Lo primero que vi al asomarme por la puerta fue una calavera que habían apoyado sobre el escritorio junto a una rosa blanca y una pluma. El profesor observaba la escena con satisfacción detrás de unas gruesas gafas que se oscurecían con la luz.
-¡Buenos días! -lo saludé y me dirigí hacia mi lugar habitual ubicado en el fondo del salón de Arte, justo detrás de Lorena, que dibujaba concentrada con su cabello negro rozando la hoja.
Una vez que todos estuvimos en nuestros asientos, el docente acarició su barba incipiente y dijo:
-El viernes tuve que ir al médico, por lo que les pedí a los chicos de quinto año que vinieran hoy para que podamos recuperar la clase que perdimos. Junten los bancos de a dos. Vamos a estar algo apretados, pero no importa.
Me quedé sentada mientras mis compañeros de cuarto año arrastraban los bancos de la forma más ruidosa posible y el profesor explicaba algo que no me molesté en escuchar. Fue entonces cuando lo vi por primera vez. No podía creer que no hubiera reparado antes en su presencia. No entendía cómo no lo había visto en los recreos o en la entrada, si era exactamente el tipo de chico que me gustaba. Alguien que podría llevarme en motocicleta a un concierto de rock, pero que difícilmente me animaría a presentarle a mis padres. Tenía el cabello rapado de un costado y un flequillo largo y negro que le caía del otro. El piercing de su ceja emitió un destello casi mágico cuando pasó por debajo de los tubos de luz del salón.
Caminó hasta uno de los pupitres con esa actitud que tenía de comerse el mundo y cuando llegó a él lo arrastró hasta colocarlo exactamente junto al mío. Si las personas fueran bloques de hielo, en ese momento me hubiera derretido.
-¿Tenemos que copiar eso? -preguntó y su voz levemente áspera hizo que me diera vértigo.
No podía creer que estuviera junto a mí, hablándome.
-Me parece que sí -respondí, aunque no había escuchado ni una palabra de la explicación del docente.
Durante la clase, hice mi mejor esfuerzo por enfocarme en mi dibujo. Intentaba disimuladamente observar a mi compañero para memorizar los finos detalles de su perfil. Tenía la nariz apenas respingada, lo que confería una pizca de ternura a su apariencia rebelde. Cada vez que mi mirada se cruzaba con sus oscuros ojos, me apresuraba a dirigir la vista hacia mi dibujo.
-El tuyo es el mejor de toda la clase -me dijo en voz baja.
Sentí que mi corazón se detenía por un instante y que volvía a latir con más fuerza que nunca. Tardé una fracción de segundo en recordar cómo usar las palabras y dije:
-¡Gracias! ¡El tuyo también es muy bonito!
Cuando me detuve a ver su trabajo, me di cuenta de que no era verdad lo que le acababa de decir. Su versión de la calavera parecía una cara sonriente y su rosa tenía más bien apariencia de margarita. Aunque intenté contenerme, rompí a reír a carcajadas y deseé que el suelo me tragase. Por fortuna, él no se tomó a mal la situación e incluso le contagié la risa.
-¡Pérez y Aranda! -gritó el profesor para reprendernos.
Su apellido era muy lindo. A mí nunca me había gustado el mío porque lo consideraba demasiado común. Sin embargo, si me casaba con él, podría tomar el suyo. De acuerdo, estoy exagerando. No estaba planeando nuestra boda, pero sí me había parecido muy guapo.
Cuando escuché el timbre temí que no volviéramos a vernos. Por fortuna, antes de irse me dijo:
-Hoy a las seis me junto con unos amigos en la plaza que está cerca del cole. Te digo, por si te interesa venir, Pérez.
Esa tarde vacié mi armario hasta encontrar la ropa perfecta: unos jeans ajustados y una remera azul de mangas largas con un escote pronunciado. Llegué a la plaza unos minutos antes de la hora pactada y como no lo encontré, caminé unas cuadras a la redonda. De ese modo, podría estar allí un poco más tarde y no parecería tan desesperada por verlo.
Cuando regresé, lo vi en un banco sentado en medio de dos amigos. Llevaba una campera de cuero que le quedaba muy bien y tenía una botella de cerveza en la mano.
-Hola -saludé con timidez y los tres muchachos me miraron.
-¿Vos sos...? -dijo con una expresión de total indiferencia.
-Maya... Maya Pérez, de la clase de arte -respondí al borde de las lágrimas.
