Me llamo Isabella Montoya y mi vida estaba destinada a un matrimonio arreglado.
Para salvar a mi familia, me casé con Alejandro Torres, el heredero del imperio vinícola rival.
Lo que nadie sabía, ni siquiera él, era que, desde niña, yo lo amaba en secreto.
Pero Alejandro me detestaba.
Desde el primer día, me humilló frente a los demás.
En nuestra boda, me entregó una jaula vacía, diciendo que era para que recordara lo que era la libertad.
Los años que siguieron fueron un infierno silencioso.
Él no se molestaba en ocultar sus infidelidades, riéndose de mi dolor.
Incluso, encontré a su amante usando un valioso collar de diamantes de mi abuela, que él me había quitado "para protegerlo".
Luego, cuando la enfermedad me consumía, y mi rostro apenas podía ocultar el dolor, su maldad se tornó indescriptible.
Acepté el divorcio, pidiendo solo mi "libertad", pero antes le pedí que me acompañara a cumplir cinco últimas "promesas".
Cada una fue una nueva humillación, un nuevo tormento.
La última, una cena preparada por él, terminó en una tortura pública.
Su amante, Lucía, me arrancó la peluca, revelando mi cabeza calva por la quimioterapia.
Y mi propio esposo, sin dudarlo, destrozó los restos de mi peluca, jurando con desprecio: "¡Te odio, Isabella!".
¿Cómo podía alguien caer tan bajo, destruyendo el último vestigio de dignidad de una mujer moribunda?
Esa noche, morí en vida.
Poco después, mi cuerpo me abandonó.
Él pensó que se había librado de mí y de todos mis secretos.
Pero lo que ignoraba era que "La Cuentera del Valle"-mi seudónimo secreto como escritora-había dejado un diario.
Un diario lleno de verdades que transformarían su vida en una pesadilla de arrepentimiento y locura.
Mi venganza silenciosa apenas comenzaba.
Los Montoya y los Torres eran las dos familias más influyentes en la región vinícola.
Una en Mendoza, la otra en San Juan.
Pero los Montoya estaban en decadencia, sus viñedos endeudados.
Los Torres, en cambio, expandían su imperio sin piedad.
Isabella Montoya y Alejandro Torres eran los herederos.
Y eran los únicos candidatos para un matrimonio arreglado que salvaría a los Montoya y consolidaría a los Torres.
Se odiaban. O al menos, eso parecía.
Alejandro lo dejó claro desde el principio.
"No me casaré con ella."
Su padre, un hombre implacable, no aceptó un no por respuesta.
"Lo harás. Es por el bien de la familia Torres."
Isabella, para sorpresa de todos, especialmente de Alejandro, aceptó.
"Lo haré."
Su voz era tranquila, pero había un brillo desafiante en sus ojos.
Alejandro la miró, desconcertado. Esperaba lágrimas, súplicas. No esta calma.
La boda fue un evento opulento en una de las bodegas más grandes de los Torres.
Fría, sin alegría.
Llegó el momento del brindis.
Alejandro se levantó, copa en mano. Todos esperaban palabras de amor, o al menos, de compromiso.
En lugar de eso, un sirviente trajo una jaula para pájaros. Vacía.
Alejandro se la entregó a Isabella frente a todos los invitados.
"Para que al menos algo en esta casa recuerde lo que es la libertad."
La humillación fue pública, brutal.
Isabella tomó la jaula. Sus manos no temblaron.
Miró a Alejandro, luego a los invitados.
"Gracias, Alejandro. Es un recordatorio de que incluso en una jaula, se puede encontrar la manera de cantar."
Su voz fue serena, su sonrisa enigmática.
La tensión en la sala era palpable. Alejandro la miró con furia contenida. Ella no se había roto.
Más tarde, en la soledad de su nueva habitación, Alejandro la enfrentó.
"Te arrepentirás de esto, Isabella. Te haré la vida imposible."
Ella simplemente lo miró.
"Ya lo haces, Alejandro. Pero subestimas mi capacidad de resistencia."
Pasaron los años. Un infierno silencioso para Isabella.
Alejandro cumplió su promesa.
La primera infidelidad fue a los seis meses. Una modelo de Buenos Aires.
Isabella lo descubrió por una foto en una revista de chismes.
La segunda, un año después. Una joven actriz.
Isabella encontró mensajes en su teléfono.
La tercera, la cuarta, la quinta... Perdió la cuenta.
