El verdadero amor es cuando hay cariños, respeto, sinceridad, fidelidad, entendimiento, intimidad, encarnación de ese amor en el alma. Cuando se ama no es suficiente el entretejido del corazón y el alma. Hay que soñar para expresar los sentimientos. No basta con palabras. El amor es un conglomerado de efectos enraizados en la vida. Leer es afirmar conocimientos. No hay razón para que no se despierte del sueño de la lectura. Es la propia vida quien exige de la lectura para salir de la ignorancia.
Mañana invernal, Alfonso Aliaga de fortunas resaltadas; pero maltratado por los años, dificultándosele complacer sexualmente a la joven Ceilán Oliveira, quien el fuego romántico lo saciaba con diferentes hombres, se levantó de la cama y miró su reloj. Eran las siete. En su rostro estaban visibles las arrugas, que para bien o para mal entendedor, estaba en los setenta años de edad. Hizo algunos ejercicios con sus brazos y piernas; después un prolongado bostezo, fue para el baño hacer su aseo.
Ceilán Oliveira, irrumpió en la habitación. Se observó nuevamente en el espejo, pasó sus delicadas manos por su vestido estampado, ajustado a su elegante cuerpo, de solo diecisiete años de edad, quien el interés sobrepasó los sentimientos amorosos, uniéndose matrimonialmente con Alfonso Aliaga, giró sobre los finos tacones de sus zapatos, muy en boga. Caminó hasta llegar al comedor, después de sentarse bien encimada en la ya servida mesa.
-Mi amor. Estoy lista para comenzar el desayuno.
-Voy enseguida, encantadora flor -contestó Alfonso, luego en tono abierto dijo-. He visto volando en el jardín de mi alma mi mariposita bicolor, no es que estoy soñando, aleteando en cada flor. La he tomado con muchos celos, como una estrella en el cielo, para que no sea dañada por las perversas miradas. Ella está dentro de mi corazón, tomando el néctar del amor, para que se cautive con quien le da su atención. He visto volando a mi mariposita en cada flor, será siempre amada y estará eternamente auxiliada, para que no sufra de dolor. La vida me dará la oportunidad de decirles frases amorosas en las noches, tan naturales. Ella vuela sin alianza de recuerdos a los chocantes. Con muchas ansias, no importa que lo prohíba la ignorancia, la abrazaré y besaré con cadencias.
Sus palabras habían quedado en el vacío. Y sin esperar por Alfonso, comenzó el desayuno. Él se apresuró en llegar.
-¿No estás esperándome? ¡Qué extraño!
Ceilán respondió con una sonrisa y, continuó el desayuno con toda la calma del mundo. Cuando terminó.
-Es que estoy atrasada -volvió a sonreír-. Mi amor, se va a celebrar la fiesta de fin de año en la fábrica, regresaré fuera de horario; no vayas a preocuparte.
Alfonso la miró ceñudo.
-Tienes derecho a disfrutar la vida -apuntó-, eres joven. Es de esperar mi aceptación. Para una muchacha que entrega su juventud al trabajo, se les debe dar ciertas libertades, para que disfrute de la suerte que le brinda la vida. Te deseo un bendito día. ¡Vayas con Dios...!
Ceilán continuaba sonriendo. Después de besarlo en la frente salió de la casa.
Él terminó el desayuno, se sentó muy próximo al portón que da al patio, encendió un cigarrillo, tomó una larga bocanada de humo, lo expulsó por la boca con un estéreo escape desparramado por sus narices. Era cierta la estructura poética que floreció en su mente. "Son mis años, mis fieles amigos. Ellos andan conmigo para alejarme del daño. Son mis años, quienes me dan voluntad para sentirme animado. Son mis años, quienes me asisten para no sufrir desamparo ni abandono en el amor. Son mis años, que no me dejan solo un segundo para evitar ser un penado. Son mis años, mi añoranza, me dan esperanza, en la vida más confianza. Somos amigos para el bien y no pensar en el mal, es todo lo espiritual. Son mis años a quien no traicionaré..."
Se interrumpió al sonar el timbre de la puerta, se levantó y fue hasta la puerta.
