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Amor por contrato, corazón en deuda

Amor por contrato, corazón en deuda

Autor: : Pax-Darkengel
Género: Aventura
Olivia Green firmó un contrato, no un pacto con el diablo, aunque a veces le parezca lo mismo. Arruinada y sin opciones, acepta la oferta del hombre más frío e inalcanzable de la ciudad: Alexander Vance. Las cláusulas son claras: durante un año, será su esposa falsa. A cambio, él limpiará su nombre y le pagará una fortuna. Solo debe seguir tres reglas: no enamorarse, no cuestionarle y no olvidar que todo es una farsa. Olivia cumple su papel a la perfección, derritiendo con su sonrisa la imagen de tirano de Alexander y ganándose el corazón de su anciano abuelo. Pero hay una cláusula que no venía en el documento: la que dicta que cada caricia fingida, cada mirada posesiva y cada noche de pasión desatada la sumen en una deuda impagable. Porque Alexander Vance no vende su corazón; lo hipoteca. Y cuando el plazo del contrato se cumpla y las lágrimas de Olivia le recuerden que su amor no era parte del trato, él tendrá que decidir entre cobrar la deuda... o pagarla con la moneda que nunca creyó tener: su propio y vulnerable corazón. ¿Podrá un amor que nació de un papel sobrevivir al peso de un corazón en deuda?

Capítulo 1 La Ruina y la Ofrenda

El sonido del martillo neumático no era nada comparado con el golpe sordo que resonaba en el pecho de Olivia Green. Desde la acera de enfrente, observaba cómo una grúa colocaba meticulosamente la letra "G" de "Green Designs" sobre la fachada de lo que había sido su sueño, su orgullo, su ruina. El letrero nuevo, brillante y impersonal, anunciaba "Oficinas Sterling". Un nombre frío para un espacio que alguna vez había palpitado con su creatividad.

-No podía dejar de venir a verlo -murmuró para sí misma, sintiendo el frío cortante de la mañana de Nueva York, que se le colaba hasta los huesos a través de su abrigo pasado de moda. Las yemas de sus dedos, entumecidas dentro de sus guantes finos, recordaban las interminables noches que había pasado dibujando planos en ese mismo lugar, creyendo que podría construir algo perdurable.

Un año. Solo un año le había durado su propia empresa de diseño de interiores. El banco había sido implacable. La economía, despiadada. Y ahora, no solo había perdido su negocio, sino también sus ahorros, su apartamento y, lo que era peor, la fe en sí misma. Cada clic de la grúa ajustando el letrero era como un martillazo sobre el ataúd de sus ilusiones.

-¡Señorita Green!

La voz áspera del señor Rossi, su principal acreedor, la sacó de su trance. El hombre, con un traje que le quedaba demasiado ajustado y un ceño perpetuo, se acercó a ella con pasos firmes. Olía a cigarros baratos y ambición desmedida.

-Pensé que la encontraría aquí. Ya lo ve, todo se ha terminado. Pero mi dinero no ha aparecido -dijo, sosteniendo frente a sus narices un fajo de papeles que representaban todas sus deudas. Olivia pudo ver sus propias firmas, garabateadas con esperanza, ahora manchadas por el sudor de las manos de Rossi.

-Señor Rossi, estoy buscando trabajo. He enviado currículums a todos lados. Apenas consiga algo, la primera paga será para usted -intentó explicar, con una voz que pretendía ser firme pero que se quebró ligeramente al final. Sabía que sonaba patético, pero la dignidad era un lujo que no podía permitirse.

-Trabajo... -el hombre soltó una risa burlona que reverberó en la fría calle-. Con esta economía, nadie va a contratar a una fracasada.

La palabra le golpeó con más fuerza que el viento invernal. Fracasada. Era lo que era, ¿no? Lo que todos veían. Sus amigos habían desaparecido, su familia le mostraba pena desde la distancia, y ahora este hombre le escupía en la cara la cruda realidad.

