La princesa Isabella de Valencia era la más joven de tres hermanos. Su hermano mayor, el príncipe Alexander, era el heredero al trono y siempre había sido serio y responsable. Tenía la habilidad de controlar la magia del fuego, igual que su padre, el rey.
Su hermano mediano, el príncipe Gabriel, era un poco más relajado y siempre había sido el favorito de sus padres. Tenía la habilidad de controlar la magia del agua, igual que su abuela materna.
Isabella, por otro lado, siempre había sido la rebelde de la familia. Le gustaba montar a caballo y explorar los bosques que rodeaban el castillo, en lugar de quedarse en el interior tejiendo y bordando como se esperaba de una princesa. Pero lo que realmente la hacía destacar era su habilidad única para dominar múltiples tipos de magia: la luz, la oscuridad, la naturaleza y la curación. Era la única en su familia que había heredado la magia de su madre, la reina, quien tenía la habilidad de controlar la magia de la naturaleza.
Isabella había conocido al príncipe Henry de Montague cuando ambos tenían diez años. Se habían encontrado en un torneo en el que sus padres eran invitados de honor. Henry tenía la habilidad de controlar la magia del aire, y desde ese momento, se habían convertido en inseparables. Henry era el único que entendía a Isabella y la apoyaba en todo lo que hacía.
La princesa Isabella tenía el cabello largo y oscuro, como su madre, la reina Sofía. Sus ojos eran verdes, como los de su padre, el rey Enrique. Era delgada y alta, con una piel suave y pálida, una princesa muy hermosa.
Su hermano mayor, el príncipe Alexander, era alto y fuerte, con el cabello rubio y los ojos azules. Tenía una barba bien definida y una sonrisa segura.
Su hermano mediano, el príncipe Gabriel, era más bajo y delgado que Alexander, con el cabello castaño y los ojos marrones. Tenía una sonrisa pícara y una mirada traviesa.
La reina Sofía era una mujer hermosa, con el cabello largo y oscuro, como su hija Isabella. Tenía los ojos verdes y una piel suave y pálida. Era elegante y refinada, con una sonrisa cálida y una mirada amable.
El rey Enrique era un hombre fuerte y seguro, con el cabello gris y los ojos verdes. Tenía una barba bien definida y una sonrisa autoritaria.
Un día, la familia real se reunió en el salón del trono para discutir un asunto importante. Isabella estaba sentada entre sus hermanos, escuchando atentamente a sus padres.
"Isabella, hija mía, debes aprender a controlar tus poderes", dijo la reina Sofía, mirándola con preocupación. "No podemos permitir que tus habilidades mágicas te dominen"." La corte pensará que no eres digna de portar todo tipo de magia, que eres un peligro mismo con el simple hecho de respirar, y debes dejar de comportarte como algo que no eres, por los dioses eres una princesa".
"Sí, madre", respondió Isabella, asintiendo con la cabeza. Sin contestarle todo lo que se le pasaba por su mente
"Y tú, Alexander, debes aprender a ser más diplomático", agregó el rey Enrique, mirando a su hijo mayor. "Un rey debe saber cómo negociar y resolver conflictos sin recurrir a la fuerza".
"Sí, padre", respondió Alexander, asintiendo con la cabeza.
Gabriel se rió y dijo: "Yo soy el único que no necesita aprender nada. Ya soy perfecto".
Todos se rieron, y la tensión se disipó. La familia real continuó discutiendo, pero con una atmósfera más relajada.
•Isabella~
Hoy fue un día como cualquier otro en el Reino de Valencia, donde mi padre, el rey Enrique, gobierna con sabiduría y justicia. Me desperté temprano, como siempre, y me sentí... diferente. Mi magia me hace sentir así, como si tuviera un poder dentro de mí que no puedo controlar, como si mi propia magia tuviera vida y una conciencia propia.
Me miré en el espejo y vi a una joven de 17 años con el cabello largo y oscuro, y los ojos verdes que brillan con una luz misteriosa. Me siento como si no encajara en este mundo, como si fuera una pieza que no pertenece al puzzle.
Bajé al desayuno y encontré a mis hermanos, Alexander y Gabriel, ya sentados a la mesa. Alexander, el mayor, siempre tan serio y responsable, me miró con preocupación. "Isabella, debes aprender a controlar tus poderes", me dijo. "No debes permitir que te dominen".
Gabriel, el mediano, se rió y dijo: "No te preocupes, Isabella, tú eres la única que puede hacer que las flores crezcan con solo tocarlas, no deberías de sentirte tan presionada por lo que mamá o la corte dicen, tu sola debes llevar tu propio ritmo, mira que tener que manejar varios tipos de magia no ha de ser muy fácil como lo proyecta la corte". Me sonreí, agradecida por su apoyo a veces siente que es el único al que de verdad le importo.
Después del desayuno, fui a practicar mi magia en el jardín. Me sentí frustrada, como siempre, porque no puedo controlarla. Mi padre dice que es un don, pero a veces siento que es una maldición.
Cuando terminé, fui a buscar a mis hermanos. Encontré a Alexander en la biblioteca, estudiando para ser un gran rey como nuestro padre. Gabriel estaba en el patio, practicando su espada.
Me senté con ellos y hablamos de nuestras vidas, de nuestros sueños y miedos. Me siento afortunada de tener hermanos como ellos, que me apoyan y me entienden.
Pero, a veces, siento que no encajo en esta familia. Que soy la única que no pertenece. Mi magia me hace sentir así, las miradas que algunas personas de la corte me dan me hacen sentir muy fuera de lugar, como si con sus miradas me dijeran que este no es mi lugar.