-¡Buenos días! -dijo portentosamente-. ¿Qué se te ofrece?
-¡Hola! -respondió la voz fastuosa de un joven -.Tengo necesidad de hablar con la señora Ceilán Oliveira.
Alfonso lo observó con cierto dar que pensar.
-Ceilán no está en casa -dijo con sequedad.
El joven lo miró de arriba hacia abajo, murmuró.
-¡Caramba que mala suerte!
-¿Qué dices tú, jovencito?
El joven centró la mirada en un tragaluz que había en lo alto de una ventana. Contestó con artificio.
-Perdone. Es un recado especial para la señora Ceilán Oliveira. Usted no debe preocuparse. No tiene nada de interés.
Alfonso hizo un gesto cansado.
-¿Por qué no me atiendes, malvado?
-Con muchas penas, pero no puedo atenderlo -sonrió-. Le reitero que para usted, no tiene nada de utilidad.
-Todo lo que se trate de Ceilán es de mi atribución. Aunque sea personal.
-Pues mire. Es algo muy personal. Y no comentaré nada con usted.
-Te diré que Ceilán es mi pareja, no creo que no puedas decírmelo.
El rostro del joven endureció.
-No es posible. Usted no puede ser el marido de Ceilán. No me estás mintiendo, ¿verdad?
Con los ojos enloquecidos miró de una y otra forma la cara del joven.
-Pues sí. Soy el marido de Ceilán. No tengo porque mentirte. ¿Eso te preocupa?
-Es que parece el abuelo de la señora. Nunca llegué a imaginarme que su pareja fuera un tipo tan viejo. Sabe usted una cosa. Estoy muy confundido.
-Es aconsejable... -hizo una pausa para pensar. "Aconsejable..., no prudente, porque la prudencia es otra cosa".
Cambió la táctica para preguntar.
-¿Es linda, verdad?
-¿A qué viene eso? -señaló, el joven, ahora en tono moderado-. Deje de ser...
-¡Oye! ¡No te equivoques conmigo, muchacho! Yo no soy ese estúpido que te imaginas -refutó Alfonso.
-En fin, solo quiero decirle que se quite el vendaje que tiene en los ojos, para que no sufra un resbalón.
-¡Oiga jovencito! -exclamó-. ¡No trates de burlarte!
El joven entornó los párpados, como si rehuyera ver el cuerpo tembloroso de Alfonso.
-Disculpe. Mejor me marcho.
-Es mejor que lo hagas. Así me vas ahorrar...
El joven lo interrumpió.
-¡Me marchó..., me marchó...! Espero no haberlo molestado.
El joven no perdió tiempo en salir caminando. Alfonso regresó al portón, encendió un nuevo cigarrillo, habló en voz tenue. "Que no sería honesto dejar de preocuparse, de sentir celos". Por tal motivo, y con franqueza, nunca había sentido los efectos de la corriente eléctrica, capaz de causar un tambaleo en su cuerpo, de sentirse tan abatido por la presencia de un hombre buscando a Ceilán. Cogió una bocanada de humo y observó como se esparcía. Seguía con la mirada los movimientos ondulados del humo, conmovido por la resignación ante la tenacidad del joven.
Le molestó sentir esos celos, pero lo reverenció a primera vista. Le pareció entender que el camino se le perdía en su mente. Jamás había interpretado ninguno de esos síntomas que, según algunos sufridos, suelen manifestarse cuando se quiere de veras. Recordó que sus mórbidos brazos se manifestaban implacables como verdaderas serpientes y estaban domesticado, a los efectos de permitir que sus labios ávidos y absorbentes de ella, y en especial en noche de luna, se produjeran besos indefinidos. Determinó que era justo consignarlo, de bastante agradable sabor.
Alfonso Artiaga sintió deseos de ir a la fábrica, buscar a Ceilán, conversar con ella; pero, cómo justificaría su presencia sin poner en evidencia los celos que tanto dañaban su alma enamorada. Al fin, dispuso calmadamente esperar a que llegara a la casa. Total, a la marea caída, esperan los buzos. Sonó el timbre del teléfono de la antesala y él fue a descolgarlo.