-Tiene hasta el final del mes -espetó Rossi, acercándose tanto que Olivia pudo ver los poros de su nariz-. Si no veo el dinero, no me quedará más remedio que llevar este asunto a los tribunales. No querrá acabar en la cárcel por una deuda, ¿verdad, cariño?

Le guiñó un ojo de manera grotesca antes de darse la vuelta y alejarse, sus pasos resonando sobre el pavimento con una finalidad aterradora. Olivia se quedó allí, temblando, sintiendo el peso de un millón de toneladas sobre sus hombros. La cárcel. ¿En serio? ¿Por una deuda que contrajo para salvar un negocio que se hundía más rápido de lo que podía remontar? El pánico, un líquido helado, comenzó a subir por su garganta, ahogándola. Se apoyó contra la pared de ladrillo de un edificio cercano, cerró los ojos y luchó por contener las lágrimas que ardían detrás de sus párpados. No lloraría. No aquí. No ahora. Se aferró a ese último vestigio de orgullo como a un salvavidas en un mar tormentoso.

-Señorita Green, ¿verdad? -una voz serena, completamente opuesta a la de Rossi, sonó a su lado, cortando el torbellino de sus pensamientos.

Olivia abrió los ojos sobresaltada. Frente a ella, un hombre impecablemente vestido con un traje gris perla y una actitud de tranquila autoridad la observaba. Su postura era erguida pero no rígida, y sus manos, enfundadas en guantes de cuero fino, sostenían un maletín de aspecto costoso. No parecía un cobrador. Parecía... abogado. O quizás algo más.

-¿Quién es usted? -preguntó Olivia, enderezándose y secándose disimuladamente una lágrima rebelde que se había escapado. Se sintió vulnerable, expuesta, como si este extraño hubiera sido testigo de toda su humillación.

-Mi nombre es Robert Thorne. Soy el asesor legal principal del señor Alexander Vance -dijo el hombre, entregándole una tarjeta de negocios blanca y gruesa, con un relieve sutil que gritaba lujo y dinero. El nombre "Alexander Vance" estaba grabado en letras simples pero imposiblemente elegantes.

Olivia miró la tarjeta, confundida. Alexander Vance. El nombre le sonaba, claro que le sonaba. Era una de las fortunas más grandes del país, un titán de los bienes raíces que aparecía en las portadas de Forbes, un fantasma en las revistas de sociedad del que se sabía todo sobre sus despiadadas adquisiciones empresariales y nada sobre su vida personal. Un hombre que convertía edificios en oro y, según los rumores, a las personas en polvo.

-No entiendo -susurró, mirando de la tarjeta al impecable Robert Thorne. ¿Qué podría querer Alexander Vance con ella? Apenas era un pez muerto en el océano en el que él nadaba.

-El señor Vance tiene una proposición para usted -Thorne sonrió, una expresión perfectamente calculada que no llegaba a sus ojos grises y penetrantes-. Una oportunidad comercial que resolvería todos sus... problemas financieros actuales. De forma permanente. Le daría un nuevo comienzo.

-¿Qué clase de oportunidad? -preguntó Olivia, con la voz cargada de una sana desconfianza. Nada en su vida había sido fácil. ¿Por qué iba a empezar ahora? Su instinto le gritaba que desconfiara, que ningún acuerdo que sonara demasiado bueno para ser verdad lo era. Y ofrecerle salir de la ruina total sonaba exactamente así.

-Eso es algo que debe discutir directamente con él -Thorne señaló con un gesto discreto una limusina negra y opaca que esperaba al final de la calle, como un lobo al acecho en la neblina matutina. El vehículo parecía absorber la luz a su alrededor-. El señor Vance valora la discreción y la eficiencia. Prefiere tratar estos asuntos cara a cara. ¿Tiene un momento?

