Mi amor con Alejandro Vega, el poderoso heredero de Jerez, era un torbellino de pasión y desafío. Yo, Sofía Reyes, una simple bailaora de Triana, creí cada una de sus promesas cuando me juraba, con cien rosas rojas en la mano, que dejaría todo por nuestro futuro.
Pero al filo de la Feria de Abril, su insensible familia lo obligó a un compromiso con Isabela Montero. Esa noche, aunque él me eligió y renunció a su apellido, el castigo fue brutal: a mí me exiliaron a la remota y ruinosa finca de La Desamparada, convertida en mi prisión.
Allí comenzó mi martirio. Isabela tejió acusaciones crueles, culpándome de todo, incluso de la alergia de su hija. Me robó la cruz de mi abuela, y cuando intenté recuperarla, me empujó, fingiendo una caída. Alejandro, sin dudar, me lanzó con fuerza contra la chimenea. Por sus intrigas, fui atada y azotada. Él, mi 'protector', me dejaba sangrando, me encerraba, mientras yo escuchaba cómo él vivía mis sueños con ella.
¿Cómo el hombre que una vez enfrentó a cinco por mí, ahora me tiraba contra una piedra? ¿Quién era este Alejandro que me adoraba y luego me abandonaba, roto mi cuerpo y mi alma? Sus promesas de "espera" se volvieron un veneno que me vació, dejando un abismo frío en lugar de mi corazón. Él creyó sus mentiras, las de su familia, las de Isabela, y nunca las mías.
Cuando me anunció su "boda falsa" en la Catedral de Jerez, la última gota colmó el vaso. No había libertad que esperar. Quemé todo el pasado, tomé un último billete y me fui sin mirar atrás. Sofía Reyes murió ese día. Ahora, en un olvidado pueblo asturiano, he renacido como Elena, una mujer que jamás volverá a esperar, ni a morir por una mentira.
La Feria de Abril de Sevilla estaba en su apogeo. Las luces de los farolillos teñían de colores el albero del Real, y el eco de las sevillanas se mezclaba con el olor a vino y a caballo.
Pero para la familia Vega, la tradición era más importante que cualquier fiesta.
Don Ricardo Vega, mi padre, me miró con sus ojos duros. "Alejandro, la presentación de tu compromiso con Isabela Montero es esta noche. Es tu deber".
Isabela estaba a su lado, sonriendo con suficiencia. Era la unión perfecta de dos dinastías bodegueras. Poder y linaje.
Pero mi corazón no estaba allí. Estaba en un pequeño tablao de Triana, donde una mujer bailaba como si el mundo fuera a acabarse.
Sofía Reyes.
Esa noche, hice lo impensable. Delante de toda la élite de Andalucía, tomé el micrófono.
"Padre, no puedo".
El silencio cayó sobre la caseta.
"Amo a otra mujer. Y renuncio a todo por ella. A la herencia, al apellido, a todo".
Dejé caer el micrófono y salí de allí, dejando atrás el rostro furioso de mi padre y la mirada de odio de Isabela.
El castigo fue rápido y brutal. Me exiliaron a La Desamparada, una finca ruinosa en los confines de nuestras tierras. Me prohibieron hablar con cualquiera de la familia. Un silencio absoluto.
Corrí hacia Sofía. La abracé con la fuerza de un hombre que lo ha perdido todo para ganarlo todo.
"Aguanta, mi vida", le susurré al oído. "Solo te quiero a ti".
Ella lloró en mis brazos, asustada pero feliz. Creímos que habíamos ganado.
Fuimos ingenuos.
Unas semanas después, un coche negro se detuvo en el camino polvoriento de la finca. Era mi abuela, Doña Elvira, la matriarca.
Su voz era como el acero frío. "He venido a ofrecerte un trato, Alejandro".
No me miraba a mí, sino a Sofía, que se aferraba a mi brazo.
"Cumple con tu deber. Cásate con Isabela. Dale un heredero varón a la familia Vega. Cuando el niño nazca y el linaje esté asegurado, serás libre de venir a pudrirte en este agujero con esta... mujer".
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
"No", dijo Sofía con voz temblorosa.