-¡Aló...! -habló en tono tenue.
-Amor, soy yo, recuerda, voy a llegar a la casa fuera de hora.
-¡Ya sé, ya sé! ¡Disfruta, amor! ¡Mereces divertirte! -Suspiró profundo.
-Tú sabes que siempre he mantenido una conducta acorde a estos tiempos, para que la vida escude los pecados y no se terminé nuestro matrimonio. No quiero celos. Es una fiesta entre amigos. Hay mucho respeto y seriedad.
-¡Déjate de boberías! -se golpeó el muslo derecho con la mano para mantener la calma-. ¡El respeto y la seriedad no está penalizado! A pesar de todo, tú siempre has sido para mí una mujer digna de respeto...
-Entonces...
La interrumpió.
-¡No lo digas...! -hizo una pausa-. Escucha esto que te voy a decir, y que sale de la profundidad de mi sentir. Quiero vivir contigo el presente sin el pasado. Sombra que el sol iluminó para que el camino de la concordia, no sea un sueño y sufra mi corazón. Ten presente que es un amor para no humillar. No importa que des larga para darme delicias. Te tengo aquí, en está mente que no te ha apartado un solo instante de este querer.
-Oye, tú no dejas de simular que me quieres. Esa manera tuya de expresarte con tantos sentimientos aviva mi amor hacia ti. Bueno, chao...
Ella se acercó a una especie de aparador sin puerta, prensado con la pared, al fondo de la oficina. Caminó despaciosamente hasta acercarse a un hombre de pelo canoso, se sentó a su lado. Se escuchaba una música romántica, de esa música que anima el coqueteo. Sobre una mesita había dos vasos con ron, y la botella que tenía de ese líquido. Él acariciaba sus mejillas. A pesar de ser una noche invernal el calor que cubría la oficina, hizo que Ceilán desistiera de las caricias de su amante para salir al patio; el cielo estaba tan estrellado que incitaba a un romance, a un encarnamiento en la propia vida. Él sorbió de un trago el ron de un vaso que tenía en su mano. Poco después estaban sentados en una pieza circular de mármol. De inmediato apareció el esperado beso en una estrecha unión de labios Ella acarició la nuca de su amante con mano erudita, mientras se besaban. Él se separó para aducirle en un tono bajo.
-¡Créeme, por favor! Mi voluntad es decirte que estoy feliz a tu lado, que me hace soñar...
-No te preocupes, amor mío. Cuando hay pasión y amor se sueña. Hay que soñar para expresar la realidad, el gusto y el placer. Es eso lo que querías escuchar de ti -besó su frente.
-Tu marido es una muralla entre nosotros dos. A veces me dan deseos de cerrarle el camino para que ...
-Y tu mujer es una piedra atravesada en mi mente. Es como si estuviera martillándome en lo más profundo de mi vida.
-Razonas bien -le dijo Fernando con voz desalentada-. Evita que tus palabras se congelen y se precipiten en lluvias de ofensas. Eso trae desamor.
-Entonces, no comprendo -ella se mostró confundida.
-Son coincidencias que existen entre dos que se adoran -alegó él en busca de justificaciones. -Aprietame con todas tus fuerzas -manifestó Ceilán con su cuerpo aculebrado encima de él-. Quiero sentirme ahogada por el fuego de tu abrazador cuerpo. Es el momento de saborear el dulce saliente que cubre este amor encarnado en nuestros corazones -exclamó-. ¡Dios me perdone si estoy falseando!
Se abrazaron y se hundieron en un nuevo te quiero, se funsionaron entre sí hasta nunca acabar. Sus mentes volaban sin rumbo, animada por la brisa de una pasión, como el aroma de las flores absorbida en lo más profundo del alma. Si dos personas realmente quieren estar juntas lo estarán, no importan las condiciones. No importan los obstáculos, los años, sin hacer ver la pureza de ese amor. Cuando hay amor y voluntad todo es posible.