Él no se molestaba en ocultarlo. Parecía disfrutar de su dolor.
Una tarde, Isabella regresó a la estancia principal de los Montoya.
Ya casi era propiedad de los Torres por las deudas.
Escuchó risas desde el salón.
Entró.
Alejandro estaba allí, con su amante de turno.
Una mujer rubia, con joyas ostentosas.
Estaban bebiendo vino, riendo a carcajadas.
La habitación olía a perfume caro y a la humillación de Isabella.
La mujer llevaba un collar de diamantes.
Isabella lo reconoció. Había sido de su abuela.
Una joya que Alejandro le había quitado con la excusa de "ponerla a salvo".
Alejandro la vio. Su sonrisa se ensanchó, cruel.
"Vaya, vaya. Mira quién está aquí."
Se levantó, rodeó con el brazo a la amante.
"¿No te gusta la compañía, Isabella? Ella es mucho más divertida que tú."
La mujer la miró con desdén.
"¿Por qué sigues aquí? ¿Por qué no te divorcias si tanto sufres?" preguntó Alejandro, burlón.
Isabella sintió un dolor agudo en el pecho, pero su rostro permaneció impasible.
Estaba pálida, más delgada. La enfermedad avanzaba.
"De hecho, Alejandro," dijo con voz clara, "acepto el divorcio."
Alejandro parpadeó, sorprendido.
Luego, una expresión de triunfo iluminó su rostro.
"¿De verdad? ¿Tan fácil? ¿Sin pedir nada?"
Esperaba una batalla, reclamos, lágrimas.
"Sin pedir nada," confirmó Isabella.
"Bueno, casi nada."
Isabella sacó unos papeles de su bolso. Un acuerdo de divorcio.
Ya redactado, listo para firmar.
Alejandro lo tomó, incrédulo.
Lo leyó por encima. Sus cejas se alzaron.
"¿No quieres la mitad de mis bienes? ¿Ni siquiera la parte que te corresponde de los viñedos Montoya que ahora son míos?"
La familia Montoya estaba en la ruina total. Ella no tenía nada.
"No quiero tu dinero, Alejandro."
Su voz era firme.
"Solo quiero mi libertad."
Alejandro la miró, buscando alguna trampa.
No la encontró.
Una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro.
"Perfecto."
Tomó una pluma y firmó con un trazo rápido y decidido.
"Ahora mismo llamo a mis abogados. Mañana a primera hora iniciamos los trámites."
Isabella asintió, un leve mareo la invadió. Se apoyó discretamente en una silla.
"Bien."
"No te arrepentirás, ¿verdad?" preguntó Alejandro, casi con burla.
"No lo haré," dijo ella.
"Yo tampoco," replicó él, con una sonrisa cruel. "Será un placer deshacerme de ti."
Al día siguiente, en la oficina del abogado, todo fue rápido.
Los papeles se firmaron. Había un plazo legal, un período de reflexión de dos meses antes de que el divorcio fuera definitivo.
Alejandro estaba eufórico.
Cuando salieron, él se detuvo.
"Bueno, Isabella. Ha sido... un matrimonio interesante." Su tono era sarcástico.
"Si necesitas ayuda para encontrar un nuevo marido, no dudes en pedírmela. Aunque dudo que alguien te quiera."
Isabella lo miró. Una extraña calma la envolvía.
"Gracias por la oferta, Alejandro. La tendré en cuenta."
Él se quedó desconcertado por su serenidad. Esperaba una última confrontación, lágrimas.
Ella simplemente se dio la vuelta y comenzó a caminar.
Dos meses.
El plazo del divorcio.
El tiempo que le quedaba de vida.
El cáncer de páncreas no esperaba a nadie.
Isabella caminó sin rumbo por las calles de Mendoza.
El diagnóstico del médico resonaba en su cabeza. "Cáncer de páncreas agresivo. Unos dos meses, quizás menos."
Dos meses.
El mismo tiempo que el período de reflexión del divorcio.
Una ironía cruel del destino.
Recordó la primera vez que sintió la humillación profunda de Alejandro.
Fue poco después de la boda.
La familia Montoya ya enfrentaba serias dificultades financieras.
Su padre, un hombre orgulloso pero quebrado, había intentado hablar con Alejandro, pedir una prórroga, una ayuda.
Alejandro lo había recibido en su despacho, con Isabella presente.
Escuchó a su suegro con una sonrisa displicente.
Luego, miró a Isabella.