-Ah, sí... ¿Un trago? -preguntó extendiendo la botella hacia mí.
-No, gracias. Solo pasaba a saludar -dije y me fui.
No sé por qué su actitud me había afectado tanto, pero comencé a llorar en silencio mientras caminaba despacio en dirección a la parada.
En la mitad de la plaza, Aranda me detuvo apoyando una mano sobre mi hombro. No me había dado cuenta de que me estaba siguiendo y aunque intenté disimular que estaba llorando, él lo notó y dijo:
-Era una broma. ¿Cómo no voy a saber quién sos, si yo te invité?
No me pidió perdón y yo me sentí tonta por no haber entendido que solo estaba bromeando. Regresé y pese al mal rato que había pasado al principio, me presentó a sus amigos, Carlos, alto moreno y regordete, y Julián, que tenía una sonrisa traviesa detrás de un montón de rulos color castaño claro que le cubrían parte del rostro. Me cayeron bastante bien y terminamos teniendo una tarde agradable en la que bromeamos mientras ellos bebían.
-Perdón, pero ya es muy tarde. Va a ser mejor que me vaya -dije al ver que comenzaba a caer el sol.
-¡Quedate un rato más! -pidió él mirándome con ojos de cervatillo bebé.
-Es que si llego tarde, me van a matar en mi casa -dije con pesar, pasándome una mano por mis enmarañados rizos castaños.
-Hagamos una cosa, si te quedás unos minutos más, yo después te llevo a tu casa en auto. Vas a llegar muchísimo antes que si tomás el colectivo.
Quería quedarme con ellos, pero aunque me moría de ganas de viajar con él, no me parecía prudente ya que había estado bebiendo.
-No sé... ¿No tomaste bastante como para manejar? -pregunté señalando las cinco botellas vacías que había alrededor de nuestro banco.
-No te preocupes, soy el que menos bebió y soy muy buen conductor -explicó.
Al ver que yo dudaba, Julián, acomodando su cabello rizado, dijo:
-Conozco a Gonza desde hace años y es muy criterioso. Si sintiera que no puede manejar, no se arriesgaría a hacerlo y mucho menos si va a llevar a alguien como vos.
Aunque mi sexto sentido me instaba a tomar el colectivo, accedí a quedarme un poco más y a que después él me llevara hasta mi casa. Cuando abandonamos la plaza ya estaba oscuro. Me había excedido bastante de mi hora de llegada permitida.
Le envié un mensaje de texto a mi papá diciéndole que estaba bien y que me llevaban en auto. Su respuesta fueron tres emojis de caritas enojadas que viraban del amarillo al rojo furioso.
-¿Todo bien? -me preguntó Gonzalo Aranda abriéndome la puerta de su coche.
-Sí -mentí y me subí a su auto azul que era un pequeño y antiguo escarabajo, pero para pertenecer a alguien de diecisiete o dieciocho años que iba a una escuela pública, no estaba nada mal.
Gonzalo conducía manteniéndose por debajo de la velocidad máxima permitida, lo que me alivió mucho.
Cuando doblamos en la esquina de mi casa mi papá me esperaba en la vereda con los brazos cruzados y una expresión de pocos amigos. Me puse pálida apenas lo vi.
-¡No me digas que ese es tu viejo!
-¡Ay, no! Mejor me bajo acá.
Sentía una sensación de miedo y vergüenza arremolinándose en la boca de mi estómago.
-Le voy a decir a tu papá que fue mi culpa que se nos haya hecho tarde, así no se enoja con vos.
-No, por favor. No lo conocés... Va a ser peor... -rogué en vano.
Gonzalo estacionó frente a mi casa, se bajó del auto y mi papá fue a su encuentro antes de que yo pudiera reaccionar. No imaginaba que pudiera haber un peor escenario que ese. Jamás había llevado un chico a casa y por las cejas a punto de tocarse de mi padre intuía que no aprobaba a mi... llamémosle amigo, por el momento.
-¿Les parece que esta es hora de llegar? -gruñó mi padre haciendo que temblaran sus canosos bigotes.
Entonces Gonzalo respondió de la peor manera:
-Son apenas las ocho y cuarto.
Aquello descolocó a mi padre que por un instante abrió mucho los ojos.
-¡Maya! ¿Quién es este mamarracho?
-Eh... Es Gonzalo. Es del colegio...
-¡Más le vale tener registro!