-Permiso -el sobresalto no melló la voz seductora de una joven que irrumpió en un momento de fuego amoroso entre ellos. Ceilán y él quedaron inmóvil, sorprendidos. La joven apretó los labios y clavó en ellos las lucecitas que desprendían sus pupilas. Allí estaba él, al lado de ella. Fernando al verla, apartó a Ceilán y se levantó, y fue hasta donde estaba Nadia. No exteriorizó el miedo; pero lo acusaba su palidez. Con voz algo temblorosa acertó a decirle.
-Adelante, Nadia. No te detengas.
-Disculpen, no fue mi intención. Pensé que tú estabas desocupado. Más tarde hablaremos. Fernando hizo varios ademanes con las manos, donde visiblemente se notaba su nerviosismo. -¡No puedes irte, de ninguna manera! -la tomó de la mano y la sentó en un espacio vacío en la pieza circular de mármol.
Ceilán la miró con cierto recelo.
-¿Y qué tú haces aquí? -le expresó insolentemente-. Bien sabías que Fernando estaba conmigo. Viniste a poner fin a este verdadero amor porque hay cariño y encarnación en el alma.
Nadia contestó con voz flemática, manteniendo su aplomo.
-Sabía que estaba aquí, pero no contigo. Nosotros mantenemos muy buena amistad, ¿verdad? -miró a Fernando en busca de reafirmación de sus palabras.
Fernando calmó el miedo.
-No existen motivos -contempló a Nadia con desaliento- para que hagas esa pregunta torpe; además, estamos en una fiesta donde el disfrute es para todos.
Nadia se volvió hacia Ceilán sonriendo.
-Mira Ceilán, no tengo ningún interés en Fernando. Tú no tienes razón para que te comportes de esa manera.
Ceilán tenía la cabeza caliente, suspiró, apenas acertaba el pensamiento y de forma brusca miró hacia una larga hilera de ventanas hacia la izquierda en la altura de la fábrica, de estás solo las dos últimas eran de algunas utilidad, pues las otras estaban bloqueadas. Fernando la atisbaba desde su lado, donde se encontraban a veces envueltos por un puñado de estrellas, que centelleaban sobre sus cuerpos, y luego de una pausa, dijo.
-¡Has de irte ahora mismo! No quiero oír... de nadie... -Ceilán no pudo contener sus impulsos anímicos.
Nadia suspiró, miró a Ceilán de costado.
-Muy bien -se puso en pie tan veloz como un relámpago-, si es de tu agrado -caminó hasta desaparecer.
Fernando comentó con jovialidad.
-Ceilán, eres tan tierna como la luna, nadie nos podrá separar -respiró profundo-. Quiero estar siempre a tu lado, en cada momento de mi vida. Eres como la mariposa que vuela, te posa en mi alma y sorbe el cariño que se filtra.
Mientras él hablaba, recibía las caricias de la ya calmada Ceilán, continuó.
-Amor, no sé si podré olvidar este momento de tanta felicidad -sonrió y luego besó sus mejillas.
Ceilán cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás apoyándola en su pecho y, suavemente le expresó a manera de reconciliación.
-Te pido disculpa por lo sucedido, la bebida alteró un poco mi conducta. Espero que me entiendas, estoy enamorada de ti y cualquier cosa me molesta.
Él la arrimó ardientemente a su cuerpo, besó su frente. Replicó con un acento dócil al oído de Ceilán.
-En respuesta a tu disculpa, te beso, te aprieto, acaricio todo tu cuerpo.
-La calentura de este amor ha hecho perder el compás del tiempo. Creo que ya es tarde.
-Tienes razón. No podemos violar las exigencias de este amor. Hay que evitar que sucedan cuestiones que obstaculicen el acorde amoroso.
Salieron de la fábrica, la mano de ella se apoyó en el brazo de él como cosa que a través del tiempo deseaba. Al llegar al jardín de la casa, ella se detuvo por un instante y pudo fijarse que adentro había luces encendidas que iluminaban las ventanas. Siguió caminando cogida por el brazo de su galán, frente a la puerta hubo un fuerte abrazo.
Fernando le advirtió.
-Cuando entres a la casa -se separaron- no debes agriar a Alfonso. Tú no tienes razón para contradecirlo.