Pero yo vi una salida. Una forma de tenerlo todo. A Sofía y la paz familiar.
"Espera", le dije a Sofía cuando mi abuela se fue.
Esa fue la primera vez que escuchó esa palabra de mis labios. Se convertiría en su veneno.
"Espera a que deje embarazada a Isabela", le rogué.
Me acosté con Isabela treinta y tres veces. Cada noche era una tortura. Volvía junto a Sofía oliendo a otro perfume, con el alma sucia. Ella me esperaba en silencio, con los ojos llenos de un dolor que yo no quería ver.
Isabela concibió. Pero fue una niña.
Doña Elvira fue clara. "El trato era por un varón".
Y tuve que volver a la cama de Isabela. Noventa y nueve veces más.
Sofía dejó de llorar. Se quedó vacía. Solo esperaba.
Cuando Isabela por fin quedó embarazada del varón, creí que la pesadilla había terminado.
Pero solo era el principio.
Una tarde, la hija de Isabela y mía sufrió una reacción alérgica terrible. Estuvo a punto de morir.
Isabela, rota de dolor, me señaló a Sofía.
"¡Ha sido ella! ¡La vi cerca de la comida de la niña!".
Luego se giró hacia Sofía, con el rostro descompuesto por las lágrimas. "¡Si me odias a mí, desquítate conmigo! ¿Por qué con mi hija?".
Mi padre y mi abuela estallaron de furia. No escucharon las negaciones de Sofía.
La arrastraron fuera de la casa.
La encerraron en una capilla abandonada en la parte más remota de la finca. Hacía un frío que helaba los huesos.
Yo me quedé fuera, junto a la reja.
Ella me miraba, con los ojos suplicantes.
Saqué un cigarrillo. Mis manos temblaban. Lo encendí y di una calada profunda.
"Te dije que esperaras", dije, y mi voz sonó extraña, cruel. "¿Por qué tenías que tocar a mi hija?".
Vi cómo su última esperanza se rompía en su mirada.
Días después, mientras paseábamos por el jardín, Sofía se detuvo en seco.
Isabela caminaba hacia nosotros, sonriente. En su cuello brillaba la cruz de filigrana de plata. La cruz de la abuela de Sofía. La única joya de valor que tenía, su único recuerdo. Se la regalé en una noche de amor, jurándole que era un símbolo de nuestro futuro.
"¿Qué hace ella con mi cruz?", preguntó Sofía, con la voz ahogada.
Miré hacia otro lado. "A Isabela le gustó y se la di. Tómalo como una disculpa de tu parte por lo de la niña".
La cara de Sofía perdió todo el color. Se acercó a Isabela.
"Devuélvemela".
"¿Esto?", dijo Isabela, tocando la cruz con desdén. "Es solo una baratija. Pero si la quieres...".
Sofía intentó arrancársela del cuello.
En ese momento, Isabela, ya con una barriga prominente por su segundo embarazo, soltó un grito y tropezó hacia atrás, como si la hubieran empujado con violencia.
"¡Mi hijo!", gritó, cayendo al suelo.
No lo dudé ni un segundo.
Empujé a Sofía con toda mi fuerza.
Su cuerpo frágil salió despedido. Su cabeza golpeó con un ruido sordo y seco contra el borde afilado de la chimenea de piedra del jardín.
La sangre empezó a brotar, manchando la piedra gris.
Pero yo no la miré.
Levanté a Isabela en brazos, que sollozaba contra mi pecho.
"Tranquila, mi amor, tranquila. Ya estoy aquí. No dejaré que nadie os haga daño".
Me la llevé de allí, sin mirar atrás ni una sola vez. Dejando a Sofía sangrando en el suelo.
La cabeza me dolía. Un dolor sordo y punzante.
Abrí los ojos. Estaba en mi cama. Sola.
Me toqué la parte de atrás de la cabeza. Tenía un vendaje. La sangre lo había traspasado.
Recordaba el golpe. El ruido seco. La sangre.
Y la espalda de Alejandro, alejándose mientras se llevaba a Isabela en brazos.
Me levanté, mareada. Fui al baño. La herida era fea. Me la habían cosido con puntos bastos.