Olivia miró la limusina, luego la fachada vacía de lo que fue su estudio, donde ahora solo quedaban los ecos de sus sueños destrozados, y finalmente la tarjeta en su mano. El nombre Alexander Vance parecía arder en su piel, una marca de un mundo al que no pertenecía. Cada instinto le gritaba que dijera que no, que se alejara, que corriera. Pero las palabras del señor Rossi aún resonaban en sus oídos, mezcladas con el eco metálico de la grúa. Fracasada. Cárcel. Hasta el final del mes.

Miró sus manos, que alguna vez habían esbozado diseños de hogares llenos de calidez y vida, y ahora solo sostenían el frío peso de la derrota. No tenía nada que perder. Absolutamente nada. Quizás, solo quizás, esta era la tabla de salvación que el destino, cruel y caprichoso, le arrojaba en su hora más oscura.

-Está bien -asintió, con una voz que apenas reconocía como propia, un susurro que se llevó el viento-. Tengo un momento.

Mientras se dirigía a la limusina, con Robert Thorne abriéndole la puerta con la misma elegancia con la que un carcelero abre una celda, no podía saber que ese "momento" marcaría el inicio de un acuerdo que destrozaría y reconstruiría su vida por completo. Que la deuda más grande que contraería no sería de dinero, sino de un corazón que jamás debió entregar. Al deslizarse en el interior oscuro y perfumado de cuero de la limusina, Olivia Green, la diseñadora fracasada, dejó atrás su antigua vida y cruzó un umbral del que no habría vuelta atrás. La puerta se cerró con un clic suave y definitivo.

Capítulo 2 El León en su Guarida

El interior de la limusina era tan silencioso como una tumba de lujo. El aire, filtrado y perfumado con una discreta nota de sándalo y cuero, era una barrera olfativa contra el caos exterior de Nueva York. Olivia se hundió en el asiento de piel más suave que había tocado en su vida. Era como si el mundo real se estuviera desvaneciendo, reemplazado por esta burbuja de riqueza impasible.

Robert Thorne se sentó frente a ella, colocando el maletín sobre sus rodillas. No sacó ningún documento. Solo la observaba con esa calma inquietante.

-El viaje será breve. El señor Vance detesta perder el tiempo -comentó, su voz un hilo de seda en la quietud.

Olivia asintió, sin confiar en su propia voz. Las preguntas se agolpaban en su mente, formando un torbellino de ansiedad. ¿Por qué ella? ¿Qué podía ofrecerle a un hombre como Alexander Vance? ¿Había hecho algo malo? ¿Era esto alguna elaborada trampa?

El trayecto fue breve. La limusina se deslizó hasta el sótano de un rascacielos imponentea, un edificio de líneas tan limpias y frías que parecía cortar el cielo. Las puertas de un ascensor privado se abrieron silenciosamente ante ellos. Thorne la guio con un gesto. El ascenso fue tan rápido y silencioso que a Olivia le dio una leve sensación de vértigo. No había botones visibles, ningún indicio de a qué piso se dirigían. Era como ser transportada a otra dimensión.

Cuando las puertas se abrieron, contuvo el aliento.

No era una oficina. Era el ápice del mundo. Un espacio vasto y abierto, con paredes de vidrio del suelo al techo que ofrecían una vista panorámica y desgarradora de Manhattan. La luz del invierno, pálida y gloriosa, se derramaba sobre pisos de mármol pulido y muebles de diseño minimalista, tan austeros como costosos. No había un solo objeto personal, ni una fotografía, ni una planta que sugiriera que un ser humano habitaba aquel lugar. Era la guarida de un predador, elegantemente amueblada.

Y en el centro de aquella inmensidad, de espaldas a ella, contemplando la ciudad como si fuera su mapa de batalla personal, estaba Alexander Vance.

Olivia lo reconoció al instante, aunque solo había visto fotografías borrosas en artículos de prensa. Era más alto de lo que imaginaba, con una espalda ancha que tensaba la impecable tela de su traje azul marino. Su postura irradiaba una autoridad tan absoluta que parecía alterar la gravedad de la habitación. Todo el aire se espesó, cargado de una energía potencial, como antes de una tormenta.