"¿Y tú qué opinas, querida? ¿Debería ayudar a tu padre a salvar lo poco que queda de su 'imperio'?"
Isabella había suplicado con la mirada.
Alejandro se rio.
"No. Que aprendan a manejar sus negocios. Los Montoya siempre fueron unos incompetentes."
Luego, delante de su padre y de ella, llamó a su amante de turno y concertó una cita para cenar, describiendo con detalles lujosos el restaurante y el vino que pedirían.
Su padre se marchó con la dignidad hecha jirones. Isabella sintió que algo se rompía dentro de ella.
Y la humillación en su propio hogar.
Una noche, Alejandro llegó tarde, borracho.
No estaba solo.
La llevó a su habitación, la habitación matrimonial.
Isabella estaba en la cama, fingiendo dormir, el corazón latiéndole con fuerza.
Escuchó sus risas, sus besos, los sonidos de la intimidad.
En su propia cama.
Quiso gritar, llorar, enfrentarlos. Pero el miedo y la desesperanza la paralizaron.
Sintió que se ahogaba.
La sociedad mendocina comentaba en susurros.
"Pobre Isabella, casada con ese monstruo."
"Pero ella tampoco lo quiere, siempre están peleando."
Nadie sabía la verdad. Nadie sabía que Isabella, a pesar de todo, había estado enamorada de Alejandro desde su juventud.
Un amor secreto, imposible, alimentado por la esperanza ingenua de que algún día él cambiaría.
Un día, Alejandro encontró un pequeño anillo de plata en el joyero de Isabella.
Era un anillo sencillo, sin valor. Se lo había regalado él, a regañadientes, en uno de sus primeros aniversarios, solo porque su madre lo había presionado.
Isabella lo guardaba como un tesoro.
Estaban en la habitación, en uno de esos raros momentos en que no había tensión, solo un silencio incómodo.
Él lo tomó.
"¿Todavía guardas esta baratija?"
Isabella sintió un nudo en la garganta.
"Significa algo para mí," susurró.
Alejandro la miró con burla.
"¿Qué puede significar? ¿Un recordatorio de nuestro maravilloso matrimonio?"
Luego, con una crueldad calculada, añadió:
"No te hagas ilusiones, Isabella. Nunca te he amado. Nunca te amaré."
Las palabras fueron como cuchillos.
Ella no respondió. Solo bajó la mirada, ocultando el dolor.
El odio de Alejandro tenía un origen. Lucía Navarro.
Su amor de juventud.
La familia de Alejandro se había opuesto a esa relación. Lucía no era de una familia "adecuada".
El matrimonio arreglado con Isabella fue la forma de separarlos definitivamente.
Alejandro culpaba a Isabella y a su familia por la partida de Lucía, quien supuestamente se había ido a estudiar a Europa.
Pero la verdad, que Isabella descubriría mucho después, era diferente.
Isabella a veces intentaba provocarlo, iniciar una discusión.
Cualquier cosa era mejor que la indiferencia.
Pensaba que si él se enojaba, al menos sentiría algo por ella.
Pero sus intentos eran torpes, malinterpretados.
Él solo veía en ella a una mujer amargada, resentida.
"Eres patética, Isabella," le decía.
Ahora, el divorcio era inminente.
Alejandro lo celebró publicando una foto en sus redes sociales.
Él, sonriente, con una copa de champagne. El texto: "¡Finalmente libre!"
Los comentarios eran de felicitación, de alivio.
"¡Ya era hora, Ale!"
"Esa mujer era una carga para ti."
Isabella vio la publicación. Sintió una punzada de dolor, pero también una extraña liberación.
Uno de los amigos de Alejandro comentó:
"¿Estás seguro de que no es una trampa? Es raro que acepte el divorcio tan fácilmente y sin pedir nada."
Alejandro leyó el comentario. Una sombra de duda cruzó su rostro.
Llamó a Isabella.
"¿Qué estás tramando, Isabella?"
Su voz era dura, desconfiada.
Isabella estaba en su habitación, mirando por la ventana. La debilidad la invadía.
Sonrió con tristeza.
"Sí, Alejandro. Es una estratagema." Su voz sonó juguetona, casi coqueta, ocultando el temblor de sus manos.
Él se quedó en silencio, desconcertado.
"¿Y qué piensas hacer al respecto?" desafió ella, antes de colgar.
Dejó el teléfono. Las lágrimas finalmente rodaron por sus mejillas.
Su plan estaba en marcha. Cinco promesas. Cinco actos antes del último adiós.