Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > Amor en el infierno
Amor en el infierno

Amor en el infierno

Autor: : Edgar Romero
Género: Romance
Enamorarse no es fácil, peor cuando se elige a la persona equivocada. Un contrato de matrimonio obliga a una mujer estar encadenada a un hombre cruel, déspota y tirano quien la humilla y maltrata, pensando que ella es de su propiedad. "Amor en el infierno" es una novela apasionante, con mucho suspenso, drama, romántica y fuerte. El matrimonio de Cristina cambió y de lo dulce y mágico que era, se convirtió, de repente, en un infierno, por el trato cruel de su marido, un CEO súper multimillonario, dominante, que consideraba a su mujer, simplemente como un objeto. Donatello, el marido, abandona el lecho conyugal, y se aficiona a otras mujeres y borracheras, despilfarrando su fortuna. Ella cansada de los maltratos de él, decide dejarlo y luego de separarse, sostiene un romance con un cantante. Herido en su orgullo y amor propio, Donatello, se suicida. La vida, entonces, de Cristina se derrumba ante sus ojos luego que sus hijas la abandonan acusándola de responsable de la muerte de su padre. Aparece entonces, el hermano de Donatello, quien aspiraba hacerse del imperio del CEO y convertirse en el hombre más poderoso del mundo. Desengaño, contrato de matrimonio, romance, dolor, angustia, acción y suspenso, se suceden en esta apasionante novela "Amor en el infierno".

Capítulo 1 I

¡¡¡¡Pum!!!!

El balazo remeció toda la casa, trepidaron los vidrios y ladró Sansón aterrado. Desorbité los ojos sumida en el pánico, sentí rayos y relámpagos estallando en mi cabeza y una horrible campanada empezó a martillar mi cráneo, aplastándolo sin misericordia. Quería gritar espantada pero mis pies estaban encadenadas por el miedo y el terror y ni siquiera atiné a parpadear. Quedé congelada como una pegatina en el silencio, y sentí que todo se hacía oscuro, se apagaban las luces, y yo caía a un abismo profundo y aún más tétrico y horripilante.

Mi corazón empezó a saltar del busto, queriendo salirse por mi garganta, presa, también, del pánico. Busqué auxilio en Gladys, la cocinera, pero ella estaba tan o más aterrada que yo, con la quijada descolgada en su cara, pálida y los ojos a punto de explotar igual a un globo.

La imagen no la puedo olvidar. La tengo clavada en medio de mis sesos. Después que subí los peldaños, dando tumbos, tropezándome con mi propia inercia, lo encontré a él, a mi marido, sentado en la cama, mirándome fijamente, con una sonrisa larga, irónica, dibujada en la boca, el cráneo abierto, despedazado, de un balazo que él mismo se disparó en la sien. Y en medio de mi grito aterrado, me pareció oírle decir, -es tu culpa, mujer-

Eso me hizo gritar aún más.

*****

Un año después, recibí la llamada que tanto esperaba. Temblé de emoción y no pude contener el llanto.

-Voy a ir a, mamá, no te preocupes-

-Me haces la mujer más feliz del mundo, hija-, hice fuerzas por no llorar.

-No es para tanto, mamá, ya sabes que te quiero mucho, iré con Sabrina-

-Es que no las he visto a ustedes mucho tiempo-, empecé a sollozar.

-No llores mamá, o me enfado y no voy-, se molestó Tatiana y colgó luego de mandarme un gran besote.

No lo podía creer. Apreté los puños emocionada y me puse a brincar alborozada, tirando mis largos pelos al aire. Chillaba presa de la euforia y corrí de prisa, saltando, donde Violeta, la mucama de la casa. Arreglaba mi cuarto con mesura, tendiendo los edredones, acomodando mis peluches, y recogiendo los vidrios rotos porque en la noche, asaltada por una pesadilla, se me cayó un vaso con agua.

-¡¡¡Vienen todas!!!-, le dije eufórica, abrazándola y colmándola de besos.