Thorne se aclaró la garganta suavemente. -Señor Vance, la señorita Green.

Alexander Vance se giró lentamente.

Olivia había esperado encontrar crueldad en sus ojos, o arrogancia, o la frialdad vacía de un psicópata. Pero no era eso lo que vio. Sus ojos eran de un gris intenso, del color del acero y la piedra húmeda. No eran fríos, sino profundamente calculadores. Escudriñaron cada centímetro de ella, desde sus botas modestas hasta su abrigo desgastado, hasta el desorden de su cabello castaño alborotado por el viento. No fue una mirada de desprecio, sino de evaluación. Como un ingeniero examinando una pieza de maquinaria compleja.

-Gracias, Robert. Puedes retirarte -dijo su voz. Era grave, serena, sin un ápice de emoción innecesaria. Una voz acostumbrada a ser obedecida.

Thorne inclinó ligeramente la cabeza y desapareció en el ascensor, dejándolos solos en la vastedad de la habitación. El silencio se hizo más profundo, más pesado.

-Señorita Green -comenzó Vance, sin ofrecerle un asiento, sin un saludo-. Robert le habrá informado que tengo una proposición.

-Así es -logró decir Olivia, forzándose a mantener la voz firme. No iba a permitir que este hombre, en su torre de marfil, la intimidara por completo. Ya estaba lo suficientemente hundida-. Aunque nadie me ha informado de qué se trata.

Vance esbozó una sonrisa leve, tan calculada como la de Thorne. No llegó a sus ojos. -Directa. Me agrada. Mire a su alrededor, señorita Green. ¿Qué ve?

Olivia parpadeó, confundida por la pregunta. -Ve... éxito. Poder.

-Ve control -la corrigió él, y fue como si una capa de hielo se formara en el aire-. Control sobre el entorno, sobre las circunstancias, sobre las personas. El control es la única moneda que tiene un valor real. Y en este momento, mi control sobre una situación... personal, se está viendo amenazada.

Caminó hacia su escritorio, una plancha de ébano pulido que parecía flotar en el centro de la sala. Sobre ella solo había un iPad y un solo documento en una carpeta de cuero.

-Mi abuelo, Alistair Vance, el patriarca de nuestra familia y el fundador de todo esto -hizo un gesto vago hacia la ciudad bajo el cristal-, está muriéndose. El cáncer es implacable, incluso con los titanes.

Olivia guardó silencio, esperando. Sentía que estaba al borde de un precipicio.

-Mi abuelo tiene una... peculiaridad -continuó Vance, sus dedos largos acariciando la carpeta-. Es un hombre de otra era. Cree en la familia, en la tradición, en la estabilidad. Y, en su lecho de muerte, su último deseo es verme... establecido. Casado.

Una risa nerviosa, amarga, le subió a la garganta a Olivia, pero logró contenerla. ¿Esto era una broma?

-No entiendo -repitió, por segunda vez esa mañana-. ¿Qué tengo que ver yo con eso?

Vance abrió la carpeta. -Todo. Usted, señorita Green, es mi solución. Necesito una esposa. Temporal. Ficticia. Alguien presentable, inteligente, con la compostura suficiente para engañar a un hombre viejo y enfermo, pero no tan... conectada a mi mundo como para crear complicaciones posteriores. Alguien desesperada.

La palabra le golpeó con la fuerza de un puño. Desesperada. Era un diagnóstico, no un insulto. Y era exacto.

-Usted -prosiguió, deslizando el documento hacia ella-, según los informes que tengo, es solventemente desesperada. Sin familia inmediata que interfiera, con deudas que superan cualquier posibilidad real de pago, y con una carrera en ruinas. Es, en resumen, la candidata perfecta.

Olivia miró el documento. Era un contrato. Las palabras "ACUERDO DE UNION TEMPORAL Y CONFIDENCIALIDAD" destacaban en negrita en la primera página. Su corazón latía con tanta fuerza que temía que él pudiera oírlo.