Ceilán no contestó. Después de un beso al espacio por parte de ella, Fernando se retiró
Ceilán abrió la puerta.
-Amor, ya estoy en casa -habló, con voz ebria. Caminó con pasos lentos para no perder la estabilidad, entró a la habitación. Separó de su cuerpo el sobretodo, luego se quitó el vestido y quedó en blúmer exhibiendo lo que tanto le llamaba la atención a los hombres, sin límite de edad; su bello cuerpo. Prevenida miró hacia la puerta, ahí estaba Alfonso mirándola con obstinación. Fue hacia su marido con el cuerpo
inestable, al detenerse frente a él recibió una mirada con los ojos entreabiertos.
-¡Por Dios...! -exclamó-. ¡Estás ebria...! Ingeriste demasiada bebida. ¿Qué hora es, Ceilán?
Ceilán caminó sin perder el compás de los pies hasta sentarse en la cama.
-¡No me digas, estás celoso! Todavía hay estrellas en el cielo.
Alfonso se sentó a su lado, ella lo besó, acarició sus cabellos canosos, le tomó una mano.
-¡No estoy celoso! Entiende, esta no es hora para que una mujer casada entre a la casa. Y menos en estado ebrio. Sé que estabas en una fiesta, no debiste ponerte en esas condiciones.
-¿Tú estás celoso, amor? ¿Verdad? -soltó su mano, volvió acariciarle sus cabellos canosos.
Alfonso movió varias veces la cabeza en desacuerdo.
-¡Ya te dije que no estoy celoso! Es mejor que te acueste a dormir. En esas condiciones no voy a seguir hablando contigo.
-Bueno, concédeme esas cosas bonitas que tú siempre me dices.
-Está bien. Pon atención. El amor es delirio astronómico, que anda de un lado a otro con el corazón pulsando. Mente fresca cubre tu cuerpo para que ese fuego que te motiva sea un sosiego. Si dices que me amas, o dejaste de amarme, no sufras duda. El dilema no será enamorarte, es olvidarme. Es un decoro si te alejas del amor cuando está prisionero en tu corazón. Lo romántico se fundirá para que sea feliz de verdad. Calentura que la palabra no reanimará, el roce da apetito a las ansias, que accederás con el placer sin la arrogancia.
-Sigue, sigue, no te detengas...
-Es un placer acariciar tu bello rostro con la mirada, porque eres rosa que se dispersa para encantar la vida.
Después de escuchar las palabras de Alfonso que no dejaban de descartar sus sentimientos. Con un ligero movimiento Ceilán quedó presta para entrar en un profundo sueño. Él la miró dueño de sí. Con la vista expectante acarició las erectas tetas con sus pezones endurecidos, su esbelto cuerpo, agrandadas sus nalgas, su embellecido rostro, sus ojos cerrados por su hondo dormir lo seducían, echó un suspiro de placer.
-Es mejor que duermas, Ceilán. No puedo hacer otra cosa que dejarte tranquila. De mí hacia ti hay mucho amor. Y de ti hacia mí hay falta de entendimiento.
Al otro día, temprano en la mañana.
-Estoy seguro que pasaste un día de muchos placeres y felicidad. -manifestó él con la mirada entontecida-. ¿Sabes lo que pienso?
Ceilán le echó una mirada con gestos de rechazos.
-¿Qué tienes tú en esa cabeza, Alfonso? Acaba de una vez con esas insinuaciones.
-No tuviste ningún control en la bebida. Para mí no es agradable que mi mujer se embriaguez, y llegue a la casa con... -Alfonso desistió de continuar.
Ceilán vivazmente le respondió.
-Tú sabes como es eso, cariño. Era la fiesta de fin de año, donde no faltaba la alegría, toma de mi copa, y tampoco faltaron las palabras que inspiraba a olvidarse del tiempo.
-A propósito -cambió la mirada entontecida por una más despertada-, tengo una duda y necesito que me la aclares. Anoche no hice ningún análisis por el estado en que te encontrabas. Creo que este es el... interrumpió Ceilán.