-¿Está segura, señora?-, desorbitó los ojos Violeta. También se emocionó.

-Sí, Tatiana me acaba de confirmar que viene y me aseguró que vendrá con Sabrina, que incluso la traerá aunque sea a rastras-, le dije encharcando mis ojos de lágrimas.

Roxana y Deborah ya me habían prometido, horas más antes, que irían a mi cumpleaños. -Sí, mamá, sí vamos a ir-, me aseguró Roxy en forma lacónica, pero para mí era suficiente porque esas seis palabras me resultaban un diccionario entero luego de padecer tanta desilusión teniéndolas tan lejos de mí.

Llamé a Vicky, mi secretaria, y le dije que no iría a la oficina, que iba a arreglar la casa porque mis hijas iban a venir a mi cumpleaños.

-No te puedo creer, Cristina, ¿estás segura?-, fue escéptica Vicky.

-Sí, esta vez es cierto, vendrán-, dije. Mi corazón parecía un timbre repicando en mi pecho y eso me volvía más y más alborozada.

Mis hijas se fueron de la casa esa aciaga noche que Donatello, su padre, se voló la tapa de los sesos. Yo estaba en la cocina con Gladys, viendo la cena, cuando escuchamos la explosión remeciendo las paredes y las ventanas. La cocinera y yo nos miramos boquiabiertas, pálidas con los pelos de punta, y fuimos dando trancos hacia el cuarto que ocupaba mi marido, en el tercer piso.

¡Qué largo se hizo eso! Los peldaños de la escalera seguían apareciendo una y otra vez frente a mis ojos, alargándose, haciéndose una escalinata sin fin, cuando, en realidad, son tan solo diez escalones, pero esa vez me parecieron más de mil, y estaba convencida que nunca llegaría al dichoso cuarto que ocupaba Donatello desde hacía un año, cuando nos separamos de cuerpo, luego que me acusó de engañarlo y serle infiel.

En esa correría a su cuarto, recordé que decidimos seguir viviendo bajo el techo porque las niñas recién habían cumplido los 18 años y estaban en una edad difícil. Él fue que me dijo, incluso que ya no me quería, que yo le resultaba mala y hasta que me aborrecía por mi forma de ser.

La puerta de su cuarto estaba cerrada y la abrí a patadas y allí estaba Donatello, sentado en al cama, sin vida, con su cráneo hecho un millón de pedazos.

En su regazo había una nota que decía apenas, "mi mujer me engaña".

Fue una tragedia. Mis hijas me culparon del suicidio de su padre, me enrostraron que ellas eran muy felices con él y después del entierro se fueron de casa, dejándome sola, sin marido ni hijas.

Con Donatello levábamos casi 20 años de casados. Él tenía 42 y yo apenas 19, cuando decidimos contraer nupcias. Yo era muy joven, me dedicaba a la música, tocaba el trombón en una orquesta femenina, y estaba perdidamente enamorada de él, incluso dejé a mi anterior enamorado, al que había jurado amor eterno, por preferirlo a él. Era enorme como un cerro, campeón de atletismo, dueño de un poderoso grupo económico, el mayor consorcio de industrias y comercios del país, igual a una divinidad helénica. Yo estaba tan deslumbrada de Donatello que le di el sí , empeñando toda mi vida a él.

Tuvimos cuatro hijas. Las cuatro tienen la misma edad, nacieron el mismo día, pero no son cuatrillizas, je. En realidad son dos parejas de gemelas. Yo alumbré a Roxana y Sabrina un 15 de agosto, apenas un año después de casarnos. Me embaracé en la misma luna de miel en un paradisíaco hotel en República Dominicana. Fue un parto muy complicado a despecho de mis 20 años, tuve dolores desde dos días antes y sentía que mis entrañas se deshacían en medio de un volcán en plena erupción, sin embargo ellas nacieron muy bien, sanitas, fuertes, con excelente peso y tan hermosas como la madre.