El mundo giraba demasiado rápido y sentí que estaba a punto de desmayarme.
-Claro que tengo...
-¡Encima está borracho!
El aliento a cerveza de Gonzalo lo había delatado. No había nada más que decir ni forma de arreglar la situación, por lo que se despidió como pudo y se marchó dejándome a solas con mi padre.
Una vez que entramos a la sala, ya sin la presencia de Gonzalo, no fui capaz de contener las lágrimas. Escuché los gritos de mi padre y me limité a asentir con la cabeza o responder con algún monosílabo, aunque me sentía humillada por lo injusto de la situación, ya que la mayoría de mis compañeras salían con muchachos desde hacía ya bastante tiempo. Tenía edad suficiente como para tomar mis propias decisiones y elegir con quién podía estar. Si me equivocaba, aprendería de mis errores. Claro que mis padres no lo veían de ese modo.
Mi madre también estaba allí, y aunque no me dijo nada pude ver en sus enrojecidos ojos miel, tan parecidos a los míos, que la había decepcionado. Aquello me dolió más que cualquier grito.
Me quitaron el teléfono y me castigaron por un mes. Una condena que no supe respetar. El celular me lo devolvió en secreto mi madre al día siguiente. No estaba de acuerdo con el castigo de mi papá, porque consideraba que era mejor que yo tuviera forma de comunicarme con ella cuando saliera del colegio. Si bien nunca se oponía a él, quizás por miedo, algunas veces me apoyaba en secreto.
Además, funcionaron los argumentos que le di sobre la necesidad de mis aportes en los trabajos grupales que nos mandaban los profesores. Si no iban a permitir que me reuniera con mis compañeras a hacer la tarea, necesitaba un medio por el cual enviarles información. Mis buenas calificaciones dependían de ese pequeño aparato.
Todo mi mundo giraba entre mi casa y la escuela, donde estaban prácticamente todas las personas a las que conocía. Con Gonzalo comencé, poco a poco, una relación especial. En algunos recreos no solo venía a saludarme y se quedaba hablando conmigo, sino que actuaba como si fuéramos muy cercanos: me rodeaba con un brazo en presencia de otras personas, me decía algún que otro cumplido y me regalaba aquella sonrisa suya de quien sabe cómo seducir. Sin embargo, en otras ocasiones se mostraba indiferente como si le aburriera o le molestara mi presencia e incluso había días en los que me esquivaba por completo.
Durante la tercera semana de mi castigo, Julián, uno de los amigos de Gonzalo, me invitó a su cumpleaños. Le dije amablemente que no podía ir y todo podría haber quedado ahí.
-¿Por qué no vas a ir a la fiesta del sábado? -me preguntó Gonzalo durante el segundo recreo, parecía consternado.
-No puedo, estoy castigada -respondí con pesar.
-No podés no ir. Después de lo que me costó que Julián te invitara. No le parecía buena idea invitar a alguien de tu curso, pero lo convencí de que sos distinta, que sos una piba madura y bastante copada para tu edad.
No estaba segura de si debía tomar sus palabras como un halago o como un insulto. Respondí de la manera más neutral posible:
-Me encantaría ir, pero no puedo.
-Bueno... es una pena. Me moría de ganas de estar con vos. Supongo que puedo invitar a alguna otra chica -soltó, se dio la vuelta y empezó a caminar con las manos en los bolsillos.
Sus palabras fueron como un balde de agua fría.
-Creo que puedo encontrar la forma de ir aunque sea una hora o dos -dije con un hilo de voz.
No había forma de convencer a mis padres de que me dejaran ir, pero tampoco estaba dispuesta a permitir que Gonzalo se fuera con otra solo por un estúpido castigo.
-¡Buenísimo, Pérez! ¡Nos vemos el sábado! -dijo sin voltearse.
Llegó el fin de semana, y como sabía que no me dejarían salir, esperé a que mis padres se durmieran y me escapé de casa. Era tarde, hacía frío y no había nadie en la calle. Sabía que podía pasarme cualquier cosa y mi lado racional me gritaba que regresara en ese instante. Ignoré mi instinto de supervivencia y llamé a Gonzalo.
-Hola.
-Gonzalo, soy Maya. Necesito pedirte un favor. ¿Me podés pasar a buscar por la esquina de mi casa para ir a la fiesta de Julián? -pregunté en un susurro aunque sabía que nadie iba a escucharme.