-Es curioso que sea la primera fiesta en que tomo parte, y tú tengas duda. En verdad, yo soy quien está confundida -fijó la mirada en el rostro descompuesto de Alfonso-. Por mucho que disimules veo claramente, que no confías en mí, que sientes celos.
-Atiende: la duda que tengo no tiene que ver en nada con la fiesta, sino con un joven que estuvo aquí buscándote... volvió a interrumpir Ceilán. Mostró un semblante de asombro.
-¿Qué joven es ese, Alfonso?
-Se trata de un joven que no perdió tiempo para mostrar el interés hacia ti. Me dijo con suficiente ironía que traía un recado para la señora Ceilán Oliveira, y se negó rotundamente de decirme de qué se trataba -hizo un gesto cansado, al decir-. ¡Quién hubiera sabido que quería hablar contigo!
-¿Por qué lo dices con ese tono tan amargado?
-Porque lo vi en sus ojos, y en la manera de expresarse -refirió, con la voz pausada-. ¡Ese joven está enamorado de ti! -hizo un gesto de protesta y añadió-. Es algo que no pudo ocultar; pero a mi edad, no soy fácil de engañar. ¡Tengo muchas canas en...!
Ella abrió sus ojos achinados.
-Bien sabes que me repugnan los celos. Siempre he oído decir que celar no es querer -hizo una pausa reflexiva-. A veces siento miedo que tú me abraces.
-Ese es mi punto de vista -replicó Alfonso-. No tengo otra cosa que decirte.
-¡No me hables de esa manera! -le pugnó bastante conmovida-. Te he dicho más de una vez que no pierdas tu tiempo en reclamarme cosas de las que no tienes como confirmarlas. Debes razonar, no me estás estimando como tu mujer, eres un mal hombre...
Fernando razonó.
-¡No seas tonta! -fingió-. ¿Eso es lo que se te ocurre decirme?
-Voy aclararte la duda. El recado que traía el joven, que su nombre es José, era sobre las compras de unos collares fabricados con perlas -se esclareció la garganta-. Collares por los cuales estoy interesada.
Alfonso le lanzó una sonrisa de afecto, de ruego amoroso.
-Debiste habérmelo dicho, Ceilán. Te voy a entregar el dinero para que compres esos collares. Eres una serpiente seductora, tu veneno me tiene ciego de amor -hizo una leve pausa-. No quise ultrajarte, eres... -se escuchó unos toques pausados en la puerta-. ¿En qué momento? -suspiró torpemente, se dirigió hasta la puerta embargado por un sinfín de contrariedades. Ceilán se mostraba atenta y encantadora. Le importaban muy poco los refunfuños de Alfonso. "Siempre estaba muy bien sobre aviso para llevarle la contraria". Las aparentes contradicciones de estos dos pensamientos la hizo sonreír. La alegría silenciosa y completa que había recibido de Fernando, devolvía a su edad la paz y su juventud, ambas cosas en riesgos. Era domingo, día de su descanso laboral, y de mucho que hacer en la casa. Su pañuelo torcido, dejaba al descubierto las orejas rosadas y delicadas, ocultas por el pelo durante el día, así como unos claros de piel blanca en los senos, que solo veían la luz a la hora del baño. Su boca púrpura entreabierta reveló una lámina de dientes blancos y brillosos; sus pupilas, negruzcas, se velaron de pestañas negras. Mientras, Alfonso atendía el forastero, que estaba detenido en la puerta.
-¡Ah, eres tú...adelante... adelante... Daniel Luis -le dijo Alfonso de una manera impecable, con una especie de gracia cruzada con la necedad.
-No es necesario, me quedo aquí en la puerta. Quiero hablar contigo sobre un negocio que te puede interesar.
Alfonso lo observó con autoridad.
-¿Sobre qué trata ese negocio, jovencito? Soy todo oído.
Los ojos de Daniel Luis brillaron por haberlo llamado jovencito con tanta insolencia.