Tatiana y Deborah también son gemelas y habían nacido el mismo día y hora que mis hijas, un 15 de agosto, aunque, claro, en un hospital distinto. Yo no lo sabía y era ajena totalmente a la vida de ellas. Exactamente tres años después, Donatello me dijo que íbamos a visitar al albergue que una de sus empresas, la más poderosa, le brindaba apoyo económico.

Yo ensayaba con mi trombón, tumbada en la cama, porque el fin de semana se presentaba Besos de Caramelo, mi agrupación salsera, integrada por mujeres, y yo era la directora.

-Ay, anda tu solo-, le dije, pero Donatello era un macho dominante, divo, igual a los grandes generales romanos. Me arranchó el trombón y volvió a decirme, con ese vozarrón propio de un violento huracán, -vístete que nos vamos, ahora-

No es que le tuviera miedo o le fuera sumisa, sino que le tenía fascinación a Donatello, estaba rendida a su forma de ser, a su estampa hercúlea y me encantaba que fuera dominante y arrollador. Apenas cinco minutos después, estaba lista, metida en un vestido oscuro, pantimedias, zapatos cerrados, mis pelos resbalando a mis hombros, bien maquillada y ensanchando una larga y apetitosa sonrisa.

-Eres muy hermosa, Cristina-, me besó Donatello, rendido a mi magia, acaramelado a mis labios e imantado a las curvas que rebasaban el estrecho vestido.

Donatello hizo entrega de un millonario cheque a la institución y la directora del albergue nos pidió recorrer los ambientes donde jugaban los pequeñines huérfanos, sin hogar, que eran acogidos y atendidos, prodigándoles todas las atenciones.

Yo iba colgada del brazo de Donatello, cuando las vi, a Tatiana y a Deborah. Ellas jugaban en su corralito, divirtiéndose con unos bloques que alineaban junto a sus piececitos, encandiladas, con sus ropitas igualitas.

Eran idénticas a mis hijas naturales. El mismo pelo largo lacio, las miradas traviesas, las risitas jocosas y divertidas y las manitas inquietas, alineando los bloques, maravilladas de lo que hacían.

-¿Y esas gemelas?-, le pregunté a la directora de la institución.

-Oh, ellas llegaron hace tres años, casi recién nacidas, sus padres murieron, no tienen familia ni cercana ni distante, una tragedia, pero ya ve son muy lindas -, me dijo ella emocionada. Y las pequeñitas me miraron sin despintar sus risitas y pintándose de fiesta sus ojitos.

-Ya tienen hogar-, le dije a la directora.

-No, aún no tienen-, me aclaró.

-Usted no me entiende, ya tienen un hogar, vivirán desde ahora con nosotros-, le anuncié.

La directora miró a Donatello. Él estaba con los brazos cruzados, el rostro ajado, la boca arrugada y la mirada altiva, fulgurando poderosos destellos de sus pupilas, indiferente e impávido como siempre.

-Vicky se encargará de todos los trámites, señora directora-, no más dijo él.

Un mes después, las cuatro niñas se reían en el salón de juegos de la casa, aplaudían emocionadas, rodeándome encandiladas, mientras les tocaba divertidas melodías con mi trombón.

-¿Cómo es posible que las cuatro hayan nacido el mismo día y sean tan idénticas?-, estaba admirada Gladys.

-A veces el destino es así de irónico-, reía yo.

Era difícil diferenciarlas. Con Roxana y Sabrina no tenía problemas porque yo las había parido y sabía quién era quién, pero con Tati y Deborah sí me era complicado hasta que descubrí que una, Deborah, achinaba sus ojitos para todo, para reír, llorar, cantar, jugar y pedir. Entonces ya no tuve problemas.

Las cuatro celebraban su cumpleaños el mismo día. Desde temprano adornábamos la casa con globos y cadenetas y contratábamos payasos y animadoras. Gladys hacía un pastel enorme con los nombres de ellas en cada piso y con Burt y Michael, los encargados de seguridad de la casa, levantábamos a las gemelas, uno cada uno, para que pudieran apagar las velas entre las risotadas y aplausos de su centenar de amiguitos y sus mamás que colmaban la sala.