¿Quién me había curado? Seguramente alguna de las criadas, por orden de Doña Elvira. No por piedad, sino para que no me muriera en su propiedad.
Me miré al espejo. Mis ojos estaban hundidos. Mi cara, pálida.
Ya no me reconocía.
Y recordé.
Recordé a Alejandro cuando lo conocí. El "príncipe de Jerez". Guapo, arrogante, seguro de sí mismo.
Me vio bailar en un tablao de Triana y se obsesionó.
Cada noche, después de mi actuación, me esperaba fuera con un ramo de flores. Rosas rojas. Cien rosas rojas.
"Sofía, cásate conmigo", me decía.
Yo me reía. "¿Estás loco? Tú eres un Vega. Yo soy una simple bailaora".
"No me importa", insistía.
Durante meses, me persiguió. Llenó mi humilde patio de flores. Me compró vestidos que nunca me puse. Me trajo regalos que devolví.
Yo me resistía. Sabía que nuestro mundo era un abismo imposible de cruzar.
Hasta una noche.
Unos señoritos borrachos intentaron propasarse conmigo a la salida del tablao. Se burlaron de mi ropa, de mi origen.
Alejandro apareció de la nada.
Se enfrentó a cinco hombres por mí. Lo golpearon. Le partieron una ceja y un labio. Pero no se rindió hasta que huyeron.
Esa noche, sangrando y magullado, me miró con una intensidad que me desarmó.
"Haría cualquier cosa por ti, Sofía".
Y le creí.
Caí en sus brazos. Caí en su amor.
Cuando estuvimos juntos, me trataba como a una reina.
Si tenía frío, me envolvía en su chaqueta de cachemir. Si tenía hambre, conducía dos horas para traerme mi dulce favorito. Si una espina de pescado se me atascaba en la garganta, entraba en pánico y llamaba a una ambulancia.
Me mimaba. Me adoraba.
El recuerdo era tan dulce que dolía.
Una risa amarga escapó de mis labios. Me reí y lloré al mismo tiempo, agarrándome la cabeza que me palpitaba.
El Alejandro que me había protegido de cinco hombres era el mismo que me había empujado contra una piedra.
El Alejandro que entraba en pánico por una espina de pescado era el mismo que me había dejado sangrando en el suelo.
¿En qué momento se había convertido en este monstruo?
La puerta se abrió de golpe.
Era él. Alejandro.
Su rostro mostraba preocupación, pero sus ojos estaban fríos.
"¿Estás bien?", preguntó.
"¿Tú qué crees?", respondí, señalando mi cabeza vendada.
Se acercó. Intentó tocarme, pero me aparté como si quemara.
"Sofía, lo siento. Isabela está muy sensible por el embarazo. No debiste alterarla".
La rabia me subió por la garganta.
"¿Alterarla? ¡Llevaba mi cruz! ¡La que me juraste que era solo nuestra! ¡Y tú la empujaste y te la llevaste sin ni siquiera mirar si estaba muerta!".
Señalé mi herida. "¡Mírame, Alejandro! ¡Mírame y dime que todavía confías en mí! ¡Dime que crees en mí y no en ella!".
Él vaciló. Por un instante, vi un destello de culpa en sus ojos. Un fantasma del hombre que fue.
Pero desapareció tan rápido como vino.
"Sofía, por favor. Ya falta poco. El niño nacerá pronto. Y entonces nos iremos. Te lo prometo".
"Pronto", repetí, y la palabra sonó a burla. "Pronto. Espera. Son las únicas palabras que sabes decir".
Ya no le creía. No podía creerle.
Vi mi futuro en sus ojos. Un futuro de esperas interminables, de promesas rotas, de traiciones.
Una carcajada rota salió de mi garganta. Era el sonido de algo que se rompía para siempre dentro de mí.
"Vete", le dije. "Vete con tu mujer y tu hijo. Déjame en paz".
Me miró, confundido por mi risa, por mis lágrimas.
"Sofía...".
"¡Vete!".
Y se fue. Me dejó sola con mi dolor y los fantasmas de lo que un día fuimos.