-¿Está... proponiéndome que me case con usted? -preguntó, incapaz de ocultar el tono de incredulidad.

-Le estoy proponiendo un acuerdo comercial -rectificó él, su voz cortante-. Un año de su vida. Durante ese tiempo, actuará como mi devota y amorosa prometida y luego esposa frente a mi abuelo y el círculo familiar necesario. A cambio, yo liquido todas sus deudas. Todas. Y al final del contrato, recibirá un pago único de cinco millones de dólares. Libre de impuestos.

Los números flotaron en el aire entre ellos. Eran tan grandes que carecían de sentido. Eran una abstracción, un billete de lotería. Con eso, no solo saldría de deudas. Sería rica. Libre. Podría empezar de cero, en cualquier lugar, sin el fantasma del fracaso pisándole los talones.

-¿Y las... condiciones? -preguntó, su voz apenas un susurro.

-Las condiciones son simples -dijo Vance, enumerándolas con los dedos-. Uno, discreción absoluta. Esto no sale de esta habitación. Dos, obediencia. Usted sigue el guion que yo escriba. Asiste a los eventos que yo indique, vive donde yo diga, se comporta como yo exija. Y tres, la más importante -sus ojos grises se clavaron en los de ella, y por primera vez, Olivia sintió un verdadero escalofrío-: No se enamora de mí. Esto no es un cuento de hadas. Es una transacción. Si desarrolla sentimientos, será su problema, no el mío. Y constituirá una violación del contrato.

Olivia miró el documento, luego a Vance, y luego a la ciudad esparcida a sus pies como un juguete. Un año. Solo un año. Podría aguantar cualquier cosa durante un año. Podría actuar, fingir, someterse. La alternativa era la ruina total, la posible cárcel, una vida de miseria.

-¿Y si me niego? -preguntó, casi por inercia.

Vance se encogió de hombros, un gesto pequeño y letal. -Entonces puede tomar el ascensor y volver a su vida. O a lo que quede de ella. La elección es suya, señorita Green. Pero sepa que esta oferta no se repetirá.

Olivia cerró los ojos. Respiró hondo, inhalando el aroma a sándalo y poder. Vio la cara burlona del señor Rossi, el letrero de "Sterling" reemplazando al suyo, la celda fría y oscura que podría ser su futuro.

Al abrirlos, su mirada se había endurecido. El miedo seguía allí, un nudo de hielo en su estómago, pero por encima de él flotaba una fría y clara resolución.

-Necesito un bolígrafo -dijo, y su voz ya no temblaba.

Alexander Vance le tendió una pluma fuente de plata, pesada y fría al tacto. Sin vacilar, Olivia Green firmó la primera página, sellando su destino con un garabato que entregaba un año de su vida al hombre más peligroso que jamás había conocido. El sonido de la pluma sobre el papel fue el de una cadena arrastrándose, suave y dorada, pero una cadena al fin.

Capítulo 3 Las Cadenas de Seda

El trayecto de regreso a lo que quedaba de su vida fue un viaje a través de un espejo distorsionado. La limusina ya no parecía una burbuja de lujo, sino una celda móvil que la transportaba de vuelta a la cruda realidad, pero cargada con el peso de una promesa monstruosa. Robert Thorne, sentado nuevamente frente a ella, había sacado un iPad y enumeraba una lista de tareas con una frialdad burocrática que helaba la sangre.

-Lo primero será la reubicación -dijo, deslizando un dedo sobre la pantalla-. Tiene que desalojar su actual residencia antes de las 48 horas. Un equipo de mudanzas se encargará de empacar y guardar sus pertenencias en un almacén con clima controlado.

Olivia asintió mecánicamente, mirando por la ventana cómo los imponentes rascacielos del distrito financiero daban paso a los edificios más modestos de su vecindario. Cada bloque que pasaba era un recordatorio de la vida que estaba a punto de dejar atrás, de la Olivia que creía ser.