Sabrina, Roxana, Tatiana y Deborah se llevaron de maravillas, se hicieron inseparables, lo compartían y se ayudaban en todo. El primer día de clases de ellas fue muy emocionante e inolvidable. Con Violeta las vestimos y le tomamos muchos selfies, cargando sus mochilitas. Les hicimos trencitas y les pusimos listoncitos.

-¿Por qué hay que ir al colegio, mamá?-, protestó Tati. Era la única que estaba remolona por ir a clases.

-Para que aprendan mucho y sean una gran empresaria como su padre-, le dije arreglando su mandilito.

-Yo quiero tocar el trombón como tú, mamá-, me abrazó Deborah.

-No, hijita. Las cuatro van a ser profesionales. Yo no estudié ninguna carrera y me arrepiento de eso, pero con ustedes será diferente, de eso pueden estar seguras-, les dije.

El colegio estaba muy cerca de la casa, pero Donatello insistió que Michael fuera con nosotras. Violeta se encargó de dos y yo de las otras dos y cantando y riendo fuimos hasta la puerta de la escuela.

Ninguna de las cuatro niñas lloró. Solo yo.

No pude evitarlo. Estaba totalmente prendada de ellas que no podía dejar que las apartaran de mi lado. -No llores, mamá, nos portaremos bien-, se conmovió de mi llanto Sabrina.

-Lo sé, mi amor, es que son tan lindas-, les dije.

-Te traeré dulces mamá-, me prometió Deborah, achinando sus ojitos, lo que me despeinaba y hacía que mi sangre revoloteara febril en las venas.

Violeta nos tomo numerosos selfies y las auxiliares se llevaron a mis niñas. Y las vi perderse, riendo, caminando apenitas, por el patio del colegio. Entonces me puse a llorar a gritos.

Capítulo 2 II

-¿Qué vamos a preparar, señora?-, me preguntó, entonces, Gladys, viéndome afanosa, arreglando los cuartos de las niñas, acomodando sus almohadas, los edredones, sus peluches, sus perfumes y los zapatos, esos con tacos enormes que tanto les fascinaba.

-A Tatiana le gusta el seco de pollo, a Sabrina hazle una estofado, prepárale un ají de gallina para Roxana y a mi chinita un bistec con papas fritas y arroz-, le enumeré.

-Como en los viejos tiempos, entonces, señora-, sonrió Gloria.

-Quiero que sean felices como antes-, empecé a sollozar.

-Nada ha cambiado señora, ya lo verá-, me prometió Gloria.

Vicky me llamó casi al momento.

-Tu cuñado, Francesco, me preguntó si puede ir a ver sus sobrinas-, me dijo.

-No, dile que si quiere, venga después de mi cumpleaños. No quiero a nadie en casa, solo a mis hijas-, fui firme y resoluta.

Francesco también me odiaba y mucho. Me culpaba igualmente del suicidio de su hermano y siempre me llamó "una cualquiera que se adueñó del imperio de Donatello", lo que no era cierto. A mí no me importaban los negocios de mi marido y Donatello fue quien me pidió que firmara un contrato de matrimonio que subrayaba que, en caso de fallecer él, todo pasara a mis manos.

-Yo no sé nada de tus negocios, Donatello, tampoco estoy preparada, solo terminé la secundaria y me metí a la música-, le reclamé esa noche que me puso en la mesa el contrato.

Pero él aún me amaba y era un marido fiel, responsable, y un padre amoroso y ejemplar con sus hijas.

-Quiero que a ti ni a las niñas le falta nada. Si Francesco se hace cargo de todo estoy seguro que no les dará nada-, me aseguró.

-¿Por qué me odia tanto tu hermano?-, le acaricié sus pelos rulos, subida a sus muslos.

-Es egoísta, siempre quiso todo el poder para él solo. Francesco tomó los negocios de mi padre cuando murió y ahora quiere los míos, es muy ambicioso y piensa que tú eres un obstáculo en sus afanes de ser más poderoso que nadie -, me dijo él encandilado a mis ojos.