-¿Qué? ¿Ahora? ¿Te escapaste?
-Sí, bueno... No te preocupes. Si es mucho lío, vuelvo a mi casa y ya fue.
-No, no te vayas. En diez o quince minutos estaré por allá -dijo y colgó.
Esperé temblando por el frío y el miedo. Si mis padres se enteraban, iba a tener muchos problemas, si previo a eso algún loco no me secuestraba y me mataba antes de que llegara Gonzalo.
-¡Gracias a Dios! -exclamé cuando vi su auto.
Rodeé el escarabajo azul y me senté en el asiento del acompañante. Gonzalo me saludó con un beso en la comisura de la boca, algo que me hizo sonrojar. Noté que había bebido.
-¿Cómo estás? -pregunté acercando mis manos a la calefacción para recuperar la sensibilidad de las yemas de los dedos.
-Ahora que te veo, mejor. Pensé que no ibas a venir.
-Me estoy jugando la vida. Si mi papá se entera, me mata -confesé.
-Por suerte, no se va a enterar -dijo retirando una mano del volante para acariciar el dorso de mi mano.
Aquel gesto de cariño duró apenas un instante, pero me hizo sentir reconfortada como si le importara.
Nos recibió Julián y yo le deseé feliz cumpleaños. El chico tenía un vaso con alguna bebida alcohólica que no supe distinguir y el andar de quien ya ha bebido mucho. Nos condujo hasta la terraza en la que estaba teniendo lugar la fiesta.
Sonaba cumbia a todo volumen a través de unos parlantes que producían cierto sonido metálico. Reconocí a varios de los compañeros de Julián y Gonzalo entre una veintena de adolescentes que bailaban o se juntaban en grupos más pequeños para conversar. Carlos estaba haciendo el ridículo intentando balancear una lata vacía sobre su cabeza.
Gonzalo me dijo algo que no fui capaz de escuchar a causa de la música estridente. Luego me tomó de la mano para guiarme a través de la gente hasta una mesa en la que había frituras, bebidas y vasos dispersos.
-¿Querés algo de tomar?
Yo no bebía alcohol y no parecía haber nada más, por lo que respondí:
-No, gracias. Estoy bien.
Él abrió una lata de cerveza y volvió a tomarme de la mano para atravesar la multitud.
-¿Vamos al techo? -preguntó.
-¿Qué? -grité, pero mi voz apenas se escuchó.
Había muchísimo ruido y me sentía aturdida. Nunca me había gustado la cumbia y menos cuando sonaba demasiado fuerte y con tan mala calidad.
Nos dirigimos hacia una escalera de madera que estaba colocada contra la pared para poder acceder al techo. Gonzalo soltó mi mano, apoyó la lata de cerveza a medio tomar en el suelo y comenzó a subir con destreza. Una vez arriba, me apremió para que lo siguiera:
-¿Te vas a quedar ahí abajo?
Tragué saliva y comencé a subir. La madera humedecida, por haber permanecido a la intemperie durante quién sabe cuánto tiempo, crujía bajo mis pies. Me propuse no mirar el suelo mientras ascendía. Cuando llegué a los últimos peldaños, Gonzalo tiró de mi brazo para ayudarme y me acomodé a su lado.
Suspiré aliviada, había sobrevivido a la travesía.
-No me digas que te da vértigo -dijo burlón.
No me dio tiempo a responder. Se puso de pie y se dirigió hacia el extremo de la casa que daba hacia la calle. Mi corazón se encogió, Gonzalo estaba muy cerca del borde y había bebido. Un paso en falso y se caería del techo. Por fortuna, no ocurrió, se sentó dejando que sus piernas colgaran en el vacío y me invitó a que lo acompañara. Así lo hice.
El frío me hacía tiritar, pero estábamos más resguardados del ruido estridente y cuando me rodeó con el brazo como lo hacía a veces en el recreo, me sentí en el cielo. Me pregunté qué vería en mí alguien como él. Yo no era fea, pero no me sentía particularmente bonita. Era consciente de que Gonzalo podía salir con cualquier chica que quisiera si se lo proponía, pero por algún motivo había conseguido que me invitaran a la fiesta, me había ido a buscar hasta la esquina de mi casa y elegía estar allí a solas conmigo en lugar de pasar el tiempo con sus amigos.
-¿Te puedo besar? -preguntó sin mirarme con su voz dulce y varonil.