-¿Mis cosas...? -logró preguntar, su voz ronca.

-Serán tratadas con el máximo cuidado, se lo aseguro -respondió Thorne sin levantar la vista-. Pero no podrá llevarlas a la residencia del señor Vance. Él tiene... un gusto muy específico.

La residencia del señor Vance. Las palabras sonaban a sentencia.

-Una vez instalada, comenzará su... adiestramiento -continuó el abogado-. Protocolo, modales, historia familiar de los Vance, gustos y aversiones del señor Vance, respuestas preaprobadas a preguntas intrusivas. Deberá aprendérselo todo. No hay margen para el error.

El ascensor de su edificio, siempre ruidoso y temperamental, pareció quejarse más de lo usual al subir. Cuando abrió la puerta de su pequeño estudio, el contraste con la vastedad del ápice de Vance fue tan brutal que le faltó el aire. Aquí estaba su vida, condensada en 40 metros cuadrados: los planos enrollados en un rincón, los libros de diseño apilados de forma precaria, la taza de café con la frase "El caos es un orden por descifrar" que le había regalado su exsocio. Todo olía a polvo, a sueños frustrados y a humedad.

Se dejó caer en el sofá, cuyo hundimiento le había resultado alguna vez acogedor y ahora solo le parecía decadente. Abrió su bolso con manos temblorosas y sacó la copia del contrato que Thorne le había entregado. Las cláusulas, que en el despacho de Vance habían parecido una abstracción, ahora adquirían una nitidez aterradora.

"Cláusula 7: La Parte B (Olivia Green) cede todo derecho a su imagen privada y pública durante la vigencia del contrato. Toda fotografía, interacción social y aparición pública será supervisada y aprobada previamente por la Parte A (Alexander Vance)."

"Cláusula 12: La Parte B se compromete a residir en la propiedad designada por la Parte A y a no ausentarse de ella por más de doce horas consecutivas sin autorización expresa por escrito."

"Cláusula 15: Cualquier contacto íntimo o romántico con terceros, real o percibido, constituirá una violación grave y supondrá la terminación inmediata del contrato y la reclamación total de los fondos adelantados."

Eran las cadenas. Cadenas de seda, forradas en dinero, pero cadenas al fin. Lo más perturbador era la "Cláusula 3: Disposición Emocional", que detallaba con precisión quirúrgica la prohibición de desarrollar "apego emocional, dependencia afectiva o sentimientos románticos" hacia Alexander Vance. Era como firmar un acuerdo para no respirar bajo el agua.

Un golpe seco en la puerta la sobresaltó. -¡Olivia! ¡Abre, sé que estás ahí! -era la voz áspera del señor Rossi.

El pánico, un viejo conocido, se apoderó de ella. Antes, esa voz la habría paralizado. Ahora, una fría y nueva determinación se abrió paso a través del miedo. Se levantó, se enderezó la postura y abrió la puerta.

Rossi estaba al otro lado, con la misma sonrisa desagradable. -¿Tienes mi dinero, cariño?

-No -dijo Olivia, y la palabra sonó liberadora.

La sonrisa de Rossi se desvaneció. -¿Qué quieres decir con que no?

-Quiero decir que no le pagaré -respondió ella, manteniendo la voz sorprendentemente serena-. Ni a usted ni a ningún otro acreedor. Considere su deuda saldada.

Rossi soltó una carcajada incrédula. -¿Saldada? ¿Con qué? ¿Con tus lindos dibujitos?

-Eso no es asunto suyo -Olivia sintió cómo el poder de la situación cambiaba, impulsado por la invisible pero omnipresente sombra de Alexander Vance-. Recibirá una notificación formal de su abogado en las próximas horas. Ahora, si me disculpa, tengo que empacar.

La expresión de Rossi pasó de la burla a la confusión y luego a una rabia impotente. -¿Abogado? ¿Qué tramas, niña? ¡Esto no se va a quedar así!