Entonces firmé el contrato. Y al suicidarse Donatello, entonces me quedé con todo su imperio.

Francesco envenenó a mis hijas. -Su madre fue la que impulsó a suicidarse a su papá, ella lo mortificaba, lo insultaba, lo trataba mal, lo engañaba con un cantante de poca monta-, les decía. Yo le escuché no una sino muchas veces, durante y después del sepelio y por eso ellas se fueron de casa.

Yo estaba devastada, tumbada en el sillón, llorando un día después del sepelio, cuando las vi irse a las cuatro. No se despidieron, dejaron sus peluches y sus ropas. Simplemente se fueron.

Las llamé día y noche, las busqué en casas de sus amigas, en nuestro hotel, a la casa de playa, fui donde Francesco y de la furia que me invadía le rompí a pedradas las lunas de su residencia. Al final de la noche, derrotada, humillada, desconsolada y decepcionada, caí de rodillas en el salón de juegos que era de mis hijas, y abrazada a sus muñecos me puse a llorar a gritos porque sabía que las había perdido para siempre.

*****

Mi primer enamorado se llamaba Richard Orange, tenía mi edad, 18 años y éramos inmaduros, distendidos, nos gustaba las fiestas, hacer travesuras y él me llevaba a saltar lomas con su motocicleta. Apenas terminó el colegio, me dediqué a la música y no quise estudiar ni trabajar. Mis padres renegaban furiosos pero yo sentía la vida como un juego, y el futuro me era imposible, difuso, sin horizontes y extraviado entre muchas sombras. Prefería los besos de Orange, compartir sus sueños de convertirse en un gran cantante y desafiar la barrera del sonido con su moto.

Con Richard era dichosa, él me comprendía y me quería mucho, me adoraba y me complacía en todo, incluso mi rebeldía y el querer dedicarme a la música. Yo también tenía bonita voz, cantaba bien y deslumbraba en los juegos florales del colegio. -Quizás hagamos un dúo, la bella y el feo-, me decía acaramelado a mis labios, enamorado de mis ojos, prendado a mis encantos, y eso me hacía reír.

Él me decía "Peluchita" y también me encantaba ese detalle.

Mi primera vez fue con él, en las lomas. Fue ya casi de noche y no habían más motos que la de Orange surcando el espacio, volando entre las dunas, desafiando la gravedad y la oscuridad tapando el desierto como un gran telón.

Su moto derrapó porque Richard no veía nada y rodamos por la arena, riéndonos como locos, celebrando la ocurrencia, llenándonos de arena hasta las orejas. Él me abrazó, entonces, y me besó desenfrenado y vehemente, encandilado a mis labios, queriendo embriagarse con el deífico sabor de mi boca.

Yo gemía y sollozaba encantada, excitada y extraviada en mi propia sensualidad mientras él me hacía suya, después de desnudarme y conquistar todos mis rincones, con febril entusiasmo. Sus besos desataron mis llamas y de repente yo era una gran bola de fuego, ardiendo encandilada a sus caricias que me estremecían y provocaba enormes descargas de electricidad, remeciéndome y estremeciéndome sin compasión.

Aullé como una loba, cuando Richard invadió mis entrañas, igual a un río desbocado, avanzando febril, sim importarle el intenso dolor que me provocaba perder mi virginidad. Me jalé los pelos desesperada, le mordí, incluso los brazos, pero a él no le importó. Siguió explorando mis íntimos vacíos provocándome más y más estremecimientos, gemidos y sollozos, hasta quedar, en la inconsciencia.

Nos quedamos tumbados en la arena, desnudos, sudorosos, sin importarnos ni la oscuridad, el viento alocado o la arena latigando nuestros cuerpos. Yo seguía sumergida en un oasis pletórico de luces, estremecida, sintiéndome sexy, desatando toda mi feminidad en esa velada tan sensual y excitante.

