más para poder cortarle las bolas. Ese idiota era la persona más despiadada con la que se había topado.
Jayda ignoró el gruñido de su estómago no bien entró en su apartamento, fue directo a su habitación y se metió en la bañera por un rato a ver si se podía quitar el olor de Sebastian. Sin importar cuánto se frotara el cuerpo, el olor de ese hombre simplemente no salía, y eso la molestaba muchísimo.
Al final, se rindió, se enjuagó el cuerpo y fue en busca de algo para ponerse. Tras ponerse unos shorts y una camiseta sin mangas, se hizo un moño desordenado y se aplicó ungüentos en los chupones de su cuerpo. Luego volvió a su habitación, se bebió una botella de agua y se subió a la cama esperando poder dormir pese a su ira y sentirse mejor cuando se despertara.
"Déjame en paz, Lily", balbuceó Jayda en voz baja al tiempo que se acurrucaba más y abrazaba su almohada. Ella sabía que debía ser Lilian, su mejor amiga, quien estaba tratando de despertarla de su sueño, puesto que esta tenía la llave de su apartamento así como ella también tenía las del suyo.
"Vamos, has dormido demasiado. Ya es de noche", señaló Lilian, haciendo que Jayda abriera los ojos. Echando un vistazo al despertador en su mesita de noche, vio que eran casi las siete de la noche. Su amiga tenía razón. Y no era de extrañar, puesto que a Sebastian y a ella les había resultado difícil mantener las manos alejadas el uno del otro durante toda la noche anterior.
"¿Cuándo llegaste?", le preguntó a Lilian.
"Hace dos horas. Al verte durmiendo tan profundamente, pensé en darte más tiempo para descansar, pero no pude soportarlo más, y como me estaba aburriendo, decidí despertarte".
"¡Ay, Dios mío!", exclamó emocionada Lilian no bien notó los chupones en el cuello y el área del escote de Jayda cuando esta se estaba sentando.
"No es de extrañar que decidieras tomar una gran siesta. Ya veo que Zach y tú no pudieron contenerse. ¡Por fin lo hiciste! Estoy muy orgullosa de ti. Ahora me tienes que contar todos los detalles", agregó con una sonrisa.
"Nunca imaginé que Zach fuera posesivo. ¿Te duelen?", preguntó, refiriéndose a los chupones.
Antes de decir algo, Jayda se bebió un vaso de agua que estaba en su mesita de noche.
"Zach y yo rompimos", anunció.
Con el ceño fruncido, Lilian consultó confundida: "¿Qué quieres decir?".
Mirando sus manos, Jayda intentó explicar: "Todo pasó muy rápido. Fui a su casa para celebrar mi ascenso, pero resultó que estaba perturbando su cita con su nueva chica. Yo no hago tiempo para él y nunca tomé nuestra relación en serio. Además, él siempre ha estado allí para mí más de lo que yo para él. Ahora él busca a alguien con quien establecerse, y claramente yo no soy la indicada porque no estoy preparada para esa fase de mi vida. Por lo tanto, él mismo terminó lo nuestro".
Mirando a Lilian con lágrimas en los ojos, Jayda agregó: "Tuviste razón todo el tiempo, yo fui descuidada y ahora lo perdí".
Agarrándola de las manos, su amiga le dio un ligero apretón. Zach habría sido el hombre perfecto para Jayda porque era guapo, rico, respetuoso y cariñoso, pero ella estaba tan obsesionada con el trabajo que nunca tomó en serio su relación con él.
"¿Quieres que hable con él?", se ofreció Lilian.
"No es necesario. Perdí a Zach, y es algo que debo aceptar. Además, creo que ya lo pagué, y la verdad es que no quiero a ningún hombre en mi vida", respondió Jayda y rompió a llorar.