-Creo que sí -respondió Olivia, y cerró la puerta lentamente en su cara, el golpe de la madera contra el marco sonó como un punto final.

Se apoyó contra la puerta, el corazón latiéndole con fuerza. No era valentía, lo sabía. Era el reflejo prestado de un poder que no era suyo. Pero, por primera vez en meses, no se sentía impotente.

Al día siguiente, tal como Thorne había prometido, un equipo de tres personas impecablemente vestidas llegó a su puerta. Empacaron toda su vida en cajas de cartón reforzado con una eficiencia deshumanizante. No hicieron preguntas. No emitieron juicios. Solo trabajaban.

-Señorita Green -dijo la líder del equipo, una mujer de mediana edad con el pelo recogido en un moño severo-. El señor Thorne nos ha encargado que la llevemos directamente a la residencia Vance. Su nuevo guardarropa ya ha sido provisto allí.

Su nuevo guardarropa. Las palabras resonaron en su mente mientras el coche negro se alejaba de su edificio por última vez. No miraba hacia atrás. No podía permitirse el lujo de la nostalgia. Se dirigía a su nueva vida, a su nueva celda, a su nuevo papel.

La "residencia" resultó ser un penthouse de tres plantas en uno de los edificios más exclusivos de Upper East Side, con vistas al Central Park. Pero a diferencia del despacho de Vance, aquí había un intento de calidez: muebles de líneas limpias, pero en maderas cálidas, obras de arte abstractas en tonos tierra, alfombras gruesas que amortiguaban el sonido. Era una prisión de cinco estrellas, diseñada para ser lo suficientemente cómoda como para que no intentara escapar.

Una mujer mayor, de rostro amable, pero con una postura rigurosa, la esperaba en la entrada. -Bienvenida, señorita Green. Soy Eleanor, la ama de llaves. El señor Vance ha indicado que debe familiarizarse con la casa. Su habitación está en la segunda planta. Le ruego que evite el ala este, es la suite privada del señor Vance.

La suite privada. Por supuesto. Incluso en su propia prisión, habría territorios vedados.

Su habitación era enorme, con un baño de mármol y un vestidor que contenía una colección de ropa de diseñador, todas etiquetadas con su talla exacta. Nada de ello era de su gusto. Eran armas de un arsenal, herramientas para un personaje.

En la mesita de noche, junto a una lámpara de diseño, había un dosier grueso. La portada decía: "Manual de Conducta: Familia Vance". Olivia lo abrió por la primera página.

"Regla 1: Bajo ninguna circunstancia debe contradecir al señor Vance en público."

"Regla 5: El contacto físico se limitará a lo estrictamente necesario para mantener las apariencias. La mano en la espalda, el brazo entrelazado. Nada más."

"Regla 12: Nunca hable de su pasado. Usted es Olivia Vance ahora. Una historiadora del arte de familia acomodada. Memorice el background proporcionado."

Dejó el dosier sobre la cama, sintiendo el peso del papel como si fuera de plomo. Se acercó a la ventana, mirando el atardecer teñir de naranja y púrpura los rascacielos del otro lado del parque. En algún lugar de esta misma ciudad, Alexander Vance seguía con su vida, dirigiendo su imperio, sin darle probablemente ni un pensamiento. Para él, ella era un recurso, un activo, una pieza en el tablero.

Para ella, él se había convertido en el eje alrededor del cual giraba su existencia. Una existencia prestada, regulada por cláusulas y manuales.

Tomó una de las blusas nuevas, de seda color marfil, y la sostuvo contra su cuerpo frente al espejo. La mujer que le devolvía la mirada tenía su rostro, pero la ropa, la postura, la vida... todo era ajeno. Olivia Green, la diseñadora, se estaba desvaneciendo. ¿Quién emergería en su lugar al final de esos doce meses?

Una sola palabra, fría y clara, resonó en el silencio de la lujosa habitación.

-Actriz -susurró para sí misma.

Y la función estaba a punto de comenzar.

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