Orange vivía un idilio conmigo. Se sentía dueño del mundo y solo vivía para mí. Pero yo lo traicioné. Me deslumbró Donatello y me enamoré de él perdidamente, vencida por su porte de dios helénico.

Richard lloró caído de rodillas a mis pies, cuando le dije que amaba a otro hombre.

-No puedes dejarme. Yo te amo como a nadie en este mundo, tú eres mi vida entera-, se abrazó a mis rodillas.

Pero yo estaba encandilada de Donatello, no tenía experiencia en la vida, el amor me era tan solo un juego y seguía siendo muy inmadura.

-Así es la vida-, reí. Fui muy cruel con él.

Lo dejé llorando mientras yo me marché moviendo las caderas, haciendo eles con mis manos, meneando mis pelos, sin darle mayores explicaciones, ignorando el infierno que me esperaba al lado de Donatello.

Capítulo 3 III

Donatello amaba a sus hijas, se desvivía por ellas y pese a que el reloj le era tiránico por sus tantísimos negocios, se daba siempre un tiempito para jugar con las niñas, ayudarlas en las tareas, divertirse, ir a comer a los mall o simplemente hablarles de todo, mientras crecían.

Jamás voy a olvidar cuando Donatello se enfureció con una profesora de inicial porque le puso mala nota a Tatiana por un dibujo que había hecho de un atardecer. Pintó el sol de morado y los arboles de azul intenso.

-Pero señor Davis, no existe un sol morado ni los árboles son azules, su hija no puede alucinar cosas-, intentó explicar la maestra pero mi marido no entendía razones. Gritaba como un tirano, amenazaba con incendiar el colegio y decía que se quejaría con las máximas autoridades.

-No quiero que te enojes papá-, sollozó en la cena, Tati.

-Es que esa profesora es injusta, hijita-, renegó Donatello.

-Sabrina, Roxana y Deborah sí pintaron correctamente sus paisajes, amor, Tati estuvo mal y así no se aprende-, intervine.

-Todas mis amigas se asustaron con tus gritos, papá-, achinó sus ojitos Deborah.

Crucé los brazos. -Eso es lo que consigues-, alcé mi naricita.

-Mis hijas son mis tesoros y siempre voy a defenderlas de todo-, dijo, entonces, Donatello, sin entender razones.

Entonces comprendí que era capaz de las más grandes locuras, como volarse la tapa de los sesos.

Recuerdo cuando se peleó en el colegio con otro padre de familia. Eso fue cuando las niñas tenían 15 años y jugaban fútbol por el equipo de su colegio en el inter escolar. Las cuatro eran titulares y se disputaba la gran final del certamen, justamente contra el gran rival del plantel con el que siempre habían peleas y descomunales broncas. Donatello estaba nervioso, parecía que él iba a jugar. No quiso desayunar, daba vueltas como un búfalo encerrado y diez veces le preguntó a sus hijas si tenían sus uniformes listos.

-Ya cálmate, papá-, le pidió Roxana porque los nervios de mi marido las contagiaba a ellas.

Las niñas pusieron sus maletines en la camioneta y yo llevé una una mochila con sánguches y agua tibia. -¡Se han demorado mucho!, se quejó Donatello, ¡seguro el partido ya empezó!-, arrancó con tanta furia que todas nos fuimos para atrás.

-¿Puedes calmarte, hombre?-, me molesté.

Ni el partido había empezado y era tan temprano que no habían llegado las compañeras de las niñas a la cancha. Tatiana, Roxana, Sabrina y Deborah fueron a los vestidores y Donatello se puso como un gallito de pelea con los papás de las chicas del equipo rival. Se reía de ellos, se mofaba, les hacía gestos y gritaba a todo pulmón el nombre del colegio. Los otros señores pretendieron no hacerle caso.

-Compórtate, caramba-, estaba yo fastidiada porque todos nos miraban de mala manera.