Aquella petición me tomó por sorpresa y me produjo vértigo. Nunca había besado a nadie, pero pensé que sería algo que se daría de forma más natural. No era que Gonzalo no me pareciera el indicado, sino que tenía la sensación de que algo le faltaba a ese momento para que fuera realmente mágico. Quizás solo era mi propia inseguridad, no lo sé.
-Sí -respondí con timidez.
Cerré los ojos cuando me miró y dejé que fuera él quien se acercara. Sentía mis latidos cada vez más acelerados y, a pesar del frío, las mejillas me ardían. Sus labios cálidos se posaron sobre los míos y su lengua buscó refugio en mi boca. Pese al sabor amargo de la cerveza, era una sensación agradable y creí con ingenuidad que era una especie de pacto implícito de que estaríamos juntos a partir de ese momento.
Cuando Gonzalo consideró que estaba lo suficientemente lúcido como para conducir, ya era tarde y los últimos invitados se estaban despidiendo mientras dejaban un auténtico basurero en la terraza donde había tenido lugar la fiesta. Por fortuna recién comenzaba a amanecer, y si tenía suerte, mis padres aún estarían dormidos.
Nos despedimos con un beso apasionado dentro del coche aparcado en la puerta de mi casa. Apenas fue uno más de los muchos que nos dimos, pero lo recordaría para siempre.
-Nos vemos el lunes -dijo y me dio una nalgada cuando me estaba bajando del auto.
Entré a la sala tratando de hacer el menor ruido posible y fui directamente a mi habitación. Si mis padres me veían entrando a hurtadillas a esas horas, y después de haberme ido de fiesta toda la noche sin su permiso, sin lugar a dudas, me matarían. La suerte estuvo de mi lado y no me descubrieron, pero sabía que estaba jugando con fuego.
El domingo pasó demasiado lento. Esperaba con ansias que llegara el lunes para volver a ver a Gonzalo, pero las horas parecían eternas. Intenté estudiar para una prueba de Historia que iba a tener en la semana, pero no lograba concentrarme.
No vi a Gonzalo en la entrada del colegio y, aunque repasé con la mirada la fila de alumnos de quinto año por lo menos en tres ocasiones, tampoco pude verlo mientras izaban la bandera. Él rara vez llegaba temprano a clases y me resigné a que no lo vería hasta el recreo. Sin embargo, aunque lo busqué por todo el patio, no lo encontré en la escuela esa mañana. Me pregunté si estaría enfermo. Me moría de ganas de mandarle un mensaje, pero me contuve. Era mejor no tener conversaciones registradas en mi teléfono, porque aunque cambiaba mis claves con relativa frecuencia, estaba segura de que mis padres siempre encontraban la forma de revisar mi celular. Odiaba no tener privacidad.
Después de la jornada escolar, me demoré algunos minutos en la esquina del colegio conversando con Lorena, Agustín y Ezequiel, mis compañeros de equipo con quienes había quedado en hacer un trabajo para Geografía. No tenía muchos amigos, pero me sentía cómoda con Lorena. Ella no hablaba mucho y tampoco yo. Sin embargo, quedarme cerca suyo era menos raro que andar siempre sola por los pasillos de la escuela. En cuanto a mis otros compañeros, simplemente se habían sentado detrás nuestro cuando el profesor nos indicó formar equipo.
-Si quieren, podemos juntarnos mañana en mi casa, así nos sacamos el trabajo de encima -propuso Ezequiel.
-No puedo, perdón -dije con pesar.
Estaba cansada de tener que rechazar cada propuesta por culpa de mi castigo.
-Puedo hacerlo yo y después se los paso, por si es necesario corregirlo o agregarle algo más -sugirió Lorena.
Siempre que hacíamos equipo juntas, ella terminaba haciendo casi todo el trabajo, pero los demás teníamos la decencia de, por lo menos, fingir que estábamos haciendo algún que otro aporte. Era de las personas más listas que conocí en mi vida.
-¿En serio? ¡Gracias! ¡Sos la mejor! -dijo Ezequiel.
-Sí, no hay problema -agregó Lorena, que tenía hasta las orejas rojas.
Le dije que si necesitaba ayuda, podía llamarme por teléfono y ella aceptó, aunque yo sabía que no lo haría. Luego me despedí de todos con un beso en la mejilla y me puse en marcha hacia la parada del colectivo. Cuando estaba por llegar, vi a Gonzalo conversando con una chica de su curso. Tenía el pelo teñido de un rojo muy intenso y una bandana azul en la cabeza. A pesar del frío llevaba una remera blanca con tirantes que se ceñía a su cuerpo. Por desgracia para mí, era muy guapa.