-Tengo necesidad de vender el automóvil que era de mi difunto padre. Estoy siendo seducido por una hermosa mujer, y no tengo dinero para darle los placeres que ella se merece. No quiero que se aleje de mí. Es una de esas mujeres que con la mirada te conquista, y te lleva a... -se interrumpió al fijar la mirada para donde se había sentado Ceilán. Que sorpresa, los latidos de su corazón alcanzaron la máxima velocidad, sus piernas temblaron, sus ojos se movieron imponentes, su rostro se convulsionó. Se pasó la mano por sus labios. No esperaba encontrarse con Ceilán en la casa de Alfonso, y con voz temblorosa preguntó-. ¿Es..., es su hija?
Ceilán lo escuchó, lanzó una mirada femenina a Daniel Luis y endureció su semblante. Alfonso volteó la cabeza para donde estaba ella.
-¡No...! -le contestó con brusquedad-. Ceilán es mi mujer.
Daniel Luis irradiaba intolerancia, y una especie de impotencia incondicional copó su conducta espiritual.
-¡No, no, no puede ser que ella sea su mujer...! Alfonso se volvió con violencia hacia Daniel Luis.
-¡Pues, si puede ser...! ¡Ella es mi mujer!
Daniel Luis hizo un visaje y se pasó la mano por su frente sudorosa.
-¡Es mejor que me vaya! No quiero cometer un disparate para que no caiga sobre mí el desaire, el desprecio.
Alfonso lo miró ceñudo.
-No entiendo esa decisión que has tomado tan repentinamente. No hemos quedado en nada sobre la venta del automóvil.
Daniel Luis hizo un intento de fuga repentina, aunque no logró alcanzar los motivos.
-Luego hablaremos sobre ese asunto -dijo entre labios mientras se marchaba-. No, no, eso no puede ser. No se lo voy a perdonar a Ceilán por haberme mentido.
Alfonso Aliaga quedó bajo la negra mirada de Ceilán, ella apareció joven e incierta. Movió las mandíbulas como si mascara caramelo de falsedad. Pensó en lo inmenso que estaba siendo el amor con su vida. El ardor que excitaba su sangre al circular por sus venas. Instintivamente Ceilán habló.
-Amor, ¿no me has dicho si quieres tomar café? Después de bandear la cabeza, caminó hasta acercarse a ella.
-El tiempo pasa y no viene mal una tasita de café -hizo una pequeña pausa-. Los hombres cambian de la noche a la mañana... interrumpió Ceilán.
-¿Qué te preocupa? Dale de lado a esa clase de gente. Las cosas se transforman, y las personas también. Ahora quiero decirte algo, Daniel Luis no habló nada contigo. ¿A qué se debe esa valoración tuya?
-Vamos a dejarlo ahí, no tiene sentido entrar en un dime que te diré -tomó el café, la lengua limpió sus labios, mientras esto sucedía, los ojos negruzcos vacilaron un momento, pero enseguida volvieron a mirar fijamente a Ceilán. -No me has dicho si te gustó el café.
-Como siempre -sonrió-. No pierdes el punto. Cada día que pasa te convierte más en el ángel, que Dios me envió para que no me falte la felicidad, y tenga quien me auxilie en mi vejez.
Ceilán se levantó de la butaca donde estaba sentada, y fue para la cocina, se sentía apocada a pesar de añorar a sus amantes, de recibir de ellos un río de ternuras, se volvió para mirar a Alfonso con malos ojos, era una roca alojada en su alma, filtrando orgullo fracasado.
-¡Ceilán, estoy hablando contigo! -en su voz había escasez de buenos sentimientos.
Ella no respondió. Su mente estaba enganchada con José, Fernando y Daniel Luis. No cabía otro pensamiento que le estropeara su sentir. Alfonso, con quien erróneamente estaba conllevando una unión matrimonial sin estar bullendo esa excitación que, punza el corazón y el amor no es verdadero, solo por la codicia de sus fortunas. Todo había sido un fracaso. Alfonso se sintió de pronto fatigado, decaído y débil, paralizado por una de esas crisis de contrasentido en las que suelen caer los añosos delante de una mujer con grandes diferencias de edad, donde la impotencia se iba por encima del interés de aprestar a Ceilán Oliveira contra su cuerpo, de llevarla a la cama para dentro de lo que pudiera ser, ofrecerle todo el amor que sentía por ella.