El partido fue muy friccionado, áspero y bastante rudo, con muchos choques, empellones y faltas. Nosotros estábamos con la barra del colegio de las niñas y no solo mi marido, sino también los otros papás estaban furiosos, reclamaban, insultaban y amenazaban con palabrotas de grueso calibre que me tenían turbada. Me tapaba la cara con las manos, escuchando a Donatello insultando al árbitro y a la barra contraria.

Y en medio de la brega, fue que una chica alta le dio una patada a Sabrina. Le dio en el muslo. Mi hija se desparramó en la cancha, adolorida, aunque también haciendo algo de teatro para que el árbitro expulsase a la rival.

Como bien imaginan, mi marido se exaltó más de lo que estaba, empezó a gritar como un energúmeno, se puso igual de rojo que un cangrejo recién hervido y se las emprendió contra los papás del equipo rival, insultándolos y retándolos.

Sus palabrotas desataron la furia de los contrarios y cuando me puse de pie para jalarlo y llevármelo a su asiento, lo encontré envuelto en una gran pelea con los otros hombres, dándose de golpes, patadas, igual a una reyerta callejera.

¡Qué espanto! Me agarré la cabeza aterrada viendo a Donatello pegándose puñetazos con los otros papás. Los padres del colegio de mis niñas fueron en su auxilio y la pelea se hizo, entonces, la tercera guerra mundial.

La policía intervino y a Donatello le habían roto una ceja y le tumbaron tres dientes. Estaba tan hinchado que parecía haber sido atacado por un panal de abejas. ¡Qué vergüenza! Yo estaba furiosa, queriendo convertirme en un avestruz y meter mi cabeza debajo de la tierra.

El partido siguió y Deborah hizo un golazo de volea que desató la euforia en la barra. Luego, en el segundo tiempo, Tatiana anotó de cabeza y Donatello saltaba como un canguro, gritando como loco la anotación de su hija. En los minutos finales, Roxana que era la arquera, le contuvo un penal a una contraria y mi marido, ya sin poder contenerse, se metió a la cancha, levantó a su hija en vilo, le dio tantas vueltas que sus pelos parecían la cola de un cometa y la llevó en hombros hasta la barra rival, mofándose y gritándoles de todo.

¡¡¡Ay, ese hombre!!!

Era muy romántico también. Yo deliraba en sus brazos. Me hacía sentir en las estrellas con sus caricias y la forma cómo me dominaba, volviéndome sumisa, entregada a sus besos. Tenía tanta pasión que desataba en un santiamén mis cascadas y me volvía una antorcha, chisporroteando fuego por todos mis poros.

Lamía mis pechos con tanto encono y vehemencia que me hacía sollozar, gemir y exhalar humo en mi aliento, disfrutaba de mi busto con embeleso y los volvía en un minuto grandes colinas erguidas. Me despeinaba sentir sus besos y sus manos, estrujando mi busto una y otra vez.

Me arranchaba los pelos, sintiendo sus besos, sus caricias y me encantaba que vaya conquistado, uno a uno mis sinuosas carreteras, mi infinidad de curvas y redondeces, y dejara huella hasta el último rincón de mi vasta geografía. Estar en sus brazos era sumergirme en el delirio, desatando mi absoluta sensualidad y volviéndome súper sexy, ardiendo en esplendorosas llamas.

No había sensación más deliciosa que cuando Donatello invadía mis entrañas, igual a un volcán en erupción. Era un río caudaloso y tórrido que arrasaba con mis defensas y avanzaba febril e impetuoso hacia mis abismos más lejanos, obnubilándome totalmente. Parpadeaba en medio de muchas luces mientras él taladraba mis defensas, estremeciéndome por completo. A gritos le pedía que lo hiciera fuerte, muy fuerte, porque me encantaba esa sensación de ser suya, conquistando los parajes más inhóspitos de mis intimidades.

Cuando llegaba al final de las fronteras de mis entrañas yo aullaba loca de placer y hasta lo mordía impetuosa, eclipsada de todo su poder varonil. Y caía sobre las almohadas rendida, exánime, sudorosa, casi inconsciente de tanto placer.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022