-Hola -dije al pasar junto a ellos consciente de que Gonzalo no había reparado en mí, y seguí caminando.
-¡Ey, Pérez! -me llamó.
Giré y me dirigí hacia donde estaban. Tenía la mandíbula tensa y aunque sabía que quizás estaba siendo exagerada, me sentía profundamente celosa de esa chica con la que no había hablado, pero que había visto varias veces en la escuela cerca de Gonzalo.
-Pérez, Karen. Karen, Pérez -dijo señalando con su mano derecha cuando pronunciaba nuestros nombres o más bien su nombre y mi apellido.
-Soy Maya -lo corregí.
-Hola. ¡Al fin nos conocemos! -saludó Karen y me besó en la mejilla.
Gonzalo me miraba como si intentara descifrar lo que yo pensaba en ese momento.
-No te vi en la escuela -me limité a decir intentando mantener una expresión indiferente.
-Eso es porque no tenía ganas de ir a clases.
-Nos rateamos. Si no querés que este chico te lleve por mal camino, no deberías juntarte con él. Te lo digo por experiencia -comentó Karen divertida.
Habían pasado toda la mañana juntos, posiblemente solos y no estaba segura si quería saber qué habían estado haciendo.
Distinguí que Julián se acercaba hacia nosotros con cara de pocos amigos. Gonzalo y Karen comenzaron a reírse a carcajadas. Yo no entendía nada.
-¡Los odio! -gritó empujando el hombro de Gonzalo que comenzó a reír con más fuerza.
-Nos amás -lo corrigió Karen que había recuperado la compostura y ahora tenía media sonrisa burlona.
-¡Nunca los voy a perdonar! -agregó el muchacho cruzándose de brazos.
-¡No seas exagerado!
-¿Que no exagere? ¡¿Que no exagere?! ¿Sabés lo que me hicieron estos dos hijos de su madre? -dijo dirigiendo la última pregunta hacia mí.
Negué con la cabeza. Iba a tener problemas en mi casa por llegar tarde, pero necesitaba saber qué había pasado.
-Teníamos que presentar en grupo nuestro proyecto de Química y pensaron que era una buena idea dejarme solo. Así que ahí estuve yo hablando solo delante de todos en la clase y teniendo que soportar los gritos de la profesora.
-Te hubiéramos invitado. Fue tu culpa por llegar tan temprano -dijo Gonzalo que había dejado de reír.
-Bueno, ya fue... Estamos desaprobados, por si les quedaba alguna duda. ¿Quieren ir a tomar algo a la plaza? Invita Karen. Me lo debe por no haber venido a mi cumpleaños.
-¡Ay, no! Ya te dije que no fui porque salí con el chico del cyber. Está totalmente justificado. Además no tengo un peso.
La explicación de la joven sirvió para que el nudo que había comenzado a formarse en mi garganta se aflojara. Me consolaba pensar que si Karen estaba interesada en alguien más, lo más probable era que viera a Gonzalo solo como a un amigo.
-A mí no me miren. Gasté lo último que me quedaba en cargarle nafta a la fiera -se apresuró a decir Gonzalo.
-Será otro día... -Karen empezó a hablar, pero Gonzalo la interrumpió.
-Pérez... Perdón, Maya, ¿tenés algo de plata? A mí el chino me vende sin mostrarle el documento, pero ya no me fía porque la última vez tardé como dos meses en poder pagarle.
-Es que no me puedo quedar -expliqué.
Hasta ese momento me había mantenido al margen de todo como si hubiera sido una espectadora de una obra de teatro.
-Pero, nos podés prestar unos pesos, ¿no? -insistió.
-Em... Sí. No hay problema -accedí y le di lo que me quedaba del dinero que mi madre me había dado.
Era muy tarde ya, me despedí de ellos y corrí para alcanzar el colectivo. Cuando llegara a mi casa tendría que decirle a mi madre que había perdido el transporte o que me había quedado hablando con Lorena sobre el trabajo de Geografía. Opté por la segunda opción, porque no era del todo mentira. Era mejor mantener a Gonzalo y a sus amigos al margen. Mi padre aún no había olvidado aquella vez que el "mamarracho", como él lo llamaba, me había llevado a casa manejando borracho.